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lunes, noviembre 08, 2010

Peter Brötzmann Chicago Tentet + 1 (42º Festival Jazz Barcelona 7/11/2010)

Esperar menos hubiera sido tontería, dijo él acabado el concierto. Él conoce a la perfección la carrera de Peter Brötzmann al que, con esta actuación, ha escuchado en cinco ocasiones en persona. Fue en Madrid, el día antes de la presentación en Barcelona del Chicago Tentet + 1 del veterano improvisador alemán, y los ecos de esa actuación llegaron a la capital catalana como la promesa de lo que él ya esperaba pero para mí era una incógnita. Nunca había escuchado a este hombre en concierto y menos a semejante constelación de free jazzmen como la que reúne el proyecto. Diabólicos improvisadores en el día en el que otro ilustre alemán paralizaba media ciudad. El Papa bendecía por la mañana la Sagrada Familia de Gaudí mientras por la noche Brötzmann impartía hostias a diestro y siniestro en Luz de Gas. Probablemente hubo más conversos aquí.


Ken Vandermark, Johannes Bauer y Peter Brötzmann
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

La puesta en escena resultó abrumadora. El público está muy próximo al escenario y sobre éste los once músicos, sólo con su presencia, parecían formar un escuadrón armado hasta los dientes en primera línea de batalla. Menos mal que no todos imitan las retorcidas posturas de Gustafsson al tocar porque hubiera parecido una ofensiva de los All-Black del rugby neozelandés. La señal fue dada y la ofensiva sonora estalló de inmediato para no ser acallada durante más de cuarenta minutos (después otros cuarenta formados por tema y dos bises). Puro expresionismo extremo y agresivo que, aunque quizá parezca contradictorio, puede llegar a contener más belleza y emoción que aquella que se pretende desde los parámetros de la belleza formal. Porque dentro del magma de decibelios al límite, de agudos a punto de quebrar y de quebrarse, surgen apuntes de espiritual coltreniano y de comunicación grupal que ya quisieran para sí colectivistas y alianzas de civilizaciones varias.


Joe McPhee y Mats Gustafsson
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

Que Brötzmann decide cuándo se acaba parece claro. Salto al aire y cuando sus casi septuagenarios pies tocan tierra la música se detiene. Que en el resto del concierto su voluntad determine es algo menos evidente. Es probable que la estructuración de instrumentaciones y disposición escénica sea cosa suya pero su liderazgo nominal no va más allá, en apariencia, de los cierres y de una permanente presencia en primera fila del escenario. Por el contrario el resto de sopladores van y vienen, se sitúan en grupos de dos, tres, cuatro músicos, al fondo del escenario, junto a uno u otro baterista, junto al contrabajo de Kent Kessler o la batería de Nilssen-Love, y crean así diferentes secciones de acompañamiento, generan rítmicas que se imponen y cambian la dirección musical sobre la que improvisan solos o dúos, las parejas Brötzmann - Vandermark, Bauer-Bishop, McPhee-Brötzmann...


Paal Nilssen-Love
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

Nilssen-Love escucha la música que parece haberse tomado un respiro, se seca el sudor con la toalla, apoya sus brazos sobre la batería, cierra los ojos y, de pronto, comienza a percutir nervioso, con una velocidad de vértigo, y la banda parece electrizarse. Es la segunda vez que veo tocar a este baterista en meses y no recuerdo haber visto jamás a nadie con semejante nervio magistral. Dediqué minutos a contemplar cómo los brazos se movían a tal velocidad que la vista llega a confundirlos. Y todo ello sin un exceso ni golpe gratuito. No es por desmerecer a Michael Zerang (¡ni mucho menos!) pero en la pulsación del noruego está gran parte del sustento de la música del Tentet + 1 (él debía de ser el "1" del Tentet ya que su nombre no aparece en el programa oficial del festival) y su rítmica junto a Kessler genera algunos momentos de inmensa calidad y complejidad musical.


Jeb Bishop y
Fred Lonberg-Holm
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

Es difícil destacar solistas en una música tan grupal como la del Chicago Tentet + 1 y más teniendo en cuenta que todos ellos son nombres principales del género pero, al igual que Nilssen-Love fue para mí una referencia clave, hubo instrumentistas que me llegaron más que otros. Así Jeb Bishop demostró unas cualidades técnicas muy refinadas y un sonido contenido con un trombón que era mucho más impulsivo y efectista en el caso de Johannes Bauer, que fue creciendo con el paso del concierto. Mucho más discreto se mostró Joe McPhee con la corneta, limitada casi por completo al efecto (viento, pitidos, agudos y pulsación aleatoria de los pistones) y al grupo. Lonberg-Holm aportó toques de electrónica a la música y usó el arco con intensidad (abrió el segundo de los temas a dúo con Kent Kessler). Holmlander parecía establecer un discurso rítmico paralelo con la tuba que, sin embargo, encajaba con precisión entre los golpes de Nilssen-Love mientras que con el trombón de pistones participó dentro de las secciones de acompañamiento. Y, entre las cañas, el maestro de ceremonias Peter Brötzmann llevó el saxo a extremos de delírium trémens, como si uno escuchara a Charlie Parker todavía más rápido, al doble de velocidad, y la locura hiciera temblar la tierra. Llevó el clarinete a sus extremos agudos (y más allá) pero también lo supo hacer cálido, igual que al saxo con el que nos regaló unos minutos de verdadero evangelio espiritual (en un día de mercadotecnia sacra en Barcelona la Palabra fue instrumental).


Ken Vandermark y Johannes Bauer
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

Al servicio del grupo Ken Vandermark fue otra pieza clave para la instantánea composición colectiva del proyecto. Ya no sólo porque en un momento determinado indicara varios riffs de acompañamiento mediante gestos sino porque fue el más activo en la búsqueda de espacios sonoros y de parejas para tal fin. Aportó algo que sabe hacer muy bien con sus propios proyectos: el groove idóneo del que surjan nuevas patrones rítmicos que el grupo asume de inmediato.


Peter Brötzmann y Michael Zerang
(Barcelona 7/11/2010)
© Vanessa Serrano

Dos bises solicitados con insistencia dan fe de que fue una velada que conectó con un público entusiasta y numeroso (teniendo en cuenta los parámetros de la sala, claro está) que si algo no podrá reprochar a los once músicos fue falta de entrega. Lo dieron todo, ocuparon al máximo el espacio temporal de los casi ochenta minutos de una música que reclama, con su gloriosa vehemencia, más espacio (o espacio a secas) en los festivales y ciclos del país y en los medios de comunicación (aunque a veces los productores y representantes de los músicos dificultan el trabajo de quienes sí pretendemos dárselo... allá ellos y sus lamentos inconsecuentes).

© Carlos Pérez Cruz (www.elclubdejazz.com)
Publicado originalmente aquí.

2 comentarios:

Cayetano López dijo...

O sea que en Barna sí los tuvistéis al completo, en Madrid nos faltó Bishop. Que buena crónica.

Carlos Pérez Cruz dijo...

Sí, ya me comentaron lo de Bishop que, para mí, estuvo espléndido. Un abrazo

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