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viernes, febrero 26, 2016

Exaltación de la mediocridad

Todos podemos intuir qué es una feria como ARCO, al igual que sabemos que los festivales de verano son a la calidad musical lo que Cadena Dial a la música española. Sin embargo, la reacción ante una feria como ésta tiene valor de representatividad: cómo somos. Amigos de la chanza y el jolgorio, nos refocilamos ante las excentricidades a precio de paraíso fiscal, mientras ignoramos lo que de bueno pueda haber en la feria, que haberlo lo habrá. Es decir, ponemos el zoom del cachondeíto en lo ridículo e ignoramos lo que de verdaderamente creativo pueda haber. No es muy diferente de cualquier otro ámbito cultural: la energía que dedicamos a lo chusco y paródico se la quitamos a la belleza, pura y simplemente. También en periodismo, claro, donde preferimos sentarnos frente al televisor a ver los excrementos verbales de Marhuendas e Indas para alterarnos ociosamente, en vez de concentrarnos en premiar con nuestra atención a quienes simple y llanamente se dedican a hacer algo tan difícil en estos tiempos: su trabajo. Apreciar lo bien hecho requiere un mayor esfuerzo que dejarse llevar por las oleadas de mediocridad y mal gusto. La recompensa, eso sí, es infinitamente mayor.

Carlos Pérez Cruz

domingo, noviembre 15, 2015

Ellos, los otros

Cuando se ha anunciado un minuto de silencio por las víctimas de los atentados de París, he sentido incomodidad. Los gestos, también los bienintencionados -especialmente esos-, conllevan siempre un posicionamiento, aunque sea inconsciente. Nadie de buen corazón se opondría a la solidaridad con las víctimas de una barbarie como la vivida en París el pasado viernes. No cuesta nada levantarse durante un minuto, guardar silencio y, en la medida de lo (im)posible, tratar de empatizar con el horror que uno nunca imagina para su vida. Siempre es bueno ponerse en la piel de los demás, mostrar empatía. El problema llega cuando los demás se convierten en los otros, cuando el nosotros implica un ellos, cuando decidimos por quién doblan las campanas. 

Como bien me ha recordado un compañero, la humanidad siempre se ha unido en torno a la tribu. Pero, ¿quién conforma exactamente esa tribu? Por definición, la tribu es excluyente. ¿Dónde quedan dibujados los límites de la misma? ¿Dónde el nosotros se desdibuja en un ellos? ¿Por quién guardar y por quién no un minuto de silencio? En la alocución por megafonía se han referido en exclusiva a las víctimas de los atentados de París, no a las de Beirut del día anterior o a las del avión ruso caído en Egipto o a las de Bagdad o a las de Palestina o a las de Siria o a las de Ankara o a las de Yemen o a las... ¿Por qué sí con las de París? ¿Cuál es nuestro nexo común con ellas y no con las otras? ¿Existen víctimas tolerables? Hasta donde hemos sabido, en París han muerto o caído heridas personas de orígenes geográficos muy diversos, entre las que intuyo además habría cristianos, musulmanes, judíos, agnósticos, ateos... ¿Habremos guardado silencio por europeos? 

¡La Europa de los valores! Escucho discursos que hablan de su defensa, de la democracia, se refieren incluso al "sistema que nos hemos dado" atacado por quienes desangraron París el viernes. Evidente: todos esos valores, la democracia, el sistema que "nos hemos dado", han sido atacados y lo menos que se puede decir de los asaltantes es que son unos bárbaros, unos desalmados (y de ahí para arriba hasta el exabrupto). Pero, ¿qué valores han atacado? ¿Son universales? ¿Somos Europa y sus valores cuando sostenemos dictaduras y comerciamos con ellas? ¿Cuando les vendemos armas? ¿Cuando aceptamos paraísos legales para negar el derecho de defensa? ¿Somos Europa al bombardear otros países? ¿Cuando abrimos en ellos vacíos de poder en los que se cimentan horrores como el Daesh? ¿Son menos víctimas del horror y la barbarie sus víctimas? ¿Somos Europa al internar en campos de concentración a quienes huyen del terror? ¿Al levantar vallas delante de familias exhaustas después de miles de kilómetros a pie? ¿Esos son nuestros valores? ¿Es por ellos por lo que lo hacemos? Hablar de defender "el sistema que nos hemos dado" y "nuestros valores" es tanto como aceptar las muertes de miles de civiles o la imposibilidad de una vida digna para millones de personas. Porque seamos conscientes: lo hacemos en defensa de todo eso. Si lo aceptamos -es decir: si les votamos, si no hacemos manifestación pública de nuestra oposición, si aceptamos la desigualdad...-, ¿no deberíamos a empezar a asumir las consecuencias de nuestros actos, por acción y por omisión? 

Le preguntaba ayer Enric González en París a un "taxista musulmán" por sus sentimientos después de los atentados; pregunta respondida con otra pregunta: ¿Me lo pregunta como taxista, como parisino o como árabe? No es gratuita su suspicacia, establece categorías de sospecha consolidadas en nuestra Europa de los valores. En ella, no es lo mismo un cristiano que un musulmán, un rumano que un francés, un gitano que un payo. La condición humana es inclusiva; lo demás, exclusiones tribales. En Europa, la libertad, la fraternidad y la igualdad tienen reservado el derecho de admisión. No es para ellos.

Carlos Pérez Cruz

sábado, septiembre 26, 2015

Visca la independència!

No sabría explicar de dónde me viene mi filiación culé, sí mi pasión por la radio. Imagino que ser hijo de periodista radiofónico explica lo segundo –aunque no necesariamente un hijo siga los pasos de su padre-, pero para lo primero no encuentro explicación racional. Desde crío soy del Barça sin que nadie me lo propusiera ni indujera, no había en mi entorno una pasión fubolera ni el ambiente estaba tan saturado de fútbol como hoy. Compraba el Sport o El Mundo Deportivo –mis primeras referencias de prensa-, aunque mi madre se empeñara en el Marca, “porque se vende más”. 

La radio le fue como anillo al dedo a mi pasión culé. La Onda Media (AM) -¿sabrán los más jóvenes de qué les hablo?- hacía llegar los rebotes de señal desde Catalunya de alguna emisora de COM Ràdio y así, entre idas y venidas de la cobertura, seguía los partidos de fútbol de mi equipo y escuchaba y practicaba mi primer catalán. Más tarde llegó internet, y ahora uno puede escuchar la radio catalana donde quiera, lo mismo que otro muchos medios de lenguas y regiones remotas. En eso se ha perdido algo el espíritu de arqueología de la señal que nos brindaban las frecuencias radiofónicas. Me gusta la sonoridad del catalán, lo practico en la intimidad -a veces en público- y siempre en los cajeros, donde elijo la opción “en català” (¡Eh! Nadie busque en ello la analogía catalán-pasta…). Sea como fuere, siempre he tenido una cierta afinidad hacia lo catalán –signifique esto lo que signifique. ¿Simple curiosidad?-, aunque lamentablemente mi conocimiento de Catalunya sobre el terreno es muy limitado, no tanto de Barcelona. 

