Busca en "Carlos Crece"

Mostrando entradas con la etiqueta ken vandermark. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ken vandermark. Mostrar todas las entradas

jueves, mayo 17, 2012

El Infierno Musical - Centro Cultural 'El Matadero' de Huesca, 15/05/2012


La vida es eterna en cinco minutos. ¡Qué razón, Víctor Jara! Cinco minutos te hacen florecer. Cuando los alrededores marchitan la vida, cuando la lluvia es ácida - esa galería oscura, oscura, este hundirse sin hundirse, que decía Alejandra Pizarnik –, los cinco minutos (eso dura para la eternidad un concierto) pueden dejarle a uno dibujada la sonrisa ancha. Es poesía la de quien desde un escenario te transporta a la eternidad durante un ratito.

La eternidad resguarda la poesía de Alejandra Pizarnik y el austriaco Christof Kurzmann se abonó a ella como quien encuentra  refugio y consuelo íntimo en la inquietud de unas palabras que, sin embargo, apaciguan. Puede que sea la hipnosis a la que induce la voz de Kurzmann la que logre domar el dolor de la poeta y convertir su miedo en la más hermosa de las certidumbres.

Produce cierta congoja la presentación de un proyecto llamado ‘El infierno musical’ en un centro cultural que se denomina ‘El matadero’. Más si cabe cuando en el clavijero de la viola da gamba de Eva Reiter está tallada la cabeza de una cabra, diabólica terminación que es casi idéntica a la que nos observa desde la fachada exterior del auditorio del centro. No se llama Matadero por casualidad. Por fortuna, ahora los gritos son, como mucho, de placer, no de espanto.


Eva Reiter y su viola da gamba (y detalle de la fachada de 'El Matadero')
© www.elclubdejazz.com (sobre la foto de Eva Reiter)

El quinteto - que transforma la palabra en música e integra la poesía en su métrica instrumental –replicó de principio a fin, y en el mismo orden, la totalidad de lo escuchado en disco. El proyecto maneja unas estructuras predeterminadas sobre el papel por Christof, por lo que hay una parte de reproducción, tanto en la obligada lectura de la partitura para los instrumentistas como en la puesta en marcha de los audios creados de antemano por Kurzmann con su ordenador. Es, en ese sentido, un proyecto estudiado y meditado en el que, aunque en él figure una figura imprescindible de la música improvisada como Ken Vandermark, y habituales como Clayton Thomas, la esencia está en el trabajo previo del músico austriaco. Sin obviar que contiene espacios para la improvisación y que estos se expresan tanto en clave de jazz de contundencia roquera (una de las caras reconocibles en la música de Vandermark) como de exploración libre, de intercambio sobre el silencio, de expresión visceral como contraste al tono contenido, íntimo, del universo que Kurzmann ha creado para Pizarnik.


Christof Kurzmann canta y recita la poesía de Pizarnik
© Jesús Moreno

Además de comprobar que la voz que dialoga en Cold in hand blues con Kurzmann es la de Eva Reiter (en el disco no figura que sea ella), algunos detalles complementaron visualmente la información auditiva de la grabación. Así, por ejemplo, el baterista (y vibrafonista) Martin Brandlmayr dibuja su precisión con unos movimientos en los que cuenta también el golpe que no se da, el espacio que se respira. Se mueve como si de un autómata se tratara y, sin embargo, tan libre y selectivo en el golpe y en lo golpeado.


Martin Brandlmayr
© Jesús Moreno

Una lección de escucha, de selección del momento, de trabajo sobre los espacios y ritmos, ya sea generando efectos con el arco de un contrabajo en el filo de los platos y del vibráfono o baqueteando pequeños platillos sobre la caja. Clayton Thomas convierte su contrabajo en percusión también en muchos momentos, especialmente en el extraordinario intercambio con Brandlmayr que mantuvo para generar el pulso de Cold in hand blues, donde Kurzmann usó el saxo antes de entablar conversación con Eva. La sensualidad de su bis a bis se transmuta en un carnoso (pero terso) blues en el saxo de Vandermark, que complementa y retoma el lenguaje hablado por Kurzmann y Reiter. La rítmica de la poesía y su expresión musical tienen en este tema un ejemplo paradigmático.


