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martes, diciembre 03, 2013

Lucía y los muertos


Lucía Martínez
© Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)

“El jazz ha muerto”, se le oyó decir al muerto. No es extraño oír voces en el cementerio y menos que hablen de muerte. “El jazz ha muerto”, dicen que dijo. Puede que su jazz muriera o que su amado sea hoy un pálido reflejo de lo que fue. Sea como fuere, el recuerdo de su amor no debería ser óbice para regocijarse hoy con los que en un futuro serán memoria de nuestro presente.

Hubiera sido más preciso que el muerto hubiera declarado que “el jazz no existe”, pues tendría razón. No existe algo parecido a ‘El jazz’, sólo una actitud musical a la que llamamos tal y que muchos practican gozosamente. Ellos no son capaces de apreciarlo pues están muertos. Escriben desde el más allá sobre hojas amarillentas, hablan por micrófonos de emisoras que nos llegan del pasado… Proclaman su verdad de muerte allá donde alguien les escuche y lo hacen con ademán despectivo. ¿Cómo va a estar vivo algo que ellos han sentenciado a muerte?

Dice Jack DeJohnette que “el pasado no existe, tan sólo en nuestros recuerdos”. ¿Se referirán estos muertos a la muerte de la memoria? Es realmente difícil que muera, la tienen muy presente. Gracias. Sois los depositarios de ese recuerdo aunque, de tanto recordar, corréis riesgo de caer en el olvido. Nadie soporta escuchar día sí, día también, sus batallitas sobre la solución final del jazz, sobre ese pasado que siempre fue mejor, evocado desde un presente que ellos ignoran. Como dice el ilustre baterista, “hay muchas formas de resolver los problemas”. Es decir, hay muchas formas de vivir jazz.


Josetxo Goia-Aribe, Antonio Bravo y Baldo Martínez
© Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)

Hay muchas formas de vivir jazz, ¡vaya si las hay! Las hay incluso que usan la memoria como fuente para vivir el presente con más intensidad. Eso lleva años haciendo el saxofonista navarro Josetxo Goia-Aribe. Él es jazz, aunque los muertos no le guarden un lugar en el infierno (todo jazzista acaba en él, por supuesto… a voluntad de Coltrane, claro). Y hace unos días hizo registro de su música para la memoria futura del jazz del presente. Fue en un Centro de Cultura Contemporánea. Es decir, en un recinto para las cosas vivas.

Sólo ha transcurrido un año desde que Josetxo llevara la jota a un estadio nunca imaginado, que la elevara a otras cotas en disco y sobre el escenario del Teatro Gayarre de Iruñea – Pamplona. Allí dio muestra del acostumbrado preciosismo de su música, de su detallismo, de un lenguaje intransferible que ha desarrollado en una carrera ya generosa que ha tenido en el folclore un referente ineludible. Josetxo ha sido siempre un verso libre del jazz, aunque algo había en su forma de vivirlo que lo mantenía preso de las formas, con el cinturón expresivo excesivamente anudado.

Josetxo Goia-Aribe ha recorrido en un año lo que otros en una vida y algunos nunca. Ha leído, ha escuchado, ha conversado. Se ha empapado y la lluvia del descubrimiento ha reblandecido la piel del cinturón hasta aflojarlo. Goia-Aribe se ha descubierto a sí mismo y a los demás, feliz como un niño a los mandos de su nuevo vehículo musical: Hispania Fantastic.

Tiempo habrá de explayarse y profundizar en los recovecos del que será su próximo disco, esa memoria grabada en sesiones, con y sin público, durante dos días en la localidad navarra de Huarte. Ahora es tiempo de júbilo por haber sido testigo del paso de gigante del saxofonista que, con el folclore como inspiración una vez más, ha descubierto que en la libertad del lenguaje, en la soltura de las formas, hay un mundo que le va como anillo al dedo. Nada más gratificante que ver a un músico que no se conforma y reinventa; y no por el mero hecho de evitar repetirse sino, precisamente, por repetirse sin parecerse.

Sí, hay buenas nuevas que no cantarán las voces del campo santo. Allí no se harán eco de este Hispania Fantastic, fantástico por sus fundamentos y por quienes lo fundamentan. Fantástico porque en ese caminar hacia delante de Goia-Aribe le ha acompañado un trío que tiene nombre propio y prestigio por su cuenta, MBM: Martínez, Bravo, Martínez. El guitarrista Antonio Bravo, el contrabajista Baldo Martínez y la baterista Lucía Martínez. Ellos, compañeros de un largo y luminoso camino. Ella, una de las mayores alegrías del jazz ibérico en los últimos años (desde su exilio berlinés). Y son varias con nombre de mujer.


Lucía Martínez
© Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)

No, el jazz no ha muerto. Han muerto ellos, sordos ante la belleza de los viejos nuevos lenguajes de quienes mantienen viva la llama del jazz sin quizá ni pretenderlo; de quienes, frente a la adversidad de su condición de creadores en un mundo de replicantes, juegan con ella y la devoran cual faquires que la regurgitan a la vida. Han muerto ellos, ciegos ante la pasión desbordante que trasciende los límites de un cuerpo tan pequeño como el de Lucía, enorme en su pegada y emoción. Han muerto ellos, que sólo hablan de difuntos, de quienes fueron grandes por libres, no por fieles al verbo intransigente. Ignoran que la vida sigue, que la memoria es sólo recuerdo, que el presente es un futuro lleno de pasado. Sólo hay que sentarse frente a Lucía, escucharla tocar, verla soñar despierta, para que los muertos se queden sin habla.
 
© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en la web de www.elclubdejazz.com

jueves, abril 18, 2013

¡ZAS!, la denuncia de la pérdida de derechos ciudadanos hecha música

Carlos González, 'Sir Charles', y Baldo Martínez en Bilbao (abril 2012) Foto: Carlos Pérez Cruz
¡ZAS!: Onomatopéyico nombre para un trío de jazz que esconde la voluntad de zarandear al oyente y, de paso, su conciencia. “Nuestra música no puede entenderse si la apartamos de la denuncia social generada por la pérdida de derechos que los ciudadanos de este país estamos sufriendo”, dice el baterista madrileño Carlos González, ‘Sir Charles’, el único músico de jazz español con título de Sir (el que le otorgó su padrino musical, el organista estadounidense Lou Bennett, con quien trabajó frecuentemente en los años 80).

González forma junto al contrabajista gallego Baldo Martínez y al saxofonista argentino Marcelo Peralta (establecido en España desde mediados de los años 90) un trío de verdaderos all stars del jazz ibérico con sede en Madrid, que comenzó a rodarse hace tres o cuatro años (la memoria de Baldo no lo aclara). Lástima que la consideración del jazzista en nuestro país venga determinada por factores ajenos a la propia calidad de la música y que las posibilidades de (re)conocimiento estén limitadas por las escasas posibilidades de difusión escénica y mediática del jazz doméstico. Dicho de otra manera: si Estados Unidos planteara festivales de jazz al modo en que Europa los organiza, este trío cotizaría alto.

lunes, noviembre 05, 2012

Josetxo Goia-Aribe & Arantxa Díez - "En Jota" (Teatro Gayarre, Iruñea - Pamplona 3/11/2012)

Hay quien vive encerrado en la cárcel de su localismo mental (¡No se entiende!, clamó al escuchar cómo el músico se expresaba en euskera) y hay quien hace de lo local un lenguaje universal. Por fortuna, el preso ocupaba lugar entre el público, no en el escenario. Sobre las tablas del Teatro Gayarre se hacía música hacia y para el mundo, no para reafirmar la genitalidad de nadie.

