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jueves, septiembre 15, 2016

Proyecto OCNOS - "Espadaña" en el Festival de Música Contemporánea de Navarra (NAK 2016)


Pamplona es tierra dura, tan autocomplaciente con su tradicionalismo como hostil a lo contemporáneo. Saca pecho y marca paquete, pero se desinfla a nada que uno vea mundo. Se vive bien, se come bien, pero se escucha poco y mal. Hace ya muchos años que el oxígeno me llega de otras latitudes. Como en todo, hay excepciones. Honrosas y laboriosas excepciones. Inconscientes que tratan de despertar(nos) la conciencia del mundo a través del arte.

Anoche se produjo un pequeño milagro, una de esos preciosos pellizcos al letargo: el Festival de Música de Contemporánea de Navarra, NAK, que desarrolla en estos días su voluntariosa segunda edición, se trajo de Sevilla al Proyecto OCNOS. Tres creadores en escena, un puñado de espectadores en la grada. Como fuente de inspiración, la Guerra Civil Española. Sí, otra película sobre la Guerra Civil. Sólo que ésta discurre en los oídos, la trama es la reflexión íntima a la que invita la música. Una película sensorial cuyo guión firman jóvenes compositores españoles, a los que la incultura sepulta en el más absoluto anonimato, y a cuyos personajes y escenarios dan vida dos excelentes músicos: el guitarrista Pedro Rojas Ogáyar y el clarinetista Gustavo A. Domínguez.

Durante prácticamente una hora, Pedro y Gustavo, junto con el compositor Luis Román, autor de una de las obras y encargado de la parte electrónica y proyecciones, exhumaron los restos de una memoria tan ninguneada como políticamente manoseada. Plantaron ante nuestros oidos un arsenal de resonancias bélicas, con ecos del llanto y el dolor más colosal de la violencia entre hermanos. Transforman cantos y marchas de los diferentes bandos -esos ejercicios de aliento varonil, hormonados y enajenados-, para en su mutación llegar a desnudar el horror del vacío existencial sobre el que se construyen.

Con el título genérico de Espadaña ("a medio camino entre España, espada y guadaña"), cuatro composiciones de cuatro autores enlazadas mediante la lectura de bandos de guerra y notas de prensa de la época. Música de gran exigencia para la interpretación, con momentos de muy lograda y envolvente emulación de los sonidos de la guerra; tensión narrativa in crescendo que captura al oído y revuelve las emociones, que del horror hablamos. Virtuosa en la ejecución, compleja en su concepción, una propuesta que activa oído, cerebro y alma. Disparos de ingenio creativo. Excepciones.

Carlos Pérez Cruz

viernes, junio 07, 2013

Wadada Leo Smith - CC. 'El Matadero', Huesca 5/06/2013


Wadada Leo Smith durante la prueba de sonido en Huesca
©  Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)

Cuenta Wadada Leo Smith que una de las prácticas habituales en la AACM (Asociación para el Avance de la Música Creativa) es dejar al músico solo en el escenario y no regresar hasta que éste no logre decir algo propio con su instrumento. A él se lo hicieron (“les escuchaba hablar mientras tocaba”) y, aparte del lógico mal trago, le pareció una buena experiencia. Empezó a tocar su solo, el resto de músicos abandonó poco a poco el escenario y, cuando le dieron el beneplácito, regresaron. Todo músico, con independencia de que toque o no un instrumento armónico, debería tocar en solitario: “es una manera de descubrir quién eres”.

¿Tiene lógica un concierto de trompeta sola? Parecería una pregunta absurda si el instrumento fuera un piano, un órgano o cualquier instrumento armónico, pero la duda acecha cuando hablamos de una trompeta, una flauta, un trombón o un saxo (entre otros muchos instrumentos monódicos). La costumbre nos ha hecho asumir que la música es una asociación de diferentes sonidos y la forma en que éstos se relacionan entre sí la que le otorga sentido a nuestros oídos. Probablemente debamos combatir la costumbre, tan acomodaticia ella, para abrirnos a otras muchas lógicas posibles. Si lo que llamamos un canto a capela (una nana cantada al bebé para que duerma) nos parece de una lógica incontestable, ¿no debería ser igualmente lógico el canto individual de los instrumentos?


Wadada Leo Smith durante el concierto
© Jesús Moreno

Al igual que la AACM testaba la voz propia del músico dejándolo a solas sobre el escenario, sería un ejercicio verdaderamente interesante que el espectador quedara a solas frente al músico en un concierto como el de Wadada Leo Smith en Huesca. Lamentablemente (¡qué alegría!) eran tantas las personas en la sala que el ejercicio hubiera resultado eterno. ¿Cuál hubiera sido la vivencia de la música cara a cara con el músico? La socialización de la duda y del desconcierto genera una tensión ambiental que, sin dejar de tener valor sociológico, puede llegar a dificultar la necesaria concentración del oyente (descubrir la inquietud del vecino nos anima a colectivizar la duda). Desconozco las razones que llevaron a 130 personas a pagar 10 euros por una entrada para ver a un trompetista en solitario (los misterios del boca a boca son inescrutables) pero resulta evidente que una parte importante de espectadores no tenía la menor idea de qué iba a escuchar. ¡Bien por ellos! La curiosidad es el motor de la propia evolución y en Huesca tienen un técnico de cultura, Luis Lles, que la instiga permanentemente. Sólo tres espectadores abandonaron antes de tiempo la sala y del resto se desprende (con las lógicas diferencias de opinión) la satisfacción por vivir lo insólito a pesar de la cruda austeridad de la propuesta. La prolongación del solo con varios bises muestra que, al menos, no había prisa por marchar.


¿Una más? Wadada Leo Smith en Huesca
© Jesús Moreno

En comparación con Peter Evans -cuyo solo en el Festival de Jazz de San Sebastián del año pasado fue una abrumadora demostración de técnica e hiperactividad del joven trompetista-, la expresión de Wadada Leo Smith resulta más bruta, infinitamente menos técnica y, quizá por ello, más humana. Su toque viola la precisión de conservatorio y, por ello, escucharle resulta una experiencia interesante. Su sonido tiene una pegada que noquea, estremecedora, y a sus 71 años sigue manejando de forma meritoria las diferentes tesituras del instrumento. Todo ello testado en escena sin ningún aditivo (tan sólo el uso de una sordina). Un único micrófono con una inapreciable reverberación (no siempre su trompeta apuntaba hacia él por lo que escuchamos la trompeta sin intermediación) y una sala de acústica severa (de esas de las que algunos músicos bromean con pasar después la escoba para recoger las notas caídas sobre el tablado). No hubo aditivo a pesar de que en determinados momentos proyectara sobre una pantalla imágenes espectrales que procedían de los proyectos con su grupo Organic. ¿Por qué las imágenes? En ningún momento parecía que tuvieran una relación directa con lo que Wadada tocaba. Podría pensarse que proyectaba para relajar la experiencia de cara al público, aunque él me explicó, en una entrevista previa al concierto, que las proyectaba para generar una especie de conflicto en el espectador, para que tuviera que elegir entre una cosa o la otra. Me inclino por pensar que relajaron la experiencia, si bien no dejaban de resultar un extraño elemento decorativo.

Wadada Leo Smith fue intercalando en escena creaciones en el momento con algunas referencias a motivos melódicos (es una forma de decirlo) de composiciones para otros proyectos como su descomunal Ten Freedom Summers, por el que llegó a Huesca en calidad de finalista del último Premio Pulitzer de música. De él hizo referencia a su Rosa Parks and the Montgomery Bus Boycott y a las partes 1 y 2 de America (que anteriormente formó parte de un disco a dúo con Jack DeJohnette), así como a otras grabaciones con referencias a Miles Star (de sus colaboraciones con Henry Kaiser en Yo Miles!) y a Song of Humanity (del disco homónimo de 1976 con su grupo New Dalta Ahkri). Tan sólo interrumpió su discurso con el instrumento para ofrecer un breve interludio electrónico jugando con su iPad, como si se tratara de un punto de fuga a la tensión inherente al discurso (necesariamente) fragmentario de su trompeta. Un vuelo cósmico antes de volver a tierra firme.


