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viernes, septiembre 22, 2017

"Lo ha dicho la tele"

Al igual que cuando uno pasa mucho tiempo sin ver a un sobrino y al reencontrarlo se sorprende de lo que ha crecido, cuando se pasa mucho tiempo (posiblemente años) sin ver un 'Telediario' de TVE, el impacto por ver cómo ha encogido sobrecoge. O a la inversa, cómo ha crecido su descrédito.

Son días complicados informativamente en España, donde (aparentemente) resulta muy difícil sortear la tentación propagandística frente a la obligación periodística. Esta madrugada he cometido la torpeza (quizá es mi obligación ciudadana, no lo sé) de ver el informativo (¿?) nocturno del primer canal de la televisión pública española. Toda la información sobre la situación en Catalunya se ha despachado con un retrato de violencia y coacción de los catalanes, sin matiz político alguno, sin cobertura de las manifestaciones pacíficas, sin declaraciones desde Catalunya -con la excepción de un breve fragmento de la declaración institucional de Puigdemont-, sin aportar ningún contraplano al relato oficial del Gobierno de España. Las secuencias de insultos a policías y el destrozo de alguno de los coches de la Guardia Civil, seguidas de la salida de algunos de los detenidos en la jornada del miércoles, se asemejaba a las coberturas en Euskadi y Navarra durante los años de terrorismo etarra. Como en una película, el montaje es decisivo (y no es inocente).

Pena y tristeza, bochorno profesional. La responsabilidad del periodista con temas tan sensibles es, si cabe, todavía mayor. Del enfoque informativo depende en gran medida la percepción que un ciudadano tiene de sus vecinos. La (ir)responsabilidad de TVE en la degradación de la convivencia es gravísima. El odio y la violencia se alimentan de la mentira y la manipulación. Y ya se sabe: "lo ha dicho la tele".

Carlos Pérez Cruz

viernes, agosto 18, 2017

"He's a nice guy" (de Charlottesville a Barcelona)

Entró y saludó a un conocido que estaba ejercitándose en una de las máquinas del gimnasio. Daba la impresión de que hacía tiempo que no se veían, el tono y la gestualidad eran las propias de dos personas que se alegran muy sinceramente de verse después de una temporada. Dos amigos que no esperaban encontrarse un domingo por la mañana y que contagian con sus risas su genuina alegría. Mi hermana y yo estábamos a unos metros, discutiendo la ley de la gravedad (de las pesas) con nuestras piernas. Aquella efusividad, sus voces distendidas, esas risas que abrazaban toda la sala, nos conmovieron.

¿Qué nos llegó tan hondo? Al fin y al cabo, sólo eran dos desconocidos que se saludaban con efusividad y buen ánimo. Sin necesidad de explicarnos, a ambos nos había emocionado la misma circunstancia. No sé si habla bien o no de nosotros, si explica más nuestros prejuicios o pone sobre la mesa los ajenos, pero que ella y él se trataran con aquel cariño; que él, probablemente en sus setenta, y ella, probablemente en sus cincuenta, se trataran de forma tan afectuosa, pinzó nuestra vena sensible.

Ella era negra, él blanco. Horas antes, a apenas dos horas en coche de allí, cientos de personas se habían manifestado con virulencia, en una localidad llamada Charlottesville, movidos por el odio al diferente, convencidos de estar cualificados como seres humanos superiores en razón del color de su piel (blanca) y su religión (cristiana). Las consecuencias son conocidas: una muchacha murió arrollada por un coche propulsado por la gasolina del fanatismo, y el presidente del país se encargó de que el combustible prendiera también sobre los rescoldos del odio racial de una nación cuya historia está marcada profundamente por él. Sin embargo, a apenas dos horas de allí, en la USAmérica que llamamos profunda, en la que la diversidad racial es escasa, donde hace unos meses se veían innumerables carteles de apoyo a la candidatura del actual presidente y algunos coches lucen pegatinas con las que se declaran "Deplorable and proud of it", ella y él se saludaban con esa naturalidad y en público. Mi hermana, que tiene un don para desarbolar la prevención del trato entre desconocidos, le hizo notar a aquella mujer cómo esa escena le había alegrado el día. "He's a nice guy", respondió sonriendo.

Me acordaba hoy de aquello después de horas siguiendo las informaciones que llegaban de Barcelona, de intentar ponerme en la posición de quien conduce una furgoneta y comienza a segar vidas como quien recolecta trigo, incapaz aparentemente de sentir la más mínima empatía y escalofríos al tener frente a sus ojos otros reflejando el pánico y el horror de la huida del monstruo. Me acordaba conforme iba leyendo tuits y más tuits que, entre los puramente informativos, pontificaban sobre esto y aquello (expertos como somos todos en la nada más absoluta), afeaban a unos y a otros, expresaban inanidades (porque lo importante es siempre decir algo, aunque tenga la solidez de un castillo de naipes), y señalaban acusadores a los sospechosos habituales que enferman nuestras vidas a través de redes y medios con el dióxido de carbono de la misma gasolina que movía el coche de Charlottesville (dándoles una omnipresencia de la que, sin duda, deben de estar muy agradecidos). Me acordaba conforme escuchaba declaraciones huecas de políticos que, a veces de forma obvia, otras sutil, arriman el horror al ascua de sus intereses, pasándose por el forro de su capote idológico el dolor de las víctimas (y el más mínimo sentido de la decencia).

Ruido y más ruido, violencia y saliva malgastada. Pontífices y ovejas que balan al unísono. Ella entró al gimnasio un domingo por la mañana, saludó a su amigo y ambos nos alegraron el día. "He's a nice guy". Sólo y tanto como eso.

Carlos Pérez Cruz

lunes, febrero 13, 2017

Día Mundial de la Radio


Vivimos un momento de saturación audiovisual, años en que la imagen se ha impuesto como reina para, paradójicamente, devaluar la fotografía y el vídeo. Hace no demasiado esperábamos el revelado de un carrete de fotos con la ilusión de un niño ansioso por romper el papel de regalo; ahora llenamos el archivo de nuestro teléfono móvil de imágenes que se repiten y olvidan, aunque las compartamos sin medida en la red.

En esa supremacía de la imagen, la radio ha caído en la tentación de hacerse televisión, pero sin los medios de la tele. La radio es palabra y sonido, es una forma de comunicación que guarda algo precioso y minusvalorado en estos tiempos: la privacidad. Y esa privacidad era un despertador de la curiosidad: ¿qué rostro tiene esa voz que escucho? La radio es escuchar, también oír, pero para verse ya está la televisión, que tiene otras condiciones (y condicionantes).

Arrastrados por la vorágine de las novedades tecnológicas, vamos levantando el telón que ocultaba la tramoya de la radio. Se va imponiendo como lógico enseñarlo todo, pero no necesariamente en beneficio de una mejor radio, sino habitualmente en detrimento de su cuidado y profundidad. Lo ligero, lo superficial, lo frívolo, lo insustancial ha aligerado los tempos de la radio, que siempre ha presumido de ser un medio ágil en su reacción, pero que es mejor cuanto más tiempo de cocción dispone.

Desconozco cuál será el futuro, pero radio siempre la habrá porque es la forma más hermosa de comunicación entre personas que no se conocen. Feliz #DíaMundialDeLaRadio (en el día después de cumplir 16 años haciéndola).

Carlos Pérez Cruz
www.elclubdejazz.com

miércoles, enero 11, 2017

La radio digital (y el milagro de la multiplicación)


Cuando apareció la TDT, la Televisión Digital Terrestre, se nos vendió no sólo la mejora de la calidad de imagen sino la multiplicación de contenidos. La digitalización de la señal trajo, en efecto, una mejora objetiva de la calidad de imagen; de los contenidos, juzgue cada uno, aunque parece obvio que lo que se multiplicaron fueron las redifusiones y los cutres contenidos de bajo coste [videntes y terturreicos con gomina]. El único beneficio doméstico fue para el pulgar, que pasó a ejecitarse con contumacia en cada zapeo. Llegaron los televisores planos, que dejaron obsoletos los televisores de culo (ahí sigue el mío, resistiéndose al adelgazamiento) y se convirtieron en objeto de deseo de cada una de las algaradas callejeras [No hay protesta por el elevado precio de la gasolina, muerte a tiros de la policía o cualquier restricción gubernamental que no incluya la imagen del saqueo de televisores planos].

