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viernes, noviembre 09, 2012

Muro de horror


El muro, en los alrededores de Belén (Fotografía: Bárbara Gras)

El ser humano tiene la virtud de hacer cosas maravillosas que enamoran a nuestros sentidos. Pero la bondad, lamentablemente, brilla por contraste. El ser humano tiene la capacidad – más que documentada y demostrada – de anular los sentidos, de perderlos, de cegarlos. Hay en tierras palestinas un ejemplo devastador de lo peor del ser humano: un muro que ciega, que anula, que se pierde en la inmensidad del paisaje quebrándolo, dividiéndolo e hiriéndolo de forma casi irreversible. Lo peor de ese muro no es que sea ilegal, es que exista.
Nos perdemos muchas veces en el debate lingüístico de las leyes, en la letra pequeña de los artículos que buscan encaje en un orden legislativo y nos olvidamos de que las leyes no brotan de un orden natural, de una justicia moral inequívoca. Nos olvidamos de que toda frontera, toda valla, muro, murete o barrera articulada contraviene la lógica del espacio físico, pone trabas artificiosas a un paisaje que de por sí reta nuestra capacidad de movilidad. Por eso duele ver cómo el ser humano se ha especializado en hacer nuestra vida en este mundo más dificultosa, hasta el punto de, incluso, hacerla imposible e insoportable.

El muro, a las puertas de casa (Fotografía: Kristina Palacios)

Resulta insoportable imaginar que para cruzar a la acera de enfrente tuviéramos que conducir más de un centenar de kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, cuando nuestro objetivo está a apenas unos pasos. Pero más insoportable que imaginarlo es vivirlo, y eso sucede y es cotidiano para muchos palestinos que han visto cómo sus relaciones sociales y familiares o su trabajo son segados por la afilada cuchilla de un bloque de cemento fatal que el gobierno ocupante de Israel lleva trazando desde 2002.

El primer impacto del muro lo recibí en la ciudad de Belén. Todavía recuerdo la sensación de atrezo carcelario al toparnos con él en nuestro primer día en Palestina. Pero más allá de su estética carcelaria – evidente a todas luces –, los sentidos se sobresaltaron ante la negación de un horizonte. El espacio desaparece de pronto y es como si el aire faltara y la vida decidiera negarse a brotar. Hay vida porque sobre el muro lucen mensajes de optimismo y lucha, bellos murales que, en realidad, nunca debieron existir. Pero existen, como existió el Muro de Berlín y cayó y como caerá éste, aunque hoy siga su avance cancerígeno.

El primer impacto del muro, en la ciudad de Belén (Fotografía: Carlos Pérez Cruz)

El aberrante muro israelí es una camisa de fuerza que aprieta con agresiva (y teórica pasividad) el malherido cuerpo palestino, socavado en cada uno de sus rincones por una suerte de cáncer que se agrava conforme avanza la ocupación y crecen las colonias (esas células enfermas que van tomando contacto unas con otras para tratar de ocupar todo el espacio). Los motivos de seguridad que esgrime Israel son una excusa tan peligrosa como la utilizada por el nazismo para encarcelar a judíos (y otros “enemigos”) hasta su exterminio. No hay demagogia en estas palabras, no para quienes hemos tenido la “suerte” de viajar a Palestina y verlo con nuestros propios ojos. El muro está ahogando a todo un pueblo, suspira a su necrosis, a su disecación. Se eleva y ensombrece, deja sin luz la vida de miles y miles de personas.

El muro es la parte visible de un entramado carcelario que juzga culpable a toda una población. Castiga de antemano los crímenes no cometidos, como un canon preventivo de delincuencia. El muro se franquea sólo por unos puntos muy concretos – algunos, lo dicho, obligan a desplazamientos de cientos de kilómetros para trayectos de apenas unos pocos metros – y para cruzarlo es obligado sufrir un proceso de humillación irritante en el que el carcelero utiliza tácticas que lo deshumanizan y que desmoralizan a quien las padece. Todo ello en escenarios aterradores: verdaderas terminales a cubierto cuyo camino de salida está trufado de puertas giratorias, escáneres y cuartos cerrados al antojo de las “autoridades” militares y de la seguridad privada (la gran beneficiaria de este negocio redondo que es el muro), armados ellos hasta los dientes. Un escenario de película de horror en el que voces metalizadas y saturadas, muchas veces ocultas tras un cristal tintado y blindado, inyectan por megafonía un odio que rebota y envuelve el llanto de aquel bebé (imposible borrarlo del recuerdo) hasta crear una abominable sinfonía de pavor.

Acceso al paso del muro entre Belén y Jerusalén (Fotografía: Bárbara Gras)

Por encima de cualquier consideración legal, el muro tiene el deber humano de ser derribado. Aunque sólo sea para que desaparezcan esos focos que apuntan a apenas un metro de distancia hacia la ventana del dormitorio de esa casa que sigue en pie (no todas han tenido esa suerte) y que contemplamos atónitos en un pequeño pueblo dividido en dos del norte de Cisjordania. 

Focos dirigidos al dormitorio (Fotografía: Carlos Pérez Cruz)

No hay nada de inocente en ese martirio lumínico como tampoco lo hay en dejar llegar hasta el último de los varios controles a esa mujer que procuraba alcanzar el otro lado de la mano de sus tres hijos, y a la que se le denegó el paso de éstos después de superar un primer escáner corporal, esperar a que se abriera una puerta giratoria, pasar por otro escáner corporal para ella y sus pequeños, más otro para sus pertenencias, quedar encerrada en el espacio de apenas un par de metros cuadrados mientras revisan la documentación (con la cortina de la garita echada) y estar permanentemente vigilada por cámaras y mercenarios armados que caminan por las pasarelas superiores. Sus lágrimas de desconsuelo y humillación, mientras arrastraba la bicicleta de uno de sus hijos - obligados a volver sobre sus pasos -, permanecen en mi memoria como una instantánea imborrable que nos obliga a gritar contra Israel hasta que su muro, en vez de devolver el eco de nuestra furia, caiga por su propio peso: el de la mala conciencia y el horror.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en el blog de Todos los caminos están cerrados con motivo del Día Internacional contra el Muro del Apartheid.

2 comentarios:

Bernie dijo...

Excelente artículo!!!

Carlos Pérez Cruz dijo...

Gracias compañero, se agradece el piropo.

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