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jueves, mayo 24, 2012

El ruido, según Roberto Echeto.

Escribe el escritor Roberto Echeto:

El silencio es el reverso de este presente nervioso e iracundo; ha quedado proscrito de muchas vidas porque se le considera una propiedad de la muerte o de aquello que nos hace meditar sobre la finitud de la vida. Por eso se le tapia debajo de los escombros sonoros de un universo agrio.

Una de las mejores reflexiones sobre el ruido y el silencio que recuerdo haber leído. Recomiendo leerla en su integridad en su blog.

miércoles, agosto 17, 2011

Apuntes de verano (II)

Páramo. Paseo por varias ciudades españolas de histórico pasado cultural. Ahí está la clave: pasado. Hoy pasear por sus calles o por las de cualquier ciudad española es comprobar que el estímulo intelectual desaparece de forma vertiginosa. Donde antes existía una sala de cine ahora o bien una bajera abandonada o bien la enésima tienda de ropa barata de franquicia (con sus puertas abiertas de par en par chorreando aire acondicionado y vomitando discoteca). ¿Dónde están las librerías? Las hay de viejo que incluyen bisutería en su oferta.

Páramo (bis). Más difícil todavía. Encuentre usted una tienda de discos. Hay ciudades en las que directamente han desaparecido; otras en las que apenas resiste una. Las que mantienen viva la llama apenas tienen referencias ni diversidad (de sellos y estilos). Entrar en ellas es un ejercicio de ideología, un grito en el desierto. Dentro de poco la duna las enterrará y serán parte de la arquelogía del pasado. ¡Vive la résistance!

Fiesta. Desayunamos, comemos, merendamos y cenamos con la prima de riesgo y se anuncia el Apocalipsis y, sin embargo, como cada verano hay verbenas, tracas y... ¡cómo no! La correspondiente ración de maltrato animal. Hay quien duplica o triplica la inversión por contar con un toro peligroso (¿?) de fama sangrienta (¿?) para sus festejos populares. Una edificante actividad recreativa costeada por los presupuestos públicos. Verano de recortes en el presupuesto social y subvención del Recorte taurino. Los mercados cornean el bienestar y el Estado nos pone los cuernos.

Fiesta (bis). Cuatro de la tarde en un pueblo andaluz de apenas cuatro mil habitantes. Cuarenta grados de temperatura bajo un sol de spaghetti western. Unos trescientos jóvenes (algún adulto, numerosos adolescentes y también niños) beben y contorsionan sus cuerpos al ritmo de la atronadora taladradora de un pésimo DJ. No deja de sorprenderme la capacidad de convocatoria que entre muchos jóvenes tiene la combinación alcohol, ruido y concentración masiva. ¿Será un ejercicio de purgación personal? ¿De qué? Te voy a comer con tomate, dice la letra de la canción.

miércoles, diciembre 22, 2010

Sensibilidad anal

Desde mi posición sobre el escenario era imposible no verla. Situada en uno de los palcos del teatro su posición entraba como un chorro de obsceno realismo social en mi campo visual cada vez que levantaba la mirada para ver los gestos del director. Y de tanto mirar (soy de los que incluso echa un ojo al director para ver cómo quiere llevar la música) sus gestos se impusieron a los de la batuta, de modo que todavía no sé cómo logré llegar al último compás junto con mis compañeros. En este país se fusila poco, dice un buen amigo mío.

¡Y qué razón tiene! Durante la primera parte de la actuación lo comentó todo, TODO, absolutamente TODO. TODO es TODO. ¿Qué? No lo sé. TODO. Y, de pronto... ay de pronto... ¡de pronto respondió una llamada de teléfono móvil! ¡¡¡Por todos los celulares del mundo!!! ¡Qué alguien se lleve de aquí a este incordio con forma de mujer! Pero, ¿será consciente de que ahí abajo hay un concierto? ¿Consciente? ¡Vamos que sí es consciente que ahora es ella la que marca un número en el teléfono para hacerle escuchar a su interlocutor el concierto! Escucha dónde estoy, parecía decir. ¡Mira qué guay!

Cuánto daño ha hecho la cultura audiviosual a este país. La cultura (¿es cultura la palabra?) de la interactividad, los SMS en pantalla, el chateo mientras se le supone a uno siguiendo una serie, un programa cualquiera. Opina, opina, opina, dí lo que piensas, no te cortes, por el módico precio de nosecuantos euros más IVA. ¡¡Ahmadineyad!! Si necesitas un lugar en el que probar tus armas nucleares... ¡empieza por ese palco!

Y puedes seguir por alguna emisora que yo me sé en la que, al pinchar esa joya titulada Pequeño vals vienés con voz de Enrique Morente, música de Leonard Cohen y letra de Federico García Lorca, la presentadora exclamó: ¡Pero si parece una broma! ¡¡Parece el Príncipe Gitano ese!!

¿Se fusila poco o no?

domingo, octubre 31, 2010

Concierto a mano armada

Pensaba que mi asombro ante la mala educación del personal en los actos culturales que requieren de silencio (por respeto, por permitir la concentración del espectador, por no molestar al artista...) había alcanzado cotas insuperables pero, ¡oh! ¡¡craso error!!, siempre hay espacio para la sorpresa cuando de comportamientos humanos se trata. Asisto esta pasada noche a una de las actividades del Festival Periferias de Huesca (envidiable evento anual que alcanza este año su undécima edición) y durante la actuación del grupo madrileño Dead Capo (junto a Manolo Campos del grupo Rosvita) en el particular homenaje al grupo alemán Neu! se produce la siguiente escena:

Sentado en segunda fila la imagen del escenario me llega sin ninguna perturbación visual ni sonora. Pasados unos quince o veinte minutos de la actuación tres chicas de edades veinteañeras se sitúan justo en los asientos delanteros. A la perturbación visual (asumible) se suma una notable perturbación sonora dado que las tres, que parecen muy animadas y tentadas de levantarse y bailar en cualquier momento, no dejan de hacerse comentarios la una a la otra, la otra a la una y la una a la de más allá a un volumen considerable. En algunos momentos de entre la intensa masa sonora de la música surge un sonido como de carraca. Trato de localizar en el set de percusión de Javier Gallego alguna pero no logro visualizarla. Pasados otros diez o quince minutos aparece otro grupo de cuatro jóvenes, tres chicos y una chica, que se suman a las otras tres. De pronto asisto admirado a un baile de cabezas que se inclinan y giran las unas hacia las otras para poder comunicarse de forma permanente opiniones, comentarios y algún beso que otro (en el caso de un chico y una chica del grupo de recién llegados) sin interrupción alguna, sin ni siquiera detenerse a escuchar al menos por unos segundos nada de lo que pasa en el escenario. Y, por cierto, ¿dónde esta la jodida carraca?

