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lunes, diciembre 31, 2007
viernes, diciembre 28, 2007
Postal Navideña: Día de los Inocentes
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miércoles, diciembre 26, 2007
El Cielo de Roma
Al llegar a la Piazza di Spagna alzó la vista y se encontró con una bandera de España que ondeaba aparatosamente frente a una imagen de la Inmaculada Concepción. Se detuvo por un instante hipnotizado ante el ir y venir de la tela rojigualda que parecía luchar por alcanzar la sagrada imagen. El viento soplaba con fuerza pero la tela era demasiado corta y el esfuerzo inútil. Fascinado ante aquel juego en las alturas, comenzó a caminar con la vista puesta en el mundo sobre su cabeza. Llevaba en Roma dos intensos días de turismo pero rara vez había considerado la idea de alzar su mirada, y aquella visión le había turbado de tal manera que le animó a caminar contemplando la ciudad de otra manera. Al hacerlo comprobaba cómo cada paso era más difícil que el anterior. Le resultaba más complicado mantener el equilibrio y, sin embargo, una extraña sensación, un placer de naturaleza indescriptible se apoderaba de él a cada instante. La vida alrededor parecía difuminarse, el griterío de la masa se fue convirtiendo en un eco cada vez más lejano e indescifrable, ajeno a sus pensamientos, ajeno a su consideración. Apenas percibía el impacto con los cuerpos terrestres. Recibía insultos, severas reprimendas y alguna que otra burla. Pero sus oídos eran incapaces de descodificar aquel idioma. El sonido se apagaba mientras ante sus ojos fueron dibujándose más y más estrellas hasta llenar la imagen de pequeños fulgores, casi inapreciables, que, estaba seguro, nadie más contemplaba en ese momento. Sus pies se elevaron ligeramente del suelo, apenas unos centímetros, como si quisieran caminar hacia un mundo nuevo por encima de su pasado allá abajo. Un mundo más allá del ruido y la desconsideración, más allá de las masas y los colapsos, una vida nueva que sólo los que como él caminaran, con la vista alzada, podrían alcanzar. Apenas unos centímetros por encima y allá abajo estaba muy lejos.
Una mano de algo, de un ser de allá abajo, le hizo descender. En un primer momento fue incapaz de oír lo que ese extraño, visiblemente nervioso, trataba de decirle. Poco a poco el silencio que habitaba en sus oídos fue dejando paso a la voz de un hombre que le agarraba con fuerza del brazo, tirando de él hacia adelante. Sin embargo su cuerpo se negaba a avanzar. A su izquierda aquel hombre, a su derecha, a apenas unos centímetros, el frontal de un autobús urbano cuyo conductor gesticulaba agresivamente con los ojos desorbitados. La insistencia de la mano agarrada a su brazo izquierdo le puso definitivamente en marcha. Caminó lentamente, con el rostro sereno e impasible, hasta alcanzar la acera. Sólo entonces aquella persona a la que seguía sin entender le soltó y continuó su camino mientras hacía aspavientos con los brazos y se giraba para contemplarle. Algo se derrumbó entonces en su interior y un angustioso ardor de estómago se fue apoderando de su cuerpo. Los ojos se le humedecieron hasta casi dejarle ciego. Había estado a punto de morir, a punto de ser un cuerpo inerte rodeado por su propia sangre, a punto de ser cadáver, estadística de accidente, nota de prensa. Al regresar al hotel trató de dormir pronto pero la excitación se lo impidió. Abrió el mini bar y sacó una botella de whisky que poco a poco vació en su interior. Al dejar de beber, tumbado sobre la cama, comenzó a sentir cómo su cuerpo se elevaba apenas unos centímetros hacia el techo y cómo éste se iba llenando de pequeñas estrellas, de pequeños fulgores casi inapreciables que, estaba seguro, nadie más contemplaba en ese momento.
