Busca en "Carlos Crece"

Cargando...

jueves, diciembre 18, 2014

Treme


No sigo los ritmos de la televisión ni estoy al día con la última serie de la que todo el mundo habla. Me acuerdo de pronto de alguna que dejé en espera hace tiempo y miro a ver si ha salido el DVD, porque no sufro la ansiedad de ver toda una temporada en una tarde, ni me parece una aberración darles a las cosas su tiempo. Desconozco por ello los detalles de por qué Treme se cerró en una última temporada de cinco capítulos, como si se cerniera sobre ellos la tempestad y hubiera que darse prisa por finiquitar lo antes posible… y a otra cosa. 

Imagino (asumo el riesgo de equivocarme) que los datos de audiencia no fueron todo lo favorables que deben para que sea rentable sacar adelante todo lo que implica un rodaje así -y en esto poca tontería que, como comprueba Annie, la violinista de la serie, también en arte business is business, y cuanto más arriba, más se cae-, y así como hay series que pierden el norte que las guiaba por no saber retirarse en hora, las hay que nos dejan el regusto amargo de su pronta partida. Estábamos tan a gustito… y nos tuvimos que marchar. 

He oído –incluso he dicho- que la serie flaqueaba en cuestión de trama, pero la trama era la calle, relato de eso que llaman el pulso de una ciudad y que no son sino los latidos asincrónicos de miles y miles de supervivientes (¿acaso no lo somos todos?) en la jungla de una Nueva Orleans que vive con el peso glorioso de un pasado mitológico no tan lejano y asolada por las inmundicias políticas que quedaron en superficie tras el desastre del huracán Katrina. 

Así como la destrucción es siempre el preludio de una reconstrucción (menos en Gaza, claro), en Nueva Orleans los que se quedan toman el testigo de una tradición que en realidad no muere, se renueva con un combate de opuestos en el que todos salimos ganando. Toda noble tradición camina por el alambre de lo que fue, lo que es y lo que cada uno queremos que sea. Tensión natural sin la que quedaría enterrada y de la que la serie de David Simon es un extraordinario reflejo y a la que rinde un sincero, emocionado y emocionante homenaje. 

No está enterrada la radio, hilo conductor de vidas que se ignoran mientras bailan y escuchan la misma música y las mismas palabras de DJ Davis; sí quizás moribunda esa que se dirige a ti y sólo a ti mientras nos habla a todos con esa voz que divaga, se pierde y te encuentra, en la que no se ganan audiencias sino que hace comunidad. Ay de esa radio, la de David McAlary en Treme o aquella mítica KBHR del Cicely de Doctor en Alaska, con el filósofo de Chris Stevens, Chris in the morning. Una cabina a media luz, un micrófono, la palabra y buena música. ¿Para qué más?

Carlos Pérez Cruz

sábado, diciembre 06, 2014

La noche (de los tiempos) en TVE


Fue como si un haz de luz hubiera iluminado de pronto la noche, como si alguien vestido de blanco hubiera irrumpido en una discoteca donde se exige el negro, como si una stripper se hubiera colado entre un mar de mujeres con burka; fue el hombre de la limpieza (aunque suelan ser ellas) que con su sola presencia nos hizo conscientes de la mierda acumulada. Estaba allí, siempre había estado, la veíamos y olíamos, pero nos habíamos acostumbrado a su presencia y mal olor; lo respiramos con la naturalidad con la que asumimos que el veneno es oxígeno. 

No es esta una metáfora sobre un hombre impoluto frente a la perversa encarnación del mal –no creo en almas beatíficas, en iluminados morales sin sombras-, pero sí intenta serlo sobre el efecto que produce una corriente de aire fresco en un espacio con calefacción central (y vecindario octogenario), el paso del agua por la garganta del sediento, la puerta de salida del laberinto a una pesadilla..., y, sin embargo, más que alivio sentí angustia, se me revolvieron las tripas, me fui a la cama con mal cuerpo, falto de oxígeno, con el nudo de una corbata imaginaria estrangulándome. 

Sólo vi los minutos finales –hoy he completado parte de lo no visto-, pero la entrevista con Pablo Iglesias anoche en el canal ‘24 Horas’ de TVE fue lo más parecido a una terapia de choque con descargas de hedionda iracundia sobre el espectador, que no es otro que el ciudadano que con sus impuestos permite que ese canal exista, que su director se permita hacer la pregunta más abominable y abyecta que uno pueda imaginar y que periodistas (¿?) tan satisfechos de sí mismos, y con la misma independencia con la que un pez se mueve fuera del agua, se metan en el bolsillo los presupuestos que no hay para que los trabajadores de la casa hagan simplemente buena radio y televisión (una posibilidad heroica y abocada hoy, en muchos casos, prácticamente a la indigencia).


