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viernes, diciembre 28, 2007

Postal Navideña: Día de los Inocentes

Dios aprieta pero no ahoga. Hubo un día en que nos dejó ganar al Madrid e incluso nos hizo creer que un equipo en el que juegue Mario Kasun puede ganar algo. Amén.

PD: ¿Basile es el mejor defensor del Barça? Ha lugar a la reflexión.

miércoles, diciembre 26, 2007

El Cielo de Roma

Al llegar a la Piazza di Spagna alzó la vista y se encontró con una bandera de España que ondeaba aparatosamente frente a una imagen de la Inmaculada Concepción. Se detuvo por un instante hipnotizado ante el ir y venir de la tela rojigualda que parecía luchar por alcanzar la sagrada imagen. El viento soplaba con fuerza pero la tela era demasiado corta y el esfuerzo inútil. Fascinado ante aquel juego en las alturas, comenzó a caminar con la vista puesta en el mundo sobre su cabeza. Llevaba en Roma dos intensos días de turismo pero rara vez había considerado la idea de alzar su mirada, y aquella visión le había turbado de tal manera que le animó a caminar contemplando la ciudad de otra manera. Al hacerlo comprobaba cómo cada paso era más difícil que el anterior. Le resultaba más complicado mantener el equilibrio y, sin embargo, una extraña sensación, un placer de naturaleza indescriptible se apoderaba de él a cada instante. La vida alrededor parecía difuminarse, el griterío de la masa se fue convirtiendo en un eco cada vez más lejano e indescifrable, ajeno a sus pensamientos, ajeno a su consideración. Apenas percibía el impacto con los cuerpos terrestres. Recibía insultos, severas reprimendas y alguna que otra burla. Pero sus oídos eran incapaces de descodificar aquel idioma. El sonido se apagaba mientras ante sus ojos fueron dibujándose más y más estrellas hasta llenar la imagen de pequeños fulgores, casi inapreciables, que, estaba seguro, nadie más contemplaba en ese momento. Sus pies se elevaron ligeramente del suelo, apenas unos centímetros, como si quisieran caminar hacia un mundo nuevo por encima de su pasado allá abajo. Un mundo más allá del ruido y la desconsideración, más allá de las masas y los colapsos, una vida nueva que sólo los que como él caminaran, con la vista alzada, podrían alcanzar. Apenas unos centímetros por encima y allá abajo estaba muy lejos.

Una mano de algo, de un ser de allá abajo, le hizo descender. En un primer momento fue incapaz de oír lo que ese extraño, visiblemente nervioso, trataba de decirle. Poco a poco el silencio que habitaba en sus oídos fue dejando paso a la voz de un hombre que le agarraba con fuerza del brazo, tirando de él hacia adelante. Sin embargo su cuerpo se negaba a avanzar. A su izquierda aquel hombre, a su derecha, a apenas unos centímetros, el frontal de un autobús urbano cuyo conductor gesticulaba agresivamente con los ojos desorbitados. La insistencia de la mano agarrada a su brazo izquierdo le puso definitivamente en marcha. Caminó lentamente, con el rostro sereno e impasible, hasta alcanzar la acera. Sólo entonces aquella persona a la que seguía sin entender le soltó y continuó su camino mientras hacía aspavientos con los brazos y se giraba para contemplarle. Algo se derrumbó entonces en su interior y un angustioso ardor de estómago se fue apoderando de su cuerpo. Los ojos se le humedecieron hasta casi dejarle ciego. Había estado a punto de morir, a punto de ser un cuerpo inerte rodeado por su propia sangre, a punto de ser cadáver, estadística de accidente, nota de prensa. Al regresar al hotel trató de dormir pronto pero la excitación se lo impidió. Abrió el mini bar y sacó una botella de whisky que poco a poco vació en su interior. Al dejar de beber, tumbado sobre la cama, comenzó a sentir cómo su cuerpo se elevaba apenas unos centímetros hacia el techo y cómo éste se iba llenando de pequeñas estrellas, de pequeños fulgores casi inapreciables que, estaba seguro, nadie más contemplaba en ese momento.