Eva Reiter
© Jesús Moreno

Eva Reiter explora el lado efectista de la viola da gamba (incluida la destrucción frotada sobre las cuerdas de un corcho blanco), se esfuerza por hacer sonar la inmensa flauta contrabajo (su dimensión apenas se corresponde con la emisión; sutileza de terciopelo), con el que ofrece un contrapunto tribal, primitivo - a una música siempre moderna pero con un excitante pie en la caverna humana -, y se convierte en una roquera impenitente distorsionando el sonido de un dan bao (instrumento tradicional de Vietnam; básicamente un mástil con una única cuerda) que electrifica cual guitarra eléctrica. Y, sobre todo, se lo pasa de rechupete escuchando la interacción de sus compañeros, los estallidos más vehementes de Ken Vandermark o las insinuaciones expresivas de Clayton Thomas.
 

Clayton Thomas
© Jesús Moreno

Suena la sirena, de vuelta al trabajo. Pero, por fortuna, como dije al empezar, la vida es eterna en cinco minutos. Ni a cinco llegó la eternidad de ese bis sorpresa en el que Kurzmann hizo nana la emocionante y dolorosa historia de la pérdida de Manuel. Te recuerdo Amanda, el regalo que Víctor Jara nos hizo en 1969 (cuatro años después sería asesinado por los matones de Pinochet) y el que nos hizo Kurzmann la noche del 15 de mayo, poco antes de que sonara la sirena de las doce de la noche y se rompiera el hechizo del vals que nos mecía. Aunque ni la más agresiva de las sirenas logrará borrar la sonrisa de felicidad de uno de los solos más sencillos y emotivos que servidor recuerda con un clarinete. Gracias Ken. Qué sencillo es lo hermoso, por complicado que parezca.


El reloj de Ken Vandermark marca las 12. ¿Fin del hechizo?
© Jesús Moreno

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

miércoles, mayo 09, 2012

Christof Kurzmann - "El infierno musical"


Hay quien dice, con razón, que, aunque explorar el espacio exterior e indagar en sus misterios es fascinante, todavía quedan muchas cuestiones por resolver en nuestro maltrecho planeta. Dudas de a pie, fascinaciones terrenales: ¿Ha logrado Christof Kurzmann la alineación de los planetas? Cuando menos, resulta asombrosa la perfecta conjunción de elementos tan dispares en torno a ese inquietante astro poético que fue la argentina Alejandra Pizarnik. El anillo de su oscura poesía rodea al quinteto, lo somete con su campo magnético a un estado emocional que fomenta la introspección, que se dirige hacia la derrota sin dejar de lanzar coces vitales. Irradia un sereno combate.

Bendito el día en que aquel librero ambulante de Buenos Aires le vendió a Kurzmann un libro con la poesía de Alejandra Pizarnik. El quinteto toma nombre de un poemario publicado en 1971, que a su vez tomó inspiración de El jardín de las delicias, ese tríptico moralizante de El Bosco cuyo infierno incluía una zanfona o un laúd (detalle que constituye la portada de este disco). Si el infierno era esto, que me condenen por toda la eternidad. Que reine en él la poesía de Pizarnik recitada por Kurzmann y el asombroso y natural encaje de sus espacios electrónicos con el corpóreo soplo de Ken Vandermark; el permanente zigzag de la música, sus cortes abruptos, sus espacios de silencio y el silencio hecho música; la contemporaneidad de una música que, sin embargo, ampara ecos de la noche de los tiempos. Una noche que es como una telaraña anímica que da unidad de principio a fin a este infierno tan extraordinario.

