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lunes, junio 02, 2014

Lucía Martínez - "De viento y de sal"


Hay belleza que sólo ilumina la nostalgia, hija de la distancia. Hay distancias insalvables, distancias que nos salvan, océanos de distancia y mil lágrimas derramadas. Hay casas en el exilio y exilios que son como una casa. Hay kilómetros, miles de kilómetros, asfaltados con sal, con lágrimas que marcan un camino que es de ida y vuelta, de vuelta e ida, porque la distancia no es el olvido, es recuerdo en construcción. A casa siempre se vuelve y de casa siempre se va. Por tierra, por mar, por aire… por música. 

Hay nostalgias febriles, enfermas de distancia. Nostalgia de luz, de mar, de olores y sabores. Hay voces y acentos que, cuanto más lejos, más propios, más íntimos, más dulces, más yo. Hay luz atlántica bajo las nubes, olas que rompen a miles de kilómetros y mecen sueños, olores que aturden, sabores que bañan de sal las mejillas, voces que despiertan anhelos, acentos que devuelven, como el eco del valle, algo de uno mismo, que siempre es más propio cuanto más lejos está. 

Hay milagros de la distancia, músicas que la acortan y liberan de peso a la nostalgia. Músicas que son palabras, palabras compuestas de notas que son poemas, versos de un alma que es sincera y se sincera, que mira adentro. Ahí está la luz, hay vida, pequeñas virutas de una pureza tan sensible que Lucía Martínez vuelca y dispersa como corcheas de sal sobre el papel pautado. Y sopla el viento y la música se mueve y nos conmueve, se hace nuestra siendo tan suya. Su nostalgia tiende puentes hacia nuestra felicidad.

Carlos Pérez Cruz (texto incluido en el libreto del disco)


sábado, noviembre 02, 2013

Agustí Fernández, Barry Guy, Ramón López - "A moment's liberty"


Se pregunta el pianista Agustí Fernández en las notas del libreto de esta tercera entrega de su trío junto a Barry Guy y Ramón López, “¿qué buscamos los músicos cuando hacemos música? ¿Qué pretendemos cuando nos juntamos y mezclamos nuestros sonidos unos con otros? ¿Por qué o para qué hacemos música?”. Es decir, Agustí traslada a la música lo que en filosofía son las grandes preguntas de la humanidad. Y él mismo se responde con diversas opciones: “La primera es la que dice que los músicos buscamos la perfección técnica. Es decir, la música entendida como artesanía, como oficio. Una segunda respuesta afirma que los músicos buscamos construir un nuevo lenguaje, o dominar uno ya existente. La música como escuela de idiomas. Una tercera respuesta es la que mantiene que los músicos buscamos la expresión, tanto personal como colectiva. La música como comunicación, como vehículo para expresar ideas y/o emociones.” Agustí ofrece respuestas canónicas a las preguntas esenciales hasta que, sin negarles validez, añade: “No creo que sean las más adecuadas para describir lo que hacemos Barry, Ramón y yo”. Sí, todo eso está ahí pero “no son estas cualidades las más importantes, a mi parecer. Creo que para nosotros lo fundamental es la voluntad común de que, a través de la música, se cree un momento extraordinario, imprevisto e inusual. Un momento quizás no verbalizable pero que se puede percibir perfectamente, como en las mejores ocasiones en que la música esquiva el intelecto y pasa únicamente a través de los sentidos”.

Es cierto, no resulta fácil expresar con palabras la buena música. Nunca lo ha sido. Las mismas preguntas que Agustí se hace resultan pertinentes llevadas al terreno de la crítica. ¿Qué buscamos con ella? ¿Qué intentamos hacer cuando –en este caso, en solitario- afrontamos con voluntad crítica esa mezcla de sonidos? ¿Por qué hacemos crítica? ¿Para qué? Ninguna de ellas tiene una fácil respuesta, aunque también las hay canónicas. Pero permítaseme decir, al hilo de este A moment’s liberty, que si algo impulsa nuestro trabajo, si algo lo hace razonable en nuestra absurda inversión de tiempo, es tratar de transmitirles nuestro entusiasmo y, por ende, ayudar a la difusión de una música que casi nunca encuentra los canales de distribución y difusión que le hagan justicia. O, al menos, nuestra idea de justicia. Claro que no siempre el crítico afronta una valoración motu propio, muchas son encargos. Pero cuando lo hace sin que nadie se lo pida es porque quiere comunicar algo extraordinario y no puede reprimir las ganas de contarlo allá donde pueda hacerse un hueco con la palabra. Es el entusiasmo el que mueve estas palabras, aunque éstas sean una herramienta absolutamente imperfecta para describir A moment’s liberty. Porque, ¿cómo explicar ese “preciso momento en que los sonidos que emiten los músicos dejan de ser simples notas y toman vida propia, ajena a su voluntad”?

Determinado tipo de jazz, quizá el predominante, el que ha determinado una percepción de lo que esta música es a nivel social, se caracteriza por la exposición melódica y el desarrollo posterior de los solos en base a esa melodía o las armonías que la sustentan. Es decir, la melodía supone una excusa más o menos labrada para lanzarse al vértigo de la creación en el momento: la improvisación. Si hay una característica compartida por el trío Aurora y esta forma estandarizada de entender el jazz es que la melodía puede ser motor, el artificio con el que se pone en común un universo estético, un tono emocional determinado que imbuye la aportación individual. Pero eso es todo. Cualquier parecido con la estandarización en la música del Aurora Trío es producto de una enajenación de la consciencia. Sí, hay melodía, incluso estructuras (sirven para pisar suelo y/o proponer giros en la trama), pero lo que percibe el oyente al escucharlos –si se presta atención- es que lo que estructura de verdad todo el trabajo, cada una de las piezas que lo componen, es una búsqueda del momento en el que lo planificado salta por los aires y algo –quién sabe qué- pone en marcha los resortes de un instante irrepetible que por la gracia del arte mantiene relación con su detonante, pero que adquiere una forma y una estética insospechadas de primeras. Es el placer de quien crea con la certeza de que la propia experiencia y la de sus compañeros, bregados en mil batallas, admite un salto al vacío en la que la red son los otros y uno mismo. Y así el grito de vértigo (¿de Barry?) cuando la música se arroja al delirio de la caída libre en la loca Annalisa, una vez liberados de la densa secuencia anterior, de las alucinógenos motivos de estudio de transporte melódico en el piano azotados por los latigazos de clústeres, es también el grito de placer del oyente que poco podía imaginar el destino de Annalisa que, de tan tímida, no permitía suponer semejante desmelene.

