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sábado, noviembre 02, 2013

Agustí Fernández, Barry Guy, Ramón López - "A moment's liberty"


Se pregunta el pianista Agustí Fernández en las notas del libreto de esta tercera entrega de su trío junto a Barry Guy y Ramón López, “¿qué buscamos los músicos cuando hacemos música? ¿Qué pretendemos cuando nos juntamos y mezclamos nuestros sonidos unos con otros? ¿Por qué o para qué hacemos música?”. Es decir, Agustí traslada a la música lo que en filosofía son las grandes preguntas de la humanidad. Y él mismo se responde con diversas opciones: “La primera es la que dice que los músicos buscamos la perfección técnica. Es decir, la música entendida como artesanía, como oficio. Una segunda respuesta afirma que los músicos buscamos construir un nuevo lenguaje, o dominar uno ya existente. La música como escuela de idiomas. Una tercera respuesta es la que mantiene que los músicos buscamos la expresión, tanto personal como colectiva. La música como comunicación, como vehículo para expresar ideas y/o emociones.” Agustí ofrece respuestas canónicas a las preguntas esenciales hasta que, sin negarles validez, añade: “No creo que sean las más adecuadas para describir lo que hacemos Barry, Ramón y yo”. Sí, todo eso está ahí pero “no son estas cualidades las más importantes, a mi parecer. Creo que para nosotros lo fundamental es la voluntad común de que, a través de la música, se cree un momento extraordinario, imprevisto e inusual. Un momento quizás no verbalizable pero que se puede percibir perfectamente, como en las mejores ocasiones en que la música esquiva el intelecto y pasa únicamente a través de los sentidos”.

Es cierto, no resulta fácil expresar con palabras la buena música. Nunca lo ha sido. Las mismas preguntas que Agustí se hace resultan pertinentes llevadas al terreno de la crítica. ¿Qué buscamos con ella? ¿Qué intentamos hacer cuando –en este caso, en solitario- afrontamos con voluntad crítica esa mezcla de sonidos? ¿Por qué hacemos crítica? ¿Para qué? Ninguna de ellas tiene una fácil respuesta, aunque también las hay canónicas. Pero permítaseme decir, al hilo de este A moment’s liberty, que si algo impulsa nuestro trabajo, si algo lo hace razonable en nuestra absurda inversión de tiempo, es tratar de transmitirles nuestro entusiasmo y, por ende, ayudar a la difusión de una música que casi nunca encuentra los canales de distribución y difusión que le hagan justicia. O, al menos, nuestra idea de justicia. Claro que no siempre el crítico afronta una valoración motu propio, muchas son encargos. Pero cuando lo hace sin que nadie se lo pida es porque quiere comunicar algo extraordinario y no puede reprimir las ganas de contarlo allá donde pueda hacerse un hueco con la palabra. Es el entusiasmo el que mueve estas palabras, aunque éstas sean una herramienta absolutamente imperfecta para describir A moment’s liberty. Porque, ¿cómo explicar ese “preciso momento en que los sonidos que emiten los músicos dejan de ser simples notas y toman vida propia, ajena a su voluntad”?

Determinado tipo de jazz, quizá el predominante, el que ha determinado una percepción de lo que esta música es a nivel social, se caracteriza por la exposición melódica y el desarrollo posterior de los solos en base a esa melodía o las armonías que la sustentan. Es decir, la melodía supone una excusa más o menos labrada para lanzarse al vértigo de la creación en el momento: la improvisación. Si hay una característica compartida por el trío Aurora y esta forma estandarizada de entender el jazz es que la melodía puede ser motor, el artificio con el que se pone en común un universo estético, un tono emocional determinado que imbuye la aportación individual. Pero eso es todo. Cualquier parecido con la estandarización en la música del Aurora Trío es producto de una enajenación de la consciencia. Sí, hay melodía, incluso estructuras (sirven para pisar suelo y/o proponer giros en la trama), pero lo que percibe el oyente al escucharlos –si se presta atención- es que lo que estructura de verdad todo el trabajo, cada una de las piezas que lo componen, es una búsqueda del momento en el que lo planificado salta por los aires y algo –quién sabe qué- pone en marcha los resortes de un instante irrepetible que por la gracia del arte mantiene relación con su detonante, pero que adquiere una forma y una estética insospechadas de primeras. Es el placer de quien crea con la certeza de que la propia experiencia y la de sus compañeros, bregados en mil batallas, admite un salto al vacío en la que la red son los otros y uno mismo. Y así el grito de vértigo (¿de Barry?) cuando la música se arroja al delirio de la caída libre en la loca Annalisa, una vez liberados de la densa secuencia anterior, de las alucinógenos motivos de estudio de transporte melódico en el piano azotados por los latigazos de clústeres, es también el grito de placer del oyente que poco podía imaginar el destino de Annalisa que, de tan tímida, no permitía suponer semejante desmelene.