Wadada Leo Smith en Huesca © Jesús Moreno

El silencio fue la respuesta a cada una de sus “interpretaciones”. Cuando se pierden las referencias tradicionales cuesta delimitar dónde empieza y termina algo. Pero el silencio también juega en el discurso musical y adquiere más importancia si cabe en este formato en solitario. En él, el espectador tiene tiempo para mascar una frase mientras se gesta la siguiente. También puede devanarse los sesos preguntándose qué sentido tiene lo que está escuchando si nada rellena los sonidos que emite el trompetista (claro que puede imaginarlos él mismo y, por lo tanto, alcanzar la tan ansiada interacción con el artista). Sobre el silencio fue dibujando su discurso Leo Smith, con virulentos brochazos y con delicadas caricias de escobilla. Suspendidos en el espacio (es un decir, la acústica de ‘El Matadero’ no suspende, es puro peso de la fuerza de gravedad) quedaron sencillos motivos melódicos y saltos imposibles; largas emisiones en expansión junto a otras cortantes como puñetazos; tímbricas impolutas frente a sonoridades en continua mutación. Y la sensación de haber sido testigos de una sesión de música casi primitiva en tiempos de una modernidad sobreexcitada que altera la naturaleza de lo que somos. Aquella a la que Wadada Leo Smith invocó con su soplo desgarrado.

© Carlos Pérez Cruz
 
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

miércoles, marzo 27, 2013

Myra Melford & Ben Goldberg - 'El Matadero', Huesca 25/03/2013


Myra Melford y Ben Goldberg en Huesca
©  Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)

En un momento de la charla fuera de micrófono con Ben Goldberg, y a modo de broma tras algo que me estaba contando, le dije que tendría que buscar otro pianista. En su respuesta no llegó a elevar en ningún momento las comisuras de los labios: “There´s no other pianist”, sentenció.

Hay más pianistas, por supuesto, pero encontrar ese anillo para el dedo, el reflejo de uno en el otro, es complicado. Ben Goldberg y Myra Melford son ahora uno, gracias a años de colaboraciones en sus respectivos proyectos. Ahora son uno en forma de dúo y el hecho de que sean “casi vecinos” en la californiana Berkeley debe de facilitar mucho las cosas. Ambos muestran una admiración mutua, que vista desde fuera se puede compartir. Su actuación en Huesca fue memorable. Las condiciones del auditorio del ‘Matadero’ permitieron disfrutar de un concierto sin amplificación, con lo que se respeta y disfruta el sonido natural. El silencio de sala de cámara permitió igualmente que la música rozara los extremos, con pianísimos que parecían surgidos de un estado de transposición, como percibidos en ese letargo tan cálido del cuerpo camino del sueño reparador de una siesta. 


Myra Melford
© Jesús Moreno

Son muchos años de música sobre el escenario pero no todos los saben llevar con la sencillez, control escénico y naturalidad con la que se comportan en escena Melford y Goldberg. Fred Hersch me dijo en una entrevista que lo primero que trabaja con sus alumnos es la aproximación física al piano. La forma de relacionarse de Myra con el instrumento dice mucho de su sonido, y la composición de su figura con el piano es verdaderamente un deleite para la vista. No siempre la presunta agresividad del gesto deviene en un piano percusivo, ni viceversa. En ocasiones todo su cuerpo baila y, como si de un efecto de resonancia se tratara, ese baile se traslada al teclado con una pulsación refleja, réplica de su cuerpo en movimiento. Acaricia las teclas como si fueran las patitas de un pequeño petirrojo saltando sobre ellas. El piano se extrema en sus mínimos sin perder jamás la perfecta definición del sonido, su presencia y proyección, algo tan difícil de encontrar en tantos y tantos pianistas de jazz. Lograr no emborronar jamás el sonido en ambos extremos de volumen, delimitar con precisión el perfil del sonido, explica la gimnasia cotidiana de Myra Melford. Porque la improvisación no está reñida con la precisión.


Ben Goldberg
© Jesús Moreno

El control técnico de Melford, su cuerpo en perfecta sintonía con el piano, tiene equivalencia en la gestualidad de Ben Goldberg. Obviamente son instrumentos que requieren atenciones muy diferentes, pero la serenidad expresiva, la llamativa relajación física de ambos, permite que la música convoque no sólo a los extremos de intensidad sino también a los discursos más complejos y a los más (aparentemente) simples como si de una misma cosa se tratara. La gestualidad zen de Goldberg es la del dominio inmutable del aire que permite tanto el brote del sonido como su desaparición, convirtiendo el soplido sordo en parte del discurso melódico. No es por falta de esa (obsesiva, aunque muchas veces necesaria) esterilidad clásica del sonido, es su voluntad (no es lo mismo pretender que padecer) la que recubre con una bellísima impureza la emisión sonora, tan flexible como ágiles los pies de Melford bailando su propia música (por cierto, gruesa plataforma la de su calzado).


Myra Melford
© Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)

Cuenta Goldberg que en un momento dado de su formación, para tocar jazz usaba un saxo; para clásica, el clarinete. Es verdad que el papel del clarinete en la historia del jazz está muy asociado a la época del swing y que, sin ser una rareza (que sí, que ya sé que hay unos cuantos jazzistas clarinetistas), parece en cierto modo relegado. Quizá su timbre (hay instrumentos más acogedores, lo siento), lo convierte en especialista secundario más que en actor protagonista. La idea de un dúo de piano y clarinete nos aproxima al imaginario de la música de cámara clásica (toda etiqueta es una (auto)limitación) y de alguna manera, lo fue. Las formas musicales de muchas de las composiciones (se repartieron la autoría de los temas a excepción del segundo bis, de Andrew Hill) podrían ser resultado de imbricadas ecuaciones compositivas de autores del siglo XX, pero también deliciosos paseos por el impresionismo musical más minimalista y sensible. Al impacto tayloriano de The Kitchen de la pianista, le respondía el eco de una íntima Moonless night de la propia Melford, el dibujo de una balada con reminiscencias melódicas (para quien esto firma) de la solitaria fémina de Ornette Coleman.

La música, siempre rica en matices, en estructuras que se abren a discursos paralelos y libres para volver a una disciplina soviética en la recapitulación del tema. El conjunto, resultado de la inspiración que se le exige al jazz y de la disciplina que se le supone a la clásica. Quizá por eso la expresión era un híbrido de ambas, demostración de que las etiquetas están para perder el tiempo. Digo ambas, aunque en realidad fueron múltiples. Porque en tan sólo un instante se puede pasar de los indicios de una canción pop en Breathing room (Ben Goldberg) a un swing de alegre (in)disciplina callejera que vuelve a ser canción, hasta diluirse en un nocturno que va deshaciéndose de pura abstracción. Abstracción y figuración en un permanente ir y venir. Hasta se sintió la alegría de un himno a medio caballo entre el gospel, la música vaquera y el tumbao latino en la Strawberry de Myra Melford.


Myra Melford y Ben Goldberg
© Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)

Que no hay otro/a pianista posible, es un piropo convencido de Goldberg hacia Melford. Sentir la convicción (y la felicidad), mientras uno escucha el concierto, de que no existe mejor música que ésa, es la demostración de que se asiste a una sesión maestra, a un regalo para los sentidos y para la salud mental en tiempos tan asquerosos como estos. Por eso la medicina que se reparte con cierta frecuencia en ‘El Matadero’ de Huesca da la vida. Y me quito el sombrero ante su responsable, el doctor Luis Lles. Honoris causa, por supuesto. Su inversión en cultura, un ahorro en gasto sanitario. Hagan cuentas.