© Carlos Pérez Cruz
Una mano de algo, de un ser de allá abajo, le hizo descender. En un primer momento fue incapaz de oír lo que ese extraño, visiblemente nervioso, trataba de decirle. Poco a poco el silencio que habitaba en sus oídos fue dejando paso a la voz de un hombre que le agarraba con fuerza del brazo, tirando de él hacia adelante. Sin embargo su cuerpo se negaba a avanzar. A su izquierda aquel hombre, a su derecha, a apenas unos centímetros, el frontal de un autobús urbano cuyo conductor gesticulaba agresivamente con los ojos desorbitados. La insistencia de la mano agarrada a su brazo izquierdo le puso definitivamente en marcha. Caminó lentamente, con el rostro sereno e impasible, hasta alcanzar la acera. Sólo entonces aquella persona a la que seguía sin entender le soltó y continuó su camino mientras hacía aspavientos con los brazos y se giraba para contemplarle. Algo se derrumbó entonces en su interior y un angustioso ardor de estómago se fue apoderando de su cuerpo. Los ojos se le humedecieron hasta casi dejarle ciego. Había estado a punto de morir, a punto de ser un cuerpo inerte rodeado por su propia sangre, a punto de ser cadáver, estadística de accidente, nota de prensa. Al regresar al hotel trató de dormir pronto pero la excitación se lo impidió. Abrió el mini bar y sacó una botella de whisky que poco a poco vació en su interior. Al dejar de beber, tumbado sobre la cama, comenzó a sentir cómo su cuerpo se elevaba apenas unos centímetros hacia el techo y cómo éste se iba llenando de pequeñas estrellas, de pequeños fulgores casi inapreciables que, estaba seguro, nadie más contemplaba en ese momento.
© Carlos Pérez Cruz
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martes, diciembre 25, 2007
lunes, diciembre 24, 2007
Espíritu Navideño
La mañana está transcurriendo con un animoso espíritu navideño. Recluido en mi dulce hogar se escucha el claxon de los conductores que se saludan unos al paso de los otros.
viernes, diciembre 21, 2007
Confirmado
Desde la mesa de trabajo de mi casa se escucha el claxon de algún coche. Ha llegado la Navidad.
jueves, diciembre 20, 2007
Postales romanas (y vaticanas) V
miércoles, diciembre 19, 2007
Postales romanas (y vaticanas) IV
viernes, diciembre 14, 2007
Postales romanas (y vaticanas) III
El curioso, como el paciente astrónomo que pasa noches en vela, espera a que el Coliseo se ilumine para contemplar durante unas horas cómo togas y túnicas vuelven a la vida entre columnas mientras el Coliseo, cómplice monumental, atrae a las miradas digitales para permitir al pasado ser presente en las largas noches del invierno romano.
Los días perdidos
Una sociedad como la nuestra, que mide las horas que una persona pasa en su vida en el baño, aparcando, durmiendo o las veces que se ríe al día, todavía no proporciona una estadística tan desoladora como la de los días perdidos en una vida. Y no me refiero a los días perdidos por falta de productividad laboral o enfermo en una cama. Me refiero a los días en que uno se para a pensar y de pensar se queda paralizado, asombrado del absurdo de cada gesto, de la insignificancia de cada acto, de la falta de letras en una conversación, de la soledad en compañía, de la inercia de nuestros pasos, del desenfreno de la hora, de la cerveza mal tirada, del papel malgastado, del vacío lleno de palabras... Son los días perdidos de nuestra vida, la más aterradora de las estadísticas.
jueves, diciembre 13, 2007
Postales romanas (y vaticanas) II
martes, diciembre 11, 2007
Postales romanas (y vaticanas) I
Con el tiempo el antaño infante, ahora adolescente, va comprendiendo que la escenografía de tan mágica noche es la de una hermosa confabulación de padres y madres, amigos y hermanos, que por unas horas se convierten en tramoyistas en el gran escenario de la ciudad o del pueblo. Todas las magias tienen truco.
La Iglesia Católica (como muchas otras religiones) tiene sus propio trucos y tramoyistas. La noche de reyes la recompensa de la espera tiene forma de regalo material (o de castigo de azúcar). Los niños y niñas gritan los nombres de sus majestades favoritas, que saludan desde la altura a derecha e izquierda, y les contemplan desfilar subidos a grandes carrozas escoltadas por personajes de la adoración infantil (cada vez más catódica). La Iglesia Católica tiene sus propias cabalgatas, sus propios reyes, sus propios escoltas. La Iglesia Católica disfraza al jefe de Papa (representante de Dios en la Tierra) y lo saca de paseo subido en carroza (Papamóvil). Reparte saludos ante los gritos de sus fieles de todas las edades que no esperan caramelos ni playstations a la vuelta a casa, sino su bendición y su mirada. Los disneys y simpsons son ahora grandes carruajes de muchos caballos, motores gasolina con nombres de Lancia, Toyota o Mercedes, que escoltan al gran tramoyista, al gran actor en la perpetua noche mágica de la Iglesia Católica. La noche de la que muchos se irán sin ni siquiera haber dudado por un instante de que detrás de las capas y los gorros se esconde la figura de un humano disfrazado.
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