© Carlos Pérez Cruz

martes, diciembre 25, 2007

Postales romanas (y vaticanas) VII

Artículo de la Ley de la Memoria Histórica: el escudo de la España preconstitucional permanecerá en el suelo de la embajada de España ante la Santa Sede en Roma (sita en la Piazza di Spagna) a fin de que sea pisado en desagravio de los represaliados por el régimen franquista.

lunes, diciembre 24, 2007

Espíritu Navideño

La mañana está transcurriendo con un animoso espíritu navideño. Recluido en mi dulce hogar se escucha el claxon de los conductores que se saludan unos al paso de los otros.

viernes, diciembre 21, 2007

Confirmado

Desde la mesa de trabajo de mi casa se escucha el claxon de algún coche. Ha llegado la Navidad.

Postales romanas (y vaticanas) VI

Un día, al dirigir mi vista hacia arriba, descubrí que el cielo es territorio de patrias y religiones. Gracias a la fuerza de la gravedad podemos mantener los pies en el suelo.

jueves, diciembre 20, 2007

Postales romanas (y vaticanas) V

Como todas los otoños Roma vive el fenómeno de la trashumancia a través de las diferentes cañadas urbanas. Es un fenómeno que acrecienta su intensidad conforme se aproxima el año a su final. Es entonces cuando confluyen muchas de las ganaderías en las cañadas con abrevaderos de diseño. La lucha es cruel y sólo las más poderosas saborean el preciado banquete. El resto deberá conformarse con mirar y quizá recoger las migajas del festín.

miércoles, diciembre 19, 2007

Postales romanas (y vaticanas) IV

¡Marcello! ¡Come here! Atraídos por el canto de la sirena cientos de turistas de low coast lanzan sus monedas al agua y fotografían la imperial Fontana di Trevi. Las vacías calles de pueblo para Marcello y Anita son ahora autovías del colapso. Y no hay gatos que alimentar, ni latterias abiertas a deshoras para italianos enamorados de rubias platino. Sólo cuerpos y más cuerpos, miradas digitales, codazos y silbatos de policía en la batalla por la foto en imposible soledad. Y Neptuno mira nervioso el Dolce & Gabbana contando las horas que quedan para terminar la jornada de flashes cegadores que, sin embargo, no desvían nunca su mirada de aquel maniquí de Benetton que un día vio desnudo por cambio de temporada.

viernes, diciembre 14, 2007

Postales romanas (y vaticanas) III

Al apagarse el sol el Foro se sumerge en la oscuridad. Es la hora en la que las calles, que podrían ser cualquiera a la luz del día, son Historia entre las sombras. Descansa la calzada de la pisada presurosa del turista de paso a mediodía y renueva el recuerdo de un día que fue otro, de una luz derramada por otros dioses, de leyendas que un día fueron ley convertidas hoy en guía de bolsillo para vagos de low cost.

El curioso, como el paciente astrónomo que pasa noches en vela, espera a que el Coliseo se ilumine para contemplar durante unas horas cómo togas y túnicas vuelven a la vida entre columnas mientras el Coliseo
, cómplice monumental, atrae a las miradas digitales para permitir al pasado ser presente en las largas noches del invierno romano.

Los días perdidos

Una sociedad como la nuestra, que mide las horas que una persona pasa en su vida en el baño, aparcando, durmiendo o las veces que se ríe al día, todavía no proporciona una estadística tan desoladora como la de los días perdidos en una vida. Y no me refiero a los días perdidos por falta de productividad laboral o enfermo en una cama. Me refiero a los días en que uno se para a pensar y de pensar se queda paralizado, asombrado del absurdo de cada gesto, de la insignificancia de cada acto, de la falta de letras en una conversación, de la soledad en compañía, de la inercia de nuestros pasos, del desenfreno de la hora, de la cerveza mal tirada, del papel malgastado, del vacío lleno de palabras... Son los días perdidos de nuestra vida, la más aterradora de las estadísticas.

jueves, diciembre 13, 2007

Postales romanas (y vaticanas) II

De entre la majestuosidad de una ciudad con gran pasado en piedra y menor futuro en cemento surgen elegantes, con robusta fragilidad, los Pini di Roma. Espías ocultos entre las ruinas del foro, observadores callados desde el Gianicolo, los Pini di Roma guardan la memoria de una ciudad que presume de eternidad desde un presente que amenaza su identidad, hoy más parecida e igual que diferente.