Josetxo Goia-Aribe es el punto diferencial de la música creativa hecha en Navarra. Si nos ceñimos al ámbito del jazz, es sin duda el más personal de todos, aquél de quien se podría decir que es marca registrada: no hay otro igual. La diferencia es, en sí misma, una de sus grandes virtudes, aunque ésta conlleva a su vez la penalidad de tener que estar explicándose permanentemente y el castigo de un recelo francamente inmerecido. Goia-Aribe no ha inventado la pólvora pero es único. Habita un universo estético que hila todos sus trabajos y, sin embargo, ninguno es igual al anterior. Sabe reinventarse y lo hace con plena conciencia de sus virtudes. Su punto fuerte está en la creación: en la composición y arreglos, en la conjunción y estética de su música. La improvisación, la disposición a abrirse a la locura y a las musas del escenario, es quizá su asignatura pendiente.

Como no es habitual que el Teatro Gayarre acoja propuestas que se salgan de la madre ortodoxia (en realidad, ninguno de los grandes escenarios pamploneses), la actuación del proyecto En Jota era un estimulante asterisco en la programación local. Un escenario perfecto para escuchar con silencio y concentración una música que lo requiere. Sobre todo porque el cuarteto ha logrado limar las aristas más punzantes de un género testicular en esencia como es la jota, cuyo potente vibrato (manos en jarra) deviene en muchas ocasiones en una inclemente lucha por hacerse oír. No es el caso aquí porque Josetxo Goia-Aribe las acaricia y las llega a convertir en jotas callandico, aquellas que se susurran y que Arantxa Díez interpretó sentada.

Bromeaba el saxofonista con el sempiterno debate de las etiquetas: demasiado folk para los jazzistas, demasiado jazz para los folclóricos. En realidad lo suyo es folk desde la perspectiva de la modernización y actualización de un género folclórico; y es jazz porque el espíritu que pone en marcha la “transgresión” hunde sus raíces en él, aunque en el caso de Josetxo o del contrabajista, Baldo Martínez, el jazz de su inspiración tenga más que ver con los fundamentos europeos que USAmericanos de este impulso creativo. Hasta aquí las etiquetas.

El cuarteto ofreció la integral jotera: las doce del disco, las dos primigenias de Herrimiña y, como complemento y descanso para la voz de Arantxa, el Vals y la Jota de Los pendientes de la reina. Puede que un exceso, sin duda generoso. Al fin y al cabo los fundamentos melódicos de la jota son muy semejantes y, por mucho requiebro que con ellas se haga, terminan por ser muy parecidos entre sí. Eso sí, la respuesta del público, entusiasta. Sin duda merecido el aplauso, porque hay mucho trabajo y cariño puesto en una música cuya poética no parece nada evidente si se acude al original. Es algo a lo que la música de Goia-Aribe nos tiene acostumbrados: la delicadeza con la que trata los materiales.

En el debe del directo (y es un debe ciertamente opinable), la ausencia de espacios abiertos a la experimentación. Al experimento que ya es de por sí En Jota le falta la excitación inherente a los terrenos de la improvisación y lo azaroso. Máxime cuando se cuenta con un sideman de lujo como el gallego Baldo Martínez, experto en estas lides de fagocitar el folclore. Resulta un tanto frustrante verlo ahí limitado en sus virtudes, aunque su sonido se hace necesario en el conjunto (en el que el pianista, Javier Olabarrieta, ejerce de efectiva articulación). Goia-Aribe opta por una concepción más cerrada y estructurada y donde más que de improvisaciones deberíamos hablar de variaciones.  Es una opción – respetable, por supuesto – pero tengo para mí que la música de En Jota necesitaría dar un golpe sobre el tablado para que estalle en los oídos del espectador y complemente la belleza formal con la belleza de lo imprevisible. Cierto es que donde menos afortunada estuvo la velada fue en la instrumental Jota de los pendientes de la reina, cuyo paseo por los terrenos de la improvisación más tentativa quedó en eso. Quizá haya un excesivo celo por tenerlo todo atado y bien atado.

Sería muy interesante ver a Arantxa evolucionar hacia un terreno en el que además de prestar su voz jotera a un contexto nada jotero pudiera quebrar sus fundamentos para lograr su propia revolución. Pero más allá de mis propios deseos está la realidad de una mujer valiosa y valiente (por prestarse a estos juegos del saxofonista en “territorio sensible” – Josetxo, dixit) que mostró tablas y una voz que se amolda a la sutileza y exigencia del estilo Goia-Aribe (su voz se expone muchas veces en solitario, con el riesgo – en ocasiones, tangible - para la afinación que ello conlleva una vez entra el grupo). A su chorro vocal le sobró el apoyo técnico de una reverberación que, por momentos, metalizó en exceso su timbre. La música necesita muchos valientes como ella para crecer y no apolillarse. ¡Bravo por ello!

Fue una pena que la asistencia al Gayarre demostrara una vez más que Pamplona y Navarra son territorios alérgicos a la diferencia. No por casualidad es una región tradicionalista y conservadora donde cualquier agitación de las convenciones se topa con la sospecha y la prevención. Pero quedémonos con lo positivo: con haber podido escuchar En Jota en un espacio digno y con el entusiasmo de los asistentes. Incluso de quien – y me consta muy de cerca – se vio expuesto por invitación y disfrutó contra todo pronóstico y bagaje. Habrá que seguir insistiendo.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

martes, octubre 30, 2012

Carlo Actis Dato & Baldo Martínez - "Sonidos de la tierra"













Lo han dado en llamar Sonidos de la tierra pero bien podrían haberlo llamado Música ambulante, porque lo primero que se me viene a la cabeza al escuchar este disco es una imagen circense: la de dos locos maravillosos que asombran a niños y mayores con sus malabares musicales, en la plaza de un pequeño pueblo perdido no sé dónde. O quizá es que me siento niño escuchándolos; consiguen evadirme del caos urbano (aunque quizá de él nazca esta música) y dibujarme los paisajes rurales de una feliz utopía.  Tienen algo de personajes del Amarcord de Fellini, de músicos de tragicomedia balcánica de Kusturica.

Los misterios del surrealismo son insondables. Sólo así se explica la feliz comunión de tan extraña pareja: contrabajo y clarinete bajo (o saxo barítono). ¿Cómo es posible? ¿En qué cabeza cabe? En la de Carlo Actis Dato, que su locura no tiene límites. Es seguramente uno de los gamberros más creativos del orbe improvisador. Un tipo capaz de evocar a una pareja en plena faena con la simple digitación de su saxo y su voz en convulsión gemidora (para terminar cantando ´O sole mio; lógica conclusión del acto de su Latin lover en el disco The Moonwalker). Con estos antecedentes es lógico pensar que un tête à tête con Baldo sea para él lo más normal del mundo, máxime cuando el contrabajista es un tipo lo suficientemente cuerdo como para aceptar cualquier reto, por inverosímil que parezca. Su trayectoria es una demostración de equilibrio entre la voluntad de búsqueda y el contrapeso de lo encontrado. Un músico ejemplar, brillante en su constancia. Dos polos – no necesariamente antagónicos, a pesar de las apariencias – que juegan con naturalidad el uno en el terreno del otro. Se cortejan en una danza circular, hipnótica, con Carlo en el papel (¿?) de pícaro y enfebrecido saltimbanqui y Baldo en el de domador de la fiera italiana. Claro que el cántico a lo Teleñecos del número final despierta la legítima duda de si el domador no termina por padecer el Síndrome de Estocolmo.



