Busca en "Carlos Crece"

Mostrando entradas con la etiqueta israel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta israel. Mostrar todas las entradas

martes, julio 15, 2014

Horror


La guerra es la peor de las posibilidades del ser humano. Se ha glorificado miles de veces, pero la guerra es muerte, devastación, humillación, vísceras, vidas rotas. De la barbarie y masacre de Gaza de estos días están escribiendo excelentes periodistas en estos días. Poco tengo que añadir a lo que ellos ya han dicho desde allí o incluso desde aquí. Sólo quiero agradecer que honren el periodismo con su trabajo, arriesgando su vida y dignificando una profesión denostada (muchos han hecho mucho por ello) con un trabajo riguroso y honesto en una situación tan complicada.

La guerra es un asco. Israel hace la guerra en nombre de la lucha contra el terrorismo (recordemos que son USA y Europa quienes otorgan las credenciales). Ni el ‘señor X’ de los GAL, en sus sueños más húmedos, lo hubiera imaginado: Bilbao o Donostia bombardeadas por tierra, mar y aire en nombre de la lucha antiterrorista. Israel lo hace por costumbre, sólo que en ocasiones lo hace de forma más salvaje (si cabe) y es noticia. Por lo demás, insisto, es costumbre. La principal víctima es siempre la población civil. Decir lo contrario es mentir.

La guerra es un horror y glorificarla es sencillamente inmoral. En estos días tan terribles de asedio a Gaza, se vive en las redes un combate no menos terrible. Al lado de la guerra parece una minucia, un efecto colateral de la violencia en la opinión pública, pero no dice menos que la propia guerra sobre la condición humana. En la red se combate con propaganda. No es nada nuevo, pero, además de propaganda, hay un pulso entre fanáticos, una batalla por la ceguera que produce arcadas.

En los pocos (pero larguísimos) días que llevamos de ‘Operación Margen Protector’ (manda huevos), he visto la imagen de un crío palestino al que le faltaba medio cráneo y al que su padre llamaba entre gritos de devastada desesperación, cadáveres de menores entre escombros, supervivientes aterrorizados de un centro de atención a minusválidos, las tumbas de 18 personas de una misma familia, y un largo etcétera cuya descripción e ilustración les ahorro. ¿Quién es capaz de aceptar algo así? ¿Cómo alguien puede justificar que un gobierno haga eso en su nombre? Lamentablemente, más de los que uno es capaz de imaginar. El fanatismo ciega (como bien ilustraba una enorme viñeta de El Roto: “¡Al fin veo!”, gritaba con los ojos cegados por una venda que llevaba inscrita la palabra “Fanatismo”) y el odio ofrece visiones tan distorsionadas que uno creería producto de sustancias psicotrópicas. Hay personas (sí, lamentablemente también son personas) que prefieren ignorar el pequeño detalle de que a un bebé le falta media cabeza y afirmar que lo que se pretende con esa imagen es “dar pena”.

Hemos visto numerosos videos de lo que Israel considera un aviso preventivo (¿humanitario?) antes de la voladura con misiles de las viviendas de Gaza. Sin entrar ahora en mayores consideraciones sobre lo que implícitamente nos está diciendo Israel al “avisar” de antemano a sus víctimas, he comprobado cómo se justifica y otorga valor moral superior a ese crimen injustificable contra la población civil. “Encima que avisamos”, vienen a decir. Hay quien ha visto por primera vez uno de esos videos y pensó que el “aviso” era el misil. No sabe lo que va a llegar 57 segundos después. Me resulta imposible imaginar qué pasa por el interior de alguien que considera que ese “aviso” es ejemplo de la superioridad moral de su país. Los calificativos se los dejo al lector.

Un último detalle (habría miles): Otras imágenes que hemos visto en estos días, fuera del campo de batalla, nos han mostrado a israelíes apostados en un alto que les permitía disfrutar de una buena panorámica de la Franja de Gaza. Asistían alborozados al impacto de los misiles de su ejército en Gaza. Festejaban la barbarie. Quizá alguno de sus gritos de alborozo y aplausos de celebración acompañaron el estallido del misil que voló la cabeza de ese niño o sepultó la vida  de 18 personas. 