Siento una aversión natural por las emociones patrióticas –la patria es un sentimiento-. Respeto las emociones personales (es inútil discutir de emociones), pero las colectivas suelen resultar coercitivas, coreografías de la intimidación sobre una fuerza fundamentada en la unanimidad uniformadora. Soy español y navarro porque el actual ordenamiento administrativo denomina de esa forma a mi región de nacimiento y residencia, pero ni ser español ni navarro me definen en modo alguno. Soy español y navarro como mañana puedo ser vasco o teutón en función de cómo evolucionen los marcos administrativos. No me preocupa. No soy ni español ni navarro en términos identitarios, ni mucho menos emocionales. No me siento, como aquella andaluza me dijo sobre Andalucía y España, porque, ¿qué es exactamente lo que siente un andaluz y español por el mero hecho de serlo? Las identidades colectivas tienen mucho de imaginario construido mediante la amplificación de los estereotipos, una manera eficaz de uniformar la diversidad y diluir la disidencia. 

Tengo alergia a las banderas; por eso una vez expliqué que lucía de manera excepcional un pin con la palestina, no por una pasión patriótica sino como símbolo de denuncia de la ocupación y violación de los derechos humanos de los palestinos. Por lo demás, me trae sin cuidado que a aquella región del mundo se le acabe llamando Israelina o Palisrael, siempre que quienes allí vivan lo hagan como ciudadanos de pleno derecho, sin discriminación ni sometimiento por razones de raza y religión (otras de esas grandes patrañas para la exclusión y la dominación). Por eso la bandera de España (la que ahora España utiliza institucionalmente, antes hubo otras), así como la navarra o la catalana, me producen alergia, símbolos que tienen más que ver con la identificación emocional que con la buena o mala administración del territorio. Y es que aspiro a la gobernación justa de los recursos, no a la administración de los sentimientos. 

Este domingo se vota en Catalunya y, según quién te cuente la película, se avecina el apocalipsis o, por el contrario, el paraíso terrenal. Hay muchos matices intermedios, pero la sobreactuación emocional tiene la virtud de ahogar la razón y la mesura. Ni soy catalán ni vivo en Catalunya. Mañana no puedo votar, pero, si pudiera, abogaría sin dudarlo por la independencia. La independencia culmina la autonomía. Mi patria, mi cuerpo. Con la conciencia por bandera.

Carlos Pérez Cruz

lunes, abril 20, 2015

De tragedias y culpas

Compartíamos autobús y se sentaba muy cerca, no pude evitar escuchar sus palabras. Según explicó, España es el único país europeo en el que la sanidad pública atiende a cualquier inmigrante y eso hace que la mayoría venga aquí. Ni siquiera lo consideró una posibilidad estadística, lo aseguró. Intuyo que su muy pío espíritu no se alteró lo más mínimo al decirlo, aunque es probable que su católico corazón se compungiera al escuchar que un grupo de cristianos podría haber sido arrojado al agua por otro de musulmanes en razón de su filiación religiosa. Sucedió en una de esas precarias embarcaciones a precio de crucero del mercado negro (dicho sea “negro” sin ironía alguna), porque en el “legal” sólo les está permitido abanicar turistas. Desembarcaron en Italia, pero a buen seguro buscaban España, donde son famosas sus orgías sanitarias. 

24 horas después de escuchar su certero diagnóstico del gran problema de la sanidad española llegaban las primeras noticias de la gran tragedia (del día) en el Mediterráneo: más de 700 personas habían desaparecido al hundirse la embarcación con la que trataban de llegar al continente europeo. 700 personas, ¡qué barbaridad! Digo personas, aunque soy consciente de que la denominación periodística y política(mente) correcta es la de “simpapeles”, “inmigrantes ilegales” o “ilegales”, a secas. 

700. Setecientas. Con sólo trazar un croquis aproximativo de relaciones familiares, amistosas, de comunidad…, puede uno hacerse a la idea del alcance de la tragedia, una inmensa mancha de dolor en el océano de vidas afectadas. Para los fallecidos el horror acaba con su muerte, pero con ella empieza la tragedia de los vivos. 

Cotidianas como son las muertes en el camino de quienes tratan de huir del hambre, la guerra, la persecución por motivos de raza, sexo, religión, la falta de futuro (y por tantas otras razones de las que ni siquiera somos conscientes), no es la muerte en el mar la que las hace noticia, son los dígitos, la suma de restas humanas; son los números, que no los hechos, aunque sólo por los números a veces nos dé por pensar… o empatizar, aunque sea una empatía de mínimos. Lo que levanta levemente la ceja de nuestras conciencias es la montaña de hombres, niños y mujeres, la suma de cadáveres, la simbólica fotografía de la acumulación de ataúdes para cuerpos que quizá nunca puedan ser rescatados. En nuestra economía de mercado la emoción también se mueve por números.

Impactan los números, no los hechos en sí, y los hechos (con independencia del número de afectados) son el desenlace de una historia, y lo relevante es la historia. Empieza en tierra firme, no en el mar. El ahogamiento es para demasiados el desenlace de una narración que arranca en el continente cuando ven que su vida y la de su familia corre peligro o carece de presente; la decisión era la única posible, o la mejor de las peores, o fue muy mala, pero no le dieron otra, y hubo de tomarla porque si hay un derecho que tiene todo ser humano es el de luchar por su supervivencia, aunque otros la minusvaloren o se arroguen decidir sobre ella. Pero, ¿quiénes son esos otros?

Lo sé, usted y yo no tenemos nada que ver, e incluso tenemos la capacidad de conmovernos y de escribir textos populistas como éste. La autocrítica es un síntoma de la enfermedad europea, acostumbrados por cuestión cultural a proyectar nuestra falsa culpabilidad en lugares y circunstancias sobre las que no tenemos la más mínima capacidad de decisión. ¡Maldito Freud! Nos flagelamos sin necesidad.  

Nada tiene que ver que nuestros gobernantes, en (sin)razón de nuestra seguridad y libertad (que, por lo visto, dependen de la inseguridad y esclavitud de “los otros”), movilicen ejércitos, bombardeen sus pueblos, hagan llegar armas a grupos de dudosa reputación, firmen lucrativos acuerdos con dictadores, renueven materiales a sus policías represivas, blanqueen Golpes de Estado, faciliten el expolio de recursos naturales a grandes empresas de las que, tarde o temprano, formarán parte… Nada podemos hacer, nada de eso tiene que ver con nosotros, claro, tampoco que se llenen de vallas y concertinas las fronteras, que se financien policías de frontera y no de salvamento, que paguemos para que no lleguen y no para que puedan volver... El poder de nuestros gobernantes es, al parecer, una curiosa anomalía del sistema democrático. Nunca nada es culpa nuestra, ni siquiera nuestra ignorancia.

