Busca en "Carlos Crece"

Mostrando entradas con la etiqueta festival jazz donostia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta festival jazz donostia. Mostrar todas las entradas

miércoles, marzo 06, 2013

Cifras de una burbuja jazzística



Recortes y festivales. Nos cuentan que el Festival de Jazz de Vitoria tendrá este año un día menos por la crisis (se celebrará entre el 16 y el 20 de julio). Quizá si alguien tuviera la valentía de pinchar la burbuja de presupuestos inflados, de cachés inflamados, no sólo daría para una semana al año, sino para todo él. ¿Cómo es posible que en Europa festivales con patrocinios privados y subvenciones públicas acepten pagar cifras desorbitadas a artistas que en su país de origen apenas huelen un dólar? Ni lo uno, ni lo otro. Un equilibrio que permita no sólo no reducir, sino ampliar (también criterios). De otro festival ahora en marcha, el de Terrassa, leo que "reunirá más de 300 músicos a pesar de los recortes". Me pregunto: ¿Cuál será el recorte en el pago de cachés?


Jorge Pardo en Huesca (28/02/2013)
© Jesús Moreno

61.000 €. Ese es el presupuesto total del que dispone el área de cultura del Ayuntamiento de Huesca para su programación musical este año 2013. En ese presupuesto, me asegura el técnico de cultura del municipio, se incluyen los pagos de cachés, derechos de autor, alojamientos, comidas, publicidad, producción técnica, etc. En lo que llevamos de curso ya se ha podido escuchar en la ciudad a Silvia Pérez Cruz, Perico Sambeat o Jorge Pardo, y en previsión están Digital Primitives, Myra Melford & Ben Goldberg, Wadada Leo Smith y otros. Y sólo son algunos de los dos conciertos (no sólo los hay de jazz, por supuesto) que se celebran de media por semana auspiciados por la concejalía. En contraste, el Festival de Jazz de Vitoria contó en su edición de 2012 (pese a una reducción del 40% en cuatro años) con un presupuesto de 850.000 € (en 2011, Iñaki Añua, su director, declaró que del millón de euros de presupuesto de ese año, el 74% procedía de recursos propios). El de Getxo, en el mismo curso, 290.000 €. El Jazzaldía de San Sebastián presupuestó 1´8 millones de €. Todos ellos se ventilan en una semana de verano. ¿Quién responde por esta inflación evidente de cachés? ¿Quién explica esta revalorización tan exorbitada en torno a una música que a nadie importa durante once meses al año?


Sixto Rodríguez

“Quizá otros se hayan enriquecido”, dice Sixto Rodríguez. A su costa, claro. La increíble y fantástica historia de este cantante que cuenta Searching for Sugar Man tiene un contraplano inquietante. ¿Quién se quedó con el dinero de sus ventas millonarias en Sudáfrica? ¿Quién hace negocio en la música? Por lo que parece, casi todos menos los músicos. Uno de ellos me facilitó hace unos días una cifra que produce escalofríos. Recibió un aviso en el que se le hacía constar que sus “well-deserved music sales” de seis meses de rendimientos en Spotify ascendían a 0´57 dólares. Y claro, su burbuja hizo plic.

© Carlos Pérez Cruz
 
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

martes, julio 24, 2012

The Thing & Neneh Cherry, Youn Sun Nah - 47º Festival Jazz Donostia - San Sebastián (23/07/2012)


Ingebrit Haker Flaten y Mats Gustafsson
© www.jazzaldia.com
 
A pesar de que Mats Gustafsson insistió con cierta vehemencia en aclarar que lo suyo no era un tributo a Don Cherry (tal y como se había anunciado oficialmente), la voz en off del festival reincidió en esa idea cuando dio por finiquitada la actuación de The Thing y Neneh Cherry. Un finiquito forzoso, tal y como sucedió hace unos días con Marc Ribot & Los Cubanos Postizos, sin margen para el bis. Un feo detalle (cuando menos, abrupto) precedido de una apresurada entrega de flores a la cantante (¿por qué no también a ellos?) que, vista en perspectiva, era una señal, no un cariño protocolario. Cherry las recibió como quien no entiende nada. Y el autor de la entrega voló del tablado con la misma rapidez con la que apareció.

