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martes, febrero 05, 2013

Rudresh Mahanthappa - "Gamak"

 
 
Desbordante. El saxofonista Rudresh Mahanthappa es un ciclón, un tornado que succiona en su interior todo lo que encuentra a su paso y lo lanza con virulencia en derredor. O quizá no sea acertada la metáfora, pero sí puedo certificar que la exposición a su música puede ocasionar “daños” semejantes a los de este fenómeno meteorológico en el cerebro oyente. Lo comprobé en 2011 en Madrid, lo certifico con su nueva producción discográfica.

Explicaba Mahanthappa en una conversación que mantuve con él en aquella cita madrileña, que la música del sur de India se caracterizaba por su mayor riqueza matemática respecto de la del norte, que esa riqueza le atraía especialmente pero que no por eso la música carecía de corazón. Y ciertamente no son condiciones necesariamente excluyentes, pero en el caso del saxofonista esa explosión ciclónica de su música tiene una cualidad tan mecánica y virtuosa que uno duda que un corazón lata detrás, al menos con riego humano. Todo es siempre tan sumamente complejo rítmicamente que el preciso encaje de polirritmias y cambios de tempo parecen resultado de una compleja ecuación resuelta por una mente artificial (¿un smartsax?). En realidad es admirable el nivel de excelencia alcanzado porque logra dibujar un “oh” permanente en la boca. Y, sin embargo…, el oído necesita oxígeno y matización.

Gamak
hace referencia a la ornamentación de la melodía característica de la música del sur de India. Según explica el propio músico en las notas promocionales del disco, la ornamentación no es un aditivo circunstancial en esa tradición musical sino que es un verdadero arte y materia de estudio. Ya sólo la exposición de Abhogi (tema que dice está inspirado en un raga) ejemplifica el arte del ornamento, trasladado en su caso al lenguaje del saxo alto. Para ese menester, Mahanthappa ha encontrado un cómplice excepcional en el guitarrista David Fiuczynski, capaz de adaptar con la misma flexibilidad el lenguaje expresivo y microtonal de la música hindú a su guitarra (el fraseo disonante y confluyente de Wrathful wisdom es efectivo a la par que delirante). Es uno de los grandes aciertos de este Gamak, cómo fusionan sonoridades y expanden las posibilidades estéticas de un cuarteto que lo mismo parece iniciar la larga secuencia de un raga (como el mencionado Abhogi o Lots of interest, que en una de sus múltiples encarnaciones se muestra sobre riffs de rock puro y duro) que estalla con la virulencia del punk en el irónico cierre de Majesty of the blues (irónico por el contraste entre lo que el título parece prometer, a quién recuerda y lo que realmente ofrece) o parece llevar más allá la esquizofrenia del Giant Steps de Coltrane con su émulo Copernicus – 19. Todo es por regla general tan intenso que hasta la Ballad for troubled times adquiere una densidad propia de los mismos tiempos que dice describir. Ni siquiera se relaja cuando más melosa se pone. Está tan omnipresente el sonido de Mahanthappa que la guitarra de Fiuczynski se agradece casi como un respiro, quizá también por la incisiva sonoridad de su saxo alto y vehemente fraseo.

La puesta en escena con Waiting is forbidden determina el tono general. El saxofonista expone un obsesivo motivo rítmico que sirve de enlace entre secciones y que termina por confluir al final en una traca donde las diferentes células rítmicas se entrelazan y cruzan camino del delirio (y del altar para el baterista Dan Weiss). Hay que coger fuerzas porque más tarde prometen que We´ll make more, donde brilla Fiuczynski – como a lo largo de todo el disco - no sólo con su veloz digitación sino, por fortuna, por la capacidad para lograr con la guitarra habilidades expresivas que parecen más propias de instrumentos como el sitar. Es admirable cómo ha logrado que este instrumento hable con pasmosa facilidad en idiomas que no le son teóricamente propios y de los que ya hizo gala, por ejemplo, en el grupo Hasidic New Wave (Tzadik ha publicado recientemente una caja con todas sus grabaciones de estudio entre 1996 y 2001).

