Digital Primitives (Cooper Moore- Assif Tsahar - Chad Taylor) en concierto el pasado miércoles 6 de marzo de 2013 en el Centro Cultural 'El Matadero' de Huesca. Muy pronto, entrevista y concierto íntegro en www.elclubdejazz.com
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martes, marzo 19, 2013
viernes, marzo 15, 2013
El amor, según Digital Primitives
Digital Primitives (Cooper Moore- Assif Tsahar - Chad Taylor) en concierto el pasado miércoles 6 de marzo de 2013 en el Centro Cultural 'El Matadero' de Huesca. Muy pronto, entrevista y concierto íntegro en www.elclubdejazz.com
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viernes, marzo 08, 2013
USAmérica, según Digital Primitives
América, has tocado techo.
América, tu tiempo ha pasado.
América, todas las mentiras que has dicho.
América, ¿piensas en las vidas que has robado?
Digital Primitives (Cooper Moore- Assif Tsahar - Chad Taylor) en concierto el pasado miércoles 6 de marzo de 2013 en el Centro Cultural 'El Matadero' de Huesca. Muy pronto, entrevista y concierto íntegro en www.elclubdejazz.com
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jueves, marzo 07, 2013
Digital Primitives (Assif Tsahar, Cooper-Moore, Chad Taylor) - 'El Matadero', Huesca 6/03/2013
Los números tienen un límite. Aunque sean infinitos, no pueden
cuantificarlo ni justificarlo todo. Antes de sentarme a escribir
este texto, he recibido la notificación del número de asistentes
a un reciente festival de cine. Cifras y más cifras sobre el
total de público, las medias por jornada, el número de
acreditados, las procedencias geográficas, los hoteles ocupados,
etcétera. En los festivales de música se hace uso de los mismos
parámetros para tratar de vender su
necesidad a los poderes públicos (y patrocinios privados). También
en jazz. Cada verano nos dan la brasa con los números y cada año dicen batir récords de
asistencia (hasta hacernos dudar de los conceptos racionales de
espacio).
No, los números no lo son todo. Los números pueden validar puntualmente una propuesta pero no ser siempre el fin que justifique o invalide los medios, máxime cuando éstos son públicos. Uno de los objetivos irrenunciables de la cosa pública en materia de cultura es compensar lo que la iniciativa privada deshecha o apenas acoge. Ajustar los evidentes desequilibrios entre los privilegiados por la industria y los subproletarios. Estos últimos, por fortuna, huyen de la concepción manufacturera del arte como de la peste y se dedican a algo rara vez lucrativo pero mucho más valioso: la felicidad (dada y sentida). I´m so happy. Happy to be alive, terminaron cantando y contagiando los tres Digital Primitives sobre el escenario de ‘El Matadero’ oscense. Y todos sabemos lo esquiva que puede llegar a ser la felicidad. ¿Qué ayuntamiento presume de la felicidad que proporciona a sus ciudadanos? Huesca debería sacar de inmediato una nota de prensa que lo haga saber. Hagan uso de él más o menos ciudadanos, su departamento de cultura es un bien de utilidad pública, ejerce un fascinante efecto preventivo contra enfermedades de la razón y el corazón.
No, los números no lo son todo. Los números pueden validar puntualmente una propuesta pero no ser siempre el fin que justifique o invalide los medios, máxime cuando éstos son públicos. Uno de los objetivos irrenunciables de la cosa pública en materia de cultura es compensar lo que la iniciativa privada deshecha o apenas acoge. Ajustar los evidentes desequilibrios entre los privilegiados por la industria y los subproletarios. Estos últimos, por fortuna, huyen de la concepción manufacturera del arte como de la peste y se dedican a algo rara vez lucrativo pero mucho más valioso: la felicidad (dada y sentida). I´m so happy. Happy to be alive, terminaron cantando y contagiando los tres Digital Primitives sobre el escenario de ‘El Matadero’ oscense. Y todos sabemos lo esquiva que puede llegar a ser la felicidad. ¿Qué ayuntamiento presume de la felicidad que proporciona a sus ciudadanos? Huesca debería sacar de inmediato una nota de prensa que lo haga saber. Hagan uso de él más o menos ciudadanos, su departamento de cultura es un bien de utilidad pública, ejerce un fascinante efecto preventivo contra enfermedades de la razón y el corazón.
Digital
Primitives elevó a los fieles presentes.
En una ceremonia civil y creativa de casi hora y media, los
hizo felices con su dosis de crítica social y ecos de la música
negra más radical de los 60.
¡People have the right to
know the truth!, declamaba el predicador Cooper-Moore, sin
seguramente saber que su letra era un anillo al dedo de la
actualidad española (¡They
lie and steal from us!). También es cierto que la historia
de la infamia se recicla como el papel, así que nada casual la
(presunta) coincidencia. Como nada casual es que tres tipos de
presencia tan dispar conjuguen un verbo musical que se declina
en presente echando mano del pasado. El trío desprende un aura
luminosa -compendio de la historia de la música negra
estadounidense-, pero también una actitud punk y roquera que
comulga sin igual con los ecos del ceremonial góspel encarnado
por Cooper-Moore (¡esa voz!), sin olvidarse de la música
vaquera. Más allá de nombres que delimitan, la suya es una
propuesta que, sin necesitar la impostación precisa de
laboratorio, se define por su belleza imperfecta y, por lo
tanto, natural y real; parece salvaje y sin pulir y, sin
embargo, brilla su orfebrería sonora y encaja todos los
elementos con la precisión que sólo es capaz de ofrecer la
creación que late, que está viva; que crece y se alimenta de la
comunicación entre los músicos y de éstos con el público.
Digital
Primitives no busca gustar y, quizá por ello, gustó tanto. Es
música desnuda, radicalmente hermosa, y con un equilibrio entre
los expresionismos más viscerales del free (especialmente en el
saxo tenor de Assif Tsahar) y los preciosismos íntimos de la
música africana (el dúo de
mbira entre Tsahar y Chad Taylor invoca los sueños de África); entre
el alma soul de la voz
de Cooper-Moore y el guitarreo rocoso (a base de un peculiar
banjo doméstico) del propio Cooper-Moore, que estimulaba ese
rock jazzero (o jazz roquero) que tan bien encarna, por ejemplo,
Ken Vandermark; entre la invocación casi naif del inicial tema
con flauta tin whistle
y la compleja y contundente pegada de Chad Taylor; entre los
bajos casi estáticos de Cooper-Moore con el
diddly bo (una especie
de bajo de una única cuerda) y sus desarrollos psicodélicos con
el banjo sin trastes. La soberbia variedad del muestrario se
expresa con una coherencia y un equilibrio que parece medido
para compensarse. Y, sin embargo, uno nunca tiene la sensación
de asistir a un espectáculo predeterminado y sopesado. Se siente
un gozo permanente ante estímulos cambiantes que, cuando parecen
llevar al extremo la excitación de un virtuoso e histriónico
free, hacen saltar de pronto los resortes del necesario reposo.
Así nos acunan de nuevo con la
mbira en manos de
Taylor, mientras Assif Tsahar invoca a los espíritus nocturnos
con la imitación del sonido de un búho, dispuestas sus manos a
modo de caja de resonancia.
© Carlos Pérez Cruz
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