martes, diciembre 11, 2007

Postales romanas (y vaticanas) I

Hubo un tiempo en el que fui niño. Por aquel entonces, como casi todos los infantes por estos lares, esperaba con ansiedad la llegada de los Reyes Magos cada cinco de enero. Yo era de los que tenía suerte y recibía su visita la noche del cinco y no la mañana del séis. Incluso en una ocasión tuve la suerte de poder hablar cara a cara con Baltasar (al que dirigía mis plegarias materiales). Miento, él hablaba (perfecto castellano, por cierto) y yo era incapaz de articular palabra, boquiabierto y ojiplático, sobre todo cuando de su zurrón sacó mi carta de esa Navidad. El día en que Jesús (qué ironía) me dijo aquello de los reyes son los padres es cuando definitivamente dí el paso de la niñez a la adolescencia.

Con el tiempo el antaño infante, ahora adolescente, va comprendiendo que la escenografía de tan mágica noche es la de una hermosa confabulación de padres y madres, amigos y hermanos, que por unas horas se convierten en tramoyistas en el gran escenario de la ciudad o del pueblo. Todas las magias tienen truco.

La Iglesia Católica (como muchas otras religiones) tiene sus propio trucos y tramoyistas. La noche de reyes la recompensa de la espera tiene forma de regalo material (o de castigo de azúcar). Los niños y niñas gritan los nombres de sus majestades favoritas, que saludan desde la altura a derecha e izquierda, y les contemplan desfilar subidos a grandes carrozas escoltadas por personajes de la adoración infantil (cada vez más catódica). La Iglesia Católica tiene sus propias cabalgatas, sus propios reyes, sus propios escoltas. La Iglesia Católica disfraza al jefe de Papa (representante de Dios en la Tierra) y lo saca de paseo subido en carroza (Papamóvil). Reparte saludos ante los gritos de sus fieles de todas las edades que no esperan caramelos ni playstations a la vuelta a casa, sino su bendición y su mirada. Los disneys y simpsons son ahora grandes carruajes de muchos caballos, motores gasolina con nombres de Lancia, Toyota o Mercedes, que escoltan al gran tramoyista, al gran actor en la perpetua noche mágica de la Iglesia Católica. La noche de la que muchos se irán sin ni siquiera haber dudado por un instante de que detrás de las capas y los gorros se esconde la figura de un humano disfrazado.

miércoles, noviembre 21, 2007

Recreo

A las once de la mañana las oficinas abren sus puertas al recreo. Es en ese momento cuando la calle, ocupada hasta entonces por amas de casa y jubilados con carrito y algún adolescente haciendo novillos, es invadida por un ansioso hormiguero gris y azul marino que se desparrama y desaparece por la puerta de cada una de las cafeterías de la zona. Pero ella juega con ventaja. Ella, piel de blanco porcelana, rostro impávido y gruesas cejas negras, camina cada día los diez pasos que separan la puerta de la tienda de moda en la que trabaja y la de la pequeña cafetería de la esquina. Llega antes de que suene la alarma del recreo, antes de que alguien le robe la banqueta que ocupa junto a la cristalera y en la que toma el sol los días de sol y pierde la mirada en los días de lluvia. Sólo tiene que abrir la puerta, sentarse y, sin tan siquiera pronunciar un buenos días, esperar a que le sirvan. De su chaqueta extrae un cigarro, lo enciende y lo fuma con la dedicación de a quien el médico le ha diagnosticado una última calada. Sonríe levemente cuando le sirven el café, lo sorbe, recupera su rostro perpetuo, aspira el humo, mientras su alrededor se va llenando de hombres azul marino y mujeres gris que alborotan el silencio previo, que comprimen el tiempo con sus gritos de ¡para mí con leche! ¡yo un cortado!. Y el aire se llena de humo, que fue el suyo propio al principio y el de todos ahora, y las palabras se elevan unas sobre las otras para encontrar quien las escuche mientras ella continúa ajena su ritmo de café y cigarro, con la mirada absorta en el exterior, esperando a que pase la tormenta y todo vuelva a ser como al principio, sola en la esquina y el café recién servido.