Al otro lado, en la ocupada Hebrón, paradigma de la terrible ocupación israelí de Palestina, decenas de ciudadanos se subían a una colina para tratar de asistir en la distancia al bombardeo inmisericorde que Hamás había anunciado sobre Tel-Aviv  (pura propaganda). En la televisión de Hamás se llegó a colocar un reloj de cuenta atrás. Con tristeza vi quien celebraba aquello como si esa fuera la cuenta atrás para la celebración de Año Nuevo. El reloj no señalaba el tiempo para el bombardeo de Tel-Aviv. Descontaba la distancia entre ocupantes y ocupados, agresores y agredidos. Los igualaba en fanatismo. Puro veneno

Carlos Pérez Cruz

viernes, julio 11, 2014

Cobertura inmoral*


Escribo ya no sorprendido, sí indignado, por la desafortunada portada de su medio en la edición del día 10 de julio de 2014, en concreto por el titular (acompañado de fotografía) en el que se puede leer “Israel y Hamás intercambian cohetes en plena escalada militar”. Resulta cuando menos asombroso que, dado que el propio cronista desde Gaza, Juan Gómez, certifica “al menos 40 muertos palestinos, entre los que hay numerosos niños”, el titular se refiera a un teórico intercambio de “cohetes”. El titular es profundamente desafortunado porque a) Israel no ataca Gaza precisamente con “cohetes”; b) Los palestinos muertos, la mayoría civiles (incluidos niños), se cuentan por decenas y por cientos los heridos; c) No hay constancia de heridos ni muertos israelíes (y espero que siga siendo así) hasta el momento de la publicación de esta información; d) No puede haber “escalada militar”, salvo que sea unilateral, dado que Palestina carece de ejército, mientras Israel es una de las mayores potencias militares del mundo. 


El enfoque informativo del medio sobre lo que está aconteciendo en Israel y Palestina resulta doloroso, sobre todo cuando al pasar página uno certifica que lo más relevante para ‘El País’ es el alcance de los cohetes lanzados desde Gaza (“Hamás amplía el alcance de sus cohetes hasta el norte de Israel”) y no el bombardeo indiscriminado sobre la población de la Franja, la muerte de decenas de civiles, entre ellos varios menores, en un espacio de tierra minúsculo que, conviene recordar, está muy densamente poblado. Hablamos de más de un millón y medio de personas atrapadas en 360 kilómetros cuadrados que no tienen escapatoria (ni refugios antiaéreos a los que acudir), dado que la Franja está aislada por tierra y controlada por mar por los buques de guerra israelíes. El desequilibrio de fuerzas y las consecuencias de lo que su medio considera un “intercambio” son tan abrumadoramente dispares que el tratamiento me parece no sólo poco ético periodísticamente, también inmoral.

Carlos Pérez Cruz

*Enviado al defensor del lector del diario 'El País' y la sección 'Cartas al director' el día 10 de julio de 2014.

lunes, abril 21, 2014

Todos los caminos están cerrados (Capítulo 15) || Entrevista a Luz Gómez ("BDS por Palestina")

Contenidos del decimoquinto programa de Todos los caminos están cerrados:

Luz Gómez

Al margen del cinismo político, la sociedad se moviliza. La tragedia palestina sigue su curso ante la indiferencia cómplice de los Estados; la ocupación israelí avanza al igual que lo hace el muro en Cisjordania; Gaza continúa bloqueada y bajo asedio; los refugiados siguen siéndolo desde hace 66 años mientras a diario se suman más palestinos a esa condición; Israel practica políticas de apartheid en Territorios Ocupados y discrimina a los palestinos que viven dentro de su Estado… A punto de morir las enésimas conversaciones auspiciadas por la administración estadounidense (o de renovarse, otra forma de morir), la sociedad civil articula su respuesta a través del movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones). Luz Gómez, profesora titular de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Autónoma de Madrid (Premio Nacional de Traducción 2012), coordina la publicación de BDS por Palestina [Ediciones del Oriente y del Mediterráneo], libro que recopila diversos artículos, documentos y entrevistas que explican los fundamentos y motivaciones de esta acción no violenta contra las políticas de Israel.


jueves, marzo 13, 2014

El dilema gazatí



Amanecer en la Franja de Gaza (Fotografía: Carmen Rengel)