Se anuncia ahora que Noruega es el primer país del mundo en dejar de realizar emisiones en Frecuencia Modulada. La FM fue a la radio lo que el color a la televisión. La oscura y sucia AM -cuya definición se enturbiaba con la caída de la noche al entrelazarse las ondas de las emisoras, que entonces aumentan su alcance- fue desplazada por la FM, cuyo estéreo y nitidez ofreció al oyente la percepción espacial del sonido, algo para lo que la Onda Media no estaba facultada. Eso sí, como ya expliqué en alguna ocasión, la AM sigue siendo un recurso útil (hoy se diría vintage) para viajar por España sin dejar de escuchar la emisora que uno prefiera. A excepción de Radio María, cuya omnipresencia en cada rincón de España encuentra su explicación en un repetidor celestial, el resto de emisoras en FM tiene un alcance muy limitado. Algo a lo que ahora viene a poner solución la radio digital, DAB [Digital Audio Broadcasting] en sus siglas en inglés.

Han pasado prácticamente 21 años desde que se realizara en España la primera emisión en DAB, y aparentemente nada ha evolucionado desde entonces salvo, quizás, la posibilidad de escuchar algunas emisoras a través del receptor de TDT del televisor. La FM sigue siendo la reina de la radio, a pesar de la competencia (¿?) de otros formatos radiofónicos como el podcast [radio a la carta] o el streaming [emisión a través de internet] de las propias emisoras de radio convencionales y de las surgidas en exclusiva para internet. Es una pena, porque la radio digital permite escuchar con gran definición de sonido una misma emisora sin perder su frecuencia al moverse por el país. Y no sólo eso, sino que, al igual que sucedió en televisión con la TDT, permite la multiplicación de canales. Lo he comprobado en Estados Unidos, donde trasladé a la radio la fórmula del zapeo televisivo para constatar que emisoras las hay de todos los colores, pero también que apenas tienen pintores. La radio es voz, acción y reacción, de lo contrario es otra cosa: un hilo musical, una playlist. ¡Ah! El factor humano. La DAB multiplica emisoras, no puestos de trabajo. Los profesionales, camino de la radio-selfie.

Carlos Pérez Cruz

jueves, septiembre 15, 2016

Proyecto OCNOS - "Espadaña" en el Festival de Música Contemporánea de Navarra (NAK 2016)


Pamplona es tierra dura, tan autocomplaciente con su tradicionalismo como hostil a lo contemporáneo. Saca pecho y marca paquete, pero se desinfla a nada que uno vea mundo. Se vive bien, se come bien, pero se escucha poco y mal. Hace ya muchos años que el oxígeno me llega de otras latitudes. Como en todo, hay excepciones. Honrosas y laboriosas excepciones. Inconscientes que tratan de despertar(nos) la conciencia del mundo a través del arte.

Anoche se produjo un pequeño milagro, una de esos preciosos pellizcos al letargo: el Festival de Música de Contemporánea de Navarra, NAK, que desarrolla en estos días su voluntariosa segunda edición, se trajo de Sevilla al Proyecto OCNOS. Tres creadores en escena, un puñado de espectadores en la grada. Como fuente de inspiración, la Guerra Civil Española. Sí, otra película sobre la Guerra Civil. Sólo que ésta discurre en los oídos, la trama es la reflexión íntima a la que invita la música. Una película sensorial cuyo guión firman jóvenes compositores españoles, a los que la incultura sepulta en el más absoluto anonimato, y a cuyos personajes y escenarios dan vida dos excelentes músicos: el guitarrista Pedro Rojas Ogáyar y el clarinetista Gustavo A. Domínguez.

Durante prácticamente una hora, Pedro y Gustavo, junto con el compositor Luis Román, autor de una de las obras y encargado de la parte electrónica y proyecciones, exhumaron los restos de una memoria tan ninguneada como políticamente manoseada. Plantaron ante nuestros oidos un arsenal de resonancias bélicas, con ecos del llanto y el dolor más colosal de la violencia entre hermanos. Transforman cantos y marchas de los diferentes bandos -esos ejercicios de aliento varonil, hormonados y enajenados-, para en su mutación llegar a desnudar el horror del vacío existencial sobre el que se construyen.

Con el título genérico de Espadaña ("a medio camino entre España, espada y guadaña"), cuatro composiciones de cuatro autores enlazadas mediante la lectura de bandos de guerra y notas de prensa de la época. Música de gran exigencia para la interpretación, con momentos de muy lograda y envolvente emulación de los sonidos de la guerra; tensión narrativa in crescendo que captura al oído y revuelve las emociones, que del horror hablamos. Virtuosa en la ejecución, compleja en su concepción, una propuesta que activa oído, cerebro y alma. Disparos de ingenio creativo. Excepciones.

Carlos Pérez Cruz

viernes, febrero 26, 2016

Exaltación de la mediocridad

Todos podemos intuir qué es una feria como ARCO, al igual que sabemos que los festivales de verano son a la calidad musical lo que Cadena Dial a la música española. Sin embargo, la reacción ante una feria como ésta tiene valor de representatividad: cómo somos. Amigos de la chanza y el jolgorio, nos refocilamos ante las excentricidades a precio de paraíso fiscal, mientras ignoramos lo que de bueno pueda haber en la feria, que haberlo lo habrá. Es decir, ponemos el zoom del cachondeíto en lo ridículo e ignoramos lo que de verdaderamente creativo pueda haber. No es muy diferente de cualquier otro ámbito cultural: la energía que dedicamos a lo chusco y paródico se la quitamos a la belleza, pura y simplemente. También en periodismo, claro, donde preferimos sentarnos frente al televisor a ver los excrementos verbales de Marhuendas e Indas para alterarnos ociosamente, en vez de concentrarnos en premiar con nuestra atención a quienes simple y llanamente se dedican a hacer algo tan difícil en estos tiempos: su trabajo. Apreciar lo bien hecho requiere un mayor esfuerzo que dejarse llevar por las oleadas de mediocridad y mal gusto. La recompensa, eso sí, es infinitamente mayor.

Carlos Pérez Cruz

jueves, diciembre 31, 2015

Las gentes del jazz


No soy amigo de listas de "lo mejor de", ni de resúmenes del año. Las primeras son excluyentes, especialmente si detrás de ellas figura un gran medio que induce e influye en las decisiones. No es mi caso, soy pequeño, minúsculo, pero aún así sería injusto por mi parte decir qué ha sido lo mejor cuando apenas he escuchado una microscópica parte de lo que se ha publicado en un año, cuando "lo mejor" conlleva un sentido competitivo que aborrezco para la música. Los segundos siempre olvidan, son selectivos y crean una memoria colectiva que nunca es inocente en sus olvidos.

En los últimos años sorteé la obligación de las listas en Cuadernos de Jazz con la excusa de que no eran los mejores discos, sólo recomendaciones de música con la que había disfrutado mucho [algunos de los "afortunados" aprovecharon la coyuntura para cambiarle el sentido a mi selección]. Este año, como no tengo esa obligación, prefiero cambiar de tema y aprovechar para agradeceros a quienes hacéis de este pequeño mundillo del jazz algo fabuloso. Los músicos y su música son lo que nos reúne, lo que nos apasiona y conmueve, pero alrededor de ellos se mueven los satélites que les dan sentido: aficionados, técnicos de sonido, críticos, programadores, fotógrafos, periodistas... De todos ellos, a quienes me he ido encontrando a lo largo ya de un buen puñado de años gracias a esta pasión y trabajo, me quiero acordar en estos últimos minutos de año.

En Club de Jazz tengo a mis propios santos: Jesús, Anxo, Alberto, Luis y Ferran. Gracias a ellos, pacientes y atentos, dispuestos siempre a aportar, tenemos una diversidad de aproximaciones al jazz, la improvisación y la música en general, ¡que ya quisieran muchos programas! Además tengo muchos ángeles guardianes, miles de oyentes que estáis ahí, algunos con nombre propio, otros incluso con rostro, la mayoría desconocidos para mí. Con varios he llegado a compartir momentos de música y conversación, con otros ojalá pueda tener ocasión en el futuro. Estáis desperdigados por el mundo, y eso es fabuloso. Gracias por contar con este Club que pronto cumplirá... ¡15 años!