Carlo Actis Dato y Baldo Martínez (Madrid 23/10/2012)
© www.elclubdejazz.com


Escucha Ceuta (Carlo Actis Dato): registrado en directo en Madrid (23/10/2012)


Escucha Cabo Prioriño (Baldo Martínez: registrado en directo en Madrid (23/10/2012)


Este disco confirma lo que ya anunciaron con la denominación de su primero en 2005, Folklore imaginario (Leo Records, 437). Puede que la llamen vanguardia, pero esta música huele a tierra húmeda, a noche de los tiempos. A folclore (imaginario, claro). No hay en la tierra del título vocación planetaria, si acaso es global a partir de un localismo que, como su folclore, es pura fantasía. No es ni italiano ni español. Es música de baile de un país que no tiene más fronteras que las que ellos (no) se imponen y cuyas normas las establece el necesario sentido de la cooperación. Uno le tiende la mano al otro y el otro al uno y así pueden explayarse en un diálogo que entrelaza, con magistral sencillez, solos y acompañamientos. Las líneas de bajo devienen solistas y los solos línea de bajo de forma tan natural que parecieran una sola. Como si una mano invisible (quizá eso que ahora llaman química) articulara los movimientos de ambos con tan sólo un hilo.

Y uno se pregunta cómo demonios lo hacen para lograr mantener tan alto el interés durante tantos minutos con tan poco arsenal, cuando siendo ambos capaces de mandarlo todo al garete de la heterodoxia se ciñen a tempos y estructuras perfectamente descifrables e inteligibles (que no convencionales). ¿Cómo? Con ingenio, desinhibición y arte, de ese que no se describe con palabras y que se labra con el tiempo, la persistencia y con la mente tan abierta y porosa como permite intuir la trayectoria profesional de ambos. Las carreras del loco Martínez y del cuerdo Actis Dato. ¿O era al revés?

© Carlos Pérez Cruz

Nota: Este texto conforma las notas del libreto del disco.

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

sábado, julio 21, 2012

Peter Evans, Mari Kvien Brunvoll, Josetxo Goia-Aribe - 47 Festival de Jazz de Donostia - San Sebastián (20/07/2012)


Peter Evans - Fotografía: www.jazzaldia.com

Un dechado de sensibilidad y profesionalidad. Mientras el músico en escena se encuentra en plena interpretación de un tema, ella – camiseta negra con la leyenda “staff” inscrita en grandes letras blancas – se planta delante y, con la contundencia de una palma abierta, le señala que cinco minutos más y se acabó. Sucedió durante la actuación de la noruega Mari Kvien Brunvoll en la sala de prensa del Teatro Victoria Eugenia, en la celebración de la bautizada como “La noche en Jazz”, un espléndido ejercicio de marketing donde lo fundamental es todo, menos la música.

La cultura Spotify trasladada al directo. Si hay algo que permite todo y a la vez nada es programar de forma simultánea varios conciertos en un mismo recinto. El Victoria Eugenia celebra su centenario y el festival distribuyó por diferentes localizaciones ocho actuaciones a partir de las doce de la noche y hasta las dos, pornográfica hora de inicio de las últimas. Acceso libre a todos los espacios (previa entrada de 3€) sin mayor criterio selectivo que la presunta capacidad de la sala (en la de prensa se llegó a superar el aforo de sillas, sin perjuicio de sumar espectadores de pie o en el suelo). Así las cosas, hay quien se marca objetivos asumibles (un concierto por cada tramo horario) y quien – la mayoría – se marca un tour de curioseo. Consecuencia: la imposible concentración del espectador y difícilmente de los músicos. Lo mínimo exigible sería impedir el acceso durante la interpretación de música y darlo entre tema y tema (o como se quiera llamar a según qué expresiones artísticas). Pero, aunque no lo parezca, la música es siempre lo último en estos grandes fastos. Es muy fotogénico tener músicos en cada rincón - especialmente lucido en el vestíbulo de la primera planta - donde despedí la noche intentando conectar con la magia jotera del último proyecto de Josetxo Goia-Aribe y donde deserté por ruido y sueño. Conciertos a las dos de la mañana son una falta de respeto para músicos y espectadores. Hasta Nacho Vidal va grabado a esas horas.

Así, entre ráfagas inmisericordes del (intuyo) fotógrafo oficial, walkie talkies del personal del teatro en interacción con la música e inmisericordes espectadores locuaces, además de los ecos de otras actuaciones simultáneas (Peter Evans gozó de unos generosos graves retumbantes bajo sus pies), tuvimos que sobrevivir melómanos y artistas. La mayoría – el que denomino como espectador social ­­– disfrutó a buen seguro de una noche muy cool. Al final el balance en estos macro festivales es cosa de números. Y aunque el año pasado la organización dijo haber tomado nota de las incomodidades del Museo de San Telmo (formato semejante a éste), la realidad es tozuda en la negligencia.

El trompetista Peter Evans era la cita estelar en la elección personal de este cronista. Por razones que escapan a mi comprensión, éste es el segundo año que visita Donostia. Y el segundo, igualmente, en que su actuación se oculta bajo el felpudo de la madrugada. Evans, que el año pasado no daba crédito al hecho de tocar a la una y media (con Agustí Fernández), consiguió que en éste le programaran… a la una. Eso sí, después de lograr que cambiaran lo inicialmente previsto: la hora jotera (pobre Josetxo). Logró lo previsible: una primera criba de espectadores que habían permanecido en la sala después de escuchar a un simpático (estereotipado, ruborizante) y swingueante quinteto de veteranos músicos de la vecina Bayona. Evans confesaba su estupor por lo surrealista de tener que hacer lo suyo después de lo de ellos. Que una cosa es fomentar la diversidad y otra tener un poco de sentido común. Es como juntar en la misma sala a partidarios de Wynton Marsalis y fans de Larry Ochs. Puede tener su gracia, pero el riesgo de conmoción cerebral no compensa el esfuerzo.

