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jueves, abril 02, 2009

Joel Harrison & Christian Howes Quartet (IX Ciclo de Jazz Universidad Pública de Navarra / Iruñea - 1/04/2009)

Lanzo la moneda al aire y… ¡al concierto! Ha salido cruz. Hace años que procuro evitar sufrir con las esporádicas actividades jazzísticas que se celebran en la ciudad de Iruñea – Pamplona. Esta vez concedo la decisión al azar de la moneda y me encamino al… no sé cómo describirlo. Oficialmente es un edificio universitario de comedores. ¡Eso es lo que es! Un edificio de comedores. Ni un auditorio, ni una sala de cámara, ni siquiera un aula magna, aquí el universitario deglute a diario. Tengo especial interés por escuchar a ese guitarrista llamado Joel Harrison que descubriera con su estimulante encuentro de Jazz y música Country en Free Country (ACT – 2003). Su concierto en cuarteto comparte nominal liderazgo con el violinista Christian Howes. Programado a las siete, a las siete las puertas permanecían cerradas. Una vez abiertas recuerdo uno de los motivos que me alejaron de este mini ciclo hace años. El improvisado escenario se sitúa frente a una hilera de mesas alargadas a cuyos lados están situadas las sillas, fijadas al suelo y con limitada capacidad de giro. Eso significa que en cada mesa una de las líneas de sillas queda inhabilitada para su uso en el concierto, a no ser que se prefiera permanecer mirando al personal en vez de a los músicos (quizá aquí le viniera a Abbas Kiarostami su idea para la película Shirin). Me sitúo en primera fila, para evitar unas cuantas de charlatanes (ya se sabe que el Jazz es música para beber y gritar), espero y espero, saludo a conocidos, aguardo mi porción del rancho (¡despierta Carlos, es un comedor pero ahora no sirven comida!) y sigo esperando. Lo inexplicable es que cómo pasados veinte minutos de la hora hay quien entra tan tranquilo. ¿Cómo sabían lo de los más de veinte de retraso? Nadie explica nada pero a nadie parece importarle.

Sin mucha más referencia que esa grabación mencionada de Harrison me dispongo a la escucha. Iniciados los primeros compases, y todavía abrumado por el impacto súbito del volumen y los graves (imagino que cuando Howes nos preguntó por el sonido habría alucinado con el “great” general), un grupo de jóvenes hace notar su llegada. Arrastran unas sillas (imagino que no las habrán arrancado, aunque tal y como está Bolonia…) hasta situarlas a conveniencia detrás de mi fila, por delante de la siguiente mesa (y sus correspondientes e inútiles sillas Kiarostami). ¿Qué hago yo aquí? Maldigo la moneda de mi suerte pero, ya que estoy, ejercito mis habilidades de aislamiento social (tan y tan trabajadas en múltiples proyecciones cinematográficas). El concierto comienza frío, yo estoy frío, el local es frío, y lo que es peor, sospecho que la música está cogida con pinzas. Se percibe cierto desajuste desde el escenario, miradas de incógnita sobre lo que suena resueltas, sin embargo, con la capacidad de maquillaje que se les supone por bagaje. No es una música fácil para una primera vista la que firma Harrison (la mayoría de composiciones del concierto son suyas) y la sospecha de falta de rodaje es permanente. Cierto es que baterista y bajista, jóvenes productos de la academia Berklee, han llegado casi por los pelos al concierto desde Nueva York (aterrizaje en Madrid y carretera hasta el viejo Reyno, nos cuentan) y se les puede suponer un tanto desorientados aunque, en el fondo, cumplen (Berklee estaría orgulloso). Una segunda sospecha es que ambos forman parte colateralmente del proyecto (si es que este existe como tal), reclutados al grito de: ¡Chicos! Nos vamos a Europa. ¿Alguien se quiere venir?

El concierto responde en parte a la idea previa que tengo de Harrison y del toque Country de su música. El uso del violín ayuda a reforzar el terreno de lo tradicional y, sin embargo, las composiciones devienen en largas progresiones de gran poder rockero subrayadas por largos solos de Howes que utiliza de manera frecuente la distorsión guitarrera para su violín (esos juguetitos). Todo gira en torno a Harrison, sus miradas delimitan solos y posibles despistes, sostiene la música cuando esta parece estar en mayor peligro y la hace caminar. El fraseo conjunto de guitarra y violín, cuando este no utiliza distorsión, tiñe de vaquero la música. Sin embargo cuando Howes distorsiona el concierto discurre por parámetros de purito Jazz-Rock sustentado a su vez en la contundencia del baterista Jordan Perlson (amigo Perlson, esas miradas de Harrison pedían pianissimo) y en la adecuada función que un bajo eléctrico, el de Evan Gregor en este caso, ofrece a la música que así viste. Cuando los temas se abren, cuando se puede olvidar el solista de los juegos rítmicos del Harrison compositor, la cosa se templa en el escenario y se calienta en el público. La dinámica se reitera en muchos de los temas: del jugueteo inicial ya sea por medio de notas largas de guitarra y violín (buscando la correspondiente tensión armónica) sobre una nerviosa base rítmica de la batería o de una exposición más melódica y tradicional (en el sentido vaquero y baladista de la palabra) se pasa a territorios más atmosféricos que, in crescendo, devienen en largos solos de los dos líderes nominales hasta volver a la reexposición temática. Ortodoxia conceptual, no por ello menos meritoria si es personal. Y me resulta tan admirable la precisión de los jóvenes bostonianos, especialmente del baterista, como falta de expresión personal. No es una novedad viniendo de la fábrica de jazzistas por excelencia.

Entre música y bromas (“Después de que durante ocho años nos insultaran por Bush en Europa espero que ahora con Obama cambie”, dijo Harrison) el cuarteto regala algo más de hora y cuarto de música de agridulce regusto. Harrison compone bien, tiene muy claro su concepto musical y es un guitarrista notable pero este cuarteto parece más para la ocasión que un proyecto de enjundia (o al menos verde para salir de gira). Aunque visto el comedor no era como para exigencias de gourmet.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente aquí.

martes, marzo 31, 2009

Estados anímicos

20 segundos para el final del tercer cuarto, 43 - 37 TAU. ¡¡¡Quieto Ilyasova!!! ¡¡¡¡Última posesión!!!! Espera, que voy a mataaarrrr... ayvaaaa. Espera, rebote TAU, Prigioniiiiii... ¡¡¡irukoa!!! 46 - 37 final de cuarto. Último cuarto: algo más de tres minutos. 59-52 TAU. Sube Lakovic, Andersen recibe, Andersen penetra, Andersen sale, toma Lakovic... todo tuyo Lakovic, ¡sí, nadie se mueve! Uy, Rakocevic 2+1. ¿Y esos pasos de Andersen a poco más de un minuto? Ay el vichy. Si es que cuando se sube a la cabeza... vete a Rusia, my friend. Así que: 69 - 62 (2-1). Y mira que habíamos recuperado a Barrett... ¡quiá!

sábado, marzo 28, 2009

Prórroga Team

Barça 95, Unicaja 94 tras una nueva prórroga. Cuatro partidos desde el pasado domingo para el Barça, balance 2-2, con cinco prórrogas. Y la serie Euroliga que sigue el martes en Gasteiz. Todos los puntos del Barça en la prórroga made in Navarro, ergo la pregunta es: si en el TAU todos son Kelatis en defensa, ¿quién asume la responsabilidad llegado el caso? Mi respuesta en septiembre: Andersen. Llegados a este punto está claro que el vodka (uno por cuarto en Moscú, ¿recuerdas Joseba?) tiene menos efectos secundarios que el vichy catalán. Bueno Joan, al menos ya tenemos la excusa: Barrett se ha lesionado.

jueves, marzo 26, 2009

Pamplona (la vieja Iruñea) y la Capitalidad Cultural

Escucho por ahí. Pamplona ocupa la penúltima posición entre las ciudades candidatas a la capitalidad cultural del 2016. ¡Bien!, pienso, el sentido común impera en los órganos de decisión. Claro que como desconozco por completo el sistema de elección y la fuente de la noticia no valoro al respecto. Bien podría tratarse de uno de esos concursos televisivos en los que los espectadores envían un SMS con su carga de fobia incluida. Dicen que se trata de un complot de los países del Este, si bien me temo que este es más terreno eurovisivo.

Volviendo a lo que iba, escucho por ahí que tan sólo Murcia queda por debajo. Lógico, a ellos les falta el agua y a Pamplona el riego. Lo del agua para otro día pero lo del riego de Pamplona... Las vías de canalización de la cultura no existen. Pero, ¿existe la cultura en Pamplona? (la vieja Iruñea). Escucho por ahí, de Pamplona sólo se conocen los Sanfermines. ¡¡Demonios!! ¡Churras y Merinas en una misma frase! Lógico, la acepción de cultura incluye también costumbrismos locales. Pero me temo que una capitalidad cultural va por otro lado. E incluso aunque no me venga ni me vaya el nombramiento (más que nada por no soportar un año de ensalzamiento de la txistorra, fotos protocolarias y depresión resacosa posterior) sirva esta previsión/ostión para que, aunque no podamos dejar de mirárnosla, al menos seamos conscientes de que el patxarán afecta a la visión.

miércoles, marzo 25, 2009

Mendigos

tEl vestíbulo del cine está habitado cada mañana por un grupo de siete u ocho mendigos, a veces más, adictos al trago de Don Simón que se resguardan del sol, la lluvia o el viento. Son bulliciosos, no discuten pero pareciera que lo hicieran. El color de sus voces relata excesos en el alcohol y el tabaco, la dureza de la vida al aire libre. Por la tarde, cuando las proyecciones van a dar comienzo, no queda rastro de ellos. Alguien ha barrido los restos de la mañana. La taquilla está abierta, la taquillera con gesto resignado, desplomado el mentón sobre la palma de la mano, mira la pantalla del ordenador. Un hombre interrumpe su sopor, tres mujeres más tarde, otro hombre y una joven pareja. Compran su entrada y desaparecen en el interior camino de la oscuridad de la sala. Se resguardan del frío de la vida al calor de las historias ajenas. Son adictos a la ficción los mendigos de la tarde.

