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sábado, julio 14, 2012

Ya falta menos (imágenes fuera de plano)

Se acaban, pero... Ya falta menos. En menos de lo que uno imagina volveremos a vernos en las mismas. Time goes by y lo gastamos en estas cosas, que dicen que dan mucho dinero a la ciudad. Del precio de ese dinero... de eso nada se dice. En el retrato fotográfico importa siempre más lo que no se muestra que lo que se ve. Y lo primero que vi fue a dos tipos encima de un camión de la basura (hay que escalar) dando fe pública de su culo (que no buho, que decía Eugenio), mientras desde abajo les arrojan con saña objetos de todo tipo, para delirio del colectivo. De los balcones llueve a chorros agua (en el mejor de los casos). Y con el espacio estrangulado, con los cuerpos sudados en pestilencia y hedor, con los pies sobre una masa fecal de alcohol derramado y otros líquidos y sólidos de ignota procedencia (más plásticos, zapatos perdidos y pañuelos desintegrados), la ciudad regala música en traje de faena. ¡Arriba esos cuerpos! Que esto no ha hecho más que empezar.

Durante nueve días son bienvenidas tus virtudes incívicas. Ese trapo que llevas contigo (¿por qué llevas un trapo?) y cae al suelo de pis, puedes arrojarlo sobre el primero que se te ocurra. ¿Por qué no? Sí, pis. ¿Tienes ganas? Orina. En cualquier rincón. Da igual un portal, un contenedor, que sea en medio de la calle; donde adivines una vía de evacuación. Sin selección, cualquier sitio es bueno para la micción. No habrá penalización. Recuerda, la ley no está en vigencia.

¿Acumulas ira? Golpea con rabia el mobiliario urbano que, cuando llegue el décimo (y descansó), la ciudad subrayará la "normalidad" de la fiesta. Porque esto es LA fiesta, amigo. Y LA fiesta ignora el sentido cívico. No permitas que un molesto trabajador de la limpieza recoja lo que decides arrojar al suelo. Golpéalo, zarandéalo. Quedará sólo en una nota a pie de página, como la letra pequeña de una hipoteca. Nada que enturbie la imagen gloriosa de unas fiestas "sin igual". No las hay, te lo digo yo.

Vuelan objetos sobre las cabezas de la banda de música que la ciudad te regala para tu espasmo matinal. No coordinas ya a esas horas, pero decides que sobre quien no conoces tienes derecho de descargo verbal. Empuja, que no duele. La banda toca y una riada que arrastra inmundicia sin catalogar divide en dos la formación. Es la limpieza, que procura una ficción de orden y concierto. Cartón piedra por unas horas. Millones de litros de un bien preciado (¿y de futura privatización?). ¡Mira! Pan húmedo al punto de hez.

¡Corre! ¡¡Que sueltan toros!! El orgullo de la ciudad. Toros sueltos por las calles nueve días al año. El restante, hay que vivir de ello. Es nuestra Torre de Pisa. Por la tarde, son desgarrados hasta la muerte ante el delirio de almuerzos y txarangas. "No, si a mí"... ya, "no me gustan pero..." ¿Qué otra cosa hacer por la tarde en la ciudad durante esos nueve días? ¡Dormir! Ocupar bancos, jardines, orinar (una vez más, esta vez en las paredes de la catedral, ¿por qué no? "Todos los curas, vienen aquí, a echar un polvo..." que cantas cada mañana). Con suerte tienes coche. Ahí duermes, ahí cenas y con sus altavoces compartes la juerga, aunque en esa calle, precisamente en esa calle, no la haya. Subes el volumen hasta que revienta, devoras la cena y dejas la inmundicia en la acera. La micción, al contenedor.

Ya falta menos.

2 comentarios:

Roberto Echeto dijo...

Un horror, Carlos.

No hay consuelo ni ungüento para tanta micción.

Hay fiestas cuyo sentido (si es que alguna vez lo tuvieron) se transformó en orina.

Carlos Pérez Cruz dijo...

Y su sentido, Roberto, se fue por el desagüe. Un abrazo, Carlos.

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