Carlos Pérez Cruz

viernes, noviembre 16, 2007

Pelusilla

No sé si lo mío es un caso de olvido premeditado o simplemente que tengo mala memoria pero parece que mi infancia juega conmigo al escondite. Cada vez que conduzco por la carretera de los recuerdos el sol se va ocultando velozmente hasta oscurecer mi viaje conforme me voy aproximando a la edad de la inocencia. No sólo la noche lo inunda todo sino que una densa niebla va cubriendo el paisaje hasta hacer mi camino prácticamente intransitable y me invita a volver a mis días a afrontar lo que vendrá, olvidando lo que vino. Por fortuna la niebla no viene sola, viene acompañada de los relámpagos de una tormenta que, cuando estalla, me permite al menos ver algo en el camino, aunque sólo sea durante un instante, una fugaz visión de lo que fui, de aquello que viví aunque en la distancia parezca que simplemente se trata de la visión de una vida ajena, de alguien que ¡no puedo ser yo! porque no me parezco en absoluto a ese mico que en vez de bigote vistió pelusa hasta que, por fin un día, mi padre me enseñó a afeitarme. Creo que de ese momento tiene que existir un vídeo, o una foto. A mi padre siempre le ha gustado guardar los momentos importantes de nuestra vida porque algún día te hará ilusión recordar. Lo que no sabía mi padre es que a mí me gusta más recordar lo que nunca sucedió; la nostalgia de un pasado que nunca fue. Lo que sí consiguió mi padre al enseñarme cómo se afeita un bigote es que dejara de sufrir la burla de mis compañeros de clase que no sólo descubrieron antes que yo que los Reyes Magos eran un disfraz sino que la madurez se alcanzaba cuando uno cambiaba esa pelusilla por un verdadero bigote, aunque fuera un tanto vago y remolón y apenas lo pareciera. Recuerdo aquella mañana en que, después de usar mi primera cuchilla, volví al colegio con otro ánimo. El mío era un colegio de monjas de ambiente claustrofóbico. No es que me impusieran las imágenes de vírgenes y cristos dolientes, que tampoco animaban mucho, sino que a nadie se le ocurría ventilar aquellos enormes pasillos y aulas en las que pasábamos largas horas cada día. A las ocho de la mañana entrar en el colegio era como entrar en la noche cuando fuera estaba amaneciendo. La oscuridad de recogimiento monástico apenas se veía amenazada por algún rayo de sol que se conseguía colar por alguna de las ventanas enrejadas cuya contraventana alguien dejó sin cerrar del todo la tarde anterior. Esa luz, ese pequeño rayo, irrumpía en el espacio negro y mostraba el baile de polvo en suspensión. Era un espectáculo al que yo solía prestar atención cada mañana antes de entrar a clase. Microscópicos entes de suciedad bailaban al ritmo del vals de entradas, salidas y carreras de mis compañeros. No era más que una excusa para intentar retrasar lo más posible mi entrada en la clase pero terminó por fascinarme. Pero aquella mañana recién afeitado sería diferente. Yo había dado el paso que otros dieron antes. Me había convertido en un hombre. Eso de sonrojarme ante las burlas de mis compañeros se había acabado, ahora yo era uno de ellos, ahora iba a competir en el mercado del Maite se gusta de tiBarrio Sésamo y, sobre todo, porque aquellos pelillos ridículos habían caído por fin. Aquella mañana me olvidé del baile de polvo y entré a clase de los primeros. Me atreví incluso a abrir las ventanas del aula para ventilar a pesar de los gritos de protesta de alguna compañera que tenía frío. Me dio igual. Ahora podía mirarla a los ojos y no ponerme rojo de vergüenza. Fueron dos mis victorias ese día. Por primera vez una chica parecía respetarme y por fin se podía respirar en clase. Estuvo bien que nadie se metiera conmigo por mi pelusilla aunque ese día también aprendí algo que nunca he olvidado hasta hoy. Aprendí que es mejor llevar las camisas por fuera para que no se note que ¡¡ la tiene grande !!

