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domingo, febrero 08, 2015

Los 25 años de Raúl


Han pasado dos años, pero sigue figurando en la agenda de mi teléfono móvil. Su nombre y su número siguen apareciendo cada vez que recorro el listín por puro tedio, curiosidad o necesidad. Cada vez que lo veo, el vertiginoso descenso digital por nombres y números de familiares, amigos, conocidos, saludados y por si acasos, se ralentiza y se detiene por unos instantes en él. ¿Debería borrarlo? 

No creo en los más allá (y menos telefónicos…, salvo para los servicios de atención al cliente, claro). Sé que si marco su número lo más probable es que a) el número no exista b) el titular sea otro c) lo haya conservado María Antonia. ¿Qué se yo? Nunca se lo he preguntado. Sea como fuere, no quiero molestar a Raúl, que a buen seguro tiene mejores cosas que hacer que aguantar nuestras tribulaciones. ¿Estará entre ellas la edición de otra revista de jazz? De ser así, espero que el más acá sea menos hostil con tan ardua empresa. 

No lo he borrado, aunque es probable que dentro de poco decidan desde Silicon Valley quién debe y quién no figurar en el listín de nuestro teléfono. Mientras sea mi decisión, su nombre, apellido y número de teléfono seguirán figurando, por mi santísima voluntad analógica. Y es que una persona muere cuando se la borra y olvida, no cuando fallece. No me sale de los vodafones enterrarlo. Raúl está vivo, porque su revista lo está. Y eso, en España, es casi tanto como el milagro de la resurrección, un improbable tan imposible como lo es una revista de jazz en este erial patrio. 

El cuerpo de Raúl decidió hace un par de años que hasta aquí llegaba, pero su espíritu -que por lo que pude intuir en nuestra corta relación personal era pura obstinación- sigue impulsando contra toda lógica práctica y sentido común (o sea, puro Raúl) nuestro/su trabajo. Porque si este años Cuadernos de Jazz va a cumplir un cuarto de siglo es por él. Así que mientras me permita firmar en su revista, yo conservaré su número. ¿Cómo habría de borrarlo? ¡Si es el de la dirección!

Carlos Pérez Cruz

Días después del fallecimiento de Raúl Mao, en 'Carne Cruda' (entonces en la SER) le dedicamos esta sección, con la presencia de la propia María Antonia García: http://cadenaser.com/programa/2013/02/12/audios/1360638817_660215.html

Y en el 'Club de Jazz', le dedicamos este programa especial:

lunes, septiembre 09, 2013

Múnich vs Jaén (Collins vs Aranda)

Con el café con leche a más de cuatro euros, uno se da cuenta de que la Europa comunitaria no lo es, desde luego, en términos de poder adquisitivo ni de coste de la vida. Los de Múnich juegan en otra liga, tienen hasta cuatro sellos discográficos de jazz de primer nivel y van en bici.

Lo de la bici no es baladí. Se respira mejor y se camina peor. No emiten contaminantes pero su prevalencia en ciertos espacios, unida a la ferocidad del pedaleo, le hace dudar a uno de si no se habrá metido involuntariamente en el recorrido de una carrera ciclista y está, por ello, a punto de ser reprendido (además de arrollado). Eso sí, se detienen en los semáforos, una rareza en territorio ibérico donde el ciclista, por definición, es daltónico.

A Tim Collins, vibrafonista y baterista norteamericano residente en Múnich, le sorprendió. Le preguntaron en una entrevista qué es lo que más le había llamado la atención de la vida en Europa y respondió que lo de las bicis, que se pueda ir fácilmente en ellas a todas partes. Será sin vibráfono a cuestas, imagino, y sin cuestas como las de Jaén, que de tan empinada no se atreve con ellas ni el tranvía. Eso sí, el café, tres euros menos. Y la oportunidad de tocar y encontrar trabajo, quizá también tres veces menor.

Sigue leyendo en la web de 'Cuadernos de Jazz'

lunes, marzo 18, 2013

Jazz embalsamado

Al ser embalsamado, el cuerpo del difunto permanece invariable por los tiempos de los tiempos. Se detiene la degradación, se procura sortear el olvido de la memoria y se le proporciona un barniz de brillantez que iguala los matices.

Ha muerto Hugo Chávez y sus acólitos promueven su embalsamamiento. Allá ellos. Incluso los más ilustres tienen derecho al olvido. Si algún día a alguien se le ocurriera hacer lo mismo con mi cuerpo, por favor, quémenme antes de verme expuesto como el toro y la flamenca sobre el televisor. Queden las obras y los recuerdos de uno en quien quiera recordar, pero ayúdenme a olvidarme de mí.

