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miércoles, enero 11, 2017

La radio digital (y el milagro de la multiplicación)


Cuando apareció la TDT, la Televisión Digital Terrestre, se nos vendió no sólo la mejora de la calidad de imagen sino la multiplicación de contenidos. La digitalización de la señal trajo, en efecto, una mejora objetiva de la calidad de imagen; de los contenidos, juzgue cada uno, aunque parece obvio que lo que se multiplicaron fueron las redifusiones y los cutres contenidos de bajo coste [videntes y terturreicos con gomina]. El único beneficio doméstico fue para el pulgar, que pasó a ejecitarse con contumacia en cada zapeo. Llegaron los televisores planos, que dejaron obsoletos los televisores de culo (ahí sigue el mío, resistiéndose al adelgazamiento) y se convirtieron en objeto de deseo de cada una de las algaradas callejeras [No hay protesta por el elevado precio de la gasolina, muerte a tiros de la policía o cualquier restricción gubernamental que no incluya la imagen del saqueo de televisores planos].

Se anuncia ahora que Noruega es el primer país del mundo en dejar de realizar emisiones en Frecuencia Modulada. La FM fue a la radio lo que el color a la televisión. La oscura y sucia AM -cuya definición se enturbiaba con la caída de la noche al entrelazarse las ondas de las emisoras, que entonces aumentan su alcance- fue desplazada por la FM, cuyo estéreo y nitidez ofreció al oyente la percepción espacial del sonido, algo para lo que la Onda Media no estaba facultada. Eso sí, como ya expliqué en alguna ocasión, la AM sigue siendo un recurso útil (hoy se diría vintage) para viajar por España sin dejar de escuchar la emisora que uno prefiera. A excepción de Radio María, cuya omnipresencia en cada rincón de España encuentra su explicación en un repetidor celestial, el resto de emisoras en FM tiene un alcance muy limitado. Algo a lo que ahora viene a poner solución la radio digital, DAB [Digital Audio Broadcasting] en sus siglas en inglés.

Han pasado prácticamente 21 años desde que se realizara en España la primera emisión en DAB, y aparentemente nada ha evolucionado desde entonces salvo, quizás, la posibilidad de escuchar algunas emisoras a través del receptor de TDT del televisor. La FM sigue siendo la reina de la radio, a pesar de la competencia (¿?) de otros formatos radiofónicos como el podcast [radio a la carta] o el streaming [emisión a través de internet] de las propias emisoras de radio convencionales y de las surgidas en exclusiva para internet. Es una pena, porque la radio digital permite escuchar con gran definición de sonido una misma emisora sin perder su frecuencia al moverse por el país. Y no sólo eso, sino que, al igual que sucedió en televisión con la TDT, permite la multiplicación de canales. Lo he comprobado en Estados Unidos, donde trasladé a la radio la fórmula del zapeo televisivo para constatar que emisoras las hay de todos los colores, pero también que apenas tienen pintores. La radio es voz, acción y reacción, de lo contrario es otra cosa: un hilo musical, una playlist. ¡Ah! El factor humano. La DAB multiplica emisoras, no puestos de trabajo. Los profesionales, camino de la radio-selfie.

Carlos Pérez Cruz

jueves, septiembre 15, 2016

Proyecto OCNOS - "Espadaña" en el Festival de Música Contemporánea de Navarra (NAK 2016)


Pamplona es tierra dura, tan autocomplaciente con su tradicionalismo como hostil a lo contemporáneo. Saca pecho y marca paquete, pero se desinfla a nada que uno vea mundo. Se vive bien, se come bien, pero se escucha poco y mal. Hace ya muchos años que el oxígeno me llega de otras latitudes. Como en todo, hay excepciones. Honrosas y laboriosas excepciones. Inconscientes que tratan de despertar(nos) la conciencia del mundo a través del arte.