Termina la actuación, se encienden los focos y contemplo estupefacto el origen de tan peculiar sonido. Una de las chicas del grupo lleva una metralleta de juguete, de plástico, y su sonido de imitación de una ráfaga de disparos es el que a mí me recordaba a una carraca. Durante la actuación de Dead Capo (y Manolo) ella ha ejecutado su propia obra percusiva, interpretando a mano armada un concierto paralelo al que los espectadores habíamos acudido a escuchar.

¿Por qué habían ido al concierto? No era gratuito, el recinto invitaba más al recogimiento que a la excitación festiva a la que ellos parecían aspirar (el Auditorio del Centro Cultural "El Matadero" de Huesca no es precisamente un salón de baile o discoteca) y, además, tan sólo habían estado (no escuchado) una parte de una de las tres actuaciones que formaban parte de la sesión (esta era la segunda de las tres).

Después del concierto los músicos y un servidor nos hemos acercado a un bar próximo. Los únicos clientes eran ellos. En el arsenal además de la metralleta había alguna espada de plástico. ¿La noche de Halloween les había hecho confundir "El matadero" con algún tipo de recinto propicio para la noche del terror? Se han ido antes que nosotros. La última en salir, una chica, se ha girado hacia Javier Gallego (baterista de Dead Capo) y le ha dicho: Nos ha gustado mucho el concierto

miércoles, diciembre 30, 2009

Ruidos

Desconozco si existe una Historia del Ruido que documente la evolución del comportamiento humano y su incidencia sonora en el entorno a lo largo de los siglos pero me temo que la historia de la humanidad es una historia de ruido. Ruidos los hay de muchos tipos y su afección positiva o negativa depende de muchos más factores que el ruido mismo. No pretendo aquí un profundo análisis sobre la naturaleza del ruido y sus componentes; el motivo de este texto es una simple e inútil queja destinada a perderse en la inmensidad de la red cibernética.

Me quejo a menudo del incívico comportamiento del personal en salas de cine, auditorios de concierto u otros locales destinados a la difusión, promoción y celebración de actividades artísticas pero me temo que un vistazo a la historia nos revelaría el actual como el momento de mayor silencio en estos espacios. Es un temor, no una certeza, así que sin poner las manos en el fuego me lamento del presente sin ser consciente de que, intuyo, otros tiempos fueron de mayor incidencia de los espectadores sobre el desarrollo de los diferentes eventos. Sin olvidar que muchos defenderían su derecho a la interacción con el momento artístico ya que, ¿quién dice que el Arte audiovisual - especialmente este - es para ser aprehendido en silencio?

Tengo múltiples motivos en defensa de una "ley del silencio". Hay quien defiende que las leyes han de ser el remedio último (cuando no hay más opción) para regir los comportamientos humanos pero me temo que, en ocasiones, se vuelve inevitable la regulación normativa de los actos en pos de una convivencia más saludable. Y sé que las leyes pueden contravenir el deseo mayoritario pero no está comprobado que las orientaciones ideológicas masivas sean más beneficiosas que las minoritarias. Incluso las hay minoritarias que, razonadas, forman parte del imaginario de un "masivo", aunque luego sean olvidadas en la puesta en práctica. Así, aunque el deseo mayoritario sea volcar contenedores y prenderles fuego en invierno, la ley lo describe como un acto prohibido y punible. No pido mucho, por lo tanto, si demando una "ley del silencio" que, sin pretender la anulación total de la interacción ruidosa de mis semejantes, limite sí su incidencia en mi sistema nervioso.

Desconozco por qué, si la evolución tecnológica creó los auriculares, las jóvenes generaciones de usuarios de teléfonos móviles se empeñan en compartir sus gustos musicales a través de los metálicos y chillones altavoces de estos. Gustos mediocres que ellos tienen derecho a padecer, como yo a desconocer. Desconozco qué lleva a los usuarios de transportes públicos (especialmente los de media y larga distancia, aunque no se libran los de corta) a compartir en voz alta conversaciones de las que, además, en algunos casos (los que tienen el volumen del receptor bajo), sólo tenemos la versión fragmentaria del vecino de espacio. Desconozco el criterio de selección de las melodías para llamadas entrantes de teléfono móvil que avergüenzan a una gran mayoría de selectores que cogen la llamada con el pudor de habernos hecho conscientes de su flagrante mal gusto; algo que pasaría completamente desapercibido si usaran otro doble invento de la evolución tecnológica: el estado de "silencio" complementado con la activación del modo "vibración". Desconozco qué razones tienen los establecimientos comerciales de cualquier tipo para acompañar nuestra actividad consumidora con selecciones sonoras de idéntico criterio y volumen que invitan (creo que sólo a mí) al abandono del recinto (mi última experiencia en un restaurante sin "sonido ambiente" invitó a una sosegada y discreta conversación). Desconozco qué concepto de la vía pública tienen los comerciantes que en días de absurdo trasiego ciudadano, como son los navideños, buscan nuestra atención con altavoces, direccionados al exterior de sus locales comerciales, que vomitan los más casposos villancicos (los "de toda la vida") en infames versiones de niños que deberían ser estrangulados (hasta la pérdida de las facultades vocales, no hace falta llegar a mayores; sin embargo - ¡qué ironía! - la ley me lo impide). Más irritante todavía cuando estos horribles eructos de supuesto candor son promovidos en espacios públicos por instituciones públicas (léase ayuntamientos), supuestos depositarios de la ejemplaridad cívica. Desconozco el origen de la vacuidad mental que impulsa a tantos descerebrados a hacer estallar petardos y pirotecnias varias en calles y plazas con excusas festivas que, quizá nunca se plantearon, sólo sean suyas. Alteran a los perros del vecindario, alertan por confusión con otro tipo de explosiones y, además, ponen en riesgo a transeúntes que hacen un uso correcto de la vía pública: transitar por ella.

