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sábado, noviembre 02, 2013

Agustí Fernández, Barry Guy, Ramón López - "A moment's liberty"


Se pregunta el pianista Agustí Fernández en las notas del libreto de esta tercera entrega de su trío junto a Barry Guy y Ramón López, “¿qué buscamos los músicos cuando hacemos música? ¿Qué pretendemos cuando nos juntamos y mezclamos nuestros sonidos unos con otros? ¿Por qué o para qué hacemos música?”. Es decir, Agustí traslada a la música lo que en filosofía son las grandes preguntas de la humanidad. Y él mismo se responde con diversas opciones: “La primera es la que dice que los músicos buscamos la perfección técnica. Es decir, la música entendida como artesanía, como oficio. Una segunda respuesta afirma que los músicos buscamos construir un nuevo lenguaje, o dominar uno ya existente. La música como escuela de idiomas. Una tercera respuesta es la que mantiene que los músicos buscamos la expresión, tanto personal como colectiva. La música como comunicación, como vehículo para expresar ideas y/o emociones.” Agustí ofrece respuestas canónicas a las preguntas esenciales hasta que, sin negarles validez, añade: “No creo que sean las más adecuadas para describir lo que hacemos Barry, Ramón y yo”. Sí, todo eso está ahí pero “no son estas cualidades las más importantes, a mi parecer. Creo que para nosotros lo fundamental es la voluntad común de que, a través de la música, se cree un momento extraordinario, imprevisto e inusual. Un momento quizás no verbalizable pero que se puede percibir perfectamente, como en las mejores ocasiones en que la música esquiva el intelecto y pasa únicamente a través de los sentidos”.

Es cierto, no resulta fácil expresar con palabras la buena música. Nunca lo ha sido. Las mismas preguntas que Agustí se hace resultan pertinentes llevadas al terreno de la crítica. ¿Qué buscamos con ella? ¿Qué intentamos hacer cuando –en este caso, en solitario- afrontamos con voluntad crítica esa mezcla de sonidos? ¿Por qué hacemos crítica? ¿Para qué? Ninguna de ellas tiene una fácil respuesta, aunque también las hay canónicas. Pero permítaseme decir, al hilo de este A moment’s liberty, que si algo impulsa nuestro trabajo, si algo lo hace razonable en nuestra absurda inversión de tiempo, es tratar de transmitirles nuestro entusiasmo y, por ende, ayudar a la difusión de una música que casi nunca encuentra los canales de distribución y difusión que le hagan justicia. O, al menos, nuestra idea de justicia. Claro que no siempre el crítico afronta una valoración motu propio, muchas son encargos. Pero cuando lo hace sin que nadie se lo pida es porque quiere comunicar algo extraordinario y no puede reprimir las ganas de contarlo allá donde pueda hacerse un hueco con la palabra. Es el entusiasmo el que mueve estas palabras, aunque éstas sean una herramienta absolutamente imperfecta para describir A moment’s liberty. Porque, ¿cómo explicar ese “preciso momento en que los sonidos que emiten los músicos dejan de ser simples notas y toman vida propia, ajena a su voluntad”?

Determinado tipo de jazz, quizá el predominante, el que ha determinado una percepción de lo que esta música es a nivel social, se caracteriza por la exposición melódica y el desarrollo posterior de los solos en base a esa melodía o las armonías que la sustentan. Es decir, la melodía supone una excusa más o menos labrada para lanzarse al vértigo de la creación en el momento: la improvisación. Si hay una característica compartida por el trío Aurora y esta forma estandarizada de entender el jazz es que la melodía puede ser motor, el artificio con el que se pone en común un universo estético, un tono emocional determinado que imbuye la aportación individual. Pero eso es todo. Cualquier parecido con la estandarización en la música del Aurora Trío es producto de una enajenación de la consciencia. Sí, hay melodía, incluso estructuras (sirven para pisar suelo y/o proponer giros en la trama), pero lo que percibe el oyente al escucharlos –si se presta atención- es que lo que estructura de verdad todo el trabajo, cada una de las piezas que lo componen, es una búsqueda del momento en el que lo planificado salta por los aires y algo –quién sabe qué- pone en marcha los resortes de un instante irrepetible que por la gracia del arte mantiene relación con su detonante, pero que adquiere una forma y una estética insospechadas de primeras. Es el placer de quien crea con la certeza de que la propia experiencia y la de sus compañeros, bregados en mil batallas, admite un salto al vacío en la que la red son los otros y uno mismo. Y así el grito de vértigo (¿de Barry?) cuando la música se arroja al delirio de la caída libre en la loca Annalisa, una vez liberados de la densa secuencia anterior, de las alucinógenos motivos de estudio de transporte melódico en el piano azotados por los latigazos de clústeres, es también el grito de placer del oyente que poco podía imaginar el destino de Annalisa que, de tan tímida, no permitía suponer semejante desmelene.