Más allá del Club, de sus oyentes y colaboradores, están todos esos personajes (incluso personas) que he ido conociendo en conciertos y festivales, las gentes del jazz: los apasionados de la fotografía, capaces de eternizar instantes fugaces; los programadores, que regatean siempre al músico pero que terminan por dar más de lo que tienen; los técnicos de sonido (incluso los buenos); los camareros (también los que arrojan botellas durante los pianísimos de la música); esos aficionados eternos que no se sabe de dónde salen y que parecen haber quedado atrapados en el tiempo; los críticos de toda la vida, también atrapados en la nostalgia; Lorenzo, el mejor anfitrión, el barman más generoso en el mejor antro del país, el Juan Sebastian Bar de Huesca; Luis, el programador más sabio, mago de las finanzas cada vez más recortadas para la cultura; las gentes de Vic, que este año me abrieron las puertas de la Cava y la convirtieron en el salón de mi casa; las tiendas de discos... ¡Ups! Perdón, he saltado atrás en el tiempo. En definitiva, mi reconocimiento a todos con quienes he compartido momentos a lo largo de este año y los anteriores, a quienes habéis hecho de la experiencia de la música algo compartido y enriquecedor en más sentidos que los estrictamente musicales.

Gracias por los buenos ratos compartidos. Que sean muchos en este nuevo ciclo anual que se abre. ¡Salud!

Carlos Pérez Cruz
www.elclubdejazz.com

martes, diciembre 29, 2015

Noche de NBA


Ha pasado mucho tiempo desde que no veía un partido de la NBA. Nunca lo había hecho in situ. Tuve la suerte de poder seguir los años de Andrés Montes en Canal +, desde los comienzos con Segurola hasta la configuración de la pareja con A. Damiel, "crónica en rosa de la NBA". No tengo recuerdos de haberla seguido especialmente en TVE, con Pedro Barthe y Ramón Trecet, aunque seguro que lo hice en alguna ocasión excepcional. [Ramón, al que tantos años seguí en 'Diálogos 3' y que a principios de este año... ¡me bloqueó en Twitter!]. Tengo memoria de muchas madrugadas, de intentar dormir algo para despertarme a las dos de la madrugada (partidos de las costa este) o pasadas las cuatro (partidos de la oeste), de partidos que me dejaron sopa y de otros que me impidieron recuperar el sueño. Me acuerdo del debut de Pau Gasol en los Grizzlies, o de la última canasta del último gran Michael Jordan para darle a los Bulls un título de la NBA. También recuerdo ver una grada semivacía en el pabellón de los Magic de Orlando y preguntarme por qué demonios estaba yo despierto de madrugada si ni siquiera sus aficionados iban allá por la tarde a verlos. Después me hice grandecito, desapareció la televisión de pago y se acabó la NBA, aparte de que el baloncesto USAmericano fue perdiendo interés para mí en comparación con el europeo. Tengo la impresión de que uno de los grandes problemas del baloncesto europeo -sea Euroliga, sea ACB- es que no han dado con la tecla para venderse en casa como sabe hacerlo la NBA. Muchas de las jugadas que ésta empaqueta para la televisión se ven en nuestras canchas y nadie se entera.

Anoche tuve mi primera experiencia en un pabellón de la NBA, en el Verizon Center de Washington DC, cancha de los Wizards, uno de los peores equipos de lo que llevamos de temporada. Doy fe de que son malos con avaricia, tanto como de que su mejor jugador es un polaco, Marcin Gortat, que venía de ser 'jugador de la semana' en el Este. Lo curioso de cómo se vive un partido de la NBA en una cancha de la NBA es que lo de menos es el partido, porque hay tantísima actividad a su alrededor, y en sus tiempos muertos, que no eres casi nunca consciente de que lo que venías a ver es un partido de baloncesto. Del impacto de la inmensidad del pabellón te repones medianamente pronto, de lo que no te repones es del ritmo frenético de actividad a tu alrededor, de reclamos en la inmensa pantalla del pabellón, de juegos en la cancha con cada parón, de "regalos" que llueven del cielo. Va todo a tal velocidad, con tanta pompa, que las cerca de dos horas y media de partido parecen una. Y eso tiene algo de bueno y algo de malo. Lo bueno: un partido horrible se digiere como una hostia de misa. Lo malo: la exagerada exhibición de medios convierte el baloncesto en un Disneyland, en una falsa realidad. La sobreabundancia de efectos convierte en extraordinario algo tan convencional y soporífero como un Wizards – Clippers. Y eso requiere tal dispendio que parece insostenible. Desde luego la NBA no es una ecocompetición, aunque también tiene algo positivo: los aficionados no parecen tomarse tan en serio a sus equipos. No es cuestión de vida o muerte, sólo un entretenimiento (en España insultaríamos hasta al vídeo que pide que no se utilicen palabras gruesas durante el partido).

Creo que vemos mejor baloncesto en Europa, pero insisto en que lo vendemos mal o que nos sigue deslumbrando la NBA por una cuestión de mera convención, porque nos deslumbró en su día y ese destello parece que nos cegó. Por supuesto, hay enormes jugadores y equipos aquí, pero la riqueza táctica sobre el tablero de la cancha es superior en Europa. Por eso no sorprende que el jugador más creativo anoche fuera alguien que ha hecho su carrera en Europa, especialmente en el Baskonia, el gran Pablo Prigioni. Su lectura del juego, cómo generó espacios y repartió asistencias (a menudo, desaprovechadas por sus compañeros), fue la lección de un tipo que con 38 años sigue viviendo este juego como un niño pequeño. Fue mi ocasión para gritarle "¡jugón!", para hacer mi pequeño homenaje a Andrés Montes en una cancha de la NBA y reivindicar la riqueza del baloncesto FIBA. Que los lujos de la suite no nos impidan ver el cartón-piedra. Hollywood no está mal, ¡pero le faltan nuestros Haneke!

Carlos Pérez Cruz

domingo, noviembre 15, 2015

Ellos, los otros

Cuando se ha anunciado un minuto de silencio por las víctimas de los atentados de París, he sentido incomodidad. Los gestos, también los bienintencionados -especialmente esos-, conllevan siempre un posicionamiento, aunque sea inconsciente. Nadie de buen corazón se opondría a la solidaridad con las víctimas de una barbarie como la vivida en París el pasado viernes. No cuesta nada levantarse durante un minuto, guardar silencio y, en la medida de lo (im)posible, tratar de empatizar con el horror que uno nunca imagina para su vida. Siempre es bueno ponerse en la piel de los demás, mostrar empatía. El problema llega cuando los demás se convierten en los otros, cuando el nosotros implica un ellos, cuando decidimos por quién doblan las campanas. 

Como bien me ha recordado un compañero, la humanidad siempre se ha unido en torno a la tribu. Pero, ¿quién conforma exactamente esa tribu? Por definición, la tribu es excluyente. ¿Dónde quedan dibujados los límites de la misma? ¿Dónde el nosotros se desdibuja en un ellos? ¿Por quién guardar y por quién no un minuto de silencio? En la alocución por megafonía se han referido en exclusiva a las víctimas de los atentados de París, no a las de Beirut del día anterior o a las del avión ruso caído en Egipto o a las de Bagdad o a las de Palestina o a las de Siria o a las de Ankara o a las de Yemen o a las... ¿Por qué sí con las de París? ¿Cuál es nuestro nexo común con ellas y no con las otras? ¿Existen víctimas tolerables? Hasta donde hemos sabido, en París han muerto o caído heridas personas de orígenes geográficos muy diversos, entre las que intuyo además habría cristianos, musulmanes, judíos, agnósticos, ateos... ¿Habremos guardado silencio por europeos? 

¡La Europa de los valores! Escucho discursos que hablan de su defensa, de la democracia, se refieren incluso al "sistema que nos hemos dado" atacado por quienes desangraron París el viernes. Evidente: todos esos valores, la democracia, el sistema que "nos hemos dado", han sido atacados y lo menos que se puede decir de los asaltantes es que son unos bárbaros, unos desalmados (y de ahí para arriba hasta el exabrupto). Pero, ¿qué valores han atacado? ¿Son universales? ¿Somos Europa y sus valores cuando sostenemos dictaduras y comerciamos con ellas? ¿Cuando les vendemos armas? ¿Cuando aceptamos paraísos legales para negar el derecho de defensa? ¿Somos Europa al bombardear otros países? ¿Cuando abrimos en ellos vacíos de poder en los que se cimentan horrores como el Daesh? ¿Son menos víctimas del horror y la barbarie sus víctimas? ¿Somos Europa al internar en campos de concentración a quienes huyen del terror? ¿Al levantar vallas delante de familias exhaustas después de miles de kilómetros a pie? ¿Esos son nuestros valores? ¿Es por ellos por lo que lo hacemos? Hablar de defender "el sistema que nos hemos dado" y "nuestros valores" es tanto como aceptar las muertes de miles de civiles o la imposibilidad de una vida digna para millones de personas. Porque seamos conscientes: lo hacemos en defensa de todo eso. Si lo aceptamos -es decir: si les votamos, si no hacemos manifestación pública de nuestra oposición, si aceptamos la desigualdad...-, ¿no deberíamos a empezar a asumir las consecuencias de nuestros actos, por acción y por omisión? 