Agustí Fernández, Ramón López y Barry Guy (Foto: Caroline Forbes)

Los amantes de la música como confortable medicina de la previsión, devotos del control de las circunstancias, se sentirán desorientados con este disco. No todo el mundo espera lo extraordinario, lo inesperado y lo excepcional. Para poder disfrutar de esta grabación es preciso ser consciente de que nada es evidente. Que la belleza formal, melódica e íntima que proponen muchos de los temas de Agustí (como ya hiciera en El laberint de la memòria o en Azul junto a Ramón, también en anteriores entregas de este trío) no cae nunca en la evidencia, en el regodeo meloso ni en el subrayado de las emociones –como si se tratara de una acaramelada película de sábado por la tarde-, sino que aquí la belleza nunca es evidente o, mejor dicho, no se deja arrastrar por la evidencia. Sucede en el inicial A moment´s liberty (quién nos iba a decir que el minimalismo más absoluto de inicio podía hacer parada y fonda en el abismo desatado de unos trazos negros de viñetista que se frustra ante el vacío de una hoja en blanco o con balbuceantes primeros esbozos) y también en ese auténtico regalo que es El tesoro de la pianista jiennense Irene Aranda, fuego lento prendido con delicadeza y sostenido sin regodeos ni excesos lacrimales. Tan medido en su intensidad que, una vez escuchado, se precisa una pista consecuente de silencio. Pero no hay respiro ni cuando la música lo proclama: Breath sólo al final, cuando la tensión y el misterio tramado in crescendo con una insistencia semejante a la del Ligeti de la Musica Ricercata (claro que el desarrollo…), altera los sentidos lo justo para convertir la muerte de la música  en un bellísimo epitafio.Mil y un pequeños detalles para el oído atento y entregado a la gozosa labor de la escucha concentrada de la música que es capaz de bailar en Bielefeld breakout un delicioso vals de madrugada o convertir la Orangina de Albert Cirera (registrada en el reciente trabajo del Free Art Ensemble) en una especie de paseo por los cuadros de una exposición. Entre sala y sala temática, el paseante puede percibir las conexiones nerviosas de un cerebro excitado por lo visto en la anterior sala. Claro está que son interpretaciones que tienen más de sugestión que de criterio técnico pero, ya lo dijo Agustí, este trío “quizá no pueda ser descrito con palabras” ni a través de “meras matemáticas”. 

Cómo explicar la Algarabía que bien podría anunciar una fiesta flamenca y que termina proponiendo un alocado y complejo encaje de bolillos rítmico que, muy en el fondo, sigue utilizando la vieja fórmula de la llamada-respuesta. O cómo explicar sin sentirlo, sin poner todos los sentidos en ello, el maravilloso y bien medido rubato del pianista mallorquín que arrastra y que secundan con precisión y ligereza los magníficos Guy y López en Uma y otros de los ya mencionados con anterioridad. O el trance en el que entra el tema inicial cuando se cuela el Ramón en París de Azul con su momento de campana y suspensión del tiempo. O el efecto que produce la interpretación en trío de Joan i Joana (aquí cierra lo que en El laberint de la memòria abría) que, paradójicamente, genera una sensación de mayor intimidad que la del solo original (quizá inducida por el contraste con la inquietante improvisación que precede a la exposición temática… pero no sólo). O la cortante definición del perfil de cada nota en el sonido de Agustí; la capacidad de Ramón López para una actividad siempre presente, llena de ingenio en su nervio, pero nunca intrusiva (y qué preciosa intervención con la tabla en The ancients); la versatilidad de Barry Guy, quizá el contrabajista más completo del ámbito de la improvisación y con el sonido más… ¿cómo describirlo? ¿Cálido y envolvente con este instrumento? Se queda corto, máxime cuando él habla con el contrabajo de tantas maneras. Escúchenlo mejor ustedes mismos que Ferran Conangla, el técnico de sonido de la grabación, se lo sirve como siempre con una claridad cristalina. Dense el lujo de dejarse llevar durante casi hora y cuarto por un viaje que se inicia y muere calmo después de atravesar picos y valles de una belleza devastadora, de cruzar ríos de furia y océanos de serenidad, de avistar horizontes fascinantes antes de dar media vuelta para despertar del éxtasis por un nuevo sendero jamás asfaltado de antemano y en el que rara vez se ven turistas ni áreas de descanso con café de máquina; sólo viajeros, exploradores y nuevos caminos por recorrer. 

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en la web de www.elclubdejazz.com

martes, abril 16, 2013

Ernst Reijseger, Harmen Fraanje, Mola Sylla - "Down deep"


Sobre el escenario se precisa la desinhibición más absoluta. Lo pensaba hace unos días viendo una obra de teatro. Sólo si el escenario es un espacio natural para el actor (músico), si en él se puede ser el mismo que hace inconfesables muecas frente al espejo de casa con la tranquilidad de sentirse a salvo de miradas ajenas, si en él siente uno expandir su cuerpo en vez de contraerse por la tensión, sólo entonces se puede hacer una música de vuelo tan libre como a la que dan vida Reijseger, Fraanje y Sylla.

Hay una foto en el interior del libreto de este Down deep en la que los tres músicos miran a cámara y gritan. Reijseger, con la boca bien abierta, tensas las comisuras de los labios hasta sus máximos extremos, como si fuera un niño pequeño que estalla en el sollozo de una pataleta. El gesto de Sylla es semejante, pero en su mirada se percibe un brillo de locura y provocación. Fraanje, por su parte, apenas abre la boca y agarra con una mano el hombro izquierdo de Sylla. ¿Casualidad que su gesto, mucho más comedido, sea el del más joven de los tres?


Ernst Reijseger es uno de esos locos maravillosos y ejemplares músicos de la improvisación europea, que en Holanda tienen un característico humor que comulga sin complejos con los lenguajes más abiertos y experimentales (esos que tanto asustan). Reijseger ha ido desarrollando una carrera en el que a la vertiente más jazzística y libre improvisadora (Clusone 3, ICP Orchestra, Louis Sclavis…) suma una relación muy particular con diversos folclores, como demostró, por ejemplo, en el asombroso Colla Voche (junto a los sardos Tenore e Concurdu de Orosei); también otras facetas, como la de compositor de música para películas de Werner Herzog (obviamente, no hablamos de música cinematográfica al uso; tampoco el cine de Herzog lo es). Reijseger es un improvisador total, a la par que un músico que vive una relación con su instrumento tan natural que le permite, si es preciso, manejarlo sin complejos como una guitarra, además de cantar (o algo similar), aullar y lo que haga falta. No guarda las formas, no imposta, simplemente es, y el chelo baila en sus manos como un excelso bailarín de salsa haría balancearse entre sus brazos a la pareja de baile.