Carlos Pérez Cruz

viernes, marzo 06, 2015

Periodismo VS Activismo (Breves apuntes sobre qué es y qué no es periodismo)

Que asociemos los medios de comunicación con determinados partidos o intereses no es más que la constatación a gran escala de una anomalía, de un fraude profesional y ético. No significa que los órganos de dirección de un medio deban carecer de ideología, simplemente que la información no puede jerarquizarse ni manipularse en función de otros criterios que no sean los meramente periodísticos. 

Puede que determinadas prácticas muy extendidas hayan inducido a engaño, pero un periodista no es un activista, al igual que un periodista deportivo no debería ser nunca hooligan de un equipo. Un periodista no defiende las causas de nadie con el ejercicio de su profesión, tan sólo defiende las propias del periodista. En su vida privada tiene derecho a defender lo indefendible e incluso insultar al árbitro. 

Un periodista ha de preguntar. Que la respuesta pueda ser utilizada a posteriori como arma arrojadiza sobre un proyecto político o causa con la que simpatice no es de su incumbencia. No se miden las posibles consecuencias de una respuesta, se fundamentan los cimientos de la pregunta. 

Que un político se declare públicamente “como en casa” en un medio puede ser a) una ironía; b) una clara señal de alerta roja. La segunda posibilidad se resuelve haciéndole bajar los pies de la mesa con preguntas que nunca le harían en su casa o con las que se liaría una buena. 

No existen periodistas progresistas ni periodistas conservadores, ni fachas, ni rojos, existen periodistas. Apelativos como éstos se refieren a profesionales de otra cosa que muy poco tiene que ver con el periodismo (aunque infinitamente más lucrativa y llamativa socialmente). 

Estimado lector, oyente, telespectador… Un periodista no es “el mejor” por el hecho de que lo creamos afín a nuestra ideología y a unos fines compartidos, así como un crítico no es bueno cuando sirve a los fines publicitarios de nuestro trabajo y malo (además de un “hijo de puta”) porque le pone algún pero. Así como al crítico se le habrá de juzgar por el criterio y fundamentación de los argumentos esbozados, así también al periodista “afín”. 

En caso de decepción con el otrora admirado, hágase, al menos, dos preguntas: ¿Cree que se ha omitido alguna pregunta o dato fundamental? ¿Por qué cree que determinadas preguntas o datos se deberían haber omitido? De la respuesta usted sabrá si lo que busca es activismo o periodismo. 

Carlos Pérez Cruz

lunes, enero 19, 2015

‘Sangre, sudor y jazz’ (y errores y lugares comunes)


Mito y leyenda suelen ser mucho más vistosos que la realidad. Es más literario lo sórdido que lo higiénico, es más cinematográfica la vida disoluta que la rectitud. No es lo mismo una biografía con firma de historiador que un biopic cinematográfico. De la biografía esperamos rigurosidad, fuentes que avalen lo narrado, respeto de los espacios en blanco que, de rellenarse, resultaría un ejercicio extemporáneo de imaginación del autor. Al biopic cinematográfico le suponemos manipulación, entendida como licencia creativa. Salvo que se trate de un documental (lo que tampoco es un seguro de vida de fiabilidad), la biografía cinematográfica está trufada de licencias. 

Del periodismo uno espera rigor. Como suele señalar el periodista Joan Cañete, al periodismo no le hacen falta etiquetas, simplemente ejercerse. ¿Comprometido, humano, social…? No, periodismo. Me da lo mismo que el periodista sea un mal bicho y su medio un nido de fachas, rojos o verdes, lo único que exijo es rigor. Es decir, que se hable con propiedad y los datos sean precisos. Si a eso se le añade una buena gramática, puede aspirarse al Pulitzer. 

A pesar de lo que pueda parecer, la sección de Cultura de un medio no es (no debería ser) el cajón de sastre para que los periodistas de la casa se explayen y rebajen tensiones hablando de sus hobbies. No, la cultura no es un hobby. No desde una perspectiva periodística. La cultura (en sus muy diversas facetas) requiere especialización, y por eso ya es de por sí una quimera ejercer de periodista cultural si se ha de abarcar pintura, música, teatro, danza, cine… La curiosidad por el mundo árabe no le convierte a uno en arabista; ni cantar en la ducha, en una eminencia del bel canto. Por eso, cuando el periodista se enfrenta con lo desconocido, o con lo que conoce vagamente, no está de más coger el teléfono, abrir un libro o incluso consultar internet. 

Me ha pasado a mí y puede volver a pasarme. Recuerdo que se me encargó la necrológica de un músico al que conocía pero no controlaba, del que no era yo el más indicado para escribir. Acepté por razones que omito, por ser íntimas y por resultar irrelevantes para lo que nos ocupa. Un compañero del mismo medio se alteró por las imprecisiones y omisiones que contenía. Hizo bien. Se corrigió y añadió lo que faltaba. Por regla general, no acepto retos para los que no estoy preparado. El océano es muy grande y flotar en el agua no le convierte a uno en Mark Spitz. 

“Sangre, sudor y jazz” es el título de un texto de Pedro Moral Martín publicado en ‘eldiario.es’*, con fecha 15 de enero de 2015. El medio no aclara si se trata de una crítica, de un artículo informativo o de una columna de opinión. El autor se refiere en él a la película “Whiplash”, de reciente estreno en cartelera. Dejando de lado su valoración de la película (apreciación subjetiva de la misma), el texto contiene una serie de errores objetivos y lugares comunes que dejan en mal lugar al medio que lo publica (por falta de revisión del contenido y/o comprobación de datos) y a su autor por las razones que expongo a continuación. 

Para hablar de cine no es necesario ser oyentes de jazz ni conocer su historia, pero para afirmar hechos históricos y situar lugares concretos de la historia del jazz se necesita, al menos, practicar el periodismo. En un solo párrafo se condensan tal cantidad de errores que un redactor jefe iracundo podría haber sentido la tentación de arrojarle al autor un bolígrafo como si de una diana se tratase. El párrafo es el siguiente: 

“En los 50, cuando estaban de moda las jam sesión en Nueva Orleans, un extraordinario batería llamado Jo Jones tiró su platillo directamente a la cabeza de Charlie Parker cuando éste había perdido el tempo de la canción. Parker se levantó y salió llorando. Un año después, Bird hizo el mejor solo de la historia”.