Es indudable que Rudresh Mahanthappa hace su música, que su estilo es distintivo y que el legado cultural de sus antepasados (él nació en Italia en el seno de una familia de emigrantes de la India a Estados Unidos) confiere a sus proyectos un poder de atracción muy seductor. Evita el (desgraciadamente frecuente) cliché de la fusión pastiche. Gran virtud. Si se me permite la metáfora visual, como si de una pintura se tratara, el lienzo es jazzístico y sobre él arroja todo tipo de materiales de la cultura popular contemporánea. Con ellos da forma a un cuadro expresionista y geométrico, de intensos y deslumbrantes colores, que delinea con el arte hindú de sus ancestros para, en ocasiones, curvar las rígidas líneas de su compleja geometría conceptual. O dicho de otra forma: la música de Rudresh es asombrosa en su poder y vértigo métrico, la ejecución le deja a uno anonadado por su precisión y el aroma hindú lo seduce pero… abruma. Y quien esto firma se siente intimidado como el niño del patio de colegio del que abusan los grandullones del curso superior.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com 

miércoles, noviembre 09, 2011

Entrevista a Rudresh Mahanthappa

www.elclubdejazz.com
Rudresh Mahanthappa (1971) es un saxofonista alto estadounidense (nacido en Italia) hijo de emigrantes indios a los Estados Unidos. Acaba de presentar Samdhi, trabajo en el que indaga en algunas de las cualidades de la música carnática (música Clásica del Sur de la India) a partir de los fundamentos de una banda de Fusión, de Jazz Rock. Ser hijo de emigrantes, su nombre, su color de piel... son elementos que confluyen para que muchos se creen un estereotipo sobre personas como él y se active rápidamente el mecanismo de las ideas preconcebidas, tengan estas o no base conceptual:
Incluso con este disco veo que cuando la gente piensa en la fusión con cosas del Rock siempre recuerda a la Mahavishnu Orchestra. ¿Hablas de la Mahavishnu porque soy indio? Nadie habla de Weather Report o de los Yellowjackets y cosas así. Es interesante y pienso que la primera oleada de población que es hija de emigrantes de una comunidad significativa en número siempre pasa por esto. Terminamos siendo una especie de pioneros, sentando el precedente o preparando el camino para los que vendrán después de nosotros
Mahanthappa, al contrario que otros compatriotas con sus mismos orígenes geográficos y culturales, no creció en un barrio con amplia comunidad hindú en los Estados Unidos:
Yo crecí en una comunidad que era fundamentalmente blanca. En muchas ocasiones me consideraba a mí mismo blanco porque realmente no conocía ninguna otra manera de pensar. Desde luego que mis padres no rechazaron su cultura. Siguen practicando el hinduismo, mi madre sigue cocinando comida india el 95% del tiempo y esa es también la manera en la que yo he crecido pero la cuestión es, ¿cómo revistes eso de cara a tus amigos? ¿Tratas de ocultarlo? ¿Estás orgulloso de eso? ¿Tratas de justificarlo? Como cuando alguien viene a cenar. ¿Te avergüenzas de no tener espaguetis o hamburguesas? ¿Estás orgulloso por ello? (...) Cuando estaba en la universidad – fui a una universidad que también tenía una gran comunidad negra, una gran comunidad afroamericana, y también una gran comunidad blanca – creo que entonces es cuando me di cuenta. Me dije: no soy blanco, no soy negro así que, ¿quién soy yo? Creo que fue entonces cuando el viaje empezó realmente. Siempre me había fascinado la música india pero también sentía la presión de la gente que veía mi nombre y el color de mi piel y asumían que yo era un experto. Aunque yo realmente no sabía nada. Sentí que realmente quería aprender sobre esa música, asimilarla a mi manera y dentro del contexto de lo que ya estaba aprendiendo como músico occidental.