La puesta en escena, con tres de los improvisadores más viscerales y estimulantes de la música libre improvisada, fue estremecedora. Escuchar sobre uno de los grandes escenarios festivaleros del jazz ibérico la explosión de Mats Gustafsson, Ingebrit Haker Flaten y Paal Nilssen-Love es como ver a la virgen en un prostíbulo. Una alucinación (¿?). Sea como fuere, la carta de presentación fue un ejercicio de purgación auditiva personal después de una semana de excesos musicales (no diré jazzísticos). The Thing es música directa, sin concesiones, sin medias tintas ni disculpe usted, ¿me permite pasar? Pasan y punto. Pusieron en evidencia lo que uno lleva constatando año tras año con desolación en la escena festivalera de nuestro país: los grandes festivales son – para una inmensa mayoría – actos sociales, un ameno pasatiempo. Simple y llanamente, una excusa para tomar algo, charlar, dejarse ver y (ahora) sacar una foto para colgarla en Twitter. Y se ha logrado a base de programar jazz “simpático”, edulcorado, inodoro… Jazz cliché que procura agradar a todo el mundo, cuando esta música desagradó casi siempre a una mayoría. Masas que se acercan también gracias a la generosidad de los festivales – autodefinidos – de jazz para con otros géneros (hay quien me habla de ese “gran músico de jazz”… sí, ese, Antony que tocó en el Kursaal); a la inversa, una quimera. En fin, un estereotipo que difícilmente casa con un Gustafsson en posición de listos, ¡ya!


The Thing & Neneh Cherry
© www.jazzaldia.com

El escenario ardía (moderadamente) y el respetable se apagaba (o buscaba refugio). Sólo algunos muy fieles mantenían el tono. Nos hemos ido educando en la inocuidad cultural y cualquier alteración del orden desconcierta. ¡Bien por ellos! Y eso que la versión de The Thing con Neneh Cherry tiene algo de whisky rebajado con agua. Y no porque la cantante no le ponga ganas, pero… Los tres se amoldan a su expresividad y eso implica el Nilssen-Love más comedido que haya escuchado nunca (¡Increíble! En algún momento se limitó - ¡incluso! - a mantener el tempo) y un Gustafsson que, del tradicional (y amenazante) jugador de rugby neozelandés con el que lo tengo asociado, quedó en futbolista de gesto búlgaro (léase Stoichkov). Haker Flaten bastante tenía con amoldarse a su strange woman, tal y como Cherry describió el contrabajo “adoptivo” del noruego, después de que el suyo se lo hubiera extraviado la compañía aérea Vueling (no sabía yo de estos fetichismos libreimprovisatorios de Josep Piqué). Su solo (a solas) resultó una simbólica paradoja. O de cómo ser miembro de uno de los grupos más salvajes y ruidistas de la improvisación y apenas resultar audible entre el ruidismo del público. Cosas de la Trinidad y de la educación de los trinitarios.


Neneh Cherry
© www.jazzaldia.com

The Thing, Neneh Cherry y su NO tributo a Don Cherry resultó básicamente una réplica vitaminada de lo escuchado en el disco, compuesto de algún original de Cherry (Cashback), de Gustafsson (Sudden moment) y versiones de The Stogees (Dirt), Suicide (Dream baby dream) o Don Cherry (Golden heart, grabado en 1965 dentro de su suite Complete communion). Con mayor espacio para el salvajismo de The Thing y para la interacción de Cherry con ellos que en el estudio, pero con la sensación de que el trío rebaja parte de su esencia al arropar a la cantante (especialmente Gustafsson, convertido muchas veces en soporte melódico y rítmico a base de repetitivos riffs, especialmente con el saxo barítono). Ella combina una excitada puesta en escena con limitaciones en el rango expresivo, básicamente un gran monólogo un tanto átono. Por razones de mi inconsciente que, por lo tanto, desconozco, venía a mi cabeza el nombre de Jeanne Lee y lo que ella habría podido hacer sobre el rugido rítmico de The Thing. Pero son cosas del imaginario, y la realidad es Cherry, que brilla en la actitud pero decae en la expresividad. A mi lado, dos fans de la sueca algo desconcertadas por verla en semejante tesitura. Qué difícil es ser independiente en este mundo.


