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lunes, abril 20, 2015

De tragedias y culpas

Compartíamos autobús y se sentaba muy cerca, no pude evitar escuchar sus palabras. Según explicó, España es el único país europeo en el que la sanidad pública atiende a cualquier inmigrante y eso hace que la mayoría venga aquí. Ni siquiera lo consideró una posibilidad estadística, lo aseguró. Intuyo que su muy pío espíritu no se alteró lo más mínimo al decirlo, aunque es probable que su católico corazón se compungiera al escuchar que un grupo de cristianos podría haber sido arrojado al agua por otro de musulmanes en razón de su filiación religiosa. Sucedió en una de esas precarias embarcaciones a precio de crucero del mercado negro (dicho sea “negro” sin ironía alguna), porque en el “legal” sólo les está permitido abanicar turistas. Desembarcaron en Italia, pero a buen seguro buscaban España, donde son famosas sus orgías sanitarias. 

24 horas después de escuchar su certero diagnóstico del gran problema de la sanidad española llegaban las primeras noticias de la gran tragedia (del día) en el Mediterráneo: más de 700 personas habían desaparecido al hundirse la embarcación con la que trataban de llegar al continente europeo. 700 personas, ¡qué barbaridad! Digo personas, aunque soy consciente de que la denominación periodística y política(mente) correcta es la de “simpapeles”, “inmigrantes ilegales” o “ilegales”, a secas. 

700. Setecientas. Con sólo trazar un croquis aproximativo de relaciones familiares, amistosas, de comunidad…, puede uno hacerse a la idea del alcance de la tragedia, una inmensa mancha de dolor en el océano de vidas afectadas. Para los fallecidos el horror acaba con su muerte, pero con ella empieza la tragedia de los vivos

Cotidianas como son las muertes en el camino de quienes tratan de huir del hambre, la guerra, la persecución por motivos de raza, sexo, religión, la falta de futuro (y por tantas otras razones de las que ni siquiera somos conscientes), no es la muerte en el mar la que las hace noticia, son los dígitos, la suma de restas humanas; son los números, que no los hechos, aunque sólo por los números a veces nos dé por pensar… o empatizar, aunque sea una empatía de mínimos. Lo que levanta levemente la ceja de nuestras conciencias es la montaña de hombres, niños y mujeres, la suma de cadáveres, la simbólica fotografía de la acumulación de ataúdes para cuerpos que quizá nunca puedan ser rescatados. En nuestra economía de mercado la emoción también se mueve por números.

Impactan los números, no los hechos en sí, y los hechos (con independencia del número de afectados) son el desenlace de una historia, y lo relevante es la historia. Empieza en tierra firme, no en el mar. El ahogamiento es para demasiados el desenlace de una narración que arranca en el continente cuando ven que su vida y la de su familia corre peligro o carece de presente; la decisión era la única posible, o la mejor de las peores, o fue muy mala, pero no le dieron otra, y hubo de tomarla porque si hay un derecho que tiene todo ser humano es el de luchar por su supervivencia, aunque otros la minusvaloren o se arroguen decidir sobre ella. Pero, ¿quiénes son esos otros?

Lo sé, usted y yo no tenemos nada que ver, e incluso tenemos la capacidad de conmovernos y de escribir textos populistas como éste. La autocrítica es un síntoma de la enfermedad europea, acostumbrados por cuestión cultural a proyectar nuestra falsa culpabilidad en lugares y circunstancias sobre las que no tenemos la más mínima capacidad de decisión. ¡Maldito Freud! Nos flagelamos sin necesidad.  

Nada tiene que ver que nuestros gobernantes, en (sin)razón de nuestra seguridad y libertad (que, por lo visto, dependen de la inseguridad y esclavitud de “los otros”), movilicen ejércitos, bombardeen sus pueblos, hagan llegar armas a grupos de dudosa reputación, firmen lucrativos acuerdos con dictadores, renueven materiales a sus policías represivas, blanqueen Golpes de Estado, faciliten el expolio de recursos naturales a grandes empresas de las que, tarde o temprano, formarán parte… Nada podemos hacer, nada de eso tiene que ver con nosotros, claro, tampoco que se llenen de vallas y concertinas las fronteras, que se financien policías de frontera y no de salvamento, que paguemos para que no lleguen y no para que puedan volver... El poder de nuestros gobernantes es, al parecer, una curiosa anomalía del sistema democrático. Nunca nada es culpa nuestra, ni siquiera nuestra ignorancia.

Carlos Pérez Cruz

viernes, marzo 06, 2015

Periodismo VS Activismo (Breves apuntes sobre qué es y qué no es periodismo)

Que asociemos los medios de comunicación con determinados partidos o intereses no es más que la constatación a gran escala de una anomalía, de un fraude profesional y ético. No significa que los órganos de dirección de un medio deban carecer de ideología, simplemente que la información no puede jerarquizarse ni manipularse en función de otros criterios que no sean los meramente periodísticos

Puede que determinadas prácticas muy extendidas hayan inducido a engaño, pero un periodista no es un activista, al igual que un periodista deportivo no debería ser nunca hooligan de un equipo. Un periodista no defiende las causas de nadie con el ejercicio de su profesión, tan sólo defiende las propias del periodista. En su vida privada tiene derecho a defender lo indefendible e incluso insultar al árbitro. 

Un periodista ha de preguntar. Que la respuesta pueda ser utilizada a posteriori como arma arrojadiza sobre un proyecto político o causa con la que simpatice no es de su incumbencia. No se miden las posibles consecuencias de una respuesta, se fundamentan los cimientos de la pregunta

Que un político se declare públicamente “como en casa” en un medio puede ser a) una ironía; b) una clara señal de alerta roja. La segunda posibilidad se resuelve haciéndole bajar los pies de la mesa con preguntas que nunca le harían en su casa o con las que se liaría una buena. 

No existen periodistas progresistas ni periodistas conservadores, ni fachas, ni rojos, existen periodistas. Apelativos como éstos se refieren a profesionales de otra cosa que muy poco tiene que ver con el periodismo (aunque infinitamente más lucrativa y llamativa socialmente). 

Estimado lector, oyente, telespectador… Un periodista no es “el mejor” por el hecho de que lo creamos afín a nuestra ideología y a unos fines compartidos, así como un crítico no es bueno cuando sirve a los fines publicitarios de nuestro trabajo y malo (además de un “hijo de puta”) porque le pone algún pero. Así como al crítico se le habrá de juzgar por el criterio y fundamentación de los argumentos esbozados, así también al periodista “afín”. 