Cada uno de los seis cortes de este disco se construye en torno a las palabras de Pizarnik (en su mayor parte traducidas al inglés). Kurzmann lee o canta, un canto casi átono, sin engolamiento poético. Las palabras se adaptan al ritmo musical o planean sobre el paisaje sonoro tanto como la música adapta el espíritu de las palabras de Pizarnik. En Cold in hand blues, Kurzmann transforma en seductor diálogo con una voz femenina (sin identificar) los miedos del breve texto de la poeta (esta vez sí, parte en castellano). Puro minimalismo, golpe y rasga instrumental que genera el pulso; el espíritu del blues impregna el vacío; la música adquiere forma en el silencio (Todo hace el amor con el silencio, recita Kurzmann en Dianas Tree, mientras el silencio irrumpe en el discurso pop de la música). Tengo miedo, concluye. Hay algo seductor en el miedo de Pizarnik.

La música estaba presente de muchas formas en la poesía de Alejandra Pizarnik. Una obvia: su poema Para Janis Joplin. Para esa niña monstruo, el quinteto crea la más breve de las composiciones, un asombroso puzle entre las estructuras más abiertas, efectistas y ruidistas y la rigidez casi marcial con que se lee el poema, apoyado en un golpeo constante que resuena como pelota de ping-pong. La guitarra hace un guiño al motivo melódico de la versión de Summertime de la propia Joplin.

Escuchar la voz de Alejandra (recitando Escrito con un nictógrafo, de Arturo Carrera) en Ashes II tiene algo de religioso. La cadencia ritual de su voz, la atmósfera de efectos ondulantes de la electrónica, el oleaje del contrabajo de Clayton Thomas, el aire soplado por Vandermark, la circulación en el espacio de la voz de Pizarnik... es el golpe de efecto final de un proyecto que adquiere su tono de recogimiento ya en los primeros segundos del inicial El infierno musical, donde lo atmosférico nunca está reñido con la actividad. Es continua en este universo de apariencia estática. Se desvanece la voz de Kurzmann recitando Cenizas y un motivo melódico (rítmico en esencia) del jazz rock más característico de Ken Vandermark se impone, sirve al recitado de Canto después de que el silencio - de nuevo el silencio - irrumpa como llamada de atención, como alerta y prevención ante el desgarro con que desnuda su alma (y la nuestra) Alejandra Pizarnik:


Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración. Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la compresión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

lunes, noviembre 08, 2010

Peter Brötzmann Chicago Tentet + 1 (42º Festival Jazz Barcelona 7/11/2010)

Esperar menos hubiera sido tontería, dijo él acabado el concierto. Él conoce a la perfección la carrera de Peter Brötzmann al que, con esta actuación, ha escuchado en cinco ocasiones en persona. Fue en Madrid, el día antes de la presentación en Barcelona del Chicago Tentet + 1 del veterano improvisador alemán, y los ecos de esa actuación llegaron a la capital catalana como la promesa de lo que él ya esperaba pero para mí era una incógnita. Nunca había escuchado a este hombre en concierto y menos a semejante constelación de free jazzmen como la que reúne el proyecto. Diabólicos improvisadores en el día en el que otro ilustre alemán paralizaba media ciudad. El Papa bendecía por la mañana la Sagrada Familia de Gaudí mientras por la noche Brötzmann impartía hostias a diestro y siniestro en Luz de Gas. Probablemente hubo más conversos aquí.


Ken Vandermark, Johannes Bauer y Peter Brötzmann
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

La puesta en escena resultó abrumadora. El público está muy próximo al escenario y sobre éste los once músicos, sólo con su presencia, parecían formar un escuadrón armado hasta los dientes en primera línea de batalla. Menos mal que no todos imitan las retorcidas posturas de Gustafsson al tocar porque hubiera parecido una ofensiva de los All-Black del rugby neozelandés. La señal fue dada y la ofensiva sonora estalló de inmediato para no ser acallada durante más de cuarenta minutos (después otros cuarenta formados por tema y dos bises). Puro expresionismo extremo y agresivo que, aunque quizá parezca contradictorio, puede llegar a contener más belleza y emoción que aquella que se pretende desde los parámetros de la belleza formal. Porque dentro del magma de decibelios al límite, de agudos a punto de quebrar y de quebrarse, surgen apuntes de espiritual coltreniano y de comunicación grupal que ya quisieran para sí colectivistas y alianzas de civilizaciones varias.