Le preguntaba ayer Enric González en París a un "taxista musulmán" por sus sentimientos después de los atentados; pregunta respondida con otra pregunta: ¿Me lo pregunta como taxista, como parisino o como árabe? No es gratuita su suspicacia, establece categorías de sospecha consolidadas en nuestra Europa de los valores. En ella, no es lo mismo un cristiano que un musulmán, un rumano que un francés, un gitano que un payo. La condición humana es inclusiva; lo demás, exclusiones tribales. En Europa, la libertad, la fraternidad y la igualdad tienen reservado el derecho de admisión. No es para ellos.

Carlos Pérez Cruz

sábado, septiembre 26, 2015

Visca la independència!

No sabría explicar de dónde me viene mi filiación culé, sí mi pasión por la radio. Imagino que ser hijo de periodista radiofónico explica lo segundo –aunque no necesariamente un hijo siga los pasos de su padre-, pero para lo primero no encuentro explicación racional. Desde crío soy del Barça sin que nadie me lo propusiera ni indujera, no había en mi entorno una pasión fubolera ni el ambiente estaba tan saturado de fútbol como hoy. Compraba el Sport o El Mundo Deportivo –mis primeras referencias de prensa-, aunque mi madre se empeñara en el Marca, “porque se vende más”. 

La radio le fue como anillo al dedo a mi pasión culé. La Onda Media (AM) -¿sabrán los más jóvenes de qué les hablo?- hacía llegar los rebotes de señal desde Catalunya de alguna emisora de COM Ràdio y así, entre idas y venidas de la cobertura, seguía los partidos de fútbol de mi equipo y escuchaba y practicaba mi primer catalán. Más tarde llegó internet, y ahora uno puede escuchar la radio catalana donde quiera, lo mismo que otro muchos medios de lenguas y regiones remotas. En eso se ha perdido algo el espíritu de arqueología de la señal que nos brindaban las frecuencias radiofónicas. Me gusta la sonoridad del catalán, lo practico en la intimidad -a veces en público- y siempre en los cajeros, donde elijo la opción “en català” (¡Eh! Nadie busque en ello la analogía catalán-pasta…). Sea como fuere, siempre he tenido una cierta afinidad hacia lo catalán –signifique esto lo que signifique. ¿Simple curiosidad?-, aunque lamentablemente mi conocimiento de Catalunya sobre el terreno es muy limitado, no tanto de Barcelona. 

Siento una aversión natural por las emociones patrióticas –la patria es un sentimiento-. Respeto las emociones personales (es inútil discutir de emociones), pero las colectivas suelen resultar coercitivas, coreografías de la intimidación sobre una fuerza fundamentada en la unanimidad uniformadora. Soy español y navarro porque el actual ordenamiento administrativo denomina de esa forma a mi región de nacimiento y residencia, pero ni ser español ni navarro me definen en modo alguno. Soy español y navarro como mañana puedo ser vasco o teutón en función de cómo evolucionen los marcos administrativos. No me preocupa. No soy ni español ni navarro en términos identitarios, ni mucho menos emocionales. No me siento, como aquella andaluza me dijo sobre Andalucía y España, porque, ¿qué es exactamente lo que siente un andaluz y español por el mero hecho de serlo? Las identidades colectivas tienen mucho de imaginario construido mediante la amplificación de los estereotipos, una manera eficaz de uniformar la diversidad y diluir la disidencia. 

Tengo alergia a las banderas; por eso una vez expliqué que lucía de manera excepcional un pin con la palestina, no por una pasión patriótica sino como símbolo de denuncia de la ocupación y violación de los derechos humanos de los palestinos. Por lo demás, me trae sin cuidado que a aquella región del mundo se le acabe llamando Israelina o Palisrael, siempre que quienes allí vivan lo hagan como ciudadanos de pleno derecho, sin discriminación ni sometimiento por razones de raza y religión (otras de esas grandes patrañas para la exclusión y la dominación). Por eso la bandera de España (la que ahora España utiliza institucionalmente, antes hubo otras), así como la navarra o la catalana, me producen alergia, símbolos que tienen más que ver con la identificación emocional que con la buena o mala administración del territorio. Y es que aspiro a la gobernación justa de los recursos, no a la administración de los sentimientos. 

Este domingo se vota en Catalunya y, según quién te cuente la película, se avecina el apocalipsis o, por el contrario, el paraíso terrenal. Hay muchos matices intermedios, pero la sobreactuación emocional tiene la virtud de ahogar la razón y la mesura. Ni soy catalán ni vivo en Catalunya. Mañana no puedo votar, pero, si pudiera, abogaría sin dudarlo por la independencia. La independencia culmina la autonomía. Mi patria, mi cuerpo. Con la conciencia por bandera.

Carlos Pérez Cruz

martes, septiembre 15, 2015

A toro pasado

Dado que en España se apela a la tradición como argumento básico para mantener muchas costumbres, pronto veremos cómo el circo mediático en torno al Toro de la Vega de Tordesillas se convierte en una de ellas. De hecho, ¿no lo es ya? 

Cada año, por costumbre –es decir, por tradición-, se desarrolla el teatrillo conformado por personas concienciadas contra el maltrato animal, participantes en el bárbaro alanceo del toro, mirones de uno y otro signo, frikis de varios pelajes atraídos por el despliegue de cámaras. Los medios, claro, encantados –salvo los reporteros sobre el terreno, obvio-. Entre insultos, zarandeos, hostias, escupitajos, eslóganes coreados y, además, un toro, lo de Tordesillas entretiene lo suyo. Si además se exhiben banderas españolas, ¡para qué más! 

(Es curioso esto de la exhibición de banderas. La nacionalidad, que no deja de ser un accidente administrativo de nacimiento, como uniformadora de usos y costumbres, de éticas y estéticas. Gajes de creerse las patrias, como si los Estados fueran también uniformes de conciencia). 

Durante años estaba el artículo anual de Rosa Montero, después llegaron las viñetas de Forges y, más tarde, la conciencia animalista sobre el terreno recibida a palos hasta instituir con ello un ritual de despedida del verano. El in crescendo de la protesta con el paso de los años tiene más que ver con la multiplicación de las redes que con el de las conciencias. Es una percepción personal, por supuesto, pero tengo para mí que, como en casi todos los temas, los posicionamientos ya estaban ahí, ahora se visualizan y parecen multiplicarse. Menos los de los locales contrarios, que de manifestarse podrían verse alanceados por las siempre intimidantes cofradías del pensamiento único. 

Un acontecimiento como éste nos sitúa frente a nuestras propias contradicciones. Hay medios de comunicación que dan cobertura “crítica” a las corridas y encierros, aficionados taurinos e incluso toreros que se posicionan en contra del Toro de la Vega en razón de su bárbaro proceder, cuando no hay más que echar un vistazo a las punzantes y hemorrágicas herramientas con las que se procede en una corrida de toros convencional. Se acogen a la estética, a un reglamento, incluso a los honores para el animal (no humano) que da juego (¿?) en la suerte taurina, pero nada más estético que la estampa de hombres a caballo lanza al viento y levantando una cortina fantasmagórica al trotar por el Campo del Honor (sic). Y reglamento tienen, que se lo digan al figura que hoy se la ha clavado hasta la muerte al toro, que se ha quedado sin trofeo. 

No es lo mismo, pero el resultado no difiere: la muerte del toro sometido a tortura. Y he aquí el quid de la cuestión: si como sociedad queremos que nos defina la violencia en razón de divertimento. En tiempos (de mayor) ignorancia podía uno creerse que como animal (no humano) el toro no sufría pero, como la ciencia avanza que es una barbaridad, hoy sabemos que quien lo niega es un necio voluntario. ¿Qué se dice a sí misma la persona que, consciente de su sufrimiento agónico, defiende el uso lúdico de animales? ¿Cómo nos sienta ser una sociedad asociada al maltrato? 