Carlos Pérez Cruz

lunes, noviembre 12, 2007

Muerta*

El mes de los difuntos le ha inspirado la metáfora. Álvaro Miranda, vicepresidente segundo y consejero de Economía y Hacienda del Gobierno de Navarra, tiene razón al afirmar en este periódico que la sociedad civil navarra “está muy muerta y tiene muy poca actividad”. La frase, eso sí, está construida desde la paradoja y la redundancia. Nunca se ha visto que un muerto tenga actividad, ni poca ni mucha. Y la muerte tampoco admite grados, de modo que no hay muertos y muy muertos. Humoradas al margen, lo triste es que Miranda hace un diagnóstico correcto. Hay que preguntar por qué, qué le ha pasado a una sociedad crítica, rebelde, susceptible de movilización y solidaridad. Nadie reconocería hoy a la sociedad navarra con respecto a sus actitudes en el tardofranquismo y en los primeros años de la transición. En su base social y en sus instituciones. El Ayuntamiento de Pamplona exhibió una admirable pujanza de vanguardia democrática durante los últimos años de la dictadura, con alcaldes nombrados a dedo por el Gobernador Civil. Algunos diputados forales marcaron diferencias con respecto a las pautas impuestas por esa misma autoridad. Un plural y luchador movimiento sindical, los específicos comités de parados, las activas asociaciones de vecinos, sectores del clero, algunos colegios y asociaciones profesionales fueron conciencia crítica del sistema, una admirada referencia para el conjunto del Estado. Ni Zapatero y Rajoy juntos llenarían la plaza de toros como la abarrotó en su día la Organización Revolucionaria de Trabajadores. Navarra dispuso de tenaces y poderosos arietes con los que abrir huecos en la muralla del autoritarismo. Quién nos ha visto y quién nos ve, ahora adormecidos por la llamada sociedad del bienestar, maniatados por el endeudamiento económico, miedosos ante la precariedad en el empleo, gratificados por las posibilidades de consumo y, también, conformistas acunados por los tentáculos del poder, que hacen del ciudadano su cliente. ¿Cuánto dinero público aconseja no levantar la voz a sindicatos, universidades, organizaciones de cooperación, culturales, de usuarios, despachos y colectivos profesionales, medios de comunicación? Prudencia rima con obediencia; discreción, con subvención; sumisión, con talón; adhesión, con colocación. ¿Acaso el poder estimula la crítica? La discrepancia está penalizada. ¿Alguien se imagina qué respuesta popular hubiera tenido el menosprecio de Alcaldía a más de veinte mil firmas ciudadanas contrarias al aparcamiento de la Plaza del Castillo o determinados comportamientos empresariales con cierres estratégicos e interesadas deslocalizaciones? “El silencio de los corderos” es el documental favorito en los despachos oficiales. De rebeldes envidiados, a dócil rebaño.

*Autor: Carlos Pérez Conde (Publicado el domingo 11 de Noviembre en el "Diario de Noticias" de Navarra).

viernes, noviembre 09, 2007

Se busca trabajo (o de cómo un pensador se pone manos a la obra)

Desde aquella conversación con José la noche del jueves había llegado a la conclusión de que no merecía la pena volverse loco por este mundo y había tomado una decisión con la que pretendía dar un giro completo a su vida: Iba a buscar un curro. El mundo en que le había tocado vivir era así, le gustara o no, y tenía muy pocos visos de cambiar. Al fin y al cabo esas reflexiones que José y él contraponían todas las semanas terminaban por deprimirle más que por solucionar nada que no fuera su propio ego, pero el discurso de los acontecimientos seguía la senda marcada por un guía superior a ellos, se llamara Dios, Capitalismo o Conformismo. José y él llevaban trece años reuniéndose cada jueves por la noche y en trece años los temas de conversación no habían variado más que en los pequeños matices que la actualidad marcaba en cada momento. En el fondo de cada una de sus discusiones bullía una profunda insatisfacción vital, el peso de la imaginación de un mundo diferente que otros habían desarrollado para ellos en el cine o en las novelas y ensayos que leían y que formaban el bagaje intelectual que José y él desparramaban sobre una mesa de madera humedecida por cientos de cervezas derramadas.