Joe McPhee y Mats Gustafsson
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

Que Brötzmann decide cuándo se acaba parece claro. Salto al aire y cuando sus casi septuagenarios pies tocan tierra la música se detiene. Que en el resto del concierto su voluntad determine es algo menos evidente. Es probable que la estructuración de instrumentaciones y disposición escénica sea cosa suya pero su liderazgo nominal no va más allá, en apariencia, de los cierres y de una permanente presencia en primera fila del escenario. Por el contrario el resto de sopladores van y vienen, se sitúan en grupos de dos, tres, cuatro músicos, al fondo del escenario, junto a uno u otro baterista, junto al contrabajo de Kent Kessler o la batería de Nilssen-Love, y crean así diferentes secciones de acompañamiento, generan rítmicas que se imponen y cambian la dirección musical sobre la que improvisan solos o dúos, las parejas Brötzmann - Vandermark, Bauer-Bishop, McPhee-Brötzmann...


Paal Nilssen-Love
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

Nilssen-Love escucha la música que parece haberse tomado un respiro, se seca el sudor con la toalla, apoya sus brazos sobre la batería, cierra los ojos y, de pronto, comienza a percutir nervioso, con una velocidad de vértigo, y la banda parece electrizarse. Es la segunda vez que veo tocar a este baterista en meses y no recuerdo haber visto jamás a nadie con semejante nervio magistral. Dediqué minutos a contemplar cómo los brazos se movían a tal velocidad que la vista llega a confundirlos. Y todo ello sin un exceso ni golpe gratuito. No es por desmerecer a Michael Zerang (¡ni mucho menos!) pero en la pulsación del noruego está gran parte del sustento de la música del Tentet + 1 (él debía de ser el "1" del Tentet ya que su nombre no aparece en el programa oficial del festival) y su rítmica junto a Kessler genera algunos momentos de inmensa calidad y complejidad musical.


Jeb Bishop y
Fred Lonberg-Holm
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

Es difícil destacar solistas en una música tan grupal como la del Chicago Tentet + 1 y más teniendo en cuenta que todos ellos son nombres principales del género pero, al igual que Nilssen-Love fue para mí una referencia clave, hubo instrumentistas que me llegaron más que otros. Así Jeb Bishop demostró unas cualidades técnicas muy refinadas y un sonido contenido con un trombón que era mucho más impulsivo y efectista en el caso de Johannes Bauer, que fue creciendo con el paso del concierto. Mucho más discreto se mostró Joe McPhee con la corneta, limitada casi por completo al efecto (viento, pitidos, agudos y pulsación aleatoria de los pistones) y al grupo. Lonberg-Holm aportó toques de electrónica a la música y usó el arco con intensidad (abrió el segundo de los temas a dúo con Kent Kessler). Holmlander parecía establecer un discurso rítmico paralelo con la tuba que, sin embargo, encajaba con precisión entre los golpes de Nilssen-Love mientras que con el trombón de pistones participó dentro de las secciones de acompañamiento. Y, entre las cañas, el maestro de ceremonias Peter Brötzmann llevó el saxo a extremos de delírium trémens, como si uno escuchara a Charlie Parker todavía más rápido, al doble de velocidad, y la locura hiciera temblar la tierra. Llevó el clarinete a sus extremos agudos (y más allá) pero también lo supo hacer cálido, igual que al saxo con el que nos regaló unos minutos de verdadero evangelio espiritual (en un día de mercadotecnia sacra en Barcelona la Palabra fue instrumental).