© Carlos Pérez Cruz

martes, marzo 24, 2009

Diagrama televisivo

A continuación entrevistamos en exclusiva a la mujer que quemó al hombre que violó a su hija.

lunes, marzo 23, 2009

Sobre el Arte (Antoni Tàpies)

Escrito en 1955 por Antoni Tàpies: El Arte es una fuente de conocimiento, como la ciencia, la filosofía... Si las formas no son capaces de herir a la sociedad que las recibe, de irritarla, de inclinarla a la meditación... si no son revulsivo, no son una obra de arte. Donde no hay verdadero impacto no hay arte. Cuando la forma artística no es capaz de producir el desconcierto en el ánimo del espectador y no le obliga a cambiar de manera de pensar, no es actual.

Texto recogido en el libro "En blanco y negro" (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores)

domingo, marzo 22, 2009

Apunte deportivo

Tras más de tres horas desde que comenzara finaliza el Ricoh Manresa 122 - F.C. Barcelona 117. Cuatro prórrogas y en Vitoria que deben de estar la mar de contentos. A dos días del primer cruce de cuartos de final de la Euroliga, Barça - TAU, y cuando lo que estaba en juego en Manresa era menor para el Barça... ¿tiene sentido semejante esfuerzo?

Ramón López Quintet "Songs of the Spanish Civil War" - Mercat de les Flors (Barcelona)

En más de una ocasión le he escuchado decir al escritor Juan José Millás que una obra literaria o una película necesita tener altibajos en su tensión narrativa para permitir que en una historia de gran intensidad el lector y/o espectador pueda respirar y no desfallecer. Lo contrario, dice, sería como tener una erección continua y prolongada, algo insoportable. Tengo mis sospechas de que la actuación que ofreció el quinteto del alicantino Ramón López hubiera extenuado al escritor.

El proyecto Songs of the Spanish Civil War nació hace ya diez años y tuvo su versión discográfica en el año 2000 a través del sello británico Leo Records. De la formación original faltó en la presentación barcelonesa el trombonista Thierry Madiot y en su lugar participó el pianista Agustí Fernández, referente indiscutible de la música improvisada ibérica con quien López colabora cada vez de manera más frecuente. Sin embargo la variación de timbres no desvirtúa la esencia de un proyecto que con su franqueza sonora es un documento vivo del conflicto bélico español. Documento no sólo en cuanto a que se nutre de tonadas populares de la Guerra Civil y las muestra sino porque su expresividad es de una contundencia descriptiva tal que la mente no puede dejar de dibujar las escenas del conflicto; vivo, a su vez, porque la música se revuelve, agoniza, vomita como un volcán la lava, cambia de color y nunca es igual aunque siempre sea la misma.

Ramón López ofrece una narración continuada, los capítulos no están numerados sino que se suceden unos a otros sin hoja en blanco entre medias. Apenas usa los puntos, sólo las comas, y nunca un punto y aparte. Cuando tras una breve introducción comienza a sonar Els Segadors el pulso se acelera y la respiración se agarrota. No hay vuelta atrás, es imposible huir de un discurso que te agarra del alma y sacude las emociones, que cuando parece ofrecer tregua (la paz bélica) reclama igualmente todas las energías del oyente hasta llevarle al límite de sus capacidades. Tan intenso en los fortes como exigente en los pianos. No hay medias tintas. Es una música que requiere de una estirpe poco frecuente, la del oyente activo. Y en directo siempre mejor que en disco, sobre todo si el escenario, como era el caso de esta sala, invita a la concentración.

El saxofonista Daunik Lazro se encarga de la mayoría de las exposiciones temáticas que en ocasiones se funden con esa maravillosa rareza vocal que es Beñat Achiary, un hombre capaz de contorsionar la voz como si de un niño burlón se tratara y fuera ciego a las barreras que la ortodoxia pone en el camino. Ya sea un Ay Carmela, el Vito o Mendiko Negarrak, ya sea una melodía de la nostalgia o una poesía del dolor, todo termina por fundirse en una gran masa ígnea que distorsiona el camino de partida y, sin embargo, no pierde en ningún momento su original belleza herida. Y ahí habita una de las grandezas de este proyecto, que partiendo en muchos momentos de melodías populares, reconocibles para el público, estas no sólo delimitan el inicio de un nuevo momento sino que impregnan todo el sentido de la improvisación colectiva e individual.

Como en una montaña rusa se llega al final tan excitado como exhausto tras (más o menos) una hora de música sin interrupciones. Después de comprobar (una vez más) la generosidad de un líder nominal que parece que en cualquier momento va a devorar esa batería que parece un juguete en sus manos, que cuando amenaza con la violencia de un francotirador se contiene y acaricia todos y cada uno de los rincones de su instrumento, que cuando escucha disfruta tanto (o más) que cuando toca, que nos regala a un contrabajista de expresividad virtuosa como Paul Rogers o el placer de intuir la presencia de un pianista de primera como Agustí Fernández que, aun comedido, tejió las atmósferas adecuadas a lo que el grupo y solistas exigían en cada momento.

Tiene razón Juan José Millás en eso de que el espectador necesita altibajos con los que rebajar la tensión cuando la historia que le cuentan es intensa emocionalmente. No es fácil soportar la intensidad dramática e ininterrumpida de este proyecto y salir indemne. También es cierto, sin embargo, que no todos los días se puede obtener una erección de semejante calibre así que, una vez conseguida, más vale disfrutarla hasta el final aunque se corra el riesgo de acabar como Ramón María, el trompetista con una erección permanente de La magnitud de la tragedia (de Quim Monzó).

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente aquí.

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martes, marzo 10, 2009

De "Profesor Miseria" de Truman Capote (1949):

La mayoría de la gente se levanta por la mañana, no porque importe lo que haga, sino porque no importaría que no lo hiciera

lunes, marzo 02, 2009

La espectadora

Carmen fue la primera en entrar en la sala. Ocupó, como de costumbre, uno de los asientos laterales, lado izquierdo. A la mayoría de espectadores le gusta ocupar los asientos centrales de mitad de la sala hacia atrás porque suponen que son los mejores para ver una película. A ella le gusta verlas y sentir que forma parte de ellas, por eso necesita estar lo más alejada posible del resto de personas, para que no le hagan consciente de que, en realidad, está en una sala de cine y no en la historia. Por eso cuando una pareja de hombres se situó justo detrás de ella se inquietó y no dudó en levantarse y cambiar de asiento. Recogió sus cosas y se situó en la misma fila pero en la butaca situada en el extremo opuesto. Aprovechó para echar un vistazo a la revista que había cogido en la taquilla del cine y leer algo sobre los estrenos del mes. De pronto su atención se distrajo cuando empezó a escuchar con total claridad una historia relacionada con no sé qué herencia y follones de familia. Se giró y contempló a dos señoras de unos sesenta años que mantenían una animada conversación. Estaban sentadas dos filas más atrás de la suya, centradas, pero podía escucharlas sin ningún problema. Se alertó. Por experiencia sabía predecir, con buen porcentaje de acierto, el comportamiento de los espectadores durante la proyección y esas mujeres tenían un elevado potencial de parloteo. Pensó en volver a cambiar de butaca pero se reprimió con aquello de que todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario. Las dos mujeres, mientras tanto, habían cambiado de tema. Por lo visto una de ellas había decidido devolver la falda que había comprado el día anterior en las rebajas. No es que no le gustara, es que no le convencía. Carmen prosiguió la lectura de la revista cinematográfica.

En los minutos siguientes hicieron entrada en la sala, por orden, un hombre de aspecto abatido que se situó en la última fila entre el centro y el extremo derecho, un señor de unos cuarenta años con gesto circunspecto que se sentó en la fila de las mujeres de la herencia y la falda a tres plazas de distancia a su izquierda y una señora muy puesta y arreglada que se situó en la fila de delante de Carmen muy próxima a su posición. Las luces de la sala se apagaron. En pantalla la empresa propietaria de los cines se anunció como el paradigma del ocio. A Carmen esto le resultó absurdo ya que, se interrogaba, para qué se anunciaba la empresa ante aquellos que ya estaban haciendo uso de ella y sabían lo que esta podía ofrecerles. Películas. Le molestó más, sin embargo, que en el anuncio salieran unos espectadores que reían y hacían comentarios mientras señalaban con sus manos hacia la pantalla. Después siguieron tres anuncios de alguna ONG que pedían dinero para causas como el hambre o la exclusión social, uno de una caja de ahorros que a través de su fundación presumía de estar conservando, junto con el gobierno, un parque natural lo que, por lo visto, era su lado humano y tres trailers de películas de la misma productora de la película por la que Carmen había pagado la entrada. Quince minutos después de la hora anunciada se inició la proyección.

Cuando los primeros títulos de crédito aparecieron proyectados en pantalla Carmen vio que aparecían un tanto borrosos. ¡Mierda! exclamó su cerebro. Ya estamos. Otra vez no han enfocado la película. Salió corriendo de la sala y buscó a algún responsable que pudiera solventar el problema. Vio a un joven, de reciente pasado adolescente, que vestía con la camiseta identificativa de los trabajadores del cine y le puso en conocimiento del inconveniente. Ahora mismo me paso, le contestó. Carmen volvió a la sala. En el momento de su entrada adivinó el nombre del director en pantalla. Y se inició la acción. La primera secuencia se desarrollaba en el interior de una casa. Las mujeres situadas en los asientos centrales dos filas detrás de la de Carmen se asombraron al contemplar el lujoso escenario. Qué bonito, decían, fíjate en esos muebles de diseño, anda que no tienen que costar. Carmen se giró de inmediato hacia ellas que, a su pesar, no fueron conscientes de la mirada reprensora. Y qué jarrón, sentenció una de ellas. El hombre de aspecto circunspecto carraspeó notoriamente y ellas le ofrecieron un caramelo. Lo rechazó incrédulo. La puerta de la sala se abrió y Carmen vio cómo el joven de reciente pasado adolescente con la camiseta identificativa de los trabajadores del cine se asomaba durante unos instantes y se retiraba. Carmen supuso que unos segundos después vería cómo la imagen se ajustaba hasta quedar enfocada pero pasaron tres o cuatro minutos y aquello no mejoraba. Los cuerpos se percibían entre una ligera bruma, la fotografía no era la aclamada por los críticos y los primeros planos delataban la falta de detalle. Nerviosa se levantó del asiento y volvió a salir. Miró hacia un lado, luego al otro y nada. Hasta que vio al joven de reciente adolescencia salir del servicio hurgándose el agujero derecho de la nariz. Cuando el resultado de sus pesquisas iba camino de la boca Carmen le detuvo. Disculpe, dijo, la película de la sala cinco sigue desenfocada. Pues yo la he visto bien, acertó a responder él. ¿Cómo? Pero si se ve borroso, insistió Carmen. Pues yo la he visto bien, repitió de nuevo. Carmen utilizó una vez más su intuición. No había mucho que hacer. Si él la veía bien la veía bien y eso era indiscutible. La percepción de la realidad dependía en este caso del interés que se tuviera en ella. Desistió. Si seguía con esa conversación corría el riesgo de perder el hilo de la trama. Farfulló algo y volvió hacia la sala. Conforme entraba el hombre de aspecto abatido salía. Carmen pensó que menos mal que alguien más reaccionaba. Ella ya había hecho lo que tenía que hacer. Que peleara otro. Volvió a su sitio.