Estas son algunas de las preguntas fundamentales, las que nos interpelan éticamente como individuos y como sociedad. La apelación a la tradición, la exhibición identitaria de banderas, los estereotipos del taurino y del antitaurino –conozco yo incluso algún taurino con el que me iría al fin del mundo- no son respuesta, son balones fuera, radicalismo patriótico, clichés, combustible para la trifulca. Pero vamos, que si de lo que se trata es de arrearnos, esa sí que es tradición bien asentada en España.

Carlos Pérez Cruz

lunes, abril 20, 2015

De tragedias y culpas

Compartíamos autobús y se sentaba muy cerca, no pude evitar escuchar sus palabras. Según explicó, España es el único país europeo en el que la sanidad pública atiende a cualquier inmigrante y eso hace que la mayoría venga aquí. Ni siquiera lo consideró una posibilidad estadística, lo aseguró. Intuyo que su muy pío espíritu no se alteró lo más mínimo al decirlo, aunque es probable que su católico corazón se compungiera al escuchar que un grupo de cristianos podría haber sido arrojado al agua por otro de musulmanes en razón de su filiación religiosa. Sucedió en una de esas precarias embarcaciones a precio de crucero del mercado negro (dicho sea “negro” sin ironía alguna), porque en el “legal” sólo les está permitido abanicar turistas. Desembarcaron en Italia, pero a buen seguro buscaban España, donde son famosas sus orgías sanitarias. 

24 horas después de escuchar su certero diagnóstico del gran problema de la sanidad española llegaban las primeras noticias de la gran tragedia (del día) en el Mediterráneo: más de 700 personas habían desaparecido al hundirse la embarcación con la que trataban de llegar al continente europeo. 700 personas, ¡qué barbaridad! Digo personas, aunque soy consciente de que la denominación periodística y política(mente) correcta es la de “simpapeles”, “inmigrantes ilegales” o “ilegales”, a secas. 

700. Setecientas. Con sólo trazar un croquis aproximativo de relaciones familiares, amistosas, de comunidad…, puede uno hacerse a la idea del alcance de la tragedia, una inmensa mancha de dolor en el océano de vidas afectadas. Para los fallecidos el horror acaba con su muerte, pero con ella empieza la tragedia de los vivos

Cotidianas como son las muertes en el camino de quienes tratan de huir del hambre, la guerra, la persecución por motivos de raza, sexo, religión, la falta de futuro (y por tantas otras razones de las que ni siquiera somos conscientes), no es la muerte en el mar la que las hace noticia, son los dígitos, la suma de restas humanas; son los números, que no los hechos, aunque sólo por los números a veces nos dé por pensar… o empatizar, aunque sea una empatía de mínimos. Lo que levanta levemente la ceja de nuestras conciencias es la montaña de hombres, niños y mujeres, la suma de cadáveres, la simbólica fotografía de la acumulación de ataúdes para cuerpos que quizá nunca puedan ser rescatados. En nuestra economía de mercado la emoción también se mueve por números.

Impactan los números, no los hechos en sí, y los hechos (con independencia del número de afectados) son el desenlace de una historia, y lo relevante es la historia. Empieza en tierra firme, no en el mar. El ahogamiento es para demasiados el desenlace de una narración que arranca en el continente cuando ven que su vida y la de su familia corre peligro o carece de presente; la decisión era la única posible, o la mejor de las peores, o fue muy mala, pero no le dieron otra, y hubo de tomarla porque si hay un derecho que tiene todo ser humano es el de luchar por su supervivencia, aunque otros la minusvaloren o se arroguen decidir sobre ella. Pero, ¿quiénes son esos otros?

Lo sé, usted y yo no tenemos nada que ver, e incluso tenemos la capacidad de conmovernos y de escribir textos populistas como éste. La autocrítica es un síntoma de la enfermedad europea, acostumbrados por cuestión cultural a proyectar nuestra falsa culpabilidad en lugares y circunstancias sobre las que no tenemos la más mínima capacidad de decisión. ¡Maldito Freud! Nos flagelamos sin necesidad.  

Nada tiene que ver que nuestros gobernantes, en (sin)razón de nuestra seguridad y libertad (que, por lo visto, dependen de la inseguridad y esclavitud de “los otros”), movilicen ejércitos, bombardeen sus pueblos, hagan llegar armas a grupos de dudosa reputación, firmen lucrativos acuerdos con dictadores, renueven materiales a sus policías represivas, blanqueen Golpes de Estado, faciliten el expolio de recursos naturales a grandes empresas de las que, tarde o temprano, formarán parte… Nada podemos hacer, nada de eso tiene que ver con nosotros, claro, tampoco que se llenen de vallas y concertinas las fronteras, que se financien policías de frontera y no de salvamento, que paguemos para que no lleguen y no para que puedan volver... El poder de nuestros gobernantes es, al parecer, una curiosa anomalía del sistema democrático. Nunca nada es culpa nuestra, ni siquiera nuestra ignorancia.

Carlos Pérez Cruz

viernes, marzo 06, 2015

Periodismo VS Activismo (Breves apuntes sobre qué es y qué no es periodismo)

Que asociemos los medios de comunicación con determinados partidos o intereses no es más que la constatación a gran escala de una anomalía, de un fraude profesional y ético. No significa que los órganos de dirección de un medio deban carecer de ideología, simplemente que la información no puede jerarquizarse ni manipularse en función de otros criterios que no sean los meramente periodísticos

Puede que determinadas prácticas muy extendidas hayan inducido a engaño, pero un periodista no es un activista, al igual que un periodista deportivo no debería ser nunca hooligan de un equipo. Un periodista no defiende las causas de nadie con el ejercicio de su profesión, tan sólo defiende las propias del periodista. En su vida privada tiene derecho a defender lo indefendible e incluso insultar al árbitro. 

Un periodista ha de preguntar. Que la respuesta pueda ser utilizada a posteriori como arma arrojadiza sobre un proyecto político o causa con la que simpatice no es de su incumbencia. No se miden las posibles consecuencias de una respuesta, se fundamentan los cimientos de la pregunta

Que un político se declare públicamente “como en casa” en un medio puede ser a) una ironía; b) una clara señal de alerta roja. La segunda posibilidad se resuelve haciéndole bajar los pies de la mesa con preguntas que nunca le harían en su casa o con las que se liaría una buena. 

No existen periodistas progresistas ni periodistas conservadores, ni fachas, ni rojos, existen periodistas. Apelativos como éstos se refieren a profesionales de otra cosa que muy poco tiene que ver con el periodismo (aunque infinitamente más lucrativa y llamativa socialmente). 

Estimado lector, oyente, telespectador… Un periodista no es “el mejor” por el hecho de que lo creamos afín a nuestra ideología y a unos fines compartidos, así como un crítico no es bueno cuando sirve a los fines publicitarios de nuestro trabajo y malo (además de un “hijo de puta”) porque le pone algún pero. Así como al crítico se le habrá de juzgar por el criterio y fundamentación de los argumentos esbozados, así también al periodista “afín”. 

En caso de decepción con el otrora admirado, hágase, al menos, dos preguntas: ¿Cree que se ha omitido alguna pregunta o dato fundamental? ¿Por qué cree que determinadas preguntas o datos se deberían haber omitido? De la respuesta usted sabrá si lo que busca es activismo o periodismo. 

Carlos Pérez Cruz

domingo, febrero 08, 2015

Los 25 años de Raúl


Han pasado dos años, pero sigue figurando en la agenda de mi teléfono móvil. Su nombre y su número siguen apareciendo cada vez que recorro el listín por puro tedio, curiosidad o necesidad. Cada vez que lo veo, el vertiginoso descenso digital por nombres y números de familiares, amigos, conocidos, saludados y por si acasos, se ralentiza y se detiene por unos instantes en él. ¿Debería borrarlo? 

No creo en los más allá (y menos telefónicos…, salvo para los servicios de atención al cliente, claro). Sé que si marco su número lo más probable es que a) el número no exista b) el titular sea otro c) lo haya conservado María Antonia. ¿Qué se yo? Nunca se lo he preguntado. Sea como fuere, no quiero molestar a Raúl, que a buen seguro tiene mejores cosas que hacer que aguantar nuestras tribulaciones. ¿Estará entre ellas la edición de otra revista de jazz? De ser así, espero que el más acá sea menos hostil con tan ardua empresa. 