Así que, aunque sintiera atracción por la cultura de sus antepasados, su inspiración se encontraba en grupos y solistas de Fusión de finales de setenta y de la década de los ochenta. Grupos como Yellowjackets o Brecker Brothers y solistas como David Sanborn o Grover Washington Jr. sobre los que dice, a modo de queja, que nadie le pregunta cuando lo hacen sobre su grupo Samdhi, que define más próximo al Jazz-Rock o Fusión que a la música de la India. Así que tocaba preguntar (bajo confesión, en todo caso, del alivio para quien esto escribe, de que su música nada tenga que ver con la de ellos).
Esas fueron las primeras grabaciones que yo tuve, mis primeras cintas. Así que son el tipo de cosas que me hacen sentir feliz al escucharlas. Esa era mi música y era el único de la casa que escuchaba esa música cuando tenía diez u once años. Esas son las cosas que hacen que quiera ensayar y ser un buen músico. Escuchaba tocar a los Brecker Brothers y me decía: ¡quiero ser capaz de hacer eso! ¿Qué necesito hacer para llegar a eso? Son más cosas que te motivan. (...) El verdadero sonido de esa música no está en mi consciente pero creo que el sentimiento de ella está en mi subconsciente. Es interesante volver atrás y volver a estar en contacto con ese sentimiento de nuevo. (...) Ya nunca escucho a los Brecker Brothers o a Grover Washington o a los Yellowjackets o a David Sanborn, no los he escuchado desde hace diez o quince años como mínimo. Pero de alguna manera no lo necesito, puedo pensar sobre ello y escucharlo y eso me hace feliz.
Bunky Green y Rudresh Mahanthappa portada de 'Downbeat'
En su currículo figuran grabaciones y conciertos con músicos como Kadri Gopalnath o Bunky Green a quien Rudresh, como admirador confeso, les hizo llegar su propia música para que le dieran opinión, para conocerlos en persona y para, finalmente, terminar tocando con ellos. Algo que hizo de forma compulsiva en sus primeros pasos como profesional:
Yo le daba grabaciones a todo el mundo. A Bob Berg, oye, ¿puedes escuchar mi música? A todo el mundo, a cualquiera con el que me cruzara le daba una grabación. A Elvin Jones también, no importaba a quién. Lo mismo cuando me mudé a Nueva York. Tenía entonces mi primer disco, Yatra, que salió en 1995 y se lo di a todo el mundo. Pero entonces ya fue porque estaba intentando encontrar trabajo.
Y a la inversa, ¿le pasa lo mismo a Rudresh ahora? ¿Recibe él grabaciones de otros? ¿Ha terminado tocando con ellos?
Esta es una buena pregunta. Es divertido cuando la situación se vuelve del revés. Tengo una gran cantidad de CDs que se supone que debo escuchar. La gente me da CDs sobre todo después de los conciertos, nadie me envía por correo postal nada. Me preguntan: ¿puedo mandarte algo? ¿Puedo enviarte un mp3? ¿Puedes echar un vistazo a mi sitio web? (...) Un tipo me escribió y me dijo: ¿has escuchado lo que te di la semana pasada? Y le dije que lo escucharía pero que no sería probablemente hasta después de final de año. Tengo que ser honesto contigo, no tengo tiempo. Pero quiero hacerlo. Me gusta la perseverancia. Yo era perseverante y es algo que aprecio en otros. Hay otro, un gran pianista que se llama Bobby Avey, en Nueva York. Y él estaba siempre escribiéndome emails. ¿Podemos juntarnos y tocar? ¿Puedes hacer este bolo conmigo? ¡Ni siquiera tienes que ensayar! Le dije: escucha hombre, me encantaría tocar, no tengo tiempo, pero cuando lo tenga te contactaré. Y cuando lo tuve le contacté. Tocamos, sonó muy bien y estoy seguro de que volveremos a tocar de nuevo juntos.

