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sábado, diciembre 10, 2011

El vuelo libre de la palabra Jazz (Reflexiones a partir de Nicholas Payton)


El Jazz ha muerto. Nicholas Payton fecha esa luctuosa noticia en 1959. Otros lo hicieron en 1967, el día en que John Coltrane falleció. Y otros, el día en que Miles metió los dedos en el enchufe. Este muerto está muy vivo y sigue dando que hablar después de muerto. De quien hacía mucho que no sabía nada era del propio Nicholas Payton. Eso no quiere decir nada en su contra – seguramente más bien en la mía – pero hace años que no sé nada de su música ni lo he escuchado en concierto (¿en 2002?). El caso es que hace unos días me di de bruces con una especie de texto-manifiesto del trompetista en su blog bajo el título de Sobre por qué el Jazz ya no es algo cool… (On why Jazz isn´t cool anymore…), publicado el día 27 de noviembre y que empezaba con esa contundente aseveración de que El Jazz murió en 1959. Palabras que han tenido su continuación (hasta la fecha) en otros cuatro textos escritos por Payton a partir de las furiosas reacciones del personal. Es uno de los riesgos de la continua interacción que promueve la red de internet. Si uno entra al trapo de todo lo que mueven sus palabras, corre el riesgo de perder la contundencia de los argumentos, como el gas de una botella abierta hace días. Es difícil abstraerse de lo que en la mayor parte de los casos no dejan de ser más que exabruptos y eructos virtuales con los que se conforma una parte no menor de internet. Y Payton no ha podido contenerse. O no ha querido.

En una sociedad que informativamente vive de los titulares breves (primero fueron los diarios gratuitos, ahora la twitterización de la información), un texto como el publicado por Payton tenía todos los condimentos para lograr cierta atención en la disputa global por la (efímera) relevancia informativa (siendo consciente de la irrelevancia más absoluta de la información jazzística; lo escrito por Payton fue una hormiguita a lomos del elefante). Hoy es difícil que un largo texto de reflexión alcance notoriedad (ansiosos como estamos por abarcarlo todo de un vistazo) y todas y cada una de las frases de Payton en su primer artículo pueden ser twitteadas sin problema. Sueltas pueden funcionar con cierta autonomía y así generar “revuelo” con sentencias necrológicas, como la citada El Jazz murió en 1959; sociológicas, como El Jazz se separó de la música popular americana; de lectura interpretativa, como El Jazz murió en 1959, eso es por lo que Ornette trató de liberar el Jazz en 1960 (en el original “Free Jazz”, título del disco de Ornette Coleman); historicistas, como Mis antepasados no tocaban Jazz, tocaban música de Nueva Orleans tradicional, moderna y de vanguardia; de denuncia comercial, al decir que El Jazz es una treta del marketing que sirve a una pequeña élite a partir de lo cual concluye que La música es más un medio que una marca, etcétera. Entre las más de cien frases cortas de Payton algunas sugieren que ‘Jazz’ es un concepto fruto de la mentalidad colonialista padecida por la población negra obligada durante siglos a agradecer las migajas. Una idea racial de sometimiento que desarrollará cada vez con mayor beligerancia en los textos posteriores.

Payton se ha expuesto. Payton ha puesto su trasero en la diana y de la red han surgido los suficientes dardos como para agujerearlo (más de lo que ya está por naturaleza). Y Payton ha reaccionado airado y soberbio. Tal ha sido el grado de soberbia que incluso él mismo ha evaluado su egolatría. Una valoración del ego, como se pueden imaginar, en positivo. El ego nos mantiene vivos, dice. El ego es la razón de levantarse cada mañana de la cama. El ego hace que no toleres que te pisoteen. Es cierto, una razonable dosis de ego no es per se algo negativo; al equilibrio personal bien le viene una autoestima con defensas. El problema es que el ego de Payton se desparrama con el desarrollo de la discusión hasta adquirir un matiz mesiánico con el que corre el riesgo de sepultar los razonamientos “aprovechables” que se extraen de toda la maraña de frases. Payton emite sentencias (no tanto opiniones) en las que incluso se arroga la exclusiva representación de todo el espectro de la música negra americana a través de su propia música (¡Nadie más que yo!, se hincha Payton, que dice representar desde la tradición de Nueva Orleans hasta la de Chicago, los lenguajes de Count Basie, Charlie Parker, Thelonious Monk, Ahmad Jamal, el estilo de Miles Davis, James Brown, Marvin Gaye, Stevie Wonder, Earth Wind and Fire, George Clinton, Wayne Shorter, Herbie Hancock, James Williams, Bobby Watson, Donald Brown, Duck, Dilla…) o defiende estar intentando salvar esta música y llevarla de vuelta a sus raíces. ¿Habrá perdido el norte, Payton? Una cosa es una opinión con saludable dosis de agitación y otra una boutade desmedida y paranoica. Me viene incluso a la cabeza aquella chulesca frase del futbolista Cristiano Ronaldo sobre que se le tenía envidia porque era bueno, guapo y con dinero. Vamos que, aunque comparto la tercera aseveración, la credibilidad se le va por la fuerza de la chulería. Un poco de humildad (aunque uno mismo se crea el rey del mambo) no viene mal.