Youn Sun Nah y Simon Tailleu
© www.jazzaldia.com

Uno se queda con la efímera alegría de ver músicos de mundos ajenos a éste en el recinto con más solera del festival, y a su vez con el regusto agridulce de que haya sido en su versión más “acicalada”. Adjetivo que bien puede servir para definir la pulcritud en escena de la coreana Youn Sun Nah, a quien tuve la oportunidad de escuchar media hora en uno de los recintos gratuitos del festival. Con un sol justiciero frente a ella (da no sé qué decir que ella cantaba cara al sol), lo suyo fue inverso a lo de los nórdicos: descargó la vivacidad de su grabación. Certificó la sospecha de que en su música no hay gran espacio para la improvisación y que estamos ante una notable intérprete, con una preciosa voz capaz de estallar en grito operístico si es preciso. Pero reproduce. Incluso sus compañeros (tanto el guitarrista Ulf Wakenius – habitual de los discos de Nah en ACT – como el acordeonista Vincent Peirani) apenas se permiten variaciones sobre el tema principal, que no improvisaciones.

Le tenía ganas a Sun Nah después del hechizo de su último disco, Same Girl, pero su directo (esa media hora, subrayo) no aportó nada en particular en comparación. De la preciosa recreación de My favorite things - acompañada de una kalimba - al vibrante Frevo de Egberto Gismonti (con la que me retiré del recinto) - donde asoma su vertiente más virtuosa y una expresión más jazzística -, el concierto transcurrió con una placidez extrema. Tan calmo como el mar que ella veía desde el escenario y cuyas olas emuló para cerrar con clase la versión de Message in a bottle (Sting), que grabara en el disco Vagabond de Wakenius. En ese tiempo también tuve tiempo de escuchar uno de mis favoritos de Same girl, la versión de My name is Carnival (Jackson C. Frank) y un tema propio de la cantante, Uncertain weather, cuya letra dice: Se acerca tiempo inestable. Sopla viento frío. Cae repentinamente una tormenta con granizo. Las estrellas desaparecen… Y todo eso sin usar gafas de sol.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com 

domingo, julio 22, 2012

Enrico Rava 'Tribe' - 47 Festival de Jazz de Donostia - San Sebastián (22/07/2012)


Enrico Rava 'Tribe' (Foto: www.elclubdejazz.com)

¿Se ha hecho usted la pregunta de por qué le gusta el jazz? Si es así, responda: porque existen tipos como Enrico Rava. Así de sencillo. Si atraviesa una crisis de fe, nada mejor que encontrarse de sopetón con lo que el trompetista y su Tribe han ofrecido en uno de los nuevos escenarios de esta edición del Jazzaldia donostiarra: el Basque Culinary Center (¿Quién habló de batalla entre el castellano y el euskera?). Insisto. En festivales así, lo de menos es la música. Enrico Rava ha estado a medio centímetro de ser amenización para las hambrientas y sedientas huestes que se han acercado esta mañana a esta universidad de la sartén. Ha sido empezar a soplar Rava y el personal se ha puesto a correr de un lado para otro a por el comercio y el bebercio, que a caballo regalado… ya se sabe. Así la cosa, uno ha estado a medio centímetro de salir de allí por patas. Por fortuna, una vez saciada la gula, el personal se ha dedicado a lo que se supone: a escuchar. Una actitud, una forma de ser, una anomalía.

Si algo caracteriza a Rava es su sonido: cálido, redondo, flexible. Esta última cualidad me parece esencial para explicar cómo su soplo se instala como un manto; una fina capa que recubre toda la música, su forma ascendente y descendente, su accelerando y su ritardando. La libertad (y habilidad) para manejar los tiempos se traslada a un concepto de composición abierta, donde no se sabe dónde empieza un solo y termina el otro, donde las voces se superponen en un juego de diálogos que enriquecen en todo momento una música, en esencia, vibrante. Se teje sobre unos materiales que no dejan de ser estructuralmente convencionales. El plus está en que consigue que todo aquello se multiplique y crezca con una actividad incesante de acompañamientos improvisados de los unos a los otros y con melodías que se diluyen en solos y solos que se diluyen en melodías. Jazz que parece liberado de estructuras, cuando está plenamente dentro de ellas.