© Carlos Pérez Cruz
 
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

jueves, marzo 07, 2013

Digital Primitives (Assif Tsahar, Cooper-Moore, Chad Taylor) - 'El Matadero', Huesca 6/03/2013


Cooper-Moore, Chad Taylor y Assif Tsahar
© Jesús Moreno

Los números tienen un límite. Aunque sean infinitos, no pueden cuantificarlo ni justificarlo todo. Antes de sentarme a escribir este texto, he recibido la notificación del número de asistentes a un reciente festival de cine. Cifras y más cifras sobre el total de público, las medias por jornada, el número de acreditados, las procedencias geográficas, los hoteles ocupados, etcétera. En los festivales de música se hace uso de los mismos parámetros para tratar de vender su necesidad a los poderes públicos (y patrocinios privados). También en jazz. Cada verano nos dan la brasa con los números y cada año dicen batir récords de asistencia (hasta hacernos dudar de los conceptos racionales de espacio).

No, los números no lo son todo. Los números pueden validar puntualmente una propuesta pero no ser siempre el fin que justifique o invalide los medios, máxime cuando éstos son públicos. Uno de los objetivos irrenunciables de la cosa pública en materia de cultura es compensar lo que la iniciativa privada deshecha o apenas acoge. Ajustar los evidentes desequilibrios entre los privilegiados por la industria y los subproletarios. Estos últimos, por fortuna, huyen de la concepción manufacturera del arte como de la peste y se dedican a algo rara vez lucrativo pero mucho más valioso: la felicidad (dada y sentida). I´m so happy. Happy to be alive, terminaron cantando y contagiando los tres Digital Primitives sobre el escenario de ‘El Matadero’ oscense. Y todos sabemos lo esquiva que puede llegar a ser la felicidad. ¿Qué ayuntamiento presume de la felicidad que proporciona a sus ciudadanos? Huesca debería sacar de inmediato una nota de prensa que lo haga saber. Hagan uso de él más o menos ciudadanos, su departamento de cultura es un bien de utilidad pública, ejerce un fascinante efecto preventivo contra enfermedades de la razón y el corazón.


Cooper-Moore
© Jesús Moreno

Digital Primitives elevó a los fieles presentes. En una ceremonia civil y creativa de casi hora y media, los hizo felices con su dosis de crítica social y ecos de la música negra más radical de los 60. ¡People have the right to know the truth!, declamaba el predicador Cooper-Moore, sin seguramente saber que su letra era un anillo al dedo de la actualidad española (¡They lie and steal from us!). También es cierto que la historia de la infamia se recicla como el papel, así que nada casual la (presunta) coincidencia. Como nada casual es que tres tipos de presencia tan dispar conjuguen un verbo musical que se declina en presente echando mano del pasado. El trío desprende un aura luminosa -compendio de la historia de la música negra estadounidense-, pero también una actitud punk y roquera que comulga sin igual con los ecos del ceremonial góspel encarnado por Cooper-Moore (¡esa voz!), sin olvidarse de la música vaquera. Más allá de nombres que delimitan, la suya es una propuesta que, sin necesitar la impostación precisa de laboratorio, se define por su belleza imperfecta y, por lo tanto, natural y real; parece salvaje y sin pulir y, sin embargo, brilla su orfebrería sonora y encaja todos los elementos con la precisión que sólo es capaz de ofrecer la creación que late, que está viva; que crece y se alimenta de la comunicación entre los músicos y de éstos con el público.


Chad Taylor
© Jesús Moreno

Digital Primitives no busca gustar y, quizá por ello, gustó tanto. Es música desnuda, radicalmente hermosa, y con un equilibrio entre los expresionismos más viscerales del free (especialmente en el saxo tenor de Assif Tsahar) y los preciosismos íntimos de la música africana (el dúo de mbira entre Tsahar y Chad Taylor invoca los sueños de África); entre el alma soul de la voz de Cooper-Moore y el guitarreo rocoso (a base de un peculiar banjo doméstico) del propio Cooper-Moore, que estimulaba ese rock jazzero (o jazz roquero) que tan bien encarna, por ejemplo, Ken Vandermark; entre la invocación casi naif del inicial tema con flauta tin whistle y la compleja y contundente pegada de Chad Taylor; entre los bajos casi estáticos de Cooper-Moore con el diddly bo (una especie de bajo de una única cuerda) y sus desarrollos psicodélicos con el banjo sin trastes. La soberbia variedad del muestrario se expresa con una coherencia y un equilibrio que parece medido para compensarse. Y, sin embargo, uno nunca tiene la sensación de asistir a un espectáculo predeterminado y sopesado. Se siente un gozo permanente ante estímulos cambiantes que, cuando parecen llevar al extremo la excitación de un virtuoso e histriónico free, hacen saltar de pronto los resortes del necesario reposo. Así nos acunan de nuevo con la mbira en manos de Taylor, mientras Assif Tsahar invoca a los espíritus nocturnos con la imitación del sonido de un búho, dispuestas sus manos a modo de caja de resonancia.


Assif Tsahar
© Jesús Moreno

La felicidad era esto, o al menos Digital Primitives nos guió hacia ella, nos la hizo tocar con los dedos invisibles de la emoción durante los casi noventa minutos de creación (al contrario que en el fútbol, ellos sin descanso). Y así el cerebro sigue tatareando horas después Love, love, love, is so wonderful con la voz de Cooper-Moore resonando en él y el cuerpo un poco más ligero, levemente elevado sobre el suelo. Lo confieso: ¡I´m so happy! Happy to be alive.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

viernes, enero 11, 2013

5 discos de 2012

Como es costumbre, la revista Cuadernos de Jazz solicita mi lista de los cinco mejores discos del año 2012. Como no existe eso, yo entrego otra cosa que explico a continuación:







 Carlo Actis Dato & Baldo Martínez Sonidos de la tierra
 Irene Aranda Yetzer
 Agustí Fernández & Ramón López Azul
 Chris Kase Six
 Pablo Selnik & Marco Mezquida Miscelánea núm.2


“Los músicos no estamos en crisis… creativa”. Eso me respondía recientemente el pianista Agustí Fernández cuando le mostraba mi asombro por su ingente actividad discográfica en tiempos de crisis del concepto. En efecto, por fortuna para nuestra salvación, la música ha seguido siendo en 2012 un asidero fiable para salvaguardarnos de la ESTAFA que está horadando nuestro bienestar. En contra del acomodaticio “cualquier tiempo pasado…”, la música creativa sigue palpitando con energía e invocando a nuestros sentidos, más atribulados que de costumbre y sometidos por los meteoritos digitales.

Por segundo año consecutivo me veo en la “obligación” de ofrecerles aquí mi lista de los mejores discos del año. Y por segundo año consecutivo me revuelvo contra semejante absurdo y contra el jefe contraviniendo sus indicaciones. Ni son los mejores ni están ordenados por preferencia (lo están por orden alfabético). Son cinco discos publicados en 2012 (lo único que respeto) que, por una u otra razón, me parecen un extraordinario consuelo y estímulo para el alma.

Entre los cinco aparece esa “santísima trinidad” del jazz ibérico (bautismo de Chema García) que forman el propio Agustí Fernández, Ramón López y Baldo Martínez. Los dos primeros hechizan el tiempo y el espacio con su Azul, mientras Baldo baila con el italiano Carlo Actis Dato ese folclore imaginario que es Sonidos de la tierra. Sin duda forman mi trío base. A partir de ellos, todo es posible. También lo es que Chris Kase se supere a sí mismo como ha hecho este año con Six, el sexto de una discografía in crescendo donde la sutileza y la calidez de su música desbordan la belleza.

