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jueves, febrero 12, 2009

Jazz*

Hacía mucho tiempo que no escuchaba una Jam Session. Como buen militante de la causa antes acudía a cada concierto, conferencia o lo que fuere que tuviera relación con el Jazz que se organizara en mi ciudad. Era mi manera de reivindicar un espacio para esta música y sus músicos; que no fuera por mi pereza por lo que dejaran de programar actividades. Que viniera o no público parecía importarme a mí más que a los propios interesados. Antes de cada actuación no dejaba de mirar inquieto hacia las puertas de entrada a la sala. El intermitente goteo de espectadores me ponía nervioso, veía cómo el reloj corría y la mayoría de las butacas continuaban vacías. Una vez que se apagaban las luces procuraba distraerme de mi enfermedad contable pero si éramos pocos no lograba deshacerme de una sensación de derrota que me impedía disfrutar de la música. Sé que no tenía sentido, tenía mi entrada y podía disfrutar de aquello por lo que había pagado pero, por alguna extraña razón, consideraba cada concierto una pequeña batalla dentro de una guerra que, en el fondo, sabía perdida de antemano. A lo máximo que podía aspirar el aficionado era a tener la posibilidad de acudir cada muchos meses, a veces incluso más de un año, a un concierto que tuviera la palabra “Jazz” impresa en el cartel. Ni siquiera siempre aquello que así se anunciaba me interesaba pero, ya lo he dicho, yo era un militante de la causa e incluso aquello que me aburría como cualquier canción de la radio formaba parte de la ineludible responsabilidad de aficionado al Jazz.

No sé cómo llegué a engancharme y, ni siquiera hoy, tengo muy claro qué es esta música. Con el paso de los años he escuchado tantos discos, tantos conciertos, he leído tantas cosas, que lo único que puedo afirmar al respecto es que no tengo ni idea de qué puede definirse o no como Jazz. Claro que mi confusión no llega hasta extremos de considerar a Alicia Keys músico de Jazz, tal y como trató de convencerme un crítico del género en un irónico ejercicio de nihilismo jazzístico. Por otro lado el debate sobre qué es o no es Jazz es un entretenimiento vacuo para aficionados, críticos y algún músico mediocre que trata de justificar con lo teórico el vacío de su hacer musical. Ya que dedicamos una exorbitante cantidad de energía a discutir sobre estupideces cómo no hacerlo sobre algo como esto aun a riesgo (¿o quizá por ello?) de terminar resultando pedantes.

El Jazz tiene difícil definición, no sirve apelar a la improvisación como esencia peculiar porque la improvisación no es de su propiedad, la comparte con otras músicas de la antigüedad y del presente que no se consideran a sí mismas Jazz. El Jazz presume de libertad y sin embargo la mayoría de quienes dicen ejercerla son réplicas, clones, aburridísimos estereotipos con un instrumento entre manos. Entonces, ¿qué es el Jazz? No tengo ni idea pero, de alguna manera, quien de verdad se aficiona desarrolla un sexto sentido que le incita a seguir la pista de algunos músicos y no de otros. Pura intuición que nada tiene que ver con la Ciencia de la Música. Sólo la gran literatura ha sabido poner palabras a su esencia, nunca un diccionario.

Tengo una teoría al respecto de por qué el Jazz no es una música popular. El verdadero músico de Jazz ofrece incertidumbre mientras la música popular es predecible. La mayoría de la gente odia la incertidumbre, necesita caminar sobre seguro incluso en aquello que entra por sus oídos. Seguros de coche, seguros para la vivienda, de viaje, de vida (¡!), de muerte... ¡¿cómo no iban a asegurar también la música?! La seguridad, el control de las circunstancias que uno tiene cuando intuye (¡y acierta!) qué viene en el siguiente compás, qué dirá la letra, cómo acabará el romance, qué gritará ella al verse traicionada por su novio. No soportamos que esa mujer que llora el engaño pase a hablarnos de golpe sobre la belleza bucólica de un paisaje y, poco después, antes de volver a llorar, del último libro de Paulo Coelho. ¡Demonios! ¡¡Qué incoherencia!! ¡¡¡No tiene sentido!!! Esa mujer debería llorar y planear la venganza, una venganza que, eso sí, por inocente nunca sería capaz de llevar a cabo, sólo el Jazz lo haría. Pero, ¿qué mayor coherencia que el discurso interrumpido? ¿Qué más humano que la risa tras el lloro y el lloro tras la risa? ¿Qué más terapéutico que la evasión ante el dolor para poder volver a afrontarlo? Eso es el Jazz. La imprevisibilidad de la vida expresada en música.