Mi lista de "desconozcos" es amplia, inagotable incluso. Soy consciente de que una ciudad es lo que mayoritariamente sus ciudadanos quieren que sea. Así hoy los ciudadanos de la mayoría de ciudades (ibéricas) que conozco han elegido, en lo referido al ruido, el continuo bombardeo de nuestro sentido del oído y la falta de un concepto de intimidad propio y ajeno. Pero, insisto, hay otros factores más allá del comportamiento masivo para legislar actitudes y convivencias y no estaría de más contar con las opiniones expertas (las de un sonómetro, por ejemplo) antes de que el ruido innecesario, invasivo y agresivo, sea la norma.

domingo, agosto 30, 2009

No es Ficción

Minutos antes de las seis de la tarde ocupábamos dos asientos en la sala de cine donde se iba a proyectar V.O.S., última película del director Cesc Gay. Nos situamos en la penúltima fila de butacas, junto al pasillo. Una señora de una cierta edad sorbía su refresco situada en la misma fila, al otro lado del pasillo. Consciente de nuestra presencia se alejó. Éramos, junto a un orondo caballero de una cierta edad situado unas filas más adelante, los únicos en la sala poco antes del inicio de la proyección. De pronto dos niñas, de unos diez y ocho años respectivamente, accedían a la sala y se situaban en dos asientos inmediatamente detrás de los nuestros. Nos miramos atónitos. ¿Qué sentido tenía que dos niñas, ni tan siquiera adolescentes, hubieran venido al cine para ver una película de un director con tan poca vocación de entretenimiento infantil? Convenimos que debía de tratarse de un error. Seguramente ellas querían ver Up, la única película con cierto aspecto infantil de la cartelera. Después de situarse en sus localidades y permanecer en ellas unos segundos se levantaron y corrieron hacia la puerta de salida. Dejaron algunas cosas sobre sus butacas, así que volverían, seguramente iban juntas al servicio. Volvieron. Mientras tanto un señor de una cierta edad, que sujetaba su caminar en un bastón, se situó ladeado en primera fila.

- ¿Nos ponemos más adelante? -, me sugirió.

Teníamos experiencia en detectar focos de conversación. Sabíamos que una reunión de mujeres de una cierta edad - no solitarias como la que estaba unos asientos más allá - suele tener problemas de contención verbal, también jóvenes parejas de novios o… bueno, por experiencia sabíamos que salvo los solitarios – y no siempre – todo el mundo acompañado se ha convertido hoy en el cine en una potencial cotorra. ¿Guardarían silencio dos niñas en una película “para mayores”?. Nos adelantamos cuatro filas. Se inició la proyección.

V.O.S., título de la película, siglas de Versión Original Subtitulada. Un anhelo como espectador de cine que, irónicamente, también se vio esta vez traicionado por un doblaje absurdo que nos evitaba la ensalada lingüística de la película en la que catalán, euskera y castellano se entrelazan no por capricho del director sino por la identidad de los personajes y la realidad del entorno de la acción: Barcelona. La España Plural una vez más utópica cuando las lenguas de su geografía no tienen posibilidad de ser escuchadas. Los subtítulos son una solución magnífica ya sugerida por el título del filme. Aunque, en honor a la verdad, subtítulos sí los había, desde el segundo cero, sólo que verbales. Las niñas no defraudaron nuestras expectativas. Lo iban a comentar todo. No en susurros – esa forma de hablar que algunos entienden inaudible para el resto pero, en el fondo, molesta doblemente: no entiendes qué dicen, luego no puedes cotillear, y no logras distraerte del entorno y pensar que la película es tu vida en ese instante – sino en un tono natural de conversación. Cinco minutos de película y se abre de nuevo la puerta de la sala. ¡¡Dos niñas más!! Quizás doce y trece años. Nos miramos. ¿Es hoy el día del niño? Que hubiera una pareja de infantes resultaba chocante pero entraba dentro de los márgenes del porcentaje de surrealismo; que hubiera dos parejas rompía todas las estadísticas y nuestra capacidad de comprensión lógica. Se situaron justo detrás de nosotros. Nos miramos con terror.


El terror estaba justificado. Aquellas dos nuevas inquilinas de la sala vivían el cine como quien ve el fútbol o un programa de televisión, interactuaban con la película y comentaban todo aquello que se les pasaba por la cabeza. No entendían muchos de los detalles más “adultos”, se reían a destiempo – quizá el nuestro era el destiempo, ¿quién sabe? –, abrían sin discreción alguna las bolsas de chucherías y, lo que es peor, susurraban. Tan cerca nuestra estaban que incluso se les podía entender. Mientras las dos niñas pioneras seguían con una animada charla que mi llamada de atención no logró detener - después fui advertido de que mi advertencia no fue lo suficientemente sonora como para hacerse presente -. Resultaba imposible concentrarse en la película. Además en una de sus escenas una de las parejas protagonistas acudía al cine y en ella se les veía señalar la pantalla e incluso conversar animadamente - ¿sería producto de mi imaginación? -. ¿Cómo convencer a los espectadores de que la actitud apropiada es la del silencio si dos actores muestran la actitud contraria? Después nos acordaríamos de que una cadena de cines se anunciaba antes de cada película con un grupo de espectadores con evidente ánimo interactivo. La derrota del espectador educado fomentada por los propios exhibidores.


¿Y el resto de espectadores? La señora de una cierta edad que sorbía un refresco antes de la proyección reía cuando las menores no lo hacían. El señor de una cierta edad y bastón situado en primera espetó un sonoro ¡joder! como reacción a la reacción de uno de los personajes. Lo cual podía tener su justificación ya que la película es un juego de metaficción en el que los personajes parecen vivir una realidad que en el fondo es el rodaje de una película y viceversa. Es probable que el señor de la primera fila fuera una ficción con aspecto de espectador… o viceversa. Y el señor orondo de una cierta edad que al principio quedaba unas filas por delante y ahora ocupaba un asiento vecino al otro lado del pasillo profería sonoros bostezos de tanto en tanto.