En caso de decepción con el otrora admirado, hágase, al menos, dos preguntas: ¿Cree que se ha omitido alguna pregunta o dato fundamental? ¿Por qué cree que determinadas preguntas o datos se deberían haber omitido? De la respuesta usted sabrá si lo que busca es activismo o periodismo. 

Carlos Pérez Cruz

domingo, febrero 08, 2015

Los 25 años de Raúl


Han pasado dos años, pero sigue figurando en la agenda de mi teléfono móvil. Su nombre y su número siguen apareciendo cada vez que recorro el listín por puro tedio, curiosidad o necesidad. Cada vez que lo veo, el vertiginoso descenso digital por nombres y números de familiares, amigos, conocidos, saludados y por si acasos, se ralentiza y se detiene por unos instantes en él. ¿Debería borrarlo? 

No creo en los más allá (y menos telefónicos…, salvo para los servicios de atención al cliente, claro). Sé que si marco su número lo más probable es que a) el número no exista b) el titular sea otro c) lo haya conservado María Antonia. ¿Qué se yo? Nunca se lo he preguntado. Sea como fuere, no quiero molestar a Raúl, que a buen seguro tiene mejores cosas que hacer que aguantar nuestras tribulaciones. ¿Estará entre ellas la edición de otra revista de jazz? De ser así, espero que el más acá sea menos hostil con tan ardua empresa. 

No lo he borrado, aunque es probable que dentro de poco decidan desde Silicon Valley quién debe y quién no figurar en el listín de nuestro teléfono. Mientras sea mi decisión, su nombre, apellido y número de teléfono seguirán figurando, por mi santísima voluntad analógica. Y es que una persona muere cuando se la borra y olvida, no cuando fallece. No me sale de los vodafones enterrarlo. Raúl está vivo, porque su revista lo está. Y eso, en España, es casi tanto como el milagro de la resurrección, un improbable tan imposible como lo es una revista de jazz en este erial patrio. 

El cuerpo de Raúl decidió hace un par de años que hasta aquí llegaba, pero su espíritu -que por lo que pude intuir en nuestra corta relación personal era pura obstinación- sigue impulsando contra toda lógica práctica y sentido común (o sea, puro Raúl) nuestro/su trabajo. Porque si este años Cuadernos de Jazz va a cumplir un cuarto de siglo es por él. Así que mientras me permita firmar en su revista, yo conservaré su número. ¿Cómo habría de borrarlo? ¡Si es el de la dirección!

Carlos Pérez Cruz

Días después del fallecimiento de Raúl Mao, en 'Carne Cruda' (entonces en la SER) le dedicamos esta sección, con la presencia de la propia María Antonia García: http://cadenaser.com/programa/2013/02/12/audios/1360638817_660215.html

Y en el 'Club de Jazz', le dedicamos este programa especial:

lunes, enero 19, 2015

‘Sangre, sudor y jazz’ (y errores y lugares comunes)


Mito y leyenda suelen ser mucho más vistosos que la realidad. Es más literario lo sórdido que lo higiénico, es más cinematográfica la vida disoluta que la rectitud. No es lo mismo una biografía con firma de historiador que un biopic cinematográfico. De la biografía esperamos rigurosidad, fuentes que avalen lo narrado, respeto de los espacios en blanco que, de rellenarse, resultaría un ejercicio extemporáneo de imaginación del autor. Al biopic cinematográfico le suponemos manipulación, entendida como licencia creativa. Salvo que se trate de un documental (lo que tampoco es un seguro de vida de fiabilidad), la biografía cinematográfica está trufada de licencias. 

Del periodismo uno espera rigor. Como suele señalar el periodista Joan Cañete, al periodismo no le hacen falta etiquetas, simplemente ejercerse. ¿Comprometido, humano, social…? No, periodismo. Me da lo mismo que el periodista sea un mal bicho y su medio un nido de fachas, rojos o verdes, lo único que exijo es rigor. Es decir, que se hable con propiedad y los datos sean precisos. Si a eso se le añade una buena gramática, puede aspirarse al Pulitzer. 

A pesar de lo que pueda parecer, la sección de Cultura de un medio no es (no debería ser) el cajón de sastre para que los periodistas de la casa se explayen y rebajen tensiones hablando de sus hobbies. No, la cultura no es un hobby. No desde una perspectiva periodística. La cultura (en sus muy diversas facetas) requiere especialización, y por eso ya es de por sí una quimera ejercer de periodista cultural si se ha de abarcar pintura, música, teatro, danza, cine… La curiosidad por el mundo árabe no le convierte a uno en arabista; ni cantar en la ducha, en una eminencia del bel canto. Por eso, cuando el periodista se enfrenta con lo desconocido, o con lo que conoce vagamente, no está de más coger el teléfono, abrir un libro o incluso consultar internet

Me ha pasado a mí y puede volver a pasarme. Recuerdo que se me encargó la necrológica de un músico al que conocía pero no controlaba, del que no era yo el más indicado para escribir. Acepté por razones que omito, por ser íntimas y por resultar irrelevantes para lo que nos ocupa. Un compañero del mismo medio se alteró por las imprecisiones y omisiones que contenía. Hizo bien. Se corrigió y añadió lo que faltaba. Por regla general, no acepto retos para los que no estoy preparado. El océano es muy grande y flotar en el agua no le convierte a uno en Mark Spitz. 

“Sangre, sudor y jazz” es el título de un texto de Pedro Moral Martín publicado en ‘eldiario.es’*, con fecha 15 de enero de 2015. El medio no aclara si se trata de una crítica, de un artículo informativo o de una columna de opinión. El autor se refiere en él a la película “Whiplash”, de reciente estreno en cartelera. Dejando de lado su valoración de la película (apreciación subjetiva de la misma), el texto contiene una serie de errores objetivos y lugares comunes que dejan en mal lugar al medio que lo publica (por falta de revisión del contenido y/o comprobación de datos) y a su autor por las razones que expongo a continuación. 