Evans volvió a hacer posible lo imposible. Con él, la trompeta y el piccolo barroco son otra cosa. Por un lado, él y el instrumento son uno; por el otro, el instrumento en sí expande su potencial (casi) hasta el infinito. Se puede vivir un concierto de Evans como una clase magistral de técnica del instrumento y nuevas formas de expresión o se puede tratar de profundizar en un discurso musical que, complejo, abstracto y a veces delirante, existe. Hay una lógica en todo ello, aunque los parámetros tradicionales de la música no sirvan para entenderlo. Hay una relación entre lo que Evans emite y lo que el espacio devuelve. Hay una lógica rítmica perceptible, incluso cuando más caótico parece (en sus secuencias más alocadas de arpegios acentúa las notas claves para crear una guía, que no daré en llamar melódica); también el virtuosismo extremo de un fraseo bop llevado al paroxismo más histriónico y, en contrapartida, los universos más íntimos a partir de sonoridades aflautadas o de difícil clasificación tímbrica. Hay estallidos de rabia y exultante sentido del humor – aunque algunos lo lleguen a confundir con una tomadura de pelo – y emulaciones sonoras que ponen en marcha el motor del asombroso viaje musical que propone el trompetista. Se deja la vida en ello y la exigencia del esfuerzo (respiración continua incluida) proporciona instantáneas de una plasticidad innegable, con gotas de sudor estallando a su alrededor y su rostro poseído por la furia creativa. Hay en su concierto más metal que en el heavy y más delicadeza que en una nana infantil. Hay extremos en roce permanente y una utilización del instrumento que sobrepasa los límites que la educación formal ha creado. Éstos no eran lógicos, simplemente nos los habían inoculado. Pero más allá de tecnicismos y asombros (¡Cómo va ascendiendo por microtonos haciendo uso de las válvulas del instrumento! ¡¡Cómo genera armónicos y convierte en polifónico un instrumento monódico!!), el oído educado consigue despertar las emociones más íntimas tanto como lo puede hacer la belleza “formal” de Goia-Aribe (por otro lado, la suya es otra forma diferente de expandir el potencial de la música improvisada a partir de los encuentros más insospechados). No es cuestión de esnobismo ni de elitismo, ni se disfruta con esto por tara mental (creo, claro). Aunque algunos están tan mal que no son capaces de escucharlo.

Mari Kvien Brunvoll (Fotografía: www.jazzaldia.com)

Antes, a las doce, inició su recital la cantante y músico electrónico Mari Kvien Brunvoll. Con la equívoca referencia de Sidsel Endresen en el programa de mano, la noruega hizo de su concierto un acto ceremonial. Sentada a lo indio y con mesas de sonido y aparatos de electrónica más un salterio (o instrumento semejante) dispuestos frente a ella - en vez de incensarios, velas y una imagen de Buda - fue invocando a las musas en un ejercicio de mantra pop y efectista (con ramalazos ambient  y pulsos hip hop). En su música no hay ni rastro de jazz ni de lenguajes de improvisación verdaderamente relevantes (aunque esto hace mucho que dejó de importar en festivales así) y sí el ingenio de apañárselas por sí misma con ayuda de las electrónicas. Los loops facilitan multiplicar la unidad; las distorsiones, crear atmósferas de inquietante reminiscencia industrial. Las letras dan fe del espíritu pop: The answers on my life, they are so hard to find. Y te entraban ganas de abrazarla en su desesperada multiplicación vocal.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com 

jueves, mayo 03, 2012

(El día a) día nacional del jazz

Pasó el primer Día Internacional del Jazz promovido por la UNESCO. Las previsiones, cumplidas. Lejos del glamur impostado de las celebraciones neoyorquinas o parisinas (los focos deslumbran al espectador, incapaz de vislumbrar lo que ocurre tras ellos), en España la vida sigue igual. El jazz simplemente no existe. Ignorancia y estereotipos para pincelar una agenda informativa siempre determinada por factores externos. Dirigismo informativo, que es nota de color cuando de cultura se trata. Hoy es el día mundial del jazz… y, ¡toma Louis Armstrong!

Ya a primera hora de la mañana, el contrabajista Baldo Martínez dejaba una nota en el facebook de la Cadena SER: El Jazz está muy bien, pero… ¿qué es lo que verdaderamente sucede con esta música en nuestro país?, interrogaba en el éter virtual. Yo ya había avisado, era mejor no encender la radio ese día. Cuestión de salud mental. Imagino el tipo de simpatiquismo informativo. A mediodía, Baldo se iría con su contrabajo a Plaza de España (Madrid) para reivindicar en la jornada de “celebración”. Después, compartiría con un servidor y otros invitados debate en el programa Carne Cruda,  de Radio 3. Como siempre, la excepción a la norma de asepsia informativa llegaba en este rincón de la radio pública, dirigido por Javier Gallego. ¿Qué hay del jazz en España? Si alguien quiso interrogarse el 30 de abril sobre ello, sólo tuvo esa oportunidad (y algún espasmo virtual en las cloacas de los medios digitales).


Marce Merino (banjo), Baldo Martínez (contrabajo), Carlos González, 'Sir Charles' (batería) y Marcelo Peralta (saxo) en Plaza de España
© Chema García

El debate contó con cinco voces que pretendían representar los diversos sectores que integran la comunidad jazzística en España (fueran quedaron otros, sin duda, como la comunidad educativa o las discográficas): Músicos, programadores, promotores, clubes y críticos. Plurales singularizados por Baldo Martínez (contrabajista), Iñaki Añua (director del Festival de Jazz de Vitoria – Gasteiz), María Antonia García (Cuadernos de Jazz, revista y management), Dick Angstadt (club Bogui de Madrid) y un servidor, Carlos Pérez Cruz. El debate sirvió para que el oyente curioso pudiera conocer, siquiera superficialmente, los problemas que vive la profesión en España. Una hora de radio es escasa para indagar a fondo sobre aquello de lo que nunca se habla. Como oportunidad, fue un lujo. Paso a exponer algunas reflexiones e informaciones derivadas del debate.

NEGRO

Negro el panorama, negro el dinero. El músico de jazz en España ejerce como tal en clubes y bares. Rara vez pisa el escenario de un auditorio o gran festival. ¿Existe una figura legal que regule la actividad profesional de los músicos de jazz? No. O dicho de otra manera: las opciones que existen para que el profesional regule su situación no comprenden su realidad. Ser autónomo (como lo es el propio Baldo o lo es el baterista Carlos González, ‘Sir Charles’, que participó en el programa vía telefónica desde la “reivindicativa” Plaza de España) significa que los costes asociados a esta figura laboral (mínimo de 254,21€) son superiores, la mayor parte de los meses y para la mayoría de profesionales, a los ingresos. Resulta (casi) una temeridad. La mayoría, claro, vive al margen de figura legal alguna, en “la más pura negritud”, como denunció el baterista. Entre otras cosas porque - aunque uno quiera ser lo más legalista posible y cumplir con sus obligaciones ciudadanas - los clubes y locales varios (recuerdo, actividad cotidiana del músico de jazz) no hacen contrato alguno. Para la administración son conciertos, cuando menos, clandestinos. Los clubes adquieren un compromiso verbal que va del pago simbólico (pongamos que hablo de 50 € por músico) al cupo de cervezas gratuitas con que algunos saldan su deuda con el profesional. Eso sí, aunque no existan esos conciertos, los clubes tienen que pasar por la caja de los derechos de autor. Momento aprovechado para  trampear temas y autores en las hojas de la SGAE.


