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martes, julio 24, 2012

The Thing & Neneh Cherry, Youn Sun Nah - 47º Festival Jazz Donostia - San Sebastián (23/07/2012)


Ingebrit Haker Flaten y Mats Gustafsson
© www.jazzaldia.com
 
A pesar de que Mats Gustafsson insistió con cierta vehemencia en aclarar que lo suyo no era un tributo a Don Cherry (tal y como se había anunciado oficialmente), la voz en off del festival reincidió en esa idea cuando dio por finiquitada la actuación de The Thing y Neneh Cherry. Un finiquito forzoso, tal y como sucedió hace unos días con Marc Ribot & Los Cubanos Postizos, sin margen para el bis. Un feo detalle (cuando menos, abrupto) precedido de una apresurada entrega de flores a la cantante (¿por qué no también a ellos?) que, vista en perspectiva, era una señal, no un cariño protocolario. Cherry las recibió como quien no entiende nada. Y el autor de la entrega voló del tablado con la misma rapidez con la que apareció.

La puesta en escena, con tres de los improvisadores más viscerales y estimulantes de la música libre improvisada, fue estremecedora. Escuchar sobre uno de los grandes escenarios festivaleros del jazz ibérico la explosión de Mats Gustafsson, Ingebrit Haker Flaten y Paal Nilssen-Love es como ver a la virgen en un prostíbulo. Una alucinación (¿?). Sea como fuere, la carta de presentación fue un ejercicio de purgación auditiva personal después de una semana de excesos musicales (no diré jazzísticos). The Thing es música directa, sin concesiones, sin medias tintas ni disculpe usted, ¿me permite pasar? Pasan y punto. Pusieron en evidencia lo que uno lleva constatando año tras año con desolación en la escena festivalera de nuestro país: los grandes festivales son – para una inmensa mayoría – actos sociales, un ameno pasatiempo. Simple y llanamente, una excusa para tomar algo, charlar, dejarse ver y (ahora) sacar una foto para colgarla en Twitter. Y se ha logrado a base de programar jazz “simpático”, edulcorado, inodoro… Jazz cliché que procura agradar a todo el mundo, cuando esta música desagradó casi siempre a una mayoría. Masas que se acercan también gracias a la generosidad de los festivales – autodefinidos – de jazz para con otros géneros (hay quien me habla de ese “gran músico de jazz”… sí, ese, Antony que tocó en el Kursaal); a la inversa, una quimera. En fin, un estereotipo que difícilmente casa con un Gustafsson en posición de listos, ¡ya!


The Thing & Neneh Cherry
© www.jazzaldia.com

El escenario ardía (moderadamente) y el respetable se apagaba (o buscaba refugio). Sólo algunos muy fieles mantenían el tono. Nos hemos ido educando en la inocuidad cultural y cualquier alteración del orden desconcierta. ¡Bien por ellos! Y eso que la versión de The Thing con Neneh Cherry tiene algo de whisky rebajado con agua. Y no porque la cantante no le ponga ganas, pero… Los tres se amoldan a su expresividad y eso implica el Nilssen-Love más comedido que haya escuchado nunca (¡Increíble! En algún momento se limitó - ¡incluso! - a mantener el tempo) y un Gustafsson que, del tradicional (y amenazante) jugador de rugby neozelandés con el que lo tengo asociado, quedó en futbolista de gesto búlgaro (léase Stoichkov). Haker Flaten bastante tenía con amoldarse a su strange woman, tal y como Cherry describió el contrabajo “adoptivo” del noruego, después de que el suyo se lo hubiera extraviado la compañía aérea Vueling (no sabía yo de estos fetichismos libreimprovisatorios de Josep Piqué). Su solo (a solas) resultó una simbólica paradoja. O de cómo ser miembro de uno de los grupos más salvajes y ruidistas de la improvisación y apenas resultar audible entre el ruidismo del público. Cosas de la Trinidad y de la educación de los trinitarios.


Neneh Cherry
© www.jazzaldia.com

The Thing, Neneh Cherry y su NO tributo a Don Cherry resultó básicamente una réplica vitaminada de lo escuchado en el disco, compuesto de algún original de Cherry (Cashback), de Gustafsson (Sudden moment) y versiones de The Stogees (Dirt), Suicide (Dream baby dream) o Don Cherry (Golden heart, grabado en 1965 dentro de su suite Complete communion). Con mayor espacio para el salvajismo de The Thing y para la interacción de Cherry con ellos que en el estudio, pero con la sensación de que el trío rebaja parte de su esencia al arropar a la cantante (especialmente Gustafsson, convertido muchas veces en soporte melódico y rítmico a base de repetitivos riffs, especialmente con el saxo barítono). Ella combina una excitada puesta en escena con limitaciones en el rango expresivo, básicamente un gran monólogo un tanto átono. Por razones de mi inconsciente que, por lo tanto, desconozco, venía a mi cabeza el nombre de Jeanne Lee y lo que ella habría podido hacer sobre el rugido rítmico de The Thing. Pero son cosas del imaginario, y la realidad es Cherry, que brilla en la actitud pero decae en la expresividad. A mi lado, dos fans de la sueca algo desconcertadas por verla en semejante tesitura. Qué difícil es ser independiente en este mundo.