No era la primera vez que había llegado a la conclusión de que debía darse por vencido y convertirse a la religión de los iguales, tal y como la habían bautizado en uno de aquellos jueves noche. Si muchas personas, a las que ambos conocían, parecían sobrevivir con dignidad, incluso con aparente felicidad, con sus vidas horarias de calendario fijo, él también podría hacerlo. Si luchar por cambiar el mundo, aunque fuera el de los ochenta metros cuadrados de su piso, no le había hecho sentirse mejor, ¿por qué no habría de probar a ser uno de ellos? Así que durante unos días buscó ofertas de trabajo en los periódicos locales y fue llamando a las que menos le disgustaban de primeras. Contactó con comunidades de vecinos que buscaban porteros, con tiendas de ropa que buscaban dependiente, con oficinas de seguros que requerían secretarias (¡no secretarios!) - otras que requerían personal de limpieza (¿es usted rumano? ¿No? Lo sentimos, no estamos interesados.) -, con empresas que buscaban repartidores, incluso una cadena de pizzería que le colgó al informarles de su edad (32. ¿Hola? ¿Está ahí?). Finalmente, a punto de renunciar, consiguió una entrevista para un trabajo de comercial en una tienda de telefonía.

Se puso el mejor traje que tenía, abandonado en el fondo del armario desde la ceremonia de graduación de su hermana de hacía cinco años, y se encaminó hacia su cita. Al llegar le hicieron pasar al despacho del señor Don José López Jiménez, encargado de la tienda. Se sentaron frente a frente separados por una mesa de trabajo repleta de papeles con miles de datos. La conversación discurrió con amabilidad. Don José le reconoció que necesitaban contratar a alguien con urgencia y que sólo quería conocer algunos datos más. Todo parecía dispuesto hasta que el señor Don José, mientras buscaba el contrato entre la orgía de fotocopias y facturas, preguntó.

- ¿Qué le gusta hacer en su tiempo libre?
- Pensar. Me encanta pensar, leer, ver películas... Por cierto, tengo un amigo que se llama como usted. Quedamos todos los jueves desde hace trece años. Ya sabe, arreglamos el mundo en torno a una cerveza.
- ¿De qué hablan? ¿De fútbol? -, inquirió Don José.
- Que va, que va. Últimamente andábamos discutiendo sobre un ensayo de Freud. El malestar en la Cultura, no sé si lo conocerá.

Tras titubear durante un instante, Don José López Jiménez se levantó de su silla, le dio la mano y le acompañó hacia la puerta.

- Gracias por venir. Ya le llamaremos.

Carlos Pérez Cruz

miércoles, noviembre 07, 2007

El Ojeras

Tumbado sobre un colchón envuelto en plástico, en aquel enorme almacén, recordé por un instante una historia que mi abuela me contó el día en que vinieron a cambiar la cama de la casa del pueblo. Mi abuela me dijo que ese colchón, en el que había dormido durante varios años yo y antes mi padre, lo había comprado en su día por recomendación de Luis El Ojeras. El Ojeras era un señor del pueblo al que la fortuna había tratado bien y no necesitaba trabajar para ganarse la vida. Su familia tenía tierras y con la herencia le llegaba para vivir con holgura. Sin embargo El Ojeras siempre había tenido más inquietudes que las de ser un simple terrateniente aburrido que juega a ver pasar el tiempo mientras los demás trabajan. Tenía un carácter afable, le gustaba charlar con los del pueblo pero éstos trabajaban durante el día con lo que tenía que esperar hasta última hora para poder juntarse con ellos. Durante un tiempo probó a labrar sus propias tierras en compañía de los vecinos a los que él mismo pagaba por ese trabajo. No era un oficio especialmente complicado pero le resultaba muy esforzado. Concienciado por aquella experiencia les subió la paga. Probó después a pedir trabajo. No había mucho donde escoger: estaba el bar del Manolo, el ultramarinos del Martín, la lechería de la Lourdes, la carpintería del José y la colchonería de la Ana María. Uno a uno El Ojeras les fue pidiendo trabajo pero todos le rechazaban después de emitir una sonora carcajada. ¿Cómo iban a dar trabajo a quien no lo necesitaba? No le tomaban en serio a pesar de su insistencia. Sólo Ana María prometió pensárselo antes de darle una respuesta definitiva. Meses después, cuando El Ojeras ya se había resignado a vivir mirando por la ventana, se encontró con Ana María en el bar del Manolo y ella le comentó entre risas que necesitaba que alguien le probara los colchones antes de venderlos. Luis aceptó sin dudarlo ante la sorpresa de Ana María que se lo había comentado más como un chascarrillo que como una proposición en firme. Al día siguiente Luis empezó su primer y último trabajo. Se convirtió en un experto en colchones y todo el pueblo confiaba en su opinión cuando tenían que comprar uno, como el que mi abuela había comprado para mi padre y luego yo utilicé de pequeño. Cuando mi abuela me contó la historia de Luis El Ojeras le pregunté el porqué de ese mote. Me explicó que aunque Luis estaba muy contento por tener algo que hacer durante el día pagó un precio muy alto por su trabajo. Cada vez que probaba uno de aquellos colchones se quedaba dormido plácidamente hasta que Ana María le despertaba para saber su opinión. De tantas cabezadas que se echaba durante el día no pegaba ojo por las noches así que siempre amanecía con unas enormes ojeras dibujadas en su rostro.