Son muchos los frentes que abre Payton y que se podrían intentar analizar, replicar o acompañar en el sentimiento, pero ciñámonos a algunos de los más relevantes. Por ejemplo, la cuestión de las etiquetas. ¿Es un problema llamar ‘Jazz’ a determinado tipo de músicas? ¿Limita al músico el ejercicio de su creación? ¿Es ‘Jazz’ un término de naturaleza colonial equivalente al insulto de negrata para un negro?

Quizá la primera pregunta que habría que hacerse es cuándo demonios aparece la palabra ‘Jazz’, y creo que es una cuestión que dista de estar resuelta. Estaremos de acuerdo en que la palabra ‘Jazz’ no deja de ser una convención que, como mucho, guía, da pistas, sobre aquello que vamos a escuchar. Que las etiquetas tienen vocación mercantil no escapa a nuestra inteligencia, pero que la palabra existe antes de que existiera un mercado manejando las mercancías culturales, también parece evidente. ¿Está el músico al servicio de la etiqueta? Me temo que sólo de forma individual se puede responder a esta pregunta.

¿Para qué crea música el músico? A priori, deberíamos encontrar tantas respuestas como músicos (aunque la mayoría no pase de aquello de que “los partidos duran noventa minutos”), pero será la personalidad del artista la que dirima fundamentalmente qué mueve su obra. Habrá quien se quiera (o pueda) mover dentro de unos parámetros de lo que le han dicho que es determinada música y trate de manejarse con ellos. Ahí encontramos un amplio espectro de la comunidad musical que se limita a repetir una y otra vez lo aprendido con apenas matices diferenciales. Es una mayoría, pero que tiene su explicación más allá del peso de la ‘marca’. No todo el mundo es genial e hipercreativo. Y no, no es una cuestión de autolimitación (Payton no cree en las limitaciones), es simplemente que la habilidad a veces no da para mucho más que para manejar las herramientas con cierta soltura. La facultad para la genialidad está al alcance de relativamente pocos, e incluso quienes la tienen ofrecen medianías a lo largo de su carrera.

El vuelo más o menos libre de la música suele estar en consonancia con la construcción personal e intelectual del individuo. Pocas palabras tan indefinidas como ‘Jazz’. De esa etiqueta se derivan tantas formulaciones estéticas que corresponde al individuo encontrar acomodo entre tantos mensajes con vocación de juicio final. O incluso, puede tratar de hacer volar por los aires cualquier intento de santificación del término.

¡Claro que es absurdo llamar ‘Jazz’ a una música que, bajo un mismo paraguas, se parece tan poco entre sí las más de las veces! Pero el músico libre, independiente, tiene en su mano hacer lo que le dé la gana… que ya se encargará luego la maquinaria mediática y social de ponerle un nombre, esté o no el creador de acuerdo con él. Si hay músicos que no se atreven a romper según qué patrones que entienden sagrados es tan problema suyo como una libre elección. No creo que a nadie en último término le amenacen con un látigo jazzístico para decirle lo que tiene que tocar y cómo. Otra cosa es que en la vida uno se encuentre con personajillos que desde sus pedestales procuran conducir el rebaño. Pero, insisto, en último término está en manos del músico seguir su propio camino o amoldarse, información no le falta hoy por hoy. Que en determinadas circunstancias esto resulte más o menos fácil es otro cantar. Puede suceder (sucede, de hecho) que, para tocar en determinado acontecimiento, el director de turno te obligue a un repertorio y maneras concretas, pero también sucede que el artista sometido a ese dictado dispone de brazos conque ejercitar el noble ejercicio del corte de mangas.