Enrico Rava 'Tribe' (Foto: www.elclubdejazz.com)

La tribu de Rava es la de la juventud. A excepción de Fabrizio Sferra (1959), el resto de la banda está en su treintena o en la veintena. Músicos en su adolescencia profesional para alguien que supera la edad de jubilación (incluso con el incremento de edad de la reforma laboral). Por fortuna, Rava mantiene sus constantes intactas (o mejora, desde luego respecto a su paso el año pasado por el festival en aquel ‘Tea for 3’ junto a Dave Douglas y Avishai Cohen). La calidad de su sonido es indudable e intransferible. Admirable su facilidad para manejarse en todas las tesituras y acceder a ellas con su característico legato (su columna de aire viaja con la misma soltura hacia la estrechez de los agudos y a la amplitud de los graves). Juega permanentemente con el excelente trombonista Gianluca Petrella, cuya expresividad me recuerda mucho a la de Glenn Ferris dentro de los proyectos del francés Henri Texier. Incluso la música en su conjunto me recuerda a algunos proyectos del contrabajista, especialmente en temas como Choctaw, una composición de Rava que camina por terrenos modales sobre el impulso sostenido del plato de la batería y con una melodía – a dúo entre trompetista y trombonista – con giros melódicos de reminiscencia oriental. Todo ello complementado por quien ha sido todo un descubrimiento para servidor: el pianista Giovanni Guidi.

La concepción musical de Guidi (1985) es ciertamente particular. En ningún momento acompaña de forma ortodoxa, siempre fragmentaria, al igual que sus solos. Lo mismo calla, que sostiene la tensión insistiendo sobre los graves, que recorre el teclado de forma percusiva, que lo trabaja con el mismo lirismo y toque delicado que hace unos días su compatriota Stefano Bollani en Vitoria. La suya ha sido una aportación ciertamente particular, tan libre y personal como lo es la música de Rava. Un solista cuyos silencios daban tanta información como sus torrenciales barridos del teclado.

Si es verdad aquella sentencia ellingtoniana de que It don´t mean a thing (If it ain´t got that swing), Rava y Petrella han dado una lección en escena haciendo caminar a pelo y de forma asombrosa el Art Deco de Don Cherry (¡Atención The Cherry Thing, os han puesto el listón altísimo para mañana!). Y han compensado la intensidad rítmica – más activa que en la versión discográfica de ECM - y la incitación al baile (incluido un bis algo descafeinado pero resultón con el Quizás, quizás, quizás de Osvaldo Farrés) con baladas de cine negro como Tears for Neda.

Si en el Basque Culinary Center se investiga sobre la cocina y se aprende a gestionar la hostelería, hoy el maestro Rava ha dado una lección de profesionalidad (el recinto no era el digno de su historia) y de gestión de su inmensa sabiduría musical. Recetas de jazz con firma de autor para esta modernidad (¿3.0?), sin necesidad de someter la creación a la (tan fashion) deconstrucción de materiales. Jazz en ebullición que le deja a uno en estado de liviana felicidad, como tras un buen chupito de grappa o - por adecuarnos al folclorismo - un buen vaso de txakoli.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

sábado, julio 21, 2012

Peter Evans, Mari Kvien Brunvoll, Josetxo Goia-Aribe - 47 Festival de Jazz de Donostia - San Sebastián (20/07/2012)


Peter Evans - Fotografía: www.jazzaldia.com

Un dechado de sensibilidad y profesionalidad. Mientras el músico en escena se encuentra en plena interpretación de un tema, ella – camiseta negra con la leyenda “staff” inscrita en grandes letras blancas – se planta delante y, con la contundencia de una palma abierta, le señala que cinco minutos más y se acabó. Sucedió durante la actuación de la noruega Mari Kvien Brunvoll en la sala de prensa del Teatro Victoria Eugenia, en la celebración de la bautizada como “La noche en Jazz”, un espléndido ejercicio de marketing donde lo fundamental es todo, menos la música.