Terminó la película. En primer lugar abandonó la sala el señor de la primera fila que poco antes había protagonizado su segundo momento cuando una claqueta anunciaba en pantalla la última escena. Al golpe de ¡clack! se levantó de inmediato, permaneció en pie unos segundos y volvió a sentarse. Es probable que pensara que la película había llegado a su fin, aunque también es probable que en ese instante le correspondiera hacerse la foto con el resto del equipo de rodaje y actores – que en pantalla se reunía en una playa de Barcelona para hacérsela – y que renunciara a ello por pereza o por cualquier motivo que escapa a mi metacomprensión. Después de él abandonaron la sala las dos parejas de niñas preadolescentes, la señora del refresco y el señor de los bostezos. Los últimos fuimos nosotros. Salimos tensos por haber padecido nuestra enésima tortura como espectadores educados en el silencio, incapaces de saber si nos había gustado o no la película; sin comprender qué sentido tenía la presencia de aquellas niñas en la sala – que además habían dejado plagada de palomitas y desechos varios – y con la frustración de comprobar una vez más que - da igual la película, el horario, y el día -, el silencio y el respeto está en peligro de extinción. Para colmo, ¿por qué doblan una película titulada V.O.S.?


viernes, agosto 07, 2009

Este mundo es muy extraño

Esta mañana iba de camino a un concierto cuando, de pronto, pude ver cómo un barrendero recogía un peluche. Un osito de color marrón que con sus brazos abiertos pedía ser abrazado. Lejos de corresponderle el profesional de la escoba lo empujaba hacia el recogedor como si de un desecho orgánico se tratara, con cierta repugnancia. Una vez situado el osito sobre la superficie del mismo lo ha elevado y, al alcanzar la altura correspondiente a la boca del cubo de la basura, lo ha girado y con un certero golpe de muñeca ha arrojado el peluche al interior junto al resto de residuos. Una niña de apenas cuatro o cinco años jugaba a escasos metros de la escena.

Cuando el concierto ha dado comienzo un teléfono móvil ha comenzado a hacerse notar. Apurada, la persona que había olvidado quitar el timbre o, simplemente, apagarlo durante la actuación, lo ha rescatado de su bolso, momento en el que su sonido se ha hecho más evidente para el resto de espectadores. En no menos de cuatro ocasiones se han vuelto a escuchar timbres de teléfonos móviles durante el discurrir de las interpretaciones.

viernes, julio 24, 2009

Los cines, esos viejos refugios en vías de extinción (Carlos Boyero)

Artículo completo aquí, identificación personal esta:

(...) en los que ejercerían vocacionalmente de asesinos en serie contra gente tan lamentablemente educada (...)

lunes, marzo 02, 2009

La espectadora

Carmen fue la primera en entrar en la sala. Ocupó, como de costumbre, uno de los asientos laterales, lado izquierdo. A la mayoría de espectadores le gusta ocupar los asientos centrales de mitad de la sala hacia atrás porque suponen que son los mejores para ver una película. A ella le gusta verlas y sentir que forma parte de ellas, por eso necesita estar lo más alejada posible del resto de personas, para que no le hagan consciente de que, en realidad, está en una sala de cine y no en la historia. Por eso cuando una pareja de hombres se situó justo detrás de ella se inquietó y no dudó en levantarse y cambiar de asiento. Recogió sus cosas y se situó en la misma fila pero en la butaca situada en el extremo opuesto. Aprovechó para echar un vistazo a la revista que había cogido en la taquilla del cine y leer algo sobre los estrenos del mes. De pronto su atención se distrajo cuando empezó a escuchar con total claridad una historia relacionada con no sé qué herencia y follones de familia. Se giró y contempló a dos señoras de unos sesenta años que mantenían una animada conversación. Estaban sentadas dos filas más atrás de la suya, centradas, pero podía escucharlas sin ningún problema. Se alertó. Por experiencia sabía predecir, con buen porcentaje de acierto, el comportamiento de los espectadores durante la proyección y esas mujeres tenían un elevado potencial de parloteo. Pensó en volver a cambiar de butaca pero se reprimió con aquello de que todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario. Las dos mujeres, mientras tanto, habían cambiado de tema. Por lo visto una de ellas había decidido devolver la falda que había comprado el día anterior en las rebajas. No es que no le gustara, es que no le convencía. Carmen prosiguió la lectura de la revista cinematográfica.

En los minutos siguientes hicieron entrada en la sala, por orden, un hombre de aspecto abatido que se situó en la última fila entre el centro y el extremo derecho, un señor de unos cuarenta años con gesto circunspecto que se sentó en la fila de las mujeres de la herencia y la falda a tres plazas de distancia a su izquierda y una señora muy puesta y arreglada que se situó en la fila de delante de Carmen muy próxima a su posición. Las luces de la sala se apagaron. En pantalla la empresa propietaria de los cines se anunció como el paradigma del ocio. A Carmen esto le resultó absurdo ya que, se interrogaba, para qué se anunciaba la empresa ante aquellos que ya estaban haciendo uso de ella y sabían lo que esta podía ofrecerles. Películas. Le molestó más, sin embargo, que en el anuncio salieran unos espectadores que reían y hacían comentarios mientras señalaban con sus manos hacia la pantalla. Después siguieron tres anuncios de alguna ONG que pedían dinero para causas como el hambre o la exclusión social, uno de una caja de ahorros que a través de su fundación presumía de estar conservando, junto con el gobierno, un parque natural lo que, por lo visto, era su lado humano y tres trailers de películas de la misma productora de la película por la que Carmen había pagado la entrada. Quince minutos después de la hora anunciada se inició la proyección.

Cuando los primeros títulos de crédito aparecieron proyectados en pantalla Carmen vio que aparecían un tanto borrosos. ¡Mierda! exclamó su cerebro. Ya estamos. Otra vez no han enfocado la película. Salió corriendo de la sala y buscó a algún responsable que pudiera solventar el problema. Vio a un joven, de reciente pasado adolescente, que vestía con la camiseta identificativa de los trabajadores del cine y le puso en conocimiento del inconveniente. Ahora mismo me paso, le contestó. Carmen volvió a la sala. En el momento de su entrada adivinó el nombre del director en pantalla. Y se inició la acción. La primera secuencia se desarrollaba en el interior de una casa. Las mujeres situadas en los asientos centrales dos filas detrás de la de Carmen se asombraron al contemplar el lujoso escenario. Qué bonito, decían, fíjate en esos muebles de diseño, anda que no tienen que costar. Carmen se giró de inmediato hacia ellas que, a su pesar, no fueron conscientes de la mirada reprensora. Y qué jarrón, sentenció una de ellas. El hombre de aspecto circunspecto carraspeó notoriamente y ellas le ofrecieron un caramelo. Lo rechazó incrédulo. La puerta de la sala se abrió y Carmen vio cómo el joven de reciente pasado adolescente con la camiseta identificativa de los trabajadores del cine se asomaba durante unos instantes y se retiraba. Carmen supuso que unos segundos después vería cómo la imagen se ajustaba hasta quedar enfocada pero pasaron tres o cuatro minutos y aquello no mejoraba. Los cuerpos se percibían entre una ligera bruma, la fotografía no era la aclamada por los críticos y los primeros planos delataban la falta de detalle. Nerviosa se levantó del asiento y volvió a salir. Miró hacia un lado, luego al otro y nada. Hasta que vio al joven de reciente adolescencia salir del servicio hurgándose el agujero derecho de la nariz. Cuando el resultado de sus pesquisas iba camino de la boca Carmen le detuvo. Disculpe, dijo, la película de la sala cinco sigue desenfocada. Pues yo la he visto bien, acertó a responder él. ¿Cómo? Pero si se ve borroso, insistió Carmen. Pues yo la he visto bien, repitió de nuevo. Carmen utilizó una vez más su intuición. No había mucho que hacer. Si él la veía bien la veía bien y eso era indiscutible. La percepción de la realidad dependía en este caso del interés que se tuviera en ella. Desistió. Si seguía con esa conversación corría el riesgo de perder el hilo de la trama. Farfulló algo y volvió hacia la sala. Conforme entraba el hombre de aspecto abatido salía. Carmen pensó que menos mal que alguien más reaccionaba. Ella ya había hecho lo que tenía que hacer. Que peleara otro. Volvió a su sitio.

