Dado el trato que Israel dispensa
a los palestinos, resulta casi obsceno detenerse a relatar el que dispensa a
quienes viajamos a Palestina. Lo nuestro, como europeítos bienintencionados,
palidece frente a la humillación permanente, la vejación y violencia que sufren
ellos en su vida cotidiana. Pero contarlo no está de más, sobre todo si cuando
lo cuentas abres ojos. Yo los he visto ojipláticos.
Decía Ilan Pappe que los cacheos e interrogatorios a los que nos
someten son una invitación para que no volvamos. Las invitaciones, claro está,
no obligan (salvo que el cuño que selle el pasaporte sea de expresa
prohibición). Y con Palestina, como decía una campaña turística navarra, “ir es
volver”.
Que lo haría uno sin tener que pasar por su capricho censor pero,
vaya, resulta que Palestina carece de aeropuerto. Israel se cargó en tres años el que Aznar había construido en
Gaza (nadie en España reclamó un céntimo por daños y perjuicios) y para entrar
en Cisjordania pasas, sí o sí, por su celo revisor: bien aterrizando en el
aeropuerto Ben Gurion (Tel Aviv) bien cruzando los puentes que unen Jordania
con Palestina (sí, ahí también tienen ordeno y mando). Que no te libras, vamos.
A los palestinos les gustaría
que, cuando nos pregunten en los controles eso de a dónde vamos y de dónde
venimos, digamos que a y de Palestina. Porque es verdad, porque allá vamos y de
allí venimos. Pero también lo es que,
para Israel, Palestina ni existe y queda
extraño convencerles de que, al
ladico
mismo de donde ellos viven, incluso donde ellos viven, hay un país que no es el
suyo. Pero nada, que no lo ven. Contaba Jacobo Rivero que ya
le aseguró un chaval del Estudiantes de baloncesto a una de la seguridad de Ben
Gurión que venía de allí y ella que no, que Palestina no existe. Y él que
usted dirá que no existe pero que yo le digo que he estado allí y que me lo he
pasado de puta madre. Un demente, vamos. Que te preguntas: si Palestina no
existe, ¿con quién está negociando Israel? (Vale, es una broma… Lo de negociar,
digo).
Partimos de una mentirijilla por
una cuestión de salud mental. Uno conoce de primera mano a quien le prepararon una buena bienvenida en
Ben Gurión por ir de viaje con una guía en la que se leía ‘Palestina’ en su
cubierta (¡anatema!);
también a quien llegaron a desnudar en Barajas (¿Barajas,
ha dicho Barajas – España?) por tener, por lo visto, cara de “voy a Palestina”.
Y eso sin llegar todavía ni al puesto de facturación.
Que España, si tiene que
ceder soberanía a Israel para que El-Al, su compañía aérea, maneje al viajero a
su antojo, se la cede (aunque luego se ponga tan farruca con Gibraltar por un
quítame allá ese peñón). Si se pretende entrar a Cisjordania y darse un paseo para
ver el ambiente y charlar con quien plazca, conviene decir que el motivo del
viaje es turismo (lo cual no deja de ser cierto) a esa cosa que llaman ‘Tierra
Santa’ (por Jerusalén y Belén pasa uno casi seguro, aunque luego también le dé
por echar un ojo al zoológico en que los militares y los colonos israelíes han
convertido Hebrón). No hay que flagelarse por ello. Creo que el Mesías los
llama “pecados veniales”. No restan puntos en el carnet por punto del paraíso.
En mi primera experiencia de
viaje a Palestina, la cosa fue rodada. Tanto para entrar como para salir, no
padecí más incomodidades que las que uno presupone en un país que vive
obsesionado con la palabra seguridad.
Mi noviazgo (de conveniencia) con Lucía y la ilusión por conocer el país (no,
en serio, Lucía estuvo estupenda en su papel) fueron claves para pasar por
turistas convencionales; la parejita que va de viaje. Este año la cosa no ha
ido tan rodada. Para entrar no hubo mayor problema;
salir no fue divertido,
pero sí una experiencia esclarecedora.