No lo he borrado, aunque es probable que dentro de poco decidan desde Silicon Valley quién debe y quién no figurar en el listín de nuestro teléfono. Mientras sea mi decisión, su nombre, apellido y número de teléfono seguirán figurando, por mi santísima voluntad analógica. Y es que una persona muere cuando se la borra y olvida, no cuando fallece. No me sale de los vodafones enterrarlo. Raúl está vivo, porque su revista lo está. Y eso, en España, es casi tanto como el milagro de la resurrección, un improbable tan imposible como lo es una revista de jazz en este erial patrio. 

El cuerpo de Raúl decidió hace un par de años que hasta aquí llegaba, pero su espíritu -que por lo que pude intuir en nuestra corta relación personal era pura obstinación- sigue impulsando contra toda lógica práctica y sentido común (o sea, puro Raúl) nuestro/su trabajo. Porque si este años Cuadernos de Jazz va a cumplir un cuarto de siglo es por él. Así que mientras me permita firmar en su revista, yo conservaré su número. ¿Cómo habría de borrarlo? ¡Si es el de la dirección!

Carlos Pérez Cruz

Días después del fallecimiento de Raúl Mao, en 'Carne Cruda' (entonces en la SER) le dedicamos esta sección, con la presencia de la propia María Antonia García: http://cadenaser.com/programa/2013/02/12/audios/1360638817_660215.html

Y en el 'Club de Jazz', le dedicamos este programa especial:

lunes, enero 19, 2015

‘Sangre, sudor y jazz’ (y errores y lugares comunes)


Mito y leyenda suelen ser mucho más vistosos que la realidad. Es más literario lo sórdido que lo higiénico, es más cinematográfica la vida disoluta que la rectitud. No es lo mismo una biografía con firma de historiador que un biopic cinematográfico. De la biografía esperamos rigurosidad, fuentes que avalen lo narrado, respeto de los espacios en blanco que, de rellenarse, resultaría un ejercicio extemporáneo de imaginación del autor. Al biopic cinematográfico le suponemos manipulación, entendida como licencia creativa. Salvo que se trate de un documental (lo que tampoco es un seguro de vida de fiabilidad), la biografía cinematográfica está trufada de licencias. 

Del periodismo uno espera rigor. Como suele señalar el periodista Joan Cañete, al periodismo no le hacen falta etiquetas, simplemente ejercerse. ¿Comprometido, humano, social…? No, periodismo. Me da lo mismo que el periodista sea un mal bicho y su medio un nido de fachas, rojos o verdes, lo único que exijo es rigor. Es decir, que se hable con propiedad y los datos sean precisos. Si a eso se le añade una buena gramática, puede aspirarse al Pulitzer. 

A pesar de lo que pueda parecer, la sección de Cultura de un medio no es (no debería ser) el cajón de sastre para que los periodistas de la casa se explayen y rebajen tensiones hablando de sus hobbies. No, la cultura no es un hobby. No desde una perspectiva periodística. La cultura (en sus muy diversas facetas) requiere especialización, y por eso ya es de por sí una quimera ejercer de periodista cultural si se ha de abarcar pintura, música, teatro, danza, cine… La curiosidad por el mundo árabe no le convierte a uno en arabista; ni cantar en la ducha, en una eminencia del bel canto. Por eso, cuando el periodista se enfrenta con lo desconocido, o con lo que conoce vagamente, no está de más coger el teléfono, abrir un libro o incluso consultar internet

Me ha pasado a mí y puede volver a pasarme. Recuerdo que se me encargó la necrológica de un músico al que conocía pero no controlaba, del que no era yo el más indicado para escribir. Acepté por razones que omito, por ser íntimas y por resultar irrelevantes para lo que nos ocupa. Un compañero del mismo medio se alteró por las imprecisiones y omisiones que contenía. Hizo bien. Se corrigió y añadió lo que faltaba. Por regla general, no acepto retos para los que no estoy preparado. El océano es muy grande y flotar en el agua no le convierte a uno en Mark Spitz. 

“Sangre, sudor y jazz” es el título de un texto de Pedro Moral Martín publicado en ‘eldiario.es’*, con fecha 15 de enero de 2015. El medio no aclara si se trata de una crítica, de un artículo informativo o de una columna de opinión. El autor se refiere en él a la película “Whiplash”, de reciente estreno en cartelera. Dejando de lado su valoración de la película (apreciación subjetiva de la misma), el texto contiene una serie de errores objetivos y lugares comunes que dejan en mal lugar al medio que lo publica (por falta de revisión del contenido y/o comprobación de datos) y a su autor por las razones que expongo a continuación. 

Para hablar de cine no es necesario ser oyentes de jazz ni conocer su historia, pero para afirmar hechos históricos y situar lugares concretos de la historia del jazz se necesita, al menos, practicar el periodismo. En un solo párrafo se condensan tal cantidad de errores que un redactor jefe iracundo podría haber sentido la tentación de arrojarle al autor un bolígrafo como si de una diana se tratase. El párrafo es el siguiente: 

“En los 50, cuando estaban de moda las jam sesión en Nueva Orleans, un extraordinario batería llamado Jo Jones tiró su platillo directamente a la cabeza de Charlie Parker cuando éste había perdido el tempo de la canción. Parker se levantó y salió llorando. Un año después, Bird hizo el mejor solo de la historia”.


Para empezar, una cuestión lingüística: o las llamamos sesiones improvisadas o ‘jam session’, pero no hibridemos castellano e inglés. Por otro, no sé en qué momento han estado o dejado de estar de moda las jam session en Nueva Orleans pero, si a la que se refiere es a una en la que participaban Charlie Parker y Jo Jones, se le ha disparado la cronología ni más ni menos que dos décadas (el episodio referido tuvo lugar en 1936, no en los 50) y la ciudad que dice que la albergó queda a unas 13 horas del lugar en que aconteció (fuente: Google Maps), que fue Kansas City y no Nueva Orleans

La anécdota del plato que Jo Jones arrojó sobre Charlie Parker asoma en el texto porque, en la película, el iracundo profesor del aspirante a Buddy Rich la utiliza como metáfora motivadora de su propio proceder académico (¿?). Lo único que pone eso de manifiesto es que el profesor de la ficción había visto otra ficción: la película ‘Bird’ de Clint Eastwood. También el autor del artículo de ‘eldiario.es’, que da por sentado algo que no es sino una manipulación de unos hechos históricos con fines dramáticos. (De fiarnos del cine podríamos terminar por asegurar que Hitler murió acribillado en un cine de París). Poco importa que Jo Jones no arrojara ningún plato de la batería sobre Charlie Parker y, por lo tanto, no pusiera en peligro la integridad física de ‘Bird’. Que dejara caer al suelo un plato no resulta tan dramático ni peligroso. Que llorara, no consta. Asegurar que un año después Parker “hizo el mejor solo de la historia”, es de una grandilocuencia gratuita. Aunque no tan gratuita como la siguiente afirmación (sí, sí, afirmación): 

“El vicio es la quinta esencia del jazz, todos los músicos se metían, todos eran alcohólicos, todos se acostaban con muchas mujeres distintas y el cine lo ha recogido una y otra vez”. 

Resulta tan bochornosa esta generalización, tal el patinazo sin asomo de ironía en sus palabras, que lo único que podemos intuir es que Moral Martín se había metido un chute, bebido demasiado y acostado con la primera que pasaba por allí antes de escribir. Porque eso es lo que hacemos todos los periodistas de cultura, ¿no? 

Carlos Pérez Cruz

*Días después, el autor corrigió el texto publicado.

viernes, enero 09, 2015

¡La que han liado mis amigos!

“La que han liado tus “amiguitos”, fue lo primero que dijo al verme. Entré en la sala, llamó mi atención y lo escupió. ¿A qué se refería? ¿Quiénes eran mis “amiguitos” y qué habían hecho para “liarla”? 

Resulta que tengo amigos terroristas, amigos que disponen de sofisticadas armas de fuego que van disparando y masacrando humoristas por el mundo, así por las buenas, sin mediar más provocación que el humor. ¡Y yo sin enterarme! Pues habrá que hacer algo al respecto. De primeras, permítaseme anunciar la suspensión cautelar de mi amistad con estos asesinos de viñetistas hasta que se aclare lo ocurrido, que siempre hay que mantener la presunción de inocencia, ¿no? 