¡Ay! Ese abrigo es igualito al de... Carmen no llegó a descifrar el nombre de esa persona cuyo abrigo era igual que el de la protagonista en opinión de una de las dos mujeres situadas en los asientos centrales de dos filas más atrás. El hombre de aspecto circunspecto carraspeó otra vez. Sin tiempo de reaccionar impactó en su brazo derecho un caramelo. Acto seguido una voz de mujer alababa sus virtudes para aclarar la garganta adornadas por ese sabor a miel que lo hacía irresistible. Y lo siguiente que esa voz de mujer pronunció fue una queja por la mala educación del señor, ya que no le había dado las gracias.

Carmen, una vez hubo fulminado de nuevo con su mirada a las mujeres del caramelo de miel, cayó en la cuenta de que el hombre de rostro abatido ya había vuelto a la sala pero que la imagen seguía igual. Suspiró. Concéntrate, al menos intenta centrarte en la historia. Ya la verás en DVD si te gusta, se consoló. Y entonces disfrutó de unos instantes, quizá incluso un minuto, de verdadero silencio. Los únicos sonidos y conversaciones procedían de los altavoces Dolby Surround de la sala. Craujjjj crajjj crasszz fue lo siguiente que escuchó próximo a ella acompañado de un toma uno, es que están buenísimos. El hombre de aspecto circunspecto había cambiado ya de sitio pero sus antiguas vecinas no fueron conscientes de ello hasta que la pregunta ¿a que está bueno el caramelo? no recibió respuesta. Qué tipo más raro, pensaron en alto. Carmen siguió el ejemplo del hombre de aspecto circunspecto y decidió avanzar unas cuantas filas para ver si con la distancia dejaba de escuchar a las mujeres cuyo riesgo de parloteo había predicho con tanto acierto. Ahora la pantalla quedaba demasiado cerca pero era un sacrificio que estaba dispuesta a realizar para alcanzar cierto grado de concentración cinéfila.

Carmen escuchaba ahora algo más apagada la voz de las dos mujeres que, aún así, seguían taladrando su concentración con un continuo sonsonete. Trató de abstraerse y focalizar su atención en la película. Eso hizo que fuera consciente de que ¡la banda sonora suena como un coro de borrachos! Lo que me faltaba, está rallada. Cualquiera le explica al mocoso ese que Riiiiiingggg Riiiiiingggg Riiiiiingggg Riiiiiingggg. ¿Sí? Hola, estoy en el cine. Dime. Sí, sí. Bueno, no lo sé. Mira el precio porque si no ya lo cojo yo en la carnicería cuando vuelva a casa. ¿Cómo? Es que la película está muy alta. ¿Y usted qué mira? Nada, una mujer que se me ha quedado mirando. Una maleducada. Te dejo que parece que va a pasar algo interesante. Bueno, un poco aburrida. Adiós.

¡Y ahora la señora muy puesta y arreglada! Carmen se hundió en la butaca. Quizá así, con la cabeza situada por debajo del respaldo de la butaca Groooojjjjjjjj Friiiiiiizzzz Groooojjjjjjjj Friiiiiiizzzz Groooojjjjjjjj Friiiiiiizzzz. Carmen, abatida pero rabiosa, se asomó y miró hacia atrás. La sala estaba en penumbra, apenas podía distinguir de dónde procedía aquel sonido gutural que lo invadía todo. La luz de la proyección se intensificó y Carmen localizó la fuente sonora en el espacio ocupado por los dos hombres que se habían sentado detrás del que había sido su primer sitio. Uno de ellos cabeceaba mientras dormitaba y el otro le contemplaba sonriente. ¡Dios mío! ¡¡Es increíble!! ¡¡¡No me lo puedo creer!!! Carmen se levantó, caminó por el estrecho pasillo de su fila, cruzó la sala, contempló cómo el hombre de aspecto circunspecto negaba con la cabeza y avanzó hasta llegar donde se encontraban el durmiente y el sonriente. La escena discurrió de la siguiente manera. Carmen se dirigió al sonriente: Oiga, ¿podría despertar a su compañero para que deje de roncar? El sonriente, sin perder su sonrisa, respondió: Pero mujer, déjele echar una cabezadita, no sea así. Una de las dos señoras, sí, las del caramelo de miel, la admiración por el lujoso hogar de la película o los follones de la herencia, intermedió: ¡Qué susceptible! Por unos ronquiditos de nada. Carmen asumió la derrota y se retiró, no sin antes darle un leve empujón al durmiente que, desorientado, miró hacia su compañero sonriente, hizo una mueca resignada y volvió a dormirse. Ya me paso luego por la carnicería, no te preocupes, fueron las palabras con las que la señora muy puesta y arreglada recibió a Carmen al llegar esta a su sitio. Permaneció de pie unos segundos con mirada suplicante. ¡Siéntese! le espetó una de las mujeres de más atrás.