Postergada hasta que no ha habido más remedio, confinada al canal informativo en la noche de menor audiencia de la semana, al comienzo de un puente festivo, con un faldón de inusual en tamaño para ir haciendo circular en paralelo a la entrevista tuits de espectadores –no vaya a ser que a algún espectador le dé por concentrarse en escuchar lo que se dice-, la sola presencia de Pablo Iglesias permitió visualizar como pocas veces la podredumbre de la radiotelevisión pública, incrustada como el moho en los viejos pilares de madera de un muelle veneciano. Cuanto más enRojocía de ira el tal Sergio Martín, más palidecía la noble profesión periodística, ahogada y desprestigiada por la peor ralea empresarial en el ámbito privado, sepultada en el servilismo político-económico más ruin en el público, y siempre con la connivencia mayoritaria de trabajadores medrosos ante las consecuencias de la noble disidencia. 

Tan sólo un momento de lucidez adecentó el papelón del tal Sergio Martín cuando, después de excretarle a Iglesias un “enhorabuena” por la salida de presos de ETA de la cárcel, advirtió, no sin cierto apuro: “Estamos completamente fuera de tiempo”. Yo no lo hubiera expresado mejor. 

Carlos Pérez Cruz



Adenda: Momento estelar, para quien esto escribe, fue la intervención de un tal Antonio Papell quien, a punto de finalizar la entrevista, se dirigió a Iglesias en estos términos: “Viendo que la universidad está como está, absolutamente corrompida, con un clima oligárquico, de descomposición, ¿por qué no han empezado haciendo la revolución en la universidad para cambiarla en lugar de meternos a todos en el follón en el que nos están metiendo?”. 

Una propuesta política es un “follón” (no una opción) en el que “nos están metiendo” (como si no fuéramos libres de elegir votarla o no; como si proponer opciones resultara un desacato al buen orden… establecido). Dicho de otra manera, el paternalismo propio de las élites de este país: tú déjanos a nosotros, que de esto no sabes… chaval. Canguelo en las poltronas.

martes, noviembre 04, 2014

Dos días, una noche.


La crisis (estafa) era esto: destrucción del tejido social, vidas al límite por la supervivencia, competitividad extrema para lograrla, quiebra del concepto y unidad de la clase obrera, lucha infame por las migajas, pérdida (o descubrimiento de la falta) de ética, miedos atávicos, dignidad en el alambre, individualismo atroz, violencia doméstica... Una sociedad situada al borde del precipicio en tiempos de salarios miserables.

Gran película de los hermanos Dardenne en la que Sandra (Marion Cotillard) tiene un fin de semana para convencer a sus compañeros de trabajo para que acepten renunciar a una prima anual de 1000 €, de forma que ella pueda mantener su puesto de trabajo. Lejos de maniqueísmos, lejos del simplismo hollywoodiense de buenos y malos, de blancos y negros, de la heroína injustamente castigada frente a los malvados y egoístas compañeros incapaces de renunciar a 1000 miserables euros anuales, la película es una mirada limpia a una situación que es la de muchos hoy en esta estafa de la austeridad, la productividad y la competitividad. Junto a la Hermosa juventud de Jaime Rosales, el cine que mejor retrata las consecuencias del tiempo presente.

domingo, septiembre 14, 2014

Emilio, el del banco de Santander

Como todas las mañanas, Rosa llegó al bar a las seis y cuarenta y tres minutos. Introdujo la llave en el candado y levantó la persiana del local que, como de costumbre, chirrió de forma escandalosa. Encendió las luces, prendió la cafetera y empezó su día de trabajo, uno más que sabía exacto al anterior y espejo del próximo. Serviría cafés (solos, con leche, cortados, con sacarina, carajillos…), cervezas (con limón, sin alcohol, con gaseosa, de botellín…), vinos (cosecheros, crianzas, riberas, riojas, tintos, rosados…), los pinchos que se afanaba en preparar María en la cocina e incluso serviría a deshoras alguna copa. A las siete y trece minutos entró Antonio, a las siete y cuarenta y nueve Manuel, a las ocho y cuarto Lola, a las nueve menos cinco Gabriel, a las nueve y treinta y siete Rosa salió a fumarse su primer cigarrillo de la mañana que interrumpió en sus últimas caladas un encorbatado Jacinto, que llegaba apresurado a tomarse su café solo. A las diez y catorce minutos se cayó una copa y mientras barría los cristales entró Elvira […]. A las dos, Rosa le pidió a María que le preparara algo para poder comer antes de las tres y media, hora en que empezaba su turno de limpieza en las oficinas de la entidad bancaria. A las tres y siete minutos –no quedaba lejos de su trabajo- llegó a la plaza en la que se encontraban las oficinas, se sentó en el mismo banco en que lo hacía todos los días y se dispuso a deglutir la ensaladilla rusa y las croquetas que había cocinado María. Todo era igual, pero algo era distinto. Una extraña sensación detuvo a Rosa. 