Anoche se produjo un pequeño milagro, una de esos preciosos pellizcos al letargo: el Festival de Música de Contemporánea de Navarra, NAK, que desarrolla en estos días su voluntariosa segunda edición, se trajo de Sevilla al Proyecto OCNOS. Tres creadores en escena, un puñado de espectadores en la grada. Como fuente de inspiración, la Guerra Civil Española. Sí, otra película sobre la Guerra Civil. Sólo que ésta discurre en los oídos, la trama es la reflexión íntima a la que invita la música. Una película sensorial cuyo guión firman jóvenes compositores españoles, a los que la incultura sepulta en el más absoluto anonimato, y a cuyos personajes y escenarios dan vida dos excelentes músicos: el guitarrista Pedro Rojas Ogáyar y el clarinetista Gustavo A. Domínguez.

Durante prácticamente una hora, Pedro y Gustavo, junto con el compositor Luis Román, autor de una de las obras y encargado de la parte electrónica y proyecciones, exhumaron los restos de una memoria tan ninguneada como políticamente manoseada. Plantaron ante nuestros oidos un arsenal de resonancias bélicas, con ecos del llanto y el dolor más colosal de la violencia entre hermanos. Transforman cantos y marchas de los diferentes bandos -esos ejercicios de aliento varonil, hormonados y enajenados-, para en su mutación llegar a desnudar el horror del vacío existencial sobre el que se construyen.

Con el título genérico de Espadaña ("a medio camino entre España, espada y guadaña"), cuatro composiciones de cuatro autores enlazadas mediante la lectura de bandos de guerra y notas de prensa de la época. Música de gran exigencia para la interpretación, con momentos de muy lograda y envolvente emulación de los sonidos de la guerra; tensión narrativa in crescendo que captura al oído y revuelve las emociones, que del horror hablamos. Virtuosa en la ejecución, compleja en su concepción, una propuesta que activa oído, cerebro y alma. Disparos de ingenio creativo. Excepciones.

Carlos Pérez Cruz

viernes, febrero 26, 2016

Exaltación de la mediocridad

Todos podemos intuir qué es una feria como ARCO, al igual que sabemos que los festivales de verano son a la calidad musical lo que Cadena Dial a la música española. Sin embargo, la reacción ante una feria como ésta tiene valor de representatividad: cómo somos. Amigos de la chanza y el jolgorio, nos refocilamos ante las excentricidades a precio de paraíso fiscal, mientras ignoramos lo que de bueno pueda haber en la feria, que haberlo lo habrá. Es decir, ponemos el zoom del cachondeíto en lo ridículo e ignoramos lo que de verdaderamente creativo pueda haber. No es muy diferente de cualquier otro ámbito cultural: la energía que dedicamos a lo chusco y paródico se la quitamos a la belleza, pura y simplemente. También en periodismo, claro, donde preferimos sentarnos frente al televisor a ver los excrementos verbales de Marhuendas e Indas para alterarnos ociosamente, en vez de concentrarnos en premiar con nuestra atención a quienes simple y llanamente se dedican a hacer algo tan difícil en estos tiempos: su trabajo. Apreciar lo bien hecho requiere un mayor esfuerzo que dejarse llevar por las oleadas de mediocridad y mal gusto. La recompensa, eso sí, es infinitamente mayor.

Carlos Pérez Cruz

jueves, diciembre 31, 2015

Las gentes del jazz


No soy amigo de listas de "lo mejor de", ni de resúmenes del año. Las primeras son excluyentes, especialmente si detrás de ellas figura un gran medio que induce e influye en las decisiones. No es mi caso, soy pequeño, minúsculo, pero aún así sería injusto por mi parte decir qué ha sido lo mejor cuando apenas he escuchado una microscópica parte de lo que se ha publicado en un año, cuando "lo mejor" conlleva un sentido competitivo que aborrezco para la música. Los segundos siempre olvidan, son selectivos y crean una memoria colectiva que nunca es inocente en sus olvidos.