El holandés Reijseger y el senegalés Mola Sylla ya se habían reunido de antemano en un proyecto conjunto en 2003 (Janna, junto al percusionista Serigne C.M. Gueye) y coincidido en varios grupos desde finales de los 80. Es en 2007 cuando el pianista Harmen Fraanje les sugiere la reunión y 2012 el año de la grabación. Antes, Fraanje y Reijseger ya habían grabado juntos en un disco de 2004 del trompetista Eric Vloeimans, y el pianista había sido uno de los instrumentistas (organista, además de pianista) en la música de la película La cueva de los sueños olvidados, de Herzog, un fascinante viaje al interior de la cueva rupestre de Chauvet (Francia).

Sólo hay improbables cuando la mentalidad está sellada como una ostra. Sólo puede resultar inconcebible tal unión de instrumentos y talentos si se entiende la música como un compartimento estanco. Y la reunión de este trío es lo más natural del mundo, así se comprende al escucharlo. No hay empaste de lenguajes, sino la hibridación lógica de tres expresiones individuales que conjuntamente han logrado un trabajo que emociona profundamente (ahí, deep down) y que no hace concesión alguna al africanismo comercial de world music. Hay recitados como hay gritos, y hay una voz que estalla salvajemente en Amerigo, la increíble versión que hacen del original del flautista Magic Malik. Aparentemente el tema se desarrolla bajo los fundamentos de un lenguaje de minimalismo instrumental al uso con la incesante repetición de una serie de arpegios. Sobre ellos, la invocación casi ritual de las percusiones aéreas de Sylla y el solo de Reijseger. Hasta que… ¡bum! Bien avanzada la música, Mola Sylla prende la mecha y dinamita todo control canónico de la voz. La belleza bruta expresa lo más hondo y ese vendaval vocal le deja a uno sin aire.

Amerigo
es la única versión del disco junto a E lucevan le stelle (de la ópera Tosca, de Giacomo Puccini), un inciso operístico que asoma improbable en el chelo de Ernst Reijseger después de un inicio abstracto con el piano de Fraanje disociado, en su fraseo jazzístico, del juego con los armónicos en el frotar del arco de Reijseger (característica sonoridad cinematográfica del chelista) y de los efectos selváticos de Sylla.

El disco tiene altibajos, no tanto por demérito de los valles como por altura de los picos. Es difícil seguir después de la congoja que produce Amerigo, aunque el aparente estatismo de Shaped by the tide (con el tempo determinado por el pulsar de la mbira y un golpeo constante cuyo origen no logro determinar –quizá Sylla percuta el suelo con los pies-) serena las emociones y permite que Reijseger frasee con cierta placidez una especie de espiritual luminoso que va atardeciendo en su declive. El chelista establece un estupendo groove, con el chelo a modo de contrabajo, en Hemisacraal, territorio para el recitado de Mola Sylla bajo el que el propio Reijseger canturrea y retuerce su voz (como si de una línea de direccionalidad armónica más se tratara), mientras Fraanje lo mismo complementa el pulso del chelista que va desplegando su solo sobre éste o apunta maneras de elegante nocturno de Chopin.

En parecidos terrenos a los de Shaped by the tide se mueve Ana, con la mbira hipnotizando mediante un patrón constante. Sylla canta mientras Fraanje determina una atmósfera etérea que, junto al pulso de la mbira, libera a Reijseger para entrar y salir de la base. El inicial Elena es un precioso, emotivo y delicado vals somnoliento en el que Fraanje disfruta de espacio para sus particulares (y siempre contenidas) digresiones, mientras M´br es lo más parecido a un blues del desierto en el que lo interesante, además del efecto hipnótico de la repetición, es la forma en la que Reijseger y Fraanje juegan con ella. Eso sí, el contraste más radical lo proporciona Down deep, cuya percusión inicial bien pudiera ser un zapateado flamenco al que sigue un enloquecido “rapeo” de Sylla, antes de clausurar con Her eyes, una sencilla melodía casi infantil que repiten y repiten a modo de canción de cuna. Y es que la música del trío, en su compleja expresión de sencillez, puede hacer a los melómanos tan felices como una nana a un niño.

© Carlos Pérez Cruz
 
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

viernes, marzo 29, 2013

Peter Evans, John Hébert, Kassa Overall - "Zebulon Trio"


Desde que murió Miles… Desde que murió Coltrane… Sonny Rollins es el último coloso… En definitiva, ya no existen aquellas figuras que marcaban época, que guiaban. Si acaso, pasean su leyenda. Pero…

¿Cuántas veces hemos escuchado lo mismo? ¿Cuántas veces han certificado el final de la historia? Nos falta perspectiva y, quizá por ello, no sabemos separar el ramaje para visualizar con claridad el paisaje presente. En materia de impactos e influencias, los tiempos han cambiado mucho.  Ahora, el discurso no es único sino múltiple, no necesariamente plural. Ya no hay fuente, sino una catarata global que casi ahoga cualquier voluntad de empapar las conciencias globales y dispersa el chorro informativo. No hay que ignorarlo.

¿Cuál hubiera sido el impacto mundial de Peter Evans hace quince, veinte años, cuando existía una jerarquía informativa más concentrada? ¿Cuál hubiera sido el impacto de un músico tan sublime si alguien con esas facultades y conceptos creativos hubiera nacido en los años cuarenta? Preguntas inútiles. Nació en 1981 y su eclosión se produce en momento de la historia en el que muchos aficionados al jazz adoran el embalsamamiento del género, en el que los actores más influyentes promueven su museización, en el que el jazz no se madura en clubes sino que se escruta en conservatorios, escuelas y universidades, en el que ya no existen gurús sino miles de replicantes que amplifican, en su mayor parte, voluntades predeterminadas. Frente a la distorsión digital de las prioridades, sólo queda la ardua criba de grano y paja de toda la vida.

Voy agotando adjetivos hacia Peter Evans conforme me va dejando sin palabras. Mi condición de trompetista no me permite escucharlo con la distancia de quien no conoce las particularidades del instrumento y su relación con el instrumentista, por lo que no sé si el oyente llega a ser consciente de la barbaridad técnica que, con la (aparente) misma sencillez con la que un niño aprende a decir “¡es mío!”, sustenta el virtuosismo permanente de su soplo. Nunca he escuchado a un trompetista del nivel de Evans. Y nunca es nunca. Hay trompetistas excelentes, por supuesto. Asombrosos, claro que sí. ¿Extraterrestres? Peter Evans. Si alguien consigue elevar alguna vez el listón un poquito más arriba, se saldrá de la galaxia y se producirá un nuevo big bang. Pero que nadie se equivoque. Sería un error pensar que la maravilla de Evans reside en su técnica (que también, obviamente). Lo verdaderamente relevante es que con ella, como base potencial, va pergeñando un estilo que trasciende lo personal y arrastra al colectivo. No será la revolución del be bop, pero tampoco ésta se hizo de la noche a la mañana.


