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sábado, diciembre 08, 2012

Periodismo pop. ¿Hacia una OT periodística?


"Y aquí, ¿quién gobierna?”. Acababa de aterrizar en una ciudad extraña para él y era de su máximo interés saber qué partido gobernaba. Su red de emisoras de radio se había hecho con la propiedad de una emisora que, hasta entonces, había permanecido asociada a la cadena pero cuyo propietario era un particular.

Bieito Rubido, que cobra como director de ABC, despidió a la experta en terrorismo durante veinticinco años – vida ajetreada por ello – diciéndole: No sé quién eres, pero estás en la lista.

Entre el despido ignorante del director de 'ABC' y la ignorancia política del nuevo gestor de la emisora de radio hay un nexo común, un motor de acción: la visión economicista del periodismo; la profesión como negocio. El periodismo para beneficio de…  los accionistas (ya se encargó 'El País' de dejárselo bien claro a sus lectores).

Bieito despedía a una profesional sin saber qué perdía profesionalmente, desconocedor del personal de un medio que le tocaba en suerte dirigir. El nuevo gestor de la emisora de radio tenía interés por el partido en el gobierno porque quería obtener una licencia para FM de la que carecía la emisora – o al menos la vista gorda para su emisión “alegal” en FM -, amén de otras prebendas. Resultado: la retirada del micrófono de profesionales incómodos con el poder.

Son sólo dos ejemplos del medio al servicio de los fines económicos, ya sea mediante recortes de personal o por censura del personal. El libro Queremos saber – Cómo y por qué la crisis del periodismo nos afecta a todos (Editorial Debate) ofrece muchos, un verdadero glosario de los descalabros periodísticos del presente escrito por doce profesionales del periodismo tan prestigiosos y veteranos como Pilar Requena o Ramiro Villapadierna (él es quien relata el despido de la periodista de 'ABC') y jóvenes (o no tan veteranos) como Mayte Carrasco o Mónica G. Prieto.

 

Un libro que es un interesante ejercicio colectivo de reflexión (y autocrítica) sobre los valores del periodismo frente a esta avalancha de precarización que está sepultando la profesión y en la que se está confundiendo de forma interesada comunicación con periodismo: Salvo los blogs, tanto Twitter como Facebook no son periodismo. Son comunicación. Y las normas que rigen ambas actividades son muy diferentes, afirma Javier Espinosa en su texto. Una confusión que se condensa en la siguiente expresión adjudicada al usuario de redes sociales (sin duda, tan anónimo como los mercados) y expuesta por el periodista Juan Varela en el artículo “Nadie da ya un céntimo por el olor de la tinta” de eldiario.es: Si son importantes, las noticias me encontrarán a mí.

¿Seremos capaces de leerlas cuando nos encuentren, aturdidos como estamos por la vertiginosa cascada de titulares variopintos en ciento cuarenta caracteres? Es cierto que las noticias pueden encontrarle a uno, aunque no menos cierto es que, de seguir así las cosas, al hacer clic sobre el enlace correspondiente accederemos a una página en blanco. Sin presupuesto, no hay periodista que redacte la noticia.

Recomiendo la lectura del libro, dedicado especialmente al periodismo de internacional y muy en particular a la prensa escrita (si bien Pilar Requena es una conocida reportera de 'Televisión Española' y que periodistas como Mayte o Mónica pertenecen a ese periodismo “multimedia”, de supervivencia y, si me apuran, suicida, de las actuales generaciones freelance. Malabaristas del reporterismo bélico por
"cincuenta céntimos" - según expresión de Mayte -, donde lo mismo se hace crónica radiofónica, que se ejerce de fotógrafo o de cronista de las propias miserias).



¿Y la radio?

Mucho se habla de la crisis del periódico (y es un asunto que me interesa, de veras; sigo siendo tan poco práctico que gasto por lo que tiene acceso gratuito y encima me mancho los dedos de tinta), pero muy poco o nada de la radio. ¿Por qué? No son menos los males que aquejan a este medio, por mucho que se haya “adaptado” mejor a la inmediatez de la sociedad del frenético tweet o padezca en menor grado el descenso de ingresos publicitarios. Es obvio que el papel de un periódico se enfrenta a problemas muy específicos en estos momentos digitales (y gratuitos), pero la radio ha ido perdiendo tanto grosor intelectual y diversidad de contenidos como páginas la prensa diaria, y ese no es menor problema.