Toda suspensión de la amistad es dolorosa, lo sé por experiencia, aunque también he de decir que interrumpir amistades que nunca se han tenido lo hace más llevadero. Como nunca he tenido relación con los hermanos Kouachi –al menos de forma consciente, quién sabe si nos habremos cruzado en la vida-, no creo que les vaya a inquietar demasiado el anuncio público de nuestra ruptura. Además, creo que están demasiado ocupados en masacrar como para que les importe demasiado que yo les retire mi afecto

Ironías aparte, el esputo verbal que recibí como bienvenida de este compañero de quehaceres musicales produce escalofríos, o más bien inmenso desasosiego. Como señalaba en Twitter mi admirada Isabel Pérez, citando a Einstein, “es más fácil desintegrar un átomo que erradicar un prejuicio”. Y los prejuicios -de los que, por supuesto, yo tampoco me libro- son la parte más tóxica de nuestra manera de descifrar y relacionarnos con el mundo, quizá la más peligrosa. 

La relación que estableció el ínclito esputador es muy sencilla, no voy a aburrirles con más rodeos: como es conocida mi posición pro-palestina (es decir, pro-derechos humanos) y los palestinos son árabes y la mayoría de árabes son musulmanes y los autores de la masacre de París pronunciaron en vano (y en árabe) el nombre de Dios… ¡Exacto! Lo han adivinado. ¡¡Los palestinos la liaron en París!! No hay regla de tres más sencilla que ésta. ¡De cajón! 

En realidad no sé muy bien –porque no me entretuve en interrogarle- si la relación que estableció entre Carlos (o sea, yo) y los autores de la masacre del ‘Charlie Hebdo’ es en razón de arabidad o de musulmanidad. Si es en razón de lo segundo, imagino que podré mantener mi amistad con los cristianos palestinos, incluso con aquellos que sean lo que quieran ser (o no ser), siempre que no sean musulmanes. Si es en razón de lo primero, va a ser una jodienda muy grande, porque lo mismo tengo que borrar de mi diccionario un montón de palabras del castellano. 

Me consta que otro compañero presente en la misma sala ha dejado por escrito en redes sociales un “que los maten a todos”, lo que dejaría el Holocausto nazi o la sangría de Ruanda en rasguño de la humanidad (ya se refiera ese “todos” a musulmanes o a árabes, que en tal caso el mapa de la sangre podría fluctuar… e igual se mancha). Lo que no sé si ha calculado este energúmeno es lo mal que le sentaría a la economía local el cierre de tanto negocio de kebabs, que demasiados locales hay ya con carteles de ‘Se vende’ y/o ‘Se alquila’. 

Sé que pensar es muy cansado, que individualizar es mucho más complejo que unificar; que aceptar que millones de personas son millones de realidades y circunstancias y no una sola implica un esfuerzo por comprender; que un tuit descalificativo tiene más alcance que un artículo que ponga negro sobre blanco; que no todos los judíos son sionistas (¡ni siquiera israelíes!), como no todos los vascos y navarros éramos ETA por mucho que ETA se arrogara hablar en nuestro nombre (¿acaso no nos ha tocado aguantar el chaparrón por bombas y tiros en la nuca que ni pusimos ni defendimos?). 

Sé que antes aceptaremos la implantación de un chip de Google en nuestro cerebro que a una persona cuyas diferencias vemos antes con miedo que con curiosidad. Sé, en definitiva, que es más fácil enunciar “putos catalanes”, “moros de mierda”, “terroristas árabes”, “judíos nazis” (¡vaya oxímoron!), “gitanos” (así, a palo seco)…, que ver personas, ciudadanos, por encima de cualquier otra consideración y como tal considerarlas, cuando de individuos se trata. Por ahí se empieza. Y después, si uno está dispuesto a no creerse el ombligo del mundo, está la compleja realidad del planeta, donde pocas veces los blancos y los negros son lo que creemos.

Carlos Pérez Cruz

lunes, enero 05, 2015

Andoni Zubizarreta


Hay muertos capaces de morir dos veces. Es el caso de Andoni Zubizarreta, enterrado por el inefable Joan Gaspar en un autobús después de la desastrosa final de Atenas de la Copa de Europa -en la que el Milán enterró a aquel Dream Team por cuatro goles a cero (uno de ellos me pilló meando)-, y enterrada ahora su etapa de director deportivo del Barcelona. ¿Habrá una tercera? 

Zubi fue mi ídolo de infancia. Al igual que en ciclismo siempre fui de Álvaro Pino y de Marino Lejarreta, nunca de mi “compatriota” Miguel Indurain, en fútbol yo iba con el que paraba goles, no con los que los metían. Claro, si los metía el Barça daba brincos, pero ese modelo(s) que todo niño tiene en su infancia era para mí Zubizarreta (mi gesticulación en el campo era la suya, por supuesto). 


Fui portero, no muy bueno. Tenía mis virtudes, sin duda, pero también mis muchos defectos. Uno de ellos compartido con mi ídolo (quizá por ósmosis): era fatal con el pie. Tampoco paraba penaltis, cosa que también se le achacaba al portero culé y de la selección española, por lo que cada penalti pitado en contra era la anticipación de un gol recibido. Da lo mismo, mi héroe era de carne y hueso. Una mano suya en Valladolid fuera del área y su correspondiente expulsión fue también la mía del salón por insultos al televisor. 

Andoni Zubizarreta fue para mí un portero excelente, torpe con los pies, poco efectivo en los penaltis, pero un gran portero. Todo lo que no metió el Barça en la famosa final de Wembley de 1992 lo paró Zubizarreta. Después, claro, llegó el gol de Koeman en la prórroga y todos los honores para el pateador, pero hubo prórroga porque Zubi sacó sus mejores reflejos y Salinas, marca de la casa, falló goles cantados –bueno, seamos justos: Pagliuca fue el Zubi de la Sampdoria-. Tuve la suerte de ser testigo de la primera Copa de Europa de la historia del Barça, frente al televisor (en La 2 de TVE, ojo al dato) y con la radio sintonizada en Onda Media (grabé en varias casetes la narración de la SER que hizo desde Londres… Paco González). 


Fue el portero del mejor Barça de la historia antes del advenimiento del de Guardiola, aquel inolvidable Barça que imaginó Cruyff y que disfruté en los años en los que tenía edad para que el fútbol fuera epicentro emocional, esos en los que una portada de ‘Mundo Deportivo’ adquiría categoría de lienzo en la pared o en los que una foto con el ídolo le dejaba a uno mudo (quizá tanto como en aquella ocasión en que el rey Baltasar se sacó de su zurrón la carta que yo le había escrito). 


Gracias a Miguel Sola, jugador de Osasuna y mi entrenador en el Amigó –debería incluir en mi biografía que fui fichado, aunque no hubiera montante ni cláusula de rescisión-, conseguí una camiseta de mi ídolo por mediación de Unzué, ex jugador de Osasuna y entonces suplente de Zubi en el Barça. Me estaba tan grande como la responsabilidad de portero, quizá por eso fui más Unzué que Zubi en mi equipo y abandoné el fútbol por la música. Desde el banquillo gané más veces. Frente al atril, las lentejas.

Carlos Pérez Cruz

jueves, diciembre 25, 2014

Nochebuena (para pasear por Iruñea)

Llevaba años pensando en hacerlo. Esta noche, mientras muchos cenabais cumpliendo con el rito, me he dado un paseo. Pocas noches como ésta la ciudad posa para la cámara.


Nunca descansan. Luces encendidas, médicos de guardia. La medicina pública nunca será lo suficientemente valorada. Toda la noche por delante.


Focos para un monumento sin espectadores. Los corredores de un encierro congelado para el tiempo. Al fondo, una pareja de origen latinoamericano empuja la silleta de un bebé.


Luces en Palacio. En el interior, la historia de Navarra duerme en unos salones por donde lleva demasiado tiempo paseándose la misma presidenta.


Tres grados, aunque en el bar de abajo suelen ser más elevados. Reina el silencio en la plaza, donde me cruzo a un guiri que me pregunta cómo puede llegar a su hotel. Tiene una historia, seguro, pero yo estoy de paseo.


Al otro lado de la Plaza del Castillo, se desciende por Chapitela. En sanfermines lo hacen rios de mierda, hoy se escuchan mis pasos.