Agustí Fernández, Ramón López y Barry Guy (Foto: Caroline Forbes)

Los amantes de la música como confortable medicina de la previsión, devotos del control de las circunstancias, se sentirán desorientados con este disco. No todo el mundo espera lo extraordinario, lo inesperado y lo excepcional. Para poder disfrutar de esta grabación es preciso ser consciente de que nada es evidente. Que la belleza formal, melódica e íntima que proponen muchos de los temas de Agustí (como ya hiciera en El laberint de la memòria o en Azul junto a Ramón, también en anteriores entregas de este trío) no cae nunca en la evidencia, en el regodeo meloso ni en el subrayado de las emociones –como si se tratara de una acaramelada película de sábado por la tarde-, sino que aquí la belleza nunca es evidente o, mejor dicho, no se deja arrastrar por la evidencia. Sucede en el inicial A moment´s liberty (quién nos iba a decir que el minimalismo más absoluto de inicio podía hacer parada y fonda en el abismo desatado de unos trazos negros de viñetista que se frustra ante el vacío de una hoja en blanco o con balbuceantes primeros esbozos) y también en ese auténtico regalo que es El tesoro de la pianista jiennense Irene Aranda, fuego lento prendido con delicadeza y sostenido sin regodeos ni excesos lacrimales. Tan medido en su intensidad que, una vez escuchado, se precisa una pista consecuente de silencio. Pero no hay respiro ni cuando la música lo proclama: Breath sólo al final, cuando la tensión y el misterio tramado in crescendo con una insistencia semejante a la del Ligeti de la Musica Ricercata (claro que el desarrollo…), altera los sentidos lo justo para convertir la muerte de la música  en un bellísimo epitafio.Mil y un pequeños detalles para el oído atento y entregado a la gozosa labor de la escucha concentrada de la música que es capaz de bailar en Bielefeld breakout un delicioso vals de madrugada o convertir la Orangina de Albert Cirera (registrada en el reciente trabajo del Free Art Ensemble) en una especie de paseo por los cuadros de una exposición. Entre sala y sala temática, el paseante puede percibir las conexiones nerviosas de un cerebro excitado por lo visto en la anterior sala. Claro está que son interpretaciones que tienen más de sugestión que de criterio técnico pero, ya lo dijo Agustí, este trío “quizá no pueda ser descrito con palabras” ni a través de “meras matemáticas”. 

Cómo explicar la Algarabía que bien podría anunciar una fiesta flamenca y que termina proponiendo un alocado y complejo encaje de bolillos rítmico que, muy en el fondo, sigue utilizando la vieja fórmula de la llamada-respuesta. O cómo explicar sin sentirlo, sin poner todos los sentidos en ello, el maravilloso y bien medido rubato del pianista mallorquín que arrastra y que secundan con precisión y ligereza los magníficos Guy y López en Uma y otros de los ya mencionados con anterioridad. O el trance en el que entra el tema inicial cuando se cuela el Ramón en París de Azul con su momento de campana y suspensión del tiempo. O el efecto que produce la interpretación en trío de Joan i Joana (aquí cierra lo que en El laberint de la memòria abría) que, paradójicamente, genera una sensación de mayor intimidad que la del solo original (quizá inducida por el contraste con la inquietante improvisación que precede a la exposición temática… pero no sólo). O la cortante definición del perfil de cada nota en el sonido de Agustí; la capacidad de Ramón López para una actividad siempre presente, llena de ingenio en su nervio, pero nunca intrusiva (y qué preciosa intervención con la tabla en The ancients); la versatilidad de Barry Guy, quizá el contrabajista más completo del ámbito de la improvisación y con el sonido más… ¿cómo describirlo? ¿Cálido y envolvente con este instrumento? Se queda corto, máxime cuando él habla con el contrabajo de tantas maneras. Escúchenlo mejor ustedes mismos que Ferran Conangla, el técnico de sonido de la grabación, se lo sirve como siempre con una claridad cristalina. Dense el lujo de dejarse llevar durante casi hora y cuarto por un viaje que se inicia y muere calmo después de atravesar picos y valles de una belleza devastadora, de cruzar ríos de furia y océanos de serenidad, de avistar horizontes fascinantes antes de dar media vuelta para despertar del éxtasis por un nuevo sendero jamás asfaltado de antemano y en el que rara vez se ven turistas ni áreas de descanso con café de máquina; sólo viajeros, exploradores y nuevos caminos por recorrer. 

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en la web de www.elclubdejazz.com

jueves, abril 07, 2011

'Swinging with Burmese photos' (por Ramón López)

© Ramón López

El pasado mes de febrero el baterista alicantino (de residencia parisina) Ramón López pasó unos días en Rangún (Birmania - Myanmar) con motivo del cincuenta aniversario del Instituto Francés de Birmania. Allí participó en una serie de actividades que incluyeron el trabajo y concierto con músicos de este país asiático. Hijo y nieto de fotógrafos el baterista ha heredado el gusto fotográfico como nos muestra en la soberbia exposición fotográfica de Rangún que expone en la web de Club de Jazz. Con él charlamos de esta experiencia y escuchamos música birmana en la edición del 6 de abril de 2011 del programa.

miércoles, marzo 02, 2011

Joachim Kühn - Majid Bekkas - Ramón López - "Chalaba"


Como encantadores de serpientes, como flautistas de Hamelín, Joachim Kühn, Majid Bekkas y Ramón López nos convocan de nuevo a una conjura musical hipnótica llena de vitalidad. La fórmula no se ha agotado porque la fórmula no es tal. Nada tiene que ver la pervivencia de este trío con el hallazgo de una pócima mágica sino con la constancia de una conversación policultural que ha ido estrechando sus lazos hasta dar forma a un espacio lingüístico propio. Esa es para mí una de las grandezas de este trío que ha hecho de la diferencia semejanza y asimilación. El diferente bagaje formativo y profesional de los tres ha confluido en un idioma común que suena fluido, lógico, natural. No hay 'Fusión' en este proyecto, no es Jazz con música árabe ni africana, no hay un estilo que predomine o dos estéticas que mantengan estáticas sus formas propias y empasten. Todo resulta mucho más natural. Han logrado el milagro del sonido propio.