Carlos Pérez Cruz

lunes, octubre 29, 2007

El oficio de ponerse a pensar

Puede que lo que me ha pasado esta mañana sea cosa de la casualidad. Nunca he sabido muy bien qué es una casualidad pero es la primera idea que se me ha venido a la cabeza después de lo que ha pasado. Como casi cada día me había sentado a pensar, a recordar, a inspirarme... A veces lo hago mientras me tomo un café, a veces después de leer el periódico o tras una conversación airada. Esta vez simplemente me había sentado para practicar el oficio que más me gusta, el de pensador. No está muy bien remunerado, en realidad me lo subvenciono yo mismo, pero nunca se me olvida incluirlo en mi carta de presentación ante cualquiera que me pregunte a qué me dedico. En la mayoría de los casos la reacción suele ser de sorpresa, las cejas se elevan repentina y velozmente, pero pocos son los que dan el paso de preguntarme qué eso de ser un pensador. A quien se atreve le explico que es un oficio muy duro pero estimulante ya que le permite al cerebro ordenar sus ideas y también plantearse nuevos interrogantes. Eso está muy bien porque uno no tiene tiempo de aburrirse ya que nunca se acaban las preguntas. Se acaba el petróleo, se acaba el agua, se acaba la noche, pero las preguntas siempre están ahí esperando a ser formuladas.

Esta mañana de lunes espeso las preguntas se habían escondido bien lejos de mi pensamiento. También a las preguntas les pesa el día de la semana. No es lo mismo pensar un lunes que un viernes ni, por supuesto, que un domingo. Los lunes, por lo general, suelen ser para las grandes preguntas de la humanidad: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? Los viernes, casi siempre, para las preguntas ociosas: ¿Qué hago este fin de semana? ¿Leo o voy al cine? ¿O quizá ambas cosas? Los domingos la prensa tiene una influencia enorme. También la película que vi anoche, el libro que quedó sobre la mesilla con un capítulo a medio acabar o la discusión con ese amigo de derechas con el que no sé muy bien por qué sigo hablando o por qué sigue siendo mi amigo.

Hoy lunes espeso, día de las grandes preguntas de la humanidad, no conseguía encontrarlas. Pero ser pensador es un trabajo que requiere constancia y, a pesar de haber sido tentando por la renuncia, he perseverado hasta encontrar la gran pregunta del día: ¿Por qué me fascina tanto la Luz del Norte si nunca he viajado hasta el Norte? Me refiero a esa luz mágica del Círculo Polar que se produce cuando el sol nunca se pone pero parece estar a punto de hacerlo a cada instante. Es posible que mi idea de esa luz esté equivocada y que esté confundido por el juego de luces de una película de Julio Médem pero necesito ir hasta allí alguna vez en la vida y comprobarlo por mí mismo. La luz que yo imagino es fría pero a la vez cálida porque invita a recogerse en el interior de una cabaña de madera. Es una luz que convierte el minuto cotidiano en perpetua ensoñación. Es una luz que suena a pasos crujientes sobre ramas secas y que huele a esa humedad que rescata los olores dormidos de la naturaleza.