Para empezar, una cuestión lingüística: o las llamamos sesiones improvisadas o ‘jam session’, pero no hibridemos castellano e inglés. Por otro, no sé en qué momento han estado o dejado de estar de moda las jam session en Nueva Orleans pero, si a la que se refiere es a una en la que participaban Charlie Parker y Jo Jones, se le ha disparado la cronología ni más ni menos que dos décadas (el episodio referido tuvo lugar en 1936, no en los 50) y la ciudad que dice que la albergó queda a unas 13 horas del lugar en que aconteció (fuente: Google Maps), que fue Kansas City y no Nueva Orleans. 

La anécdota del plato que Jo Jones arrojó sobre Charlie Parker asoma en el texto porque, en la película, el iracundo profesor del aspirante a Buddy Rich la utiliza como metáfora motivadora de su propio proceder académico (¿?). Lo único que pone eso de manifiesto es que el profesor de la ficción había visto otra ficción: la película ‘Bird’ de Clint Eastwood. También el autor del artículo de ‘eldiario.es’, que da por sentado algo que no es sino una manipulación de unos hechos históricos con fines dramáticos. (De fiarnos del cine podríamos terminar por asegurar que Hitler murió acribillado en un cine de París). Poco importa que Jo Jones no arrojara ningún plato de la batería sobre Charlie Parker y, por lo tanto, no pusiera en peligro la integridad física de ‘Bird’. Que dejara caer al suelo un plato no resulta tan dramático ni peligroso. Que llorara, no consta. Asegurar que un año después Parker “hizo el mejor solo de la historia”, es de una grandilocuencia gratuita. Aunque no tan gratuita como la siguiente afirmación (sí, sí, afirmación): 

“El vicio es la quinta esencia del jazz, todos los músicos se metían, todos eran alcohólicos, todos se acostaban con muchas mujeres distintas y el cine lo ha recogido una y otra vez”. 

Resulta tan bochornosa esta generalización, tal el patinazo sin asomo de ironía en sus palabras, que lo único que podemos intuir es que Moral Martín se había metido un chute, bebido demasiado y acostado con la primera que pasaba por allí antes de escribir. Porque eso es lo que hacemos todos los periodistas de cultura, ¿no? 

Carlos Pérez Cruz

*Días después, el autor corrigió el texto publicado.

viernes, enero 09, 2015

¡La que han liado mis amigos!

“La que han liado tus “amiguitos”, fue lo primero que dijo al verme. Entré en la sala, llamó mi atención y lo escupió. ¿A qué se refería? ¿Quiénes eran mis “amiguitos” y qué habían hecho para “liarla”? 

Resulta que tengo amigos terroristas, amigos que disponen de sofisticadas armas de fuego que van disparando y masacrando humoristas por el mundo, así por las buenas, sin mediar más provocación que el humor. ¡Y yo sin enterarme! Pues habrá que hacer algo al respecto. De primeras, permítaseme anunciar la suspensión cautelar de mi amistad con estos asesinos de viñetistas hasta que se aclare lo ocurrido, que siempre hay que mantener la presunción de inocencia, ¿no? 

Toda suspensión de la amistad es dolorosa, lo sé por experiencia, aunque también he de decir que interrumpir amistades que nunca se han tenido lo hace más llevadero. Como nunca he tenido relación con los hermanos Kouachi –al menos de forma consciente, quién sabe si nos habremos cruzado en la vida-, no creo que les vaya a inquietar demasiado el anuncio público de nuestra ruptura. Además, creo que están demasiado ocupados en masacrar como para que les importe demasiado que yo les retire mi afecto. 

Ironías aparte, el esputo verbal que recibí como bienvenida de este compañero de quehaceres musicales produce escalofríos, o más bien inmenso desasosiego. Como señalaba en Twitter mi admirada Isabel Pérez, citando a Einstein, “es más fácil desintegrar un átomo que erradicar un prejuicio”. Y los prejuicios -de los que, por supuesto, yo tampoco me libro- son la parte más tóxica de nuestra manera de descifrar y relacionarnos con el mundo, quizá la más peligrosa. 

La relación que estableció el ínclito esputador es muy sencilla, no voy a aburrirles con más rodeos: como es conocida mi posición pro-palestina (es decir, pro-derechos humanos) y los palestinos son árabes y la mayoría de árabes son musulmanes y los autores de la masacre de París pronunciaron en vano (y en árabe) el nombre de Dios… ¡Exacto! Lo han adivinado. ¡¡Los palestinos la liaron en París!! No hay regla de tres más sencilla que ésta. ¡De cajón! 

En realidad no sé muy bien –porque no me entretuve en interrogarle- si la relación que estableció entre Carlos (o sea, yo) y los autores de la masacre del ‘Charlie Hebdo’ es en razón de arabidad o de musulmanidad. Si es en razón de lo segundo, imagino que podré mantener mi amistad con los cristianos palestinos, incluso con aquellos que sean lo que quieran ser (o no ser), siempre que no sean musulmanes. Si es en razón de lo primero, va a ser una jodienda muy grande, porque lo mismo tengo que borrar de mi diccionario un montón de palabras del castellano. 

Me consta que otro compañero presente en la misma sala ha dejado por escrito en redes sociales un “que los maten a todos”, lo que dejaría el Holocausto nazi o la sangría de Ruanda en rasguño de la humanidad (ya se refiera ese “todos” a musulmanes o a árabes, que en tal caso el mapa de la sangre podría fluctuar… e igual se mancha). Lo que no sé si ha calculado este energúmeno es lo mal que le sentaría a la economía local el cierre de tanto negocio de kebabs, que demasiados locales hay ya con carteles de ‘Se vende’ y/o ‘Se alquila’. 

Sé que pensar es muy cansado, que individualizar es mucho más complejo que unificar; que aceptar que millones de personas son millones de realidades y circunstancias y no una sola implica un esfuerzo por comprender; que un tuit descalificativo tiene más alcance que un artículo que ponga negro sobre blanco; que no todos los judíos son sionistas (¡ni siquiera israelíes!), como no todos los vascos y navarros éramos ETA por mucho que ETA se arrogara hablar en nuestro nombre (¿acaso no nos ha tocado aguantar el chaparrón por bombas y tiros en la nuca que ni pusimos ni defendimos?). 

Sé que antes aceptaremos la implantación de un chip de Google en nuestro cerebro que a una persona cuyas diferencias vemos antes con miedo que con curiosidad. Sé, en definitiva, que es más fácil enunciar “putos catalanes”, “moros de mierda”, “terroristas árabes”, “judíos nazis” (¡vaya oxímoron!), “gitanos” (así, a palo seco)…, que ver personas, ciudadanos, por encima de cualquier otra consideración y como tal considerarlas, cuando de individuos se trata. Por ahí se empieza. Y después, si uno está dispuesto a no creerse el ombligo del mundo, está la compleja realidad del planeta, donde pocas veces los blancos y los negros son lo que creemos.