Puso a un lado la fiambrera y dejó caer dentro de forma inconsciente el tenedor de plástico. Cruzó las piernas, perdió su mirada al frente y, presa de un difuso malestar, se preguntó si estaría enfermando. No, no podía ser eso. Se encontraba cansada, sí, pero no más que cualquier otro día y había llegado con el apetito voraz acostumbrado. Sin embargo, al poco de empezar a comer, lo había perdido. Algo iba mal, aunque no sabía decir qué. Algo no encajaba, aunque las piezas de su puzle diario encajaban como de… ¡Emilio! Rosa se sobresaltó, y un chico que pasaba junto a ella se percató y sonrió. Había dado un respingo en el banco. ¡Emilio! Emilio no había aparecido en toda la mañana. Qué raro, pensó. ¿Le habrá pasado algo? 

Emilio llegaba cada día al bar a las nueve de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos, desde hacía cinco años. De haber fichado, habría quedado constancia de su extrema puntualidad en la llegada, pero también en la marcha, pues a la una en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos, se levantaba y se iba. Que ella recordara, Emilio jamás había fallado en esos cinco años. Pensó en ir corriendo a ver si estaba bien, sabía dónde podría encontrarlo a esas horas, pero ya era momento de entrar a trabajar. Rosa pasó toda la tarde inquieta, nerviosa, miraba el reloj esperando el momento de terminar para ir a buscarle, pero las manillas discurrían más lentas cuanto mayor era su nerviosismo. Durante cinco años, de lunes a sábado, Emilio se había tomado su café en el bar de Rosa no sin antes regalarle una flor, que ella sabía que cortaba del jardín que adornaba una rotonda próxima al bar. Siempre llegaba con una y ella las iba colocando en un discreto jarrón junto a la barra. Nunca faltaban, y una recién cortada sustituía a otra que ya palidecía. Emilio le daba conversación cada vez que ella salía a fumarse un cigarrillo. Rosa pensaba que Emilio se había ido enamorando con el tiempo, pero ni ella podía permitirse un segundo para el amor, ni él sabía cómo poder ir más allá de ese inocente flirteo. 

Cuando dieron las siete, Rosa salió apresuradamente de las oficinas y con paso ligero se encaminó hacia la plaza de la catedral a buscar a Emilio. Sus sensaciones eran contradictorias, estaba segura de que lo encontraría allí y, a su vez, tenía la extraña certeza de que no lo vería. No tardó en llegar. Miró hacia el banco en el que siempre estaba, pero no lo vio. Se sintió momentáneamente desorientada, como si aquella plaza, por la que había pasado cientos de veces en su vida, no fuera la plaza. Pero Emilio no estaba y tampoco ninguna de sus pertenencias: ni la mochila que hacía las veces de armario, ni la manta con la que se protegía del frío, ni el vaso en el que algunos viandantes dejaban su limosna y que él sostenía cada mañana, durante cuatro horas, junto a la puerta de entrada del bar en el que trabajaba Rosa. Ni rastro. Rosa miró a un lado y a otro sin saber qué hacer hasta que se acercó a un quiosco próximo. Le explicó al dependiente que buscaba a Emilio, el hombre que llevaba años ocupando ese banco de la plaza y pedía limosna, estaba segura de que sabría de quién se trataba, porque ya formaba parte del paisaje del lugar. Rosa palideció de golpe. Emilio había muerto esa mañana, aparentemente había sufrido un ataque al corazón. Una vecina que había salido a primera hora a pasear a su perro lo encontró derrumbado en el suelo junto al banco. Primero pensó que se trataba de un borracho, pero al ver un pequeño reguero de sangre que salía de debajo de su cabeza, se dio cuenta de que aquello era más grave que una simple borrachera. Para las nueve de la mañana habían levantado el cadáver y retirado sus pertenencias. 