En los últimos años sorteé la obligación de las listas en Cuadernos de Jazz con la excusa de que no eran los mejores discos, sólo recomendaciones de música con la que había disfrutado mucho [algunos de los "afortunados" aprovecharon la coyuntura para cambiarle el sentido a mi selección]. Este año, como no tengo esa obligación, prefiero cambiar de tema y aprovechar para agradeceros a quienes hacéis de este pequeño mundillo del jazz algo fabuloso. Los músicos y su música son lo que nos reúne, lo que nos apasiona y conmueve, pero alrededor de ellos se mueven los satélites que les dan sentido: aficionados, técnicos de sonido, críticos, programadores, fotógrafos, periodistas... De todos ellos, a quienes me he ido encontrando a lo largo ya de un buen puñado de años gracias a esta pasión y trabajo, me quiero acordar en estos últimos minutos de año.

En Club de Jazz tengo a mis propios santos: Jesús, Anxo, Alberto, Luis y Ferran. Gracias a ellos, pacientes y atentos, dispuestos siempre a aportar, tenemos una diversidad de aproximaciones al jazz, la improvisación y la música en general, ¡que ya quisieran muchos programas! Además tengo muchos ángeles guardianes, miles de oyentes que estáis ahí, algunos con nombre propio, otros incluso con rostro, la mayoría desconocidos para mí. Con varios he llegado a compartir momentos de música y conversación, con otros ojalá pueda tener ocasión en el futuro. Estáis desperdigados por el mundo, y eso es fabuloso. Gracias por contar con este Club que pronto cumplirá... ¡15 años!

Más allá del Club, de sus oyentes y colaboradores, están todos esos personajes (incluso personas) que he ido conociendo en conciertos y festivales, las gentes del jazz: los apasionados de la fotografía, capaces de eternizar instantes fugaces; los programadores, que regatean siempre al músico pero que terminan por dar más de lo que tienen; los técnicos de sonido (incluso los buenos); los camareros (también los que arrojan botellas durante los pianísimos de la música); esos aficionados eternos que no se sabe de dónde salen y que parecen haber quedado atrapados en el tiempo; los críticos de toda la vida, también atrapados en la nostalgia; Lorenzo, el mejor anfitrión, el barman más generoso en el mejor antro del país, el Juan Sebastian Bar de Huesca; Luis, el programador más sabio, mago de las finanzas cada vez más recortadas para la cultura; las gentes de Vic, que este año me abrieron las puertas de la Cava y la convirtieron en el salón de mi casa; las tiendas de discos... ¡Ups! Perdón, he saltado atrás en el tiempo. En definitiva, mi reconocimiento a todos con quienes he compartido momentos a lo largo de este año y los anteriores, a quienes habéis hecho de la experiencia de la música algo compartido y enriquecedor en más sentidos que los estrictamente musicales.

Gracias por los buenos ratos compartidos. Que sean muchos en este nuevo ciclo anual que se abre. ¡Salud!

Carlos Pérez Cruz
www.elclubdejazz.com

martes, diciembre 29, 2015

Noche de NBA


Ha pasado mucho tiempo desde que no veía un partido de la NBA. Nunca lo había hecho in situ. Tuve la suerte de poder seguir los años de Andrés Montes en Canal +, desde los comienzos con Segurola hasta la configuración de la pareja con A. Damiel, "crónica en rosa de la NBA". No tengo recuerdos de haberla seguido especialmente en TVE, con Pedro Barthe y Ramón Trecet, aunque seguro que lo hice en alguna ocasión excepcional. [Ramón, al que tantos años seguí en 'Diálogos 3' y que a principios de este año... ¡me bloqueó en Twitter!]. Tengo memoria de muchas madrugadas, de intentar dormir algo para despertarme a las dos de la madrugada (partidos de las costa este) o pasadas las cuatro (partidos de la oeste), de partidos que me dejaron sopa y de otros que me impidieron recuperar el sueño. Me acuerdo del debut de Pau Gasol en los Grizzlies, o de la última canasta del último gran Michael Jordan para darle a los Bulls un título de la NBA. También recuerdo ver una grada semivacía en el pabellón de los Magic de Orlando y preguntarme por qué demonios estaba yo despierto de madrugada si ni siquiera sus aficionados iban allá por la tarde a verlos. Después me hice grandecito, desapareció la televisión de pago y se acabó la NBA, aparte de que el baloncesto USAmericano fue perdiendo interés para mí en comparación con el europeo. Tengo la impresión de que uno de los grandes problemas del baloncesto europeo -sea Euroliga, sea ACB- es que no han dado con la tecla para venderse en casa como sabe hacerlo la NBA. Muchas de las jugadas que ésta empaqueta para la televisión se ven en nuestras canchas y nadie se entera.