¡Ay! Ese abrigo es igualito al de... Carmen no llegó a descifrar el nombre de esa persona cuyo abrigo era igual que el de la protagonista en opinión de una de las dos mujeres situadas en los asientos centrales de dos filas más atrás. El hombre de aspecto circunspecto carraspeó otra vez. Sin tiempo de reaccionar impactó en su brazo derecho un caramelo. Acto seguido una voz de mujer alababa sus virtudes para aclarar la garganta adornadas por ese sabor a miel que lo hacía irresistible. Y lo siguiente que esa voz de mujer pronunció fue una queja por la mala educación del señor, ya que no le había dado las gracias.

Carmen, una vez hubo fulminado de nuevo con su mirada a las mujeres del caramelo de miel, cayó en la cuenta de que el hombre de rostro abatido ya había vuelto a la sala pero que la imagen seguía igual. Suspiró. Concéntrate, al menos intenta centrarte en la historia. Ya la verás en DVD si te gusta, se consoló. Y entonces disfrutó de unos instantes, quizá incluso un minuto, de verdadero silencio. Los únicos sonidos y conversaciones procedían de los altavoces Dolby Surround de la sala. Craujjjj crajjj crasszz fue lo siguiente que escuchó próximo a ella acompañado de un toma uno, es que están buenísimos. El hombre de aspecto circunspecto había cambiado ya de sitio pero sus antiguas vecinas no fueron conscientes de ello hasta que la pregunta ¿a que está bueno el caramelo? no recibió respuesta. Qué tipo más raro, pensaron en alto. Carmen siguió el ejemplo del hombre de aspecto circunspecto y decidió avanzar unas cuantas filas para ver si con la distancia dejaba de escuchar a las mujeres cuyo riesgo de parloteo había predicho con tanto acierto. Ahora la pantalla quedaba demasiado cerca pero era un sacrificio que estaba dispuesta a realizar para alcanzar cierto grado de concentración cinéfila.

Carmen escuchaba ahora algo más apagada la voz de las dos mujeres que, aún así, seguían taladrando su concentración con un continuo sonsonete. Trató de abstraerse y focalizar su atención en la película. Eso hizo que fuera consciente de que ¡la banda sonora suena como un coro de borrachos! Lo que me faltaba, está rallada. Cualquiera le explica al mocoso ese que Riiiiiingggg Riiiiiingggg Riiiiiingggg Riiiiiingggg. ¿Sí? Hola, estoy en el cine. Dime. Sí, sí. Bueno, no lo sé. Mira el precio porque si no ya lo cojo yo en la carnicería cuando vuelva a casa. ¿Cómo? Es que la película está muy alta. ¿Y usted qué mira? Nada, una mujer que se me ha quedado mirando. Una maleducada. Te dejo que parece que va a pasar algo interesante. Bueno, un poco aburrida. Adiós.

¡Y ahora la señora muy puesta y arreglada! Carmen se hundió en la butaca. Quizá así, con la cabeza situada por debajo del respaldo de la butaca Groooojjjjjjjj Friiiiiiizzzz Groooojjjjjjjj Friiiiiiizzzz Groooojjjjjjjj Friiiiiiizzzz. Carmen, abatida pero rabiosa, se asomó y miró hacia atrás. La sala estaba en penumbra, apenas podía distinguir de dónde procedía aquel sonido gutural que lo invadía todo. La luz de la proyección se intensificó y Carmen localizó la fuente sonora en el espacio ocupado por los dos hombres que se habían sentado detrás del que había sido su primer sitio. Uno de ellos cabeceaba mientras dormitaba y el otro le contemplaba sonriente. ¡Dios mío! ¡¡Es increíble!! ¡¡¡No me lo puedo creer!!! Carmen se levantó, caminó por el estrecho pasillo de su fila, cruzó la sala, contempló cómo el hombre de aspecto circunspecto negaba con la cabeza y avanzó hasta llegar donde se encontraban el durmiente y el sonriente. La escena discurrió de la siguiente manera. Carmen se dirigió al sonriente: Oiga, ¿podría despertar a su compañero para que deje de roncar? El sonriente, sin perder su sonrisa, respondió: Pero mujer, déjele echar una cabezadita, no sea así. Una de las dos señoras, sí, las del caramelo de miel, la admiración por el lujoso hogar de la película o los follones de la herencia, intermedió: ¡Qué susceptible! Por unos ronquiditos de nada. Carmen asumió la derrota y se retiró, no sin antes darle un leve empujón al durmiente que, desorientado, miró hacia su compañero sonriente, hizo una mueca resignada y volvió a dormirse. Ya me paso luego por la carnicería, no te preocupes, fueron las palabras con las que la señora muy puesta y arreglada recibió a Carmen al llegar esta a su sitio. Permaneció de pie unos segundos con mirada suplicante. ¡Siéntese! le espetó una de las mujeres de más atrás.

La sangre de Carmen bullía en sus venas como un vendaval que todo lo arrasa. Su cabeza era una olla a presión, ¿qué película era la que había ido a ver?. Pensó que era un buen momento para recuperar las enseñanzas de las clases de yoga. Trató de imaginar un espacio abierto, el trigo balanceándose al compás de un viento cálido y suave. ¿Qué tal si se dejaba caer sobre un colchón de agua? Qué sensación tan agradable, sentía cómo le arropaba Piroró piroró piroró po, piroró piroró piroró Pero ¡qué demonios pintaba Mozart en todo esto! Se incorporó de inmediato. El hombre de aspecto abatido atendía una llamada en su teléfono móvil. Sí, sigo en el cine. ¿Sí, sigo en el cine? Eso quiere decir que antes no había salido para... Y ahora, ¿por qué no sale? ¡¡Ya está bien!! Carmen compartió con el resto de la sala su desesperanza. ¡¡Ya no puede una ni ver una película en paz!! Desde el fondo de la sala le chistaron con convicción. El hombre de aspecto circunspecto seguía negando con la cabeza. El sonriente dejó de sonreír, el durmiente despertó desorientado y se quejó de que le perturbaran el sueño. Carmen no vio cómo un señor con una camiseta identificativa de los trabajadores del cine corría hacia ella que seguía quejándose amargamente. Tranquilícese señora o tendré que invitarle a salir de la sala. Pero, ¿cómo dice? La mujer muy puesta y arreglada terció. Eso, tranquilícese, que menuda tarde nos está dando. Carmen no pudo contenerse y caminó con paso impetuoso hacia ella. Cuando estaba a punto de abalanzarse el señor con la camiseta identificativa le cogió del brazo y la arrastró hacia la salida entre los gritos y aplausos de todos los espectadores, a excepción del hombre de aspecto circunspecto que seguía negando con la cabeza.

La sentencia del juicio, que tuvo lugar cinco años más tarde, definió el comportamiento de Carmen como “inadecuado, provocador y molesto” para el resto de espectadores que habían asistido a aquella proyección. Quienes allí habían estado aquella tarde, incluido el joven de reciente pasado adolescente, testificaron en su contra. Sólo el hombre de aspecto circunspecto negó cualquier acusación, aunque también negó que se llamara tal y como figuraba en su DNI. Carmen fue castigada con una multa de elevada cuantía y condenada también a no poder acudir a una sala de cine durante dos años, que fueron siete al haber tenido que acatar una prohibición preventiva durante los cinco años que tardó en celebrarse el juicio.

© Carlos Pérez Cruz

jueves, febrero 26, 2009

La bicicleta, el padre, el niño y el coño

Iba yo corriendo el otro día cuando de pronto me topé con un padre y su hijo que bajaban la cuesta en bicicleta. Pedaleaba el padre y el hijo iba detrás en una especie de silleta acoplada. Lo único que acerté a escuchar fue: ¡Calla, coño! y los llantos del niño que pronunciaba alguna frase ininteligible por culpa de su llorera. Continué mi carrera pero no conseguía quitarme de la cabeza esa escena. ¿Por qué lloraba el niño? ¿Acaso le aterraba la velocidad a la que su padre conducía la bicicleta cuesta abajo? Me dio pena pensar en cómo un padre podía llegar a hartarse de su hijo hasta el punto de exclamar “coño”. Yo cuando corro no paro de generar teorías de todo tipo y no dejé de acordarme de ellos durante toda mi primera vuelta de la carrera. No quiero ser padre, pensaba, si sé que algún día voy a soltarle un “coño” a mi hijo. Seguro que ese padre es un inconsciente, que no sabía qué significaba tener un hijo, que son gastos, compromiso, que enferman y hay que acudir corriendo al médico, que los juguetes son caros y no hay que regalarles demasiados, que luego se acostumbran a tenerlo todo, que un padre no es un amigo, es simplemente un padre y que cuando uno piensa que su hijo es su amigo termina por gritarle “coño” porque está frustrado, porque no es su amigo, sólo su hijo. No dejaba de pensar en ellos cuando empecé a subir de nuevo la cuesta en la que me los había encontrado antes. A mitad de la subida sentí que alguien se aproximaba por mi espalda y que cada vez estaba más cerca. Escuchaba lo que parecía la risa de un niño salpicada por palabras ininteligibles del tipo “acoiiiii”, “añañaaa” o “chucubiiiii”. Justo cuando me estaba dando la vuelta para ver de quién procedían esas palabras una bicicleta me adelantó. Creo que eran ellos, aunque me pareció que esta vez era el padre el que iba en la silleta.