Agustí Fernández, Ramón López y Barry Guy (Foto: Caroline Forbes)

Los amantes de la música como confortable medicina de la previsión, devotos del control de las circunstancias, se sentirán desorientados con este disco. No todo el mundo espera lo extraordinario, lo inesperado y lo excepcional. Para poder disfrutar de esta grabación es preciso ser consciente de que nada es evidente. Que la belleza formal, melódica e íntima que proponen muchos de los temas de Agustí (como ya hiciera en El laberint de la memòria o en Azul junto a Ramón, también en anteriores entregas de este trío) no cae nunca en la evidencia, en el regodeo meloso ni en el subrayado de las emociones –como si se tratara de una acaramelada película de sábado por la tarde-, sino que aquí la belleza nunca es evidente o, mejor dicho, no se deja arrastrar por la evidencia. Sucede en el inicial A moment´s liberty (quién nos iba a decir que el minimalismo más absoluto de inicio podía hacer parada y fonda en el abismo desatado de unos trazos negros de viñetista que se frustra ante el vacío de una hoja en blanco o con balbuceantes primeros esbozos) y también en ese auténtico regalo que es El tesoro de la pianista jiennense Irene Aranda, fuego lento prendido con delicadeza y sostenido sin regodeos ni excesos lacrimales. Tan medido en su intensidad que, una vez escuchado, se precisa una pista consecuente de silencio. Pero no hay respiro ni cuando la música lo proclama: Breath sólo al final, cuando la tensión y el misterio tramado in crescendo con una insistencia semejante a la del Ligeti de la Musica Ricercata (claro que el desarrollo…), altera los sentidos lo justo para convertir la muerte de la música  en un bellísimo epitafio.Mil y un pequeños detalles para el oído atento y entregado a la gozosa labor de la escucha concentrada de la música que es capaz de bailar en Bielefeld breakout un delicioso vals de madrugada o convertir la Orangina de Albert Cirera (registrada en el reciente trabajo del Free Art Ensemble) en una especie de paseo por los cuadros de una exposición. Entre sala y sala temática, el paseante puede percibir las conexiones nerviosas de un cerebro excitado por lo visto en la anterior sala. Claro está que son interpretaciones que tienen más de sugestión que de criterio técnico pero, ya lo dijo Agustí, este trío “quizá no pueda ser descrito con palabras” ni a través de “meras matemáticas”. 

Cómo explicar la Algarabía que bien podría anunciar una fiesta flamenca y que termina proponiendo un alocado y complejo encaje de bolillos rítmico que, muy en el fondo, sigue utilizando la vieja fórmula de la llamada-respuesta. O cómo explicar sin sentirlo, sin poner todos los sentidos en ello, el maravilloso y bien medido rubato del pianista mallorquín que arrastra y que secundan con precisión y ligereza los magníficos Guy y López en Uma y otros de los ya mencionados con anterioridad. O el trance en el que entra el tema inicial cuando se cuela el Ramón en París de Azul con su momento de campana y suspensión del tiempo. O el efecto que produce la interpretación en trío de Joan i Joana (aquí cierra lo que en El laberint de la memòria abría) que, paradójicamente, genera una sensación de mayor intimidad que la del solo original (quizá inducida por el contraste con la inquietante improvisación que precede a la exposición temática… pero no sólo). O la cortante definición del perfil de cada nota en el sonido de Agustí; la capacidad de Ramón López para una actividad siempre presente, llena de ingenio en su nervio, pero nunca intrusiva (y qué preciosa intervención con la tabla en The ancients); la versatilidad de Barry Guy, quizá el contrabajista más completo del ámbito de la improvisación y con el sonido más… ¿cómo describirlo? ¿Cálido y envolvente con este instrumento? Se queda corto, máxime cuando él habla con el contrabajo de tantas maneras. Escúchenlo mejor ustedes mismos que Ferran Conangla, el técnico de sonido de la grabación, se lo sirve como siempre con una claridad cristalina. Dense el lujo de dejarse llevar durante casi hora y cuarto por un viaje que se inicia y muere calmo después de atravesar picos y valles de una belleza devastadora, de cruzar ríos de furia y océanos de serenidad, de avistar horizontes fascinantes antes de dar media vuelta para despertar del éxtasis por un nuevo sendero jamás asfaltado de antemano y en el que rara vez se ven turistas ni áreas de descanso con café de máquina; sólo viajeros, exploradores y nuevos caminos por recorrer. 

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en la web de www.elclubdejazz.com

martes, diciembre 28, 2010

Savina Yannatou / Barry Guy "Attikos"


Los tiempos que corren lo hacen de veras. Al menos corren frenéticos los usuarios del espacio / tiempo que van de un lado para otro desorientados, llenando huecos a toda velocidad. La música no es inmune a este frenesí; es más, lo padece. Para tiempos tan caóticos, música sin freno. Da igual cómo y dónde. Música por un tubo por el que bajarla a chorro de no sé sabe muy bien dónde. Del espacio exterior, que es de donde parece que viene todo aquello que llega de internet. ¡Ya! ¡¡Rápido!! No me gusta, otra cosa. Pero, ¡si no la has escuchado! ¿Escuchar? A lo sumo oír... ¡más!