Peter Evans en el Jazzaldia 2012
© José Horna

Todo instrumentista humano sabe que la condición de tal incluye una aburridísima (y necesaria) rutina técnica para mantener los mínimos de calidad en la interpretación y, a poder ser, mejorarla. Hay al respecto unos cuantos manuales técnicos que todo trompetista conoce y que ejercita con mayor o menor fortuna pero, casi siempre, con cierto hastío. Evans ha conseguido hacerme creer que en esos ejercicios anestesiantes hay un universo asombroso de posibilidades. Y lo digo porque, si se escucha con atención su música, ésta no tiene menor mecanicismo que el que estos ejercicios proponen y, es más, parte en muchas ocasiones de puros ejercicios en potencia. Claro que la diferencia es que la finalidad del método está en la práctica y desarrollo de habilidades y que esas habilidades son en Evans motor de una música en la que arpegios, intervalos, escalas, dobles y triples picados, etcétera, son tan artísticos en su punto de partida y desarrollo como una buena melodía o un arreglo ingenioso. Es decir, la ejecución de todos esos recursos técnicos dispara la música… y produce alucinaciones. No es la demostración de la habilidad para ejecutarlos lo que nos debería interesar como oyentes (la vacuidad de la genuflexión ante la técnica si a esta no le corresponde la emoción), sino el resultado artístico que con ellos logra. La música casi maquinal de Evans es intensa y expresiva hasta extremos casi hilarantes y, si me apuran, histriónicos. Sitúa al oyente al borde del desequilibrio emocional. Excita y tensa porque no da tregua en ningún momento de los más de 78 minutos (¡¡!!) de banquete opíparo, de acoso sensorial, de violación de los límites de capacidad de asimilación que es esta segunda entrega de Evans en su sello tras el abrumador Ghosts.

Del quinteto con aditivos electrónicos del anterior, al trío acústico de trompeta, contrabajo y batería. Puede parecer una versión “ortodoxa” de Peter Evans y, sin embargo, es la constatación de que da igual el formato, dinamita preconceptos. Por momentos puede sonar como un trío de jazz convencional, con su swing rítmico y el fraseo hard bop asociado. Sólo es la visión del sediento en el desierto, el oasis acogedor de lo conocido frente a lo ignoto por conocer. Y probablemente sea una de las versiones más “convencionales” que pueda ofrecer el trompetista, lo que demuestra que incluso en el terreno de lo conocido queda mucho por conocer. Ya sea a través de la emisión de un soplo, del inicio histérico de una serie circular de notas que se repiten de forma extenuante hasta que se desenroscan, o del estallido de un lengüetazo descomunal, Evans pone en marcha una maquinaria infernal en la que John Hébert y Kassa Overall ejercen la no menos virtuosa función de hacer aterrizar los constantes cambios de pulso y acento de la música loca del trompetista. Y aunque parezca broma, una pieza tan desbocada como la del cierre de disco (los 25 minutos largos (¡¡!!) de Carnival), dan hasta para que la batería ultrasónica de Overall cree la ilusión de una samba brasileña que, de tan veloz, quebraría hasta la cadera más curtida en carnavales. Impresiona la velocidad de ejecución, pero más si cabe cómo Evans se contornea sobre la “samba” con el desarrollo de uno de sus característicos bucles de notas que van y vienen para, de pronto, iniciar una secuencia de escalas descendentes que desembocan en una melodía (es un decir) que sería pura samba si no fuera porque no hay cuerpo que la baile.

La música de Peter Evans es obsesiva (u obsesiona… o ambas cosas), y en ello tiene mucho que ver que trabaje sobre motivos circulares (su Lullaby se expone sobre una única línea de notas reiteradas, después con dos motivos arpegiados paralelos, creando un tipo de hipnosis inversa al que se le supone a una canción de cuna, que termina en pesadilla). Que además controle la técnica de respiración circular, le permite el infinito. Cuando rompe con los ciclos, nuestro cuerpo eyacula con él, pero no se relaja porque Evans no lo permite, porque su hiperactividad personal se transmite sin filtro a una propuesta sensorial que exige una permanente actividad de sus compañeros de grupo (obligados a seguirle en su vértigo) y la máxima concentración del oyente que, si no entra de lleno en la montaña rusa de emociones y tiene todos los sentidos puestos en ella, puede sentirse aplastado. Y es ahí donde tengo la sensación de que con el tiempo debería pulir Peter Evans su discurso revalorizando el silencio, dando tiempo para que el oyente asimile semejante ametrallamiento, permitiendo que sus compañeros gocen de más espacio del que disponen (aunque cierto es que su sola actividad paralela a la de Evans es un solo en sí misma), desbrozando la música para eliminar quitar algo de barro.

¿Cuál hubiera sido el impacto mundial de Peter Evans hace quince, veinte años? ¿Cuál, si hubiera coincidido en el parto del be bop? (¡Madre mía! ¡¡A qué velocidad hubieran volado!!). Son preguntas que poco importan porque esa realidad no es posible. La suya es ahora, aunque probablemente Evans se encuentre más allá de este 2013 en el que estamos. Y como a tantos otros adelantados a su tiempo, nadie les asegura que lo suyo vaya a ser asimilado y admirado en su época (si no es por una minúscula legión de incondicionales). Ojalá lo sea y logre dinamitar de un solo lengüetazo cualquier estúpida tentación de encerrar el jazz y las músicas improvisadas en el museo de cera.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

martes, febrero 05, 2013

Rudresh Mahanthappa - "Gamak"

 
 
Desbordante. El saxofonista Rudresh Mahanthappa es un ciclón, un tornado que succiona en su interior todo lo que encuentra a su paso y lo lanza con virulencia en derredor. O quizá no sea acertada la metáfora, pero sí puedo certificar que la exposición a su música puede ocasionar “daños” semejantes a los de este fenómeno meteorológico en el cerebro oyente. Lo comprobé en 2011 en Madrid, lo certifico con su nueva producción discográfica.

Explicaba Mahanthappa en una conversación que mantuve con él en aquella cita madrileña, que la música del sur de India se caracterizaba por su mayor riqueza matemática respecto de la del norte, que esa riqueza le atraía especialmente pero que no por eso la música carecía de corazón. Y ciertamente no son condiciones necesariamente excluyentes, pero en el caso del saxofonista esa explosión ciclónica de su música tiene una cualidad tan mecánica y virtuosa que uno duda que un corazón lata detrás, al menos con riego humano. Todo es siempre tan sumamente complejo rítmicamente que el preciso encaje de polirritmias y cambios de tempo parecen resultado de una compleja ecuación resuelta por una mente artificial (¿un smartsax?). En realidad es admirable el nivel de excelencia alcanzado porque logra dibujar un “oh” permanente en la boca. Y, sin embargo…, el oído necesita oxígeno y matización.