Cuando la actual dirección de 'RNE' se cargó a muchos de los profesionales y programas de la anterior etapa, de la casa salían voces que denunciaban que el cambio iba a ser por programas y periodistas ya no sólo afines al poder sino por contenidos ligeros y simpáticos que obviaban la gravedad social y política del momento presente. De acuerdo, el giro ha sido evidente al respecto pero, ¿era un periodismo sólido y de entidad el que se estaba practicando? Tener una hora en antena a Elvira Lindo, como hacía Toni Garrido, para que comentara lo primero que se le pasara por la cabeza con noticias que le iban enunciando, o a El Gran Wyoming y a Juan Luis Cano rellenando minutos con ocurrencias sin guión, no parece el mejor ejemplo de periodismo profesional.

Hace tiempo que la ligereza y el simpatiquismo han colonizado las emisoras de radio. Todavía recuerdo el bochorno que el veterano periodista Vicente Romero pasó, e hizo constar, cuando, sin solución de continuidad, le hicieron pasar en ese mismo programa de 'RNE' de contar una durísima historia sobre niños huérfanos en Kenia (que había presentado en ‘Informe Semanal’, de 'TVE') a su pronóstico para un partido de fútbol. Problemas de frivolidad generalizada en los medios y de jerarquización informativa (algo que, por cierto, es muy evidente en las portadas digitales de los periódicos, donde puede convivir al mismo nivel la tragedia más terrible con el último gol de Messi), determinada en muchos casos por el número de visitas que incita, la más de las veces, un titular provocador.

La radio sufre tanto como los periódicos el despido de profesionales. No hay como echar una oreja a la 'Cadena SER' para comprobar cómo los espacios locales se han reducido a su mínima expresión. Todo es cadena y donde antaño la radio local contaba con hasta cuatro horas, ahora son escasos minutos engullidos por la ampliación de ‘La Ventana’ que dirige el simpatiquista Carles Francino (para el que todos los oyentes son “amigos”… ¿efecto Facebook?), capaz de tener a Jon Sistiaga de tertuliano para hablar de la lotería de Navidad.



Opinión no es información

Si el periódico de información se ha visto relegado por el periódico ideológico (gracias tanto a columnistas en colonización permanente del espacio informativo como por la evidente y nociva intencionalidad ideológica de las cabeceras), nada más y nada menos sucede en la radio, cuyos principales espacios “informativos” tienen de información la brevedad de las redes sociales. De los titulares, a la opinión. Una tertulia permanente que nada tiene que ver con el conocimiento de las causas y sus consecuencias. Un simple entretenimiento porque, como la misma radio dice, estamos “para entretener”. Añaden lo de informar, aunque los espacios informativos como tales o no existen o se limitan a reportajes cosméticos de fin de semana. La cháchara diaria está al servicio del guirigay político. Frases (más o menos) inocuas de la verborrea política dan de sí largas horas de radio… y se convierten en trending topic, claro.

La radio hoy es tertulia (sí, también sobre la lotería de Navidad) y fútbol, el verdadero colono de la radio. Si Palestina lo tiene difícil para crear un Estado, más complicado lo tienen los contenidos para colarse entre la colonia de exabruptos de Roncero y gritos de “¡¡gol!!”. El fin de semana es suyo y entre semana la programación se interrumpe - a pesar de la gravedad informativa del tiempo presente – para narrar un apasionante partido de vuelta de Copa del Rey (resuelto en la ida) entre el Real Madrid y el Alcoyano.



Falta de credibilidad...

La credibilidad del periodista está no sólo en la calidad de su trabajo, también en su independencia. Difícil de esperarla cuando muchos de ellos son voces publicitarias de anuncios enunciados como si de información se tratara – es parte del objetivo de esa forma de publicidad, difuminarla entre los contenidos “informativos” como si fueran uno más y ganarse al cliente por su confianza en el comunicador -. Paradigmático es, al respecto, el alto contenido publicitario de los programas deportivos protagonizado por sus propios locutores (la mayor parte, publicidad de casas de apuesta. Todo muy edificante).