© Carlos Pérez Cruz

Puedes leer la entrevista completa con Rudresh Mahanthappa o escucharla en su versión original en inglés o con doblaje en castellano. La conversación fue emitida en la edición del programa "Club de Jazz" del 9 de noviembre de 2011.

domingo, octubre 30, 2011

Rudresh Mahanthappa´s Samdhi - San Juan Evangelista (Madrid, 29/10/2011)

Rudresh Mahanthappa en Madrid (© www.elclubdejazz.com)
 ¿Quién no ha asistido en alguna ocasión a una colección de fuegos artificiales y ha imaginado qué pasaría si lanzaran todos los fuegos a la vez? Un sueño infantil, lo sé, pero al igual que una mala zarzuela que cierra con ruidosos chis pum para ocultar el tedio previo, un mal disparo pirotécnico siempre tiene la promesa de la 'traca final' para compensar. Es la explosión en bloque, el ruido, el estallido acumulativo de luces y colores del final el que dibuja el oh en la cara de los espectadores, el que abruma por una intensidad extrema sostenida durante largos segundos. Por eso se reserva para el final, para modificar percepciones previas o, en el mejor de los casos, para refrendar el éxito con el climax final. Pero, ¿qué pasa si se lanzan todos los fuegos a la vez?

¡Ay si se lanzan los fuegos a la vez! En realidad ya lo sabíamos, aunque los sueños de infancia tienen derecho a no ser refutados. Pero uno tiene ya cierta edad como para prever las consecuencias de ciertos actos. Si se dispara toda la artillería de golpe el efecto es abrumador y ensordecedor - como podíamos imaginar - y, si además el efecto se repite  una y otra vez en un bucle de casi dos horas, se termina por perder la sensibilidad y en estado catatónico. Y eso sirve tanto para los fuegos artificiales como para la música. Así, rígido como un bloque inerte de carne y hueso he quedado en mi butaca del mítico San Juan Evangelista madrileño (en mi estreno como espectador en este recinto de glorioso pasado e incierto futuro de la Cultura en España). ¿Por qué? Porque el cuarteto que Rudresh Mahanthappa lidera para presentar su proyecto Samdhi ha decidido refutar mi sueño infantil. ¡Qué crueldad!

Una de las razones que me llevaron a valorar positivamente el disco Samdhi fue que a la admiración técnica y virtuosa (fuera de toda duda de los músicos de este proyecto) se le sumaba una conexión emocional nada fácil de lograr cuando la construcción musical parte de parámetros tan complejos. Imaginemos por un momento que los cuatro músicos del directo (los mismos del disco, a excepción - lástima - del percusionista "Anand" Anantha Krisnan) son valientes y expertos funámbulos capaces de caminar con sobrada solvencia sobre finísimos alambres. Imaginemos igualmente que esos finísimos alambres son azotados por fuertes vientos que generan un balanceo suicida sin que ellos se echen atrás por ello. Es más, se les ve serenos, incluso intercambian miradas cómplices ante semejante gesta. Cruzan de un lado al otro y los espectadores aplaudimos a rabiar. Y vuelven a cruzar. Y lo hacen de nuevo. Una y otra vez, y otra vez más. Y así durante casi dos horas. De acuerdo, la hazaña seguirá siendo tal cada vez que se arriesguen a una nueva y fatal caída pero, ¿y qué? Llega un momento en que el espectador asume que si la vez anterior, y la anterior, e incluso las anteriores, lograron pasar con pasmosa firmeza, ¿por qué no habría de suceder lo mismo en la siguiente? Así que pierde el interés y empieza a pensar en sus cosas.