Hasta aquí los “clásicos”, pero en esta lista figuran tres nombres (todavía) más jóvenes: Pablo Selnik y Marco Mezquida, que me desarbolaron con su descarada Miscelánea núm. 2, e Irene Aranda, la pianista jiennense, cuyo Yetzer es (casi) un milagro. Aunque este milagro es fruto de una constancia y un empeño personal que son, a su vez, un retrato de las miserias culturales de este país. Su disco, que ni siquiera existe como tal, es la expresión creativa de una inmensidad interior que, lamentablemente, se confronta con la vasta vacuidad del exterior español. Vamos, un milagro.

© Carlos Pérez Cruz / www.cuadernosdejazz.com

viernes, diciembre 14, 2012

Ablaye Cissoko & Volker Goetze - "Amanké dionti"


Hay ocasiones en que es mejor dejar las cosas como están. ¿Por qué cambiar lo que funciona de forma natural? Si algo fluye, mejor no ponerle trabas en su discurrir, por mucho que éstas se propongan mejorar lo presente. Cuando la materia prima es de por sí primorosa, no son necesarios los aditivos. Si acaso, conservarla.

Puede resultar anacrónico que en estos tiempos de comunicación inmediata, en los que más que nunca el baile de las alas de una mariposa agita huracanes a miles de kilómetros, alguien pueda tener en consideración el factor humano. No obstante, quizá este fervor digital ayude – por hartazgo del estrés – a revalorizar costumbres ancestrales, aunque sólo sea para ingresarlas en un polvoriento museo. ¿Tiene algún sentido práctico esperar a que el trovador llegue al pueblo a cantar las noticias? Éste sería humillado de inmediato por algún vecino portador de un teléfono “inteligente” (resulta que todavía estamos buscando si hay vida inteligente entre nosotros y los teléfonos nos tomaron la delantera), que mientras “actualiza” las (viejas) nuevas retrata al objeto de su burla para la posteridad efímera de un tweet. Recemos para que al juguete de la inmediatez le responda el poso de la reflexión que permite el canto que brota del pensamiento.

Permítaseme la divagación al calor de una música que la permite. Si algo hay en este segundo disco del senegalés Ablaye Cissoko y del alemán Volker Goetze es espacio para ella. Y es que Amanké Dionti tiene la virtud de la calma en tiempos de agitación y, en particular, la de dejar las cosas como (bien) están. De acuerdo, una expresión musical por bien hecha que esté al natural permite su manipulación pero, ¿qué pasa si se la deja tal cual? Que incluso gana. Eso hace Volker Goetze, que mete su trompeta lo justo para colorear en un universo que lo es de la kora y la voz de Cissoko. La música brilla por su natural sencillez y Goetze le proporciona ese punto jazzístico tan agradecido en una música que por su cierto estatismo armónico lo permite.

La música africana (¡qué enorme generalización geográfica y cultural!) y sus músicos han tenido que soportar la curiosidad y la voluntariosa “vuelta a los orígenes” de tantos y tantos proyectos de occidentales que lo único que hacen con sus buenos (y, por lo tanto, peligrosos) propósitos es desnaturalizar aquello por lo que hicieron el viaje. La mentalidad colonialista (más o menos consciente) se impone en muchos casos, como también en gran parte de la música africana que hemos conocido y que ha dependido (y sigue dependiendo) mucho de la metrópoli, tanto en sus rudimentos técnicos como en su centrifugado estético (por aquello de hacerla asequible al endeble oído occidental). No es que este Amanké Dionti sea radicalmente extraño a esos procederes (entre otras cosas, está grabado en París) pero al menos Volker Goetze practica el arte de la discreción y no deja de ser una suma a la expresión natural del senegalés, una voz preciosa que forma parte de la ingente y fascinante nómina de artistas del área Mali – Senegal (quizá la que mejor conocemos musicalmente de todo África) que mantiene la vocación de narradores de historias en alguna de las lenguas mandé.



Las letras de Ablaye Cissoko cumplen con la función pedagógica e informativa del griot: pedagogía del respeto a la sirvienta en el tema que da título al disco - Amanké Dionti (algo así como “ella no es tu esclava”) -, dado que muchas muchachas de áreas remotas son enviadas como sirvientas a las casas de los pudientes urbanos -; aliento de la tolerancia ante las opiniones ajenas en Togna, e incluso defensa del valor del artista en el inicial Kana Maloundi. Además de rescatar un tradicional, Miliamba, que rememora tradiciones y mitos ancestrales, y de dos instrumentales (vibrante Silo, con la colaboración del percusionista Joe Quitzke), Cissoko recuerda la catástrofe de Haití en un tema complementado en la edición CD con un video que forma parte del documental de título Griot firmado por Goetze. Y es que la relación entre el alemán y el senegalés es intensa y queda documentada hasta la fecha en dos trabajos discográficos y en ese audiovisual rodado cuando trabajaban en el anterior disco, Sira (2008).

Afirma Goetze que, cuando tocan juntos, se sienten en un estado parecido al de la meditación. Que para alcanzarlo es necesaria la paz y que una vez logrado ese estado es difícil de mantenerlo durante mucho tiempo. “Es un trabajo duro. La mente divaga”. ¡Cuánta razón! Engañémosla con discos como éste, divaguemos largo y tendido. Despistemos al tiempo presente y hagamos lo contrario de lo que la pantalla “inteligente” espera de nosotros… Perdón, ya me he puesto de nuevo a divagar.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

miércoles, noviembre 07, 2012

Agustí Fernández & Ramón López - "Azul"


Cuando Agustí rompe el discurso melódico a mitad del inicial Ramón en París y entra en trance – insiste sobre un mismo acorde, parece emular el timbre de una campana –, Ramón activa el cepillado con sus escobillas y quien esto escribe recuerda por qué sigue amando la música. Porque sigue siendo el contrapeso de este mundo desequilibrado, la compensación al absurdo de la vida (Elina Duni, dixit). El pianista detiene el tiempo y embellece con esa fotografía el devenir plácido de sus arrebatos más preciosistas.

Leí a alguien decir que el minimalismo es vivir con lo básico. Como básico entiendo lo fundamental. Y hacia ese fundamento camina la música de Azul, hacia un desnudo casi integral en el que el sonido se desvanece y deja  dibujado en el aire un gran interrogante. Si los doce temas grabados conformaran una unidad, el final sería una cadencia suspendida que impide el acomodo del oyente. No hay conclusión o, al menos, el relato no se cierra. Y las mejores obras dejan siempre que el oyente (lector, espectador) siga interrogándose.

A Agustí Fernández se le tiene por un vanguardista, por un percusionista del piano con ecos ceciltaylorianos. Sin embargo su sentido de la melodía no tiene parangón. Posee la pócima para la congoja. Su melodía tiene ecos de la cadencia española que trabajara con tanto acierto en el increíble El laberint de la memòria (del que aquí recupera La processó, que Ramón lee con la fabulosa heterodoxia expresiva que lo caracteriza); ese punto de regionalismo que armoniza y flexibiliza en los tempos de modo que mantiene la esencia folclórica pero, a su vez, la hace universal y contemporánea. Para mí, Agustí es uno de los creadores más poéticos que existen, porque la poesía está en su capacidad de ser más melódico que los melódicos y a la vez en su habilidad para indagar en las regiones más oscuras del alma, que también habitan la caja de resonancia de un piano.