La sangre de Carmen bullía en sus venas como un vendaval que todo lo arrasa. Su cabeza era una olla a presión, ¿qué película era la que había ido a ver?. Pensó que era un buen momento para recuperar las enseñanzas de las clases de yoga. Trató de imaginar un espacio abierto, el trigo balanceándose al compás de un viento cálido y suave. ¿Qué tal si se dejaba caer sobre un colchón de agua? Qué sensación tan agradable, sentía cómo le arropaba Piroró piroró piroró po, piroró piroró piroró Pero ¡qué demonios pintaba Mozart en todo esto! Se incorporó de inmediato. El hombre de aspecto abatido atendía una llamada en su teléfono móvil. Sí, sigo en el cine. ¿Sí, sigo en el cine? Eso quiere decir que antes no había salido para... Y ahora, ¿por qué no sale? ¡¡Ya está bien!! Carmen compartió con el resto de la sala su desesperanza. ¡¡Ya no puede una ni ver una película en paz!! Desde el fondo de la sala le chistaron con convicción. El hombre de aspecto circunspecto seguía negando con la cabeza. El sonriente dejó de sonreír, el durmiente despertó desorientado y se quejó de que le perturbaran el sueño. Carmen no vio cómo un señor con una camiseta identificativa de los trabajadores del cine corría hacia ella que seguía quejándose amargamente. Tranquilícese señora o tendré que invitarle a salir de la sala. Pero, ¿cómo dice? La mujer muy puesta y arreglada terció. Eso, tranquilícese, que menuda tarde nos está dando. Carmen no pudo contenerse y caminó con paso impetuoso hacia ella. Cuando estaba a punto de abalanzarse el señor con la camiseta identificativa le cogió del brazo y la arrastró hacia la salida entre los gritos y aplausos de todos los espectadores, a excepción del hombre de aspecto circunspecto que seguía negando con la cabeza.

La sentencia del juicio, que tuvo lugar cinco años más tarde, definió el comportamiento de Carmen como “inadecuado, provocador y molesto” para el resto de espectadores que habían asistido a aquella proyección. Quienes allí habían estado aquella tarde, incluido el joven de reciente pasado adolescente, testificaron en su contra. Sólo el hombre de aspecto circunspecto negó cualquier acusación, aunque también negó que se llamara tal y como figuraba en su DNI. Carmen fue castigada con una multa de elevada cuantía y condenada también a no poder acudir a una sala de cine durante dos años, que fueron siete al haber tenido que acatar una prohibición preventiva durante los cinco años que tardó en celebrarse el juicio.

© Carlos Pérez Cruz

miércoles, septiembre 24, 2008

Imbéciles

Desde hace unos años asisto aterrorizado (siento no exagerar) a la derrota del silencio frente al ruido. Derrota en muy diversos ámbitos, por supuesto, pero en esta ocasión me voy a centrar en la derrota en el Arte (aunque todas las batallas pertenecen, en el fondo, a la misma guerra). No logro entender las razones que han llevado a una progresiva contaminación acústica en las salas de cine, teatros, auditorios, etcétera. Hace tiempo que saqué pañuelo blanco y me entregué. No hay nada que hacer.

Asisto en X (da igual la geografía, en Iberia el resultado es el mismo o sólo peor) a una proyección vespertina de Vicky Cristina Barcelona de Woody Allen. Apenas estamos unas treinta personas en una sala de enorme capacidad. Desde el primer segundo de proyección una pareja (hombre y mujer) de unos sesenta años de edad (cálculo mental meramente aproximativo) conversa y comenta ya cada plano de la película. Tras dos o tres minutos de cortesía mi pareja se gira (yo, insisto, admití hace tiempo mi derrota), les ruega educadamente que dejen de hablar y vuelve a girarse para recuperar la posición inicial. En ese volver a la posición la pareja retoma su animada (profundísima e inaplazable) conversación. Nos batimos en retirada a un lateral de la platea. Derrota.

Este episodio me llevaría a remorar otras memorables batallas perdidas recientes (el adolescente que se descalza, sorbe ruidosamente su vaso ya vacío de una bebida gaseosa de cola y atiende al teléfono móvil durante la proyección de El Caballero Oscuro o el joven mexicano - inconfundible su acento - que canta y le (nos) anticipa con su imaginación cada escena a su subyugada novia o presa de la noche durante el último Indiana Jones) o no tan recientes (el hombre polaco - inconfundible su acento - que atiende el teléfono móvil durante la proyección de Zatoichi, el joven - adolescente mental, sin duda - que se descojona con el tiro en la cabeza de una película de ambientación en el Holocausto o las muchas señoras ociosas que han confundido, confunden y confundirán la sala de cine con la cafetería en la que se ponen al día del tomateo sociotelevisivo en innumerables proyecciones).

Después de asistir a la proyección de la mencionada película de Allen acudimos en la misma ciudad (la ciudad X) a la actuación de la cantante Estrella Morente. Es en la plaza de la Catedral de la citada localidad. Las conversaciones en voz alta, las animadas y elevadísimas (el ruido musical así lo exige) charlas telefónicas (¡¡¿¿Cómooooooo??!! ¡¡No te oigoooooo!!) y, sobre todo, las muy documentadas opiniones sobre lo que se escucha (dicen que la presunción es sagrada) me impiden no sólo entender las letras sino escuchar la música (sobre todo cuando es más piano que forte). Podría explicármelo por la gratuidad de la plaza, por ser ésta un espacio público, pero está mal engañarse. La película de la tarde era de pago y el equivalente de contaminación acústica estaba en clara equivalencia con el de la masiva presencia de espectadores (¿?) del concierto.

¿Qué significa el Cine para la gente (ese ente)? ¿Y la música? ¿Alguien puede decir, sin temor a ser cazado en su mentira, que ha escuchado un concierto o visto una película si no ha prestado atención alguna? ¿Qué tipo de experiencia busca el personal en estos acontecimientos? Porque es imposible profundizar en lo que sucede, en lo que la película te cuenta, imposible viajar (espiritual, física o emocionalmente) en el tiempo y en el espacio con la música, dejarse embriagar por las armonías que salen del escenario. Porque yo lo intento y no me dejan, ¿cómo va a conseguirlo quien ni siquiera pone de su parte? Da lo mismo, acudimos al cine, al teatro, a los conciertos como si de un bar de copas se tratara. Nos convertimos en protagonistas del espectáculo cuando ¿no deberíamos ser los espectadores? Es la cultura del "hilo de fondo", el Arte sólo es la guarnición de nuestro expléndida condición de seres sociales, de nuestra profunda existencia, el decorado de las muy interesantes e inaplazables conversaciones. Y luego dicen que las personas se comunican cada vez menos. Quizá tengan razón porque yo quiero decirles que son unos imbéciles y no se lo digo. Guardo silencio.

martes, enero 22, 2008

Deseo... ¡peligro!

El príncipe se aburre. Compro "El País" y me encuentro con el siguiente titular: El príncipe se aburre viendo 'Deseo, peligro'. No sólo invierto mi dinero, como español inversor del Estado Monárquico, en que mi príncipe vea películas que le aburren sino que invierto un Euro de mi salario en comprar un periódico que me informa de la opinión del futuro monarca (si Dios no lo impide) acerca de la última peli de Ang Lee. A mí le peli no me entusiasmó tanto como a determinados críticos, pero supongo que si a mí la opinión de don Felipe me trae sin cuidado ni me imagino la consideración que de mi opinión puedas tener tú que estás leyendo esto (por cierto, ¿por qué?).

