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lunes, febrero 25, 2013

Alam Laysa Lana (A world not ours) y la comunicación en positivo



Encuentro algunos elementos en común entre dos películas que, a priori, nada tienen que ver entre sí. NO, del chileno Pablo Larraín, podría ser descrita como un falso documental o, al menos, como una película que utiliza documentos de la época (los vídeos de la campaña televisiva contra Pinochet en el referéndum que organizó el dictador en 1988) para resultar veraz a partir de la ficción y de un personaje encarnado por un actor, Gael García Bernal. Por el contrario, Alam laysa lana / A world not ours, del palestino Mahdi Fleifel, es una película que parte de códigos narrativos más asociados a la ficción televisiva (Aquellos maravillosos años) que a un documental sobre la vida en un campo de refugiados palestinos en Líbano. En él, los actores no son tales, son ciudadanos que no necesitan representar papel alguno. Hay una relación documental entre ambas películas pero, sin embargo, hay otra que me interesa más.


Gael García Bernal, protagonista de NO

Según muestra la película de Larraín, una de las claves de la victoria del ‘No’ a Pinochet está en la estrategia comunicativa. El personaje de García Bernal, un creativo publicitario, insiste en enfocar la campaña televisiva de esta opción alejándose de los códigos que uno podría esperar: la denuncia del horror y la negritud de una dictadura que había asesinado y torturado a miles de personas. Su propósito, sin embargo, es hacer una campaña en positivo (por un voto negativo), incluso un tanto naif, lo cual genera una evidente tensión: ¿cómo es posible mostrar alegría y una actitud positiva cuando de lo que se trata es de derrotar a una dictadura? ¿Cómo se puede obviar la tortura y la represión mediante una campaña que bien podría estar anunciando hamburguesas de McDonalds? ¿Cómo no aprovechar la ventana televisiva de quince minutos que el régimen ofrece a la oposición para denunciar todo ello, máxime cuando se sospecha de la probable manipulación de los resultados? La respuesta de este publicista es clara: plantear la campaña en positivo es mejor que incidir en el miedo que atenaza y produce hartazgo en la población. No se trata de ocultar lo evidente sino de evitar el hastío. El miedo paraliza, la alegría moviliza.

Mahdi Fleifel regresa en su película al campo de refugiados palestino de Ain el-Hilweh en Líbano, donde pasó algunas temporadas de su infancia (nació circunstancialmente en Dubai, adonde sus padres emigraron desde el campo por cuestiones laborales). El motor de su curiosidad parece claro: volver al lugar al que (teóricamente) pertenece y descubrirse en él. Encontrarse con el pasado, con la familia, con la cultura de la que procede. Volver, en este caso, a una realidad muy jodida y enquistada, a un núcleo urbano que es provisional desde hace más de sesenta años, con unas infraestructuras tercermundistas y sin apenas posibilidad de desarrollo personal y profesional. Es un campo de refugiados. ¿Qué podemos esperar del relato?


Cartel de 'A world not ours' en el panel de películas de 'Punto de Vista'

Al igual que el publicista de NO, Fleifel juega con códigos que se contraponen a los habituales del género. La realidad de Ain el-Hilweh es lo suficientemente dura como para que se nos hubiera ofrecido la correspondiente denuncia audiovisual de la degradación a la que se ve sometido el pueblo palestino. Escenarios e historias no le hubieran faltado a Fleifel y, de hecho, de ellos hay constancia en su película. Sin embargo, la forma en que lo hace parece inspirada por el mismo impulso que el del personaje de García Bernal. Sí, lo que ocurre en el campo es indignante, es deprimente, es un atentado contra los derechos humanos pero, sin embargo, los primeros minutos de la película pueden parecer los de un Cuéntame a la palestina. Memorias con voz en off de una infancia que, si bien vivida con muchos límites, se recuerda con nostalgia.