Anoche tuve mi primera experiencia en un pabellón de la NBA, en el Verizon Center de Washington DC, cancha de los Wizards, uno de los peores equipos de lo que llevamos de temporada. Doy fe de que son malos con avaricia, tanto como de que su mejor jugador es un polaco, Marcin Gortat, que venía de ser 'jugador de la semana' en el Este. Lo curioso de cómo se vive un partido de la NBA en una cancha de la NBA es que lo de menos es el partido, porque hay tantísima actividad a su alrededor, y en sus tiempos muertos, que no eres casi nunca consciente de que lo que venías a ver es un partido de baloncesto. Del impacto de la inmensidad del pabellón te repones medianamente pronto, de lo que no te repones es del ritmo frenético de actividad a tu alrededor, de reclamos en la inmensa pantalla del pabellón, de juegos en la cancha con cada parón, de "regalos" que llueven del cielo. Va todo a tal velocidad, con tanta pompa, que las cerca de dos horas y media de partido parecen una. Y eso tiene algo de bueno y algo de malo. Lo bueno: un partido horrible se digiere como una hostia de misa. Lo malo: la exagerada exhibición de medios convierte el baloncesto en un Disneyland, en una falsa realidad. La sobreabundancia de efectos convierte en extraordinario algo tan convencional y soporífero como un Wizards – Clippers. Y eso requiere tal dispendio que parece insostenible. Desde luego la NBA no es una ecocompetición, aunque también tiene algo positivo: los aficionados no parecen tomarse tan en serio a sus equipos. No es cuestión de vida o muerte, sólo un entretenimiento (en España insultaríamos hasta al vídeo que pide que no se utilicen palabras gruesas durante el partido).

Creo que vemos mejor baloncesto en Europa, pero insisto en que lo vendemos mal o que nos sigue deslumbrando la NBA por una cuestión de mera convención, porque nos deslumbró en su día y ese destello parece que nos cegó. Por supuesto, hay enormes jugadores y equipos aquí, pero la riqueza táctica sobre el tablero de la cancha es superior en Europa. Por eso no sorprende que el jugador más creativo anoche fuera alguien que ha hecho su carrera en Europa, especialmente en el Baskonia, el gran Pablo Prigioni. Su lectura del juego, cómo generó espacios y repartió asistencias (a menudo, desaprovechadas por sus compañeros), fue la lección de un tipo que con 38 años sigue viviendo este juego como un niño pequeño. Fue mi ocasión para gritarle "¡jugón!", para hacer mi pequeño homenaje a Andrés Montes en una cancha de la NBA y reivindicar la riqueza del baloncesto FIBA. Que los lujos de la suite no nos impidan ver el cartón-piedra. Hollywood no está mal, ¡pero le faltan nuestros Haneke!