La cultura Spotify trasladada al directo. Si hay algo que permite todo y a la vez nada es programar de forma simultánea varios conciertos en un mismo recinto. El Victoria Eugenia celebra su centenario y el festival distribuyó por diferentes localizaciones ocho actuaciones a partir de las doce de la noche y hasta las dos, pornográfica hora de inicio de las últimas. Acceso libre a todos los espacios (previa entrada de 3€) sin mayor criterio selectivo que la presunta capacidad de la sala (en la de prensa se llegó a superar el aforo de sillas, sin perjuicio de sumar espectadores de pie o en el suelo). Así las cosas, hay quien se marca objetivos asumibles (un concierto por cada tramo horario) y quien – la mayoría – se marca un tour de curioseo. Consecuencia: la imposible concentración del espectador y difícilmente de los músicos. Lo mínimo exigible sería impedir el acceso durante la interpretación de música y darlo entre tema y tema (o como se quiera llamar a según qué expresiones artísticas). Pero, aunque no lo parezca, la música es siempre lo último en estos grandes fastos. Es muy fotogénico tener músicos en cada rincón - especialmente lucido en el vestíbulo de la primera planta - donde despedí la noche intentando conectar con la magia jotera del último proyecto de Josetxo Goia-Aribe y donde deserté por ruido y sueño. Conciertos a las dos de la mañana son una falta de respeto para músicos y espectadores. Hasta Nacho Vidal va grabado a esas horas.

Así, entre ráfagas inmisericordes del (intuyo) fotógrafo oficial, walkie talkies del personal del teatro en interacción con la música e inmisericordes espectadores locuaces, además de los ecos de otras actuaciones simultáneas (Peter Evans gozó de unos generosos graves retumbantes bajo sus pies), tuvimos que sobrevivir melómanos y artistas. La mayoría – el que denomino como espectador social ­­– disfrutó a buen seguro de una noche muy cool. Al final el balance en estos macro festivales es cosa de números. Y aunque el año pasado la organización dijo haber tomado nota de las incomodidades del Museo de San Telmo (formato semejante a éste), la realidad es tozuda en la negligencia.

El trompetista Peter Evans era la cita estelar en la elección personal de este cronista. Por razones que escapan a mi comprensión, éste es el segundo año que visita Donostia. Y el segundo, igualmente, en que su actuación se oculta bajo el felpudo de la madrugada. Evans, que el año pasado no daba crédito al hecho de tocar a la una y media (con Agustí Fernández), consiguió que en éste le programaran… a la una. Eso sí, después de lograr que cambiaran lo inicialmente previsto: la hora jotera (pobre Josetxo). Logró lo previsible: una primera criba de espectadores que habían permanecido en la sala después de escuchar a un simpático (estereotipado, ruborizante) y swingueante quinteto de veteranos músicos de la vecina Bayona. Evans confesaba su estupor por lo surrealista de tener que hacer lo suyo después de lo de ellos. Que una cosa es fomentar la diversidad y otra tener un poco de sentido común. Es como juntar en la misma sala a partidarios de Wynton Marsalis y fans de Larry Ochs. Puede tener su gracia, pero el riesgo de conmoción cerebral no compensa el esfuerzo.