Para hablar de cine no es necesario ser oyentes de jazz ni conocer su historia, pero para afirmar hechos históricos y situar lugares concretos de la historia del jazz se necesita, al menos, practicar el periodismo. En un solo párrafo se condensan tal cantidad de errores que un redactor jefe iracundo podría haber sentido la tentación de arrojarle al autor un bolígrafo como si de una diana se tratase. El párrafo es el siguiente: 

“En los 50, cuando estaban de moda las jam sesión en Nueva Orleans, un extraordinario batería llamado Jo Jones tiró su platillo directamente a la cabeza de Charlie Parker cuando éste había perdido el tempo de la canción. Parker se levantó y salió llorando. Un año después, Bird hizo el mejor solo de la historia”.


Para empezar, una cuestión lingüística: o las llamamos sesiones improvisadas o ‘jam session’, pero no hibridemos castellano e inglés. Por otro, no sé en qué momento han estado o dejado de estar de moda las jam session en Nueva Orleans pero, si a la que se refiere es a una en la que participaban Charlie Parker y Jo Jones, se le ha disparado la cronología ni más ni menos que dos décadas (el episodio referido tuvo lugar en 1936, no en los 50) y la ciudad que dice que la albergó queda a unas 13 horas del lugar en que aconteció (fuente: Google Maps), que fue Kansas City y no Nueva Orleans

La anécdota del plato que Jo Jones arrojó sobre Charlie Parker asoma en el texto porque, en la película, el iracundo profesor del aspirante a Buddy Rich la utiliza como metáfora motivadora de su propio proceder académico (¿?). Lo único que pone eso de manifiesto es que el profesor de la ficción había visto otra ficción: la película ‘Bird’ de Clint Eastwood. También el autor del artículo de ‘eldiario.es’, que da por sentado algo que no es sino una manipulación de unos hechos históricos con fines dramáticos. (De fiarnos del cine podríamos terminar por asegurar que Hitler murió acribillado en un cine de París). Poco importa que Jo Jones no arrojara ningún plato de la batería sobre Charlie Parker y, por lo tanto, no pusiera en peligro la integridad física de ‘Bird’. Que dejara caer al suelo un plato no resulta tan dramático ni peligroso. Que llorara, no consta. Asegurar que un año después Parker “hizo el mejor solo de la historia”, es de una grandilocuencia gratuita. Aunque no tan gratuita como la siguiente afirmación (sí, sí, afirmación): 

“El vicio es la quinta esencia del jazz, todos los músicos se metían, todos eran alcohólicos, todos se acostaban con muchas mujeres distintas y el cine lo ha recogido una y otra vez”. 

Resulta tan bochornosa esta generalización, tal el patinazo sin asomo de ironía en sus palabras, que lo único que podemos intuir es que Moral Martín se había metido un chute, bebido demasiado y acostado con la primera que pasaba por allí antes de escribir. Porque eso es lo que hacemos todos los periodistas de cultura, ¿no? 

Carlos Pérez Cruz

*Días después, el autor corrigió el texto publicado.

viernes, enero 09, 2015

¡La que han liado mis amigos!

“La que han liado tus “amiguitos”, fue lo primero que dijo al verme. Entré en la sala, llamó mi atención y lo escupió. ¿A qué se refería? ¿Quiénes eran mis “amiguitos” y qué habían hecho para “liarla”? 

Resulta que tengo amigos terroristas, amigos que disponen de sofisticadas armas de fuego que van disparando y masacrando humoristas por el mundo, así por las buenas, sin mediar más provocación que el humor. ¡Y yo sin enterarme! Pues habrá que hacer algo al respecto. De primeras, permítaseme anunciar la suspensión cautelar de mi amistad con estos asesinos de viñetistas hasta que se aclare lo ocurrido, que siempre hay que mantener la presunción de inocencia, ¿no? 

Toda suspensión de la amistad es dolorosa, lo sé por experiencia, aunque también he de decir que interrumpir amistades que nunca se han tenido lo hace más llevadero. Como nunca he tenido relación con los hermanos Kouachi –al menos de forma consciente, quién sabe si nos habremos cruzado en la vida-, no creo que les vaya a inquietar demasiado el anuncio público de nuestra ruptura. Además, creo que están demasiado ocupados en masacrar como para que les importe demasiado que yo les retire mi afecto

Ironías aparte, el esputo verbal que recibí como bienvenida de este compañero de quehaceres musicales produce escalofríos, o más bien inmenso desasosiego. Como señalaba en Twitter mi admirada Isabel Pérez, citando a Einstein, “es más fácil desintegrar un átomo que erradicar un prejuicio”. Y los prejuicios -de los que, por supuesto, yo tampoco me libro- son la parte más tóxica de nuestra manera de descifrar y relacionarnos con el mundo, quizá la más peligrosa. 

La relación que estableció el ínclito esputador es muy sencilla, no voy a aburrirles con más rodeos: como es conocida mi posición pro-palestina (es decir, pro-derechos humanos) y los palestinos son árabes y la mayoría de árabes son musulmanes y los autores de la masacre de París pronunciaron en vano (y en árabe) el nombre de Dios… ¡Exacto! Lo han adivinado. ¡¡Los palestinos la liaron en París!! No hay regla de tres más sencilla que ésta. ¡De cajón! 

En realidad no sé muy bien –porque no me entretuve en interrogarle- si la relación que estableció entre Carlos (o sea, yo) y los autores de la masacre del ‘Charlie Hebdo’ es en razón de arabidad o de musulmanidad. Si es en razón de lo segundo, imagino que podré mantener mi amistad con los cristianos palestinos, incluso con aquellos que sean lo que quieran ser (o no ser), siempre que no sean musulmanes. Si es en razón de lo primero, va a ser una jodienda muy grande, porque lo mismo tengo que borrar de mi diccionario un montón de palabras del castellano. 

Me consta que otro compañero presente en la misma sala ha dejado por escrito en redes sociales un “que los maten a todos”, lo que dejaría el Holocausto nazi o la sangría de Ruanda en rasguño de la humanidad (ya se refiera ese “todos” a musulmanes o a árabes, que en tal caso el mapa de la sangre podría fluctuar… e igual se mancha). Lo que no sé si ha calculado este energúmeno es lo mal que le sentaría a la economía local el cierre de tanto negocio de kebabs, que demasiados locales hay ya con carteles de ‘Se vende’ y/o ‘Se alquila’. 