Rosa llegó al bar más temprano que de costumbre. Eran las seis y trece minutos cuando introdujo la llave en el candado y levantó la persiana del local que, por supuesto, chirrió de forma escandalosa. Encendió las luces, pero no prendió la cafetera. Rosa se aproximó al jarrón de las flores de Emilio y pegó sobre él un papel en el que se podía leer escrito a mano: “Para Emilio, de Rosa y tus amigos del bar”. Lo cogió, salió a la calle, cerró la puerta del bar con llave, dejó la persiana levantada y se dirigió con paso ligero hacia la plaza de la catedral. No había dormido en toda la noche pensando en el infortunado Emilio. Media hora antes de que sonara el despertador, se levantó decidida a depositar el jarrón en su banco, ese que daba color al bar gracias a la flor que cada mañana, un tanto sonrojado, le regalaba a Rosa. 

A punto de llegar, Rosa imaginó por un momento que se lo encontraría tumbado y dormido en el banco. Le ilusionó la idea. Quizá se habían confundido y no era él el muerto, quizá no todos los días los pasaba en aquel banco de la plaza de la catedral, quizá… ¡¿Y eso?! Rosa se detuvo en seco y se abrazó con fuerza al jarrón, presa del desconcierto. El banco de Emilio estaba ahora rodeado por unas vallas de seguridad y dentro, cubriéndolo con su estructura, había un estrado sobre el que se situaba una cámara de televisión. Se percató de que eran varios los estrados en la plaza y que había aparcada una furgoneta de un canal de televisión. Un vigilante de seguridad de una empresa privada, sin duda aburrido después de toda una noche en guardia y sin faena, se acercó curioso a Rosa que, absorta en sus divagaciones, se sobresaltó cuando éste le habló: “Señora, ¿son para el funeral?”. ¿El funeral? ¿¡Qué funeral!? Por un segundo Rosa creyó estar soñando, quizá al fin había logrado quedarse dormida después de haber dado vueltas y vueltas en la cama toda la noche sin pegar ojo. El guarda sonrió con cierta sorna, sospechaba que a esa mujer le daba vergüenza admitirlo: esas flores eran para el funeral y había acudido tan temprano, cuando apenas la ciudad empezaba a despertar, para que nadie le viera traerlas. “Sí, mujer. Para el funeral de Emilio. ¿Era usted cliente del banco?” 

Carlos Pérez Cruz

domingo, julio 20, 2014

Mauro (En memoria del pianista Mauro Urriza)



El reconocimiento al trabajo de un músico no depende exclusivamente de su talento. Hay músicos excelentes que viven alejados de los focos y que incluso, si los ven, los evitan. Sea por una humildad extrema o por una timidez casi patológica, huyen del aplauso que merecen.

Ha fallecido Mauro Urriza, pianista navarro. Tenía cincuenta años. La noticia de su fallecimiento atravesó la noche del sábado 19 de julio como una descarga eléctrica enfundada en un guante de boxeo que nos encontró a muchos de sus amigos y compañeros con la guardia baja.

No recuerdo en qué momento conocí a Mauro, pero es probable que estuviera ligado a mis primeros pinitos como músico de jazz. Con él toqué en algunos de los grupos del saxofonista Javier Garayalde y más recientemente en la big band del Conservatorio Superior de Navarra. Allá donde hubiera jazz por estos lares es probable que estuviera Mauro, ya fuera tocando, ya fuera escuchando. Si algo hizo a Mauro quien era, más allá de sus estudios, fue su inmensa curiosidad como oyente de música… o como lector. Fiel de Vargas Llosa, su primer disco llevó por título Inconquistable, inspirado en La casa verde del autor peruano.

Mauro era oyente ocasional de mi programa. Cuando nos veíamos solía comentarme lo último que había escuchado, al músico que había descubierto o lo “marciana” que le había resultado tal o cual grabación que yo había pinchado. Claro que guardaba adjetivos semejantes para su propia música, la que recogió su primer disco hace cuatro años y la que grabó hace apenas un par de meses para el que en unos días iba a ser su segundo, Blues for Oteiza (dedicado al escultor Jorge Oteiza). Restaba valor a lo suyo porque su timidez le impedía reconocerse, pero tuvo la suficiente personalidad como para resultar original y diferente en un entorno poco dado a la diferencia como es el navarro.