Evans volvió a hacer posible lo imposible. Con él, la trompeta y el piccolo barroco son otra cosa. Por un lado, él y el instrumento son uno; por el otro, el instrumento en sí expande su potencial (casi) hasta el infinito. Se puede vivir un concierto de Evans como una clase magistral de técnica del instrumento y nuevas formas de expresión o se puede tratar de profundizar en un discurso musical que, complejo, abstracto y a veces delirante, existe. Hay una lógica en todo ello, aunque los parámetros tradicionales de la música no sirvan para entenderlo. Hay una relación entre lo que Evans emite y lo que el espacio devuelve. Hay una lógica rítmica perceptible, incluso cuando más caótico parece (en sus secuencias más alocadas de arpegios acentúa las notas claves para crear una guía, que no daré en llamar melódica); también el virtuosismo extremo de un fraseo bop llevado al paroxismo más histriónico y, en contrapartida, los universos más íntimos a partir de sonoridades aflautadas o de difícil clasificación tímbrica. Hay estallidos de rabia y exultante sentido del humor – aunque algunos lo lleguen a confundir con una tomadura de pelo – y emulaciones sonoras que ponen en marcha el motor del asombroso viaje musical que propone el trompetista. Se deja la vida en ello y la exigencia del esfuerzo (respiración continua incluida) proporciona instantáneas de una plasticidad innegable, con gotas de sudor estallando a su alrededor y su rostro poseído por la furia creativa. Hay en su concierto más metal que en el heavy y más delicadeza que en una nana infantil. Hay extremos en roce permanente y una utilización del instrumento que sobrepasa los límites que la educación formal ha creado. Éstos no eran lógicos, simplemente nos los habían inoculado. Pero más allá de tecnicismos y asombros (¡Cómo va ascendiendo por microtonos haciendo uso de las válvulas del instrumento! ¡¡Cómo genera armónicos y convierte en polifónico un instrumento monódico!!), el oído educado consigue despertar las emociones más íntimas tanto como lo puede hacer la belleza “formal” de Goia-Aribe (por otro lado, la suya es otra forma diferente de expandir el potencial de la música improvisada a partir de los encuentros más insospechados). No es cuestión de esnobismo ni de elitismo, ni se disfruta con esto por tara mental (creo, claro). Aunque algunos están tan mal que no son capaces de escucharlo.

Mari Kvien Brunvoll (Fotografía: www.jazzaldia.com)

Antes, a las doce, inició su recital la cantante y músico electrónico Mari Kvien Brunvoll. Con la equívoca referencia de Sidsel Endresen en el programa de mano, la noruega hizo de su concierto un acto ceremonial. Sentada a lo indio y con mesas de sonido y aparatos de electrónica más un salterio (o instrumento semejante) dispuestos frente a ella - en vez de incensarios, velas y una imagen de Buda - fue invocando a las musas en un ejercicio de mantra pop y efectista (con ramalazos ambient  y pulsos hip hop). En su música no hay ni rastro de jazz ni de lenguajes de improvisación verdaderamente relevantes (aunque esto hace mucho que dejó de importar en festivales así) y sí el ingenio de apañárselas por sí misma con ayuda de las electrónicas. Los loops facilitan multiplicar la unidad; las distorsiones, crear atmósferas de inquietante reminiscencia industrial. Las letras dan fe del espíritu pop: The answers on my life, they are so hard to find. Y te entraban ganas de abrazarla en su desesperada multiplicación vocal.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com 

domingo, junio 03, 2012

Periodistas (des)acreditados


Nunca olvidaré aquella sentencia lapidaria: “Carlos, a todos nos interesa el festival; así que nadie se va a meter con él”. Pocas frases como aquella han quedado grabadas en mi memoria. Es la firma de la rendición de la libertad crítica, de la sumisión ante el interés del “poderoso”, de la anteposición de los argumentos pragmáticos para la supervivencia frente a la ética profesional y la honestidad personal.

Rescato de la memoria este recuerdo amargo después de que el pasado viernes se publicara en la edición digital de ‘El Periódico de Catalunya’ la siguiente noticia: El Primavera Sound retira la acreditación a Bianciotto. Es decir, este festival barcelonés retiraba su acreditación a un periodista que lo cubría en represalia por un artículo (ciertamente inocuo, la verdad) en el que criticaba la escasez de músicos de la escena catalana en su cartel (¿De qué me suena esto?) y la mala ubicación horaria de sus actuaciones en un festival que, por otro lado, calificaba de “exquisito, detallista y erudito”. ¡Vaya! Qué piel más fina la de los organizadores. Claro, los grandes festivales, acostumbrados a la adulación permanente, se irritan como el culito de un bebé cuando alguien rasca en la superficie de sus discutibles criterios (todo es discutible desde el razonamiento). Se han habituado a que los artículos de prensa, los reportajes radiofónicos y televisivos, parezcan más publirreportajes que información y análisis. El ejercicio del crítico - cada día más reducido en el espacio que el medio ofrece - lo ejercen en muchas ocasiones personas cuyo nivel de formación musical y periodística es inversamente proporcional al grado de hooliganismo con el que acuden a estas citas, tan entusiasmados como están por la posibilidad de acceder de forma gratuita a sus ídolos. Confunden la afición con la profesión.