Carlos Pérez Cruz

domingo, noviembre 15, 2015

Ellos, los otros

Cuando se ha anunciado un minuto de silencio por las víctimas de los atentados de París, he sentido incomodidad. Los gestos, también los bienintencionados -especialmente esos-, conllevan siempre un posicionamiento, aunque sea inconsciente. Nadie de buen corazón se opondría a la solidaridad con las víctimas de una barbarie como la vivida en París el pasado viernes. No cuesta nada levantarse durante un minuto, guardar silencio y, en la medida de lo (im)posible, tratar de empatizar con el horror que uno nunca imagina para su vida. Siempre es bueno ponerse en la piel de los demás, mostrar empatía. El problema llega cuando los demás se convierten en los otros, cuando el nosotros implica un ellos, cuando decidimos por quién doblan las campanas. 

Como bien me ha recordado un compañero, la humanidad siempre se ha unido en torno a la tribu. Pero, ¿quién conforma exactamente esa tribu? Por definición, la tribu es excluyente. ¿Dónde quedan dibujados los límites de la misma? ¿Dónde el nosotros se desdibuja en un ellos? ¿Por quién guardar y por quién no un minuto de silencio? En la alocución por megafonía se han referido en exclusiva a las víctimas de los atentados de París, no a las de Beirut del día anterior o a las del avión ruso caído en Egipto o a las de Bagdad o a las de Palestina o a las de Siria o a las de Ankara o a las de Yemen o a las... ¿Por qué sí con las de París? ¿Cuál es nuestro nexo común con ellas y no con las otras? ¿Existen víctimas tolerables? Hasta donde hemos sabido, en París han muerto o caído heridas personas de orígenes geográficos muy diversos, entre las que intuyo además habría cristianos, musulmanes, judíos, agnósticos, ateos... ¿Habremos guardado silencio por europeos? 

¡La Europa de los valores! Escucho discursos que hablan de su defensa, de la democracia, se refieren incluso al "sistema que nos hemos dado" atacado por quienes desangraron París el viernes. Evidente: todos esos valores, la democracia, el sistema que "nos hemos dado", han sido atacados y lo menos que se puede decir de los asaltantes es que son unos bárbaros, unos desalmados (y de ahí para arriba hasta el exabrupto). Pero, ¿qué valores han atacado? ¿Son universales? ¿Somos Europa y sus valores cuando sostenemos dictaduras y comerciamos con ellas? ¿Cuando les vendemos armas? ¿Cuando aceptamos paraísos legales para negar el derecho de defensa? ¿Somos Europa al bombardear otros países? ¿Cuando abrimos en ellos vacíos de poder en los que se cimentan horrores como el Daesh? ¿Son menos víctimas del horror y la barbarie sus víctimas? ¿Somos Europa al internar en campos de concentración a quienes huyen del terror? ¿Al levantar vallas delante de familias exhaustas después de miles de kilómetros a pie? ¿Esos son nuestros valores? ¿Es por ellos por lo que lo hacemos? Hablar de defender "el sistema que nos hemos dado" y "nuestros valores" es tanto como aceptar las muertes de miles de civiles o la imposibilidad de una vida digna para millones de personas. Porque seamos conscientes: lo hacemos en defensa de todo eso. Si lo aceptamos -es decir: si les votamos, si no hacemos manifestación pública de nuestra oposición, si aceptamos la desigualdad...-, ¿no deberíamos a empezar a asumir las consecuencias de nuestros actos, por acción y por omisión? 

Le preguntaba ayer Enric González en París a un "taxista musulmán" por sus sentimientos después de los atentados; pregunta respondida con otra pregunta: ¿Me lo pregunta como taxista, como parisino o como árabe? No es gratuita su suspicacia, establece categorías de sospecha consolidadas en nuestra Europa de los valores. En ella, no es lo mismo un cristiano que un musulmán, un rumano que un francés, un gitano que un payo. La condición humana es inclusiva; lo demás, exclusiones tribales. En Europa, la libertad, la fraternidad y la igualdad tienen reservado el derecho de admisión. No es para ellos.

Carlos Pérez Cruz

sábado, septiembre 26, 2015

Visca la independència!