Cuando saltó la noticia de que había estallado un explosivo en un autobús en Tel Aviv, se me contrajo el corazón. Pocos meses antes había realizado mi primera visita a Palestina. Por supuesto, recé primero para que nadie resultara muerto o gravemente herido, pero también para que ningún palestino fuera el responsable. ¿Por qué? Pensé por un lado en las consecuencias represivas que cualquier acto violento tiene para la población palestina en su conjunto; por el otro, en cómo daña y distorsiona la imagen de los palestinos cualquier tipo de acción armada –me refiero, por supuesto, a ojos de un occidental medio-. Todavía se me descompone el cuerpo cuando, como en estos días, vuelan cohetes desde Gaza.

Detesto la violencia, no me veo empuñando más que una pluma o una grabadora, me dan miedo las armas así como los hombres que las empuñan (creo que un ser humano capaz de colgarse un arma al hombro es menos humano), pero puedo llegar a entender que el recurso de poner a disposición del agresor la otra mejilla tiene unos límites que no sabría si definir de morales, pero sí al menos de físicos y psicológicos. Frente a la humillación permanente del tirano que ahoga y aplasta tu existencia, que descuenta tu condición humana, de poco sirve un grito. Para quien vive en regímenes tiránicos, la sumisión suele ser garantía de supervivencia, aunque sea a costa de una vida sin posibilidades, de blancos y negros, también de imposible realización personal. El problema es cuando, frente al tirano, la sumisión no garantiza más que la rebeldía.

La historia está llena de poesía para loar la violencia, pero no hay nada más prosaico y con menos rima que la sangre derramada, por muy noble que sea la causa. No hay nada de bello en la muerte, tampoco en la de tu opresor. La muerte es tan fea como un bosque desnudo y sin nieve en invierno. Invocar la muerte del enemigo es morir un poco por dentro. Es odiar, y los hijos del odio no vienen precisamente con el pan bajo el brazo. Azuzar los odios es relativamente sencillo; arrancar el apresto que dejan, casi imposible.

Vuelan los cohetes desde Gaza. El suyo es un vuelo de poco alcance, sofocado de inmediato por la abrumadora parafernalia militar israelí. Si fuéramos cínicos, podríamos llegar a sospechar que, de vez en cuando, se deja vía libre para que alguno impacte, a poder ser en un descampado. Pero no, no nos permitamos el cinismo y pensemos que toda defensa tiene sus agujeros. Vuelan los cohetes desde Gaza y la maquinaria mediática y política occidental prende la mecha con la previsible acta notarial del ataque gazatí a Israel y su consiguiente condena diplomática. Da lo mismo que, como es el caso de esta semana, la escena cuente con el prólogo de tres asesinatos de Israel en la Franja apenas horas antes, porque entonces caeríamos enredados en el tramposo dilema del huevo y la gallina, (i)lógica con ya 65 años de pedigrí en la región. Allí a un disparo le sigue otro, pero al primero le habían precedido otros que a su vez… Si en ello se dirimen las legitimidades, unos acabarán por exterminar a los otros (y viceversa).

Como aborrezco la violencia (ya vista con kufiya o de verde caqui), olvidémonos por un instante de quién dio la primera hostia a quién y concentrémonos en los hechos. Gaza es una cárcel, una puta cárcel al aire libre asediada por tierra, mar y aire. Una mierda de mosquito en términos de dimensión geográfica. Su población (dentro viven personas) malvive bajo mínimos, con apenas recursos, con apenas unas horas de electricidad, con lo justo para simplemente aguantar un día tras otro. Tal y como anunció (¿denunció?) la ONU, en apenas unos años Gaza será inhabitable. Con el paso egipcio de Rafah como puerta trasera (cerrada desde hace ya un mes), nadie entra o sale de Gaza sin el permiso de Israel; nada entra o sale de Gaza sin el permiso de Israel. Gaza depende casi por completo de la voluntad de Israel, aunque el discurso oficial sea siempre que ellos ya se fueron de allí. Lo que en este caso es tanto como decir que los carceleros en vez de pasearse por los pasillos del penal vigilan con cámaras (drones).