Gamak
hace referencia a la ornamentación de la melodía característica de la música del sur de India. Según explica el propio músico en las notas promocionales del disco, la ornamentación no es un aditivo circunstancial en esa tradición musical sino que es un verdadero arte y materia de estudio. Ya sólo la exposición de Abhogi (tema que dice está inspirado en un raga) ejemplifica el arte del ornamento, trasladado en su caso al lenguaje del saxo alto. Para ese menester, Mahanthappa ha encontrado un cómplice excepcional en el guitarrista David Fiuczynski, capaz de adaptar con la misma flexibilidad el lenguaje expresivo y microtonal de la música hindú a su guitarra (el fraseo disonante y confluyente de Wrathful wisdom es efectivo a la par que delirante). Es uno de los grandes aciertos de este Gamak, cómo fusionan sonoridades y expanden las posibilidades estéticas de un cuarteto que lo mismo parece iniciar la larga secuencia de un raga (como el mencionado Abhogi o Lots of interest, que en una de sus múltiples encarnaciones se muestra sobre riffs de rock puro y duro) que estalla con la virulencia del punk en el irónico cierre de Majesty of the blues (irónico por el contraste entre lo que el título parece prometer, a quién recuerda y lo que realmente ofrece) o parece llevar más allá la esquizofrenia del Giant Steps de Coltrane con su émulo Copernicus – 19. Todo es por regla general tan intenso que hasta la Ballad for troubled times adquiere una densidad propia de los mismos tiempos que dice describir. Ni siquiera se relaja cuando más melosa se pone. Está tan omnipresente el sonido de Mahanthappa que la guitarra de Fiuczynski se agradece casi como un respiro, quizá también por la incisiva sonoridad de su saxo alto y vehemente fraseo.

La puesta en escena con Waiting is forbidden determina el tono general. El saxofonista expone un obsesivo motivo rítmico que sirve de enlace entre secciones y que termina por confluir al final en una traca donde las diferentes células rítmicas se entrelazan y cruzan camino del delirio (y del altar para el baterista Dan Weiss). Hay que coger fuerzas porque más tarde prometen que We´ll make more, donde brilla Fiuczynski – como a lo largo de todo el disco - no sólo con su veloz digitación sino, por fortuna, por la capacidad para lograr con la guitarra habilidades expresivas que parecen más propias de instrumentos como el sitar. Es admirable cómo ha logrado que este instrumento hable con pasmosa facilidad en idiomas que no le son teóricamente propios y de los que ya hizo gala, por ejemplo, en el grupo Hasidic New Wave (Tzadik ha publicado recientemente una caja con todas sus grabaciones de estudio entre 1996 y 2001).

Es indudable que Rudresh Mahanthappa hace su música, que su estilo es distintivo y que el legado cultural de sus antepasados (él nació en Italia en el seno de una familia de emigrantes de la India a Estados Unidos) confiere a sus proyectos un poder de atracción muy seductor. Evita el (desgraciadamente frecuente) cliché de la fusión pastiche. Gran virtud. Si se me permite la metáfora visual, como si de una pintura se tratara, el lienzo es jazzístico y sobre él arroja todo tipo de materiales de la cultura popular contemporánea. Con ellos da forma a un cuadro expresionista y geométrico, de intensos y deslumbrantes colores, que delinea con el arte hindú de sus ancestros para, en ocasiones, curvar las rígidas líneas de su compleja geometría conceptual. O dicho de otra forma: la música de Rudresh es asombrosa en su poder y vértigo métrico, la ejecución le deja a uno anonadado por su precisión y el aroma hindú lo seduce pero… abruma. Y quien esto firma se siente intimidado como el niño del patio de colegio del que abusan los grandullones del curso superior.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com 

viernes, enero 11, 2013

5 discos de 2012

Como es costumbre, la revista Cuadernos de Jazz solicita mi lista de los cinco mejores discos del año 2012. Como no existe eso, yo entrego otra cosa que explico a continuación:







 Carlo Actis Dato & Baldo Martínez Sonidos de la tierra
 Irene Aranda Yetzer
 Agustí Fernández & Ramón López Azul
 Chris Kase Six
 Pablo Selnik & Marco Mezquida Miscelánea núm.2


“Los músicos no estamos en crisis… creativa”. Eso me respondía recientemente el pianista Agustí Fernández cuando le mostraba mi asombro por su ingente actividad discográfica en tiempos de crisis del concepto. En efecto, por fortuna para nuestra salvación, la música ha seguido siendo en 2012 un asidero fiable para salvaguardarnos de la ESTAFA que está horadando nuestro bienestar. En contra del acomodaticio “cualquier tiempo pasado…”, la música creativa sigue palpitando con energía e invocando a nuestros sentidos, más atribulados que de costumbre y sometidos por los meteoritos digitales.

Por segundo año consecutivo me veo en la “obligación” de ofrecerles aquí mi lista de los mejores discos del año. Y por segundo año consecutivo me revuelvo contra semejante absurdo y contra el jefe contraviniendo sus indicaciones. Ni son los mejores ni están ordenados por preferencia (lo están por orden alfabético). Son cinco discos publicados en 2012 (lo único que respeto) que, por una u otra razón, me parecen un extraordinario consuelo y estímulo para el alma.

Entre los cinco aparece esa “santísima trinidad” del jazz ibérico (bautismo de Chema García) que forman el propio Agustí Fernández, Ramón López y Baldo Martínez. Los dos primeros hechizan el tiempo y el espacio con su Azul, mientras Baldo baila con el italiano Carlo Actis Dato ese folclore imaginario que es Sonidos de la tierra. Sin duda forman mi trío base. A partir de ellos, todo es posible. También lo es que Chris Kase se supere a sí mismo como ha hecho este año con Six, el sexto de una discografía in crescendo donde la sutileza y la calidez de su música desbordan la belleza.

Hasta aquí los “clásicos”, pero en esta lista figuran tres nombres (todavía) más jóvenes: Pablo Selnik y Marco Mezquida, que me desarbolaron con su descarada Miscelánea núm. 2, e Irene Aranda, la pianista jiennense, cuyo Yetzer es (casi) un milagro. Aunque este milagro es fruto de una constancia y un empeño personal que son, a su vez, un retrato de las miserias culturales de este país. Su disco, que ni siquiera existe como tal, es la expresión creativa de una inmensidad interior que, lamentablemente, se confronta con la vasta vacuidad del exterior español. Vamos, un milagro.

© Carlos Pérez Cruz / www.cuadernosdejazz.com

jueves, diciembre 20, 2012

Coleccionismo 'low cost' - La pérdida del valor añadido


¿Nostalgia? ¿Abaratamiento de costes? ¿Gratuidad de derechos de autor? Varias pueden ser las razones pero hay una realidad constatable en las estanterías de las pocas tiendas de discos que permanecen abiertas: es más fácil encontrar “clásicos” del jazz que ediciones contemporáneas. Es cierto que cada vez más son los propios músicos quienes editan sus grabaciones y que éstas han salido del circuito tradicional de distribución para concentrarse en la venta directa por internet o en conciertos. Paradoja: nunca hubo tanta música a nuestra disposición, nunca tan poca al alcance de la mano.