© Carlos Pérez Cruz


martes, febrero 24, 2009

Irene Aranda - "Interfrequency 23 7" / Lucía Martínez - "Soños e Delirios"


Asumo mi vagancia y reúno en una misma reseña dos trabajos discográficos independientes el uno del otro. El uno es el de la pianista jiennense Irene Aranda (1980), el otro el de la percusionista gallega Lucía Martínez (1982). Pero ya que ahorro tinta electrónica trataré de cuadrar el círculo y buscar en ellos elementos que los unan y hagan de mi pereza virtud. Por ejemplo, ambos son trabajos con firma femenina. ¿Qué tiene ello de especial? No debiera, pero lo tiene porque la Historia del Jazz es pródiga en masculinidad. Lucía Martínez tiene una teoría y en ella razona que el ambiente noctámbulo del Jazz no atrae mucho al cromosoma XX (ese debe de ser mi lado femenino). Esta música ha tenido que convivir siempre con esa fama que algunos músicos disfrutan y muchas instituciones promueven (precisamente por falta de ídem). Sea por la razón que fuere mis encuentros con mujeres creadoras suelen resultar satisfactorios (aunque sería mucho concluir que mujer y satisfacción son uno).

Una segunda cuadratura para reunir a Irene y a Lucía es que ambas son de origen ibérico. Me temo que eso me importa más bien poco si de lo que hablamos es de geografía política, esta no hace al músico (bueno, a veces inspira una común mala leche), pero sí me interesa más si de lo que hablamos es de geografía cultural, que puede llegar a determinar la estética del creador. Y eso sucede en ambos casos. Irene es andaluza (aunque ahora resida en Valencia) y procede por lo tanto de una región con tradición flamenca/árabe cuyos dejes armónicos han influido en la mayor parte de los géneros musicales que se consideran typical spanish (pasodoble, zarzuela...). En la música de la pianista se percibe ese bagaje pero, al contrario que en otros muchos casos, lo suyo no es Jazz-Flamenco, lo suyo es Jazz hecho por una andaluza que además ha mamado (y se nota) la música de Clásicos con influencia folclórica española (ella menciona a Albéniz, Falla y Granados) además de a compositores de finales del XIX y siglo XX como Bartók (autor del que arregla fragmentos en uno de los temas del disco), Ravel, Debussy o Stravinsky, nombres que junto a Bach, suelen ser mencionados por muchos jazzistas y que pueden dar una pista de ciertos vericuetos rítmicos, pinceladas armónicas y giros melódicos en su música (desde la forma de fuga hasta un cierto impresionismo pasando por frecuentes ostinatos melódicos y rítmicos) así como de una concepción camerística del envoltorio sonoro, sin olvidar los fundamentos de la ortodoxia jazzística (con una querencia coltreniana en el tratamiento de los temas más modales). En el caso de Lucía Martínez su origen gallego surge en forma de versión de un tradicional (Eu de Marín Ausenteime) con el que ha podido cumplir un sueño, el de poder contar con la cantante Maria Joao. Y aunque la música tradicional gallega no es precisamente el Flamenco hay más de Jazz-Flamenco al uso (Lucecita de la Mañana, por ejemplo) en su música que en la de Irene Aranda (que es, por otro lado, más "española" en su tono global) para la que se ha permitido el lujo de contar con uno de los saxofonistas fetiche del género (aunque lo puede ser de casi cualquier género que se proponga), Perico Sambeat. Sea por lo que fuere cuando un ibérico emigra de su país (y Lucía lleva años de aquí para allá) termina por interiorizar la cadencia española como parte de su propia esencia (¿por qué? ¿por qué?... hoy la pereza me puede).

Tercera de las cuadraturas. Ambas son músicos con una concepción muy abierta de la música. Es decir, en contra de lo que suele ser habitual en una parte muy amplia de la geografía ibérica, tan dada a repetir esquemas y a admirar la tradición del bop y derivados, Irene y Lucía hacen su propia música. Eso incluye la influencia cultural directa ya mencionada pero también la posibilidad de practicar lenguajes menos propicios para la complacencia, con un toque experimental y algo free, sobre todo en el caso de Lucía Martínez que cambia de registro con la convicción de quien no aprendió la música desde la teórica de los estilos sino absorbiendo lo que iba llegando a sus oídos sin discernir si eran churras o merinas. Y ese tipo de mentalidad genera músicos capaces de sorprender y que escapan al estándar de clonación tan frecuente en estos días.

Cuarta cuadratura. Ambas son muy jóvenes. Irene grabó el disco con 27 años y Lucía con 25. Bueno, ¿y qué?, se preguntará el lector. Eso digo yo, ¿y qué?. Grandes figuras del Jazz lo fueron siendo y muriendo jóvenes. Pero curiosamente ahora sorprende que alguien joven en Jazz sea capaz de sorprender, de mostrar madurez musical. A pesar (digo bien) de que ambas se han formado o se forman académicamente tienen personalidad propia y definida (vale, vale, estoy volviendo a la tercera cuadratura) y para ello ambas se han buscado la vida. Irene salió de su Andalucía natal y ha terminado en Valencia. Lucía reside ahora en Berlín pero pasó antes por Portugal, Finlandia, etcétera. Lo mejor que se puede decir de su juventud es que sólo están empezando y ya han dicho algo interesante.

Quinta cuadratura. Tanto en Interfrequency 23 7 como en Soños e Delirios se mezclan consagrados y noveles. Además en los dos proyectos conviven músicos de diferentes países. Esto tiene varias lecturas. La presencia de veteranos como Perico (como invitado) o Baldo Martínez (como productor artístico) en el disco de Lucía o de Jeff Jerolamon en el de Irene de igual a igual habla del nivel de ellas. Hace años esto era impensable en territorio ibérico. Que el cuarteto de Lucía lo conformen músicos portugueses y en el grupo de Irene figuren nombres como Matthew Baker o Paul Evans sólo nos recuerda que el complejo de inferioridad con los músicos de otros países no lo conocen las nuevas generaciones. Aunque todavía por aquí se esté a años luz de lo que algunos países proponen culturalmente (en la más amplia extensión de la palabra).

Sexta cuadratura. Irena Aranda y Lucía Martínez dan nombre a sus proyectos. Sin embargo tienen un sentido colectivo de la música. Son líderes pero no solistas. O dicho de otra manera, tienen sus solos pero permanentemente están al servicio de la colectividad y no a la inversa. Y eso nos permite disfrutar de buena música grupal y de pinceladas de solistas muy notables. Cada uno con su estilo, más o menos afín a la idea sonora global de cada proyecto.

Séptima cuadratura (y al séptimo descansó). ¡¡¡No tocan standards!!!

© Carlos Pérez Cruz


Comentario publicado originalmente aquí.

lunes, febrero 23, 2009

Siempre que me propongo algo...

Dimite el ministro Mariano Bermejo en España después de ser acosado por participar en una cacería en Jaén que a) realizó sin la licencia pertinente y b) la hizo junto al juez Baltasar Garzón, con toda la obscenidad que ello implica. Expresión hecha fácil para el caso: cazador cazado. A Bermejo habrá que agradecer que haya puesto en la órbita pública el debate ético de la caza-trofeo-taxidermia. Que un ministro de justicia mate por placer a un ser vivo dice poco de su concepción de la justicia. ¿Qué decir del juez en este caso? (como ilustraba El Roto, "tras un certero disparo, el Sr. Juez procedió al levantamiento del cadáver..."). Pero, por supuesto, no olvidemos que nosotros somos el ser vivo racional y superior y que el resto lo puso nuestro Señor para que disfrutáramos del tiempo libre.

El (ex)ministro Bermejo pertenece a esa rama de la humanidad del hago lo que me sale de los cojones (son poquitos, ¿verdad?). De aquellos que te pueden soltar a la cara algo así como: siempre que me propongo algo lo consigo. Que como lema de superación está bien pero que como leitmotiv ético tiene un tufillo de superioridad y chulería que no hay quien lo aguante (los hay, los hay). En esa actitud de aparente confianza en las propias posibilidades se parte de un imposible: la negación de la imposibilidad. Y es que lo que no puede ser no puede ser, por mucho que uno oponga resistencia a aceptar los hechos. Es bueno reconocer las propias imposibilidades (ergo limitaciones) porque evita frustraciones y es un primer paso para caminar con humildad por la vida (que no debe de ser algo tan malo). Pero para una persona así el mundo se divide entre los fuertes y los débiles (dicho de otra manera, los que valen y los que no) y en la batalla por la supervivencia no se pueden mostrar flaquezas. Así que es mejor mostrarse indestructible, duro de roer como una roca y, ¿por qué no?, brindar toreramente de cara a la galería. Que al fin y al cabo los taurinos (practicantes y disfrutantes) no conocen límites a su poder. Si pueden decidir sobre la vida de un ser vivo, ¿qué no podrían conseguir?

sábado, febrero 21, 2009

Entre les Murs (La Clase) - Laurent Cantet


Los argumentos del debate sobre el papel de los profesores, la función de los centros educativos, el contenido de las materias, el comportamiento de los alumnos, la integración de los mismos, etcétera, se construyen en una mayoría de ocasiones sin contar con el quid de la cuestión. Mucho se habla de lo que se debe enseñar, de dónde están los límites disciplinarios del profesor, la autonomía y comportamiento del alumno pero pocos pueden saber qué pasa en las aulas (he aquí el quid infranqueable para una mayoría). Es decir, qué pasa "Entre les Murs" (y no en "La Clase", tal y como La voz en off (del cine francés doblado al castellano) se empeña en hacernos creer en una de esas absurdas arbitrariedades de la traducción de títulos). Qué pasa dentro de esos muros que habitan profesores y alumnos es lo que nos propone el director Laurent Cantet a partir de las experiencias del profesor de instituto François Bégaudeau recogidas en un libro de mismo título (el original, claro) publicado en 2006.

Para tal propósito Cantet presenta una película con ánimo casi documental. El profesor principal es el propio François Bégaudeau y sus alumnos son verdaderos alumnos. Sin embargo no estamos ante el desarrollo y registro de una clase real durante un curso sino que los alumnos que participan en el film lo hacen a sabiendas, asumiendo ciertos roles y líneas más o menos establecidas de antemano a partir de un taller en el que participaron voluntariamente. Y aunque no podamos ser mirones sin ser descubiertos este ejercicio de cine descriptivo nos puede dar una aproximación a diversas cuestiones que nos afectan. Cuestiones que tienen que ver con la calidad educativa, con la convivencia de personas de diferentes países (ergo costumbres, rasgos físicos, idioma...), la disciplina y sus límites, la esperanza y la desesperanza... cuestiones que atañen a la escuela en algunos casos pero que son también espejo de una realidad más amplia llamada sociedad. Lo que sucede "Entre les Murs" no es sino un reflejo de lo que pasa fuera de ellos.