¿En qué se traduce esto en términos musicales? (lo sé, puedo ser reprendido por excesos metafóricos y falta de concreción) . Se traduce en que Rudresh Mahanthappa ha optado por crear una música de inabordable poliritmia para los músicos mortales sometida, a su vez, a permanentes excesos de velocidad neutrina. Está por demostrar que los neutrinos viajen a mayor velocidad que la luz pero no que Mahanthappa es el saxo alto más veloz del Oeste, una especie de Charlie Parker fundador del reBe-Bop alucinado (y alucinante) que en el concierto del "Johnny" (apelativo cariñoso y popular de la sala madrileña) llevó su música a un nivel de alteración sensorial tal que los sentidos se ven desbordados sin la compensación de una dosis de silencio, sin una pizca de pausa y sosiego, de transición entre un estadio y otro. Todo era permanente excitación y equilibrismo, sobreestimulación y "más difícil todavía". El cerebro necesita tiempo para asimilar tanta información (el mio, al menos) y por eso se bloquea si todavía no ha comprendido qué ha pasado, qué es aquello que le ha aturdido, y ya viene otra oleada.

En opinión de quien esto firma el concierto de Samdhi (según Mahanthappa, el cuarteto toma nombre del título del disco) hubiera agradecido un mayor equilibrio tanto de estructuras de composición como de intensidades. A la barbaridad con baquetas que es Damion Reid le sobró presencia y le faltó sutilidad. Como maquinaria de precisión es practicamente inalcanzable pero su participación pecó en decibelios. Tuve la sensación en ocasiones de que tanto la pegada de Reid como la acción colectiva se nutría del deseo de evidenciar el virtuosismo del que andan sobrados para solventar las complejas ecuaciones rítmicas de las partituras de Mahanthappa, más que de hacer Música, sea esta más o menos sencilla conceptualmente. Al final debería tratarse de eso, de hacer Música, no de examinar en público las asombrosas cualidades técnicas de las que hicieron gala desde el primer hasta el último minuto (eso sí, me perdí la prórroga). Una descarga brutal de permanente traca final.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

lunes, octubre 24, 2011

Rudresh Mahanthappa - "Samdhi"

 
¿Qué tienen en común Charlie Parker y Lady Gaga? ¿Los Yellowjackets y el hip-hop? ¿David Sanborn y la música del sur de la India? Más allá de la conexión que cada uno haga entre ellos (si es posible) y de mi aprecio e interés por unos y desinterés y abominación de otros, todos ellos son nombres y estilos por los que el saxofonista Rudresh Mahanthappa manifiesta admiración o reconoce inspiración en el libreto del disco. Pero a veces incluso los productos indigestos alimentan y Mahanthappa ha eliminado toxinas, azúcares y grasas hasta llegar a cocinar una música tan sabrosa y nutritiva para el alma como la que se recoge en Samdhi, primera producción del saxofonista para el sello alemán ACT.

En los setenta y ochenta la música de la India tuvo su reflejo en el Jazz a través de grupos de fusión. Es decir, en grupos que a partir de su bagaje jazzístico (y rockero) incorporaban elementos exóticos a su cultura (tablas, sitares y solistas hindús) o se aproximaban a ella en colaboraciones de exploración y curiosidad más o menos inducida por las dinámicas de la época. Con Rudresh Mahanthappa (al igual que con el pianista Vijay Iyer) estamos asistiendo a una realidad relativamente nueva y en cierto modo inversa. Los hijos de la emigración india de los sesenta, los nacidos ya en Estados Unidos (aunque el saxofonista lo hiciera de forma coyuntural en Italia), han crecido en unas circunstancias muy diferentes a la de sus padres. Tan natural les resulta la cultura made in USA como la tradición que en sus casas y comunidades se haya podido mantener viva del pasado en otro continente. Es probable incluso que les resulte más familiar la "adoptada". Por eso la forma de aproximarse a la cultura de sus ancestros no puede ser la misma que a la que nos había acostumbrado el Jazz de fusión forjado en los setenta y ochenta. Ahora el viaje del músico no es hacia otra cultura sino un viaje interior a la propia identidad cultural, con la particularidad de que esta incluye de forma natural la del país al que sus padres emigraron.