Ramón López, otro del club de los sospechosos habituales (habitado por los maravillosos locos de la música creativa, los más transgresores a fuerza de no vender su alma al diablo, lúdicos en la creación), rompe también prejuicios con la sutileza de ese tic nervioso que es su golpeo, reducido en muchos momentos a la mínima expresión del juego de escobillas. Lo suyo es como una corriente subterránea que discurre bajo el pulso que Agustí estira y encoge, y que se hace presente con una flexibilidad y una ligereza que pocos creerían probable. Es magistral la capacidad que ambos muestran de hacerse íntimos y, a la vez, activos, al igual que son geniales en la exploración de timbres y texturas en Carámbano  o Lucero del día (espectacular lluvia de meteoritos que estallan y saltan de las cuerdas de Agustí y parecen caer sobre los platos de Ramón).

En el lirismo del piano de Agustí no hay edulcoración. De su contacto con el teclado brota una belleza mayúscula no exenta de aspereza y rotundidad, de convicción y definición (escúchese al respecto su Polvo enamorado a solo). No hay ningún recurso gratuito, ninguna caída en la tentación del romanticismo de escaparate. La belleza más evidente tiene la misma entidad creativa de la menos evidente. La compensación y equilibrio de Azul no está en las concesiones, porque Agustí y Ramón son tan radicalmente libres en su expresión que no las hacen, simplemente se expresan como son, da igual el material: ya sea folclórico (Sa Ximbomba), ya sea Bill Evans (We will meet again). Acogen de tal manera el original de Evans que Agustí lo transmuta en mediterráneo mientras Ramón dibuja los ritmos subyacentes más inverosímiles con la maestría reservada a oídos tan privilegiados y poco comunes como los de un Paul Motian, capaces de hacer caminar la música por senderos sin trillar.

Como eco tras la promesa en título de Evans, Concilio de sueños y Una leve luz parecen el proceso de desmontaje de la arquitectura creada en los diez temas anteriores. Ese deshacer que en su retirada deja ecos de lo mejor que han dado y de lo que, sin duda, darán.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

lunes, noviembre 05, 2012

Josetxo Goia-Aribe & Arantxa Díez - "En Jota" (Teatro Gayarre, Iruñea - Pamplona 3/11/2012)

Hay quien vive encerrado en la cárcel de su localismo mental (¡No se entiende!, clamó al escuchar cómo el músico se expresaba en euskera) y hay quien hace de lo local un lenguaje universal. Por fortuna, el preso ocupaba lugar entre el público, no en el escenario. Sobre las tablas del Teatro Gayarre se hacía música hacia y para el mundo, no para reafirmar la genitalidad de nadie.

Josetxo Goia-Aribe es el punto diferencial de la música creativa hecha en Navarra. Si nos ceñimos al ámbito del jazz, es sin duda el más personal de todos, aquél de quien se podría decir que es marca registrada: no hay otro igual. La diferencia es, en sí misma, una de sus grandes virtudes, aunque ésta conlleva a su vez la penalidad de tener que estar explicándose permanentemente y el castigo de un recelo francamente inmerecido. Goia-Aribe no ha inventado la pólvora pero es único. Habita un universo estético que hila todos sus trabajos y, sin embargo, ninguno es igual al anterior. Sabe reinventarse y lo hace con plena conciencia de sus virtudes. Su punto fuerte está en la creación: en la composición y arreglos, en la conjunción y estética de su música. La improvisación, la disposición a abrirse a la locura y a las musas del escenario, es quizá su asignatura pendiente.

Como no es habitual que el Teatro Gayarre acoja propuestas que se salgan de la madre ortodoxia (en realidad, ninguno de los grandes escenarios pamploneses), la actuación del proyecto En Jota era un estimulante asterisco en la programación local. Un escenario perfecto para escuchar con silencio y concentración una música que lo requiere. Sobre todo porque el cuarteto ha logrado limar las aristas más punzantes de un género testicular en esencia como es la jota, cuyo potente vibrato (manos en jarra) deviene en muchas ocasiones en una inclemente lucha por hacerse oír. No es el caso aquí porque Josetxo Goia-Aribe las acaricia y las llega a convertir en jotas callandico, aquellas que se susurran y que Arantxa Díez interpretó sentada.

Bromeaba el saxofonista con el sempiterno debate de las etiquetas: demasiado folk para los jazzistas, demasiado jazz para los folclóricos. En realidad lo suyo es folk desde la perspectiva de la modernización y actualización de un género folclórico; y es jazz porque el espíritu que pone en marcha la “transgresión” hunde sus raíces en él, aunque en el caso de Josetxo o del contrabajista, Baldo Martínez, el jazz de su inspiración tenga más que ver con los fundamentos europeos que USAmericanos de este impulso creativo. Hasta aquí las etiquetas.

El cuarteto ofreció la integral jotera: las doce del disco, las dos primigenias de Herrimiña y, como complemento y descanso para la voz de Arantxa, el Vals y la Jota de Los pendientes de la reina. Puede que un exceso, sin duda generoso. Al fin y al cabo los fundamentos melódicos de la jota son muy semejantes y, por mucho requiebro que con ellas se haga, terminan por ser muy parecidos entre sí. Eso sí, la respuesta del público, entusiasta. Sin duda merecido el aplauso, porque hay mucho trabajo y cariño puesto en una música cuya poética no parece nada evidente si se acude al original. Es algo a lo que la música de Goia-Aribe nos tiene acostumbrados: la delicadeza con la que trata los materiales.

En el debe del directo (y es un debe ciertamente opinable), la ausencia de espacios abiertos a la experimentación. Al experimento que ya es de por sí En Jota le falta la excitación inherente a los terrenos de la improvisación y lo azaroso. Máxime cuando se cuenta con un sideman de lujo como el gallego Baldo Martínez, experto en estas lides de fagocitar el folclore. Resulta un tanto frustrante verlo ahí limitado en sus virtudes, aunque su sonido se hace necesario en el conjunto (en el que el pianista, Javier Olabarrieta, ejerce de efectiva articulación). Goia-Aribe opta por una concepción más cerrada y estructurada y donde más que de improvisaciones deberíamos hablar de variaciones.  Es una opción – respetable, por supuesto – pero tengo para mí que la música de En Jota necesitaría dar un golpe sobre el tablado para que estalle en los oídos del espectador y complemente la belleza formal con la belleza de lo imprevisible. Cierto es que donde menos afortunada estuvo la velada fue en la instrumental Jota de los pendientes de la reina, cuyo paseo por los terrenos de la improvisación más tentativa quedó en eso. Quizá haya un excesivo celo por tenerlo todo atado y bien atado.

Sería muy interesante ver a Arantxa evolucionar hacia un terreno en el que además de prestar su voz jotera a un contexto nada jotero pudiera quebrar sus fundamentos para lograr su propia revolución. Pero más allá de mis propios deseos está la realidad de una mujer valiosa y valiente (por prestarse a estos juegos del saxofonista en “territorio sensible” – Josetxo, dixit) que mostró tablas y una voz que se amolda a la sutileza y exigencia del estilo Goia-Aribe (su voz se expone muchas veces en solitario, con el riesgo – en ocasiones, tangible - para la afinación que ello conlleva una vez entra el grupo). A su chorro vocal le sobró el apoyo técnico de una reverberación que, por momentos, metalizó en exceso su timbre. La música necesita muchos valientes como ella para crecer y no apolillarse. ¡Bravo por ello!