No hay en Chalaba (ni en las dos grabaciones anteriores: Kalimba y Out of the desert) la condescendencia que se puede percibir en otras intentonas occidentales de hacerse con la magia africana. No hay desembarco de tropas en busca del punto exótico sino el cruce de tres seres humanos de desbordante ingenio musical que al cruzarse han hallado una ideología común: la Música. No se rebajan instintos sino que éstos se acentúan y así Joachim Kühn puede volar sobre el teclado sin restricción (y balancear la cabeza en su tradicional éxtasis), Ramón López ser el baterista con el oído más afinado para la respuesta más insospechada y genial (escúchese la ingeniosa sutileza en The second egg y su capacidad de reacción inmediata) y Majid Bekkas demostrar que una tradición ancestral no es inevitablemente de cera, se puede exponer (sí) pero también seguir y diversificar sus propios caminos. Puede asombrar el encaje de cantos rituales de Soon in June con las líneas melódicas de cierta ortodoxia jazzística de Kühn con el saxo (y el posterior estallido vocal durante la parte más rítmica de la pieza) pero mientras uno escucha es incapaz de percibir lo que de oficio y estudio puede haber en ello. Simplemente se produce ese estado de ensoñación que la música de tonalidad africana (¡qué generalización! Lo sé) despierta en los oídos occidentales y uno queda a merced del encantamiento; de la fascinación de ver sustituido el grave sonido del contrabajo de tradición 'jazzera' por la sonoridad más reverberante y rústica del guembri (el bajo de la tradición musical gnawa) en un tema tan jazzísticamente etéreo y deshilachado como Back to normal en el que Bekkas proporciona una especie de bajo continuo obsesivo que, a su vez, asienta el tempo lento sobre el que hace un solo fragmentario Kühn. Entre ellos López juguetea con las escobillas respondiendo a las digresiones del piano tanto como reforzando la constancia rítmica de Bekkas (recomiendo una escucha centrada en la batería de Ramón para ser conscientes de la riqueza de algo tan discreto). Un tema que retoma la "normalidad" de un Jazz más reconcentrado, música menos bailarina, previo a la sorpresa del disco: Play golf in the fresh air.

No me imagino a Joachim Kühn, Majid Bekkas y Ramón López echando unos hoyos entre concierto y concierto pero menos podía imaginar encontrarme con un tema tan vacilón, surfero, rockero y digno de una persecución de coches fílmica como éste en el que no puedo dejar de visualizarlos sobre una tabla de surf oteando el horizonte y bailando sobre las olas (¿ibicencas?). Vertiginoso y divertido cambio de registro el de un tema cuyo título es un secreto entre los músicos, según Kühn. Al menos sabemos que ninguno de ellos juega al golf porque son demasiado jóvenes para ello. Esta travesura con firma de Joachim Kühn preludia al tema que da nombre al disco, Chalaba. Majid canta y se acompaña con el guembri hasta que con éste y con los tambores de Ramón se establece el ritmo (el guembri permanece entonces como bajo ostinato) al que más tarde se suma Joachim con el piano. Voz y guembri son el color africano (tradición musical gnawa) con sabor de Blues primigenio (según Majid la tradición gnawa expresa el mismo 'dolor' que el Blues americano). Después de caminar por un plácido pulso de trance el tempo se dobla y la música se convierte en una ceremonia circular y trascendente acompañada por las "palmas" del delirio colectivo en la batería de Ramón López. En Hamdouchia Bekkas es quien aprovecha el ostinato rítmico que es el tema en sí mismo para improvisar con el oud (las posibilidades del estudio le permiten grabar el bajo del guembri) y, en la línea de Back to normal, el trío retoma con The second egg el Jazz más abierto y evanescente en el que el guembri es lo más parecido a un contrabajo en estas lides, dejando de lado el sustento rítmico de la mayoría de las ocasiones.

¡Cuánta música en un solo disco! Si lo reseñado fuera poco no dejan de sorprender las reminiscencias indias de Asmaa, que suena a la India no se sabe si más por la tabla que percute Ramón López o por la propia melodía en el oud de Majid Bekkas. Asombra la facilidad con la que Joachim Kühn arroja miles de notas sobre los ritmos trotantes del tradicional Mimoun Saadiyamou o la estimulante puesta en escena de Enjoy que, en ocasiones, parece un reggae playero (¿Ibiza otra vez?). Y, sobre todo, me admira la habilidad que los tres han tenido para, después de años sembrando, haber logrado que de tan natural esta música parezca un estilo; pero el estilo es suyo. Una verdadera obra de Arte surgida de la curiosidad, el trabajo y el diálogo creativo.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente aquí.

domingo, noviembre 28, 2010

TriEZ en el "Club de Jazz" de "Carne Cruda"

El pasado jueves 25 de noviembre los tres TriEZ, Agustí Fernández, Baldo Martínez y Ramón López, se pasaron por el Club de Jazz de Carne Cruda (RNE3) como previo a su actuación de la noche en el Festival de Jazz de Barcelona. Así fue nuestro encuentro:






Una vez salimos del local Agustí Fernández y Ramón López hicieron una particular demostración 'movilística' de cómo funciona la libre improvisación:

viernes, noviembre 26, 2010

TriEZ (Agustí Fernández, Baldo Martínez, Ramón López) - Luz de Gas 25/11/2010 (42º Festival Jazz de Barcelona)


Agustí Fernández, Baldo Martínez y Ramón López
(Barcelona 25/11/2010)
© Vanessa Serrano

