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martes, octubre 29, 2013

Sheila Blanco, corazón negro.



Los separa, entona y no hay duda: su corazón tiene que ser como el abismo que se abre entre sus labios. Sabe vocalizar, ¡qué duda cabe!, pero lo más importante de Sheila Blanco no es lo que sabe ni el nítido perfil de cada sílaba. Lo importante, lo más hermoso, es que ese abismo bombea sin cesar. Eso sí, si ella fuera coro de ópera, no haría falta luminoso para descifrar las letras. Se le trasparentan las palabras.

Sheila Blanco es transparente Su pasión no sabe jugar al escondite. No puede ocultarse bajo el velo actoral que usa todo cantante. Actúa, claro, pero aunque tenga que defender una emoción y al minuto siguiente la contraria, no hay truco: detrás del velo es ella. Ni se percibe, es el brillo de su belleza natural. Sheila Blanco es auténtica.

Sheila Blanco es universal porque a su pasión le queda pequeña una casa. Ella canta y le llena de blues las venas al mundo, “es lo que hay”. Cambió las palabras del periodismo por letras de canciones y se dejó caer en los inhóspitos brazos de la música. Pura enajenación mental. Tranquiliza saber que no es transitoria. Sheila ha venido para quedarse. Lo suyo no tiene solución porque “es la conciencia llamando a tu puerta” la que le dijo: Sheila, “que tienes que crear, que has de aprovechar lo bien que se te da”. Y quien habla con su conciencia está perdido, through the light in the night.

“Qui-chí qui-chí qui-chí qui-chá”, gotas de notas le bailaban en la lengua. Sheila las abrazó en el albornoz de esa ‘Chica Blues’ de corazón negro y piel nieve. Cazadora blanca de historias, corazón negro capaz de bailar un tango. ¡Ah, ladrona!, cómo sabes dejarnos locos de atar.

Loco: Carlos Pérez Cruz

miércoles, marzo 20, 2013

Rolling Stone, una peineta jazzística



No, no es la foto de Rihanna (¿quién coño es Rihanna?) metiéndose en la boca su dedo corazón la que ha hecho que me gastara 3€ en el número de marzo de la revista 'Rolling Stone'. No sé si la imagen de Rihanna nos tiene que poner cachondos, si su gesto es la hostia de transgresor (molaba mucho más la mítica imagen de Johnny Cash... con el tiempo cantaría aquello de Hurt y se confesaría) o si posa para lucir melena (y peluco) en un especial equiparable al de cualquier dominical lleno de páginas de pose casual (espera, que me parto) mientras lucen palmito con los trapos de no sé qué diseñador. Me da igual. A mí lo que me lleva a rebuscar unas monedas es el temible recuadro que aparece a su derecha en la portada (ése sí que impone, y no la presunta agresividad de la tal Rihanna) donde nos anuncian un.... ¡Especial Jazz! Y tres epígrafes: "Las biografías más salvajes", "25 discos esenciales" e "Iconos & Clubes". Da miedo, lo sé. Por eso la primera vez que lo vi, no lo compré. Pero hoy, no lo he podido resistir. Conocer qué se escribe en este país sobre jazz es un deporte malsano que practico hasta donde mi cerebro lo soporta.

Justo la semana en que publico en 'Cuadernos de Jazz' mi texto titulado Jazz embalsamado, la revista del grupo Prisa me ofrece un ejemplo práctico más de la taxidermia jazzística que se practica en España. Imagino que al lector de la revista le interesará mucho saber por qué Rihanna amaga con tragarse ahora su dedo corazón y me imagino que le importará menos cuando pasen, qué se yo, sesenta años. Sin embargo, con el jazz no existe el ahora, y los dedos corazón de los que se habla permanentemente se elevaron hace ya tanto que hasta los bichitos que se los devoraron en la tumba han sido devorados a su vez por otros que también fueron devorados por otros bichitos y así hasta el presente. Sí, las "vidas turbulentas" de las que nos quiere hablar 'Rolling Stone' son las de Miles y las drogas, las de Charlie Parker y las drogas, las de Bill Evans y las drogas, las de la mala vida, abusos, prostitución (y las drogas) de Billie Holiday, etcétera. 'Rolling Stone' dedica su especial jazzístico (en este ahora del año 2013) a describir ese cóctel de miserias y degradación con los que nadie, por supuesto, asociaba al jazz.