Fue una pena que la asistencia al Gayarre demostrara una vez más que Pamplona y Navarra son territorios alérgicos a la diferencia. No por casualidad es una región tradicionalista y conservadora donde cualquier agitación de las convenciones se topa con la sospecha y la prevención. Pero quedémonos con lo positivo: con haber podido escuchar En Jota en un espacio digno y con el entusiasmo de los asistentes. Incluso de quien – y me consta muy de cerca – se vio expuesto por invitación y disfrutó contra todo pronóstico y bagaje. Habrá que seguir insistiendo.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

martes, octubre 30, 2012

Carlo Actis Dato & Baldo Martínez - "Sonidos de la tierra"













Lo han dado en llamar Sonidos de la tierra pero bien podrían haberlo llamado Música ambulante, porque lo primero que se me viene a la cabeza al escuchar este disco es una imagen circense: la de dos locos maravillosos que asombran a niños y mayores con sus malabares musicales, en la plaza de un pequeño pueblo perdido no sé dónde. O quizá es que me siento niño escuchándolos; consiguen evadirme del caos urbano (aunque quizá de él nazca esta música) y dibujarme los paisajes rurales de una feliz utopía.  Tienen algo de personajes del Amarcord de Fellini, de músicos de tragicomedia balcánica de Kusturica.

Los misterios del surrealismo son insondables. Sólo así se explica la feliz comunión de tan extraña pareja: contrabajo y clarinete bajo (o saxo barítono). ¿Cómo es posible? ¿En qué cabeza cabe? En la de Carlo Actis Dato, que su locura no tiene límites. Es seguramente uno de los gamberros más creativos del orbe improvisador. Un tipo capaz de evocar a una pareja en plena faena con la simple digitación de su saxo y su voz en convulsión gemidora (para terminar cantando ´O sole mio; lógica conclusión del acto de su Latin lover en el disco The Moonwalker). Con estos antecedentes es lógico pensar que un tête à tête con Baldo sea para él lo más normal del mundo, máxime cuando el contrabajista es un tipo lo suficientemente cuerdo como para aceptar cualquier reto, por inverosímil que parezca. Su trayectoria es una demostración de equilibrio entre la voluntad de búsqueda y el contrapeso de lo encontrado. Un músico ejemplar, brillante en su constancia. Dos polos – no necesariamente antagónicos, a pesar de las apariencias – que juegan con naturalidad el uno en el terreno del otro. Se cortejan en una danza circular, hipnótica, con Carlo en el papel (¿?) de pícaro y enfebrecido saltimbanqui y Baldo en el de domador de la fiera italiana. Claro que el cántico a lo Teleñecos del número final despierta la legítima duda de si el domador no termina por padecer el Síndrome de Estocolmo.



Carlo Actis Dato y Baldo Martínez (Madrid 23/10/2012)
© www.elclubdejazz.com


Escucha Ceuta (Carlo Actis Dato): registrado en directo en Madrid (23/10/2012)


Escucha Cabo Prioriño (Baldo Martínez: registrado en directo en Madrid (23/10/2012)


Este disco confirma lo que ya anunciaron con la denominación de su primero en 2005, Folklore imaginario (Leo Records, 437). Puede que la llamen vanguardia, pero esta música huele a tierra húmeda, a noche de los tiempos. A folclore (imaginario, claro). No hay en la tierra del título vocación planetaria, si acaso es global a partir de un localismo que, como su folclore, es pura fantasía. No es ni italiano ni español. Es música de baile de un país que no tiene más fronteras que las que ellos (no) se imponen y cuyas normas las establece el necesario sentido de la cooperación. Uno le tiende la mano al otro y el otro al uno y así pueden explayarse en un diálogo que entrelaza, con magistral sencillez, solos y acompañamientos. Las líneas de bajo devienen solistas y los solos línea de bajo de forma tan natural que parecieran una sola. Como si una mano invisible (quizá eso que ahora llaman química) articulara los movimientos de ambos con tan sólo un hilo.

Y uno se pregunta cómo demonios lo hacen para lograr mantener tan alto el interés durante tantos minutos con tan poco arsenal, cuando siendo ambos capaces de mandarlo todo al garete de la heterodoxia se ciñen a tempos y estructuras perfectamente descifrables e inteligibles (que no convencionales). ¿Cómo? Con ingenio, desinhibición y arte, de ese que no se describe con palabras y que se labra con el tiempo, la persistencia y con la mente tan abierta y porosa como permite intuir la trayectoria profesional de ambos. Las carreras del loco Martínez y del cuerdo Actis Dato. ¿O era al revés?

© Carlos Pérez Cruz

Nota: Este texto conforma las notas del libreto del disco.

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

miércoles, agosto 15, 2012

Wadada Leo Smith - "Ten Freedom Summers"


Entre el impactante y brumoso inicio de Dred Scott: 1857 y el inquietante desvanecido de cierre en el final Martin Luther King, Jr.: Memphis, the Prophecy (con acordes de misa gospel del piano de Anthony Davis) discurren prácticamente cuatro horas y media de música. Lejos de los récords wagnerianos pero igualmente abrumador, tanto por duración como por lo que ofrece musicalmente Wadada Leo Smith.

Dice el trompetista que Ten freedom summers es el resultado de “mi investigación acerca de la historia filosófica, social y política de los Estados Unidos de América”. Inspirado en las diez obras teatrales recopiladas bajo el título de The Pittsburgh Cycle de August Wilson (que ofrecen una visión de diez décadas de historia afroamericana en Estados Unidos), Wadada procura trasladar al lenguaje de la música instrumental su visión de la historia de la lucha por los derechos civiles, concentrada básicamente en una década clave: 1954 – 1964 (año en el que el presidente Lyndon B. Johnson firmó la Ley de Derechos Civiles). Sin embargo, Wadada se retrotrae de inicio al lejano 1857, a la historia del esclavo Dred Scott y a la sentencia judicial que llevó a la teórica legalización de la esclavitud en todo el territorio USAmericano. Y se acerca hasta acontecimientos más recientes, como los atentados del 11 de septiembre de 2001, porque “aunque no todo aquí tiene relación directa con el movimiento de los derechos civiles, la lucha por la justicia es una parte esencial de la historia de Estados Unidos”.

En el libreto del disco se cita a Duke Ellington (Sacred concerts) o el vehemente alegato musical de Max Roach (We insist! Freedom now suite) como influencias directas en la concepción de esta obra. Obras que, se nos hace hincapié, no son tanto meramente descriptivas como parte integral de la propia lucha. No es lo mismo, desde luego, hacer un Cuéntame musical - para mayor gloria del blanqueo de la historia - que ser parte de ella, vivirla y reflexionarla, y a partir de su asimilación llegar a crear arte que permita e instigue la reflexión. Y en ese sentido Leo Smith no regala chucherías ahogadas en azúcar sino que propone una obra agria, densa, rotunda. No está reñida con la emoción, ni mucho menos, e incluso es más emocionante cuanto más exigente resulta. Pero que el bosque de las densas atmósferas y las armonías más hirientes no nos impida ver que detrás de esa maraña tan disuasoria de supuesta complejidad hay, en la más de las ocasiones, un vuelo libre musical que puede estar sustentado en frases (ultra)melódicas o en puros riffs que sostienen durante largos minutos la música (escúchese al respecto la monumental simpleza de su homenaje a las víctimas del 11 de septiembre de 2001), e incluso en motivos como una mera llamada, un grito de desgarro de la trompeta de Wadada, que hace estallar en mil pedazos a la compañía (el inicial Dread Scott: 1857 es un ejemplo al respecto). La trompeta de Wadada se impone muchas veces como épico y agónico alminar que domina y organiza el paisaje del caos, como si su soplo fuera el látigo que todo lo instiga.