Carlos Pérez Cruz

sábado, diciembre 06, 2014

La noche (de los tiempos) en TVE


Fue como si un haz de luz hubiera iluminado de pronto la noche, como si alguien vestido de blanco hubiera irrumpido en una discoteca donde se exige el negro, como si una stripper se hubiera colado entre un mar de mujeres con burka; fue el hombre de la limpieza (aunque suelan ser ellas) que con su sola presencia nos hizo conscientes de la mierda acumulada. Estaba allí, siempre había estado, la veíamos y olíamos, pero nos habíamos acostumbrado a su presencia y mal olor; lo respiramos con la naturalidad con la que asumimos que el veneno es oxígeno. 

No es esta una metáfora sobre un hombre impoluto frente a la perversa encarnación del mal –no creo en almas beatíficas, en iluminados morales sin sombras-, pero sí intenta serlo sobre el efecto que produce una corriente de aire fresco en un espacio con calefacción central (y vecindario octogenario), el paso del agua por la garganta del sediento, la puerta de salida del laberinto a una pesadilla..., y, sin embargo, más que alivio sentí angustia, se me revolvieron las tripas, me fui a la cama con mal cuerpo, falto de oxígeno, con el nudo de una corbata imaginaria estrangulándome. 

Sólo vi los minutos finales –hoy he completado parte de lo no visto-, pero la entrevista con Pablo Iglesias anoche en el canal ‘24 Horas’ de TVE fue lo más parecido a una terapia de choque con descargas de hedionda iracundia sobre el espectador, que no es otro que el ciudadano que con sus impuestos permite que ese canal exista, que su director se permita hacer la pregunta más abominable y abyecta que uno pueda imaginar y que periodistas (¿?) tan satisfechos de sí mismos, y con la misma independencia con la que un pez se mueve fuera del agua, se metan en el bolsillo los presupuestos que no hay para que los trabajadores de la casa hagan simplemente buena radio y televisión (una posibilidad heroica y abocada hoy, en muchos casos, prácticamente a la indigencia).


Postergada hasta que no ha habido más remedio, confinada al canal informativo en la noche de menor audiencia de la semana, al comienzo de un puente festivo, con un faldón de inusual en tamaño para ir haciendo circular en paralelo a la entrevista tuits de espectadores –no vaya a ser que a algún espectador le dé por concentrarse en escuchar lo que se dice-, la sola presencia de Pablo Iglesias permitió visualizar como pocas veces la podredumbre de la radiotelevisión pública, incrustada como el moho en los viejos pilares de madera de un muelle veneciano. Cuanto más enRojocía de ira el tal Sergio Martín, más palidecía la noble profesión periodística, ahogada y desprestigiada por la peor ralea empresarial en el ámbito privado, sepultada en el servilismo político-económico más ruin en el público, y siempre con la connivencia mayoritaria de trabajadores medrosos ante las consecuencias de la noble disidencia. 

Tan sólo un momento de lucidez adecentó el papelón del tal Sergio Martín cuando, después de excretarle a Iglesias un “enhorabuena” por la salida de presos de ETA de la cárcel, advirtió, no sin cierto apuro: “Estamos completamente fuera de tiempo”. Yo no lo hubiera expresado mejor. 

Carlos Pérez Cruz



Adenda: Momento estelar, para quien esto escribe, fue la intervención de un tal Antonio Papell quien, a punto de finalizar la entrevista, se dirigió a Iglesias en estos términos: “Viendo que la universidad está como está, absolutamente corrompida, con un clima oligárquico, de descomposición, ¿por qué no han empezado haciendo la revolución en la universidad para cambiarla en lugar de meternos a todos en el follón en el que nos están metiendo?”. 

Una propuesta política es un “follón” (no una opción) en el que “nos están metiendo” (como si no fuéramos libres de elegir votarla o no; como si proponer opciones resultara un desacato al buen orden… establecido). Dicho de otra manera, el paternalismo propio de las élites de este país: tú déjanos a nosotros, que de esto no sabes… chaval. Canguelo en las poltronas.

martes, julio 15, 2014

Horror


La guerra es la peor de las posibilidades del ser humano. Se ha glorificado miles de veces, pero la guerra es muerte, devastación, humillación, vísceras, vidas rotas. De la barbarie y masacre de Gaza de estos días están escribiendo excelentes periodistas en estos días. Poco tengo que añadir a lo que ellos ya han dicho desde allí o incluso desde aquí. Sólo quiero agradecer que honren el periodismo con su trabajo, arriesgando su vida y dignificando una profesión denostada (muchos han hecho mucho por ello) con un trabajo riguroso y honesto en una situación tan complicada.

La guerra es un asco. Israel hace la guerra en nombre de la lucha contra el terrorismo (recordemos que son USA y Europa quienes otorgan las credenciales). Ni el ‘señor X’ de los GAL, en sus sueños más húmedos, lo hubiera imaginado: Bilbao o Donostia bombardeadas por tierra, mar y aire en nombre de la lucha antiterrorista. Israel lo hace por costumbre, sólo que en ocasiones lo hace de forma más salvaje (si cabe) y es noticia. Por lo demás, insisto, es costumbre. La principal víctima es siempre la población civil. Decir lo contrario es mentir.

La guerra es un horror y glorificarla es sencillamente inmoral. En estos días tan terribles de asedio a Gaza, se vive en las redes un combate no menos terrible. Al lado de la guerra parece una minucia, un efecto colateral de la violencia en la opinión pública, pero no dice menos que la propia guerra sobre la condición humana. En la red se combate con propaganda. No es nada nuevo, pero, además de propaganda, hay un pulso entre fanáticos, una batalla por la ceguera que produce arcadas.

En los pocos (pero larguísimos) días que llevamos de ‘Operación Margen Protector’ (manda huevos), he visto la imagen de un crío palestino al que le faltaba medio cráneo y al que su padre llamaba entre gritos de devastada desesperación, cadáveres de menores entre escombros, supervivientes aterrorizados de un centro de atención a minusválidos, las tumbas de 18 personas de una misma familia, y un largo etcétera cuya descripción e ilustración les ahorro. ¿Quién es capaz de aceptar algo así? ¿Cómo alguien puede justificar que un gobierno haga eso en su nombre? Lamentablemente, más de los que uno es capaz de imaginar. El fanatismo ciega (como bien ilustraba una enorme viñeta de El Roto: “¡Al fin veo!”, gritaba con los ojos cegados por una venda que llevaba inscrita la palabra “Fanatismo”) y el odio ofrece visiones tan distorsionadas que uno creería producto de sustancias psicotrópicas. Hay personas (sí, lamentablemente también son personas) que prefieren ignorar el pequeño detalle de que a un bebé le falta media cabeza y afirmar que lo que se pretende con esa imagen es “dar pena”.