Hay algo que sí está en las manos de los gazatíes: pueden decidir cómo defenderse del asedio. Pueden tomar en consideración el lanzamiento de cohetes o, por el contrario, manifestarse pacíficamente (lo que en Palestina significa, literalmente, gritarle a un muro). Lanzar cohetes tiene algo de estúpido a la par que de inútil. Es muy improbable que alcancen ningún objetivo (ya sea material o humano), la reacción internacional lo va a condenar, y de inmediato Israel va a sacudirte un bombardeo ante el que no hay escudo de hierro que valga. Parece poco inteligente. Mejor la otra, ¿verdad?

¡Cómo no apoyar la vía pacífica! A los bienintencionados europeítos nos lo pondría mucho más fácil, nos evitaría los requiebros verbales para justificar lo que, por dentro, nos duele. El tiro contra el tirador (aunque sea el de un David con cohetes frente al Goliat de uno de los ejércitos más sofisticados) enreda el debate y nos desvía demasiado del quid de la cuestión. Pero ni los monjes del Tíbet hicieron frente sólo con sus corazones. 

¿Qué lección pueden extraer los gazatíes –y por extensión los palestinos- una vez se han intentado todas las vías? Los asesinatos de Israel en Gaza y Cisjordania –pura cotidianidad- simplemente no trascienden. Al joven que lanza unas piedras, le corresponde un tiro mortal. Al labrador que tiene unas tierras junto al muro, le corresponde pagar con su vida. Su muerte es una nota a pie de página (si es que ese día la página tiene pie). El asesinato de un joven palestino al que Israel acusa de arrojar piedras, no existe. Niños, adolescentes y jóvenes son muertos cotidianos de la ocupación de Cisjordania y del asedio de Gaza, pero no son noticia. Sin embargo, el lanzamiento desde Gaza de unos cohetes despierta a las redacciones, obtiene la inmediata condena internacional que formula automáticamente la más cansina de las muletillas: “Israel tiene derecho a defenderse”. Genial. Nadie se lo niega pero, ¿también lo tiene a la eterna violación de la legalidad internacional? Su violación, por si aún les quedaba alguna duda, mata.

Se hace causa diplomática de los derechos de Israel pero, ¿cuál es el derecho de los palestinos? ¿Tienen derecho a defenderse? ¿Deben asumir las humillaciones cotidianas? ¿Qué pueden hacer ante la negación de sus más básicos derechos humanos? ¿Qué deben pensar cuando ven que sólo se informa de sus disparos, pero no de sus muertos? ¿Cómo actuar ante el hecho irrefutable de que, ya sea con una rama de olivo en la mano o con un cohete en la lanzadera, siempre pierden? ¿Y usted? ¿Qué haría usted en su posición? ¿Qué haría si la única opción legal que le ofrecen es no tener opciones?

viernes, septiembre 27, 2013

Todos los caminos están cerrados (Capítulo 11)

Contenidos del undécimo programa de Todos los caminos están cerrados:

Ilya U. Topper (Foto: Carlos Pérez Cruz)

Entrevista con el periodista Ilya U. Topper (Almería, 1972). Periodista de origen familiar alemán, nacido en 1972, su infancia transcurrió entre Marruecos y España. A lo largo de su trayectoria profesional ha trabajado en Líbano, Uzbekistán o Iraq, entre otros países. En 2001 se infiltró durante casi un mes en un asentamiento de colonos judíos en Cisjordania, en los Territorios Ocupados de Palestina. En la actualidad reside en Estambul donde ha trabajado para medios como el diario 'El Mundo' o, en la actualidad, para la Agencia EFE. Es, además, uno de los coordinadores de la revista digital Mediterráneo Sur. Con él charlamos en un café de Madrid sobre la actualidad de algunos de los países de la región y sus diferentes problemáticas: de Turquía y sus recientes revueltas, de la situación de la cuestión kurda, de la guerra de Siria, de Israel y Palestina o de Egipto, entre otras cuestiones. A lo largo del programa escuchamos música de Javier Ruibal, Joan Manuel Serrat y Yasmin Levy seleccionada por el invitado.


domingo, agosto 18, 2013

El aeropuerto identitario

Interior del aeropuerto Ben Gurión (Foto: Carlos Pérez Cruz)

Dado el trato que Israel dispensa a los palestinos, resulta casi obsceno detenerse a relatar el que dispensa a quienes viajamos a Palestina. Lo nuestro, como europeítos bienintencionados, palidece frente a la humillación permanente, la vejación y violencia que sufren ellos en su vida cotidiana. Pero contarlo no está de más, sobre todo si cuando lo cuentas abres ojos. Yo los he visto ojipláticos.