Por lo visto -yo desde luego no lo sabía-, muchos de los grandes padres del jazz moderno padecieron el azote de la adicción y la mala vida. Ya lo dice Iker Seisdedos (autor del texto): "Hubo un tiempo en que la de jazzman era una profesión de alto riesgo". No como ahora en que, como se sabe, "los ves sobre el escenario de un velódromo con sus anchas camisas de seda o tras el concierto, compartiendo consejos de gourmet de clase media". Lo que no sabemos es si, como los actores en la Gala de los Goya, usan sedas prestadas o si cuando comparten "consejos de gourmet" simplemente están diciendo que tienen hambre. (Por cierto, la revista incorpora un especial moda - ¡no me lo puedo de creer! - en que explica "Cómo ser un 'cool cat'" y vestir al "Estilo Bill Evans", "Estilo John Coltrane", "Estilo Miles Davis", "Estilo Chet Baker" y "Estilo Thelonious Monk". Imagino que en ese "bolso de piel EMPORIO ARMANI" del modelo monkiano se podrá esconder convenientemente la heroína). Finaliza Seisdedos su artículo: "Será lo mejor. Dejarse (falta el "de") historias y escuchar esta música excepcional que alguien bautizó como jazz". Se intuye el hastío del autor, quizá "obligado" por las circunstancias a contribuir al embalsamamiento del jazz en España.


No acaba aquí la cosa. César Luquero añade interés al especial con "Los 10 mandamientos", título de las páginas que recogen a "esta decena de genios (que) forman el sagrado panteón que elevó el jazz, en sus distintas manifestaciones, a la categoría de culto en el siglo XX". Bien, le honra avisarnos de que las puertas del XXI ni las abren y así nos quedamos con las extremadamente breves semblanzas de Miles Davis, Billie Holiday, Louis Armstrong, Chet Baker, Bill Evans, John Coltrane, Charlie Parker, Thelonious Monk, Duke Ellington y Dizzy Gillespie (¡Coño! ¿Y Wynton? Bueno, él aprobaría este listado, aunque frunciría el ceño con el camino final de Coltrane). Y, no se vayan todavía porque, ¡aún hay más! El propio Luquero coordina las páginas de "Las edades del jazz". Una breve cronología de esta música dividida en los siguientes tramos temporales: 1890-1920, años 20 y 30, años 40, años 50, años 60, años 70 y............ ¡el jazz contemporáneo! Ni la santísima trinidad formada por Ken Burns, Stanley Crouch y Wynton Marsalis lo hubiera hecho mejor, sobre todo cuando Luquero da ese salto temporal de los 70 al "jazz contemporáneo" para decirnos que "fallecen la mayoría de los clásicos y el género se domestica hasta la náusea: Kenny G". ¡Rediós! Pero, ¿qué se ha fumado este hombre? ¿Habrá seguido el método "Un Gramo Por Semana Nada Más" de heroína del que hablaba Iker Seisdedos en su texto? ¿Qué le ha hecho el "jazz contemporáneo" a Luquero para restregarnos a Kenny G como quien no quiere la cosa? Menos mal que selecciona tres discos de "jazz contemporáneo" para desfogar su calentón (y aplacar el nuestro): Naked City, del grupo homónimo de John Zorn; Prog, de The Bad Plus y The entertainer, de Brad Mehldau. Disco este último que, de tan bueno que es, ni siquiera existe.


¡Ah! Que sí, que no se olvidan del jazz en España. "El jazz en España, por Jorge Pardo", titulan un recuadro en el que nos ponen al día de lo que pasa aquí a partir de algunas memorias y opiniones del saxofonista y flautista madrileño. Bueno, en realidad habla de La leyenda del tiempo de Camarón, de Paco de Lucía, de su primer sueldo con Hilario Camacho o de Dolores, la "banda de música española basada en el jazz, el rock y el flamenco". Es decir, si quieres saber sobre "El jazz en España", este es claramente tu artículo. 


Un par de vueltas de página más adelante, Yahvé M. de la Cavada sitúa sobre un mapa de Estados Unidos, Europa y Japón (¿por qué este mapa tan arbitrario? ¿Por qué no figura la cada día más activa América Latina?) algunos clubes de jazz, tiendas y festivales/conciertos. Incluir en él locales como el 23 Robadors, de Barcelona, le honra (allí, por ejemplo, se baquetean los Duot. No busquen sobre ellos en toda la revista, claro). Citar que en el Blues Alley de Washington "Wynton Marsalis grabó su mejor disco en directo", convierte a Yahvé en un (probablemente involuntario) fino humorista. Al embalsamador del jazz, el reconocimiento por su pasado.

