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martes, noviembre 04, 2014

Dos días, una noche.


La crisis (estafa) era esto: destrucción del tejido social, vidas al límite por la supervivencia, competitividad extrema para lograrla, quiebra del concepto y unidad de la clase obrera, lucha infame por las migajas, pérdida (o descubrimiento de la falta) de ética, miedos atávicos, dignidad en el alambre, individualismo atroz, violencia doméstica... Una sociedad situada al borde del precipicio en tiempos de salarios miserables.

Gran película de los hermanos Dardenne en la que Sandra (Marion Cotillard) tiene un fin de semana para convencer a sus compañeros de trabajo para que acepten renunciar a una prima anual de 1000 €, de forma que ella pueda mantener su puesto de trabajo. Lejos de maniqueísmos, lejos del simplismo hollywoodiense de buenos y malos, de blancos y negros, de la heroína injustamente castigada frente a los malvados y egoístas compañeros incapaces de renunciar a 1000 miserables euros anuales, la película es una mirada limpia a una situación que es la de muchos hoy en esta estafa de la austeridad, la productividad y la competitividad. Junto a la Hermosa juventud de Jaime Rosales, el cine que mejor retrata las consecuencias del tiempo presente.

domingo, septiembre 14, 2014

Emilio, el del banco de Santander

Como todas las mañanas, Rosa llegó al bar a las seis y cuarenta y tres minutos. Introdujo la llave en el candado y levantó la persiana del local que, como de costumbre, chirrió de forma escandalosa. Encendió las luces, prendió la cafetera y empezó su día de trabajo, uno más que sabía exacto al anterior y espejo del próximo. Serviría cafés (solos, con leche, cortados, con sacarina, carajillos…), cervezas (con limón, sin alcohol, con gaseosa, de botellín…), vinos (cosecheros, crianzas, riberas, riojas, tintos, rosados…), los pinchos que se afanaba en preparar María en la cocina e incluso serviría a deshoras alguna copa. A las siete y trece minutos entró Antonio, a las siete y cuarenta y nueve Manuel, a las ocho y cuarto Lola, a las nueve menos cinco Gabriel, a las nueve y treinta y siete Rosa salió a fumarse su primer cigarrillo de la mañana que interrumpió en sus últimas caladas un encorbatado Jacinto, que llegaba apresurado a tomarse su café solo. A las diez y catorce minutos se cayó una copa y mientras barría los cristales entró Elvira […]. A las dos, Rosa le pidió a María que le preparara algo para poder comer antes de las tres y media, hora en que empezaba su turno de limpieza en las oficinas de la entidad bancaria. A las tres y siete minutos –no quedaba lejos de su trabajo- llegó a la plaza en la que se encontraban las oficinas, se sentó en el mismo banco en que lo hacía todos los días y se dispuso a deglutir la ensaladilla rusa y las croquetas que había cocinado María. Todo era igual, pero algo era distinto. Una extraña sensación detuvo a Rosa. 

Puso a un lado la fiambrera y dejó caer dentro de forma inconsciente el tenedor de plástico. Cruzó las piernas, perdió su mirada al frente y, presa de un difuso malestar, se preguntó si estaría enfermando. No, no podía ser eso. Se encontraba cansada, sí, pero no más que cualquier otro día y había llegado con el apetito voraz acostumbrado. Sin embargo, al poco de empezar a comer, lo había perdido. Algo iba mal, aunque no sabía decir qué. Algo no encajaba, aunque las piezas de su puzle diario encajaban como de… ¡Emilio! Rosa se sobresaltó, y un chico que pasaba junto a ella se percató y sonrió. Había dado un respingo en el banco. ¡Emilio! Emilio no había aparecido en toda la mañana. Qué raro, pensó. ¿Le habrá pasado algo? 