Este largo preludio pretende dejar claro que no podemos hablar de fusión en la música de Samdhi, no al menos si esta nos lleva a incorporar este disco al imaginario de Jazz fusión en el que los elementos cohabitan como entidades diferenciadas. No es el caso. En Samdhi toda la música es una, como si la utilización de ciertos giros melódicos, endiabladas métricas o determinadas percusiones fueran los propios de la cultura que damos en llamar Jazz. Así, por ejemplo, en Playing with stones la rítmica - que puede recordar la de un continuo africano - crea una base sobre la que se dibuja una melodía de resonancia india cuyo desarrollo se interrumpe en varias ocasiones, abriendo un espacio tentativo ajeno a la tradición de trance rítmico de la música del país asiático (al menos aquella que encuentra acomodo en el imaginario occidental). Incluso Killer - vertiginoso, contundente y exuberante ejercicio de virtuosismo rítmico - resultaría difícil de entender sin una tradición iniciada por saxofonistas como el antes mencionado Charlie Parker. Es casi un bop alucinado sobre ritmos imposibles surgidos del intercambio de golpes entre batería y tabla y la guía del bajo de Rich Brown. Un tema que adquiere grado de psicodelia en partes del solo de Mahanthappa. Eso sí, la forma de improvisar es métricamente mucho más regular, sin el carácter sincopado del Jazz al uso, un chorro de notas a pre(ci)sión matemática sobre las complejas ecuaciones rítmicas de la música.

Es asombroso este Samdhi de Mahanthappa, generoso hasta la extenuación en su riqueza. En Breakfastlunchanddinner (así, tó juntico) a la exposición temática de saxo y guitarra sobre un pulso regular binario (fórmula de llamada - respuesta) responden bajo y percusión sobre unos inestables compases compuestos. Por separado resulta  inteligible pero una vez acabada la exposición temática la música fluye en un tótum revolutum donde parece casi imposible lo que Mahanthappa logra: un discurso firme y regular sobre una pulsación endemoniadamente inestable. Para rematar, el tema de pronto cae a swing  hasta que un brillante David  Gilmore inicia solo y camina por donde antes lo hizo el saxofonista, como más tarde hará Rich Brown con el bajo. Pero no todo es vértigo en Samdhi. Parakram #2 retoma las oscuras aguas del #1 con el que se inicia disco para indagar en las posibilidades de la electrónica, con loops y un toque de psicodelia, creando capas de timbres, ritmos y efectos sobre los que va lanzando frases entrecortadas. Un extraño y sugestivo interludio entre tanta maraña métrica tras el que uno exclama un agradecido Ahhh, título de la composición que sigue, cuya aparente serenidad  resulta un efecto auditivo. En los diferentes pisos rítmicos que escala el tema la cuerda se tensa progresivamente de forma casi imperceptible hasta llegar al excitado solo final de Rudresh, de nuevo con el saxo distorsionado.

Tal es el muestrario de recursos que casi resulta comprensible un final tan plácido como el que ofrece el baladístico For all the ladies, excesivamente pop y meloso para mi gusto (quizá en mente alguna de las azucaradas referencias iniciales) pero precedido por un interesante solo de Rudresh en For my lady que parece emular el sonido de alguna de las múltiples vertientes de gaita y derivados orientales. Una rúbrica de distensión después de una agotadora batalla musical que camina en muchos momentos sobre un fino alambre de equilibrista, sin perder nunca de vista lo fundamental: la capacidad de comunicar. Y no resulta fácil hacerlo sobre mimbres tan complejos y exigentes, en los que se corre el riesgo como oyente de quedar fascinado por los requiebros malabares. Por fortuna en Samdhi el ohhh asombrado tiene una doble razón: técnica y emocional.
 
© Carlos Pérez Cruz

Reseña publicada originalmente en www.elclubdejazz.com
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