Y el corazón de Rihanna ya no es el único que se eleva sobre sus hermanos.

© Carlos Pérez Cruz

jueves, febrero 14, 2013

Música para Raúl (En memoria de Raúl Mao)


Raúl Mao en julio de 2012
© www.elclubdejazz.com


Resulta absurdo que todavía nos preguntemos (o nos pregunten) para qué sirve la música. La música no sirve, la música es. Ahora que nos recortan hasta las ganas de vivir, que sólo entienden necesario lo que hace la vida miserable, la música, la escritura, la pintura, el cine, la danza... son el oxígeno que permiten que el pulso no se detenga.

El pasado sábado despedimos a Raúl Mao en Madrid. Fue una ceremonia íntima en un espacio nada recogido: una capilla de considerables dimensiones y eco, demasiado iluminada para un adiós. Ocultos los símbolos religiosos (¿se hubiera levantado Mao con ellos presentes?), el féretro cerrado, y con las palabras retumbando con aire catedralicio, nos abrazamos unos minutos a su memoria. Cada uno a la suya; yo, a la de todo un caballero de clase, buen porte y elegancia, al que conocí apenas los dos últimos años de su vida y que se me hizo imprescindible.

Raúl Mao me ofreció inscribir mi firma en los Cuadernos de Jazz a finales de 2011. La revista ya no existía en papel, pero me hacía ilusión ser parte de la historia de un medio al que me acerqué de adolescente como quien se aproxima al misterio de lo sagrado. Con devoción, pero sin apenas entender nada. La incomprensión de lo que se lee o escucha es siempre un acicate para caminar hacia adelante, algo que medios como el suyo consiguieron implantar en mi ADN. Mi primera reseña fue un disco del pianista germano-ibicenco Joachim Kühn, Free Ibiza. Un cinco estrellas, ésas de las que yo siempre había renegado (como de las notas numéricas) porque nada significan y sólo sirven al lector (¿?) más perezoso. Quién me iba a decir que apenas un año después el propio Kühn iba a poner un broche de oro a mi relación con Mao.

Apenas saber que Mao había vencido su lucha contra el dolor de la enfermedad, sentí la necesidad de preparar un programa que honrara a mi fantasma del jazz -así se me presentaba Raúl por teléfono en los últimos meses, con un humor que reconforta-. Conseguí localizar en pocas horas a unos cuantos compañeros de la revista, músicos, gentes del jazz que trataron con él, hasta llegar a conformar un retrato poliédrico de su persona: silenciosa y juiciosa, de enorme carácter y personalidad en el retrato común. A todos los participantes pedí una música en su memoria, y el resultado fue tan variopinto como la propia música a la que su revista da cobertura. Hasta que llegó el turno de Joachim, el germano-ibicenco que se comunica en un inglés tan austero como la Merkel, al que no logré hacer entender mi petición. Pensó que le estaba sugiriendo que escribiera un tema dedicado a Raúl. "Todavía es pronto y no tengo nada pero ya que lo has mencionado, compondré algo para Raúl". No hubo manera. Yo quería un disco, una referencia para pinchar en mi programa, pero Joachim insistía en su compromiso. Bendita distorsión de la comprensión. Ayer recibí un mensaje de María Antonia, la admirable compañera de Mao y corresponsable de Cuadernos, que decía: "Joachim ya tiene un tema compuesto para Raúl, está buscando título".

Me siento feliz por ser el motor involuntario de ese impulso creativo. Joachim Kühn es un pianista desorbitante y estoy seguro de que la música hablará de quien es Raúl y conseguirá lo que la música de La processó de Agustí Fernández logró en la ceremonia del adiós a Mao: mostrarnos el camino hacia lo más profundo de nuestras almas, recomponer nuestras figuras hechas jirones por el vértigo que produce olvidar muchas veces quiénes somos y qué sentido tiene vivir. Las notas de El laberint de la memòria resonaron en la capilla y nos abrazaron, nos brindaron una manta de reconfortante calor emocional en pleno invierno de los sentimientos. Ese piano al que Raúl se abandonó en sus últimos días fue más que un consuelo. Fue nuestra comunión con un gentleman al que siempre recordaré con el mismo respeto y cariño con el que me trató en nuestra corta relación y del que echaré de menos su voz al otro lado del teléfono. Porque cuando llamaba, el vértigo se detenía.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com