Emilio llegaba cada día al bar a las nueve de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos, desde hacía cinco años. De haber fichado, habría quedado constancia de su extrema puntualidad en la llegada, pero también en la marcha, pues a la una en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos, se levantaba y se iba. Que ella recordara, Emilio jamás había fallado en esos cinco años. Pensó en ir corriendo a ver si estaba bien, sabía dónde podría encontrarlo a esas horas, pero ya era momento de entrar a trabajar. Rosa pasó toda la tarde inquieta, nerviosa, miraba el reloj esperando el momento de terminar para ir a buscarle, pero las manillas discurrían más lentas cuanto mayor era su nerviosismo. Durante cinco años, de lunes a sábado, Emilio se había tomado su café en el bar de Rosa no sin antes regalarle una flor, que ella sabía que cortaba del jardín que adornaba una rotonda próxima al bar. Siempre llegaba con una y ella las iba colocando en un discreto jarrón junto a la barra. Nunca faltaban, y una recién cortada sustituía a otra que ya palidecía. Emilio le daba conversación cada vez que ella salía a fumarse un cigarrillo. Rosa pensaba que Emilio se había ido enamorando con el tiempo, pero ni ella podía permitirse un segundo para el amor, ni él sabía cómo poder ir más allá de ese inocente flirteo. 

Cuando dieron las siete, Rosa salió apresuradamente de las oficinas y con paso ligero se encaminó hacia la plaza de la catedral a buscar a Emilio. Sus sensaciones eran contradictorias, estaba segura de que lo encontraría allí y, a su vez, tenía la extraña certeza de que no lo vería. No tardó en llegar. Miró hacia el banco en el que siempre estaba, pero no lo vio. Se sintió momentáneamente desorientada, como si aquella plaza, por la que había pasado cientos de veces en su vida, no fuera la plaza. Pero Emilio no estaba y tampoco ninguna de sus pertenencias: ni la mochila que hacía las veces de armario, ni la manta con la que se protegía del frío, ni el vaso en el que algunos viandantes dejaban su limosna y que él sostenía cada mañana, durante cuatro horas, junto a la puerta de entrada del bar en el que trabajaba Rosa. Ni rastro. Rosa miró a un lado y a otro sin saber qué hacer hasta que se acercó a un quiosco próximo. Le explicó al dependiente que buscaba a Emilio, el hombre que llevaba años ocupando ese banco de la plaza y pedía limosna, estaba segura de que sabría de quién se trataba, porque ya formaba parte del paisaje del lugar. Rosa palideció de golpe. Emilio había muerto esa mañana, aparentemente había sufrido un ataque al corazón. Una vecina que había salido a primera hora a pasear a su perro lo encontró derrumbado en el suelo junto al banco. Primero pensó que se trataba de un borracho, pero al ver un pequeño reguero de sangre que salía de debajo de su cabeza, se dio cuenta de que aquello era más grave que una simple borrachera. Para las nueve de la mañana habían levantado el cadáver y retirado sus pertenencias. 

Rosa llegó al bar más temprano que de costumbre. Eran las seis y trece minutos cuando introdujo la llave en el candado y levantó la persiana del local que, por supuesto, chirrió de forma escandalosa. Encendió las luces, pero no prendió la cafetera. Rosa se aproximó al jarrón de las flores de Emilio y pegó sobre él un papel en el que se podía leer escrito a mano: “Para Emilio, de Rosa y tus amigos del bar”. Lo cogió, salió a la calle, cerró la puerta del bar con llave, dejó la persiana levantada y se dirigió con paso ligero hacia la plaza de la catedral. No había dormido en toda la noche pensando en el infortunado Emilio. Media hora antes de que sonara el despertador, se levantó decidida a depositar el jarrón en su banco, ese que daba color al bar gracias a la flor que cada mañana, un tanto sonrojado, le regalaba a Rosa. 

A punto de llegar, Rosa imaginó por un momento que se lo encontraría tumbado y dormido en el banco. Le ilusionó la idea. Quizá se habían confundido y no era él el muerto, quizá no todos los días los pasaba en aquel banco de la plaza de la catedral, quizá… ¡¿Y eso?! Rosa se detuvo en seco y se abrazó con fuerza al jarrón, presa del desconcierto. El banco de Emilio estaba ahora rodeado por unas vallas de seguridad y dentro, cubriéndolo con su estructura, había un estrado sobre el que se situaba una cámara de televisión. Se percató de que eran varios los estrados en la plaza y que había aparcada una furgoneta de un canal de televisión. Un vigilante de seguridad de una empresa privada, sin duda aburrido después de toda una noche en guardia y sin faena, se acercó curioso a Rosa que, absorta en sus divagaciones, se sobresaltó cuando éste le habló: “Señora, ¿son para el funeral?”. ¿El funeral? ¿¡Qué funeral!? Por un segundo Rosa creyó estar soñando, quizá al fin había logrado quedarse dormida después de haber dado vueltas y vueltas en la cama toda la noche sin pegar ojo. El guarda sonrió con cierta sorna, sospechaba que a esa mujer le daba vergüenza admitirlo: esas flores eran para el funeral y había acudido tan temprano, cuando apenas la ciudad empezaba a despertar, para que nadie le viera traerlas. “Sí, mujer. Para el funeral de Emilio. ¿Era usted cliente del banco?” 