Algunos apuntes que como espectador llevo conmigo:

En esta clase conviven franceses, africanos de diverso origen (Marruecos, Malí...), chinos... En su convivencia brotan insultos racistas, desprecio por el origen, el color de piel y, sin embargo, tengo la sensación de que se trata de una convivencia más cívica de lo que pueda parecer. Como si el desprecio al otro no fuera más que una muletilla, un insulto sin mayor carga que el propio malsonar de la palabra. Un insulto que no hace falta ser muy listo para darse cuenta de que no se aprende en la escuela.

El profesor está sometido continuamente al reto de unos alumnos que a partir de cada propuesta de éste reaccionan tratando de dilatar su cumplimiento. El profesor se enfrenta a un aluvión de quejas, comentarios y preguntas que nada tienen que ver con lo inicialmente presupuestado por él. Sin embargo François siempre busca la manera de sacar partido de cada una de las reacciones. Un alumno le pregunta si es homosexual. Pregunta improcedente dentro del contenido que se está tratando en la clase. Podría reprenderle, castigarle incluso, y sin embargo François aprovecha para que el alumno se confronte consigo mismo, para que razone sobre el porqué de su pregunta, sobre si esta atiende a prejuicios y para, en caso de haberlos, desarmarlos. Aplaudo al profesor pero me desasosiega ver cómo el debate intelectual que el profesor plantea se ve enmarañado continuamente por un ruido de voces que a través de la confusión y de asumir sus propios códigos como verdad absoluta (por supuesto nunca puesta en duda) terminan por desarbolar cualquier argumentación. Es la respuesta del caos, la pereza frente al razonamiento, los códigos tribales frente a la ética y la educación. Es el riesgo que el profesor asume de tratar de situarse en el mismo plano que sus alumnos. Un riesgo plausible pero desesperante en el que muchos encontrarían razones para implementar políticas educativas mucho más impositivas (¿quizá brazos abiertos, enciclopedia en tomos y reglazo?).

El desliz. El profesor asediado por sus dos alumnas (representantes en el consejo educativo del centro) que han chivado a sus compañeros algunos comentarios de este en la reunión. François parece sentirse traicionado. ¿Cómo explicar a toda una clase que aquel comentario sobre la valía como alumno de uno de ellos que ellas filtran no debe sacarse de contexto y que, además, equivocado o no, procuraba salvaguardar a este de una posible penalización? Por supuesto la frase desligada de su contexto es contundente, sobre todo para un alumnado que va a entenderla como desprecio. Cualquier explicación sería para ellos una simple excusa. François evita explicarse y asediado cataloga como "de golfas" la actitud de las dos alumnas en el consejo. Tremendo error. Golfa significa prostituta en el código verbal adolescente. Da igual que no sea lo mismo ser una golfa que haberse comportado como tal. No importa que el diccionario recoja "deshonesto" u "holgazán" como acepciones de esa palabra (durante la reunión ellas reían, comían, cuchicheaban...). En su código no existe el matiz, la diferencia, las cosas son o no son. Y el profesor las llamó putas. Punto y final. No está la vida para exquisiteces verbales.

La expulsión. El alumno agraviado por el comentario en el consejo del centro termina por reaccionar violentamente. Insulta a unos y a otros, se encara con el profesor, decide levantarse y largarse de la clase, forcejea con François y termina hiriendo a una alumna de manera involuntaria (colateral) con su mochila. Es su sentencia de expulsión del centro. El consejo disciplinario lo decide. Una vez expulsado en el más breve plazo de tiempo será trasladado a otro centro. Podría ser un mensaje claro y rotundo al resto de alumnos pero cada año se deciden varios despidos, luego no resulta como medida disuasoria. La sensación es que el centro se quita el problema de encima y lo traslada a otro. Así un grupo de alumnos podría estar en un permanente carrusel de institutos sin que ello consiga corregir el comportamiento de estos.

¿Y después? La película cierra con el final del curso. Qué ha aprendido o no cada alumno en ese año. Hay respuestas de todo tipo, hasta sorpresas (una alumna dice haber leído "La República" de Platón porque lo tenía su hermana mayor y que le ha gustado). Sin embargo la última alumna en abandonar la clase gime ante el profesor que ella no ha aprendido nada y que no quiere hacer FP. Lo repite continuamente para desolación del profesor. Tranquila, todavía no es el momento de decidir eso, le viene a decir. Dependerá de tus notas más adelante. Pero ella lo único que sabe es que no quiere hacer FP. Y la pregunta que yo me hago es a más largo plazo: ¿y qué podrán hacer ella y los demás?

jueves, febrero 12, 2009

Jazz*

Hacía mucho tiempo que no escuchaba una Jam Session. Como buen militante de la causa antes acudía a cada concierto, conferencia o lo que fuere que tuviera relación con el Jazz que se organizara en mi ciudad. Era mi manera de reivindicar un espacio para esta música y sus músicos; que no fuera por mi pereza por lo que dejaran de programar actividades. Que viniera o no público parecía importarme a mí más que a los propios interesados. Antes de cada actuación no dejaba de mirar inquieto hacia las puertas de entrada a la sala. El intermitente goteo de espectadores me ponía nervioso, veía cómo el reloj corría y la mayoría de las butacas continuaban vacías. Una vez que se apagaban las luces procuraba distraerme de mi enfermedad contable pero si éramos pocos no lograba deshacerme de una sensación de derrota que me impedía disfrutar de la música. Sé que no tenía sentido, tenía mi entrada y podía disfrutar de aquello por lo que había pagado pero, por alguna extraña razón, consideraba cada concierto una pequeña batalla dentro de una guerra que, en el fondo, sabía perdida de antemano. A lo máximo que podía aspirar el aficionado era a tener la posibilidad de acudir cada muchos meses, a veces incluso más de un año, a un concierto que tuviera la palabra “Jazz” impresa en el cartel. Ni siquiera siempre aquello que así se anunciaba me interesaba pero, ya lo he dicho, yo era un militante de la causa e incluso aquello que me aburría como cualquier canción de la radio formaba parte de la ineludible responsabilidad de aficionado al Jazz.

No sé cómo llegué a engancharme y, ni siquiera hoy, tengo muy claro qué es esta música. Con el paso de los años he escuchado tantos discos, tantos conciertos, he leído tantas cosas, que lo único que puedo afirmar al respecto es que no tengo ni idea de qué puede definirse o no como Jazz. Claro que mi confusión no llega hasta extremos de considerar a Alicia Keys músico de Jazz, tal y como trató de convencerme un crítico del género en un irónico ejercicio de nihilismo jazzístico. Por otro lado el debate sobre qué es o no es Jazz es un entretenimiento vacuo para aficionados, críticos y algún músico mediocre que trata de justificar con lo teórico el vacío de su hacer musical. Ya que dedicamos una exorbitante cantidad de energía a discutir sobre estupideces cómo no hacerlo sobre algo como esto aun a riesgo (¿o quizá por ello?) de terminar resultando pedantes.

El Jazz tiene difícil definición, no sirve apelar a la improvisación como esencia peculiar porque la improvisación no es de su propiedad, la comparte con otras músicas de la antigüedad y del presente que no se consideran a sí mismas Jazz. El Jazz presume de libertad y sin embargo la mayoría de quienes dicen ejercerla son réplicas, clones, aburridísimos estereotipos con un instrumento entre manos. Entonces, ¿qué es el Jazz? No tengo ni idea pero, de alguna manera, quien de verdad se aficiona desarrolla un sexto sentido que le incita a seguir la pista de algunos músicos y no de otros. Pura intuición que nada tiene que ver con la Ciencia de la Música. Sólo la gran literatura ha sabido poner palabras a su esencia, nunca un diccionario.

Tengo una teoría al respecto de por qué el Jazz no es una música popular. El verdadero músico de Jazz ofrece incertidumbre mientras la música popular es predecible. La mayoría de la gente odia la incertidumbre, necesita caminar sobre seguro incluso en aquello que entra por sus oídos. Seguros de coche, seguros para la vivienda, de viaje, de vida (¡!), de muerte... ¡¿cómo no iban a asegurar también la música?! La seguridad, el control de las circunstancias que uno tiene cuando intuye (¡y acierta!) qué viene en el siguiente compás, qué dirá la letra, cómo acabará el romance, qué gritará ella al verse traicionada por su novio. No soportamos que esa mujer que llora el engaño pase a hablarnos de golpe sobre la belleza bucólica de un paisaje y, poco después, antes de volver a llorar, del último libro de Paulo Coelho. ¡Demonios! ¡¡Qué incoherencia!! ¡¡¡No tiene sentido!!! Esa mujer debería llorar y planear la venganza, una venganza que, eso sí, por inocente nunca sería capaz de llevar a cabo, sólo el Jazz lo haría. Pero, ¿qué mayor coherencia que el discurso interrumpido? ¿Qué más humano que la risa tras el lloro y el lloro tras la risa? ¿Qué más terapéutico que la evasión ante el dolor para poder volver a afrontarlo? Eso es el Jazz. La imprevisibilidad de la vida expresada en música.

¡Ojalá el Jazz fuera eso! Hubo un día, no sé cuándo, en que todo lo que empezó a llegar a mis oídos era completamente previsible. ¡¡Y eran los grandes!! Los llamados a liderar la música más libre que nunca se hubiera escuchado sobre la faz de la tierra habían encontrado la fórmula para superar los obstáculos que la armonía pone en el camino sin asfaltar de la partitura. ¡Y todos los saltaban con la misma pierna, con la misma inclinación del tronco, caían igual al otro lado! Y daban vueltas a la pista como en una competición de 10000 obstáculos. Una y otra vez, y otra y otra, así hasta que uno y otro y otro fueron cayendo y saliendo de la pista, mientras los más fuertes continuaban con su carrera precisa, perfecta, circular, cada quinientos metros un poquito más rápido, otro poquito más, sin inmutar el rostro, sin mirar atrás, con la única ilusión de ser el primero al final de la carrera. ¡¡Enhorabuena!! Has ganado pero no lo he visto, hace tiempo que me fui.