¡Ojalá el Jazz fuera eso! Hubo un día, no sé cuándo, en que todo lo que empezó a llegar a mis oídos era completamente previsible. ¡¡Y eran los grandes!! Los llamados a liderar la música más libre que nunca se hubiera escuchado sobre la faz de la tierra habían encontrado la fórmula para superar los obstáculos que la armonía pone en el camino sin asfaltar de la partitura. ¡Y todos los saltaban con la misma pierna, con la misma inclinación del tronco, caían igual al otro lado! Y daban vueltas a la pista como en una competición de 10000 obstáculos. Una y otra vez, y otra y otra, así hasta que uno y otro y otro fueron cayendo y saliendo de la pista, mientras los más fuertes continuaban con su carrera precisa, perfecta, circular, cada quinientos metros un poquito más rápido, otro poquito más, sin inmutar el rostro, sin mirar atrás, con la única ilusión de ser el primero al final de la carrera. ¡¡Enhorabuena!! Has ganado pero no lo he visto, hace tiempo que me fui.

Lo que hace especialmente insoportable al músico previsible autoproclamado jazzman es que con su previsibilidad fulmina una de las pocas cosas que hace de la escucha de Jazz algo único. Lo que en la música (pop)ular es la clave del éxito en esta música es la muerte, el aburrimiento, el tostón más absoluto, el desprecio de los sentidos. El Jazz es música para oyentes esforzados, orejas que ponen todos los sentidos a disposición del creador (¡Qué enorme responsabilidad!) porque necesitan ser zarandeados, recibir un croché directo al estómago seguido de un beso en la mejilla, de un grito ahogado en alcohol, de sexo desgarrador, de susurros entre el ruido del viento, de caricias en la espalda, de un golpe sobre la mesa... Son almas que necesitan encontrar mundos fuera de este, que quieren ser agarradas por la solapa, que buscan despertar esas sensaciones que la droga del día a día les ha arrebatado. ¡¡Quieren morir habiendo vivido!! O al menos que alguien les recuerde de vez en cuando que pudo haber sido de otra manera. Por eso me aburres tú, impostor con un saxo bajo el brazo, virtuoso escalador experto en piruetas, en fuegos de artificio que estallan donde la computadora les ordenó. ¡¡Rompe tu instrumento!! ¡¡¡Hazlo pedazos!!! Será tu gran gesto heroico, tu salvación.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba una Jam Session. Y anoche recordé por qué había dejado de acudir. Abrí la puerta de aquel garito y pude oler el polvo que se había acumulado sobre los músicos que una semana más, años después, seguían escribiendo los mismos solos sobre los mismos standards mientras los recién llegados copiaban hasta el último de los gemidos de Keith Jarrett con la aspiración de que aquella tía buena de la barra se fijara en lo bien que se contorsionaba mientras soplaba Stella by Starlight con los ojos cerrados para luego acercarse a ella y darse cuenta de que, en el fondo, no estaba tan buena, de que todo había sido producto de la misma imaginación por la que un día pensó que aquello que salía de su instrumento era algo parecido al Jazz.

© Carlos Pérez Cruz

*en el octavo aniversario de mi programa Club de Jazz que inició su vida tal que un 12 de Febrero de 2001 con la presencia, entre otros, de un MacOS hoy aragonés al otro lado del cristal del estudio.

2 comentarios:

Autónomo pero con novia dijo...

Felicidades Karlos! Enohrabuena por tu programa y por tu tesón para que esta bella música siga siendo incierta...

Desde debajo de un olivo, un abrazo fuerte.

Carlos Pérez Cruz dijo...

¡Muchas gracias compañero!

Como buen hijo que además llega a una edad complicada nuestra relación tiene sus altibajos y momentos en que le darías una buena paliza pero... como está penado por ley prefiero el chantaje emocional que es más discreto.

Un abrazo desde allí arriba

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