Si la costumbre crítica suele hacer notar que en España el paisaje creativo es algo yermo (parecido al de los Monegros aragoneses por los que discurre el tren en el que escribo estas letras) no menos cierto es que en el saludable ejercicio de exigencia crítico se corre el riesgo de que la percepción del público haga que en el mismo saco de las tierras de secano entren las de regadío. Porque hay músicos en este país (e incluso de este país “exiliados”) que llevan demasiado tiempo siendo maravillosos e inspirados manantiales y, sin embargo, pagan por la común fonética de sus nombres y apellidos (y por los pecados ajenos). Sin perder conciencia de la mínima repercusión social y mediática del Jazz en este país, una actuación como la de TriEZ en el Festival de Jazz de Barcelona hubiera merecido alguna que otra entrevista en prensa como las que han recibido artistas foráneos de mucho renombre, pasado glorioso y presente tibio. Pero son de casa, se apellidan Fernández, Martínez y López y así son las cosas gusten o no. Los presentes en Luz de Gas fuimos unos privilegiados y nuestros sentidos fueron mimados en una sesión de sensibilidad musical extrema, un don al alcance de no tantos creadores.


Baldo Martínez
(Barcelona 25/11/2010)
© Vanessa Serrano

Los tres apellidos ‘Ez’ que conforman TriEZ son músicos en estado de gracia y madurez. Por fortuna la madurez no es un tope y sí un punto de partida más sólido que el que se tiene al dar los primeros pasos. Tres nombres que se han instalado en el imaginario de algunos aficionados como representación máxima de la vanguardia jazzística ibérica. Es esta palabra, ‘vanguardia’, una denominación casi anacrónica de estilo que, en el fondo, son muchos. Palabra peligrosa porque pone a prueba nuestros prejuicios y deja fuera a muchos que hubieran disfrutado (o podrían disfrutar) de su música. Pero, de nuevo, esto es lo que hay. Y la música no puede esperar a que se derriben los tabúes de la ignorancia masiva. Tiene que seguir sus múltiples caminos y bifurcaciones y en ellos a veces encontrará quien quiera transitarlos y otras no. Pero es un ejercicio de libertad que no puede someterse a la dictadura de la aceptación si no es por parte de uno mismo. Y los TriEZ son libres, radical y hermosamente libres. De nuevo las palabras y sus riesgos. ‘Radical’. En tiempos de indiferencia lo radical se presenta inestable y peligroso para el statu quo social. Y, sin embargo, la radicalidad de quien es libre y desde la libertad aporta un discurso propio es hoy, y fue siempre, la única manera de crear belleza. Y TriEZ tan pronto derrama sobre nosotros belleza espasmódica como nos envuelve en una burbuja de cristal a punto de quebrar que anuda las emociones al cuello. Abrumadora música en sus extremos.


Agustí Fernández
(Barcelona 25/11/2010)
© Vanessa Serrano

El repertorio dio vida a lo registrado en estudio (temas compuestos) y creció con esas inaprensibles delicatessen que pueden surgir (y surgieron) de la improvisación libre. Con la posibilidad expansiva de un concierto los temas - como el inicial Anònim de David Mengual - ganan en profundidad. Además la música tiene en concierto el complemento visual tan simbólico de la improvisación. Uno puede cerrar los ojos y disfrutar pero si los abre puede descubrir algunas claves de la complejidad interpretativa de esta música, casi siempre al borde del precipicio. Miradas, sonrisas, gestos casi invisibles que se transmutan en in crescendos colectivos aparentemente espontáneos. Títulos como el Locura otoñal de Baldo Martínez ponen a prueba equilibrios con la lectura conjunta de piano y contrabajo del fragmentario y rítmico tema sustentado sobre esa anarquía tan reglada que es la forma de tocar la batería de Ramón López, uno de los bateristas – que yo conozca – que más se parece tocando a sí mismo y menos se parece a lo que se supone que implica tocar una batería de Jazz. Porque los supuestos están para ponerlos a prueba y Ramón, cuando hace lo contrario que la costumbre ha implantado como “normal”, demuestra que es exactamente así como había que tocar y no de la otra manera. Que en el fondo se revela como igualmente válida pero Ramón tiene esa cualidad tan valiosa y escasa de hacernos creer en el momento que no hay nada en el mundo como escucharle a él. Y eso es algo extensible el trío por igual. Cuando en un concierto los músicos consiguen el efecto auditivo de anular otras músicas posibles, de hacerte creer en ese momento que nada más que esa música podría conmoverte, es que la conexión se ha logrado y hay verdad en el escenario. Y TriEZ lo consigue. ¡Vaya si lo consigue!