Para este ambicioso proyecto, Wadada Leo Smith ha contado con su tradicional Golden Quartet ampliado a Quintet en algunos temas, con la presencia de la baterista Susie Ibarra sumada a la de Pheeroan akLaff o incluso en sustitución de. Pero hay un plus tímbrico que enriquece y ayuda a la majestuosidad de semejante aventura. Wadada suma una orquesta de cámara, la Southwest Chamber Music (dirigida por Jeff von der Schmidt), que o bien se integra en la dinámica del combo (como en la composición dedicada al adolescente Emmett Till, torturado y asesinado en 1955, en la que ofrece una larga transición entre la intervención inicial del cuarteto y el caótico final con un bellísimo pasaje sostenido por insistentes acordes – casi estática la música –; un in crescendo que deriva en un solo del chelo de Peter Jacobson sobre esa misma estructura reiterativa - feliz estado de inconsciencia -, hasta que se añaden efectos y se tensa la armonía como anuncio del fatal desenlace con el caótico estallido final) o bien tiene sus propio espacio. Cada tema es toda una suite, una obra en sí misma.

Si Charles Mingus se mofó e hizo sátira hiriente de Orval Faubus (gobernador de infausto recuerdo que trató de impedir la asistencia de alumnos negros a escuelas públicas) con su casi onomatopéyico Fable of Faubus (la versión inicialmente grabada no incluyó la letra; la discográfica Columbia lo impidió), Wadada Leo Smith retrata el episodio de Los nueve de Little Rock (el grupo de estudiantes negros que fue detenido por la Guardia Nacional al intentar acceder al Little Rock High School Central en 1957) con el dramatismo propio del episodio, e incluso con puntuales ecos marciales. Que si bien no estamos ante música estrictamente descriptiva, hay algunos elementos en ella que hacen pensar en una relación directa con circunstancias concretas de aquello a lo que nos refiere el título de cada pieza. Es cierto que algunos elementos constructivos (como la disposición de 64 notas diferentes en la composición dedicada a la Ley de Derechos Civiles firmada por Lyndon Johnson en 1964) resultan tan técnicos que su simbolismo sólo puede ser detectado sobre el papel. Pero más allá de esa (supuesta) función descriptiva - y de que si uno hace omisión de los títulos que sirven de guía se puede montar su propia película -, la creación de Wadada y la implicación de todos los músicos presentes en su lectura e improvisación están a la altura de la dimensión histórica y social de lo que se pretende abordar.

Ten freedom summers
es una obra de largo alcance, exigente, formulada contracorriente de los tiempos de liviandad intelectual que padecemos, en la que mucho no implica necesariamente demasiado. Un esfuerzo mayúsculo cuyo entramado no es fácil descifrar y en el que incluso su largo e inabordable metraje puede llegar a hacernos perder el oremus sobre su valía artística. No es fácil resolver esta (teórica) disyuntiva que se me plantea, pero me inclino por pensar que estamos ante un trabajo tan inmenso y descomunal como parece. Cuando menos, bien merece el largo tiempo de escucha y concentración que exige. Su caudal de sonidos, de espacios, de expresiones simultáneas y en concordancia, de bellísimas disonancias y territorios abiertos al soplo expansivo de la trompeta de Leo Smith, son un acicate para explorar los claroscuros de una historia terrible y todavía inacabada.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com 

martes, julio 24, 2012

The Thing & Neneh Cherry, Youn Sun Nah - 47º Festival Jazz Donostia - San Sebastián (23/07/2012)


Ingebrit Haker Flaten y Mats Gustafsson
© www.jazzaldia.com
 
A pesar de que Mats Gustafsson insistió con cierta vehemencia en aclarar que lo suyo no era un tributo a Don Cherry (tal y como se había anunciado oficialmente), la voz en off del festival reincidió en esa idea cuando dio por finiquitada la actuación de The Thing y Neneh Cherry. Un finiquito forzoso, tal y como sucedió hace unos días con Marc Ribot & Los Cubanos Postizos, sin margen para el bis. Un feo detalle (cuando menos, abrupto) precedido de una apresurada entrega de flores a la cantante (¿por qué no también a ellos?) que, vista en perspectiva, era una señal, no un cariño protocolario. Cherry las recibió como quien no entiende nada. Y el autor de la entrega voló del tablado con la misma rapidez con la que apareció.

La puesta en escena, con tres de los improvisadores más viscerales y estimulantes de la música libre improvisada, fue estremecedora. Escuchar sobre uno de los grandes escenarios festivaleros del jazz ibérico la explosión de Mats Gustafsson, Ingebrit Haker Flaten y Paal Nilssen-Love es como ver a la virgen en un prostíbulo. Una alucinación (¿?). Sea como fuere, la carta de presentación fue un ejercicio de purgación auditiva personal después de una semana de excesos musicales (no diré jazzísticos). The Thing es música directa, sin concesiones, sin medias tintas ni disculpe usted, ¿me permite pasar? Pasan y punto. Pusieron en evidencia lo que uno lleva constatando año tras año con desolación en la escena festivalera de nuestro país: los grandes festivales son – para una inmensa mayoría – actos sociales, un ameno pasatiempo. Simple y llanamente, una excusa para tomar algo, charlar, dejarse ver y (ahora) sacar una foto para colgarla en Twitter. Y se ha logrado a base de programar jazz “simpático”, edulcorado, inodoro… Jazz cliché que procura agradar a todo el mundo, cuando esta música desagradó casi siempre a una mayoría. Masas que se acercan también gracias a la generosidad de los festivales – autodefinidos – de jazz para con otros géneros (hay quien me habla de ese “gran músico de jazz”… sí, ese, Antony que tocó en el Kursaal); a la inversa, una quimera. En fin, un estereotipo que difícilmente casa con un Gustafsson en posición de listos, ¡ya!


The Thing & Neneh Cherry
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El escenario ardía (moderadamente) y el respetable se apagaba (o buscaba refugio). Sólo algunos muy fieles mantenían el tono. Nos hemos ido educando en la inocuidad cultural y cualquier alteración del orden desconcierta. ¡Bien por ellos! Y eso que la versión de The Thing con Neneh Cherry tiene algo de whisky rebajado con agua. Y no porque la cantante no le ponga ganas, pero… Los tres se amoldan a su expresividad y eso implica el Nilssen-Love más comedido que haya escuchado nunca (¡Increíble! En algún momento se limitó - ¡incluso! - a mantener el tempo) y un Gustafsson que, del tradicional (y amenazante) jugador de rugby neozelandés con el que lo tengo asociado, quedó en futbolista de gesto búlgaro (léase Stoichkov). Haker Flaten bastante tenía con amoldarse a su strange woman, tal y como Cherry describió el contrabajo “adoptivo” del noruego, después de que el suyo se lo hubiera extraviado la compañía aérea Vueling (no sabía yo de estos fetichismos libreimprovisatorios de Josep Piqué). Su solo (a solas) resultó una simbólica paradoja. O de cómo ser miembro de uno de los grupos más salvajes y ruidistas de la improvisación y apenas resultar audible entre el ruidismo del público. Cosas de la Trinidad y de la educación de los trinitarios.


Neneh Cherry
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The Thing, Neneh Cherry y su NO tributo a Don Cherry resultó básicamente una réplica vitaminada de lo escuchado en el disco, compuesto de algún original de Cherry (Cashback), de Gustafsson (Sudden moment) y versiones de The Stogees (Dirt), Suicide (Dream baby dream) o Don Cherry (Golden heart, grabado en 1965 dentro de su suite Complete communion). Con mayor espacio para el salvajismo de The Thing y para la interacción de Cherry con ellos que en el estudio, pero con la sensación de que el trío rebaja parte de su esencia al arropar a la cantante (especialmente Gustafsson, convertido muchas veces en soporte melódico y rítmico a base de repetitivos riffs, especialmente con el saxo barítono). Ella combina una excitada puesta en escena con limitaciones en el rango expresivo, básicamente un gran monólogo un tanto átono. Por razones de mi inconsciente que, por lo tanto, desconozco, venía a mi cabeza el nombre de Jeanne Lee y lo que ella habría podido hacer sobre el rugido rítmico de The Thing. Pero son cosas del imaginario, y la realidad es Cherry, que brilla en la actitud pero decae en la expresividad. A mi lado, dos fans de la sueca algo desconcertadas por verla en semejante tesitura. Qué difícil es ser independiente en este mundo.