Ken Vandermark y Johannes Bauer
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

Al servicio del grupo Ken Vandermark fue otra pieza clave para la instantánea composición colectiva del proyecto. Ya no sólo porque en un momento determinado indicara varios riffs de acompañamiento mediante gestos sino porque fue el más activo en la búsqueda de espacios sonoros y de parejas para tal fin. Aportó algo que sabe hacer muy bien con sus propios proyectos: el groove idóneo del que surjan nuevas patrones rítmicos que el grupo asume de inmediato.


Peter Brötzmann y Michael Zerang
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

Dos bises solicitados con insistencia dan fe de que fue una velada que conectó con un público entusiasta y numeroso (teniendo en cuenta los parámetros de la sala, claro está) que si algo no podrá reprochar a los once músicos fue falta de entrega. Lo dieron todo, ocuparon al máximo el espacio temporal de los casi ochenta minutos de una música que reclama, con su gloriosa vehemencia, más espacio (o espacio a secas) en los festivales y ciclos del país y en los medios de comunicación (aunque a veces los productores y representantes de los músicos dificultan el trabajo de quienes sí pretendemos dárselo... allá ellos y sus lamentos inconsecuentes).

© Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)
Publicado originalmente aquí.

martes, mayo 04, 2010

El robo del saxo barítono

Con un título mucho menos glamuroso (y sobre todo más breve) que los que se estilan en las modas nórdicas de novela negra actual se está escribiendo ahora en Polonia una (ya veremos si breve o más extensa de lo deseable) de misterio. Una narración que protagoniza el saxo barítono del saxofonista Ken Vandermark (al que tuve el placer de entrevistar - a él, no a su saxo - en su pasada visita ibérica durante el mes de febrero) que, según relata el propio músico en su facebook, fue robado hace unos días en un tren durante el trayecto entre Gdansk y Varsovia. Nada menos que 20 kilos asegura que pesa el instrumento con su maleta lo que, para empezar, nos debería hacer pensar en un hombre fornido o en una banda organizada. De momento ya hay hasta sospechoso: un tal "Snake" (serpiente), nombre de resonancias huidizas. Vandermark se lo toma con humor (a pesar del mal trago) y agradece la movilización que, según cuenta, es de aficionados, músicos y diversos medios de comunicación.

miércoles, marzo 03, 2010

Entrevista con Ken Vandermark

(...) Hay música increíble ahora. Pero muy poca está siendo cubierta porque es tan inmediata… Así que, de nuevo internet, es allí donde toda esta información está diseminada. El problema es que hay tanto material que el papel del periodismo es realmente importante porque no todo es bueno. Sólo porque no sea comercial no significa que sea bueno y tampoco porque sea comercial significa que sea malo. Esa ecuación es idiota. Depende de la calidad y el contenido. Y todas esas cosas son subjetivas. Es interesante ver cómo piensa y discute una persona inteligente cuando habla sobre arte.(...)

(...) Para que la música siga adelante y deje el pasado, como tú has preguntado, tenemos que hacer cosas que no encajen en el sistema. Lo que significa que será difícil que escriban cosas sobre nosotros o tener discos o conseguir conciertos porque estamos lanzando un reto al público, a la industria y a nosotros mismos. Pero si no lo hacemos la música permanecerá siempre en el pasado. Yo vengo de los Estados Unidos y para ser honesto tengo que decir que la mayor parte de la música que he escuchado conectada con el Jazz está pensando más en el pasado que pensando en este momento. Y, ¿quién sabe que traerá el futuro? Pero si no nos preocupamos del ahora entonces estamos atascados en el pasado. Y por eso pienso que estas cosas que tienen que pasar para que la música evolucione son también, no un castigo, pero tienen que crear tal tensión dentro de todo esto... ¡Y esa tensión ha estado ahí desde el principio! Si lees artículos sobre Duke Ellington, al que se considera uno de los grandes compositores americanos del siglo XX… ¡fue incomprendido durante toda su carrera! (...)

Puedes escuchar la entrevista íntegra en la edición del 3/03/2010 de Club de Jazz o bien leer la transcripción de la conversación. También puedes escuchar la versión original en inglés.