Para profanos en esto de viajar
por Ben Gurión, sepan que ya un kilómetro antes de alcanzar la terminal se pasa
por un control militar que, como sí me sucedió el año pasado (probablemente por
ir con una furgoneta conducida por un palestino) y no éste (probablemente por
ir con una furgoneta conducida por un israelí) te puede obligar a bajar del
coche, responder a preguntas básicas del motivo del viaje y a responsabilizarte
de la maleta. Sepan también que antes de entrar en el aeropuerto, en la misma
puerta de acceso a la terminal, se puede ser retenido (lo he sido) por un tipo
que te preguntará los básicos “de dónde viene y a dónde va”, mientras revisa
por encima el equipaje y apunta qué se yo en una hoja. Sepan igualmente que,
antes de facturar,
la maleta pasa por un detector de metales del que se puede
salir directo a unos mostradores, sitos en medio de la terminal (¡premio este
año!), donde su maleta será revisada, sin pudor alguno, delante de cualquier
otro viajero que pase por allí. Es decir, calzoncillos amarillentos, bragas y
sujetadores sudados, calcetines infectos, vibradores y esposas se exponen a
ojos de cualquiera. Una vez en esa mesa, se puede pasar un buen rato… Un buen
rato… Largo rato… Como dos horas.
¿Por qué? En mi caso, deduzco que,
aparte de por una cuestión de probabilidad estadística, por llevar libros. ¿Qué
problema ocasionan los libros? ¿Explosionan en el aire? No sé, pero lo primero
que me dijo la chiquilla (la gradación y la edad de los interrogadores fue
subiendo con los minutos) es: “lleva usted libros en la maleta, ¿verdad?”. Sí.
Y ella directa a por ellos.
¿Qué libros llevaba? He ahí una pregunta trampa
porque, ¿de verdad es una cuestión necesaria para la seguridad del aeropuerto saber
qué libros llevo conmigo? ¿Supone algún riesgo para el resto de pasajeros? No.
Sin duda. Pero uno comprueba pronto que el trámite con la seguridad del
aeropuerto poco tiene que ver con ella y sí con... Juzguen ustedes mismos.
Vale, los libros: un libro de
fotografías de Hebrón editado por ‘Cooperación Española’ (es decir, el Gobierno
de España); un método de árabe para principiantes y un libro sobre Gaza escrito
por el director del diario israelí ‘Haaretz’.
Son “political books”, me
acusaron (¿?). “Everything is political”, respondí. Por lo visto, la política explota
en altura. ¿Les hubieran inquietado unos periódicos tanto como unos libros? Son
y hablan de política (Rajoy no tendría problemas. Sólo lee deportivos). Cuando
hice ver que el libro de Hebrón era un libro de fotografías, respondió que
todos los libros las tienen (uhmmm).
Les ahorro detalles de
insistencia en las preguntas y el cambio de interrogadores, para no aburrirles.
Sí les citaré un detalle significativo.
“¿Para qué quiere usted estudiar árabe?”,
me preguntó. “¿Por qué no?”. “Habla usted español, ¿para qué quiere saber
árabe?”, insistió. Vaya, “estoy hablando con usted en inglés, ¿para qué quiero
hablar inglés?”. En realidad podría haberle dicho que, como me encanta este
país, quería aprender su idioma. Pero claro, el hecho de que el árabe sea
lengua oficial en Israel no implica su reconocimiento. Creo que no le convenció
mi explicación de que me encanta la música árabe y que quiero entender sus
letras. Eso por no explicarle que un amigo palestino me había dado el libro
para que se lo hiciera llegar a una amiga común en España.