El crítico Jordi Bianciotto

Se agradece que ‘El Periódico de Catalunya’ publicara esa información, sin duda un respaldo para el profesional represaliado. Lo que no se entiende tanto es que esa información desapareciera a los pocos minutos una vez se publicó la siguiente: El Primavera Sound devuelve la acreditación de prensa a Jordi Bianciotto. Se puede intuir que la organización reaccionó con celeridad para evitar más daños a su imagen por la fuerza que este medio tiene en Catalunya. Pero, ¿por qué desaparece el artículo donde se informa de la retirada de la acreditación? En internet las noticias publicadas permanecen en archivo. ¿Acaso se eliminan las noticias sobre una guerra cuando se firma el armisticio? ¿Es parte de un acuerdo para devolver la acreditación? Lo sea o no, la misteriosa desaparición es abono para las conjeturas.

Esta actitud punitiva hacia la crítica profesional no es exclusiva del Primavera Sound. He vivido en primera persona situaciones como las de Bianciotto y he constatado que hay directores de festivales que interfieren (o lo intentan) en la libertad de prensa. O bien niegan la acreditación o bien negocian con el medio para que envíe a tal o cual periodista y no a otro. Pura injerencia para establecer un control informativo que garantice el aplauso general, que genere la ilusión de ejemplaridad y que ahogue en el pozo de la ignorancia los claroscuros de todo festival. Hay quien confunde la crítica legítima con el ataque personal. Qué lástima. Pero también es una lástima que muchos sigan entrando al juego. He llegado a recibir aplausos (en privado, ¡faltaría más!) de profesionales que ejercen en medios de mucho peso simplemente por poner sobre la mesa datos objetivos, ya ni siquiera opiniones. Y acto seguido han aludido, no sin cierta ironía, a las presumibles represalias por haberlo hecho. Así funciona, sumergido en un mar de hipocresía y cinismo, el insignificante mundo del periodismo musical jazzístico. Claro que no sé qué es peor: si evitar toda crítica que perjudique el sustento alimenticio (que el festival de turno me pague el alojamiento y mi diario la crónica) o rectificar y pedir genuflexa disculpa por una crítica para recuperar la acreditación retirada (como dicen los mentideros que pasó con un periodista en un festival de jazz por tierras catalanas).

Un amigo trabajó hace unos años de becario durante los meses de verano en la Cadena SER de San Sebastián. Le tocó en suerte cubrir la información del festival de jazz de esta ciudad. Sus conocimientos de jazz eran tan profundos como los míos sobre física cuántica. Tuvo el buen criterio de buscar asesoramiento en quien sabía que algo podía contarle. Sin embargo, ¿confiaría un medio serio la información sobre política internacional a cualquiera? La información cultural suele estar, la mayor parte de las veces, en manos de becarios e indocumentados. Existe una extraña confusión entre cultura y ocio, entre cultura y mero pasatiempo. Y de pasar el tiempo sabemos casi todos, así que… 


Iñaki Añua, presenta en rueda de prensa el Festival de Jazz de Vitoria - Gasteiz 2012.

No es tonto el director del Festival de Jazz de Vitoria – Gasteiz, Iñaki Añua, cuando en la rueda de prensa de presentación de la próxima edición del festival vitoriano, a la exposición de que “el programa es un programa que consideramos que es espléndido”, añade que “muchos colegas vuestros, especialistas en jazz, nos lo están diciendo continuamente”. Sabe perfectamente Añua que quienes están ahí para cubrir su presentación no conocen, por regla general, de qué va la cosa. Son los adecuados para lograr que sus estudiados eslóganes aparezcan después reflejados en los entusiastas artículos de prensa, radio y televisión. ¿Quiénes son esos “colegas vuestros”, esos “especialistas en jazz”, que con tanto entusiasmo aplauden el festival? No importa, queda dicho y como tal se reflejará en artículos laudatorios de neófitos y becarios (atención al video del diario ‘El Correo’, a la joven presentadora de la pieza de video y a su Pat Maceny, o a las crónicas legibles en diarios como ‘El País’ – edición País Vasco - y ‘El Correo’). Que la agencia EFE publique una nota en la que asegura que en Vitoria actuarán los cuatro mejores saxos del mundo, sin ni siquiera entrecomillar y adjudicar la autoría de semejante eslogan del más rancio marketing publicitario, es lo suficientemente significativo.