Pero más allá de que al príncipe no le guste la peli (vista, por cierto, en gloriosa versión original subtitulada, algo que "El País" utiliza como "descargo" (¡¡!!) del aburrimiento de don Felipe) lo que me preocupa tras leer la noticia (breve, gracias) es que el príncipe opinara (dirigiéndose a su esposa) que menudo rollo... ¡durante la proyección de la película! Es decir, el príncipe se otorga los reales de opinar durante una proyección, es decir, de hablar en alto, es decir, de no respetar el silencio que toda proyección requiere en los manuales del respeto. Vamos, que es un maleducado. ¿Cuál sería el volumen en el que emitió su veredicto? ¿O es que la casa real emitió un comunicado con la opinión emitida durante la película, en susurrante actitud, a su esposa?

Nos quedamos solos. Aquellos que todavía escuchamos en silencio la música y contemplamos con todos nuestros sentidos el cine. ¿Con qué autoridad podré reclamar silencio en la sala si no es a costa de violentar los reales derechos del personal a opinar en alto?

sábado, octubre 14, 2006

Sin noticias de Pérez (IV b)

Y ahora piensa que en vez de en un campo de fútbol estás en el Recinto Ferial de Jaén en plena Feria de San Lucas. Y en vez de 90000 enfervorizados y coléricos seguidores de fútbol te ves rodeado de cientos de almas bañadas en pilicrín* (te das cuen). Notas que tu cuerpo se restriega entre cuerpos sudados que se mueven de forma extraña. Unos en pareja, agarrados con el brazo por encima del hombro ajeno mientras una mano sujeta el pilicrín, otros en solitario (los más). ¿Qué les pasa? ¿Por qué parecen zombies? ¿Por qué tienes la sensación de que quien se inclina ante tí no te reverencia sino que amenaza con verter el pilicrín ya filtrao sobre tus pies?

En ese momento retiras inocentemente uno de los tapones de tus oídos y sientes una fuerte sacudida que te balancea el cuerpo. Te has convertido en uno de ellos. Es una fuerza sobrehumana que revoca en tu estómago y se apodera de ti hasta hacerte suya. Pero eres más fuerte y consigues sobreponerte. El tapón vuelve a su oreja, no sabes cómo, y, por arte del sentido común, te conviertes en el rey de la fiesta. A partir de ese momento bailas al ritmo de la única música que existe (el pulso de tu corazón) y los órganos vitales permanecen intactos, listos para volver Camino Soria sin haberte dejado el hígado y el oído en el intento.

*pilicrín

Sin noticias de Pérez (IV)

Te propongo un ejercicio. Imagínate que estás en medio de un estadio de fútbol con 90000 personas gritando. Imagina que es el Bernabeu o el Nou Camp y que las 90000 odian al equipo rival. Ves la ira en los ojos de 90000 energúmenos que, además, no tienen valla que los detenga. Tu eres ese equipo. ¿Acojona eh?

Ahora imagínate que estás en medio de ese campo de fútbol con 90000 personas que te odian gritando cual energúmenos y con los ojos inyectados en sangre. No hay valla que te separe de ellos pero... ¡te has puesto unos tapones y no oyes nada! Imagínatelos... imagina... piensa en ellos gritando pero sin que los oigas. Imagínatelos levantados de sus asientos con gesto violento hacia ti... y tu no oyes nada. ¿No están ridículos? Son como bailarines sin música. En ese momento puede que empieces a descojonarte.

Y entonces será mejor que salgas corriendo.

jueves, octubre 12, 2006

Sin noticias de Pérez (III)

¿Quéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee diceeeeeeeeeeeeeeeeessss?

El recinto ferial de Jaén (más bien Jaén entera) y su feria son unas fiestas pensadas para fomentar el uso del sordomudismo. ¿Quién mejor que un sordomudo puede disfrutar de las casetas de baile? Bailar pueden bailar (todos lo hacen y no saben muy bien ni cómo ni por qué) y como hablar no se puede (en el sentido vocal del término) tienen ventaja en la capacidad de comunicación.

Lo de comer es algo más sosegado. Aunque uno tiene la sensación de a) siempre está puesta la misma canción (y olé) y b) ¿dónde está el bingo? (¡el 1913!.... ¡¡¡el 1913!!!... ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡el1913!!!!!!!!!!!! ¡¡¡coño!!! (esto último de cosecha propia)).

P.D. Javier Marías que estás en la tierra. ¡Qué razón tienes!

P.D.2 Jaenita, bienaventurado tu y tu enfermad... líbranos del mal. Amén.

Sin noticias de Pérez (II)

No hubo Ferial. ¡Botellón, botellón! Me lo temía. La importación (de todas partes) se impone (en todas partes). ¿Ferial? Colateral. El "uncha uncha boom boom" agredía en la distancia. Hoy sí toca, en su versión diurna.

¡Botellón, botellón! En un principio acongojado, después impactado, deprimido, envejecido... ¿Cuál es la gracia de la cosa? Nada por aquí, nada por allá... ¡estoy ciego! (en el sentido visual de la palabra, nadie se lleve a engaño).

Si no fuera porque entre la masa reconozco gente con cordura mi depresión sería mayúscula. ¿Qué sentido tiene todo aquello? ¿Es el botellón la movilización juvenil del siglo XXI? ¿Se me escapa algo?

P.D. Me temo que la movilización juvenil no incluye conciencia ecológica. A estas horas las bolsas no deben volar. Es el peso del alcohol.

P.D.2 Solidaridad con el vecindario.

P.D.3 ¿Lo puedes oír? Es el sonido de la paja... mental. Dormid benditos.

jueves, junio 29, 2006

Cine sin hadas

Qué triste panorama el del cine en este país. Cada día desaparecen más salas del centro de las ciudades. Ayer mismo, aquí en Jaén, tuvimos que acercarnos a uno de esos horribles centros comerciales para poder ver una película. Ya comenté aquí que la cartelera jienense es desoladora y que la única película no USAmericana y hollywoodiense era "La Educación de las Hadas" de José Luis Cuerda.

Cada vez que tengo que entrar en uno de estos centros comerciales (muy pocas veces, por suerte) siento la misma sensación. Es como el Museo del Capitalismo. Calles sin cielo llenas de reclamos comerciales a izquierda y derecha (incluso en el cielo, si me apuras) donde decenas de personas invierten ¡horas incluso! en comprar... a veces sólo en mirar (¡¿Qué demonios tiene eso de divertido?!).