Sé que pensar es muy cansado, que individualizar es mucho más complejo que unificar; que aceptar que millones de personas son millones de realidades y circunstancias y no una sola implica un esfuerzo por comprender; que un tuit descalificativo tiene más alcance que un artículo que ponga negro sobre blanco; que no todos los judíos son sionistas (¡ni siquiera israelíes!), como no todos los vascos y navarros éramos ETA por mucho que ETA se arrogara hablar en nuestro nombre (¿acaso no nos ha tocado aguantar el chaparrón por bombas y tiros en la nuca que ni pusimos ni defendimos?). 

Sé que antes aceptaremos la implantación de un chip de Google en nuestro cerebro que a una persona cuyas diferencias vemos antes con miedo que con curiosidad. Sé, en definitiva, que es más fácil enunciar “putos catalanes”, “moros de mierda”, “terroristas árabes”, “judíos nazis” (¡vaya oxímoron!), “gitanos” (así, a palo seco)…, que ver personas, ciudadanos, por encima de cualquier otra consideración y como tal considerarlas, cuando de individuos se trata. Por ahí se empieza. Y después, si uno está dispuesto a no creerse el ombligo del mundo, está la compleja realidad del planeta, donde pocas veces los blancos y los negros son lo que creemos.

Carlos Pérez Cruz

lunes, enero 05, 2015

Andoni Zubizarreta


Hay muertos capaces de morir dos veces. Es el caso de Andoni Zubizarreta, enterrado por el inefable Joan Gaspar en un autobús después de la desastrosa final de Atenas de la Copa de Europa -en la que el Milán enterró a aquel Dream Team por cuatro goles a cero (uno de ellos me pilló meando)-, y enterrada ahora su etapa de director deportivo del Barcelona. ¿Habrá una tercera? 

Zubi fue mi ídolo de infancia. Al igual que en ciclismo siempre fui de Álvaro Pino y de Marino Lejarreta, nunca de mi “compatriota” Miguel Indurain, en fútbol yo iba con el que paraba goles, no con los que los metían. Claro, si los metía el Barça daba brincos, pero ese modelo(s) que todo niño tiene en su infancia era para mí Zubizarreta (mi gesticulación en el campo era la suya, por supuesto). 


Fui portero, no muy bueno. Tenía mis virtudes, sin duda, pero también mis muchos defectos. Uno de ellos compartido con mi ídolo (quizá por ósmosis): era fatal con el pie. Tampoco paraba penaltis, cosa que también se le achacaba al portero culé y de la selección española, por lo que cada penalti pitado en contra era la anticipación de un gol recibido. Da lo mismo, mi héroe era de carne y hueso. Una mano suya en Valladolid fuera del área y su correspondiente expulsión fue también la mía del salón por insultos al televisor. 

Andoni Zubizarreta fue para mí un portero excelente, torpe con los pies, poco efectivo en los penaltis, pero un gran portero. Todo lo que no metió el Barça en la famosa final de Wembley de 1992 lo paró Zubizarreta. Después, claro, llegó el gol de Koeman en la prórroga y todos los honores para el pateador, pero hubo prórroga porque Zubi sacó sus mejores reflejos y Salinas, marca de la casa, falló goles cantados –bueno, seamos justos: Pagliuca fue el Zubi de la Sampdoria-. Tuve la suerte de ser testigo de la primera Copa de Europa de la historia del Barça, frente al televisor (en La 2 de TVE, ojo al dato) y con la radio sintonizada en Onda Media (grabé en varias casetes la narración de la SER que hizo desde Londres… Paco González). 


Fue el portero del mejor Barça de la historia antes del advenimiento del de Guardiola, aquel inolvidable Barça que imaginó Cruyff y que disfruté en los años en los que tenía edad para que el fútbol fuera epicentro emocional, esos en los que una portada de ‘Mundo Deportivo’ adquiría categoría de lienzo en la pared o en los que una foto con el ídolo le dejaba a uno mudo (quizá tanto como en aquella ocasión en que el rey Baltasar se sacó de su zurrón la carta que yo le había escrito). 


Gracias a Miguel Sola, jugador de Osasuna y mi entrenador en el Amigó –debería incluir en mi biografía que fui fichado, aunque no hubiera montante ni cláusula de rescisión-, conseguí una camiseta de mi ídolo por mediación de Unzué, ex jugador de Osasuna y entonces suplente de Zubi en el Barça. Me estaba tan grande como la responsabilidad de portero, quizá por eso fui más Unzué que Zubi en mi equipo y abandoné el fútbol por la música. Desde el banquillo gané más veces. Frente al atril, las lentejas.

Carlos Pérez Cruz

jueves, diciembre 25, 2014

Nochebuena (para pasear por Iruñea)

Llevaba años pensando en hacerlo. Esta noche, mientras muchos cenabais cumpliendo con el rito, me he dado un paseo. Pocas noches como ésta la ciudad posa para la cámara.


Nunca descansan. Luces encendidas, médicos de guardia. La medicina pública nunca será lo suficientemente valorada. Toda la noche por delante.


Focos para un monumento sin espectadores. Los corredores de un encierro congelado para el tiempo. Al fondo, una pareja de origen latinoamericano empuja la silleta de un bebé.


Luces en Palacio. En el interior, la historia de Navarra duerme en unos salones por donde lleva demasiado tiempo paseándose la misma presidenta.


Tres grados, aunque en el bar de abajo suelen ser más elevados. Reina el silencio en la plaza, donde me cruzo a un guiri que me pregunta cómo puede llegar a su hotel. Tiene una historia, seguro, pero yo estoy de paseo.


Al otro lado de la Plaza del Castillo, se desciende por Chapitela. En sanfermines lo hacen rios de mierda, hoy se escuchan mis pasos.


Hay vida en las casas. En esas, hoy les ha tocado cumplir. Alguno desearía salir por patas... o en bici.


Castañicas frente al rey. Hasta para comer, lo monárquico es veneno.


Como los Reyes Magos no pueden atravesar el checkpoint de Belén, la estrella les señala el camino hacia el consistorio. Si me dan elegir, prefiero estrella a chupinazo.


No estoy solo. Dos se sientan en un banco en los soportales de la plaza. A pesar de la "i", no me acerco a preguntar los motivos.


Lo siento por el cartel, pero no es noche de ley. Si hay alguien vigilando, debe de estar en Silicon Valley.


Si Hitchcock lo hacía, yo también. Me cuelo en mi propia peli. Sugerente compañía, pero he de seguir mi camino.