Ramón López
(Barcelona 25/11/2010)
© Vanessa Serrano

Por una de estas coyunturas de la costumbre y los estereotipos el concierto tuvo lugar en una sala de baile y copas con aspecto de club de época. Es uno de los escenarios del Festival y, a pesar de ser ambiente de club, sólo los empleados del local asumieron el rol ruidoso de estos espacios. El público obvió el entorno y lo convirtió en auditorio de cámara. Los anfitriones no. En pianísimos de escándalo irrumpió la caja registradora, algunas botellas fueron arrojadas al contenedor tras verter su contenido con la misma sensibilidad, educación y delicadeza que un ‘gorila’ (con perdón, Dian Fossey) de ‘Night club’, la misma que tuvo uno de ellos en el post-concierto para expulsarnos de la sala (a Baldo Martínez incluido) cumpliendo su deber de malas maneras (ver Post Data). Fueron molestias evitables para la concentración del oyente y el respeto del profesional. Pero la fealdad de las actitudes no convenció frente a la belleza del Bhimsen Joshi o la Mbira of the spirits de Ramón López en las que el chispazo mágico se produce en el encuentro entre la kalimba africana pulsada por Ramón (con los mismos dedos con los que hace hablar la tabla india o percutir tambores y cajón), las cuerdas frotadas del piano de Agustí o el contrabajo golpeado por baquetas de Baldo. Magia que brota de la densidad de capas sonoras que conforman la mirada de TriEZ sobre el Lonely Woman de Ornette Coleman a partir de la gruesa sonoridad del contrabajo frotado con arco, la reiteración obsesiva del piano y los brotes de violenta pegada de una batería que tiene nervio propio. Ese fue el cierre oficial de la actuación de la que el público consiguió un bis más (¿el reverso oscuro de Locura otoñal?) y una salida para saludar. No quedaba tiempo para más. Había que recoger sillas, expulsar músicos y abrir la discoteca. El negocio no entiende de Arte.

© Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)
Publicado originalmente aquí.


Agustí Fernández, Baldo Martínez, Ramón López
(Barcelona 25/11/2010)
© Vanessa Serrano

PD: Luz de Gas es una entidad privada de cuyo espacio hace uso el Festival de Jazz de Barcelona. Desconozco si es una cesión, una contratación o de qué naturaleza es la relación que permite la utilización del local. Que este continúe tras los conciertos su actividad es natural. Que los espectadores y profesionales en función tengamos que abandonar la sala con una cierta celeridad, razonable. Que los músicos apenas puedan contener la respiración y devolver saludos corteses mientras recogen instrumentos y material y sean tratados como borrachos de madrugada en la discoteca, e instados a abandonarla inmediatamente, es lamentable. La imagen de Luz de Gas sale dañada (por ruidosa en el concierto y maleducada después) pero no deja de ser una responsabilidad de la organización del festival cuidar los detalles desde la llegada de los músicos hasta que el último de ellos sale del local. Después ya es territorio de los ‘gorilas’.

miércoles, noviembre 24, 2010

Bruno Angelini, Sébastien Texier, Ramón López - "Sweet Raws Suite Etcetera"


¿Existe una música del momento presente? ¿Creadores capaces de percibir la realidad de su entorno y explicarla en sonidos? E incluso, ¿músicos que procuren incidir en ella mediante la música? Las dos primeras preguntas seguramente requieren la perspectiva histórica del momento presente para poder concluir si existe esa música y sus creadores. Son muchos los ejemplos de músicas que hoy representan para nosotros un momento histórico y sus diferentes estilos y creadores las diferentes perspectivas de la realidad pretérita. Pero al tercero de los interrogantes se le puede dar ya respuesta en las propias palabras del autor de este disco. Dice el pianista Bruno Angelini que este proyecto nació de la indignación ante la falta de reparto de la riqueza mundial, cada vez más insoportable a mis ojos. Este sentimiento hizo que creara nuevo repertorio con el fin de intercambiar y demostrar esta indignación con otros. Además, en una entrevista previa a la grabación del disco (registrado en concierto), añade: una música que traduce una idea política, la idea de que hay que resistir frente a este sistema capitalista completamente desequilibrado. No hay duda, el proyecto de Angelini surge inspirado por lo que le ha tocado vivir, trata de construir a partir de lo vivido y reflexionado y compartirlo mediante una idea política convertida en música. Claro que uno se pregunta: ¿es posible transmitir esa idea a través de una música puramente instrumental?

La falta de la letra de una canción - que fuera más o menos explícita - la sustituye aquí un programa de mano que se reparte en las actuaciones del trío y que, de igual manera, propone el disco con los títulos de las composiciones. En ese programa (y en los títulos) seguimos los pasos de un personaje de ficción, Raws (anagrama de guerras - Wars – en inglés), desde los albores de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días. De la defensa de los valores de libertad, la reconstrucción y la implicación en una sociedad justa y libre, pasando por los cantos de sirena del capitalismo y sus promesas de futuro, hasta una arenga final que le pide a Raws (debe de tener ya una edad considerable este hombre) que resista.
Resist Raws! Resist!, titulan. Así una grabación que en su escucha sin información podría pasar por un buen trabajo de música próxima al Free Jazz en algunos momentos y de un emocionante lirismo melódico y etéreo en otros se convierte de pronto en música programática. Hay un contenido explicitado que trata de guiar al oyente por el entramado sonoro. ¿Viable sin explicación? Seguramente sólo (¿sólo?) como música pura pero, por si quedan dudas al respecto, la apuesta de los tres músicos por una música así ya es viable como actitud ideológica ante la vida. No requiere explicación que sonidos como los que emanan de este trío no pertenecen a una actitud conformista, además de que Angelini, autor de las composiciones (He has a dream lleva también la firma de Ramón López) ha tenido a bien concebirla como una música grupal en la que incluso su piano calla en muchos momentos a beneficio de Texier y López. No hay jefe y asalariados en Sweet Raws Suite Etcetera, hay un equilibrado ejercicio de responsabilidad compartida.