En la rueda de prensa se proporcionaron cifras que no se corresponden con la realidad, como la presencia en programa de “quince grupos españoles”. Como es crítica recurrente la ausencia o mínima presencia de nacionales (y recientemente ha pasado el trago de tener que justificarse), lanza el número y se queda tan ancho. ¿Dónde están esos quince músicos? Si uno mira la programación de las “sedes oficiales” (así descritas en la web oficial) tan sólo hay dos músicos españoles, y además comparten un único concierto (Gorka Benítez y David Xirgu en el “Konexioa” junto a Ben Monder). Ni uno más. ¿Se referirá a la programación paralela de bares y locales de la ciudad, a los que el festival tan sólo presta su logo, y donde son ellos quienes asumen los gastos de contratación? ¿A ningún periodista presente le llama la atención esa cifra que canta con tan sólo echar un vistazo al programa? ¿Dónde están? ¿Quiénes son? ¿Por qué no se habla de ellos con nombres y apellidos como se pronuncian los de Sonny Rollins, Gilberto Gil o Pat Metheny? Espero que no se dejara de preguntar porque, como me dijo un profesional del periodismo, “no vas a dudar de los datos que den en una rueda de prensa”. Les juro que todavía no se me ha borrado el ¡Ooohhh! de la cara.


Miguel Martín, director del Jazzaldia de San Sebastián, y el cartel de este año.

En casos como estos, los medios de comunicación terminan por ser meros portavoces de los intereses privados, altavoces de mentiras o medias verdades. Así el Festival de Jazz de Donostia – San Sebastián anuncia que Más de treinta grupos vascos de jazz tomarán parte en el 47 Heineken Jazzaldia y como tal se replica sin filtro en periódicos como ‘El Diario Vasco’ o ‘El País’. Aunque como “grupos vascos de jazz” tengamos que aceptar a la orquesta de cámara Et Incarnatus (que acompañará al afamado grupo de jazz Antony & The Johnsons), a los txalapartaris Oreka TX, a La Prima Janis (grupo que hace versiones de Janis Joplin) o a hasta cuatro DJs. O que, incluso aunque eviten el adjetivo jazzístico en el redactado informativo – como hace el ‘Diario de Noticias de Gipuzkoa’ –, entren en la “trampa” de resaltar que los músicos locales estarán presentes en todos los escenarios del Festival, incluidos el Auditorio del Kursaal, la Plaza de la Trinidad, el Teatro Victoria Eugenia y el Museo de San Telmo, y tanto en conciertos gratuitos como de pago, obviando que en el caso de la Plaza de la Trinidad es tan sólo un grupo vasco el que participa y que en el Auditorio Kursaal los únicos que pisarán el escenario son los músicos de Et Incarnatus, apunte colorista para la música de Antony & The Johnsons, no como protagonistas de un proyecto propio.

Con medios y periodistas así, ¿quién necesita periodismo? Retirar o negar una acreditación no es la única manera de desacreditar al periodista.
 
© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

lunes, julio 21, 2008

Jazz en la SER

Vuelvo de viaje y coincido con el tramo local del Hoy por Hoy de la Cadena SER en Euskadi. Después del informativo de la una de la tarde desde Radio San Sebastián se inicia un especial sobre el Festival de Jazz de esta ciudad que se inicia al día siguiente. El especial, transmitido para todas las emisoras de la SER en Euskadi, cierra (según comenta la locutora) una serie de programas que se han realizado de previo al festival de Getxo, Vitoria y ahora Donostia. Durante los aproximados veintidós minutos que dura el espacio cuentan con el director del Festival, Miguel Martín, y se ilustra la información y charla con varios ejemplos musicales. Suena un músico de Blues/Rock, suena Celia Cruz, suena Diego "El Cigala" con Bebo Valdés y en directo un dúo de blues local. ¿Veintidós minutos de especial de Festival de Jazz de San Sebastián y ni un sólo sonido de Jazz? Que los grandes (en presupuesto) festivales de Jazz no lo son tan sólo de Jazz ya lo sabíamos; que muchos periodistas y medios de comunicación son poco rigurosos, también.

Free counter and web stats