Escucha aquí el programa de homenaje a Raúl Mao:

sábado, diciembre 22, 2012

Javier, el guitarrista de la Plaza de España


La Plaza de España de Sevilla de noche
©
www.elclubdejazz.com


“¿Suena bien la guitarra?”, pregunta Javier al ver que me acerco. Es noche cerrada en Sevilla, húmeda aunque no hace frío, y casi no hay un alma en la Plaza de España. Pasaba por ahí y aprovecho para hacer algunas fotografías nocturnas y grabar una entradilla para mi próximo programa. Me acuerdo de cuando intervine en directo desde la Puerta de Brandeburgo de Berlín, y éste me parece tan buen lugar como el histórico berlinés para saludar a mis oyentes. Un capricho radiofónico que me concedo. Me acerco hasta la fuente que ocupa el centro de la plaza y empiezo mi grabación. Mientras saludo a unos oyentes todavía imaginarios, veo a un hombre que surge de la nada oscura de la plaza con una guitarra al aire y canturreando. Decido seguirle. Se gira, me ve y me pregunta: ¿Suena bien la guitarra?

La guitarra de Javier suena lo bien que puede sonar una guitarra casi tan castigada como él. Dice que tiene 58 años, “pronto 59”, y me recuerda a Chet Baker, tan prematuramente envejecido. Me cuenta que está aprendiendo a tocarla, una mentirijilla que desmiente su gracia. “¿Te gusta el flamenco? Pues mira, esto no lo va a escuchar en directo nadie aquí como tú”, anuncia coqueto. Y se pone flamenco con su guitarra hasta que ve pasar una familia y se arranca a cantarles: “Feliz Navidades. ¿Cómo habéis acabao en el colegio?”. La canción se detiene en un calderón de espera y silencio hasta que la madre responde: “Bien, bien”. “Pues yo me alegro mucho”. Y Volando voy, volando vengo, cantamos a dúo.

Toca y se interrumpe. Nos cruzamos con una adolescente oculta dentro de su abrigo rosa y Javier dibuja con la guitarra las notas de la Pantera Rosa de Mancini. Cada vez que pasa alguien lo saluda como si se tratara de un vecino de toda la vida. No sé si vive en la Plaza de España o si ésta es su oficina. Hacen footing algunos sevillanos a estas horas del final de la tarde y él les felicita la Navidad o se gira al paso de las chicas guapas “que hay en Sevilla”, a las que piropea en su cante improvisado. Porque “yo compongo de ” aunque, como no esperaba mi grabadora, “improvisar sí que te puedo improvisar”.

“Sevilla es maravilla” y él nació en el Barrio de Triana, “donde la luna se posa”, canta, de madre gitana y padre payo, o eso le entiendo. La guitarra es un “hobby” que tiene desde muy pequeño; que quien se crea que “cuando tenga ya los cincuenta años” va a poder ponerse a estudiarla… “no va a saber ni cogerla”. Y canta a los mayas, hoy chanza mundial con su Apocalipsis fallido: “La tierra, la tierra se abre, se va a esmayar”. “¡Esa es buena!”, se gira un joven. Y cuando le pido una foto posa sin dudarlo un instante: “estoy muy malamente peinao y sin dientes”. Y toca y canta y felicita a todo el mundo y me acompaña hasta que algo lo distrae.


Javier, el guitarrista de la Plaza de España
©
www.elclubdejazz.com

Sigo mi camino, me alejo por el Parque de María Luisa, del que Javier me cuenta que esta noche se está despidiendo. Que se va a Nueva York, me confiesa, que tiene un cáncer y lo van a operar allá. Y se le encoge el corazón y la voz se le quiebra al imaginar que vuela sobre el río y se marcha de Sevilla. “Volando voy, cuidarse, cuidarse”. Y su voz se va apagando.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

viernes, noviembre 09, 2012

Muro de horror


El muro, en los alrededores de Belén (Fotografía: Bárbara Gras)