Hace unos días eché un vistazo a la sección de discos de jazz de una de las delegaciones españolas de la cadena FNAC y constaté - no sin algo de pena y sopor - cómo la iconografía de la sección se construye alrededor de la imaginería vintage del género, de (un puñado de) los artistas que lo fundaron e hicieron crecer hasta… los sesenta, esa década que todo lo quebró. Así el jazz permanece encerrado en un bucle espacio-temporal autocomplaciente que se “renueva” con constantes reediciones y fondos de catálogo en tiendas que son, cada día más, de antigüedades. Pudiera parecer que hablamos de música difunta de la que algunas discográficas ofrecen el acta notarial que certifica su pasado. Existió, en efecto. Lo que hoy es, sin embargo, no existe, o reverencia pálidamente ese pasado “glorioso” (tan pálido como el rostro de Kenny G que se ha colado en la estantería de jazz).

¿Quién compra hoy discos? He aquí una pregunta nada fácil de responder. Las motivaciones del heroico comprador - el que se mantiene en sus trece e invierte unos ahorros (cada día más esquilmados) en ediciones físicas de algo que está ahí gratis, como por arte de un falso altruismo, en la red de internet - pueden ser muy variadas pero, todas ellas, sin duda tozudas. Son tiempos en los que quienes compramos un periódico en papel nos convertimos en objeto de burla e incomprensión de sus propietarios: ¿por qué mancharse los dedos de tinta? Y nos miran como a extraños. Así son estos tiempos. Por eso los impertinentes compradores, obstinados en nuestro error, deberíamos ser exigentes. No es permisible que se nos cobren cifras de dos dígitos por ediciones que, en muchos casos, ni siquiera contienen más información que la de los títulos de los temas. Por favor, un respeto, que somos inversores. Y como tales, esperamos beneficios. Somos los usuarios premium de la música y es de recibo que exijamos un extra que compense el desmesurado diferencial entre nuestra inversión y la de quienes (no) invierten en las ediciones digitales. Mas no, los periódicos adelgazan, cuestan más y ofrecen lo mismo gratis en la red mientras los discos se mantienen en sus trece del costo abusivo que alejaron a muchos y se dejan escuchar de formas legales, alegales e ilegales por la red al precio de una conexión a internet.


Vuelvo al principio: la nostalgia. O lo que sea que mueva la permanente revisión de los “clásicos” del jazz que monopolizan las antaño plurales y al día estanterías de las tiendas. Por supuesto que nunca ha estado, está, ni estará de más la mirada al pasado de una música que acumula ya un bagaje histórico notable y que ha evolucionado – para nuestra fortuna - en paralelo al desarrollo de las tecnologías de grabación y difusión. Los avejentados festivales de jazz de nuestro país se mueven por ella y la promueven: en cada edición se nos cuela el homenaje de turno a la memoria del jazz (Ellington, Miles, Parker, las divas…), aunque en su caso  se tengan que “conformar” con músicos de hoy que se prestan a ello para engorde de sus carteras (que no de su propia leyenda). Sacan más tajada con la reproducción de una memoria que con su vivo presente. Se premia a quienes mantienen una actitud estética evocadora de lo ya hecho y se ignora a quienes quieren seguir dando un paso adelante, o al menos propio.

Una de las consecuencias de la prevalencia de reediciones y revisiones discográficas es que, por su evidente diferencia de costo de producción, las reediciones tienen en muchos casos cifras de un sólo dígito mientras las nuevas lo hacen con precios comparativamente disuasorios. Si al factor puramente económico le sumamos la falta de cultura general sobre esta música – agravada por la glorificación (y simplificación) permanente del pasado y la ignorancia del presente – nos encontramos con terreno abonado para la reedición y difícilmente rentable para los proyectos de nuevo cuño. Resultado: hoy, discográficamente, el jazz es esencialmente un estilo musical museístico.

Recuerdo cómo hace un par de años, en la ciudad turca de Trebisonda, me dejó patidifuso que de una tienda de discos los clientes salieran con cedés bajo el brazo como quien compra el pan nuestro de cada día. Entraban, iban directos al estante donde visualizaban certeramente su objetivo, lo cogían, se acercaban a la caja, pagaban y se marchaban. Lo tomaría como una alucinación visual si no fuera porque tengo testigos que corroboran este recuerdo. Hoy, en España, ese es el sueño húmedo de un vendedor. Por eso, hemos cambiado la barra de pan de toda la vida por las más sofisticadas presentaciones discográficas con todo tipo de aderezos. Un disco ya no puede ser sólo un disco: o es una edición “exclusiva” y “limitada”, con algún DVD como extra y un libro de fotografías o dibujos hechos por el propio músico, o raramente tendrá salida. Asistimos a un cambio de paradigma: del disco como soporte al disco como objeto de coleccionista. He ahí otro dato de la museización de los discos. En jazz, con el mentado añadido de que las ediciones lo son, en la mayoría de los casos, de grabaciones con más de medio siglo de historia.