Carlos Pérez Cruz

domingo, julio 20, 2014

Mauro (En memoria del pianista Mauro Urriza)



El reconocimiento al trabajo de un músico no depende exclusivamente de su talento. Hay músicos excelentes que viven alejados de los focos y que incluso, si los ven, los evitan. Sea por una humildad extrema o por una timidez casi patológica, huyen del aplauso que merecen.

Ha fallecido Mauro Urriza, pianista navarro. Tenía cincuenta años. La noticia de su fallecimiento atravesó la noche del sábado 19 de julio como una descarga eléctrica enfundada en un guante de boxeo que nos encontró a muchos de sus amigos y compañeros con la guardia baja.

No recuerdo en qué momento conocí a Mauro, pero es probable que estuviera ligado a mis primeros pinitos como músico de jazz. Con él toqué en algunos de los grupos del saxofonista Javier Garayalde y más recientemente en la big band del Conservatorio Superior de Navarra. Allá donde hubiera jazz por estos lares es probable que estuviera Mauro, ya fuera tocando, ya fuera escuchando. Si algo hizo a Mauro quien era, más allá de sus estudios, fue su inmensa curiosidad como oyente de música… o como lector. Fiel de Vargas Llosa, su primer disco llevó por título Inconquistable, inspirado en La casa verde del autor peruano.

Mauro era oyente ocasional de mi programa. Cuando nos veíamos solía comentarme lo último que había escuchado, al músico que había descubierto o lo “marciana” que le había resultado tal o cual grabación que yo había pinchado. Claro que guardaba adjetivos semejantes para su propia música, la que recogió su primer disco hace cuatro años y la que grabó hace apenas un par de meses para el que en unos días iba a ser su segundo, Blues for Oteiza (dedicado al escultor Jorge Oteiza). Restaba valor a lo suyo porque su timidez le impedía reconocerse, pero tuvo la suficiente personalidad como para resultar original y diferente en un entorno poco dado a la diferencia como es el navarro.

Tal y como explicó en la entrevista que le hice en Club de Jazz hace cuatro años, Mauro Urriza llegó al jazz tarde, cumplidos los treinta. Ahora el jazz es más o menos frecuente en los conservatorios, pero hace veinte años un músico con esas inquietudes debía buscarse la vida como él hizo recibiendo clases particulares de Iñaki Salvador, Miguel Blanco o Iñaki Askunce. Currela incansable, tal y como lo recuerda Salvador, Mauro Urriza era en la actualidad profesor del Superior de Navarra donde, como apunta Marcelo Escrich, compañero y amigo del pianista, pocos como él han logrado de forma tan unánime el respeto y cariño de alumnos y profesores. Eso sí, el verdadero magisterio lo impartió con su incansable actividad en numerosas jam sessions y conciertos en los que participó tanto en Navarra como en Miranda de Ebro y La Rioja, que son los territorios por los que se movió fundamentalmente. Hizo casi tantos kilómetros en casa como los que hubiera merecido alcanzar su música.

Con Mauro he tenido también la ocasión de compartir ensayos en la banda de música de Pamplona, de la que formo parte y con la que él colaboraba frecuentemente. Allí coincidía con uno de sus primos, Rogelio Andueza, intérprete de tuba -otro de sus primos es el gran saxo alto Mikel Andueza, uno de los jazzman con más clase del jazz ibérico-. Pero si algo recuerdo a título personal es haber coincidido en muchas ocasiones con él en las salas casi vacías del cine en las sesiones más intempestivas de las películas menos evidentes. La curiosidad como motor de vida. Y es que detrás de lo extraño que podía resultar a primera vista, de sus reacciones y gestos algo atolondrados o de su eterna camisa blanca de rayas, se escondía una persona a la que siempre recordaré no sólo por su enorme valía profesional sino, sobre todo, por el cariño, respeto y sentido del humor con el que me trató. Mauro no arderá en la hoguera de las vanidades.

