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domingo, octubre 30, 2011

Rudresh Mahanthappa´s Samdhi - San Juan Evangelista (Madrid, 29/10/2011)

Rudresh Mahanthappa en Madrid (© www.elclubdejazz.com)
 ¿Quién no ha asistido en alguna ocasión a una colección de fuegos artificiales y ha imaginado qué pasaría si lanzaran todos los fuegos a la vez? Un sueño infantil, lo sé, pero al igual que una mala zarzuela que cierra con ruidosos chis pum para ocultar el tedio previo, un mal disparo pirotécnico siempre tiene la promesa de la 'traca final' para compensar. Es la explosión en bloque, el ruido, el estallido acumulativo de luces y colores del final el que dibuja el oh en la cara de los espectadores, el que abruma por una intensidad extrema sostenida durante largos segundos. Por eso se reserva para el final, para modificar percepciones previas o, en el mejor de los casos, para refrendar el éxito con el climax final. Pero, ¿qué pasa si se lanzan todos los fuegos a la vez?

¡Ay si se lanzan los fuegos a la vez! En realidad ya lo sabíamos, aunque los sueños de infancia tienen derecho a no ser refutados. Pero uno tiene ya cierta edad como para prever las consecuencias de ciertos actos. Si se dispara toda la artillería de golpe el efecto es abrumador y ensordecedor - como podíamos imaginar - y, si además el efecto se repite  una y otra vez en un bucle de casi dos horas, se termina por perder la sensibilidad y en estado catatónico. Y eso sirve tanto para los fuegos artificiales como para la música. Así, rígido como un bloque inerte de carne y hueso he quedado en mi butaca del mítico San Juan Evangelista madrileño (en mi estreno como espectador en este recinto de glorioso pasado e incierto futuro de la Cultura en España). ¿Por qué? Porque el cuarteto que Rudresh Mahanthappa lidera para presentar su proyecto Samdhi ha decidido refutar mi sueño infantil. ¡Qué crueldad!

Una de las razones que me llevaron a valorar positivamente el disco Samdhi fue que a la admiración técnica y virtuosa (fuera de toda duda de los músicos de este proyecto) se le sumaba una conexión emocional nada fácil de lograr cuando la construcción musical parte de parámetros tan complejos. Imaginemos por un momento que los cuatro músicos del directo (los mismos del disco, a excepción - lástima - del percusionista "Anand" Anantha Krisnan) son valientes y expertos funámbulos capaces de caminar con sobrada solvencia sobre finísimos alambres. Imaginemos igualmente que esos finísimos alambres son azotados por fuertes vientos que generan un balanceo suicida sin que ellos se echen atrás por ello. Es más, se les ve serenos, incluso intercambian miradas cómplices ante semejante gesta. Cruzan de un lado al otro y los espectadores aplaudimos a rabiar. Y vuelven a cruzar. Y lo hacen de nuevo. Una y otra vez, y otra vez más. Y así durante casi dos horas. De acuerdo, la hazaña seguirá siendo tal cada vez que se arriesguen a una nueva y fatal caída pero, ¿y qué? Llega un momento en que el espectador asume que si la vez anterior, y la anterior, e incluso las anteriores, lograron pasar con pasmosa firmeza, ¿por qué no habría de suceder lo mismo en la siguiente? Así que pierde el interés y empieza a pensar en sus cosas.

¿En qué se traduce esto en términos musicales? (lo sé, puedo ser reprendido por excesos metafóricos y falta de concreción) . Se traduce en que Rudresh Mahanthappa ha optado por crear una música de inabordable poliritmia para los músicos mortales sometida, a su vez, a permanentes excesos de velocidad neutrina. Está por demostrar que los neutrinos viajen a mayor velocidad que la luz pero no que Mahanthappa es el saxo alto más veloz del Oeste, una especie de Charlie Parker fundador del reBe-Bop alucinado (y alucinante) que en el concierto del "Johnny" (apelativo cariñoso y popular de la sala madrileña) llevó su música a un nivel de alteración sensorial tal que los sentidos se ven desbordados sin la compensación de una dosis de silencio, sin una pizca de pausa y sosiego, de transición entre un estadio y otro. Todo era permanente excitación y equilibrismo, sobreestimulación y "más difícil todavía". El cerebro necesita tiempo para asimilar tanta información (el mio, al menos) y por eso se bloquea si todavía no ha comprendido qué ha pasado, qué es aquello que le ha aturdido, y ya viene otra oleada.

En opinión de quien esto firma el concierto de Samdhi (según Mahanthappa, el cuarteto toma nombre del título del disco) hubiera agradecido un mayor equilibrio tanto de estructuras de composición como de intensidades. A la barbaridad con baquetas que es Damion Reid le sobró presencia y le faltó sutilidad. Como maquinaria de precisión es practicamente inalcanzable pero su participación pecó en decibelios. Tuve la sensación en ocasiones de que tanto la pegada de Reid como la acción colectiva se nutría del deseo de evidenciar el virtuosismo del que andan sobrados para solventar las complejas ecuaciones rítmicas de las partituras de Mahanthappa, más que de hacer Música, sea esta más o menos sencilla conceptualmente. Al final debería tratarse de eso, de hacer Música, no de examinar en público las asombrosas cualidades técnicas de las que hicieron gala desde el primer hasta el último minuto (eso sí, me perdí la prórroga). Una descarga brutal de permanente traca final.

© Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

3 comentarios:

Ricardo Robles dijo...

Genial! Larga vida al San Juan Evangelista!

Autillo dijo...

Saludos Carlos, también estuve en el concierto de Rudresh Mahanthappa en el Johnny,no lo conocía y fui a ciegas, me pareció una descarga brutal, como peros, quizás sobra algo de solos de guitarra que no van a ningún lado dejando de transmitir lo ensencial de la música, lo mismo se puede aplicar a Rudresh, excesivo en demostrar su dominio, ja ja, ja que serio me pongo. Bueno que me gustó bastante la "descarga". Salud y enhorabuena por el programa.

Carlos Pérez Cruz dijo...

Hola Autillo,

gracias por tu comentario. En general, por lo que he ido leyendo, las opiniones son bastante parecidas. Abrumador... ¿no lo hubiéramos disfrutado todos más de forma más dosificada? En todo caso Rudresh es un músico fantástico... ¿qué pensaría Charlie Parker si escuchara la velocidad de un saxo alto así? Un saludo, Carlos.

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