Es lógico que si el cliente es otro, más fetichista que sólo auditor, las ediciones tengan que ser especiales para que hagan de ellas merecedoras de atención y gasto. Por eso me pregunto: ¿a quién va dirigida la caja de 48 discos dedicada a Ella Fitzgerald por Membran? En principio, a cualquiera con el suficiente buen gusto como para situar a esta gran dama de la canción en el Olimpo que merece en una discoteca con clase. Pero, dado que hablamos de una voz tan “clásica” y que los clásicos han sido convenientemente exprimidos hasta la última gota, ¿qué hace de esta colección una inversión atractiva?  Como objeto de deseo, la caja es absolutamente funcional. Un producto de lujo low cost. La caja es de cartón, los 48 discos van dentro de un sobrecito de cartón y todos tienen el mismo diseño. ¡Fuera gastos “superficiales”! Todos con la misma imagen dibujada de la cantante. Sólo los diferencia el número de CD y el título impreso. Eso sí, una sorpresa: tal y como señala el compañero Marcos Maggi en su artículo sobre First lady of song para ‘Cuadernos de Jazz’, a algunos de los discos originales contenidos en esta colección les han cambiado el título. ¿Por qué? Lo desconozco. Como también por qué los primeros discos parecen mantener un criterio cronológico para, de pronto, organizarse de forma temática y dar saltos temporales hacia atrás y hacia adelante. Son detalles, sin duda, pero insisto en que ante la compra de un disco – y máxime una edición de 48 – deberíamos ser más exigentes que nunca. No es la música aquí la que falla – qué duda cabe – sino su puesta en escena, tan austera que pareciera promovida por la troika. Cartón piedra para envolver una voz que fue de oro. Hasta el libreto adjunto es rácano: título, músicos y año de grabación (he localizado alguna errata). Ni siquiera una aproximación biográfica a la cantante. ¿Qué hace de esta colección una inversión atractiva? Ella, y punto (que es mucho). La posibilidad de concentrar en tan pequeño espacio tanta buena música (lo bueno, lo excelente y lo no tan bueno. Lo personal y lo más alimenticio. Lo más “crudo” y lo más edulcorado). Como objeto de coleccionismo, carece de valor. Está en la música.
Si el jazz es una actitud, y a esta se le supone un grado de transgresión y experimentación superior al de otras actitudes (músicas), convendremos que las recopilaciones tienden a un conservadurismo impropio del jazz. Por eso se agradece una edición como la que promueve la revista francesa ‘Jazz Magazine / Jazzman’, que ha editado una caja de cinco discos cuya primera virtud está en la ausencia de un epígrafe que la catalogue. No es ni “lo mejor de” ni contiene descripción alguna: tan sólo el nombre del medio y una amplia colección de portadas en miniatura. No abunda la información – en esto comparte demérito con la caja de Ella -, se limita al título del tema, autor, intérpretes, fecha de grabación y sello de propiedad en origen. Hubiera sido de ayuda el título del disco del que se extrae cada tema, siendo consciente de que en las grabaciones más antiguas los conceptos disco y título no se corresponden con los parámetros actuales. Pero más allá de unas pinceladas del periodista Lionel Eskenazi sobre algunos de los fundamentos de la recopilación, no hay más información. En ese sentido, tanto la colección de Ella Fitzgerald como la propuesta francesa adolecen de falta de pedagogía. Y esto, cuando procede de una revista a la que le supone una voluntad formativa y divulgativa, resulta chocante. Eso sí, por encima de cualquier consideración, y al igual que en el caso de Ella, el valor supremo está en la música.

No hay catalogación definitiva de la caja pero sí hay título explicativo para el contenido de cada uno de los cinco discos. ‘Jazz Magazine / Jazzman’ los divide en ‘Grandes intérpretes’, ‘Grandes compositores’, ‘El gran mestizaje’, ‘Hecho en Europa’ y ‘Los años 2000’. Cien cortes en total de los cuales, tal y como subraya Eskenazi, treinta lo son de música registrada a partir de 1992. ¡Bravo! ¡¡Existe el presente!! Hasta el punto de que el último disco, tal y como explica su título, está compuesto por música registrada en nuestro siglo. Una alegría que es mayor cuando estamos ante una recopilación que abre su espectro geográfico y da cabida en igualdad de condiciones a músicos de más allá de Estados Unidos, especialmente europeos.


Bernard Lubat y Louis Sclavis
© Jesús Moreno

Como sucede con toda selección, máxime cuando todos llevamos un seleccionador en nuestro interior, la “convocatoria” es discutible tanto por presencias (¡Diana Krall en el apartado de ‘grandes intérpretes’!) como por ausencias. Pero es diversa, un muestrario amplio de la inmensa diversidad del jazz que, lógicamente, no llega a abarcar en toda su dimensión. Pero es estimulante encontrar junto a los inevitables Louis Armstrong o Ella Fitzgerald (claro) a Bernard Lubat, Marc Ducret, Le Sacre du Tympan, E.S.T., Joachim Kühn, Paolo Fresu o Youn Sun Nah. Y antes que con las numerosas ausencias de nombres y de estéticas más radicales, prefiero quedarme con la cantidad de puertas que esta colección puede abrir al recién llegado y también al presuntamente ilustrado, máxime cuando la selección lo es a un 50% de grabaciones previas y posteriores a 1962 (¡la gran falla de los sesenta!). Eso sí, una vez al oído se le despierte la curiosidad, el trabajo de documentación le corresponde al oyente, que aquí nada se dice. Ni quién es quién ni por qué se elige cada tema. Al fin y al cabo hemos de suponer que cuando de un músico se elige un corte se hace por representativo. ¿O no? Eskenazi dice que de cada músico se ha elegido un tema de su “periodo esencial” (terreno claramente subjetivo) y que se han tratado de evitar los más “célebres” (Ejemplo: del cuarteto de Dave Brubeck ni Take five ni Blue rondo à la turk sino The golden horn). También que se han decantado por cortes breves para que pudieran entrar en los 80 minutos máximos de cada CD y que han quedado fuera músicos (cita a John Zorn, Anthony Braxton, Brad Mehldau y Pat Metheny) por cuestión de derechos de autor. Lástima, insisto, del complemento informativo que le dé al objeto el valor añadido que hoy apenas tiene comparado con una lista de reproducción (gratuita) en Spotify. Porque de eso se trata, ¿no?

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

viernes, diciembre 14, 2012

Ablaye Cissoko & Volker Goetze - "Amanké dionti"


Hay ocasiones en que es mejor dejar las cosas como están. ¿Por qué cambiar lo que funciona de forma natural? Si algo fluye, mejor no ponerle trabas en su discurrir, por mucho que éstas se propongan mejorar lo presente. Cuando la materia prima es de por sí primorosa, no son necesarios los aditivos. Si acaso, conservarla.

Puede resultar anacrónico que en estos tiempos de comunicación inmediata, en los que más que nunca el baile de las alas de una mariposa agita huracanes a miles de kilómetros, alguien pueda tener en consideración el factor humano. No obstante, quizá este fervor digital ayude – por hartazgo del estrés – a revalorizar costumbres ancestrales, aunque sólo sea para ingresarlas en un polvoriento museo. ¿Tiene algún sentido práctico esperar a que el trovador llegue al pueblo a cantar las noticias? Éste sería humillado de inmediato por algún vecino portador de un teléfono “inteligente” (resulta que todavía estamos buscando si hay vida inteligente entre nosotros y los teléfonos nos tomaron la delantera), que mientras “actualiza” las (viejas) nuevas retrata al objeto de su burla para la posteridad efímera de un tweet. Recemos para que al juguete de la inmediatez le responda el poso de la reflexión que permite el canto que brota del pensamiento.

Permítaseme la divagación al calor de una música que la permite. Si algo hay en este segundo disco del senegalés Ablaye Cissoko y del alemán Volker Goetze es espacio para ella. Y es que Amanké Dionti tiene la virtud de la calma en tiempos de agitación y, en particular, la de dejar las cosas como (bien) están. De acuerdo, una expresión musical por bien hecha que esté al natural permite su manipulación pero, ¿qué pasa si se la deja tal cual? Que incluso gana. Eso hace Volker Goetze, que mete su trompeta lo justo para colorear en un universo que lo es de la kora y la voz de Cissoko. La música brilla por su natural sencillez y Goetze le proporciona ese punto jazzístico tan agradecido en una música que por su cierto estatismo armónico lo permite.