Ramón Fossati, la experiencia de un catalán en París

¿Es imposible regular la actividad de conciertos de jazz en España? Sí, si no hay voluntad. Si faltan ideas se puede acudir a nuestro vecino del otro lado de Pirineos. Francia cuenta con una ley que procura regular la particularidad de las actividades no sólo de músicos de jazz, sino de otras muchas manifestaciones artísticas. Es la ley de intermitencia. Según me cuenta el trombonista Ramón Fossati (catalán residente en París desde hace años), “todo artista en Francia debe ser contratado por la empresa que lo contrata”. Hasta aquí una obviedad que no es tal en España. Esa ley de intermitencia “regula el paro de los artistas, está pensada para crear una cierta estabilidad” en su economía. Es decir, se encarga de legislar la realidad de quienes son contratados de forma intermitente (hoy tocas en un club, en cinco días no tocas en ninguno, vuelves a tocar…). Me advierte otro Ramón, López en este caso (baterista alicantino residente en París desde los ochenta), que “no pinte de rosa” la realidad del músico de jazz en Francia. No lo hago. Sé que no está allí el edén. Simplemente, como dice Fossati, “al menos tiene una ventaja: ¡Existe!”.  En efecto, existe una ley. Con sus múltiples deficiencias (también existe la figura del pícaro en Francia) y el endurecimiento de los requisitos para ser amparado por ella (“los músicos entran en el sistema si pueden declarar que han trabajado 507 horas durante 319 días (10 meses y medio)”, apunta el trombonista), hay una herramienta al servicio del profesional. Aquí, simplemente estos profesionales no son tal para la administración.

APOYO PÚBLICO (¿UN OXÍMORON?)

“La Comunidad de Madrid acaba de conceder 3.300.000 € a la Fundación Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Y para el jazz no hay un puto euro”. Así de claro se expresaba María Antonia García, aportando datos de la desidia institucional hacia el jazz en España.

Sirva ese ejemplo como sirve la dejadez que ha impedido que muchos profesionales del jazz de este país (músicos, promotoras, discográficas, festivales…) hayan podido acudir a la reciente feria Jazzahead! de Bremen (Alemania) donde España era el país invitado (no uno más, ¡el invitado!) y donde, según denuncia el crítico Chema García, presente allí, su stand permanecía “semi vacío la mayor parte del tiempo” (véase reseña en “Cuadernos de Jazz”). Sirvan las cifras para medir la importancia de haber estado allí con la presencia adecuada. En 2011 (todavía no dispongo de datos de la última edición) la feria recibió más de 5000 visitas, alrededor de 2000 fueron de profesionales del gremio. 375 fueron los puestos de información (de sellos, agencias, promotores, locales, medios de comunicación, etcétera) procedentes de 30 países. A pesar del toro de Osborne que preside la web de la feria, España le puso los cuernos al sector (con la excepción de Catalunya, país anti-taurino, por cierto). ¿Cuál era el diferencial entre gasto de inversión por estar y los beneficios posteriores derivados de una buena y nutrida presentación? Sólo conocemos cuáles son los perjuicios por no estar. Al jazzista español le da igual que exista o no el tratado de Schengen (o que se suspenda temporalmente a conveniencia del poder). Las fronteras aduaneras siempre han estado ahí.


Logo de Jazzahead! 2012

Arco y Flecha, una de las promotoras más activas y con propuestas más arriesgadas de nuestro país, estuvo en Bremen. Por su cuenta y riesgo, a la espera de que algunas subvenciones a posteriori puedan solventar parte de los gastos de su actividad allí. Marta Fontanals, su responsable de prensa, añade un dato revelador al margen de Bremen. Su promotora forma parte de Europe Jazz Network, asociación que reúne 80 organizaciones (festivales, clubes, promotores…) de 26 países. Los asociados, según Marta, organizan muchas actividades, además de reunirse anualmente. ¿Cuántos representantes tiene España en esta importante asociación? Arco y Flecha.

“El INAEM – Instituto Nacional de las Artes Escénicas y Música – acaba de nombrar nuevos vocales en su consejo artístico de la música, y la única persona entre veinte que se supone cerca de la música popular – ya no digo el jazz - es Lara López (directora de Radio 3). Con la excepción de Lara, todo el resto de personas son de música clásica. Y un último dato. La SGAE – Sociedad General de Autores y Editores – se lleva un diez por ciento por concierto. Se gane o se  pierda dinero. En Inglaterra es el tres por cierto. ¿Vale? Y así nos va”, remata con más datos María Antonia García en Carne Cruda.

DATOS

Datos contundentes (y públicos) los que maneja María Antonia, datos significativos (y públicos) los que maneja un servidor. La presencia de Iñaki Añua, director del Festival de Jazz de Vitoria – Gasteiz (este año será la 36ª edición), era una buena ocasión para testar el nivel de implicación de los festivales españoles en la difusión del jazz hecho en España. Es uno de los festivales más importantes en nuestro país, sin duda. Aunque en los últimos quince años han brotado como setas un buen puñado, Vitoria (junto a Donosti y en menor medida Getxo) sigue siendo referente.

“No nos integran dentro de nuestros propios festivales. Dicho de otra manera, nos integran poco”, denuncia Baldo Martínez. Se defiende Añua. Para él son “más importantes” otras cuestiones más que la presencia de músicos españoles en cartel. Aún así esgrime la propuesta anual que hace su festival desde hace unos años. Se llama ‘Konexioa’. Dicho con sus propias palabras: “músicos vascos enfrentados a músicos americanos”. Se celebra cada año como apertura del ciclo de conciertos del Teatro Principal. “Eso me importa”, dice, “y me importa coger músicos vascos y llevármelos al MIDEM – Mercado Internacional del Disco y de la Edición Musical -  para darse a conocer internacionalmente. Creo que esa es una labor que debe de hacer un festival, más que programar a los músicos”. ¿Dónde están los frutos de esa labor?


Logo Festival de Jazz de Vitoria - Gasteiz 2012

Datos. Cifras. Son contundentes. En antena leo los siguientes: de los 16 conciertos programados para la próxima edición del Festival de Jazz de Vitoria – Gasteiz en las sedes oficiales (Teatro Principal y Polideportivo de Mendizorrotza), sólo 1 cuenta con presencia de músicos españoles. Será en el mencionado ‘Konexioa’. Cuestionado por Javier Gallego sobre la posibilidad de manejar cuotas de participación fijas de músicos españoles en el cartel de los festivales españoles, Iñaki Añua se acoge a que ellos han estado “programando a músicos españoles durante muchos años. Que este año tengamos solamente al grupo que va a ir a la ‘Konexioa’…”. Más datos. En 2011, Vitoria programó en los mentados escenarios oficiales 17 actuaciones. De nuevo tan sólo 1 concierto con presencia española (José Agustín Guereñu, “Gere”, en la ‘Konexioa’). En 2010, 17 actuaciones y 2 conciertos con presencia de españoles (Iñaki Salvador en ‘Konexioa’ y el espléndido – pero no jazzista – Paco de Lucía en Mendizorrotza).

Pero, ¿qué razones llevan a no programar con mayor frecuencia y número a músicos españoles? Añua argumenta que los músicos españoles “son mucho más asequibles para el público español”. Algún resorte salta en el interior de Baldo al escuchar este argumento. Datos. Cifras. De nuevo contundentes. En 30 años de profesional, Baldo sólo ha tocado una vez en Vitoria. Ni siquiera en el festival, sino en un ciclo que – promovido por el festival – se celebraba a lo largo del año (hoy ni existe tal ciclo). Fue con Clunia (en la noche de los tiempos, por lo tanto). Y hablamos de uno de los más destacados músicos de jazz en España (aunque Baldo tire de ironía gallega para decir que “igual yo no tengo el nivel para tocar en Vitoria”). Por lo tanto, “la población de Vitoria no tiene acceso a nuestra música en vivo, en disco es complicado”. La cercanía en kilómetros de los músicos de jazz españoles a sus festivales no implica su participación en ellos. Es perjudicial.


