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martes, mayo 14, 2013

Sylvain George: “No creo en la objetividad, cada uno debe posicionarse"

 

¿Cómo se logra un balance entre el activismo puro y duro y la denuncia documentada y objetiva?

No creo en eso. Yo soy un director... En alguna ocasión escribí algo en relación con el activismo porque a veces hago películas para grupos políticos, pero soy decididamente un cineasta y un cineasta tiene que intentar tomar una posición respecto al mundo e intentar traducirla con los recursos de los que dispone. Yo trato de hacer eso. No sé qué significa la objetividad. No creo en la objetividad. Esa es la razón por la que en los medios –en Francia es así, imagino que también en España - encuentras reportajes con gente a favor y otros en contra de lo que se cuenta. Y eso es porque el reportero debe intentar ser objetivo. Pero esa no es la verdad. No creo en la objetividad, no entiendo qué significa. Creo que cada uno debe posicionarse y encontrar el medio a través del que poder expresarse y con el que construir su relación con el mundo y consigo mismo.

 Lee la entrevista con Sylvain George en 'Revista 21'

domingo, mayo 13, 2012

12-M en Pamplona


Pancarta principal en la cabecera de la manifestación (Fotografía: www.diariodenavarra.es)

12-M en Pamplona. ¿Se corresponde el estado de ansiedad y depresión informativa con la realidad ciudadana? Uno acude a manifestarse a la convocatoria de 15-M y por el camino intuye que es una espléndida tarde de un sábado cualquiera. Familias que pasean, gente que compra en las tiendas… Si se atiende a la información cotidiana, el paisaje urbano debería ser desolador, y no lo es. Me aproximo a la Plaza del Castillo, epicentro de la convocatoria. Frente al Palacio del Gobierno de Navarra veo apostados decenas de policías nacionales. Un hombre, que camina en dirección opuesta a la mía, dice que hay más policías que manifestantes en la plaza. Es un aviso de lo que me espera. Mucho ambiente, pero ajeno a la protesta. Mucho trajeado de boda, mucha gente en las terrazas tomando algo o a la puerta de los bares, fumando y bebiendo, gritando su euforia etílica. Faltan pocos minutos para las siete de la tarde, hora de la convocatoria de manifestación, y la sensación de dilución de manifestantes en el escenario de placidez sabatina es llamativa.

Los portadores de la pancarta principal (con el lema “Las personas antes que la deuda. No a la tiranía de los mercados”, escrito en euskera y castellano) se sitúan en cabecera e inician la marcha. Se dirige hacia la Avenida de Carlos III y se sitúa en el margen derecho de la calle. Si subdividimos la anchura de la avenida en tres partes, la manifestación camina por uno de esos tercios. Así, mientras ascendemos entre tímidos intentos de emitir un grito colectivo (siempre seremos más los silentes), otra manifestación discurre en sentido opuesto: decenas de ciudadanos que pasean tranquilamente, que empujan silletas, que portan las bolsas de sus recientes adquisiciones, que miran o incluso ignoran nuestro camino. Los hay que se giran a nuestro paso con un trozo de queso en la boca, muestra gratuita de una feria de productos que ocupa el espacio central de la avenida. Desde las terrazas se nos contempla plácidamente. Un grupo de adolescentes se ríe a nuestra costa, tan Cristianos ellos con su aspecto de arrabaleros burgueses. Si no les falta a su edad las gafas fashion que lucen los modelos en cualquier revista dominical, ¿qué les puede faltar en el futuro?

Cabecera de la marcha a su paso por Carlos III (Fotografía: www.diariodenavarra.es)

La melodía de When the saints go marching in - que antaño sirvió en Pamplona para amenazar con la quema del todopoderoso Opus Dei (en su día el cineasta Jem Cohen intuyó - ¡cuánta razón! - que esta era una mala ciudad para ser mujer) - sirve para “amenazar” con el mismo destino a El Corte Inglés cuando pasamos frente a su delegación. Me pregunto: ¿cuántos ciudadanos se manifiestan dentro y cuántos estamos fuera? (Por si hubiera dudas: cualquier acto, por inofensivo que parezca, nos define ideológicamente). Hacia la mitad del pelotón manifestante, un grupo de jóvenes con megáfono propone los cánticos y expresiones más ocurrentes. Uno de ellos, cual nacionalizador marianista, proclama con acento de predicador la nacionalización del mencionado centro comercial, idea aplaudida con júbilo. El mismo con el que consiguen que a cada poco nos agachemos todos al susurro amenazante de “y el que no se agache…”. Una vez logrado el quórum que pone a prueba nuestra flexibilidad, se prorrumpe en un “pepero el que no bote”, calificativo para quien haya permanecido erguido que se celebra dando botes.

El paso por el Paseo de Sarasate ofrece una fotografía de contrastes. Mientras a los centenares que nos manifestamos nos mueve la denuncia de la indignidad ética y estética del tiempo presente, la indignación (serena) por la clamorosa estafa, por la claudicación de la política, por la injusticia, y por tantos etcéteras, a otros los mueve la música de una banda que propone baile y que se impone con la potencia de los vatios a los tímidos gritos del colectivo manifestante. Mientras pasamos, el público se gira hacia nosotros y los músicos procuran abstraerse. Su profesionalidad pone banda sonora de cabaret a la tarde. En cualquier momento podría aparecer Lina Morgan.

De vuelta en la Plaza del Castillo, el éxito numérico de la convocatoria adquiere su verdadera dimensión. “Pinchazo en Pamplona”, le informo a un amigo que se dirige a Sol en Madrid. “Sol reluce lleno”, contesta más tarde. La peña Oberena irrumpe en la plaza con su txaranga y seduce a unos cuantos manifestantes más que la idea de una nueva asamblea terapéutica del 15-M. El grupo de jóvenes con megáfono entretiene la espera con cánticos más o menos ocurrentes. “Vamos a contar mentiras, el PSOE es de izquierdas, tralará y en el PP no hay fascistas”. Y por las calles adyacentes más txarangas y bailes a ritmo de acordeón y sintetizador. Y los bares llenos, y los restaurantes a rebosar, y las plazas y calles atestadas de bebedores y fumadores. Y yo mastico un bocata mientras discuto si no es demasiado inocuo el 15-M en Pamplona. Si falta concreción. Si no es demasiado etéreo y falto de un pulso ideológico que deje de acoger de forma ambigua lo uno y su contrario. Si, al menos en esta ciudad, no es más que la expresión que hemos encontrado los más aburguesados para mostrar nuestro descontento sin molestar demasiado. El instrumento que permite que juguemos a manifestarnos como quien toca la guitarra o juega al tenis con el mando de una consola de videojuegos. 

Vuelvo a casa y me acompañan los sonidos de la protesta cívica en la Puerta del Sol de Madrid. Algo se encoge en mi interior cuando la multitud rompe el silencio de ese grito mudo de medianoche. “Os envidio”, le escribo en un mensaje a mi amigo. “Tu espíritu está presente”, me consuela. Envidia sana de lo que nunca dejó de ser, visto con perspectiva, un movimiento que, como con el tiempo meteorológico, hace que parezca que llueve en España cuando lo hace en Madrid.

© Carlos Pérez Cruz
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