Un tipo de música programática ejemplar (no confundir con modélica) es la música cinematográfica o televisiva. Música que acompaña desarrollos narrativos, que subraya emociones de todo tipo. Las hay más sutiles que otras pero abundan en las producciones más populares (¿a su vez las más capitalistas?) los excesos melosos (en romance) o vertiginosos (en acción violenta). Y sí, la música que en este disco se refiere a la guerra o al capitalismo (
Wars, Neo Capitalism: Happy tomorrows for Raws?...) es la que opta por una sonoridad más áspera mientras que la que habla del desencanto de Raws (Faded Raws) o de su bonhomía (Sweet Raws song) se abre a sonidos más melódicos y contenidos, siempre abiertos en todo caso. Pero si una virtud tiene este trabajo, además del notable equilibrio entre composición e improvisación (estructura e implicación personal), es que la descripción musical de conceptos ideológicos o de situaciones y emociones no llega a extremos paródicos sino que hay siempre matices contrastantes. Lo bello no lo es desde una perspectiva puramente formal así como lo desagradable, lo violento, no deja de exhibir belleza. La opulencia (Opulence) no se manifiesta desde la exuberancia musical; al contrario, el piano de Angelini reitera una línea melódica muy intimista sobre la que trabaja con pequeñas variaciones y desarrollos mientras por debajo Ramón López mantiene un pulso abierto, inquieto pero contenido, fundamentalmente con las escobillas. El hambre (Starvation) llega, en todo caso, por inanición del tema que termina desvaneciéndose. Hay sensación de inquietud en los casi cuatro minutos de este tema, no gloria y descenso a los infiernos. Evita la caricatura de los extremos y la música expresa la incertidumbre en la que se basa el sistema capitalista. Incluso cuando el capitalismo llega con la promesa de Happy tomorrows para Raws la música lejos de la pirotecnia de las promesas se sustenta sobre un ritmo insistente y percusivo del piano y la batería al que se suma el saxo alto de Texier que, conforme avanza la música, termina por construir un solo que delira sobre la estructura rítmica. ¿Acaso no son delirantes las promesas del sistema?

Vuelvo a las preguntas iniciales y concluyo, sin esperar al juicio de la historia, que la música de
Sweet Raws Suite Etcetera consigue, desde sus postulados estéticos, comprender bien el momento de incertidumbre presente, de crisis permanente que aquí cabalga sobre una música que prescinde de la base sólida del contrabajo y prefiere caminar por superficies mucho más flexibles e inestables, abiertas a la aportación sin más atadura que algunas consideraciones melódicas y atmosféricas (la forma, donde está prefijada, no oprime). Si el resultado final de este concierto (disco) no dependiera de unas premisas ideológicas concretas ni de un programa de mano estaríamos ante música tan excitante como inquietante, tan cálida como punzante. Música con muchos registros de la mano de tres músicos que prescinden de protagonismos para crear conjunto y en la que Texier demuestra un sentido melódico tan acentuado como el de su padre (el gran contrabajista Henri Texier), López fascina una vez más con las múltiples sonoridades de la batería (¡qué bien escucha entre líneas la música el alicantino! ¡¡cómo golpea – y con qué sentido - donde menos espera la ortodoxia!!) y Angelini da muestra de un compromiso social que es igualmente musical. Su piano entra y sale, nutre y se nutre, habla para el grupo y se dedica a colocar las tablas y el decorado del escenario sobre el que actúan Texier y López. ¿Cambia algo su música la realidad de su entorno? Obviamente no a grandes rasgos, seguramente tampoco en el entorno más próximo, pero nunca está de más que todavía haya quien proponga desde la música la purga de nuestras propias miserias. Que además de oír nos incite a escuchar y, de paso, pensar.

© Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)
Publicado originalmente aquí.

miércoles, octubre 06, 2010

Lurie y López

Esta siendo esta una semana de encuentros radiofónicos intensos. Empezó con una conversación con el baterista Ramón López en el Club de Jazz, ha seguido hoy con la visita que el saxofonista John Lurie ha hecho al Club dentro de Carne Cruda y finalizará, si todo va bien, este próximo fin de semana con un encuentro al que le tengo muchas ganas (literarias, jazzísticas y personales). El por llegar será el broche pero lo ya sido no tiene menos enjundia.

Detrás del nombre tan común de Ramón López se esconde un músico de trayectoria nada frecuente. Desde luego no lo es por estos lares y por eso no los habita (desde mediados de los años ochenta reside en París). Tengo la (creo) buena costumbre de charlar con él en mi programa cada cierto tiempo. Me parece un personaje de una sencillez que rara vez se corresponde con carreras tan soberbias como la suya. Claro que lo es en un ámbito que a casi nadie interesa: el de la música libre improvisada. Así que es difícil que se le suba la fama (que no tiene) a la cabeza a este loco fantástico de las baquetas al que adoro y cuya historia personal me parece un ejemplo de superación y constancia.


Algo más farragosa se adivina la personalidad de John Lurie, el saxofonista que fundara el grupo The Lounge Lizards, fuera actor y compositor en películas de Jim Jarmusch, se inventara al
bluesman Marvin Pontiac, etcétera. Ya hablé largo y tendido de él por aquí con motivo de un reciente artículo de The New Yorker que es, en sí mismo, la sinopsis de una película con ribetes de culebrón. Hoy he tenido oportunidad de recibirlo virtualmente en mi Club de Jazz dentro del programa Carne Cruda y tenido el privilegio de escuchar voces que los oyentes no escuchan (ni oyen). La magia de la radio para mi placer privado y la intuición de que estamos ante un tipo que no se maneja en los parámetros de humildad y sencillez de Ramón López. Todo lo que en Ramón parte de una absoluta pasión desbordante se adivina en Lurie, en cierto modo, arrogante. Aunque eso no reste valor a su arte deja cierto halo de impostura a su alrededor, de performance continua para lograr lo extraordinario. López, el músico de nombre y apellido común, no ha inventado un personaje para ser él mismo.