Logo de la IJFO, de la que es miembro el Festival de Jazz de Vitoria - Gasteiz

¿Sucede lo mismo en otros países de Europa? ¿Participan los músicos franceses en los festivales de Francia? ¿Los italianos en Italia? Allí, según María Antonia, “por lo menos el cincuenta por ciento de la nómina son músicos del país”. Es decir, “los músicos de cada país están en sus festivales”. Rápido vistazo. No es tal porcentaje el que se puede calcular en las próximas ediciones de festivales con parecidos conceptos a los de Vitoria o San Sebastián. Sin embargo, de 52 conciertos anunciados en Marciac, al menos una quincena son proyectos nacionales. En el de Vienne, miembro – al igual que Vitoria – de la International Jazz Festivals Organization (de la que forman parte 17 festivales de Europa, Estados Unidos y Canadá), su programa de este año incluye en el escenario principal - el Théâtre Antique - una decena de conciertos de grupos franceses o músicos asentados en Francia entre sus 42 citas anunciadas. En el italiano de Umbria – también de la IJFO -  18 conciertos, tan sólo 3 de los cuales incluyen actuación de músicos italianos (uno de ellos, Stefano Bollani, por partida doble). La cantidad de nombres impronunciables en el finlandés de Pori (otro del club de los 17 de IJFO) me deja nórdicamente más tranquilo.

COMPLEJOS DEL SIGLO XXI

El vitoriano es un festival paradigmático en cuanto a la escasa y residual presencia de músicos españoles. Otros tampoco son una excepción, ni mucho menos. Como bien describe María Antonia, su presencia suele estar destinada a escenarios secundarios (con cachés mucho más bajos) y sin atención mediática. Es decir, una participación en festivales puramente testimonial. Un rápido vistazo a la programación que este año presenta el festival de Donostia – San Sebastián (el decano): de los 8 conciertos anunciados en la Plaza de la Trinidad (escenario principal, cuyos conciertos emite a posteriori televisión) sólo 1 cuenta con presencia española (el baterista Hasier Oleaga), ninguno en el Auditorio del Kursaal. Otros escenarios sí incorporan a músicos españoles, lejos de las condiciones económicas y de repercusión de los citados espacios.

De los 20 conciertos anunciados por el Festival de Jazz de San Javier (Murcia), 5 lo son de proyectos españoles. Las cuentas se reducen, no obstante, desde parámetros jazzísticos si evaluamos el contenido de los mismos. Uno se presenta como el “mejor guitarrista de rock español, el  madrileño Jorge Salan”. Otro es el pianista Dorantes, músico cuyo ámbito de actuación no es el jazz, si acaso el flamenco. Mientras en Getxo, otrora ejemplar festival de vocación europea, su festival no cuenta en el avance de programación con ningún músico español. Son sólo algunos ejemplos que ofrecen algunos de los festivales de mayor presupuesto del verano español.


¿Hay prejuicios sobre el nivel de los músicos españoles?

Nada más terminar el programa, enciendo el teléfono móvil. Un músico me envía un mensaje que dice textualmente lo siguiente: “Y yo, ¿por qué diablos me tengo que “conectar” con un norteamericano”. Se refiere a la explicación que Iñaki Añua da sobre el ‘Konexioa’: “Músicos vascos enfrentados a músicos americanos”. (Se me viene a la cabeza las imágenes de dos cabras enfrentadas entre sí de La Pelota Vasca de Julio Medem. En la versión ‘Konexioa’, la cabra vasca se enfrenta al bisonte americano).

Una pregunta queda sin expresión en antena: ¿Acaso son los músicos americanos quienes tienen que acreditar el nivel de los españoles? Da la sensación de que así sea, sobre todo cuando Iñaki Añua se pregunta: “¿Por qué en Italia hay en este momento tal cantidad de grandísimos músicos italianos que trascienden al propio país y que están tocando en todos los demás países de Europa e incluso en Estados Unidos?”. O afirma que “hemos tenido a todos los músicos españoles que son algo en España”. (Córtense las venas los que no han pasado por allí). No transmite mucha confianza en el jazz de España. Legítima desconfianza, a la par que esclarecedora. Y contradictoria con otra opinión: “En el programa del teatro, en el ‘Jazz del siglo XXI’, hay músicos internacionales extremadamente interesantes… y no digo que los españoles no lo sean… indudablemente”. Lo serán… pero no estarán, porque “son mucho más asequibles para el público español”.


Stefano Bollani, pianista italiano, actuará en el próximo festival vitoriano

Eso sí, en Vitoria pagan y contratan desde hace 36 años de forma religiosa a los músicos participantes. No como en el (público) Festival de Madrid, donde en su última edición los músicos fueron “a taquilla”. Es decir, y por expresarlo en los términos que utiliza el Auditorio de Barañain (Navarra) para anunciar su programación del primer semestre de este año, “cobrarán lo que el público decida con la compra de entradas. Más entradas vendidas, más cobrarán. ¿Riesgo? Todo. Nadie les asegura los viajes, ni los hoteles... ¡ni siquiera el salario mínimo! Están en vuestras manos, en tus manos”. Nada puede expresar mejor la precariedad y la desvergüenza institucional de este país.

FUERA DE FOCO

¡Ay! El tiempo. Vuela en la vida y en la radio. Fuera de los temas aquí expuestos quedaron por tratar otros tantos o simplemente fueron mentados, como la falta de unión de los profesionales de este país para afrontar de forma sindicada las legítimas demandas del gremio (todavía es mayoritaria la actitud de callar en público y quejarse en privado, no vaya a ser que otro pájaro se quede con las migas). ¿Cuántos músicos acudieron a la cita organizada por Carlos González, ‘Sir Charles’, Marcelo Peralta y Baldo Martínez en la Plaza de España? ¿Cuántos anunciaron su presencia y no fueron? ¿Cuántos dijeron estar “en espíritu” – fantasmagórica presencia -? ¿Cuántos siguieron su ejemplo en otras ciudades?


El fantasma de la lluvia se hizo presente en la Plaza de España
© Chema García

Quedaron fuera cuestiones nada menores como los pactos entre festivales, promotoras y multinacionales para programar según qué en los festivales; el encarecimiento de costes de producción por la multiplicidad de intermediarios; la desaparición de ciclos y festivales públicos al amparo ideológico de la crisis; las expectativas laborales de los alumnos de los todavía jóvenes conservatorios superiores de jazz; la inexistencia de grados medios de jazz en esa enseñanza; el abordaje informativo del jazz (o la ausencia de) en los medios de comunicación españoles…
 
© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com
 

lunes, abril 23, 2012

Café con ¡ZAS! (Latigazos de una charla en Bilbao)

Me subo al coche y me dispongo a recorrer la distancia que separa Pamplona de Bilbao. Superada la mitad del camino lleno el depósito en la gasolinera del alto de Altube. Pero, ¡por Repsol! ¿Tanto ha subido? La diferencia de céntimos en el precio de un mes a esta parte puede ser razón para quedarse en casa. Me saldrá caro este concierto.