La cuestión racial, colonial, opresora… de la etiqueta ‘Jazz’ va adquiriendo mayor relevancia en los diferentes textos de Nicholas Payton. Que mediante el ejercicio (también limitador) de denominar su música como Música Negra Americana (BAM!) esté tratando de llamar la atención sobre la usurpación de la negritud fundacional de esta música, no deja de resultar un discurso anacrónico. No porque la lucha por la igualdad social de negros, blancos, amarillos, azules y verdes no siga teniendo vigencia, sino porque no creo que nadie en su sano juicio esté negando el origen negro de esta música. El relato de los campos de algodón es de sobras conocido por quienes ignoran el Jazz, su historia y desarrollo, e incluso he comprobado cómo músicos ajenos por completo a la dinámica del Jazz imaginan su cara pintada de negro cuando, por cuestiones laborales, tienen que afrontar un repertorio (pseudo)jazzístico (lo cual no deja de ser eco de aquellos vergonzantes minstrels del siglo XIX).

Que la práctica jazzística inicial de los músicos blancos pudiera ser la de quienes se acercan con otras señas de identidad cultural a otra cultura, puede ser más o menos discutible, pero hace ya mucho tiempo que es un lenguaje musical que ha ido creciendo y ramificándose por la acción de músicos de todos los colores. Que se deba llamar o no ‘Jazz’ a eso no deja de ser una discusión colateral a la propia música, pero no está claro que la ultra(ramificación) de etiquetas (los tags son casi tan perniciosos como los hashtags) haya ayudado a discernir de qué hablamos cuando hablamos de música. Y sin embargo difícilmente prescindiremos de ellas, como difícilmente dejará de escribirse sobre música aunque las palabras no sirvan para escucharla.

Por otro lado, al denominar Payton su música como Música Negra Americana (algún día los americanos no estadounidenses deberían luchar por recuperar la palabra, ¡eso sí que es racismo!) contribuye a la diferencia más que a la igualdad social. Que su música pretenda erigirse en representación de ese (supuesto) espectro cultural no es sino devolver la música al rincón del gueto (‘Nuestra’ música VS la otra). La separación racial crea los mismos estigmas que las etiquetas que denuncia Payton. ¿No debe el músico ser libre? ¿No debe ser ilimitado en sus ambiciones? Ser un músico de Música Negra Americana es tanto como decir que su música va a estar definida por lo que socialmente se entienda como tal. Al fin y al cabo, todas las clasificaciones generan expectativas y no dejan de ser convenciones sociales. Y tan libre es Payton de elegir abarcar todo el espectro de lo que él considera Música Negra Americana, como lo es otro músico de orientarse por los parámetros de lo que entienda que es el Jazz a partir de su propio bagaje. En fin, todo un galimatías intelectual.

En definitiva, las etiquetas en ocasiones orientan, en otras desorientan, y las más de las veces no significan nada. La dimensión de su significado depende de cada uno, de su bagaje, de su amplitud de miras y de su intencionalidad. Así nos encontramos festivales de ‘Jazz’ que firmarían alborozados la sentencia de muerte del Jazz en 1959, y otros que creen que tiene un presente, una historia e, incluso, un futuro. Lo mismo ocurre con algunos programas de radio o revistas musicales y con cada uno de los músicos y aficionados de este universo ‘Jazz’ en el que algunos se sienten acogidos, otros turistas y otros, como Payton, no quieren estar. Pero clamar por el robo de la identidad racial que supone la palabra ‘Jazz’ para la música negra es tanto como poner el grito en el cielo porque no se cite de forma expresa el fundamento irlandés del Country o se llame Americana Music a una cierta idea de la música estadounidense (repito, ¡rebélense los americanos no estadounidenses!).

Romper los grilletes lingüísticos mediante nuevas denominaciones es entrar en el juego, es perpetuar el sistema de convenciones en el que nos movemos. ¿Reduccionista? Sin duda. ¿Imperfecto? A más no poder. Pero al igual que la Estrella Polar es un medio de orientación y no el destino, ‘Jazz’ no deja de ser una luz que guía los pasos de algunos profesionales y aficionados. Y es de sobras conocido que todos los caminos conducen a Nueva Orleans.