Tal y como explicó en la entrevista que le hice en Club de Jazz hace cuatro años, Mauro Urriza llegó al jazz tarde, cumplidos los treinta. Ahora el jazz es más o menos frecuente en los conservatorios, pero hace veinte años un músico con esas inquietudes debía buscarse la vida como él hizo recibiendo clases particulares de Iñaki Salvador, Miguel Blanco o Iñaki Askunce. Currela incansable, tal y como lo recuerda Salvador, Mauro Urriza era en la actualidad profesor del Superior de Navarra donde, como apunta Marcelo Escrich, compañero y amigo del pianista, pocos como él han logrado de forma tan unánime el respeto y cariño de alumnos y profesores. Eso sí, el verdadero magisterio lo impartió con su incansable actividad en numerosas jam sessions y conciertos en los que participó tanto en Navarra como en Miranda de Ebro y La Rioja, que son los territorios por los que se movió fundamentalmente. Hizo casi tantos kilómetros en casa como los que hubiera merecido alcanzar su música.

Con Mauro he tenido también la ocasión de compartir ensayos en la banda de música de Pamplona, de la que formo parte y con la que él colaboraba frecuentemente. Allí coincidía con uno de sus primos, Rogelio Andueza, intérprete de tuba -otro de sus primos es el gran saxo alto Mikel Andueza, uno de los jazzman con más clase del jazz ibérico-. Pero si algo recuerdo a título personal es haber coincidido en muchas ocasiones con él en las salas casi vacías del cine en las sesiones más intempestivas de las películas menos evidentes. La curiosidad como motor de vida. Y es que detrás de lo extraño que podía resultar a primera vista, de sus reacciones y gestos algo atolondrados o de su eterna camisa blanca de rayas, se escondía una persona a la que siempre recordaré no sólo por su enorme valía profesional sino, sobre todo, por el cariño, respeto y sentido del humor con el que me trató. Mauro no arderá en la hoguera de las vanidades.

Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en la web de Club de Jazz.

martes, julio 15, 2014

Horror


La guerra es la peor de las posibilidades del ser humano. Se ha glorificado miles de veces, pero la guerra es muerte, devastación, humillación, vísceras, vidas rotas. De la barbarie y masacre de Gaza de estos días están escribiendo excelentes periodistas en estos días. Poco tengo que añadir a lo que ellos ya han dicho desde allí o incluso desde aquí. Sólo quiero agradecer que honren el periodismo con su trabajo, arriesgando su vida y dignificando una profesión denostada (muchos han hecho mucho por ello) con un trabajo riguroso y honesto en una situación tan complicada.

La guerra es un asco. Israel hace la guerra en nombre de la lucha contra el terrorismo (recordemos que son USA y Europa quienes otorgan las credenciales). Ni el ‘señor X’ de los GAL, en sus sueños más húmedos, lo hubiera imaginado: Bilbao o Donostia bombardeadas por tierra, mar y aire en nombre de la lucha antiterrorista. Israel lo hace por costumbre, sólo que en ocasiones lo hace de forma más salvaje (si cabe) y es noticia. Por lo demás, insisto, es costumbre. La principal víctima es siempre la población civil. Decir lo contrario es mentir.

La guerra es un horror y glorificarla es sencillamente inmoral. En estos días tan terribles de asedio a Gaza, se vive en las redes un combate no menos terrible. Al lado de la guerra parece una minucia, un efecto colateral de la violencia en la opinión pública, pero no dice menos que la propia guerra sobre la condición humana. En la red se combate con propaganda. No es nada nuevo, pero, además de propaganda, hay un pulso entre fanáticos, una batalla por la ceguera que produce arcadas.

En los pocos (pero larguísimos) días que llevamos de ‘Operación Margen Protector’ (manda huevos), he visto la imagen de un crío palestino al que le faltaba medio cráneo y al que su padre llamaba entre gritos de devastada desesperación, cadáveres de menores entre escombros, supervivientes aterrorizados de un centro de atención a minusválidos, las tumbas de 18 personas de una misma familia, y un largo etcétera cuya descripción e ilustración les ahorro. ¿Quién es capaz de aceptar algo así? ¿Cómo alguien puede justificar que un gobierno haga eso en su nombre? Lamentablemente, más de los que uno es capaz de imaginar. El fanatismo ciega (como bien ilustraba una enorme viñeta de El Roto: “¡Al fin veo!”, gritaba con los ojos cegados por una venda que llevaba inscrita la palabra “Fanatismo”) y el odio ofrece visiones tan distorsionadas que uno creería producto de sustancias psicotrópicas. Hay personas (sí, lamentablemente también son personas) que prefieren ignorar el pequeño detalle de que a un bebé le falta media cabeza y afirmar que lo que se pretende con esa imagen es “dar pena”.