El ser humano tiene la virtud de hacer cosas maravillosas que enamoran a nuestros sentidos. Pero la bondad, lamentablemente, brilla por contraste. El ser humano tiene la capacidad – más que documentada y demostrada – de anular los sentidos, de perderlos, de cegarlos. Hay en tierras palestinas un ejemplo devastador de lo peor del ser humano: un muro que ciega, que anula, que se pierde en la inmensidad del paisaje quebrándolo, dividiéndolo e hiriéndolo de forma casi irreversible. Lo peor de ese muro no es que sea ilegal, es que exista.
Nos perdemos muchas veces en el debate lingüístico de las leyes, en la letra pequeña de los artículos que buscan encaje en un orden legislativo y nos olvidamos de que las leyes no brotan de un orden natural, de una justicia moral inequívoca. Nos olvidamos de que toda frontera, toda valla, muro, murete o barrera articulada contraviene la lógica del espacio físico, pone trabas artificiosas a un paisaje que de por sí reta nuestra capacidad de movilidad. Por eso duele ver cómo el ser humano se ha especializado en hacer nuestra vida en este mundo más dificultosa, hasta el punto de, incluso, hacerla imposible e insoportable.

El muro, a las puertas de casa (Fotografía: Kristina Palacios)

Resulta insoportable imaginar que para cruzar a la acera de enfrente tuviéramos que conducir más de un centenar de kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, cuando nuestro objetivo está a apenas unos pasos. Pero más insoportable que imaginarlo es vivirlo, y eso sucede y es cotidiano para muchos palestinos que han visto cómo sus relaciones sociales y familiares o su trabajo son segados por la afilada cuchilla de un bloque de cemento fatal que el gobierno ocupante de Israel lleva trazando desde 2002.

El primer impacto del muro lo recibí en la ciudad de Belén. Todavía recuerdo la sensación de atrezo carcelario al toparnos con él en nuestro primer día en Palestina. Pero más allá de su estética carcelaria – evidente a todas luces –, los sentidos se sobresaltaron ante la negación de un horizonte. El espacio desaparece de pronto y es como si el aire faltara y la vida decidiera negarse a brotar. Hay vida porque sobre el muro lucen mensajes de optimismo y lucha, bellos murales que, en realidad, nunca debieron existir. Pero existen, como existió el Muro de Berlín y cayó y como caerá éste, aunque hoy siga su avance cancerígeno.

El primer impacto del muro, en la ciudad de Belén (Fotografía: Carlos Pérez Cruz)

El aberrante muro israelí es una camisa de fuerza que aprieta con agresiva (y teórica pasividad) el malherido cuerpo palestino, socavado en cada uno de sus rincones por una suerte de cáncer que se agrava conforme avanza la ocupación y crecen las colonias (esas células enfermas que van tomando contacto unas con otras para tratar de ocupar todo el espacio). Los motivos de seguridad que esgrime Israel son una excusa tan peligrosa como la utilizada por el nazismo para encarcelar a judíos (y otros “enemigos”) hasta su exterminio. No hay demagogia en estas palabras, no para quienes hemos tenido la “suerte” de viajar a Palestina y verlo con nuestros propios ojos. El muro está ahogando a todo un pueblo, suspira a su necrosis, a su disecación. Se eleva y ensombrece, deja sin luz la vida de miles y miles de personas.

El muro es la parte visible de un entramado carcelario que juzga culpable a toda una población. Castiga de antemano los crímenes no cometidos, como un canon preventivo de delincuencia. El muro se franquea sólo por unos puntos muy concretos – algunos, lo dicho, obligan a desplazamientos de cientos de kilómetros para trayectos de apenas unos pocos metros – y para cruzarlo es obligado sufrir un proceso de humillación irritante en el que el carcelero utiliza tácticas que lo deshumanizan y que desmoralizan a quien las padece. Todo ello en escenarios aterradores: verdaderas terminales a cubierto cuyo camino de salida está trufado de puertas giratorias, escáneres y cuartos cerrados al antojo de las “autoridades” militares y de la seguridad privada (la gran beneficiaria de este negocio redondo que es el muro), armados ellos hasta los dientes. Un escenario de película de horror en el que voces metalizadas y saturadas, muchas veces ocultas tras un cristal tintado y blindado, inyectan por megafonía un odio que rebota y envuelve el llanto de aquel bebé (imposible borrarlo del recuerdo) hasta crear una abominable sinfonía de pavor.

Acceso al paso del muro entre Belén y Jerusalén (Fotografía: Bárbara Gras)

Por encima de cualquier consideración legal, el muro tiene el deber humano de ser derribado. Aunque sólo sea para que desaparezcan esos focos que apuntan a apenas un metro de distancia hacia la ventana del dormitorio de esa casa que sigue en pie (no todas han tenido esa suerte) y que contemplamos atónitos en un pequeño pueblo dividido en dos del norte de Cisjordania. 