© Carlos Pérez Cruz

Los textos de Nicholas Payton que inspiran este texto se publicaron en su blog entre el día 27 de noviembre y el 7 de diciembre de 2011. Algunos de esos textos los traduje y publiqué en mi blog.

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

2 comentarios:

ROBERTO ECHETO dijo...

Carlos, para mí lo más perturbador de las palabras de Payton se encuentra en el asunto racial.

Creo que más allá de la discusión sobre el término jazz o no jazz lo más preocupante es ese reclamo de que «nos quitaron algo».

«Nos quitaron algo y debemos luchar para que no los devuelvan» es el leit motiv de unos cuantos pícaros contemporáneos que azuzan a los incautos para que ellos (los azuzadores) tengan acceso relativamente fácil a un sinfín de beneficios que les costaría alcanzar de otra manera menos truculenta.

Por lo que ocurre a cada hora en mi país, sé que, aunque nos parezcan absurdos, esos mensajes cargan consigo el fuego y las piedras capaces de quebrar en pedazos la civilidad. Como los resentidos hoy en día son legión, supongo que más de un Nicholas Payton habrá por ahí, haciendo crecer las semillas de algo cuya fealdad conoceremos en algún momento del incierto futuro.

Las preguntas que me hago a partir de la lectura de estos textos, son sobre las razones del resentimiento de su autor, un trompetista conocido con una carrera estable y con una audiencia relativamente grande. Francamente no lo entiendo. Sabrá Dios qué ambiciones le cruzan el alma. Supongo que la dinámica actual del mundo (con su sensibilidad zapping y su deseo de inmediatez) le resta fuelle y poder a unos cuantos que se asumen a sí mismos como sumos pontífices de algo, en este caso, del jazz y vaya Ud. a saber si de la cultura afroamericana.

Quién sabe qué becas, qué beneficios, qué podercitos estarían perdiendo quienes, como Nicholas Payton, se dedican a pronunciar plegarias destempladas como éstas que hemos tenido la oportunidad de leer y de comentar en estos días.

Termino este mensaje con una anécdota fatua. Vi a Nicholas Payton con su quinteto (Payton, Tim Warfield, Anthony Wonsey, Reuben Rogers y Adonis Rose) aquí en Caracas, en 1998. Fue un concierto sin duende. A pesar de que el auditorio de la Universidad Simón Bolívar estaba lleno (del público venezolano se puede decir cualquier cosa, excepto que es frío), Payton no hizo nada extraordinario; se limitó a tocar su repertorio «en homenaje» a Louis Armstrong durante una hora, tocó bonito, improvisó sin demasiado brillo ni demasiada novedad ni demasiado riesgo; dio las gracias y se fue con su Gumbo Nouveau a otra parte.

Esa noche quedé con sed de música y hambre de duende.

A Nicholas Payton sí puedo decirle que me quitó algo (mi dinero por ese concierto) y que no espero que me lo devuelva o me dé una satisfacción.

Para muestra, la diatriba que nos ha tenido cabezones en esta última semana.

Carlos Pérez Cruz dijo...

Hola Roberto,

sí, estoy de acuerdo en que lo más importante de esta serie de textos está en la cuestión racial y en esa apropiación de una cierta "pureza" y "verdad", peligrosa por excluyente.

Ante eso palidecen las cuestiones nominales pero me concentro en ellas por motivos profesionales. No obstante no dejan de resultar inquietantes el fomento de las diferencias entre humanos. No creo que a estas alturas necesitemos más motivos para la distancia.

Estoy igualmente de acuerdo en que las palabras y los mensajes conllevan, en muchas ocasiones y a pesar de su apariencia inofensiva, una carga explosiva muy pocas veces medida (o medida con extrema precisión, si lo miramos desde otro ángulo). Se van inoculando en la sangre intelectual de una manera feroz y las consecuencias no suelen ser benignas.

Yo vi a ese mismo grupo tres años después aquí. Reconozco que no tengo el más mínimo recuerdo de aquella actuación.

Un abrazo,

Carlos

PD: ¡He empezado el libro!

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