Youn Sun Nah y Simon Tailleu
© www.jazzaldia.com

Uno se queda con la efímera alegría de ver músicos de mundos ajenos a éste en el recinto con más solera del festival, y a su vez con el regusto agridulce de que haya sido en su versión más “acicalada”. Adjetivo que bien puede servir para definir la pulcritud en escena de la coreana Youn Sun Nah, a quien tuve la oportunidad de escuchar media hora en uno de los recintos gratuitos del festival. Con un sol justiciero frente a ella (da no sé qué decir que ella cantaba cara al sol), lo suyo fue inverso a lo de los nórdicos: descargó la vivacidad de su grabación. Certificó la sospecha de que en su música no hay gran espacio para la improvisación y que estamos ante una notable intérprete, con una preciosa voz capaz de estallar en grito operístico si es preciso. Pero reproduce. Incluso sus compañeros (tanto el guitarrista Ulf Wakenius – habitual de los discos de Nah en ACT – como el acordeonista Vincent Peirani) apenas se permiten variaciones sobre el tema principal, que no improvisaciones.

Le tenía ganas a Sun Nah después del hechizo de su último disco, Same Girl, pero su directo (esa media hora, subrayo) no aportó nada en particular en comparación. De la preciosa recreación de My favorite things - acompañada de una kalimba - al vibrante Frevo de Egberto Gismonti (con la que me retiré del recinto) - donde asoma su vertiente más virtuosa y una expresión más jazzística -, el concierto transcurrió con una placidez extrema. Tan calmo como el mar que ella veía desde el escenario y cuyas olas emuló para cerrar con clase la versión de Message in a bottle (Sting), que grabara en el disco Vagabond de Wakenius. En ese tiempo también tuve tiempo de escuchar uno de mis favoritos de Same girl, la versión de My name is Carnival (Jackson C. Frank) y un tema propio de la cantante, Uncertain weather, cuya letra dice: Se acerca tiempo inestable. Sopla viento frío. Cae repentinamente una tormenta con granizo. Las estrellas desaparecen… Y todo eso sin usar gafas de sol.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com 

sábado, febrero 27, 2010

Fire Room (Ken Vandermark, Paal Nilssen-Love y Lasse Marhaug) - Huesca 25/02/2010

Ken Vandermark, Paal Nilssen-Love y Lasse Marhaug
© Jesús Moreno

Vivimos un momento musical desconcertante donde lo aparentemente nuevo suena viejo y los parámetros de descripción crítica han llegado a puntos ridículos en los que se recurre con frecuencia al prefijo post para tratar de explicar la música de grupos de hoy que nos recuerdan a los de ayer. ¿Cómo llamaremos a los grupos de dentro de veinte años? ¿Los postpost? Es lógico que los de hoy nos recuerden a los de ayer ya que todos forman parte de una línea cronológica (quizá evolutiva más que cronológica) que los músicos recorren de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás continuamente. Y al contrario que con el acto físico de caminar - en el que ir hacia atrás cuesta más que avanzar - en música (en el arte en general) dar un paso hacia adelante cuesta lo que diez para atrás. Por eso tiene razón Ken Vandermark cuando asegura que la música no ha dejado de evolucionar; hoy suceden cosas impensables hace no tanto tiempo pero los medios de comunicación siguen pensando (seguimos pensando) con la mente puesta en el pasado, en formas de expresión musical que alcanzaron su cénit y difícilmente pueden ser mejoradas (sólo repetidas), con estructuras mentales que todavía no han asimilado como naturales formas de hace cincuenta años y por lo tanto son incapaces de analizar con cierta perspectiva las propuestas de hoy. Es obvio, e insisto en ello, que el hoy parte del ayer y que el mañana ya está presente hoy pero nos cuesta mucho (me cuesta mucho) asumir que no es que no esté todo inventado (probable) sino que la evolución no está tanto en hacer nacer un nuevo estilo (normalmente los estilos se fundan a partir de pequeñas variaciones sobre lo ya existente) sino en ser conscientes de que los bagajes siguen interactuando (hoy más si cabe en este tiempo global) y generando sonidos que, aunque nos lo parezcan, nunca antes escuchamos. Nos falta perspectiva histórica, la criba del tiempo. Y nos falta libertad (es cosa nuestra) para el análisis fuera de estructuras mentales prefijadas.