Confirmado: los chinos no cierran nunca. Como no hay clientes, hay llamada. Me apetece un helado, pero no jodamos...


Imagen de postal. Pronto alguno de los elementos de la foto (quiosco, convento, bicis y contenedor), será historia. Y no, no me refiero a las monjas.


Como los médicos, no descansa ni en Nochebuena. La Foral, esa gran mujer a la que rindo tributo... en Hacienda.


Vuelvo a la Plaza del Castillo. Recuerdo que una vez, de niño, fui yo quien encendió sus luces. ¿A qué hora empieza  la verbena?


Para el perro no hay niño en Belén que valga. También excusa para hacer un quiebro a la sobremesa. Angelicos.


Se dejaron las luces puestas... y a Marilyn.


Cena en la cocina. La austeridad siempre fue fluorescente.


No ha hecho ni empezar y la Navidad ya empieza a pasar página.


Espero que os haya aprovechado. Gracias por acompañarme en el paseo. Buenas noche(buena)s.

jueves, diciembre 18, 2014

Treme


No sigo los ritmos de la televisión ni estoy al día con la última serie de la que todo el mundo habla. Me acuerdo de pronto de alguna que dejé en espera hace tiempo y miro a ver si ha salido el DVD, porque no sufro la ansiedad de ver toda una temporada en una tarde, ni me parece una aberración darles a las cosas su tiempo. Desconozco por ello los detalles de por qué Treme se cerró en una última temporada de cinco capítulos, como si se cerniera sobre ellos la tempestad y hubiera que darse prisa por finiquitar lo antes posible… y a otra cosa. 

Imagino (asumo el riesgo de equivocarme) que los datos de audiencia no fueron todo lo favorables que deben para que sea rentable sacar adelante todo lo que implica un rodaje así -y en esto poca tontería que, como comprueba Annie, la violinista de la serie, también en arte business is business, y cuanto más arriba, más se cae-, y así como hay series que pierden el norte que las guiaba por no saber retirarse en hora, las hay que nos dejan el regusto amargo de su pronta partida. Estábamos tan a gustito… y nos tuvimos que marchar. 

He oído –incluso he dicho- que la serie flaqueaba en cuestión de trama, pero la trama era la calle, relato de eso que llaman el pulso de una ciudad y que no son sino los latidos asincrónicos de miles y miles de supervivientes (¿acaso no lo somos todos?) en la jungla de una Nueva Orleans que vive con el peso glorioso de un pasado mitológico no tan lejano y asolada por las inmundicias políticas que quedaron en superficie tras el desastre del huracán Katrina. 

Así como la destrucción es siempre el preludio de una reconstrucción (menos en Gaza, claro), en Nueva Orleans los que se quedan toman el testigo de una tradición que en realidad no muere, se renueva con un combate de opuestos en el que todos salimos ganando. Toda noble tradición camina por el alambre de lo que fue, lo que es y lo que cada uno queremos que sea. Tensión natural sin la que quedaría enterrada y de la que la serie de David Simon es un extraordinario reflejo y a la que rinde un sincero, emocionado y emocionante homenaje. 

No está enterrada la radio, hilo conductor de vidas que se ignoran mientras bailan y escuchan la misma música y las mismas palabras de DJ Davis; sí quizás moribunda esa que se dirige a ti y sólo a ti mientras nos habla a todos con esa voz que divaga, se pierde y te encuentra, en la que no se ganan audiencias sino que hace comunidad. Ay de esa radio, la de David McAlary en Treme o aquella mítica KBHR del Cicely de Doctor en Alaska, con el filósofo de Chris Stevens, Chris in the morning. Una cabina a media luz, un micrófono, la palabra y buena música. ¿Para qué más?

Carlos Pérez Cruz

sábado, diciembre 06, 2014

La noche (de los tiempos) en TVE


Fue como si un haz de luz hubiera iluminado de pronto la noche, como si alguien vestido de blanco hubiera irrumpido en una discoteca donde se exige el negro, como si una stripper se hubiera colado entre un mar de mujeres con burka; fue el hombre de la limpieza (aunque suelan ser ellas) que con su sola presencia nos hizo conscientes de la mierda acumulada. Estaba allí, siempre había estado, la veíamos y olíamos, pero nos habíamos acostumbrado a su presencia y mal olor; lo respiramos con la naturalidad con la que asumimos que el veneno es oxígeno. 

No es esta una metáfora sobre un hombre impoluto frente a la perversa encarnación del mal –no creo en almas beatíficas, en iluminados morales sin sombras-, pero sí intenta serlo sobre el efecto que produce una corriente de aire fresco en un espacio con calefacción central (y vecindario octogenario), el paso del agua por la garganta del sediento, la puerta de salida del laberinto a una pesadilla..., y, sin embargo, más que alivio sentí angustia, se me revolvieron las tripas, me fui a la cama con mal cuerpo, falto de oxígeno, con el nudo de una corbata imaginaria estrangulándome. 

Sólo vi los minutos finales –hoy he completado parte de lo no visto-, pero la entrevista con Pablo Iglesias anoche en el canal ‘24 Horas’ de TVE fue lo más parecido a una terapia de choque con descargas de hedionda iracundia sobre el espectador, que no es otro que el ciudadano que con sus impuestos permite que ese canal exista, que su director se permita hacer la pregunta más abominable y abyecta que uno pueda imaginar y que periodistas (¿?) tan satisfechos de sí mismos, y con la misma independencia con la que un pez se mueve fuera del agua, se metan en el bolsillo los presupuestos que no hay para que los trabajadores de la casa hagan simplemente buena radio y televisión (una posibilidad heroica y abocada hoy, en muchos casos, prácticamente a la indigencia).


Postergada hasta que no ha habido más remedio, confinada al canal informativo en la noche de menor audiencia de la semana, al comienzo de un puente festivo, con un faldón de inusual en tamaño para ir haciendo circular en paralelo a la entrevista tuits de espectadores –no vaya a ser que a algún espectador le dé por concentrarse en escuchar lo que se dice-, la sola presencia de Pablo Iglesias permitió visualizar como pocas veces la podredumbre de la radiotelevisión pública, incrustada como el moho en los viejos pilares de madera de un muelle veneciano. Cuanto más enRojocía de ira el tal Sergio Martín, más palidecía la noble profesión periodística, ahogada y desprestigiada por la peor ralea empresarial en el ámbito privado, sepultada en el servilismo político-económico más ruin en el público, y siempre con la connivencia mayoritaria de trabajadores medrosos ante las consecuencias de la noble disidencia. 