Hemos visto numerosos videos de lo que Israel considera un aviso preventivo (¿humanitario?) antes de la voladura con misiles de las viviendas de Gaza. Sin entrar ahora en mayores consideraciones sobre lo que implícitamente nos está diciendo Israel al “avisar” de antemano a sus víctimas, he comprobado cómo se justifica y otorga valor moral superior a ese crimen injustificable contra la población civil. “Encima que avisamos”, vienen a decir. Hay quien ha visto por primera vez uno de esos videos y pensó que el “aviso” era el misil. No sabe lo que va a llegar 57 segundos después. Me resulta imposible imaginar qué pasa por el interior de alguien que considera que ese “aviso” es ejemplo de la superioridad moral de su país. Los calificativos se los dejo al lector.

Un último detalle (habría miles): Otras imágenes que hemos visto en estos días, fuera del campo de batalla, nos han mostrado a israelíes apostados en un alto que les permitía disfrutar de una buena panorámica de la Franja de Gaza. Asistían alborozados al impacto de los misiles de su ejército en Gaza. Festejaban la barbarie. Quizá alguno de sus gritos de alborozo y aplausos de celebración acompañaron el estallido del misil que voló la cabeza de ese niño o sepultó la vida  de 18 personas. 

Al otro lado, en la ocupada Hebrón, paradigma de la terrible ocupación israelí de Palestina, decenas de ciudadanos se subían a una colina para tratar de asistir en la distancia al bombardeo inmisericorde que Hamás había anunciado sobre Tel-Aviv  (pura propaganda). En la televisión de Hamás se llegó a colocar un reloj de cuenta atrás. Con tristeza vi quien celebraba aquello como si esa fuera la cuenta atrás para la celebración de Año Nuevo. El reloj no señalaba el tiempo para el bombardeo de Tel-Aviv. Descontaba la distancia entre ocupantes y ocupados, agresores y agredidos. Los igualaba en fanatismo. Puro veneno

Carlos Pérez Cruz

viernes, julio 11, 2014

Cobertura inmoral*


Escribo ya no sorprendido, sí indignado, por la desafortunada portada de su medio en la edición del día 10 de julio de 2014, en concreto por el titular (acompañado de fotografía) en el que se puede leer “Israel y Hamás intercambian cohetes en plena escalada militar”. Resulta cuando menos asombroso que, dado que el propio cronista desde Gaza, Juan Gómez, certifica “al menos 40 muertos palestinos, entre los que hay numerosos niños”, el titular se refiera a un teórico intercambio de “cohetes”. El titular es profundamente desafortunado porque a) Israel no ataca Gaza precisamente con “cohetes”; b) Los palestinos muertos, la mayoría civiles (incluidos niños), se cuentan por decenas y por cientos los heridos; c) No hay constancia de heridos ni muertos israelíes (y espero que siga siendo así) hasta el momento de la publicación de esta información; d) No puede haber “escalada militar”, salvo que sea unilateral, dado que Palestina carece de ejército, mientras Israel es una de las mayores potencias militares del mundo. 


El enfoque informativo del medio sobre lo que está aconteciendo en Israel y Palestina resulta doloroso, sobre todo cuando al pasar página uno certifica que lo más relevante para ‘El País’ es el alcance de los cohetes lanzados desde Gaza (“Hamás amplía el alcance de sus cohetes hasta el norte de Israel”) y no el bombardeo indiscriminado sobre la población de la Franja, la muerte de decenas de civiles, entre ellos varios menores, en un espacio de tierra minúsculo que, conviene recordar, está muy densamente poblado. Hablamos de más de un millón y medio de personas atrapadas en 360 kilómetros cuadrados que no tienen escapatoria (ni refugios antiaéreos a los que acudir), dado que la Franja está aislada por tierra y controlada por mar por los buques de guerra israelíes. El desequilibrio de fuerzas y las consecuencias de lo que su medio considera un “intercambio” son tan abrumadoramente dispares que el tratamiento me parece no sólo poco ético periodísticamente, también inmoral.

Carlos Pérez Cruz

*Enviado al defensor del lector del diario 'El País' y la sección 'Cartas al director' el día 10 de julio de 2014.
Free counter and web stats