Decía Ilan Pappe que los cacheos e interrogatorios a los que nos someten son una invitación para que no volvamos. Las invitaciones, claro está, no obligan (salvo que el cuño que selle el pasaporte sea de expresa prohibición). Y con Palestina, como decía una campaña turística navarra, “ir es volver”. Que lo haría uno sin tener que pasar por su capricho censor pero, vaya, resulta que Palestina carece de aeropuerto. Israel se cargó en tres años el que Aznar había construido en Gaza (nadie en España reclamó un céntimo por daños y perjuicios) y para entrar en Cisjordania pasas, sí o sí, por su celo revisor: bien aterrizando en el aeropuerto Ben Gurion (Tel Aviv) bien cruzando los puentes que unen Jordania con Palestina (sí, ahí también tienen ordeno y mando). Que no te libras, vamos.

A los palestinos les gustaría que, cuando nos pregunten en los controles eso de a dónde vamos y de dónde venimos, digamos que a y de Palestina. Porque es verdad, porque allá vamos y de allí venimos. Pero también lo es que, para Israel, Palestina ni existe y queda extraño convencerles de que, al ladico mismo de donde ellos viven, incluso donde ellos viven, hay un país que no es el suyo. Pero nada, que no lo ven. Contaba Jacobo Rivero que ya le aseguró un chaval del Estudiantes de baloncesto a una de la seguridad de Ben Gurión que venía de allí y ella que no, que Palestina no existe. Y él que usted dirá que no existe pero que yo le digo que he estado allí y que me lo he pasado de puta madre. Un demente, vamos. Que te preguntas: si Palestina no existe, ¿con quién está negociando Israel? (Vale, es una broma… Lo de negociar, digo).

Partimos de una mentirijilla por una cuestión de salud mental. Uno conoce de primera mano a quien le prepararon una buena bienvenida en Ben Gurión por ir de viaje con una guía en la que se leía ‘Palestina’ en su cubierta (¡anatema!); también a quien llegaron a desnudar en Barajas (¿Barajas, ha dicho Barajas – España?) por tener, por lo visto, cara de “voy a Palestina”. Y eso sin llegar todavía ni al puesto de facturación. Que España, si tiene que ceder soberanía a Israel para que El-Al, su compañía aérea, maneje al viajero a su antojo, se la cede (aunque luego se ponga tan farruca con Gibraltar por un quítame allá ese peñón). Si se pretende entrar a Cisjordania y darse un paseo para ver el ambiente y charlar con quien plazca, conviene decir que el motivo del viaje es turismo (lo cual no deja de ser cierto) a esa cosa que llaman ‘Tierra Santa’ (por Jerusalén y Belén pasa uno casi seguro, aunque luego también le dé por echar un ojo al zoológico en que los militares y los colonos israelíes han convertido Hebrón). No hay que flagelarse por ello. Creo que el Mesías los llama “pecados veniales”. No restan puntos en el carnet por punto del paraíso.

En mi primera experiencia de viaje a Palestina, la cosa fue rodada. Tanto para entrar como para salir, no padecí más incomodidades que las que uno presupone en un país que vive obsesionado con la palabra seguridad. Mi noviazgo (de conveniencia) con Lucía y la ilusión por conocer el país (no, en serio, Lucía estuvo estupenda en su papel) fueron claves para pasar por turistas convencionales; la parejita que va de viaje. Este año la cosa no ha ido tan rodada. Para entrar no hubo mayor problema; salir no fue divertido, pero sí una experiencia esclarecedora.