Con Lurie y con López he pasado parte de esta semana. Con el primero me puedes escuchar en el reproductor bajo estas palabras, con el segundo haciendo click en estas letras (y buscando el programa del 6 de octubre):






martes, octubre 05, 2010

TriEz


Agridulce. Se me viene a la cabeza de primeras este adjetivo mientras paladeo con inmenso placer auditivo el primer encuentro discográfico de los tres nombres que, por distintos motivos, forman (para mí) la delantera del Jazz español en este país: Ramón López por su increíble libertad y gloriosa locura como improvisador gestionada desde el "exilio" parisino; Agustí Fernández como compendio de los lenguajes pianísticos más experimentales del siglo XX (y XXI, claro); Baldo Martínez por haber mostrado otro posible Jazz folclórico en España más allá del Flamenco-Jazz. Evidentemente lo dicho es una pincelada somera y reduccionista de unas trayectorias personales llenas de matices que para los aficionados son un manjar casi inabarcable, siempre enriquecedor. Por fortuna hay cantera haciendo música muy notable pero los tres, que viven en la década de sus cincuenta (Ramón ingresará en ella en agosto del año que viene), están en el momento de sentar cátedra con su música. No por vanos virtuosismos sino por justamente lo contrario: por saber de dónde quitar excesos para quedarse (y quedarnos) con lo fundamental y hacer Música.

Decía agridulce el regusto que me deja este disco no por la música (excelente) sino por el futuro que le adivino a su difusión. Seré breve con mis dolencias dado que merece más hablar de la Música que de sus avatares. El disco fundacional del trío entra en el catálogo de Universal (a través de su filial Emarcy) pero no siempre son las multinacionales las mejores difusoras de sus productos "menores". Por otro lado la música está a tal nivel que el trío es, sin duda, carne de exportación internacional (tal como está ahora la economía España ¡¡¡necesita exportar!!! ¡¡¡¡Que el Arte rebaje nuestro déficit fiscal!!!!) pero me temo que, como siempre, en tierras ibéricas pasará inadvertido fuera de los círculos de la causa. Y ya no lloro más (podría). Hablemos de Música.

Cinco improvisaciones colectivas, dos partituras de Ramón López, una de Baldo Martínez y versiones de Lonely Woman de Ornette Coleman y de Anònim de David Mengual son el material que nos proporciona su paso por el estudio de grabación. Resulta cuando menos curioso que no aparezca la firma de Agustí Fernández (experimentado compositor) pero no resulta relevante, máxime cuando estamos ante un trabajo en el que impera la improvisación y en el que las composiciones, al margen de las versiones, son más bien ambientales y abiertas (casos de Bhimsen Joshi y Spirit of the mbira de Ramón López) o rítmicas (la fragmentaria Locura otoñal de Baldo Martínez). Priman las texturas y los juegos sonoros (con el ya tradicional tratamiento percusivo y arpístico de las cuerdas del piano; también se percuten las del contrabajo) sobre las estructuras y hay tanto espacio para un cierto lirismo intimista - que tan brillante resultara en el Aurora de Agustí con Ramón López y Barry Guy en 2006 - como para un lenguaje más nervioso y obsesivo. En esta última línea se encuentra la Pasión intacta que surge de la libre improvisación colectiva que, sin embargo, tiende por lo general a una mayor contención, a una tentativa más o menos melódica y atonal, especialmente lograda en la bellísima Belle de Jour en la que el piano de Agustí guía melódicamente mientras Baldo responde con un precioso y (muy) cálido sonido del contrabajo. Ramón, que ha hecho la llamada introductoria con los tambores, va construyendo una estructura rítmica con la tabla india (más el apoyo colorista de los platos) que va y viene hasta desvanecerse en un ejercicio de sutileza que impregna esta maravilla.

La experiencia con la música india (y en la India) de Ramón López hace tiempo que enriqueció su sonido (en este disco con homenaje incluido al octogenario cantante Bimshen Joshi) así como su experiencia con la música africana (y en África) con Joachim Kühn y Majid Bekkas (con dos ediciones discográficas y en espera de una tercera ya grabada) que nos ha permitido otro momento mágico en este disco con Spirit of the mbira en el que incorpora la mbira (o kalimba, quizá su más conocida denominación), un instrumento de láminas que se pulsan con los dedos sobre una caja de resonancia que en este caso cuenta con el "arpa" de Agustí como marco sonoro en una primera parte que suena a nana (también Baldo acompaña discretamente dándole sentido armónico a la música) hasta que, de pronto, tras detenerse, se establece un juego rítmico con tres niveles: el de un excitado, percutido y rasgado contrabajo de Baldo y el del piano de Agustí Fernández que percute igualmente con cada vez mayor nervio hasta casi retirarse cuando Baldo toma el arco. El tercer nivel lo trabaja Ramón López sobre los tambores con una insistencia circular aparentemente disociada de sus compañeros.

Hay muchas más aristas y rincones dignos de atención en este primer disco de TriEz pero, por encima de todos ellos, permanece el placer que una escucha exigente (audición activa y atenta) proporciona y en la que resuenan e identifican las identidades de tres músicos díscolos e inconformistas que se han encontrado en un momento muy oportuno de sus carreras.

