He vuelto a charlar con ella. Lucía clausura la
década de sus veinte con su segundo trabajo
discográfico propio,
AzulCielo. Es el proyecto final de un
Máster en Composición y Batería en la
Universidad de las Artes de Berlín, y la música
desprende tanta luz como la palabra que titula
el disco. Durante la charla Lucía verbaliza las
musas que la inspiran pero también descubre los
rudimentos que, con mucha paciencia y
laboriosidad, van dando forma a la música. Es
ese trabajo incansable e irritante, frustrante
la mayor parte del tiempo, el que se oculta a
los ojos del melómano. Lucía lo cuenta con la
alegría que desprende la recogida de un fruto
largamente esperado, pero sin ocultar la dureza
artesana y concienzuda de toda buena creación.
Cuando la música habita entre fotos y textos,
cuando el sonido se convierte en un álbum de
recuerdos, es el momento del oyente. Y ese es
hoy un momento frágil. Todo el trabajo, todas
las horas de inmersión en el oficio, la
laboriosidad fatigosa de la creación - que tanto
tiene de maratón mental como físico -, los
interminables días de parálisis, de miedo al
vacío o de excesos punitivos contra uno mismo,
se convierten, de pronto, en un simple disco
entre las manos. Sí, nada más, un simple disco.
Algo tan vulgar como una caja de plástico con un
pequeño libreto y un CD insertados. Es entonces
cuando a la expansión del alma por ver el sueño
cumplido se le abre el vacío inmenso de la
aspiración satisfecha. La duda ante el
pentagrama vacío es ahora la duda por la valía
de lo que tanto costó y parece tan sencillo
entre las manos. Y no lo es. Nada tan complicado
como llevar a buen puerto el bote de los sueños
propios. Pero, ¡ay la música! La música es un
sueño descargable. La música se arroja desde la
nube en un descenso suicida, en un
puenting
sin cuerda ni colchón, hacia el inmenso
gulag de nuestros ordenadores. Vastas
extensiones de una nada matemática a la que se
destierra la música. Los músicos la observan
atónitos. ¿Cómo es posible? ¿Todo esfuerzo es
gratuito? El
aprecio,
fugaz, intercambiable, olvidable.
¡No me
cabe en la cabeza cómo una persona se puede
bajar doscientos discos en una hora! Doscientos
discos, ¡¿cuántas horas de trabajo son?! A
Lucía no le cabe en la cabeza, pero en el gulag
de los unos y los ceros sí cabe. La dictadura no
aprecia esfuerzos, no admite justicia y equidad,
no contempla recompensa al trabajo. La
dictadura, como su propia acepción indica,
impone. Y hoy impone la música como pañuelo
desechable (al menos en otro tiempo eran de tela
y se guardaban en el bolsillo hasta la siguiente
secreción) y cuyo uso (que no disfrute) nos es
debido.
Y, sin embargo, ahí sigue Lucía, luminosa,
creciendo cada día, buscando su propio ritmo
inspirada por el
Elogio de
la lentitud con el que pone freno a su
natural impaciencia (ella lo intenta, conste)
y por los pacientes consejos y exigentes
estímulos de maestros como John Hollenbeck. Ahí
sigue, persiguiendo sus propios sueños y
delirios, dibujando el AzulCielo sobre Berlín a
brochazos de escobilla y golpes de mar
Atlántico; viendo venir la amenazante tormenta
de la catástrofe china para espantarla con un
estallido de platos que gritan y muerden para
defender la única caja que merece la vida, la de
una batería. Y tal vez algún día, con un poco de
suerte, como en aquel mirador de Vigo desde el
que veía venir la tempestad, pueda celebrar con
redoble alegría que la negra lluvia no tocó
tierra y que su música exorciza al pesimismo.