Tan sólo un momento de lucidez adecentó el papelón del tal Sergio Martín cuando, después de excretarle a Iglesias un “enhorabuena” por la salida de presos de ETA de la cárcel, advirtió, no sin cierto apuro: “Estamos completamente fuera de tiempo”. Yo no lo hubiera expresado mejor. 

Carlos Pérez Cruz



Adenda: Momento estelar, para quien esto escribe, fue la intervención de un tal Antonio Papell quien, a punto de finalizar la entrevista, se dirigió a Iglesias en estos términos: “Viendo que la universidad está como está, absolutamente corrompida, con un clima oligárquico, de descomposición, ¿por qué no han empezado haciendo la revolución en la universidad para cambiarla en lugar de meternos a todos en el follón en el que nos están metiendo?”. 

Una propuesta política es un “follón” (no una opción) en el que “nos están metiendo” (como si no fuéramos libres de elegir votarla o no; como si proponer opciones resultara un desacato al buen orden… establecido). Dicho de otra manera, el paternalismo propio de las élites de este país: tú déjanos a nosotros, que de esto no sabes… chaval. Canguelo en las poltronas.

martes, noviembre 04, 2014

Dos días, una noche.


La crisis (estafa) era esto: destrucción del tejido social, vidas al límite por la supervivencia, competitividad extrema para lograrla, quiebra del concepto y unidad de la clase obrera, lucha infame por las migajas, pérdida (o descubrimiento de la falta) de ética, miedos atávicos, dignidad en el alambre, individualismo atroz, violencia doméstica... Una sociedad situada al borde del precipicio en tiempos de salarios miserables.

Gran película de los hermanos Dardenne en la que Sandra (Marion Cotillard) tiene un fin de semana para convencer a sus compañeros de trabajo para que acepten renunciar a una prima anual de 1000 €, de forma que ella pueda mantener su puesto de trabajo. Lejos de maniqueísmos, lejos del simplismo hollywoodiense de buenos y malos, de blancos y negros, de la heroína injustamente castigada frente a los malvados y egoístas compañeros incapaces de renunciar a 1000 miserables euros anuales, la película es una mirada limpia a una situación que es la de muchos hoy en esta estafa de la austeridad, la productividad y la competitividad. Junto a la Hermosa juventud de Jaime Rosales, el cine que mejor retrata las consecuencias del tiempo presente.

domingo, septiembre 14, 2014

Emilio, el del banco de Santander

Como todas las mañanas, Rosa llegó al bar a las seis y cuarenta y tres minutos. Introdujo la llave en el candado y levantó la persiana del local que, como de costumbre, chirrió de forma escandalosa. Encendió las luces, prendió la cafetera y empezó su día de trabajo, uno más que sabía exacto al anterior y espejo del próximo. Serviría cafés (solos, con leche, cortados, con sacarina, carajillos…), cervezas (con limón, sin alcohol, con gaseosa, de botellín…), vinos (cosecheros, crianzas, riberas, riojas, tintos, rosados…), los pinchos que se afanaba en preparar María en la cocina e incluso serviría a deshoras alguna copa. A las siete y trece minutos entró Antonio, a las siete y cuarenta y nueve Manuel, a las ocho y cuarto Lola, a las nueve menos cinco Gabriel, a las nueve y treinta y siete Rosa salió a fumarse su primer cigarrillo de la mañana que interrumpió en sus últimas caladas un encorbatado Jacinto, que llegaba apresurado a tomarse su café solo. A las diez y catorce minutos se cayó una copa y mientras barría los cristales entró Elvira […]. A las dos, Rosa le pidió a María que le preparara algo para poder comer antes de las tres y media, hora en que empezaba su turno de limpieza en las oficinas de la entidad bancaria. A las tres y siete minutos –no quedaba lejos de su trabajo- llegó a la plaza en la que se encontraban las oficinas, se sentó en el mismo banco en que lo hacía todos los días y se dispuso a deglutir la ensaladilla rusa y las croquetas que había cocinado María. Todo era igual, pero algo era distinto. Una extraña sensación detuvo a Rosa. 

Puso a un lado la fiambrera y dejó caer dentro de forma inconsciente el tenedor de plástico. Cruzó las piernas, perdió su mirada al frente y, presa de un difuso malestar, se preguntó si estaría enfermando. No, no podía ser eso. Se encontraba cansada, sí, pero no más que cualquier otro día y había llegado con el apetito voraz acostumbrado. Sin embargo, al poco de empezar a comer, lo había perdido. Algo iba mal, aunque no sabía decir qué. Algo no encajaba, aunque las piezas de su puzle diario encajaban como de… ¡Emilio! Rosa se sobresaltó, y un chico que pasaba junto a ella se percató y sonrió. Había dado un respingo en el banco. ¡Emilio! Emilio no había aparecido en toda la mañana. Qué raro, pensó. ¿Le habrá pasado algo? 

Emilio llegaba cada día al bar a las nueve de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos, desde hacía cinco años. De haber fichado, habría quedado constancia de su extrema puntualidad en la llegada, pero también en la marcha, pues a la una en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos, se levantaba y se iba. Que ella recordara, Emilio jamás había fallado en esos cinco años. Pensó en ir corriendo a ver si estaba bien, sabía dónde podría encontrarlo a esas horas, pero ya era momento de entrar a trabajar. Rosa pasó toda la tarde inquieta, nerviosa, miraba el reloj esperando el momento de terminar para ir a buscarle, pero las manillas discurrían más lentas cuanto mayor era su nerviosismo. Durante cinco años, de lunes a sábado, Emilio se había tomado su café en el bar de Rosa no sin antes regalarle una flor, que ella sabía que cortaba del jardín que adornaba una rotonda próxima al bar. Siempre llegaba con una y ella las iba colocando en un discreto jarrón junto a la barra. Nunca faltaban, y una recién cortada sustituía a otra que ya palidecía. Emilio le daba conversación cada vez que ella salía a fumarse un cigarrillo. Rosa pensaba que Emilio se había ido enamorando con el tiempo, pero ni ella podía permitirse un segundo para el amor, ni él sabía cómo poder ir más allá de ese inocente flirteo. 