Creo que fue el catedrático Vicenç Navarro quien recientemente, y tras soportar una batería publicitaria como invitado del ‘Hoy por Hoy’ de la 'SER', vino a decir que: ya veo que tienen mucha publicidad de bancos, lo que me parece bien. Pero, ¡sean críticos con ellos! Difícil objetividad cuando el salario de uno depende en gran medida de quien se promociona en el medio o es directamente inversor suyo. Me consta más de una censura informativa en los medios para no molestar a empresas que ponen su publicidad en ellos.

... y de personal.

Aquí las cosas van a peor, la sobrecarga de trabajo que tenemos por culpa del ERE que nos han impuesto (después de la bajada de sueldo) nos afecta cada vez más, hay una desmotivación muy grande y ya no es que no lleguemos a todo, es que cada vez, por lo menos a mí, me interesa menos esforzarme tanto, que es lo más triste...

Son palabras que me escribe una periodista amiga y que definen una realidad y un imposible. El que denuncia David Simon (periodista y creador de series de televisión como The Wire o Treme) en una entrevista a la revista ‘Jot Down’: Me hace mucha gracia ese lema que utilizan tantos últimamente de que "tenemos que hacer más con menos". Pues no. Si me das menos, haremos menos. Y probablemente lo haremos peor. Y las cosas, ciertamente, se están haciendo peor. Y la gente que no paga por informarse y que se nutre de las redes sociales ha perdido en parte su capacidad para discriminar la veracidad de la fuente. Las cabeceras han perdido jerarquía (todo hay que decirlo, se lo han ganado a pulso) y al “lector” lo mismo le da quién firme qué, olvidando que esas noticias que “nos encuentran” llegan a nosotros por efecto de la multiplicación de los clics, que tienden a lo espectacular, no a lo relevante, cuando no a lo directamente estúpido.

Dice Simon: Lo importante es que cada vez que despiden a un periodista, la calidad de la información baja. Cuando no queden suficientes periodistas, ya no tendremos información de calidad, tendremos otra cosa. Y a mí no me gusta la perspectiva.

Una perspectiva que sitúa con precisión Ramiro Villapadierna: todo se "democratizó" para ser popular, hasta que la audiencia primero, y los blogueros  después, marcaron la iniciativa. Tal vez sea comparable a cómo el éxito social y mediático de la cultura pop en los años sesenta y setenta hizo creer a una generación que cualquiera podría ser artista, si era capaz de armar tres acordes de guitarra. O, ya en los noventa, que también podría ser reportero de guerra o estrella de la televisión; tal y como de la música y el arte pop se pasó a la televisión pop, había de llegar también el momento del periodismo pop. O blog.

Sin dejar de ser consciente de que existe una cosa llamada 'The Huffington Post' (creada por Arianna Huffington, el diablo vistiendo de Prada, según David Simon), ¿para cuándo una OT periodística?

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

2 comentarios:

Manu Grooveman dijo...

Plas, plas, plas, plas. Me quito el sombrero, compañero! Fantástica reflexión con la que coincido plenamente. Puede que a muchos le parezca un debate ombliguista esto de la crisis del periodismo. Pobres ilusión. Sin periodismo, el poder será mucho más poder de lo que es...

PD: te emplazo a analizar otro día el periodismo cultural y dentro de él, el musical. Este artículo de EL PAIS aporta algo de luz: http://blogs.elpais.com/muro-de-sonido/2012/12/lo-mejor-del-a%C3%B1o-las-listas.html

Saludos

Carlos Pérez Cruz dijo...

Gracias Manu, creo que no somos conscientes socialmente de la gravedad de la particular crisis del periodismo.

El artículo que me citas ya lo había leído. No obstante sigo sin entender la obsesión por dar un vuelco a todo. Como si las nuevas tecnologías impusieran los contenidos y no fueran meros contenedores.

Un saludo, Carlos.

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