Hay vida en las casas. En esas, hoy les ha tocado cumplir. Alguno desearía salir por patas... o en bici.


Castañicas frente al rey. Hasta para comer, lo monárquico es veneno.


Como los Reyes Magos no pueden atravesar el checkpoint de Belén, la estrella les señala el camino hacia el consistorio. Si me dan elegir, prefiero estrella a chupinazo.


No estoy solo. Dos se sientan en un banco en los soportales de la plaza. A pesar de la "i", no me acerco a preguntar los motivos.


Lo siento por el cartel, pero no es noche de ley. Si hay alguien vigilando, debe de estar en Silicon Valley.


Si Hitchcock lo hacía, yo también. Me cuelo en mi propia peli. Sugerente compañía, pero he de seguir mi camino.


Confirmado: los chinos no cierran nunca. Como no hay clientes, hay llamada. Me apetece un helado, pero no jodamos...


Imagen de postal. Pronto alguno de los elementos de la foto (quiosco, convento, bicis y contenedor), será historia. Y no, no me refiero a las monjas.


Como los médicos, no descansa ni en Nochebuena. La Foral, esa gran mujer a la que rindo tributo... en Hacienda.


Vuelvo a la Plaza del Castillo. Recuerdo que una vez, de niño, fui yo quien encendió sus luces. ¿A qué hora empieza  la verbena?


Para el perro no hay niño en Belén que valga. También excusa para hacer un quiebro a la sobremesa. Angelicos.


Se dejaron las luces puestas... y a Marilyn.


Cena en la cocina. La austeridad siempre fue fluorescente.


No ha hecho ni empezar y la Navidad ya empieza a pasar página.


Espero que os haya aprovechado. Gracias por acompañarme en el paseo. Buenas noche(buena)s.

jueves, diciembre 18, 2014

Treme


No sigo los ritmos de la televisión ni estoy al día con la última serie de la que todo el mundo habla. Me acuerdo de pronto de alguna que dejé en espera hace tiempo y miro a ver si ha salido el DVD, porque no sufro la ansiedad de ver toda una temporada en una tarde, ni me parece una aberración darles a las cosas su tiempo. Desconozco por ello los detalles de por qué Treme se cerró en una última temporada de cinco capítulos, como si se cerniera sobre ellos la tempestad y hubiera que darse prisa por finiquitar lo antes posible… y a otra cosa. 

Imagino (asumo el riesgo de equivocarme) que los datos de audiencia no fueron todo lo favorables que deben para que sea rentable sacar adelante todo lo que implica un rodaje así -y en esto poca tontería que, como comprueba Annie, la violinista de la serie, también en arte business is business, y cuanto más arriba, más se cae-, y así como hay series que pierden el norte que las guiaba por no saber retirarse en hora, las hay que nos dejan el regusto amargo de su pronta partida. Estábamos tan a gustito… y nos tuvimos que marchar. 

He oído –incluso he dicho- que la serie flaqueaba en cuestión de trama, pero la trama era la calle, relato de eso que llaman el pulso de una ciudad y que no son sino los latidos asincrónicos de miles y miles de supervivientes (¿acaso no lo somos todos?) en la jungla de una Nueva Orleans que vive con el peso glorioso de un pasado mitológico no tan lejano y asolada por las inmundicias políticas que quedaron en superficie tras el desastre del huracán Katrina. 

Así como la destrucción es siempre el preludio de una reconstrucción (menos en Gaza, claro), en Nueva Orleans los que se quedan toman el testigo de una tradición que en realidad no muere, se renueva con un combate de opuestos en el que todos salimos ganando. Toda noble tradición camina por el alambre de lo que fue, lo que es y lo que cada uno queremos que sea. Tensión natural sin la que quedaría enterrada y de la que la serie de David Simon es un extraordinario reflejo y a la que rinde un sincero, emocionado y emocionante homenaje. 

No está enterrada la radio, hilo conductor de vidas que se ignoran mientras bailan y escuchan la misma música y las mismas palabras de DJ Davis; sí quizás moribunda esa que se dirige a ti y sólo a ti mientras nos habla a todos con esa voz que divaga, se pierde y te encuentra, en la que no se ganan audiencias sino que hace comunidad. Ay de esa radio, la de David McAlary en Treme o aquella mítica KBHR del Cicely de Doctor en Alaska, con el filósofo de Chris Stevens, Chris in the morning. Una cabina a media luz, un micrófono, la palabra y buena música. ¿Para qué más?

Carlos Pérez Cruz

sábado, diciembre 06, 2014

La noche (de los tiempos) en TVE


Fue como si un haz de luz hubiera iluminado de pronto la noche, como si alguien vestido de blanco hubiera irrumpido en una discoteca donde se exige el negro, como si una stripper se hubiera colado entre un mar de mujeres con burka; fue el hombre de la limpieza (aunque suelan ser ellas) que con su sola presencia nos hizo conscientes de la mierda acumulada. Estaba allí, siempre había estado, la veíamos y olíamos, pero nos habíamos acostumbrado a su presencia y mal olor; lo respiramos con la naturalidad con la que asumimos que el veneno es oxígeno. 

No es esta una metáfora sobre un hombre impoluto frente a la perversa encarnación del mal –no creo en almas beatíficas, en iluminados morales sin sombras-, pero sí intenta serlo sobre el efecto que produce una corriente de aire fresco en un espacio con calefacción central (y vecindario octogenario), el paso del agua por la garganta del sediento, la puerta de salida del laberinto a una pesadilla..., y, sin embargo, más que alivio sentí angustia, se me revolvieron las tripas, me fui a la cama con mal cuerpo, falto de oxígeno, con el nudo de una corbata imaginaria estrangulándome. 

Sólo vi los minutos finales –hoy he completado parte de lo no visto-, pero la entrevista con Pablo Iglesias anoche en el canal ‘24 Horas’ de TVE fue lo más parecido a una terapia de choque con descargas de hedionda iracundia sobre el espectador, que no es otro que el ciudadano que con sus impuestos permite que ese canal exista, que su director se permita hacer la pregunta más abominable y abyecta que uno pueda imaginar y que periodistas (¿?) tan satisfechos de sí mismos, y con la misma independencia con la que un pez se mueve fuera del agua, se metan en el bolsillo los presupuestos que no hay para que los trabajadores de la casa hagan simplemente buena radio y televisión (una posibilidad heroica y abocada hoy, en muchos casos, prácticamente a la indigencia).


Postergada hasta que no ha habido más remedio, confinada al canal informativo en la noche de menor audiencia de la semana, al comienzo de un puente festivo, con un faldón de inusual en tamaño para ir haciendo circular en paralelo a la entrevista tuits de espectadores –no vaya a ser que a algún espectador le dé por concentrarse en escuchar lo que se dice-, la sola presencia de Pablo Iglesias permitió visualizar como pocas veces la podredumbre de la radiotelevisión pública, incrustada como el moho en los viejos pilares de madera de un muelle veneciano. Cuanto más enRojocía de ira el tal Sergio Martín, más palidecía la noble profesión periodística, ahogada y desprestigiada por la peor ralea empresarial en el ámbito privado, sepultada en el servilismo político-económico más ruin en el público, y siempre con la connivencia mayoritaria de trabajadores medrosos ante las consecuencias de la noble disidencia. 

Tan sólo un momento de lucidez adecentó el papelón del tal Sergio Martín cuando, después de excretarle a Iglesias un “enhorabuena” por la salida de presos de ETA de la cárcel, advirtió, no sin cierto apuro: “Estamos completamente fuera de tiempo”. Yo no lo hubiera expresado mejor. 

Carlos Pérez Cruz



Adenda: Momento estelar, para quien esto escribe, fue la intervención de un tal Antonio Papell quien, a punto de finalizar la entrevista, se dirigió a Iglesias en estos términos: “Viendo que la universidad está como está, absolutamente corrompida, con un clima oligárquico, de descomposición, ¿por qué no han empezado haciendo la revolución en la universidad para cambiarla en lugar de meternos a todos en el follón en el que nos están metiendo?”. 

Una propuesta política es un “follón” (no una opción) en el que “nos están metiendo” (como si no fuéramos libres de elegir votarla o no; como si proponer opciones resultara un desacato al buen orden… establecido). Dicho de otra manera, el paternalismo propio de las élites de este país: tú déjanos a nosotros, que de esto no sabes… chaval. Canguelo en las poltronas.
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