No sabría explicar de dónde me viene mi filiación culé, sí mi pasión por la radio. Imagino que ser hijo de periodista radiofónico explica lo segundo –aunque no necesariamente un hijo siga los pasos de su padre-, pero para lo primero no encuentro explicación racional. Desde crío soy del Barça sin que nadie me lo propusiera ni indujera, no había en mi entorno una pasión fubolera ni el ambiente estaba tan saturado de fútbol como hoy. Compraba el Sport o El Mundo Deportivo –mis primeras referencias de prensa-, aunque mi madre se empeñara en el Marca, “porque se vende más”. 

La radio le fue como anillo al dedo a mi pasión culé. La Onda Media (AM) -¿sabrán los más jóvenes de qué les hablo?- hacía llegar los rebotes de señal desde Catalunya de alguna emisora de COM Ràdio y así, entre idas y venidas de la cobertura, seguía los partidos de fútbol de mi equipo y escuchaba y practicaba mi primer catalán. Más tarde llegó internet, y ahora uno puede escuchar la radio catalana donde quiera, lo mismo que otro muchos medios de lenguas y regiones remotas. En eso se ha perdido algo el espíritu de arqueología de la señal que nos brindaban las frecuencias radiofónicas. Me gusta la sonoridad del catalán, lo practico en la intimidad -a veces en público- y siempre en los cajeros, donde elijo la opción “en català” (¡Eh! Nadie busque en ello la analogía catalán-pasta…). Sea como fuere, siempre he tenido una cierta afinidad hacia lo catalán –signifique esto lo que signifique. ¿Simple curiosidad?-, aunque lamentablemente mi conocimiento de Catalunya sobre el terreno es muy limitado, no tanto de Barcelona. 

Siento una aversión natural por las emociones patrióticas –la patria es un sentimiento-. Respeto las emociones personales (es inútil discutir de emociones), pero las colectivas suelen resultar coercitivas, coreografías de la intimidación sobre una fuerza fundamentada en la unanimidad uniformadora. Soy español y navarro porque el actual ordenamiento administrativo denomina de esa forma a mi región de nacimiento y residencia, pero ni ser español ni navarro me definen en modo alguno. Soy español y navarro como mañana puedo ser vasco o teutón en función de cómo evolucionen los marcos administrativos. No me preocupa. No soy ni español ni navarro en términos identitarios, ni mucho menos emocionales. No me siento, como aquella andaluza me dijo sobre Andalucía y España, porque, ¿qué es exactamente lo que siente un andaluz y español por el mero hecho de serlo? Las identidades colectivas tienen mucho de imaginario construido mediante la amplificación de los estereotipos, una manera eficaz de uniformar la diversidad y diluir la disidencia. 

Tengo alergia a las banderas; por eso una vez expliqué que lucía de manera excepcional un pin con la palestina, no por una pasión patriótica sino como símbolo de denuncia de la ocupación y violación de los derechos humanos de los palestinos. Por lo demás, me trae sin cuidado que a aquella región del mundo se le acabe llamando Israelina o Palisrael, siempre que quienes allí vivan lo hagan como ciudadanos de pleno derecho, sin discriminación ni sometimiento por razones de raza y religión (otras de esas grandes patrañas para la exclusión y la dominación). Por eso la bandera de España (la que ahora España utiliza institucionalmente, antes hubo otras), así como la navarra o la catalana, me producen alergia, símbolos que tienen más que ver con la identificación emocional que con la buena o mala administración del territorio. Y es que aspiro a la gobernación justa de los recursos, no a la administración de los sentimientos. 

Este domingo se vota en Catalunya y, según quién te cuente la película, se avecina el apocalipsis o, por el contrario, el paraíso terrenal. Hay muchos matices intermedios, pero la sobreactuación emocional tiene la virtud de ahogar la razón y la mesura. Ni soy catalán ni vivo en Catalunya. Mañana no puedo votar, pero, si pudiera, abogaría sin dudarlo por la independencia. La independencia culmina la autonomía. Mi patria, mi cuerpo. Con la conciencia por bandera.

Carlos Pérez Cruz
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