Aunque la RAE no acoja tal posibilidad, no sólo lo corpóreo puede ser embalsamado. También la música. Un arte tan inaprensible como éste, fugaz y sensorial, puede ser sometido a taxidermia. Parece imposible, pero a las frecuencias en el aire se les puede aplicar el barniz de la congelación hasta convertirlas en sólidos bloques de cemento dignos de ser admirados en un museo. Algo parecido al embalsamamiento de sus esencias sucede con el jazz en España. No sé si es la excepción, pero en pocos lugares de Europa se observa tal admiración de su pasado (glorioso y no tanto) e ignorancia de su presente. Si uno echa un vistazo a las redes sociales, quienes se declaran públicamente aficionados al jazz giran mayoritariamente en un bucle espacio-temporal muy concreto, alrededor de figuras ya difuntas (por fortuna, no conozco casos de cuerpos de jazzistas embalsamados). Los gustos personales son sagrados, pero las circunstancias que los conforman son, al menos, opinables.

jueves, febrero 14, 2013

Música para Raúl (En memoria de Raúl Mao)


Raúl Mao en julio de 2012
© www.elclubdejazz.com


Resulta absurdo que todavía nos preguntemos (o nos pregunten) para qué sirve la música. La música no sirve, la música es. Ahora que nos recortan hasta las ganas de vivir, que sólo entienden necesario lo que hace la vida miserable, la música, la escritura, la pintura, el cine, la danza... son el oxígeno que permiten que el pulso no se detenga.

El pasado sábado despedimos a Raúl Mao en Madrid. Fue una ceremonia íntima en un espacio nada recogido: una capilla de considerables dimensiones y eco, demasiado iluminada para un adiós. Ocultos los símbolos religiosos (¿se hubiera levantado Mao con ellos presentes?), el féretro cerrado, y con las palabras retumbando con aire catedralicio, nos abrazamos unos minutos a su memoria. Cada uno a la suya; yo, a la de todo un caballero de clase, buen porte y elegancia, al que conocí apenas los dos últimos años de su vida y que se me hizo imprescindible.

Raúl Mao me ofreció inscribir mi firma en los Cuadernos de Jazz a finales de 2011. La revista ya no existía en papel, pero me hacía ilusión ser parte de la historia de un medio al que me acerqué de adolescente como quien se aproxima al misterio de lo sagrado. Con devoción, pero sin apenas entender nada. La incomprensión de lo que se lee o escucha es siempre un acicate para caminar hacia adelante, algo que medios como el suyo consiguieron implantar en mi ADN. Mi primera reseña fue un disco del pianista germano-ibicenco Joachim Kühn, Free Ibiza. Un cinco estrellas, ésas de las que yo siempre había renegado (como de las notas numéricas) porque nada significan y sólo sirven al lector (¿?) más perezoso. Quién me iba a decir que apenas un año después el propio Kühn iba a poner un broche de oro a mi relación con Mao.

Apenas saber que Mao había vencido su lucha contra el dolor de la enfermedad, sentí la necesidad de preparar un programa que honrara a mi fantasma del jazz -así se me presentaba Raúl por teléfono en los últimos meses, con un humor que reconforta-. Conseguí localizar en pocas horas a unos cuantos compañeros de la revista, músicos, gentes del jazz que trataron con él, hasta llegar a conformar un retrato poliédrico de su persona: silenciosa y juiciosa, de enorme carácter y personalidad en el retrato común. A todos los participantes pedí una música en su memoria, y el resultado fue tan variopinto como la propia música a la que su revista da cobertura. Hasta que llegó el turno de Joachim, el germano-ibicenco que se comunica en un inglés tan austero como la Merkel, al que no logré hacer entender mi petición. Pensó que le estaba sugiriendo que escribiera un tema dedicado a Raúl. "Todavía es pronto y no tengo nada pero ya que lo has mencionado, compondré algo para Raúl". No hubo manera. Yo quería un disco, una referencia para pinchar en mi programa, pero Joachim insistía en su compromiso. Bendita distorsión de la comprensión. Ayer recibí un mensaje de María Antonia, la admirable compañera de Mao y corresponsable de Cuadernos, que decía: "Joachim ya tiene un tema compuesto para Raúl, está buscando título".

Me siento feliz por ser el motor involuntario de ese impulso creativo. Joachim Kühn es un pianista desorbitante y estoy seguro de que la música hablará de quien es Raúl y conseguirá lo que la música de La processó de Agustí Fernández logró en la ceremonia del adiós a Mao: mostrarnos el camino hacia lo más profundo de nuestras almas, recomponer nuestras figuras hechas jirones por el vértigo que produce olvidar muchas veces quiénes somos y qué sentido tiene vivir. Las notas de El laberint de la memòria resonaron en la capilla y nos abrazaron, nos brindaron una manta de reconfortante calor emocional en pleno invierno de los sentimientos. Ese piano al que Raúl se abandonó en sus últimos días fue más que un consuelo. Fue nuestra comunión con un gentleman al que siempre recordaré con el mismo respeto y cariño con el que me trató en nuestra corta relación y del que echaré de menos su voz al otro lado del teléfono. Porque cuando llamaba, el vértigo se detenía.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com


Escucha aquí el programa de homenaje a Raúl Mao:

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