Sirva este largo prefacio para contextualizar mi análisis de la actuación de Fire Room; grupo de naturaleza incendiaria (en honor a su nombre) y de intensa explosión creativa (permítaseme empezar por lo más primario, por nuestros sentidos y su percepción de un concierto así). Ken Vandermark es un ejemplo claro de cómo un músico hoy puede aprovechar las ventajas de la sociedad global y ampliar sus fronteras mentales en contacto con músicos de otras latitudes. Lleva muchos años haciéndolo y de ahí la ingente cantidad de proyectos que hacen casi imposible seguir la totalidad de su carrera. Éste le reúne con dos músicos noruegos: el baterista Paal Nilssen-Love y Lasse Marhaug, cuyo instrumento llamamos electrónicas como parte de nuestra (mi) limitada capacidad del uso del lenguaje fijada por los instrumentos tradicionales). Tres músicos cuya interacción a partir de la improvisación es capaz de alcanzar momentos de sublime unidad; tres fuentes de sonido que cuando confluyen son capaces de generar un magma sonoro de increíble densidad en el que las respuestas primitivas que se le suponen al diálogo sin partituras quedan superadas por formas que necesitan de un excelente dominio del instrumento, cultura musical (y general) y un altísimo nivel de concentración y escucha para que el resultado sugiera empatía al oyente. Así Paal Nilssen-Love, detenido, escuchaba la propuesta de Marhaug y Vandermark. Rostro concentrado en el que la gestualidad delataba una comprensión anticipada de la voluntad de sus compañeros hasta que, de pronto, despertaba de forma abrupta y se convertía en el sistema nervioso de un cuerpo musical que se contorsiona compulsivamente como una unidad tentacular. Un relato que no se detuvo en ningún momento y que finalizó con la naturalidad con la que acaba una partitura escrita. Y sin embargo no lo está y sigue siendo ésta una de las fascinaciones que despiertan músicos como estos, capaces de componer en directo sin que las ideas desfallezcan. Lejos de malabarismos innecesarios, siempre dentro de una lógica que se enfrenta a las limitaciones (puerta a su vez a un mundo de infinitas posibilidades) de la música que no tiene un sustento compositivo pero que se expresa en el lenguaje del caos armónico de la naturaleza.


Si el Orchestrion de Pat Metheny abre bocas (y encuentra eco en los medios generalistas) por la espectacularidad de su conjunción mecánica, un trío como Fire Room las perpetúa en ese estado por su conjunción humana, factor nada despreciable pero mucho menos apreciado en la sociedad del parque temático y las gafas 3D. Una conjunción que no lo es por su capacidad de repetir todos de manera simétrica un mismo gesto (al modo de un desfile militar) sino por, desde la disparidad expresiva, crear un todo unitario. Y supieron cómo crear tensión y distensión, supieron llegar a formas rítmicas definibles como descanso a la tensión extrema de modos más abstractos; contrapunto en el resultado global pero también en los momentos particulares en los que Vandermark y Nilssen-Love se contenían ante las contundentes insinuaciones de Marhaug y viceversa, cuando la virulencia de los dos primeros era compensada por una tormenta que se alejaba en manos del electrónico.


Está todo inventado (probable) y no es Fire Room ajeno a esa premisa. Pero no conviene perder de vista que la evolución de la música no depende de inventos ni de artificios sino de ser capaz de seguir generando a partir de lo que ya está escrito en la historia. Toda esa información está ahí para quien quiera aprovecharla y desde luego que Vandermark, Nilssen-Love y Marhaug la conocen y la aprovechan. Lo escuchado en Huesca fue una inyección de cruda realidad musical. Un chute tremendamente adictivo y optimista.


© Carlos Pérez Cruz


Publicado originalmente aquí.

viernes, febrero 26, 2010

Fire Room en Huesca (25/02/2010)

Fire Room: Ken Vandermark (saxo tenor y clarinete), Lasse Marhaug (electrónicas) y Paal Nilssen-Love (batería) posan anoche para servidor tras su concierto en el Centro Cultural del Matadero de Huesca. Una actuación que hizo honor al nombre del trío.

miércoles, febrero 24, 2010

Ken Vandermark - Sesión "Cruda" en el "Club de Jazz"

El saxofonista Ken Vandermark está de gira por Europa y antes de sus conciertos en Huesca (25 /02/2010) y Vic (26/02/2010) se ha pasado por nuestro Club de Jazz... es un decir. Javier Gallego "Crudo" se ha pasado por el local para escuchar a los Vandermark 5 y el proyecto Fire Room y de paso para hacerle a Ken unas preguntas... es un decir. Todo lo dicho y lo por decir en nuestro rincón semanal en "Carne Cruda" de Radio 3 (RNE) lo puedes escuchar aquí:






Fire Room es uno de los múltiples proyectos del saxofonista y en él trabaja con dos músicos noruegos: Paal Nilssen-Love (batería) y Lasse Marhaug (electrónica). Este vídeo es una muestra de cómo puede sonar el trío en directo:


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