Hemos visto numerosos videos de lo que Israel considera un aviso preventivo (¿humanitario?) antes de la voladura con misiles de las viviendas de Gaza. Sin entrar ahora en mayores consideraciones sobre lo que implícitamente nos está diciendo Israel al “avisar” de antemano a sus víctimas, he comprobado cómo se justifica y otorga valor moral superior a ese crimen injustificable contra la población civil. “Encima que avisamos”, vienen a decir. Hay quien ha visto por primera vez uno de esos videos y pensó que el “aviso” era el misil. No sabe lo que va a llegar 57 segundos después. Me resulta imposible imaginar qué pasa por el interior de alguien que considera que ese “aviso” es ejemplo de la superioridad moral de su país. Los calificativos se los dejo al lector.

Un último detalle (habría miles): Otras imágenes que hemos visto en estos días, fuera del campo de batalla, nos han mostrado a israelíes apostados en un alto que les permitía disfrutar de una buena panorámica de la Franja de Gaza. Asistían alborozados al impacto de los misiles de su ejército en Gaza. Festejaban la barbarie. Quizá alguno de sus gritos de alborozo y aplausos de celebración acompañaron el estallido del misil que voló la cabeza de ese niño o sepultó la vida  de 18 personas. 

Al otro lado, en la ocupada Hebrón, paradigma de la terrible ocupación israelí de Palestina, decenas de ciudadanos se subían a una colina para tratar de asistir en la distancia al bombardeo inmisericorde que Hamás había anunciado sobre Tel-Aviv  (pura propaganda). En la televisión de Hamás se llegó a colocar un reloj de cuenta atrás. Con tristeza vi quien celebraba aquello como si esa fuera la cuenta atrás para la celebración de Año Nuevo. El reloj no señalaba el tiempo para el bombardeo de Tel-Aviv. Descontaba la distancia entre ocupantes y ocupados, agresores y agredidos. Los igualaba en fanatismo. Puro veneno

Carlos Pérez Cruz

viernes, julio 11, 2014

Cobertura inmoral*


Escribo ya no sorprendido, sí indignado, por la desafortunada portada de su medio en la edición del día 10 de julio de 2014, en concreto por el titular (acompañado de fotografía) en el que se puede leer “Israel y Hamás intercambian cohetes en plena escalada militar”. Resulta cuando menos asombroso que, dado que el propio cronista desde Gaza, Juan Gómez, certifica “al menos 40 muertos palestinos, entre los que hay numerosos niños”, el titular se refiera a un teórico intercambio de “cohetes”. El titular es profundamente desafortunado porque a) Israel no ataca Gaza precisamente con “cohetes”; b) Los palestinos muertos, la mayoría civiles (incluidos niños), se cuentan por decenas y por cientos los heridos; c) No hay constancia de heridos ni muertos israelíes (y espero que siga siendo así) hasta el momento de la publicación de esta información; d) No puede haber “escalada militar”, salvo que sea unilateral, dado que Palestina carece de ejército, mientras Israel es una de las mayores potencias militares del mundo. 


El enfoque informativo del medio sobre lo que está aconteciendo en Israel y Palestina resulta doloroso, sobre todo cuando al pasar página uno certifica que lo más relevante para ‘El País’ es el alcance de los cohetes lanzados desde Gaza (“Hamás amplía el alcance de sus cohetes hasta el norte de Israel”) y no el bombardeo indiscriminado sobre la población de la Franja, la muerte de decenas de civiles, entre ellos varios menores, en un espacio de tierra minúsculo que, conviene recordar, está muy densamente poblado. Hablamos de más de un millón y medio de personas atrapadas en 360 kilómetros cuadrados que no tienen escapatoria (ni refugios antiaéreos a los que acudir), dado que la Franja está aislada por tierra y controlada por mar por los buques de guerra israelíes. El desequilibrio de fuerzas y las consecuencias de lo que su medio considera un “intercambio” son tan abrumadoramente dispares que el tratamiento me parece no sólo poco ético periodísticamente, también inmoral.

Carlos Pérez Cruz

*Enviado al defensor del lector del diario 'El País' y la sección 'Cartas al director' el día 10 de julio de 2014.

sábado, junio 07, 2014

Periodismo de mierda

Harto. Asqueado. Cansado de tanto servilismo, de alfombras rojas al poder, de genuflexiones monárquicas, presidenciales, partidistas y empresariales. De que se atienda a intereses y no a hechos (por no decir a la verdad), de que se haga campaña por las élites, del fomento de la inversión colonial en América Latina, de que los enemigos del orden y la justicia sean quienes plantean alternativas a la globalización y el franquicidio, de que el malo sea Putin porque el nuestro es Obama (cuando los dos son unos hijosdelagranputa), del monopolio declarativo de los dos linces ibéricos de la corrupción, de la permanente cobertura de la nadería declarativa, del color rosa de las páginas del fin de semana, de las revistas de moda y complementos inalcanzables en tiempos en que cada vez tenemos menos y menos, de los silencios medrosos de las redacciones que sólo claman indignadas una vez se ven en la puta calle, de que la única garantía de colocación sea la mamada al superior, de que la publicidad privada pase por información, de que la publicidad institucional pase por información, de que no se llame a las cosas por su nombre y se les dé un rodeo de taxista, de los putos censores sin escrúpulos salidos de las escuelas de negocio (¿?), de los titulares que incriminan al muerto para así matarlo dos veces, de las encuestas que ocupan titulares y de los porcentajes que sepultan relatos, de las palmaditas en la espalda de los compañeros y las adhesiones sotto voce, de los “te entiendo perfectamente pero …”, de Rosa Márquez y El Corte Inglés, de que un telefonazo del PPSOE sea motivo de autocensura, de que un criminal, corrupto y sinvergüenza como Felipe González sea el puto oráculo de Prisa, del fraude periodístico de las tertulias y sus miserables todólogos, de que las portadas se miren por morbo y no por su interés, de la basura indigesta que esparce la televisión digital, de las horas y horas de radio simpatiquista en tiempos que no lo son, de que la información provenga de fuentes y no de personas con nombres y apellidos (¡¿qué es esto, el puto Aquapark?!), de la disciplina de partido de las redacciones, de que sólo se hable de las hostias policiales si joden a la policía del otro, de que la cultura sea ocio, de que señorías decimonónicas me digan lo que tengo que pensar y hacer en el siglo XXI… Harto, muy harto y asqueado de que nuestro mundo no exista, de que la prensa nos aleje del quiosco, de encender la radio para apagarla al instante, de que el televisor sea un mueble más de la casa. ¡Vaya mierda de periodismo!

Carlos Pérez Cruz

jueves, mayo 01, 2014

Respuestas a las “preguntas sin responder” de Manuel Recio (y más preguntas)

Algunas consideraciones y respuestas a las preguntas que Manuel Recio se hace y plantea en su texto Jazz actual: preguntas sin responder [Obviamente se recomienda leer en primer lugar el texto de Recio y después, si se desea, el que desarrollo a continuación].