Lo que hace especialmente insoportable al músico previsible autoproclamado jazzman es que con su previsibilidad fulmina una de las pocas cosas que hace de la escucha de Jazz algo único. Lo que en la música (pop)ular es la clave del éxito en esta música es la muerte, el aburrimiento, el tostón más absoluto, el desprecio de los sentidos. El Jazz es música para oyentes esforzados, orejas que ponen todos los sentidos a disposición del creador (¡Qué enorme responsabilidad!) porque necesitan ser zarandeados, recibir un croché directo al estómago seguido de un beso en la mejilla, de un grito ahogado en alcohol, de sexo desgarrador, de susurros entre el ruido del viento, de caricias en la espalda, de un golpe sobre la mesa... Son almas que necesitan encontrar mundos fuera de este, que quieren ser agarradas por la solapa, que buscan despertar esas sensaciones que la droga del día a día les ha arrebatado. ¡¡Quieren morir habiendo vivido!! O al menos que alguien les recuerde de vez en cuando que pudo haber sido de otra manera. Por eso me aburres tú, impostor con un saxo bajo el brazo, virtuoso escalador experto en piruetas, en fuegos de artificio que estallan donde la computadora les ordenó. ¡¡Rompe tu instrumento!! ¡¡¡Hazlo pedazos!!! Será tu gran gesto heroico, tu salvación.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba una Jam Session. Y anoche recordé por qué había dejado de acudir. Abrí la puerta de aquel garito y pude oler el polvo que se había acumulado sobre los músicos que una semana más, años después, seguían escribiendo los mismos solos sobre los mismos standards mientras los recién llegados copiaban hasta el último de los gemidos de Keith Jarrett con la aspiración de que aquella tía buena de la barra se fijara en lo bien que se contorsionaba mientras soplaba Stella by Starlight con los ojos cerrados para luego acercarse a ella y darse cuenta de que, en el fondo, no estaba tan buena, de que todo había sido producto de la misma imaginación por la que un día pensó que aquello que salía de su instrumento era algo parecido al Jazz.

© Carlos Pérez Cruz

*en el octavo aniversario de mi programa Club de Jazz que inició su vida tal que un 12 de Febrero de 2001 con la presencia, entre otros, de un MacOS hoy aragonés al otro lado del cristal del estudio.

miércoles, febrero 11, 2009

Fábula sobre la crisis de mamá Industria Musical y familia

Disco llegó a ser muy famoso. Un tipo que permitía escuchar música en unas condiciones que su otrora popular hermano mayor Casete no podía ni soñar. Tan famoso se hizo que cada verano era la estrella de la televisión con esos anuncios de recopilatorios de lo mejor del Caribe, Ibiza y demás geografía del ocio estival. Sin embargo Disco fue perdiendo glamour en poco tiempo. Cada vez eran más las voces que le acusaban de elitista, de sólo dejarse ver de la mano de los más acaudalados y de no permitir que los menos pudientes disfrutaran de su compañía con mayor frecuencia. La crítica más común era que cobraba demasiado por sus servicios. Algo de razón había en esas voces que encontraban abusivo que Disco al desnudarse resultara tan barato y, sin embargo, vestido se encareciera tanto. Disco pedía de habitual unos veinte o veintitantos euros por su trabajo mientras que quienes le criticaban sólo estaban dispuestos a ofrecerle diez. El nacimiento de Internet facilitó que los críticos se unieran y organizaran un movimiento revolucionario. Ya no necesitaban a Disco, sólo querían lo que él ofrecía y eso Internet permitía obtenerlo a través de su hijo P2P al que convencieron de que trabajara para ellos sin cobrar. ¡Queremos un precio justo! gritaban. Los discos son muy caros, cuestan más de lo que valen, sentenciaban.

La madre de Disco y Casete, Industria Musical, convenció a sus vástagos de que podían complacer las demandas del movimiento revolucionario y ofrecer también sus servicios a través de la familia Internet por menos dinero. No le resultó fácil a mamá Industria Musical pedirle este sacrificio a Disco – Casete hacía mucho que pasaba de todo – ya que sabía que era un monopolista orgulloso pero trató de tranquilizarle: a partir de ahora sólo te irás con aquellos que te aprecian de veras. Disco aceptó y dejó que Industria Musical ofreciera los servicios que antaño eran de su competencia a otros hijos de Internet como Programa iTunes. La relación entre Disco y estos era complicada, les consideraba vulgares imitadores suyos. Eran presumidos, se pavoneaban de ofrecer mucho más y a menos precio pero Disco se reía de su vulgaridad y desnudez. Darían más, desde luego, pero su fondo de armario no se podía comparar. Qué poca clase, pensaba.

Industria Musical anunció la victoria de la revolución y proclamó la era de la música a un precio justo.¡Aquí tenéis lo que pedíais! Sin embargo algo extraño sucedió. Aunque la revolución había logrado sus objetivos se quedaron mirando a Industria Musical con cara de no conocerla de nada. ¿Quién dices que eres? ¿Qué me vendes? Lo siento, no me interesa. Industria Musical se quedó pasmada, no entendía nada. ¿No era aquello lo que tanto habían esperado y por lo que tanto habían luchado?

Industria Musical reunió a su familia para poder encontrar explicación a aquella difícil situación. El ambiente era de enorme incredulidad, impotencia y depresión ¿Qué querían ahora los revolucionarios? Nadie encontraba una respuesta hasta que Industria Musical se acordó de P2P, el ácrata y descarado hijo de Internet, que se había unido a la revolución dejando que le utilizaran sin cobrar por ello. Industria Musical llamó a Internet para que le explicara por qué, ahora que los precios se habían ajustado a las exigencias revolucionarias, P2P seguía ofreciéndose gratis. Internet le explicó que no hacía carrera con P2P y que siempre que le recriminaba por su comportamiento P2P le respondía: El mundo es injusto y yo soy su Robin Hood digital.

Mamá Industria Musical relató al resto de la familia la conversación que había mantenido con Internet. Todos se quedaron mudos hasta que alguien se levantó y dijo: Es cierto que el mundo no es justo, o no al menos su justicia no es ideal, y siempre habrá quien ofrezca a quien no tiene lo que éste no puede tener en un mundo así. Sin embargo, familia, nos encontramos ante un verdadero enigma. Este Robin Hood da lo que tiene a los pobres ¡¡pero también a los ricos!! y estos no hacen ascos a recibir una limosna que no les corresponde. No lo puedo entender. Sinceramente no lo puedo entender. Se hizo de nuevo el silencio. Nadie se atrevió a decir en alto una conclusión que a todos aterraba.

© Carlos Pérez Cruz

domingo, febrero 08, 2009

Nieva en la tele


Televisión. Es para desconectar, afirman. Y sin embargo todo el invierno enchufado al crudo ídem. Nieve, viento, lluvia y frío; nieve, viento, lluvia y frío. Una letanía metereológica que todo lo invade. La hecatombe, la catástrofe, el techo que cae y el coche atrapado en la nieve. 24 horas de directo, un Gran Hermano pluvial, eólico, nivoso. Mira qué frío, ¡¡qué frío!! Enfoca ese termómetro, pobre reportero que por cuatro perras pillas un resfriado de autónomo en alguna de esas autonomías de la España Directo. Miro por la ventana y... ¡eureka! El termómetro de la esquina dice que hace frío, mis plantas se doblan por el viento pero... ¡un momento! ¡¡No nieva!! Mi mundo no sale en la tele, no existe, es virtual. ¡Demonios! me digo y rebusco en las tripas de mi televisor. Será que está constipado. Le duele la tripita (no es pantalla plana, tiene su buen culo) y desvaría. Y así un día y otro y otro y otro... y que nieva y aquí ni copito. Y llega el día. Y estoy tan aburrido de la nieve que cuando en mi mundo caen los copos enciendo la tele a ver qué pasa ahí fuera.

miércoles, febrero 04, 2009

La pava

Ahí tenemos a la pava, a punto de ser lanzada desde lo alto del campanario. Abajo, en la plaza, la gente del pueblo y personas venidas de fuera, esperan el momento para pelear por ser quien se haga con ella. Es una tradición centenaria y esta dice que quien se quede con la pava tendrá buena suerte. Es una superstición, un juego, la mayoría lo sabe, muchos fueron los que habiéndose quedado con la pava nunca tuvieron nada por lo que alegrarse. Pero toda superstición deja abierta la posibilidad y los del pueblo y personas venidas de fuera no quieren renunciar a ella. Imagínate que me la quedo yo y después nos toca la lotería, dice un hombre de unos cuarenta años nervioso por lo poco que falta para el ansiado vuelo. Ahí está la pava. Alguien la retiene hasta que el reloj del campanario de la iglesia del pueblo señale la hora exacta. Un detalle llama la atención. El encargado de hacerlo oculta el rostro. No es tradición, explican, sólo que desde hace años está prohibido el acto porque las autoridades la consideran maltrato animal. Así que la multa recae sobre el lanzador. En caso de no ser identificado es el ayuntamiento quien paga. Se solventa el inconveniente legal con una colecta vecinal. Ya ha llegado la hora. El lanzador no identificado lanza la pava al aire con tan mala suerte de que en vez de caer sobre la masa nerviosa de empujones y codazos se golpea contra el tejado del sagrado recinto y queda allí aturdida. Varios jóvenes de la localidad, conscientes de la situación, entran corriendo en la parroquia y ascienden veloces por la escalinata de la torre para ser los primeros en llegar arriba y quedarse la pava en propiedad. Una vez sobre el tejado, con evidente riesgo de caída al vacío, pelean entre ellos para quedarse con el preciado animal. Hasta que uno de ellos impone su fuerza en la lucha y se queda con la pava. Él es el afortunado, según la tradición, quien tendrá suerte en su vida a partir de ahora. Todo el acto lo ha presenciado en balcón presidencial el alcalde del pueblo. Por ley hubiera de haberlo impedido. Pero la ley no entiende de tradiciones y estas están por encima de la ley. A él le gusta y como entre todos sale a poco ya pagarán la multa.

jueves, enero 29, 2009

Sobre la enseñanza de la improvisación (Fred Frith)

A continuación se puede leer un extracto de la conversación que la revista Oro Molido publicó en su número 23, y que se puede leer íntegra en el pdf que nos ofrece la página PuroJazz de Roberto Barahona, con el músico Fred Frith. Interesantísima reflexión la que Frith nos ofrece sobre no sólo la enseñanza de la improvisación sino sobre cuestiones como la valoración de la música, los sistemas de enseñanza, etcétera. Para leer y reflexionar. He aquí un fragmento:

(...) Luego escribió su tesis de pedagogía de la improvisación y, básicamente, decía que ella encontró muchos problemas en la falta de enseñanza de la improvisación, que sentía que no se le había enseñado a cómo improvisar. Yo estaba fascinado con esto; hablé de ello mucho mientras ella estaba escribiendo el exámen. Y comprendí que como una instrumentista clásica, hay ciertas prácticas que aprendes y una de ellas es cómo engancharse a un diálogo crítico constructivo. Tocas una pieza delante de los compañeros, y tu profesor y la gente te dicen dónde creen ellos que te has equivocado y cómo puedes hacerlo mejor. Todos tienen una partitura, así que ellos tienen esta referencia donde todo el mundo puede ver cómo se “ supone” debe sonar, y entonces pueden señalar deficiencias particulares, de la lectura, interpretación, o de la técnica requerida al realizar un pasaje concreto. Tiene perfecto sentido y es una parte muy importante del aprendizaje de un instrumento a un alto nivel. Por lo tanto, los músicos se acostumbran a la idea que después de tocar en un marco pedagógico, habrá una reacción que les ayudará a entender lo que hacen, reacción basada en una idea más o menos universal de qué es “bueno” o “ aceptable” en un entorno determinado y qué es “ malo” o “ inaceptable”. Y en los dos años de estudio bastante intensivo de la improvisación en Mills, ella estaba esperando que alguien le dijera cómo hacer, decirle qué era bueno y malo, y al no darse ese tipo de reacción, su valoración fue que a ella no se le había “ enseñado” nada. Si ella no aprendió nada es otra cuestión, pero no tenía que haber llegado a ese punto, ¡bastante tuvo sintiéndose defraudada! De modo que si quieres saber cuál es el mayor problema con la enseñanza de la improvisación, ¡quizás se debería empezar justo por ahí! ¿Quién define las reglas? ¿Debería tenerlas? ¿Y qué sucede si las rompes? ¿Hay un sentido aceptado universalmente de qué es “bueno” y “ malo”? ¿Cómo enseñar algo que, al menos nominalmente, no acepta normas? Creo que la enseñanza totalmente eficaz es la que facilita el proceso de enseñanza de las personas por sí mismas. Si tu ego necesita que se te diga, “yo soy la fuente de toda sabiduría, y soy quien te va a decir qué es bueno y malo”, entonces, como mucho, la gente aprenderá cómo ajustarse realmente a tu gusto y, en el peor de los casos, se siente incompetente y poco valorada. ¿Es esa la enseñanza de la improvisación?

viernes, enero 23, 2009

Héroe

Un hombre conduce su coche. De pronto observa cómo un hombre está agrediendo a una mujer con un cuchillo. Alguien trata de detener el ataque pero sólo no puede. Baja corriendo de su coche, coge un objeto de su maletero y con él se defiende mientras retira a la víctima herida. La introduce en el coche en el que espera su mujer y conduce unos metros para alejarle de su agresor. La agredida es atendida posteriormente y queda fuera de peligro gracias a la acción de dos ciudadanos que han puesto en riesgo su integridad por ayudarla. Al día siguiente la prensa se hace eco de la acción y califican el acto de heroico, de héroe al ciudadano por su acción de socorro. Las autoridades proponen la concesión de una medalla al mérito policial (¿?). Transcurre otro día y la prensa vuelve a hablar. Titula La Vanguardia: "Un héroe con el peso del pasado". Descubren que el ciudadano, calificado como héroe, fue denunciado por su anterior pareja por "violencia en el seno familiar" hace dos años. Fue absuelto por el juez. Él se defiende ante los medios: "(...) el juez entendió que todo era mentira y me absolvió".

Ahora cada cual que extraiga sus propias conclusiones.

Los limoneros - Eran Riklis


A propósito de la enésima barbarie Israel vs Palestina no está de más echarle un vistazo a esta película proyectada recientemente en los cines (algunos). Dirigida por el israelí Eran Riklis se convierte en retrato certero de la prepotencia israelí a la vez que da buena muestra de las miserias morales del pueblo palestino.

La historia nos cuenta cómo el ministro de defensa de Israel se instala en una vivienda que limita con un campo de limones propiedad de una mujer árabe viuda (detalle este no menor que nos muestra cómo al dolor por la pérdida se suma la imposibilidad de continuar con libertad su vida privada). El ministro esgrime motivos de seguridad para defender la tala de los árboles de esta mujer que son su único sustento vital. Asistimos a los absurdos y atropellos que en nombre de la seguridad se cometen así como a la vigilancia que Salma (nombre de la mujer) sufre por parte de sus vecinos que velan por la memoria del difunto marido. Vamos, para que esta no vuelva a probar hombre alguno (en este caso el abogado que defiende su causa). Además recibe presiones para no aceptar dinero israelí que prevé una serie de indemnizaciones por la tala de los árboles aunque esto le suponga la ruina total. Ante todo la resistencia. Así esta película encuentra en la metáfora y la poesía la manera de mostrarnos algunas claves del conflicto.

Sin embargo como es costumbre la ficción no es que sea superada por la realidad, es que forma parte de ella. Así podemos leer como además de los muertos y heridos que ha dejado la masacre de las pasadas semanas en Gaza los soldados israelíes dedicaron parte de su metralla a matar animales y destrozar cosechas. Así como que muchos palestinos considerados colaboradores de Israel fueron asesinados por sus compatriotas. Y así la realidad sigue suministrando guiones al cine por obra y gracia de la estupidez humana.

jueves, enero 22, 2009

Exclusiva Obama

Según nota de nuestro especialista en gases políticos desplazado a Washington DC el presidente Barack Obama ha emitido su primer gas presidencial. Informadores próximos al despacho anal le han confirmado que el gas emanado de las posaderas del PRIMER PRESIDENTE NEGRO de la historia de los Estados Unidos de América es, en comparación con los de su predecesor en el cargo, cálido y un poco dulzón.

miércoles, enero 21, 2009

Luna de Lobos - Julio Llamazares


Cuando la noche lo envuelve todo, permanente e indefinidamente, empapando la tierra y el cielo, anegando el corazón y el tiempo y la memoria, sólo el instinto puede descubrir los caminos, atravesar las sombras y nombrarlas, descifrar los lenguajes del olor y del sonido.

Este es un breve fragmento de la novela Luna de Lobos publicada en 1985 por el leonés Julio Llamazares. Relato contado en primera persona por Ángel Suárez Reyero, soldado republicano que junto a varios compañeros sobrevive en las montañas asturleonesas tras la caída del frente asturiano en 1937 durante la Guerra Civil Española. Llamazares te atraviesa con una narrativa en la que abunda la descripción de la naturaleza, de las montañas y valles en los que resisten de manera clandestina; la naturaleza con toda su belleza y crueldad se confunde por momentos con el alma de unos seres humanos obligados a elegir entre la huida o la espera clandestina, entre la muerte o la muerte en vida. Desgarradora y bellísima, un documento tremendo sobre la soledad, la dignidad, las condiciones extremas de la vida y la brutalidad y absurdo del odio humano.

lunes, enero 19, 2009

Mina Agossi - "Simple Things?"


Según Mina Agossi, el saxofonista Archie Shepp, con quien ella colabora habitualmente, considera que Blues y Jazz comparten el mismo espíritu, son expresión libre e improvisación. Sin embargo la diferencia entre ambos es que el Blues es lamento mientras es el Jazz es revolución. Conclusión (esta es mía, no sé si también la de Archie): el Jazz vocal está lleno de impostores/as que dicen cantar Jazz. La industria discográfica (productoras, representantes...) trata de colar cada año a la enésima "gran diva" o "dama" del género (en masculino la cosa está llena de crooners) y, por supuesto, muchos festivales, auditorios, medios de comunicación... les ponen alfombra roja. Resultado: la revolución (Jazz) debería serlo en este caso de espectadores encabronados por la estafa y el lamento (Blues) de quienes todavía tenemos un poco de respeto por el sentido de la palabra Jazz (que no es, per se, el de una cantante pop acompañada de piano o guitarra, contrabajo y batería).

Por fortuna el monopolio que las discográficas (y medios de comunicación convencionales) tenían hasta hace cuatro días para decidir qué debíamos escuchar los oyentes (los que oyen y los que escuchan) ya no es tal aunque, como gigantes heridos (ergo no muertos), todavía luchen por mantener su estatus tradicional. Esos resquicios ganados en la batalla de la red son los que nos pueden demostrar, por ejemplo, que el Jazz vocal sigue existiendo aunque no lo parezca. Porque si nos atenemos a lo que se edita en las majors deberíamos haber certificado ya su muerte. Y no. Todavía hay esperanza y revolucionarios (para los tiempos que corren).

Mina Agossi es una cantante de Jazz. Lo es porque se expresa musicalmente con enorme libertad creativa y porque improvisa (¡¡¡una cantante de Jazz que improvisa!!! Guauuuu. ¡¡¡¡Dediquen a esto un titular de portada a cinco columnas!!!!). Improvisa sí, aunque quizá su principal virtud no es que sepa hacerlo sino la libertad con la que se plantea la música. Esto resultaría evidente para el cazador de versiones en las que ella realiza de Pink Floyd (Money), Jimi Hendrix (1983) o del Aquellos Ojos Verdes de Nilo Menéndez y Adolfo Utrera. Porque una cosa es lo que entendemos por lo general del concepto "hacer versión" y otra lo que Mina Agossi hace. Mina somete lo ajeno a un tratamiento estético completo y sustituye la piel del original por la suya propia. Su voz tiene tal sentido de la teatralidad que uno es capaz de imaginársela sobre el escenario con una mezcla de coquetería y autoridad irresistibles. Lo suyo no es Jazz por definición estética, sino por espíritu. Hace libre a la música, deja que fluya y se retuerza, la exprime con una capacidad dramática que evidencia su pasado como estudiante de teatro. O simplemente evidencia su completa falta de prejuicios y complejos que hacen de su forma de cantar algo lleno de vida, en continua transformación, lejos de los estereotipos museísticos que, como mucho, pueden aspirar a ser moda pasajera, jarrones decorativos en el museo de historia del Jazz.