Cuando el dramatismo se exacerba, el espectador se defiende. Cuando la experiencia en pantalla es cotidiana, tan semejante en sus aspiraciones vitales a las de cualquiera, la empatía es real, ajena a diferencias en los códigos culturales. Ése es el golpe de efecto de Fleifel: darnos a conocer la terrible cotidianidad de la comunidad palestina, “presa” (pónganle o quítenle comillas a conveniencia) en un espacio angosto y sin salida, a la vez que nos hace próxima esa realidad. Porque en pantalla no estamos viendo árabes cuya cultura, idioma y costumbres nos resultan extraños. No. Estamos viendo personas que luchan día a día contra las frustraciones de una vida imposible y por unas aspiraciones que son las de cualquiera de nosotros; hombres que encuentran su única diversión en los campeonatos mundiales de fútbol y que suspiran por un trabajo para poder tener dónde caer muertos y llevarse algo a la boca.

La película de Fleifel (intuyo que vive y duerme abrazado a una cámara) discurre por las estrechas (y angustiosas) callejuelas del campo de refugiados, entra en la intimidad de la casa de su abuelo, en la vida anulada de su primo (que no es el mismo desde que Israel asesinara a su hermano) y, sobre todo, en la de su amigo Abu Iyad. Iyad se convierte casi en personaje central del relato de Mahdi Fleifel y determina en gran parte el tono emocional del film, que siempre encuentra en el humor una eficaz arma para no caer en la tentación de la tragedia. Abu Iyad es el caso particular que sirve el plano general de esa realidad enclaustrada: su vida es la lenta caída hacia la desesperanza y la frustración de a quien no se le permite ser, vivir ni existir.


Tráiler de la película

La vida en esa gran cárcel (la entrada y salida al campo está franqueada por el ejército libanés) es letárgica. El gran bostezo vital se distrae cada cuatro años con los campeonatos mundiales de fútbol que convierten a los refugiados en fanáticos de los distintos equipos en competición (con razones tan prosaicas para hacerse seguidor de Italia como el vago recuerdo de un apoyo a Palestina en el Mundial 82). Pero a los lados del paréntesis futbolero se extiende un tiempo infinito carente de sentido y dirección. Y en esa aparente ligereza y simpatía con la que Fleifel retrata la vida y su propia relación con el campo (consigo mismo), la película va dibujando el ahogo y la frustración de Iyad (es decir, de todos sus habitantes). ¿Será por mis preguntas?, duda Fleifel. La posibilidad de que el continuo interrogatorio al que somete a su amigo haya removido las aguas estancas del letargo (el narcótico de la supervivencia), lo atormenta.

Alam Laysa Lana está plagada de gestos y detalles minúsculos, de pequeñas anécdotas que proyectan la angustia de ese vivir sin hora. Por ejemplo, el disfrute emocionado con el que Iyad celebra la música anglosajona que Fleifel le ha traído desde Londres. El placer de algo que no se entiende y que le permite ignorar, siquiera unos minutos, la (no) vida de la que la obligada música árabe les hace conscientes. Un descanso para una conciencia que parece evadida de la realidad cuando los bombardeos israelíes estallan en las proximidades ante la contemplación despreocupada de unos cuantos jóvenes del campo (del que el Fleifel huye despavorido, para su propio bochorno). La violencia es tan cotidiana que quien la padece por costumbre se insensibiliza. Al igual que hubiera sucedido probablemente con el espectador si Fleifel, en vez de construir un relato con el contraplano swingueante de Benny Goodman, hubiera realizado un ejercicio de denuncia tan desnudo y amargo como la(s) vida (s) en Ain el-Hilweh.

© Carlos Pérez Cruz
 
Nota: Alam Laysa Lana recibió el Premio del Público del Festival Internacional de Cine Documental 'Punto de Vista' (2013)
 
Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

2 comentarios:

manipulador de alimentos dijo...

Tengo que confesar que me daba pereza ponerme a ver 'No' de Pablo Larraín. Ya sabéis, Pinochet, la dictadura, con todo respeto, como que ya me lo sabía todo. Al estilo de las pelis españolas de la guerra civil. Ha sido una grata sorpresa. Entretenida, al estilo de 'Argo', con un 'look' extraordinario de esos años 80 y unos créditos magníficos. Más que recomendable. Un saludo!!!!

Carlos Pérez Cruz dijo...

Hola "manipulador de alimentos",

gracias por el comentario. Lo interesante de esta película, a priori, es que hablaba del final, de esa campaña por el NO de la que yo sólo supe cuando estuve en Santiago en el fantástico museo que tienen dedicado a la memoria de esa dictadura. Ejemplar y envidiable.

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