La música africana (¡qué enorme generalización geográfica y cultural!) y sus músicos han tenido que soportar la curiosidad y la voluntariosa “vuelta a los orígenes” de tantos y tantos proyectos de occidentales que lo único que hacen con sus buenos (y, por lo tanto, peligrosos) propósitos es desnaturalizar aquello por lo que hicieron el viaje. La mentalidad colonialista (más o menos consciente) se impone en muchos casos, como también en gran parte de la música africana que hemos conocido y que ha dependido (y sigue dependiendo) mucho de la metrópoli, tanto en sus rudimentos técnicos como en su centrifugado estético (por aquello de hacerla asequible al endeble oído occidental). No es que este Amanké Dionti sea radicalmente extraño a esos procederes (entre otras cosas, está grabado en París) pero al menos Volker Goetze practica el arte de la discreción y no deja de ser una suma a la expresión natural del senegalés, una voz preciosa que forma parte de la ingente y fascinante nómina de artistas del área Mali – Senegal (quizá la que mejor conocemos musicalmente de todo África) que mantiene la vocación de narradores de historias en alguna de las lenguas mandé.



Las letras de Ablaye Cissoko cumplen con la función pedagógica e informativa del griot: pedagogía del respeto a la sirvienta en el tema que da título al disco - Amanké Dionti (algo así como “ella no es tu esclava”) -, dado que muchas muchachas de áreas remotas son enviadas como sirvientas a las casas de los pudientes urbanos -; aliento de la tolerancia ante las opiniones ajenas en Togna, e incluso defensa del valor del artista en el inicial Kana Maloundi. Además de rescatar un tradicional, Miliamba, que rememora tradiciones y mitos ancestrales, y de dos instrumentales (vibrante Silo, con la colaboración del percusionista Joe Quitzke), Cissoko recuerda la catástrofe de Haití en un tema complementado en la edición CD con un video que forma parte del documental de título Griot firmado por Goetze. Y es que la relación entre el alemán y el senegalés es intensa y queda documentada hasta la fecha en dos trabajos discográficos y en ese audiovisual rodado cuando trabajaban en el anterior disco, Sira (2008).

Afirma Goetze que, cuando tocan juntos, se sienten en un estado parecido al de la meditación. Que para alcanzarlo es necesaria la paz y que una vez logrado ese estado es difícil de mantenerlo durante mucho tiempo. “Es un trabajo duro. La mente divaga”. ¡Cuánta razón! Engañémosla con discos como éste, divaguemos largo y tendido. Despistemos al tiempo presente y hagamos lo contrario de lo que la pantalla “inteligente” espera de nosotros… Perdón, ya me he puesto de nuevo a divagar.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

miércoles, noviembre 07, 2012

Agustí Fernández & Ramón López - "Azul"


Cuando Agustí rompe el discurso melódico a mitad del inicial Ramón en París y entra en trance – insiste sobre un mismo acorde, parece emular el timbre de una campana –, Ramón activa el cepillado con sus escobillas y quien esto escribe recuerda por qué sigue amando la música. Porque sigue siendo el contrapeso de este mundo desequilibrado, la compensación al absurdo de la vida (Elina Duni, dixit). El pianista detiene el tiempo y embellece con esa fotografía el devenir plácido de sus arrebatos más preciosistas.

Leí a alguien decir que el minimalismo es vivir con lo básico. Como básico entiendo lo fundamental. Y hacia ese fundamento camina la música de Azul, hacia un desnudo casi integral en el que el sonido se desvanece y deja  dibujado en el aire un gran interrogante. Si los doce temas grabados conformaran una unidad, el final sería una cadencia suspendida que impide el acomodo del oyente. No hay conclusión o, al menos, el relato no se cierra. Y las mejores obras dejan siempre que el oyente (lector, espectador) siga interrogándose.

A Agustí Fernández se le tiene por un vanguardista, por un percusionista del piano con ecos ceciltaylorianos. Sin embargo su sentido de la melodía no tiene parangón. Posee la pócima para la congoja. Su melodía tiene ecos de la cadencia española que trabajara con tanto acierto en el increíble El laberint de la memòria (del que aquí recupera La processó, que Ramón lee con la fabulosa heterodoxia expresiva que lo caracteriza); ese punto de regionalismo que armoniza y flexibiliza en los tempos de modo que mantiene la esencia folclórica pero, a su vez, la hace universal y contemporánea. Para mí, Agustí es uno de los creadores más poéticos que existen, porque la poesía está en su capacidad de ser más melódico que los melódicos y a la vez en su habilidad para indagar en las regiones más oscuras del alma, que también habitan la caja de resonancia de un piano.

Ramón López, otro del club de los sospechosos habituales (habitado por los maravillosos locos de la música creativa, los más transgresores a fuerza de no vender su alma al diablo, lúdicos en la creación), rompe también prejuicios con la sutileza de ese tic nervioso que es su golpeo, reducido en muchos momentos a la mínima expresión del juego de escobillas. Lo suyo es como una corriente subterránea que discurre bajo el pulso que Agustí estira y encoge, y que se hace presente con una flexibilidad y una ligereza que pocos creerían probable. Es magistral la capacidad que ambos muestran de hacerse íntimos y, a la vez, activos, al igual que son geniales en la exploración de timbres y texturas en Carámbano  o Lucero del día (espectacular lluvia de meteoritos que estallan y saltan de las cuerdas de Agustí y parecen caer sobre los platos de Ramón).

En el lirismo del piano de Agustí no hay edulcoración. De su contacto con el teclado brota una belleza mayúscula no exenta de aspereza y rotundidad, de convicción y definición (escúchese al respecto su Polvo enamorado a solo). No hay ningún recurso gratuito, ninguna caída en la tentación del romanticismo de escaparate. La belleza más evidente tiene la misma entidad creativa de la menos evidente. La compensación y equilibrio de Azul no está en las concesiones, porque Agustí y Ramón son tan radicalmente libres en su expresión que no las hacen, simplemente se expresan como son, da igual el material: ya sea folclórico (Sa Ximbomba), ya sea Bill Evans (We will meet again). Acogen de tal manera el original de Evans que Agustí lo transmuta en mediterráneo mientras Ramón dibuja los ritmos subyacentes más inverosímiles con la maestría reservada a oídos tan privilegiados y poco comunes como los de un Paul Motian, capaces de hacer caminar la música por senderos sin trillar.

Como eco tras la promesa en título de Evans, Concilio de sueños y Una leve luz parecen el proceso de desmontaje de la arquitectura creada en los diez temas anteriores. Ese deshacer que en su retirada deja ecos de lo mejor que han dado y de lo que, sin duda, darán.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com
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