Youn Sun Nah y Simon Tailleu
© www.jazzaldia.com

Uno se queda con la efímera alegría de ver músicos de mundos ajenos a éste en el recinto con más solera del festival, y a su vez con el regusto agridulce de que haya sido en su versión más “acicalada”. Adjetivo que bien puede servir para definir la pulcritud en escena de la coreana Youn Sun Nah, a quien tuve la oportunidad de escuchar media hora en uno de los recintos gratuitos del festival. Con un sol justiciero frente a ella (da no sé qué decir que ella cantaba cara al sol), lo suyo fue inverso a lo de los nórdicos: descargó la vivacidad de su grabación. Certificó la sospecha de que en su música no hay gran espacio para la improvisación y que estamos ante una notable intérprete, con una preciosa voz capaz de estallar en grito operístico si es preciso. Pero reproduce. Incluso sus compañeros (tanto el guitarrista Ulf Wakenius – habitual de los discos de Nah en ACT – como el acordeonista Vincent Peirani) apenas se permiten variaciones sobre el tema principal, que no improvisaciones.

Le tenía ganas a Sun Nah después del hechizo de su último disco, Same Girl, pero su directo (esa media hora, subrayo) no aportó nada en particular en comparación. De la preciosa recreación de My favorite things - acompañada de una kalimba - al vibrante Frevo de Egberto Gismonti (con la que me retiré del recinto) - donde asoma su vertiente más virtuosa y una expresión más jazzística -, el concierto transcurrió con una placidez extrema. Tan calmo como el mar que ella veía desde el escenario y cuyas olas emuló para cerrar con clase la versión de Message in a bottle (Sting), que grabara en el disco Vagabond de Wakenius. En ese tiempo también tuve tiempo de escuchar uno de mis favoritos de Same girl, la versión de My name is Carnival (Jackson C. Frank) y un tema propio de la cantante, Uncertain weather, cuya letra dice: Se acerca tiempo inestable. Sopla viento frío. Cae repentinamente una tormenta con granizo. Las estrellas desaparecen… Y todo eso sin usar gafas de sol.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com 

domingo, julio 22, 2012

Enrico Rava 'Tribe' - 47 Festival de Jazz de Donostia - San Sebastián (22/07/2012)


Enrico Rava 'Tribe' (Foto: www.elclubdejazz.com)

¿Se ha hecho usted la pregunta de por qué le gusta el jazz? Si es así, responda: porque existen tipos como Enrico Rava. Así de sencillo. Si atraviesa una crisis de fe, nada mejor que encontrarse de sopetón con lo que el trompetista y su Tribe han ofrecido en uno de los nuevos escenarios de esta edición del Jazzaldia donostiarra: el Basque Culinary Center (¿Quién habló de batalla entre el castellano y el euskera?). Insisto. En festivales así, lo de menos es la música. Enrico Rava ha estado a medio centímetro de ser amenización para las hambrientas y sedientas huestes que se han acercado esta mañana a esta universidad de la sartén. Ha sido empezar a soplar Rava y el personal se ha puesto a correr de un lado para otro a por el comercio y el bebercio, que a caballo regalado… ya se sabe. Así la cosa, uno ha estado a medio centímetro de salir de allí por patas. Por fortuna, una vez saciada la gula, el personal se ha dedicado a lo que se supone: a escuchar. Una actitud, una forma de ser, una anomalía.

Si algo caracteriza a Rava es su sonido: cálido, redondo, flexible. Esta última cualidad me parece esencial para explicar cómo su soplo se instala como un manto; una fina capa que recubre toda la música, su forma ascendente y descendente, su accelerando y su ritardando. La libertad (y habilidad) para manejar los tiempos se traslada a un concepto de composición abierta, donde no se sabe dónde empieza un solo y termina el otro, donde las voces se superponen en un juego de diálogos que enriquecen en todo momento una música, en esencia, vibrante. Se teje sobre unos materiales que no dejan de ser estructuralmente convencionales. El plus está en que consigue que todo aquello se multiplique y crezca con una actividad incesante de acompañamientos improvisados de los unos a los otros y con melodías que se diluyen en solos y solos que se diluyen en melodías. Jazz que parece liberado de estructuras, cuando está plenamente dentro de ellas.

Enrico Rava 'Tribe' (Foto: www.elclubdejazz.com)

La tribu de Rava es la de la juventud. A excepción de Fabrizio Sferra (1959), el resto de la banda está en su treintena o en la veintena. Músicos en su adolescencia profesional para alguien que supera la edad de jubilación (incluso con el incremento de edad de la reforma laboral). Por fortuna, Rava mantiene sus constantes intactas (o mejora, desde luego respecto a su paso el año pasado por el festival en aquel ‘Tea for 3’ junto a Dave Douglas y Avishai Cohen). La calidad de su sonido es indudable e intransferible. Admirable su facilidad para manejarse en todas las tesituras y acceder a ellas con su característico legato (su columna de aire viaja con la misma soltura hacia la estrechez de los agudos y a la amplitud de los graves). Juega permanentemente con el excelente trombonista Gianluca Petrella, cuya expresividad me recuerda mucho a la de Glenn Ferris dentro de los proyectos del francés Henri Texier. Incluso la música en su conjunto me recuerda a algunos proyectos del contrabajista, especialmente en temas como Choctaw, una composición de Rava que camina por terrenos modales sobre el impulso sostenido del plato de la batería y con una melodía – a dúo entre trompetista y trombonista – con giros melódicos de reminiscencia oriental. Todo ello complementado por quien ha sido todo un descubrimiento para servidor: el pianista Giovanni Guidi.

La concepción musical de Guidi (1985) es ciertamente particular. En ningún momento acompaña de forma ortodoxa, siempre fragmentaria, al igual que sus solos. Lo mismo calla, que sostiene la tensión insistiendo sobre los graves, que recorre el teclado de forma percusiva, que lo trabaja con el mismo lirismo y toque delicado que hace unos días su compatriota Stefano Bollani en Vitoria. La suya ha sido una aportación ciertamente particular, tan libre y personal como lo es la música de Rava. Un solista cuyos silencios daban tanta información como sus torrenciales barridos del teclado.

Si es verdad aquella sentencia ellingtoniana de que It don´t mean a thing (If it ain´t got that swing), Rava y Petrella han dado una lección en escena haciendo caminar a pelo y de forma asombrosa el Art Deco de Don Cherry (¡Atención The Cherry Thing, os han puesto el listón altísimo para mañana!). Y han compensado la intensidad rítmica – más activa que en la versión discográfica de ECM - y la incitación al baile (incluido un bis algo descafeinado pero resultón con el Quizás, quizás, quizás de Osvaldo Farrés) con baladas de cine negro como Tears for Neda.

Si en el Basque Culinary Center se investiga sobre la cocina y se aprende a gestionar la hostelería, hoy el maestro Rava ha dado una lección de profesionalidad (el recinto no era el digno de su historia) y de gestión de su inmensa sabiduría musical. Recetas de jazz con firma de autor para esta modernidad (¿3.0?), sin necesidad de someter la creación a la (tan fashion) deconstrucción de materiales. Jazz en ebullición que le deja a uno en estado de liviana felicidad, como tras un buen chupito de grappa o - por adecuarnos al folclorismo - un buen vaso de txakoli.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

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