Tengo suerte de aparcar junto al hotel donde se encuentra alojado el ¡ZAS! Trío. Puppy -cánido florido de la explanada del Museo Guggenheim- vigila que a mí vehículo en vías de desintegración (cada día se le cae algo) no le falte nada horas más tarde. Su presencia, no nos engañemos, no es especialmente disuasoria.

domingo, abril 08, 2012

¡ZAS! Trío - 365 Jazz Bilbao 7/04/2012

¡ZAS! Trío. ¿Por qué ¡ZAS!? Dice “Sir Charles” que no es que la música sea violenta, pero que a los tres ¡ZAS! les une un común mosqueo con muchas cosas de la vida. Así, en el onomatopéyico nombre del grupo, subyace la intención de golpear conciencias, de gritar musicalmente ¡basta ya! Un grito de tres jazzistas, por lo que se puede imaginar que la indignación no es simplemente ciudadana, también (y eternamente) profesional.

Los caminos del jazz son inescrutables y así la indignación hecha arte se subió por dos noches a la tarima del lounge (denominación anglo-pedante de un bar de copas de toda la vida) de un bilbaíno hotel de cinco estrellas. Tiene su miga. Los desheredados de la música “ambientando” un local en el que las consumiciones cuestan más de lo que muchas veces cobran ellos por hora y media de trabajo. Son locales con un glamur impostado, lujo de baratillo y atención de usted con falsete. Y, sin embargo, detrás de la apariencia de clase se esconde la vulgaridad del lanzamiento de botellas al contenedor cuando la música roza el pianissimo. Sensibilidad anal (no confundir con la placentera descrita por Freud), con traje de luces.


Baldo Martínez y Marcelo Peralta
© www.elclubdejazz.com

Dejemos, no obstante, la apariencia ambiental y sus contradicciones y concentrémonos en la música. Aquí sí hay coherencia. Discurso ideológico, puesta en escena y práctica musical son una misma cosa. Son contundentes los ¡ZAS!, por supuesto, pero una contundencia que excede la testosterona terapéutica y se cifra en la suma de muchos y valiosos elementos, tanto en lo que se refiere a la composición, como a la forma en que vuelan las improvisaciones. Hubo quien tras el concierto confesó haber disfrutado del mismo, a pesar de no gustarle el free. Nos pierden las etiquetas. ¿Qué significa que no te guste el free? ¿Qué es el free? Sobre el escenario había tres músicos (que no vestían de etiqueta) haciendo música de la buena, no practicando pleitesía a una definición. Puede que alguien disfrutara del concierto a pesar de que le disguste el swing. Y eso que, ¡menudo swing se gastan! Al homenaje al humorista Gila de “Sir Charles” (con ecos del St. Thomas de Sonny Rollins) me remito. Ellington lo bendeciría.

Si a la estética del entorno le sobraba impostura, la música del escenario supuraba verdad (¡Qué elegante ironía la del Duke Ellington´s Sound of Love del canalla Mingus!). Contrastes. De ellos, un juego permanente en escena. Si alguien alberga dudas sobre la gloriosa necesidad de la disonancia, es porque no conoce el placer del aterrizaje posterior. Si alguien se preocupa por el descanso de los futbolistas alojados en el hotel*, es porque no conoce la inyección energética (ríete de ciertas bebidas que la prometen) del estallido visceral. Contrastes. La murguita de Marcelo Peralta camina plácida (y excitante) sobre un tempo estable (resonancias zornianas del cuarteto Masada), mientras Coquito´s de Baldo Martínez (grabado con MBM) está estructurada con la complejidad rítmica y formal habitual del contrabajista, para culminar, por paradójico que parezca, en los espacios abiertos de ese teórico free que tanto asusta.


Carlos González, "Sir Charles y Baldo Martínez
© www.elclubdejazz.com

La fórmula de trío de batería, contrabajo y saxo alto es exigente para el intérprete pero, si requiere atención e interacción casi continua, también recompensa con la maleabilidad de las formas, con la expansión y contracción del tempo (como si los tres fueran unidad en continua mutación). Claro que, al igual que con el tema de las etiquetas nominales, no está en la instrumentación la causa, sino en la suma de sus personalidades. Los tres crean un organismo sonoro tan flexible que encuentra su equivalente visual en la ligereza y soltura con que danza el cuerpo de “Sir Charles” en la batería. O de cómo la fuerza expresiva nada tiene que ver con la agresividad. Como nada agresivo es el clímax extremo y punzante (para la emoción, claro) de El vidalero de Peralta; hermoso, lírico y crepuscular, paradigma de la capacidad de hondura emocional de la música cuando se aleja de la condescendencia (sin por ello mirarse al ombligo), y del placer sensorial que se sublima con la confluencia remansada de tres discursos sonoros paralelos tan intensos.

“Sir Charles” se confesó públicamente en estado de levitación escénica. No es para menos. Son tres muy buenos músicos que se comunican desde una evidente humildad y voluntad de conjunto. Tres trayectorias con bagajes profesionales muy dispares que han dado con la clave del entendimiento mutuo. ¡Qué difícil! Pero qué fácil lo hacen (parecer). Y es que en estado de levitación, los obstáculos quedan allá abajo.

© Carlos Pérez Cruz

*Después de la actuación del viernes 6, al grupo se le insinuó la necesidad de que su actuación del sábado 7 rebajara la intensidad sonora. ¿Motivo? El Sevilla de fútbol se iba a alojar en el hotel la noche previa a su partido de liga con el Athletic de Bilbao. Por fortuna, ignoraron tamaña grosería.

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

sábado, octubre 22, 2011

Josetxo Goia-Aribe & Arantxa Díez - "En Jota"


Que la jota tiene fama de música con soporte testicular (brazos en jarra y ¡ahí va esa jota!) es vox pópuli en las tierras donde encuentra eco. Navarra es una de esas regiones joteras, con una tradición que tiene gran eco especialmente en sus zonas ribera y media. La jota - un acta notarial según declaración de Goia-Aribe - es manifestación musical popular y como tal tiene notable presencia en festividades varias de la comunidad navarra. Yo, que nunca he sentido atracción por tal expresión, he padecido de forma colateral (pasaba por ahí) estruendosos y agudos alaridos amplificados por cruentas megafonías que agravan las consecuencias de una abrasiva onda expansiva que - más allá de los daños físicos y mentales - me afirma en la idea genital de esta música habitada por cantantes de vena inflamada. Tan sólo en una ocasión recuerdo haber escuchado a una jotera interpretar una jota con finura y elegancia. Por eso un proyecto sobre la jota se encuentra allá lejos, muy lejos, de mis apetencias y necesidades espirituales pero... a Josetxo siempre hay que darle una oportunidad.

Josetxo Goia-Aribe es - siempre lo he dicho y se lo he dicho - el Jan Garbarek foral (Navarra es tierra con régimen administrativo foral). Sin embargo esa relación de mi inconsciente no va más allá de una afinidad estética para mí evidente en la forma de hacer sonar el instrumento (salvando las distancias) y, si se quiere, en los conceptos de encuentro entre músicas populares y Jazz. Pero algo que no se le puede negar a Josetxo es la virtud de la independencia, la libertad de acción musical del que siempre ha hecho lo suyo sin que nadie se le parezca y, en ocasiones, sin que - me temo - se entienda bien lo que hace. Demasiado otra cosa para los jazzistas de cuño estándar y demasiado raro para aquellos que podrían sentir curiosidad por proyectos que hablan de sus propias tradiciones. Pero si ya los aficionados al Jazz más rocosos son difíciles de agrietar, qué decir de los ciudadanos cuyo bagaje no dobla la esquina de su calle y vivirían toda una vida atrapados en el día de la marmota de Bill Murray. A ellos creo que les costará entender la hermosa nueva criatura parida por Josetxo que ha trastornado por completo mi relación con la jota, que ahora es dulce e íntima. Un nuevo género que bautizo aquí y ahora como La jota Josetxo.