© Carlos Pérez Cruz
Publicado originalmente aquí.

lunes, marzo 15, 2010

Improvisación con puertas... Ramón López en "Carne Cruda"

Ramón López prepara su solo de batería en Barañáin (Navarra) el 21/08/ 2002.
(Fotografía: Carlos Pérez Cruz)


Visita adelantada esta semana de Javier Gallego, "Crudo", al Club de Jazz para demostrarle que donde él escucha chirridos de puertas servidor escucha Arte. Y para ello nada mejor que el disco Swinging with Doors que presentó el baterista alicantino Ramón López en el año 2007 a través del sello Leo Records con grabaciones de sonidos de puertas a cargo del contrabajista finés Teppo Hauta-Aho. En el reproductor mi contribución de la semana a Carne Cruda:




domingo, marzo 22, 2009

Ramón López Quintet "Songs of the Spanish Civil War" - Mercat de les Flors (Barcelona)

En más de una ocasión le he escuchado decir al escritor Juan José Millás que una obra literaria o una película necesita tener altibajos en su tensión narrativa para permitir que en una historia de gran intensidad el lector y/o espectador pueda respirar y no desfallecer. Lo contrario, dice, sería como tener una erección continua y prolongada, algo insoportable. Tengo mis sospechas de que la actuación que ofreció el quinteto del alicantino Ramón López hubiera extenuado al escritor.

El proyecto Songs of the Spanish Civil War nació hace ya diez años y tuvo su versión discográfica en el año 2000 a través del sello británico Leo Records. De la formación original faltó en la presentación barcelonesa el trombonista Thierry Madiot y en su lugar participó el pianista Agustí Fernández, referente indiscutible de la música improvisada ibérica con quien López colabora cada vez de manera más frecuente. Sin embargo la variación de timbres no desvirtúa la esencia de un proyecto que con su franqueza sonora es un documento vivo del conflicto bélico español. Documento no sólo en cuanto a que se nutre de tonadas populares de la Guerra Civil y las muestra sino porque su expresividad es de una contundencia descriptiva tal que la mente no puede dejar de dibujar las escenas del conflicto; vivo, a su vez, porque la música se revuelve, agoniza, vomita como un volcán la lava, cambia de color y nunca es igual aunque siempre sea la misma.

Ramón López ofrece una narración continuada, los capítulos no están numerados sino que se suceden unos a otros sin hoja en blanco entre medias. Apenas usa los puntos, sólo las comas, y nunca un punto y aparte. Cuando tras una breve introducción comienza a sonar Els Segadors el pulso se acelera y la respiración se agarrota. No hay vuelta atrás, es imposible huir de un discurso que te agarra del alma y sacude las emociones, que cuando parece ofrecer tregua (la paz bélica) reclama igualmente todas las energías del oyente hasta llevarle al límite de sus capacidades. Tan intenso en los fortes como exigente en los pianos. No hay medias tintas. Es una música que requiere de una estirpe poco frecuente, la del oyente activo. Y en directo siempre mejor que en disco, sobre todo si el escenario, como era el caso de esta sala, invita a la concentración.

El saxofonista Daunik Lazro se encarga de la mayoría de las exposiciones temáticas que en ocasiones se funden con esa maravillosa rareza vocal que es Beñat Achiary, un hombre capaz de contorsionar la voz como si de un niño burlón se tratara y fuera ciego a las barreras que la ortodoxia pone en el camino. Ya sea un Ay Carmela, el Vito o Mendiko Negarrak, ya sea una melodía de la nostalgia o una poesía del dolor, todo termina por fundirse en una gran masa ígnea que distorsiona el camino de partida y, sin embargo, no pierde en ningún momento su original belleza herida. Y ahí habita una de las grandezas de este proyecto, que partiendo en muchos momentos de melodías populares, reconocibles para el público, estas no sólo delimitan el inicio de un nuevo momento sino que impregnan todo el sentido de la improvisación colectiva e individual.

Como en una montaña rusa se llega al final tan excitado como exhausto tras (más o menos) una hora de música sin interrupciones. Después de comprobar (una vez más) la generosidad de un líder nominal que parece que en cualquier momento va a devorar esa batería que parece un juguete en sus manos, que cuando amenaza con la violencia de un francotirador se contiene y acaricia todos y cada uno de los rincones de su instrumento, que cuando escucha disfruta tanto (o más) que cuando toca, que nos regala a un contrabajista de expresividad virtuosa como Paul Rogers o el placer de intuir la presencia de un pianista de primera como Agustí Fernández que, aun comedido, tejió las atmósferas adecuadas a lo que el grupo y solistas exigían en cada momento.

Tiene razón Juan José Millás en eso de que el espectador necesita altibajos con los que rebajar la tensión cuando la historia que le cuentan es intensa emocionalmente. No es fácil soportar la intensidad dramática e ininterrumpida de este proyecto y salir indemne. También es cierto, sin embargo, que no todos los días se puede obtener una erección de semejante calibre así que, una vez conseguida, más vale disfrutarla hasta el final aunque se corra el riesgo de acabar como Ramón María, el trompetista con una erección permanente de La magnitud de la tragedia (de Quim Monzó).

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente aquí.

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lunes, julio 21, 2008

Ramón López y los "Kalimba" en Marruecos



El baterista alicantino Ramón López (uno de mis predilectos en esto de las músicas creativas) viajó el pasado mes de marzo a Marruecos junto al pianista alemán Joachim Kühn y el cantante e intérprete de kalimba marroquí Majid Bekkas con la intención de grabar un segundo disco del proyecto "Kalimba" (a través del sello alemán ACT). Allí se encontraron con otros músicos marroquíes como atestigua este vídeo del 8 de marzo de 2008 en el Hotel Pietri de Rabat, una Jam Session de la que os dejo aquí un vídeo que, a pesar de su calidad de sonido, permite hacerse una idea de lo que pudo ser este encuentro improvisado.

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