Mina Agossi entiende a la perfección que conocer la tradición de esta música no significa recrearla hasta la extenuación; los clásicos lo son porque supieron encontrar su propia expresión musical y esta estuvo determinada por las circunstancias de su vida. Y su vida es otra luego su música también. De lo contrario la revolución se convierte en cliché. Y ella tiene descaro suficiente para haber hecho también versiones de estándares como Caravan o Well you needn´t inimaginables para la ortodoxia* del Jazz pero plenamente coherentes con una forma de hacer que tuvo la suerte de empezar tarde, a los veinte años. Los suficientes para que los celosos guardianes de la ortopédica recreación del Jazz no hayan tenido tiempo de coserle el cerebro a dogmas.

*ortodoxia del Jazz: Atención, pregunta: ¿no debería ser la ortodoxia del Jazz la más purita de las heterodoxias?

© Carlos Pérez Cruz

Comentario publicado originalmente aquí.


viernes, enero 09, 2009

Historia del Jazz (una historia de degeneración)

Hace unos años recibí un correo electrónico de una estudiante universitaria que me planteaba lo siguiente:

(...) estoy haciendo un trabajo universitario sobre la evolución del jazz desde los 90, y el problema es que no tengo ni idea de donde encontrar historia sobre esto, toda la documentación que tengo se queda en los años 80 y después nadie profundiza o qué? (...) es para un asignatura de Música de la carrera de Historia del arte estoy en tercero.


Bien, como le respondí obviamente es muy difícil encontrar literatura sobre una etapa tan reciente. Que se necesita una perspectiva histórica que el tiempo todavía no había ofrecido, ¿o qué?. No se lo dije pero para alguien que estudia "Historia del Arte" esto debería ser algo obvio, ¿o qué?. A pesar de todo me ofrecí a prestarle ayuda. Su respuesta fue la siguiente:

Gracias por contestar, la verdad es que no sé de donde sacar información, por lo que he podido encontrar de momento, la evolución ha degenerado en el rap, bebop, revival soul y funk... o eso dicen...

¡Ay, el lenguaje y las malas pasadas! ¿O quizás no? ¿"La evolución ha degenerado"? Puedo entender que el Rap tenga una consideración artística menor que el Jazz (discutible, no obstante) al igual que el "revival soul" (¡demonios! ¿qué coño es eso?). Pero que la evolución del Jazz desde los noventa haya "degenerado" en el "bebop"... en fin, eso si que es una degeneración de órdago... ¡pero histórico! La historia ha involucionado unas cuantas décadas. A no ser que el Jazz evolucione desde los noventa del pasado siglo hacia un "revival bebop" en la próxima década de los cuarenta del siglo en curso (lógica celebración entonces del centenario de esta estética del Jazz). Pobre Charlie Parker. No sabía que su existencia estaba todavía por llegar un siglo después. Y añade la peticionaria:

No sé ni como plantear el trabajo la verdad, muchas gracias por tu interés si se te ocurre algo, o encuentras algo en internet, enviame la dirección, el trabajo lo entrego el Lunes.

Lo entrego el lunes, dijo. El correo se recibió un viernes. Es decir, toda una futura experta en Historia del Arte pretendía hacer un estudio "histórico" en un par de días. Sin problemas, dado el conocimiento de la Historia del Jazz que había demostrado. "Si encuentras algo en internet". Sin duda la herramienta más efectiva y precisa que se pueda encontrar para documentarse hoy en materia de historia.

Como regalo para quien haya llegado hasta aquí leyendo este profuso texto un vídeo (encontrado naturalmente en internet) de una mujer que sonará la semana que viene en el "Club de Jazz" de servidor. La señora Mina Agossi haciendo versión del
Voodoo Child de Jimi Hendrix:

martes, enero 06, 2009

Telepredicción

Hace unos días alguien mostraba su asombro porque no dedicara mi tiempo a ver la televisión. Ver, la veo. Ahora mismo está frente a mí, pero bien apagada (desconectada incluso de la red eléctrica para evitar el gasto del pilotito en rojo). Para ser sincero también la enciendo (de vez en cuando) pero su uso se limita a contadas ocasiones en que veo un DVD de una serie (se acabaron Los Soprano, y bien que lo siento) o película (la última La Eternidad y un Día de Theo Angelopoulos) o bien un partido de baloncesto. Rara vez para algo más.

La persona que se asombraba por mi anorexia televisiva se sorprendía de que no conociera las secciones del concurso Pasapalabra. Sé de su existencia (difícil es no ser consciente de qué eructa la tele) pero de ahí a que me interese verlo va un trecho enorme. El trecho de la libertad personal para caminar por la vida lo más próximo a lo que a uno le plazca y no por la senda de lo supuesto como normal e incluso razonable. Al fin y al cabo la televisión (como aparato y como medio) no es sino una más de las posibilidades que el ser humano se ofrece a sí mismo. Lo anormal es que parezca ser LA posibilidad. Me interesan demasiadas cosas como para verme en la necesidad de ocupar (que no actuar sobre) mi tiempo libre (¿ergo el otro es esclavo?) con un programa de televisión si este no me atrae.

Hoy, durante apenas unos segundos (quizá un minuto o dos, a lo sumo), he encendido el aparato. En el primer canal de nuestra televisión pública (nuestra y pública, ¡alerta roja!) emitían España Directo. En el tiempo que he ocupado a contemplar la pantalla la gran noticia que se relataba (con su correspondiente titular impreso en pantalla) no era tal. Si entendemos como noticia un suceso acaecido o que acaece. La noticia que ocupaba minutos de programación era que el próximo viernes podía nevar en Sevilla. Que hace cincuentaynosecuantos años que no sucede y que el santo (perdón, así llamo yo al INM) predecía que así podía suceder con una probabilidad estimada de un 50% (¡¡fantástico, sólo horas después el santo ya anuncia que va a ser que no!! Probabilidad ahora de intervalos nubosos). A esa predicción tan fascinante le han seguido las declaraciones de ciudadanos sobresaltados con tamaña información. Ozú mi alma, no me digas.

Recuerdo cómo en un programa de El Follonero en La Sexta (otra de esas veces que encendí el aparatito) parodiaban los métodos de otro programa, de Tele5 en este caso, que viene a llamarse Está Pasando para crear noticias (digo crear, no relatar). El reportero (del falso Está Pasando) interrogaba a algunos ciudadanos: ¿Qué está pasando? Nada, era la respuesta mayoritaria de los viandantes que reaccionaban mirando a su alrededor por si acaso pasaba algo. Que no pasara nada era la gran noticia del falso Está Pasando. Pues eso, que hoy en La 1 no pasaba nada. Y de ahí la noticia.

Iñaki Sandoval - "Usaquén"


Una frase del poeta griego Píndaro (cuyo nacimiento se fecha en torno al 518 antes de Cristo) preside el austero libreto de este Usaquén de Iñaki Sandoval: Aquello que es bello lo es por necesidad. Dice Iñaki que con esa frase se evita explicar en texto la música; la música habla por sí misma, si hubiera de hacerlo con palabras es que quizá algo falla, piensa. Sea por la razón que fuere Iñaki nos ha evitado el suplicio de leer el tradicional texto elogioso de la pluma por encargo (que además en muchos casos deviene en un ejercicio lírico del autor) o la también usual semblanza formativa y profesional que tiene tendencia al relleno (como un día me crucé con X por la calle X forma parte de mi biografía).

Que Iñaki Sandoval haya ahorrado palabras no es óbice para que con una frase ajena nos esté dando ya unas cuantas pistas del contenido musical de Usaquén. La frase del poeta griego incide en un concepto fundamental en el sentido creativo de Sandoval, la belleza. La búsqueda de la belleza es el objetivo último que persigue todo creador, confiesa el pianista en una conversación con servidor. Pero semejante afirmación me genera dudas: ¿qué entendemos por belleza? Es probable que para muchos la belleza esté ligada a aquello que calificamos hermoso, agradable a los sentidos. Y, sin embargo, en muchas ocasiones la belleza que infunde en nosotros deleite espiritual (léase definición de "Belleza" de la RAE) y que nos hace amar el Arte poco o nada tiene que ver con una concepción de la belleza estética comúnmente aceptada. Grandes obras de la historia del Arte (y de la Música) están lejos de ser aceptadas por la mayoría como bellas o hermosas y sin embargo producen en muchos ese deleite espiritual y despiertan amor (adicción incluso). La belleza no es siempre cómoda a los oídos o agradable a la vista.

Dicho lo cual, y para no caer en el defecto del plumilla por encargo, la belleza en este Usaquén puede ser asumida por quienes la conciben amable y también por quienes son alérgicos al azúcar. No hay azúcar pero sí intimismo y lírica musical en este segundo proyecto discográfico del pianista navarro tras su debut con Sausolito (2005 - Ayva Music) de la mano de una de las rítmicas de Tete Montoliu, la de Horacio Fumero (contrabajo) y Peer Wyboris (batería). Fallecido el alemán (a quien está dedicado el disco) Sandoval renueva el trío con la incorporación de David Xirgu. Así son tres generaciones, tres décadas, las que se reúnen en torno a las composiciones de Sandoval (a excepción de un par de temas de Fumero y uno con firma de los tres). Y el resultado es un buen trabajo de composición, de compenetración y de calidad (y calidez) musical que muestra un rigor y una seriedad dignas de atención. Cada detalle está mimado y, sin embargo, no cerrado. La música fluye con una naturalidad despreocupada, como si fuera de paseo con las manos a la espalda y la mirada distraída en el paisaje. Simplemente (¿?) deja surgir el bagaje de los tres que, de veras, parecen uno. Y asoma la formación clásica de Sandoval que construye un idioma musical que suena propio, en el que los lenguajes no delimitan territorios fronterizos sino que forman con naturalidad parte del mismo.

Tiene Iñaki Sandoval sensibilidad y talento. Da la sensación de que sabe moverse con cautela, que conoce el riesgo de tomar decisiones de manera compulsiva y que permite que las ideas se tomen su tiempo y acepten sus circunstancias. Y eso no abunda en esta época en la que los invernaderos permiten obtener género pero a costa de corromper su ritmo natural. Y la verdadera música (como el verdadero Arte) necesita tiempo y espacio. La de Iñaki Sandoval suena de verdad. Ahora en trío pero, ¿algún día a solo? Espero que sí porque cuando lo apunta promete. Pero si Píndaro tiene razón eso sólo sucederá si llega por necesidad. Sin ella el Arte es de cartón piedra.

© Carlos Pérez Cruz

Comentario publicado originalmente aquí.


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