© Carlos Pérez Cruz

martes, marzo 02, 2010

The Ex & Brass Unbound

Todavía bajo los efectos de la intensa sesión de Fire Room del pasado jueves en Huesca, y antes de emitir la entrevista grabada allí con el saxofonista Ken Vandermark, un vídeo de una de las actuaciones en las que ha participado el músico en su reciente gira europea. En este caso en Dublín el pasado día 7 de febrero con una veterana banda holandesa que surgió del movimiento Punk, The Ex, a la que acompañó un cuarteto de vientos llamados Brass Unbound entre los que se encontraba Vandermark o el también saxofonista Mats Gustafsson (habitual colaborador de Vandermark). Punk épico ¿a lo Morricone?:

sábado, febrero 27, 2010

Fire Room (Ken Vandermark, Paal Nilssen-Love y Lasse Marhaug) - Huesca 25/02/2010

Ken Vandermark, Paal Nilssen-Love y Lasse Marhaug
© Jesús Moreno

Vivimos un momento musical desconcertante donde lo aparentemente nuevo suena viejo y los parámetros de descripción crítica han llegado a puntos ridículos en los que se recurre con frecuencia al prefijo post para tratar de explicar la música de grupos de hoy que nos recuerdan a los de ayer. ¿Cómo llamaremos a los grupos de dentro de veinte años? ¿Los postpost? Es lógico que los de hoy nos recuerden a los de ayer ya que todos forman parte de una línea cronológica (quizá evolutiva más que cronológica) que los músicos recorren de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás continuamente. Y al contrario que con el acto físico de caminar - en el que ir hacia atrás cuesta más que avanzar - en música (en el arte en general) dar un paso hacia adelante cuesta lo que diez para atrás. Por eso tiene razón Ken Vandermark cuando asegura que la música no ha dejado de evolucionar; hoy suceden cosas impensables hace no tanto tiempo pero los medios de comunicación siguen pensando (seguimos pensando) con la mente puesta en el pasado, en formas de expresión musical que alcanzaron su cénit y difícilmente pueden ser mejoradas (sólo repetidas), con estructuras mentales que todavía no han asimilado como naturales formas de hace cincuenta años y por lo tanto son incapaces de analizar con cierta perspectiva las propuestas de hoy. Es obvio, e insisto en ello, que el hoy parte del ayer y que el mañana ya está presente hoy pero nos cuesta mucho (me cuesta mucho) asumir que no es que no esté todo inventado (probable) sino que la evolución no está tanto en hacer nacer un nuevo estilo (normalmente los estilos se fundan a partir de pequeñas variaciones sobre lo ya existente) sino en ser conscientes de que los bagajes siguen interactuando (hoy más si cabe en este tiempo global) y generando sonidos que, aunque nos lo parezcan, nunca antes escuchamos. Nos falta perspectiva histórica, la criba del tiempo. Y nos falta libertad (es cosa nuestra) para el análisis fuera de estructuras mentales prefijadas.