Esta mañana me ha apetecido volver a ver esa película de Julio Médem. Cuando estaba encendiendo el televisor se ha ido la electricidad en mi barrio y me he quedado sin luz.

Carlos Pérez Cruz

jueves, octubre 04, 2007

Carlos Llamas y el Periodismo

Cuando tras las señales horarias de las ocho de la mañana ha sonado el histórico gong de Hora 25 en la Cadena SER el pulso se me ha paralizado. La sospecha ha tardado décimas de segundo en confirmarse. Ese sonido de las noches de la SER emitido a las ocho de la mañana sólo podía significar que Carlos Llamas había muerto; la voz quebrada, llorosa, de Carles Francino lo ha confirmado. Resulta raro que enterarte de la muerte de alguien al que nunca has tenido oportunidad de conocer personalmente te llegue a afectar tanto pero las lágrimas de hoy no eran de cocodrilo. Eran las lágrimas de sentimiento profundo por la pérdida de alguien con el que nunca hablé pero que fue mi amigo durante muchas noches de cena en soledad, de vuelta a casa de algún lugar y con el que compartí la sonrisa cómplice de quienes encontramos en la ironía y el sentido crítico la única manera de aguantar el chaparrón.

Carlos Llamas representa para mí una especie de periodista en vías de extinción; la del periodista que no se conforma, que va más allá, que razona y critica aunque el objeto de su crítica sea incómodo incluso para la propia empresa en la que trabajas. Esa forma de hacer y de ver la vida es la que he intentado aplicar a mis propias experiencias profesionales y el resultado no ha sido muy satisfactorio hasta la fecha. Me he encontrado reacciones de todo tipo pero todas ellas acomodaticias. Los órganos de "poder" siempre la han rechazado por incómoda; entre los compañeros siempre ha existido disparidad aunque con el mismo transfondo: rechazo, cuchicheo, palmadita en la espalda... en definitiva nadie se "moja" por causas que, por muy justas que sean, ponen en riesgo el estatus de uno y de su puesto de trabajo.

El periodismo está perdiendo su esencia a pasos agigantados. Resulta cínico que sea de las propias empresas de comunicación de donde surjan estas reflexiones pero no hay periódico que yo haya leído o emisora de radio que haya escuchado donde en algún momento no se manifieste esta opinión. Y suelen hacerlo sus principales nombres, los mismos que rara vez pondrán en "riesgo" a su empresa si una pregunta o un comentario pueden molestar a las esferas de "poder" en las que esa empresa se mueve o pretende hacerlo. Pero, en mi opinión, lo más grave de todo esto es que en la propia juventud que se forma para ser periodista o en la que ya ejerce en los medios se vive desde temprana edad la conveniencia de callar y acatar como una máxima de supervivencia. Aparte de que es más apasionante mirar a través de los ojos del Gran Hermano que ponerse las botas y embarrarse en el lodazal.

Decía el mítico periodista polaco Richard Kapucinski que antaño uno podía entrar al despacho del director de un periódico y pedirle ayuda porque quien estaba ahí dentro era mejor periodista que uno. Ahora dentro de esos despachos sólo se puede encontrar a empresarios que no entienden de periodismo y que sólo miran las cuentas de resultados y el beneficio de las relaciones institucionales; difícil convivir así con el verdadero periodismo, terreno cultivado para el sensacionalismo, para la noticia espectáculo que hoy se ha convertido en el Leitmotiv de los medios de comunicación incapaces de ir más allá de la apariencia primera; incapaces de traspasar la línea que delimita la cara exterior de los sucesos cotidianos y llegar al fondo que los ha gestado.

Sirva la muerte de Carlos Llamas para lanzar un sonoro ¡SOS! por el periodismo, un ¡SOS! por nosotros mismos y la catadura moral de una sociedad conformista que prefiere apartar la mirada que enfrentarse a cada reto, a cada contradicción, a cada uno de los pilares de la sociedad que corren riesgo de derrumbe si nadie frena la carcoma ética que corroe nuestras entrañas.

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