¿El jazz debe ser un negocio? Si lo que expresamos (y deseamos) con ello es que las artes se mantengan al margen de su comercialidad (es decir, al margen de factores exógenos a la creación y a la creatividad artística pura), obviamente no. En la medida en que a nadie se le garantiza en esta sociedad la manutención por el simple hecho de existir, lo deseable sería que el propio arte –y, por ende, el jazz- pudiera servir para que el creador hiciera negocio con él; es decir, que el jazzista obtenga por su obra una justa recompensa que le permita afrontar los gastos a los que como un ciudadano más está obligado y así dedicar a su trabajo el tiempo que sea preciso y con la mayor libertad imaginable. El problema, en todo caso, no será el negocio que haga con su trabajo sino que el negocio esté orientado/determinado por deseos artísticos que no sean los propios.

Según Manuel, la Nueva Orleans de hace un siglo era un lugar en el que “la música servía para divertirse”, al contrario que Chicago o Nueva York en que “era un negocio”. Si para los músicos la música fuera solamente diversión (y su sustento –negocio- dependiera, obviamente, de otras actividades), la música no dejaría de ser un hobby. ¿Es eso deseable?

¿Por qué no consigue engancharme el jazz contemporáneo a mí, que en teoría soy público objetivo? La pregunta que se hace Manuel Recio concluye un párrafo al que da inicio con una confesión que responde (siquiera parcialmente) su propia pregunta: “Confieso que mi interés por el jazz actual es escaso”. ¿Cómo puede alguien llegar a engancharse a algo por lo que declara que apenas siente interés? Hay miles de cosas sumamente interesantes en la vida por las que no sentimos el más mínimo interés, o por las que quizá tan sólo empezamos a interesarnos desde el momento en que alguien nos transmite su pasión y conocimientos y nos contagia. Hay quien mira al cielo y se conmueve viendo las nubes, les da nombre, proceso, sentido... Hay quien sólo ve nubes.

¿Habría de interesarle el jazz de hoy a alguien que se declara aficionado al jazz de entonces? ¿Debería interesarle la música de Bill Haley a un aficionado de Dover? ¿Mozart a un amante de Stockhausen? No necesariamente.¿Por qué se pone en contraste de forma tan habitual el pasado del jazz con su presente, y viceversa? No veo que suceda lo mismo en otros gremios.

¿Por qué esa especificidad con el jazz y sus aficionados? ¿Por qué esa obsesión por comparar épocas (cuando, en realidad, aquello que nos engancha de la música tiene más que ver con intérpretes y creadores concretos que con las épocas y estilos en los que estén fundamentados)? Por supuesto que uno puede sentir mayor afinidad por unas formas y expresiones concretas que por otras, pero de poco sirven éstas si quienes les dan vida son incapaces de comunicarse con nosotros (o nosotros con ellos). El pasado no asegura(ba) más diversión ni emoción que el presente, y viceversa.

Amar y disfrutar las grabaciones de artistas pretéritos no debería hacer que nos sintamos obligados a escuchar grabaciones o a asistir a actuaciones de artistas que se expresen con formas y lenguajes (entre muchas comillas) actuales, y viceversa, salvo que sintamos un genuino interés por ello. De lo contrario estaríamos sublimando una etiqueta (puramente orientativa) sobre el hecho musical. Si el interés es escaso, como reconoce Manuel Recio en su texto, lo que simplemente estamos haciendo es acudir a un concierto o escuchar un determinado disco por pura convención: la que dice que si algo es de jazz me ha de interesar porque el mero hecho de serlo. Y me puede interesar (de hecho me interesó) mucho más un concierto de la cantante Soledad Vélez en Huesca que el concierto de jazz anunciado en mi ciudad la misma noche. Me interesa la música, no una etiqueta que engloba cosas absolutamente dispares que muchas veces no me atraen en absoluto. Dicho de otra manera: no es preciso disfrutar de Louis Armstrong y de Peter Evans, aunque es perfectamente posible hacerlo con ambos.

Existe, desde mi modesto punto de vista, una especie de crisis de identidad en el jazz, dice Recio. Estoy seguro de que las crisis de identidad las tienen los creadores (incluso los aficionados), no las etiquetas. Si la palabra jazz refiriera unas características sumamente concretas, unos márgenes claramente delimitados, serían los jazzistas los que caerían muy pronto en una crisis de identidad. O bien se acomodarían a una identidad prefijada e inmutable o bien se quitarían de encima la dichosa identidad por agotamiento de los límites. De hecho, la ansiedad definitoria (¿y totalitaria?) de la que algunas voces hacen gala sobre qué es el jazz ha hecho que muchos jazzistas (valga la paradoja) renieguen del término (por salud mental).

Ha perdido el fervor popular, el pulso, la conexión con el gran público. Se ha intelectualizado, asegura el autor. No olvidemos que lo que consideramos música popular es un fenómeno del último siglo y que, en ese siglo, la música popular (y por ende las etiquetas que la catalogan) se ha atomizado casi tanto como las audiencias. Ese jazz popular ha pasado de tener casi la exclusiva del entretenimiento social a competir con decenas y decenas de formas musicales populares y, desde luego, mucho menos exigentes que, incluso, las del jazz pretérito al que se siente afín Manuel Recio y que también ha perdido hoy el fervor popular.

Sí, hablamos de exigencia. Y Manuel se pregunta: ¿Qué oyente está dispuesto hoy en día a regalar sus preciados minutos de existencia a un fin tan exigente? Creo que la pregunta dice más en contra del oyente que de la propia música (o al menos nos habla de un oyente que tan sólo aprecia la ligereza y no busca más en la música). ¿Acaso ha de ser la música sólo ocio y divertimento? ¿Es deseable que lo sea en todos los casos? ¿En su mayor parte? ¿Es la popularidad –si entendemos que la popularidad le viene dada por su carácter ocioso- un fin en sí mismo? ¿Ha dado la espalda el jazz a la popularidad? ¿No ha sido acaso un género impopular la mayor parte del tiempo? ¿Qué garantiza musicalmente la aceptación del gran público? ¿Qué dice en su contra que no la tenga? ¿Y si la intelectualización no fuera más que un lugar común al que nos acogemos cuando algo simplemente no nos gusta?

Tal y como señala Manuel, creo que el disfrute del jazz “exige un esfuerzo y una implicación por parte del oyente”. No podría ser de otra manera. Eso sí, pocos esfuerzos han sido compensados de forma tan gratificante en mi vida como los que han venido de la escucha y curiosidad por la música. Oídos atentos, mente dispuesta… ¡Qué exigencia tan liviana!