Focos dirigidos al dormitorio (Fotografía: Carlos Pérez Cruz)

No hay nada de inocente en ese martirio lumínico como tampoco lo hay en dejar llegar hasta el último de los varios controles a esa mujer que procuraba alcanzar el otro lado de la mano de sus tres hijos, y a la que se le denegó el paso de éstos después de superar un primer escáner corporal, esperar a que se abriera una puerta giratoria, pasar por otro escáner corporal para ella y sus pequeños, más otro para sus pertenencias, quedar encerrada en el espacio de apenas un par de metros cuadrados mientras revisan la documentación (con la cortina de la garita echada) y estar permanentemente vigilada por cámaras y mercenarios armados que caminan por las pasarelas superiores. Sus lágrimas de desconsuelo y humillación, mientras arrastraba la bicicleta de uno de sus hijos - obligados a volver sobre sus pasos -, permanecen en mi memoria como una instantánea imborrable que nos obliga a gritar contra Israel hasta que su muro, en vez de devolver el eco de nuestra furia, caiga por su propio peso: el de la mala conciencia y el horror.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en el blog de Todos los caminos están cerrados con motivo del Día Internacional contra el Muro del Apartheid.

martes, septiembre 18, 2012

El Al, compañía israelí de violación


Se sorprende Lucía del celo con que preservo de la indiscreción mi vida privada. Ella, que lo sabe casi todo. Conforme más se desparraman las vísceras íntimas del personal en el mundo digital, más precavido soy al respecto. No es una reacción frente a la modernización (yo, que vivo en ella por necesidad), es simple respeto a uno mismo y a las personas que dan vida a ese ámbito privado.

Hace unos días, en uno de esos raros zapeos televisivos que me concedo, la televisión pública española daba “noticia” de una fotografía que una conocida cantante (¿?) pop había publicado en la red. La “particularidad” radicaba en que era (presuntamente) una fotografía que se había realizado ella misma recién levantada de la cama (no se lo cree ni ella), ese momento en que se es menos reconocible incluso para uno mismo (o quizá el momento donde más reconocibles resultamos y, por lo tanto, más nos detestamos). Más allá del ridículo de que algo así ocupe a un medio de comunicación (más si cabe, público), ¿por qué habría de interesarnos la pose de nadie en semejante coyuntura? Quizá podamos fantasear sobre ello pero las fantasías, una vez violada su categoría de abstracción imaginaria, suelen desvanecerse con la misma apatía de un cuerpo después de culminar el sexo.

¿Sueñan, fantasean y se masturban los disciplinados currelas de El Al con las vidas privadas que roban a sus clientes? Puede que acaben tan hastiados como el barman que tiene que soportar los reproches de vidas ajenas, todas tan insoportablemente comunes. Tal vez en el plus de esa misión patriótica, de esa avanzadilla militar en el extranjero con la colonización de los aeropuertos, encuentren el grado de excitación necesaria para mantener activa la tensión laboral y, por ende, íntima. ¿Nos imaginaría en plena faena a Lucía y a mí ese cuerpo de apariencia femenina embutido en el disfraz de azafata de avión que trataba de sonsacar nuestras presuntas contradicciones?

Con dos o tres esputos inquisitoriales logró saber que llevábamos juntos tres años, uno compartiendo piso. Lástima que fuera mentira. Yo, que soy tan malo en la mentira, fui premiado con un proceso “normal” de facturación y acceso al avión. Sin embargo, otro cuerpo de apariencia femenina, esta vez en Tel Aviv, me castigó con la retención del pasaporte pese haber dicho la verdad: el nombre de mi padre y de mi abuelo paterno.

Ha calado tan hondo el discurso del miedo en nuestra sociedad que aceptamos desnudar nuestra intimidad mental y física (este segundo premio no me fue concedido – sí a otras compañeras de viaje - por el amable y severo personal israelí) en nombre de una seguridad que devora lo poco de nosotros que permanece incógnito para los demás. ¿En calidad de qué, con el permiso de quién, bajo qué concepto, debo nadie contestar sobre su vida privada por “motivos de seguridad”? ¿Qué derecho tiene El Al de interrogar en suelo extranjero cuando ni siquiera se ha llegado todavía al mostrador de facturación?

¿Me puede mostrar una foto de su pareja recién levantada que demuestre que son, en verdad, pareja?  

Todo llegará. Todo sea por "motivos de seguridad". ¡Que vuele Chenoa!

© Carlos Pérez Cruz
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