Admítaseme este preámbulo (lamento) para dejar constancia de que la música que aquí me ocupa no es música para nuestro tiempo. Sí lo es de nuestro tiempo pero no para aquellos que mayoritariamente lo entienden como un tiempo banal, como un tiempo al que una cosa le sigue otra y otra y otra. Da igual qué, para eso se inventó el icono de 'avanzar pista', ese con el que zapean los que niegan valor hoy en día a la idea de un disco completo (claro, su música no lo vale, lo malo es que arrasen con el resto en su deriva). Para ellos carece de sentido esperar que las cosas se asienten, que la relación se establezca para llegar a algún puerto. O a un ático, en el caso de este dúo entre Savina Yannatou y Barry Guy.

El valor del disco en su soporte físico depende no sólo de la música en él grabada sino de la presentación y contenido del envoltorio. Los discos de Maya Recordings son cuidadas ediciones que, en el caso de Attikos, nos permite sentir la textura de la pintura de portada del irlandés Stephen Vaughan (Aeon, su obra de 2006) así como entender mediante las palabras de Barry Guy impresas en el libreto la idea de un concierto que tuvo lugar el 27 de mayo de 2010 en el Bimhuis de Amsterdam y que ahora es disco. Barry, apasionado de la arquitectura, parte su reflexión de una idea constructiva de los arquitectos Ilya y Emilia Kabakov: un espacio operístico vertical de varias plantas. En cada planta se tocan diferentes músicas. El público asciende por una escalera espiral hasta alcanzar un ático en el que el espectáculo finaliza. En ese ascenso el espectador pasa por diferentes estados afectados por los colores de la techumbre y los sonidos de cada piso. Una ascensión que encuentra cierto paralelismo con lo que pudieron experimentar tanto Savina y Barry como el público el día del concierto.

Puedo llegar a percibir Attikos como el espacio sonoro sentido en ascensión espiral que propone Barry pero no es menos cierto que mi percepción de esta música es menos unidireccional, es más juguetona, asciende y desciende para volver a ascender, como si Savina y Barry fueran dos niños que juegan a mostrar y a esconder; chiquillos insolentes que corretean escaleras arriba y abajo. Al fin y al cabo improvisar desde la nada es un juego. Un juego de creación, de construcción musical con tan pocas herramientas en su caso (voz y contrabajo) que produce vértigo incluso desde los cimientos. Sin embargo, cuando el concierto llega a su fin (al Attikos) uno olvida los escasos pilares que sostienen semejante monumento y se deja caer por la espiral para volver a ascender tantas veces como quiera, que no se cansa uno de escucharles jugar.

Entusiasma comprobar que dos personas de bagajes e idiomas tan diferentes se atrevan a dialogar del modo en que ellos lo hacen frente al público. De las ocho plantas de Attikos tres se cimentan a partir de planos previamente compuestos (al menos indicativos). Savina Yannatou aporta de su repertorio Sumiglia, una canción tradicional de la isla de Córcega que dio título a uno de sus discos ECM con Primavera en Salonico así como Nani nani, uno de los muchos tradicionales sefardíes que ha grabado la ateniense. Él The ancients, composición que trabajaba por aquel entonces con el pianista Agustí Fernández. Sumiglia remansa la tormenta sonora del tanteo inicial en el First Sky con una preciosa revisión que ella interpreta de manera medianamente ortodoxa y Barry Guy acompaña de forma ejemplar con preciosas líneas melódicas (¡qué calidez en su sonido!). Estremecido como se queda el corazón después de la maravilla, Savina sube un escalón hacia el Second Sky y rompe su voz en mil sonidos, pía, borbotea, declama de forma inverosímil en un idioma indescifrable y fragmentario hasta que declina para que Barry dibuje con el arco sobre las cuerdas de su contrabajo la acogedora atmósfera palaciega de The ancients. Con ella envuelve las frases más lineales de Savina hasta que sus voces se cruzan en un flirteo eléctrico que Barry descarga hacia su remanso inicial. Ya habrá tiempo en el Third Sky y Fourth Sky para romper tempos, percutir el contrabajo y dejar que Savina vaya y venga sobre todo ello en un diálogo de expresiones que contienen la reacción, más que de preguntas y respuestas. Entre medias Nani nani asoma al final de una larga improvisación. La nana en voz de Savina va penetrando en el subconsciente nervioso de Barry que sucumbe al final a la placidez del sueño. Arriba espera el Attikos, explosión de júbilo, culminación alocada y eufórica del edificio obra de dos desacomplejados arquitectos sonoros.

Nada tan aparentemente anacrónico como un disco que reclame atención de principio a fin (de abajo a arriba en este caso); nada tan demodé como dar a la música su tiempo de maduración y digestión. Nada tan necesario como que tipos como Savina Yannatou y Barry Guy puedan seguir explorando los límites de la comunicación humana y de la arquitectura sonora musical.


© Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)
Publicado originalmente aquí.

Puedes escuchar las entrevistas con Savina Yannatou y Barry Guy emitidas en el Club de Jazz con fecha 22 de diciembre de 2010, también en su versión original en inglés.

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