¿Cómo es la jota Josetxo? La jota Josetxo es una jota que relaja como una infusión nocturna. En vez de brazos en jarra la jotera sostiene en sus brazos una hija imaginaria para que le cante, pero sin matarla. Es una jota que acuna cuando son Jotas callandico (expresión descriptiva de nuevo cuño made in Josetxo) y que forma parte de un paisaje sonoro onírico y ensoñador en los arreglos de Goia-Aribe. Incluso cuando es una jota más pecho palomo como la Palomica, a Josetxo se le ocurre culebrear como acostumbra bajo la voz de Arantxa para terminar convirtiendo aquello en una alegre fiesta que deriva en un vals llamado Jota París, que podría ser copla pero que es jota en el vibrato de Díez. ¡Qué hermosura! Ahí descubre Josetxo otra de las aportaciones de En Jota: la creación de nueva música y textos, varios de ellos firmados por el zaragozano Gabriel Sopeña (reputado letrista) y la propia Arantxa Díez (incluso el propio Goia-Aribe). Inventos como el de la Jota Blues, que se suma a un precedente Zortziko Blues presentado en el disco Herrimiña (2000) donde Josetxo ya hizo una primera aproximación a la jota Josetxo con unas Jota al aire y Jota Baluarte puramente onomatopéyicas. Jota Blues es un blues en tempo ternario donde el estribillo rompe el ritmo de vals con una declamación de Arantxa que fragmenta cada una de las vueltas al tema. Recursos inteligentes en la construcción temática, con desarrollos breves (probablemente abiertos a mayor desvarío en el escenario) y mucho cuidado de la estructura y lectura.

Para el único instrumental del disco Josetxo Goia-Aribe se saca un conejo de la chistera provocando el encuentro entre la jota popular Las campanas del olvido e Il piacere, partitura del histórico baterista italiano Aldo Romano que registrara por primera vez en un disco homónimo de 1979. Una y otra en pistas diferentes del disco pero unidas en un feliz tránsito imperceptible que logra que una sea preludio natural de la otra o, dicho de otra manera, la otra desarrollo natural de la una. Una joya la de Romano en la que escuchamos el sonido siempre resonante y acogedor de Baldo Martínez y la delicada inteligencia de un pianista tan sensible como es Javier Olabarrieta. Sobre su compañía vuela expresivo Goia-Aribe, sin alardes, administrando la verdad de su lenguaje improvisador, sabiendo leer los espacios de la música, respirando. Respiro que necesitaría el oyente después de semejante piacere, pero el disco no deja los treinta segundos que - ¡como mínimo! - necesitaría uno para reponerse. Sigue, menos mal que con la segunda jota callandico: Y vi que estabas soñando, música de cuento de hadas que conduce a otra jota inventada, la bellísima Jota mora que, sin embargo, tan nórdica y etérea (vale, corremos riesgo de desgastar el adjetivo) suena en el desarrollo de su improvisación.

Al intimismo de En Jota contribuye la ausencia de batería. Queda así un conjunto flexible que baila en torno a la voz de Arantxa Díez a quien honra su ánimo para encarar un proyecto como este tan alejado de los cánones de su mundo natural. Una voz en la que uno intuye el enorme trabajo de modulación que hay detrás para llegar a lograr la calidez que desprende, alejada de toda imposición. Una voz jotera que seduce por su dulzura y que Josetxo ha sabido dirigir para atraer a su particular mundo de brujería musical, en el que la pócima está compuesta de dedicación y un sexto sentido para leer entre las líneas de la música folclórica. Un alquimista del Jazz que saca como pocos partido de sus virtudes para crear belleza y sutileza hasta de la aspereza. Y resulta asombroso cómo logra en este En Jota dar tanto a partir de una música tan, a priori, limitada en recursos como es la jota. Cómo trabaja los recursos (cómo el ostinato rítmico de piano y contrabajo preludian un María Guadalquivir que parece casi saeta) y qué belleza artesanal se trasluce del resultado. Josetxo es un músico tenaz, autor de un universo propio pero universal, capaz de hacer evolucionar como pocos la música de una tierra especialmente reacia a la evolución, encerrada en la mediocre complacencia de la tradición inviolable. Pero él a lo suyo, haciendo mundial lo local. Que ahí fuera se sepa depende de muchos factores. Ojalá vuele su jota. La jota Josetxo.

© Carlos Pérez Cruz

Reseña publicada originalmente en www.elclubdejazz.com

jueves, diciembre 09, 2010

Razones de una destitución: Baldo Martínez e 'Imaxina Sons'

Conocí hace unos días una noticia relacionada con el festival de Jazz ‘Imaxina Sons’ de Vigo que me sorprendió. Me refiero al cese de Baldo Martínez al frente de la dirección del festival. Una sorpresa muy desagradable.

Es lógico, hasta cierto punto, que los festivales cambien de dirección. Esa no es en sí misma una anomalía (aunque tampoco una costumbre, al menos en la dirección de festivales de Jazz). Incluso el motivo por el que se le cesa de sus funciones podría llegar a no serlo: para no caer en la rutina. Eso dice la carta que oficializa el cese. Y esa expresión es la que convierte la noticia en desagradable. O si se prefiere, en increíble. ¿De veras estaba el festival ‘Imaxina Sons’ en riego de caer en algún tipo de rutina? Resulta desagradable e increíble esa afirmación dado que si en algo se había convertido ‘Imaxina Sons’ era en una cita que desde fuera envidiábamos cada año (perdón, paso al singular, no quiero arrogarme representación alguna), que envidiaba cada año nada más conocer sus contenidos. Una cita en la que participé en una ocasión dentro de los conciertos paralelos (con mi grupo de entonces, John Pinone) y en la última edición como parte de una mesa redonda sobre Jazz e internet. Sólo en esas dos ocasiones he podido acercarme; en todas las muchas otras en que hubiera querido mi trabajo me lo impidió. Lo cual no quita para que en cada ocasión tratara de apoyar, en la medida de mis humildes posibilidades, la difusión de los contenidos de cada edición y subrayar los motivos que hacían de ‘Imaxina Sons’ un festival diferente y estimulante en un panorama, el español, tan dado al mimetismo y a la falta de un criterio coherente como el que ha demostrado Baldo en su labor estos años. ‘Imaxina Sons’ (y en esto permítaseme que hable en plural) era admirado por muchos por ofrecer lo que otros no ofrecían, por apostar por una línea de gran atractivo, diversidad y estímulo a la vez que de confianza en la inteligencia del espectador. Por contar con los de casa y por traer a los de fuera sin atender a paquetes prefabricados por las multinacionales y, por lo tanto, hacer de su programación una programación única. En fin, múltiples motivos que podría continuar glosando pero que, de momento, dejaré aquí.

Le deseo a la ciudad de Vigo y los futuros directores artísticos del festival que no caigan en la rutina. Y, tal y como también decían en la carta de cese, sigan encontrando el modo de “sorprender a los públicos”. De momento, mala sorpresa la del cese de Baldo Martínez. Mala noticia y mala argumentación.

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