Para profanos en esto de viajar por Ben Gurión, sepan que ya un kilómetro antes de alcanzar la terminal se pasa por un control militar que, como sí me sucedió el año pasado (probablemente por ir con una furgoneta conducida por un palestino) y no éste (probablemente por ir con una furgoneta conducida por un israelí) te puede obligar a bajar del coche, responder a preguntas básicas del motivo del viaje y a responsabilizarte de la maleta. Sepan también que antes de entrar en el aeropuerto, en la misma puerta de acceso a la terminal, se puede ser retenido (lo he sido) por un tipo que te preguntará los básicos “de dónde viene y a dónde va”, mientras revisa por encima el equipaje y apunta qué se yo en una hoja. Sepan igualmente que, antes de facturar, la maleta pasa por un detector de metales del que se puede salir directo a unos mostradores, sitos en medio de la terminal (¡premio este año!), donde su maleta será revisada, sin pudor alguno, delante de cualquier otro viajero que pase por allí. Es decir, calzoncillos amarillentos, bragas y sujetadores sudados, calcetines infectos, vibradores y esposas se exponen a ojos de cualquiera. Una vez en esa mesa, se puede pasar un buen rato… Un buen rato… Largo rato… Como dos horas.

¿Por qué? En mi caso, deduzco que, aparte de por una cuestión de probabilidad estadística, por llevar libros. ¿Qué problema ocasionan los libros? ¿Explosionan en el aire? No sé, pero lo primero que me dijo la chiquilla (la gradación y la edad de los interrogadores fue subiendo con los minutos) es: “lleva usted libros en la maleta, ¿verdad?”. Sí. Y ella directa a por ellos. ¿Qué libros llevaba? He ahí una pregunta trampa porque, ¿de verdad es una cuestión necesaria para la seguridad del aeropuerto saber qué libros llevo conmigo? ¿Supone algún riesgo para el resto de pasajeros? No. Sin duda. Pero uno comprueba pronto que el trámite con la seguridad del aeropuerto poco tiene que ver con ella y sí con... Juzguen ustedes mismos.

Vale, los libros: un libro de fotografías de Hebrón editado por ‘Cooperación Española’ (es decir, el Gobierno de España); un método de árabe para principiantes y un libro sobre Gaza escrito por el director del diario israelí ‘Haaretz’. Son “political books”, me acusaron (¿?). “Everything is political”, respondí. Por lo visto, la política explota en altura. ¿Les hubieran inquietado unos periódicos tanto como unos libros? Son y hablan de política (Rajoy no tendría problemas. Sólo lee deportivos). Cuando hice ver que el libro de Hebrón era un libro de fotografías, respondió que todos los libros las tienen (uhmmm).

Les ahorro detalles de insistencia en las preguntas y el cambio de interrogadores, para no aburrirles. Sí les citaré un detalle significativo. “¿Para qué quiere usted estudiar árabe?”, me preguntó. “¿Por qué no?”. “Habla usted español, ¿para qué quiere saber árabe?”, insistió. Vaya, “estoy hablando con usted en inglés, ¿para qué quiero hablar inglés?”. En realidad podría haberle dicho que, como me encanta este país, quería aprender su idioma. Pero claro, el hecho de que el árabe sea lengua oficial en Israel no implica su reconocimiento. Creo que no le convenció mi explicación de que me encanta la música árabe y que quiero entender sus letras. Eso por no explicarle que un amigo palestino me había dado el libro para que se lo hiciera llegar a una amiga común en España. ¿Por qué no respondí con naturalidad? Porque la siguiente pregunta hubiera sido: ¿cómo se llama su amigo palestino? Y digo yo que no es cuestión de crearles más problemas de los que ya tienen. Ah, el libro lo firma un profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén y mi amigo se lo envía porque quedó sorprendido de la enorme facilidad de nuestra amiga para aprender árabe en los días que pasó en Palestina. No, no es para poder comunicarse con Al Qaeda sin intermediarios.

En todo este relato hay poca sorpresa. Israel aspira al reconocimiento de un país basado en la exclusión de todo aquel que no sea judío. Su sueño es el Estado Judío de Israel, no el Estado de Israel con ciudadanos con igualdad de derechos y obligaciones, con independencia de su origen racial o religioso. Eso implica, obviamente, la exclusión y el rechazo de quien no sea judío. Cualquier parecido con un pretendido Estado democrático es pura casualidad. Estado judío y democrático forman un chirriante oxímoron. Israel exige ser reconocido como tal. ¿Qué encaje tienen, por ejemplo, el millón y medio de palestinos que viven dentro de lo que la legalidad internacional aprueba como Israel?