Pero al grano. El cine, una de esas multisalas impersonales, estaba dentro del recinto y en su cartelera la película USAmericana de moda* (¿hace falta que la mencione?), un par de pelis de relleno (quizá de terror una y melosa la otra) y nuestra elegida, "La Educación de las Hadas".

Ya sólo el aspecto lánguido, triste y apático de quien corta las entradas invitaba a la depresión, pero es que los pasillos estaban llenos de invasivos posters de pasadas y futuras películas proyectadas o por proyectar por supuesto, todas ellas, de cine USAmericano. Esa es una de las sorpresas de los emporios del capitalismo, que aunque ofrezcan más cantidad es más cantidad de lo mismo. Así que seis salas no significan diversidad sino unidireccionalidad de criterios. O falta de ellos.

La sala era fría, ni siquiera te acogía con algo de música sino que podía escucharse hasta el propio aliento. Unas luces blancas, fluorescentes, que no sólo acompañan la espera sino que agreden durante los títulos de crédito (¡¡las películas acaban cuando terminan!!). Y lo que es peor, una deficiente insonorización que permitía disfrutar de dos películas a la vez, la elegida y la del vecino (la ya mencionada no mencionada*).

Por supuesto todo esto hay que condimentarlo con la conversación habitual de algunos espectadores presentes (nunca falla, aunque en la sala no se llegue ni a la decena de espectadores) o el habitual consumo de palomitas y demás chucherías contenidas en unas bolsitas que no se caracterizan por su Fujitsu**. Pero a esto ya le he dedicado mala leche impresa en otras ocasiones... y no dudo que volveré a hacerlo. Semos así.

Lo dicho. Qué triste panorama. El cine a los centros comerciales y a esperar que de vez en cuando se les cuele algún infiltrado en forma de cine de calidad. Y es que los cines se han convertido en las hadas de los cuentos que ya no se cuentan, fantasías del pasado. Son las cosas de la globalización unidireccional.

* Por si alguien lee esto mucho tiempo después de haber sido escrito (Risas) recuerdo que se trata/ba de "El Código Da Vinci" (¡ah sí, ¿te acuerdas la que se montó?)
** Por si alguien lee esto mucho tiempo después de haber sido escrito (Risas) recuerdo que "Fujitsu" anunció sus aire acondicionado como sinónimo del silencio.

miércoles, junio 21, 2006

¡Esto se hunde!

No, tranquilos, no. No me refiero a España... ¡se hunde mi casa! Hace diez minutos ha comenzado la debacle de cada verano. Es más, con la llegada del verano, hoy mismo, ¡¡han llegado las obras vecinales!! Es un clásico (me río yo de Mozart). No hay verano que una obra no joda la hora de la siesta o las últimas del sueño nocturno.

Tendríais que ver la cara de la pobre Sue. De semejantes ostias que están metiendo creo que se le ha pasado el celo. ¡Se viene abajo mi casa! Y encima cuando estaba grabando uno de mis programas...

¿Qué significa todo esto? A) Ya no puedo grabar (a no ser que incluya la percusión como instrumento de locución) B) Ya me han jodido el trabajo por hoy C) Me estoy empezando a poner de mala ostia D) ¿Significan las obras que mañana a las 8 seguirán destruyéndolo todo? D) Como así sea iros preparando para unos textos realmente violentos en este blog de aquí en adelante E) Quizá llame al Ayuntamiento a ver si los cabrones tienen licencia de obra.

Confirmado. Hoy es el solsticio de verano. Aquí el verano se ha retrasado un par de horas. Ha llegado a las 16 horas y 37 minutos.

domingo, mayo 28, 2006

Silletas en el Auditorio

El Surrealismo nunca morirá. Aunque su referente artístico pueda tener periodos de altibajo el Surrealismo está presente día a día en nuestras vidas. Sólo hay que estar atento a nuestro alrededor, a nuestras propias vidas en definitiva, para darse cuenta de que el Surrealismo es el auténtico motor de nuestro existir.

La banda de música "La Pamplonesa" se estrenaba ayer en el Auditorio Baluarte de Iruña - Pamplona. Estrenaba presencia en el mayor escenario navarro y estrenaba también traje (la corbata digna de un representante de vinos tintos de Navarra). Concierto como cierre del Primer Congreso del Encierro (del cual ya diserté ampliamente post atrás). Entrada gratuita y programa con dos partes claramente definidas: popular y música para banda. Si una partitura se fuera borrando por el uso algunos papeles serían utilizables de nuevo. Pero en fin, al grano.

La primera parte transcurre entre intensos aplausos (sin duda la acústica reverberante ayuda a la expansión de los mismos). Aparente normalidad menos en un detalle no menor. Un pequeño ser humano de aparentemente pocos meses o años acompasa a la banda con gritos y lloros. De habitual, cuando eso pasa, la madre o padre del pequeño suele coger al pequeño y sacarlo del recinto. Pero no parecía que eso sucediera a tenor de los prolongados gritos y lloros en el tiempo. El director de la banda se gira en plena dirección de una de las obras pero a pesar de su intimidante mirada, doy fe, nadie parece darse por aludido.

En el descanso me acerco a una de las bocas de entrada al escenario. Allí se encuentran asomados el presidente de la banda y un trabajador del Auditorio. El trabajador, comunicado mediante auriculares y micrófono, se pone en contacto con una azafata de la sala para que baje hacia la zona de la que procedían los gritos y lloros y comunique a la parentela que es preciso que actúen en caso de gritos y lloros para no impedir el correcto desarrollo y audición del concierto. Asomo mi mirada por el hueco de la puerta de acceso al escenario y me encuentro con el purito Surrealismo en forma de silletas de bebé entre las sillas del público. ¡Silletas de bebé en un Auditorio! Las entendería en un congreso de bebés pero... ¡¿en un concierto?!

La azafata se acerca a una madre, la "propietaria" del presunto sospechoso de la primera parte. Se le conmina a subir a la parte alta del auditorio para no molestar al resto de espectadores y a la banda y que, en caso de que su criatura vuelva a proferir gritos y lloros, lo saque del recinto. En medio del atasco de silletas ella permanece firme en su silla sujentando al niño en brazos. Con tono y cara chulesca se niega y pregunta: "Si me estás echando dímelo". ¡Señora, nadie le echa! Dirige su mirada a nuestros incrédulos ojos y, sin mediar palabra, nos lanza un reto... de aquí no me muevo. Y no se movió.

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