Cuando dieron las siete, Rosa salió apresuradamente de las oficinas y con paso ligero se encaminó hacia la plaza de la catedral a buscar a Emilio. Sus sensaciones eran contradictorias, estaba segura de que lo encontraría allí y, a su vez, tenía la extraña certeza de que no lo vería. No tardó en llegar. Miró hacia el banco en el que siempre estaba, pero no lo vio. Se sintió momentáneamente desorientada, como si aquella plaza, por la que había pasado cientos de veces en su vida, no fuera la plaza. Pero Emilio no estaba y tampoco ninguna de sus pertenencias: ni la mochila que hacía las veces de armario, ni la manta con la que se protegía del frío, ni el vaso en el que algunos viandantes dejaban su limosna y que él sostenía cada mañana, durante cuatro horas, junto a la puerta de entrada del bar en el que trabajaba Rosa. Ni rastro. Rosa miró a un lado y a otro sin saber qué hacer hasta que se acercó a un quiosco próximo. Le explicó al dependiente que buscaba a Emilio, el hombre que llevaba años ocupando ese banco de la plaza y pedía limosna, estaba segura de que sabría de quién se trataba, porque ya formaba parte del paisaje del lugar. Rosa palideció de golpe. Emilio había muerto esa mañana, aparentemente había sufrido un ataque al corazón. Una vecina que había salido a primera hora a pasear a su perro lo encontró derrumbado en el suelo junto al banco. Primero pensó que se trataba de un borracho, pero al ver un pequeño reguero de sangre que salía de debajo de su cabeza, se dio cuenta de que aquello era más grave que una simple borrachera. Para las nueve de la mañana habían levantado el cadáver y retirado sus pertenencias. 

Rosa llegó al bar más temprano que de costumbre. Eran las seis y trece minutos cuando introdujo la llave en el candado y levantó la persiana del local que, por supuesto, chirrió de forma escandalosa. Encendió las luces, pero no prendió la cafetera. Rosa se aproximó al jarrón de las flores de Emilio y pegó sobre él un papel en el que se podía leer escrito a mano: “Para Emilio, de Rosa y tus amigos del bar”. Lo cogió, salió a la calle, cerró la puerta del bar con llave, dejó la persiana levantada y se dirigió con paso ligero hacia la plaza de la catedral. No había dormido en toda la noche pensando en el infortunado Emilio. Media hora antes de que sonara el despertador, se levantó decidida a depositar el jarrón en su banco, ese que daba color al bar gracias a la flor que cada mañana, un tanto sonrojado, le regalaba a Rosa. 

A punto de llegar, Rosa imaginó por un momento que se lo encontraría tumbado y dormido en el banco. Le ilusionó la idea. Quizá se habían confundido y no era él el muerto, quizá no todos los días los pasaba en aquel banco de la plaza de la catedral, quizá… ¡¿Y eso?! Rosa se detuvo en seco y se abrazó con fuerza al jarrón, presa del desconcierto. El banco de Emilio estaba ahora rodeado por unas vallas de seguridad y dentro, cubriéndolo con su estructura, había un estrado sobre el que se situaba una cámara de televisión. Se percató de que eran varios los estrados en la plaza y que había aparcada una furgoneta de un canal de televisión. Un vigilante de seguridad de una empresa privada, sin duda aburrido después de toda una noche en guardia y sin faena, se acercó curioso a Rosa que, absorta en sus divagaciones, se sobresaltó cuando éste le habló: “Señora, ¿son para el funeral?”. ¿El funeral? ¿¡Qué funeral!? Por un segundo Rosa creyó estar soñando, quizá al fin había logrado quedarse dormida después de haber dado vueltas y vueltas en la cama toda la noche sin pegar ojo. El guarda sonrió con cierta sorna, sospechaba que a esa mujer le daba vergüenza admitirlo: esas flores eran para el funeral y había acudido tan temprano, cuando apenas la ciudad empezaba a despertar, para que nadie le viera traerlas. “Sí, mujer. Para el funeral de Emilio. ¿Era usted cliente del banco?” 

Carlos Pérez Cruz

domingo, julio 20, 2014

Mauro (En memoria del pianista Mauro Urriza)



El reconocimiento al trabajo de un músico no depende exclusivamente de su talento. Hay músicos excelentes que viven alejados de los focos y que incluso, si los ven, los evitan. Sea por una humildad extrema o por una timidez casi patológica, huyen del aplauso que merecen.

Ha fallecido Mauro Urriza, pianista navarro. Tenía cincuenta años. La noticia de su fallecimiento atravesó la noche del sábado 19 de julio como una descarga eléctrica enfundada en un guante de boxeo que nos encontró a muchos de sus amigos y compañeros con la guardia baja.

No recuerdo en qué momento conocí a Mauro, pero es probable que estuviera ligado a mis primeros pinitos como músico de jazz. Con él toqué en algunos de los grupos del saxofonista Javier Garayalde y más recientemente en la big band del Conservatorio Superior de Navarra. Allá donde hubiera jazz por estos lares es probable que estuviera Mauro, ya fuera tocando, ya fuera escuchando. Si algo hizo a Mauro quien era, más allá de sus estudios, fue su inmensa curiosidad como oyente de música… o como lector. Fiel de Vargas Llosa, su primer disco llevó por título Inconquistable, inspirado en La casa verde del autor peruano.

Mauro era oyente ocasional de mi programa. Cuando nos veíamos solía comentarme lo último que había escuchado, al músico que había descubierto o lo “marciana” que le había resultado tal o cual grabación que yo había pinchado. Claro que guardaba adjetivos semejantes para su propia música, la que recogió su primer disco hace cuatro años y la que grabó hace apenas un par de meses para el que en unos días iba a ser su segundo, Blues for Oteiza (dedicado al escultor Jorge Oteiza). Restaba valor a lo suyo porque su timidez le impedía reconocerse, pero tuvo la suficiente personalidad como para resultar original y diferente en un entorno poco dado a la diferencia como es el navarro.