¿Por qué no respondí
con naturalidad? Porque la siguiente pregunta hubiera sido: ¿cómo se llama su
amigo palestino? Y digo yo que no es cuestión de crearles más problemas de los
que ya tienen. Ah, el libro lo firma un profesor de la Universidad Hebrea de
Jerusalén y mi amigo se lo envía porque quedó sorprendido de la enorme facilidad
de nuestra amiga para aprender árabe en los días que pasó en Palestina. No, no
es para poder comunicarse con Al Qaeda sin intermediarios.
En todo este relato hay poca
sorpresa. Israel aspira al reconocimiento de un país basado en la exclusión de
todo aquel que no sea judío.
Su sueño es el Estado Judío de Israel, no el
Estado de Israel con ciudadanos con igualdad de derechos y obligaciones, con
independencia de su origen racial o religioso. Eso implica, obviamente, la
exclusión y el rechazo de quien no sea judío. Cualquier parecido con un
pretendido Estado democrático es pura casualidad. Estado judío y democrático
forman un chirriante oxímoron. Israel exige ser reconocido como tal.
¿Qué
encaje tienen, por ejemplo, el millón y medio de palestinos que viven dentro de
lo que la legalidad internacional aprueba como Israel?
Hay que armarse de paciencia ante
la insistencia en las mismas preguntas por parte de los diferentes encargados
de seguridad. Hay que darle la vuelta a cualquier duda que te expongan. Por ejemplo:
“¿para qué lleva usted esta grabadora?”. Para grabar sonidos (obvio). “¿Qué
sonidos?”. Sonidos ambiente. “¿Para qué?”. Soy músico, la llevo siempre conmigo
para grabar sonidos y trabajar luego con ellos. “¿Qué tipo de sonidos?”.
Sonidos de la naturaleza, de las campanas, de las llamadas a la oración… Y no
mentía. Eso es lo que había en la grabadora. Las entrevistas que hice los días
previos (a gente tan peligrosa como
periodistas españoles que trabajan enJerusalén, una
periodista italiana que vive en Ramallah y una estudiante de
periodismo de Hebrón) habían volado de antemano por la red. Y vino entonces la
insistencia en que les pusiera lo que llevaba grabado. Y a su insistencia, mi
negativa. “¿Por qué, si sólo llevas sonidos?”, dijo con la suficiencia de quien
te cree pillado en un renuncio. Por una sencilla razón: porque es mi trabajo y
es mi dignidad (y porque ya aceptamos suficiente humillación en muchos ámbitos
de la vida como para facilitar de forma voluntaria la barra libre con la que
impunemente violan nuestra intimidad con la excusa de la seguridad). Claro que
también
me podrían haber “pedido” que abriera mi cuenta de correo electrónico o
de Facebook, como le pasó a Ana, una amiga periodista acreditada para trabajar
en Israel (cuando se aburrieron de ver fotos de sus sobrinos, claudicaron).
Como complemento a la hora y
media de interrogatorio, con tensión
in
crescendo (el asunto “grabadora” no fue agradable), una media más de cacheo
minucioso en una estancia aparte. El encargado de someterme al reconocimiento
era un chaval en edad
pajillera al
que, por ventilar el ambiente, pregunté si habían acabado las ‘Macabeadas’.
Casi se emociona pensando que le preguntaba por el Maccabi de Tel Aviv, el
equipo de basket de la ciudad. No, no. Las ‘Macabeadas’. “¡Ah! No, quedan
algunos partidos. Hoy he visto a un equipo de Argentina de tenis”, me contestó,
no sin menos emoción.
¿No saben ustedes que son las ‘Macabeadas’? Yo no lo supe hasta este mismo año: Juegos
Olímpicos judíos. Tal cual. Olimpiadas sólo para judíos. ¿Qué tal les suena? Si
Madrid fracasa de nuevo en la candidatura olímpica, podría ofrecerse para organizar
las próximas. Por lo visto
, España habatido este año su récord de participantes con 75 españoles judíos en
competición. Ya van por la decimonovena edición.