Sirva este largo prefacio para contextualizar mi análisis de la actuación de Fire Room; grupo de naturaleza incendiaria (en honor a su nombre) y de intensa explosión creativa (permítaseme empezar por lo más primario, por nuestros sentidos y su percepción de un concierto así). Ken Vandermark es un ejemplo claro de cómo un músico hoy puede aprovechar las ventajas de la sociedad global y ampliar sus fronteras mentales en contacto con músicos de otras latitudes. Lleva muchos años haciéndolo y de ahí la ingente cantidad de proyectos que hacen casi imposible seguir la totalidad de su carrera. Éste le reúne con dos músicos noruegos: el baterista Paal Nilssen-Love y Lasse Marhaug, cuyo instrumento llamamos electrónicas como parte de nuestra (mi) limitada capacidad del uso del lenguaje fijada por los instrumentos tradicionales). Tres músicos cuya interacción a partir de la improvisación es capaz de alcanzar momentos de sublime unidad; tres fuentes de sonido que cuando confluyen son capaces de generar un magma sonoro de increíble densidad en el que las respuestas primitivas que se le suponen al diálogo sin partituras quedan superadas por formas que necesitan de un excelente dominio del instrumento, cultura musical (y general) y un altísimo nivel de concentración y escucha para que el resultado sugiera empatía al oyente. Así Paal Nilssen-Love, detenido, escuchaba la propuesta de Marhaug y Vandermark. Rostro concentrado en el que la gestualidad delataba una comprensión anticipada de la voluntad de sus compañeros hasta que, de pronto, despertaba de forma abrupta y se convertía en el sistema nervioso de un cuerpo musical que se contorsiona compulsivamente como una unidad tentacular. Un relato que no se detuvo en ningún momento y que finalizó con la naturalidad con la que acaba una partitura escrita. Y sin embargo no lo está y sigue siendo ésta una de las fascinaciones que despiertan músicos como estos, capaces de componer en directo sin que las ideas desfallezcan. Lejos de malabarismos innecesarios, siempre dentro de una lógica que se enfrenta a las limitaciones (puerta a su vez a un mundo de infinitas posibilidades) de la música que no tiene un sustento compositivo pero que se expresa en el lenguaje del caos armónico de la naturaleza.


Si el Orchestrion de Pat Metheny abre bocas (y encuentra eco en los medios generalistas) por la espectacularidad de su conjunción mecánica, un trío como Fire Room las perpetúa en ese estado por su conjunción humana, factor nada despreciable pero mucho menos apreciado en la sociedad del parque temático y las gafas 3D. Una conjunción que no lo es por su capacidad de repetir todos de manera simétrica un mismo gesto (al modo de un desfile militar) sino por, desde la disparidad expresiva, crear un todo unitario. Y supieron cómo crear tensión y distensión, supieron llegar a formas rítmicas definibles como descanso a la tensión extrema de modos más abstractos; contrapunto en el resultado global pero también en los momentos particulares en los que Vandermark y Nilssen-Love se contenían ante las contundentes insinuaciones de Marhaug y viceversa, cuando la virulencia de los dos primeros era compensada por una tormenta que se alejaba en manos del electrónico.


Está todo inventado (probable) y no es Fire Room ajeno a esa premisa. Pero no conviene perder de vista que la evolución de la música no depende de inventos ni de artificios sino de ser capaz de seguir generando a partir de lo que ya está escrito en la historia. Toda esa información está ahí para quien quiera aprovecharla y desde luego que Vandermark, Nilssen-Love y Marhaug la conocen y la aprovechan. Lo escuchado en Huesca fue una inyección de cruda realidad musical. Un chute tremendamente adictivo y optimista.


© Carlos Pérez Cruz


Publicado originalmente aquí.

viernes, febrero 26, 2010

Fire Room en Huesca (25/02/2010)

Fire Room: Ken Vandermark (saxo tenor y clarinete), Lasse Marhaug (electrónicas) y Paal Nilssen-Love (batería) posan anoche para servidor tras su concierto en el Centro Cultural del Matadero de Huesca. Una actuación que hizo honor al nombre del trío.

miércoles, febrero 24, 2010

Ken Vandermark - Sesión "Cruda" en el "Club de Jazz"

El saxofonista Ken Vandermark está de gira por Europa y antes de sus conciertos en Huesca (25 /02/2010) y Vic (26/02/2010) se ha pasado por nuestro Club de Jazz... es un decir. Javier Gallego "Crudo" se ha pasado por el local para escuchar a los Vandermark 5 y el proyecto Fire Room y de paso para hacerle a Ken unas preguntas... es un decir. Todo lo dicho y lo por decir en nuestro rincón semanal en "Carne Cruda" de Radio 3 (RNE) lo puedes escuchar aquí:






Fire Room es uno de los múltiples proyectos del saxofonista y en él trabaja con dos músicos noruegos: Paal Nilssen-Love (batería) y Lasse Marhaug (electrónica). Este vídeo es una muestra de cómo puede sonar el trío en directo:


Free counter and web stats