Carlos Pérez Cruz

jueves, marzo 13, 2014

El dilema gazatí



Amanecer en la Franja de Gaza (Fotografía: Carmen Rengel)

Cuando saltó la noticia de que había estallado un explosivo en un autobús en Tel Aviv, se me contrajo el corazón. Pocos meses antes había realizado mi primera visita a Palestina. Por supuesto, recé primero para que nadie resultara muerto o gravemente herido, pero también para que ningún palestino fuera el responsable. ¿Por qué? Pensé por un lado en las consecuencias represivas que cualquier acto violento tiene para la población palestina en su conjunto; por el otro, en cómo daña y distorsiona la imagen de los palestinos cualquier tipo de acción armada –me refiero, por supuesto, a ojos de un occidental medio-. Todavía se me descompone el cuerpo cuando, como en estos días, vuelan cohetes desde Gaza.

Detesto la violencia, no me veo empuñando más que una pluma o una grabadora, me dan miedo las armas así como los hombres que las empuñan (creo que un ser humano capaz de colgarse un arma al hombro es menos humano), pero puedo llegar a entender que el recurso de poner a disposición del agresor la otra mejilla tiene unos límites que no sabría si definir de morales, pero sí al menos de físicos y psicológicos. Frente a la humillación permanente del tirano que ahoga y aplasta tu existencia, que descuenta tu condición humana, de poco sirve un grito. Para quien vive en regímenes tiránicos, la sumisión suele ser garantía de supervivencia, aunque sea a costa de una vida sin posibilidades, de blancos y negros, también de imposible realización personal. El problema es cuando, frente al tirano, la sumisión no garantiza más que la rebeldía.

La historia está llena de poesía para loar la violencia, pero no hay nada más prosaico y con menos rima que la sangre derramada, por muy noble que sea la causa. No hay nada de bello en la muerte, tampoco en la de tu opresor. La muerte es tan fea como un bosque desnudo y sin nieve en invierno. Invocar la muerte del enemigo es morir un poco por dentro. Es odiar, y los hijos del odio no vienen precisamente con el pan bajo el brazo. Azuzar los odios es relativamente sencillo; arrancar el apresto que dejan, casi imposible.

Vuelan los cohetes desde Gaza. El suyo es un vuelo de poco alcance, sofocado de inmediato por la abrumadora parafernalia militar israelí. Si fuéramos cínicos, podríamos llegar a sospechar que, de vez en cuando, se deja vía libre para que alguno impacte, a poder ser en un descampado. Pero no, no nos permitamos el cinismo y pensemos que toda defensa tiene sus agujeros. Vuelan los cohetes desde Gaza y la maquinaria mediática y política occidental prende la mecha con la previsible acta notarial del ataque gazatí a Israel y su consiguiente condena diplomática. Da lo mismo que, como es el caso de esta semana, la escena cuente con el prólogo de tres asesinatos de Israel en la Franja apenas horas antes, porque entonces caeríamos enredados en el tramposo dilema del huevo y la gallina, (i)lógica con ya 65 años de pedigrí en la región. Allí a un disparo le sigue otro, pero al primero le habían precedido otros que a su vez… Si en ello se dirimen las legitimidades, unos acabarán por exterminar a los otros (y viceversa).

Como aborrezco la violencia (ya vista con kufiya o de verde caqui), olvidémonos por un instante de quién dio la primera hostia a quién y concentrémonos en los hechos. Gaza es una cárcel, una puta cárcel al aire libre asediada por tierra, mar y aire. Una mierda de mosquito en términos de dimensión geográfica. Su población (dentro viven personas) malvive bajo mínimos, con apenas recursos, con apenas unas horas de electricidad, con lo justo para simplemente aguantar un día tras otro. Tal y como anunció (¿denunció?) la ONU, en apenas unos años Gaza será inhabitable. Con el paso egipcio de Rafah como puerta trasera (cerrada desde hace ya un mes), nadie entra o sale de Gaza sin el permiso de Israel; nada entra o sale de Gaza sin el permiso de Israel. Gaza depende casi por completo de la voluntad de Israel, aunque el discurso oficial sea siempre que ellos ya se fueron de allí. Lo que en este caso es tanto como decir que los carceleros en vez de pasearse por los pasillos del penal vigilan con cámaras (drones).

Hay algo que sí está en las manos de los gazatíes: pueden decidir cómo defenderse del asedio. Pueden tomar en consideración el lanzamiento de cohetes o, por el contrario, manifestarse pacíficamente (lo que en Palestina significa, literalmente, gritarle a un muro). Lanzar cohetes tiene algo de estúpido a la par que de inútil. Es muy improbable que alcancen ningún objetivo (ya sea material o humano), la reacción internacional lo va a condenar, y de inmediato Israel va a sacudirte un bombardeo ante el que no hay escudo de hierro que valga. Parece poco inteligente. Mejor la otra, ¿verdad?

¡Cómo no apoyar la vía pacífica! A los bienintencionados europeítos nos lo pondría mucho más fácil, nos evitaría los requiebros verbales para justificar lo que, por dentro, nos duele. El tiro contra el tirador (aunque sea el de un David con cohetes frente al Goliat de uno de los ejércitos más sofisticados) enreda el debate y nos desvía demasiado del quid de la cuestión. Pero ni los monjes del Tíbet hicieron frente sólo con sus corazones. 

¿Qué lección pueden extraer los gazatíes –y por extensión los palestinos- una vez se han intentado todas las vías? Los asesinatos de Israel en Gaza y Cisjordania –pura cotidianidad- simplemente no trascienden. Al joven que lanza unas piedras, le corresponde un tiro mortal. Al labrador que tiene unas tierras junto al muro, le corresponde pagar con su vida. Su muerte es una nota a pie de página (si es que ese día la página tiene pie). El asesinato de un joven palestino al que Israel acusa de arrojar piedras, no existe. Niños, adolescentes y jóvenes son muertos cotidianos de la ocupación de Cisjordania y del asedio de Gaza, pero no son noticia. Sin embargo, el lanzamiento desde Gaza de unos cohetes despierta a las redacciones, obtiene la inmediata condena internacional que formula automáticamente la más cansina de las muletillas: “Israel tiene derecho a defenderse”. Genial. Nadie se lo niega pero, ¿también lo tiene a la eterna violación de la legalidad internacional? Su violación, por si aún les quedaba alguna duda, mata.

Se hace causa diplomática de los derechos de Israel pero, ¿cuál es el derecho de los palestinos? ¿Tienen derecho a defenderse? ¿Deben asumir las humillaciones cotidianas? ¿Qué pueden hacer ante la negación de sus más básicos derechos humanos? ¿Qué deben pensar cuando ven que sólo se informa de sus disparos, pero no de sus muertos? ¿Cómo actuar ante el hecho irrefutable de que, ya sea con una rama de olivo en la mano o con un cohete en la lanzadera, siempre pierden? ¿Y usted? ¿Qué haría usted en su posición? ¿Qué haría si la única opción legal que le ofrecen es no tener opciones?

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