Hay que armarse de paciencia ante la insistencia en las mismas preguntas por parte de los diferentes encargados de seguridad. Hay que darle la vuelta a cualquier duda que te expongan. Por ejemplo: “¿para qué lleva usted esta grabadora?”. Para grabar sonidos (obvio). “¿Qué sonidos?”. Sonidos ambiente. “¿Para qué?”. Soy músico, la llevo siempre conmigo para grabar sonidos y trabajar luego con ellos. “¿Qué tipo de sonidos?”. Sonidos de la naturaleza, de las campanas, de las llamadas a la oración… Y no mentía. Eso es lo que había en la grabadora. Las entrevistas que hice los días previos (a gente tan peligrosa como periodistas españoles que trabajan enJerusalén, una periodista italiana que vive en Ramallah y una estudiante de periodismo de Hebrón) habían volado de antemano por la red. Y vino entonces la insistencia en que les pusiera lo que llevaba grabado. Y a su insistencia, mi negativa. “¿Por qué, si sólo llevas sonidos?”, dijo con la suficiencia de quien te cree pillado en un renuncio. Por una sencilla razón: porque es mi trabajo y es mi dignidad (y porque ya aceptamos suficiente humillación en muchos ámbitos de la vida como para facilitar de forma voluntaria la barra libre con la que impunemente violan nuestra intimidad con la excusa de la seguridad). Claro que también me podrían haber “pedido” que abriera mi cuenta de correo electrónico o de Facebook, como le pasó a Ana, una amiga periodista acreditada para trabajar en Israel (cuando se aburrieron de ver fotos de sus sobrinos, claudicaron).

Como complemento a la hora y media de interrogatorio, con tensión in crescendo (el asunto “grabadora” no fue agradable), una media más de cacheo minucioso en una estancia aparte. El encargado de someterme al reconocimiento era un chaval en edad pajillera al que, por ventilar el ambiente, pregunté si habían acabado las ‘Macabeadas’. Casi se emociona pensando que le preguntaba por el Maccabi de Tel Aviv, el equipo de basket de la ciudad. No, no. Las ‘Macabeadas’. “¡Ah! No, quedan algunos partidos. Hoy he visto a un equipo de Argentina de tenis”, me contestó, no sin menos emoción. ¿No saben ustedes que son las ‘Macabeadas’? Yo no lo supe hasta este mismo año: Juegos Olímpicos judíos. Tal cual. Olimpiadas sólo para judíos. ¿Qué tal les suena? Si Madrid fracasa de nuevo en la candidatura olímpica, podría ofrecerse para organizar las próximas. Por lo visto, España habatido este año su récord de participantes con 75 españoles judíos en competición. Ya van por la decimonovena edición.
En el cacheo, el amigo macabeo me pidió que soltara el botón de mi pantalón y levantara los brazos. Media hora recorriendo milímetro a milímetro mi cuerpo… con ropa. Algo no tan obvio, dado que acostumbran a desnudar (como le sucedió a un compañero de viaje que volvió antes). Incluso hay quien se ha quedado en gayumbos ante un cartel donde se podía leer: “Have faith in Israel”.

La verdad es que Israel exige fe, mucha fe. Su sistema de discriminación racial no soporta un pensamiento racional. Su sistema de trato en el aeropuerto sigue la misma (i)lógica. En mi caso, si el año pasado logré salir con la menor puntuación de peligrosidad para un no judío (el 1 es sólo para judíos; el resto va de 2 a 6), éste me fui con el sobresaliente en riesgo: 6. Imagino que la Matrícula de Honor es para los expulsados. Sinceramente, no aspiro a tal grado de excelencia. Aspiro a poder volver para ver a mis amigos, cuya condición de árabes palestinos les castiga a vivir encerrados en esa gran cárcel del apartheid que Israel, con el amparo de las  grandes –y no tan grandes- potencias occidentales, sigue construyendo día a día. Y es bien sabido que para poder visitar a los presos se necesita el permiso del carcelero. Ya sea en Ben Gurión, ya sea en el Jordán. 

© Carlos Pérez Cruz
Free counter and web stats