Tal y como explicó en la entrevista que le hice en Club de Jazz hace cuatro años, Mauro Urriza llegó al jazz tarde, cumplidos los treinta. Ahora el jazz es más o menos frecuente en los conservatorios, pero hace veinte años un músico con esas inquietudes debía buscarse la vida como él hizo recibiendo clases particulares de Iñaki Salvador, Miguel Blanco o Iñaki Askunce. Currela incansable, tal y como lo recuerda Salvador, Mauro Urriza era en la actualidad profesor del Superior de Navarra donde, como apunta Marcelo Escrich, compañero y amigo del pianista, pocos como él han logrado de forma tan unánime el respeto y cariño de alumnos y profesores. Eso sí, el verdadero magisterio lo impartió con su incansable actividad en numerosas jam sessions y conciertos en los que participó tanto en Navarra como en Miranda de Ebro y La Rioja, que son los territorios por los que se movió fundamentalmente. Hizo casi tantos kilómetros en casa como los que hubiera merecido alcanzar su música.

Con Mauro he tenido también la ocasión de compartir ensayos en la banda de música de Pamplona, de la que formo parte y con la que él colaboraba frecuentemente. Allí coincidía con uno de sus primos, Rogelio Andueza, intérprete de tuba -otro de sus primos es el gran saxo alto Mikel Andueza, uno de los jazzman con más clase del jazz ibérico-. Pero si algo recuerdo a título personal es haber coincidido en muchas ocasiones con él en las salas casi vacías del cine en las sesiones más intempestivas de las películas menos evidentes. La curiosidad como motor de vida. Y es que detrás de lo extraño que podía resultar a primera vista, de sus reacciones y gestos algo atolondrados o de su eterna camisa blanca de rayas, se escondía una persona a la que siempre recordaré no sólo por su enorme valía profesional sino, sobre todo, por el cariño, respeto y sentido del humor con el que me trató. Mauro no arderá en la hoguera de las vanidades.

Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en la web de Club de Jazz.

martes, julio 15, 2014

Horror


La guerra es la peor de las posibilidades del ser humano. Se ha glorificado miles de veces, pero la guerra es muerte, devastación, humillación, vísceras, vidas rotas. De la barbarie y masacre de Gaza de estos días están escribiendo excelentes periodistas en estos días. Poco tengo que añadir a lo que ellos ya han dicho desde allí o incluso desde aquí. Sólo quiero agradecer que honren el periodismo con su trabajo, arriesgando su vida y dignificando una profesión denostada (muchos han hecho mucho por ello) con un trabajo riguroso y honesto en una situación tan complicada.

La guerra es un asco. Israel hace la guerra en nombre de la lucha contra el terrorismo (recordemos que son USA y Europa quienes otorgan las credenciales). Ni el ‘señor X’ de los GAL, en sus sueños más húmedos, lo hubiera imaginado: Bilbao o Donostia bombardeadas por tierra, mar y aire en nombre de la lucha antiterrorista. Israel lo hace por costumbre, sólo que en ocasiones lo hace de forma más salvaje (si cabe) y es noticia. Por lo demás, insisto, es costumbre. La principal víctima es siempre la población civil. Decir lo contrario es mentir.

La guerra es un horror y glorificarla es sencillamente inmoral. En estos días tan terribles de asedio a Gaza, se vive en las redes un combate no menos terrible. Al lado de la guerra parece una minucia, un efecto colateral de la violencia en la opinión pública, pero no dice menos que la propia guerra sobre la condición humana. En la red se combate con propaganda. No es nada nuevo, pero, además de propaganda, hay un pulso entre fanáticos, una batalla por la ceguera que produce arcadas.

En los pocos (pero larguísimos) días que llevamos de ‘Operación Margen Protector’ (manda huevos), he visto la imagen de un crío palestino al que le faltaba medio cráneo y al que su padre llamaba entre gritos de devastada desesperación, cadáveres de menores entre escombros, supervivientes aterrorizados de un centro de atención a minusválidos, las tumbas de 18 personas de una misma familia, y un largo etcétera cuya descripción e ilustración les ahorro. ¿Quién es capaz de aceptar algo así? ¿Cómo alguien puede justificar que un gobierno haga eso en su nombre? Lamentablemente, más de los que uno es capaz de imaginar. El fanatismo ciega (como bien ilustraba una enorme viñeta de El Roto: “¡Al fin veo!”, gritaba con los ojos cegados por una venda que llevaba inscrita la palabra “Fanatismo”) y el odio ofrece visiones tan distorsionadas que uno creería producto de sustancias psicotrópicas. Hay personas (sí, lamentablemente también son personas) que prefieren ignorar el pequeño detalle de que a un bebé le falta media cabeza y afirmar que lo que se pretende con esa imagen es “dar pena”.

Hemos visto numerosos videos de lo que Israel considera un aviso preventivo (¿humanitario?) antes de la voladura con misiles de las viviendas de Gaza. Sin entrar ahora en mayores consideraciones sobre lo que implícitamente nos está diciendo Israel al “avisar” de antemano a sus víctimas, he comprobado cómo se justifica y otorga valor moral superior a ese crimen injustificable contra la población civil. “Encima que avisamos”, vienen a decir. Hay quien ha visto por primera vez uno de esos videos y pensó que el “aviso” era el misil. No sabe lo que va a llegar 57 segundos después. Me resulta imposible imaginar qué pasa por el interior de alguien que considera que ese “aviso” es ejemplo de la superioridad moral de su país. Los calificativos se los dejo al lector.

Un último detalle (habría miles): Otras imágenes que hemos visto en estos días, fuera del campo de batalla, nos han mostrado a israelíes apostados en un alto que les permitía disfrutar de una buena panorámica de la Franja de Gaza. Asistían alborozados al impacto de los misiles de su ejército en Gaza. Festejaban la barbarie. Quizá alguno de sus gritos de alborozo y aplausos de celebración acompañaron el estallido del misil que voló la cabeza de ese niño o sepultó la vida  de 18 personas. 

Al otro lado, en la ocupada Hebrón, paradigma de la terrible ocupación israelí de Palestina, decenas de ciudadanos se subían a una colina para tratar de asistir en la distancia al bombardeo inmisericorde que Hamás había anunciado sobre Tel-Aviv  (pura propaganda). En la televisión de Hamás se llegó a colocar un reloj de cuenta atrás. Con tristeza vi quien celebraba aquello como si esa fuera la cuenta atrás para la celebración de Año Nuevo. El reloj no señalaba el tiempo para el bombardeo de Tel-Aviv. Descontaba la distancia entre ocupantes y ocupados, agresores y agredidos. Los igualaba en fanatismo. Puro veneno

Carlos Pérez Cruz
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