Carlos Pérez Cruz

Publicado originalmente en la web de Club de Jazz.

martes, julio 15, 2014

Horror


La guerra es la peor de las posibilidades del ser humano. Se ha glorificado miles de veces, pero la guerra es muerte, devastación, humillación, vísceras, vidas rotas. De la barbarie y masacre de Gaza de estos días están escribiendo excelentes periodistas en estos días. Poco tengo que añadir a lo que ellos ya han dicho desde allí o incluso desde aquí. Sólo quiero agradecer que honren el periodismo con su trabajo, arriesgando su vida y dignificando una profesión denostada (muchos han hecho mucho por ello) con un trabajo riguroso y honesto en una situación tan complicada.

La guerra es un asco. Israel hace la guerra en nombre de la lucha contra el terrorismo (recordemos que son USA y Europa quienes otorgan las credenciales). Ni el ‘señor X’ de los GAL, en sus sueños más húmedos, lo hubiera imaginado: Bilbao o Donostia bombardeadas por tierra, mar y aire en nombre de la lucha antiterrorista. Israel lo hace por costumbre, sólo que en ocasiones lo hace de forma más salvaje (si cabe) y es noticia. Por lo demás, insisto, es costumbre. La principal víctima es siempre la población civil. Decir lo contrario es mentir.

La guerra es un horror y glorificarla es sencillamente inmoral. En estos días tan terribles de asedio a Gaza, se vive en las redes un combate no menos terrible. Al lado de la guerra parece una minucia, un efecto colateral de la violencia en la opinión pública, pero no dice menos que la propia guerra sobre la condición humana. En la red se combate con propaganda. No es nada nuevo, pero, además de propaganda, hay un pulso entre fanáticos, una batalla por la ceguera que produce arcadas.

En los pocos (pero larguísimos) días que llevamos de ‘Operación Margen Protector’ (manda huevos), he visto la imagen de un crío palestino al que le faltaba medio cráneo y al que su padre llamaba entre gritos de devastada desesperación, cadáveres de menores entre escombros, supervivientes aterrorizados de un centro de atención a minusválidos, las tumbas de 18 personas de una misma familia, y un largo etcétera cuya descripción e ilustración les ahorro. ¿Quién es capaz de aceptar algo así? ¿Cómo alguien puede justificar que un gobierno haga eso en su nombre? Lamentablemente, más de los que uno es capaz de imaginar. El fanatismo ciega (como bien ilustraba una enorme viñeta de El Roto: “¡Al fin veo!”, gritaba con los ojos cegados por una venda que llevaba inscrita la palabra “Fanatismo”) y el odio ofrece visiones tan distorsionadas que uno creería producto de sustancias psicotrópicas. Hay personas (sí, lamentablemente también son personas) que prefieren ignorar el pequeño detalle de que a un bebé le falta media cabeza y afirmar que lo que se pretende con esa imagen es “dar pena”.

Hemos visto numerosos videos de lo que Israel considera un aviso preventivo (¿humanitario?) antes de la voladura con misiles de las viviendas de Gaza. Sin entrar ahora en mayores consideraciones sobre lo que implícitamente nos está diciendo Israel al “avisar” de antemano a sus víctimas, he comprobado cómo se justifica y otorga valor moral superior a ese crimen injustificable contra la población civil. “Encima que avisamos”, vienen a decir. Hay quien ha visto por primera vez uno de esos videos y pensó que el “aviso” era el misil. No sabe lo que va a llegar 57 segundos después. Me resulta imposible imaginar qué pasa por el interior de alguien que considera que ese “aviso” es ejemplo de la superioridad moral de su país. Los calificativos se los dejo al lector.

Un último detalle (habría miles): Otras imágenes que hemos visto en estos días, fuera del campo de batalla, nos han mostrado a israelíes apostados en un alto que les permitía disfrutar de una buena panorámica de la Franja de Gaza. Asistían alborozados al impacto de los misiles de su ejército en Gaza. Festejaban la barbarie. Quizá alguno de sus gritos de alborozo y aplausos de celebración acompañaron el estallido del misil que voló la cabeza de ese niño o sepultó la vida  de 18 personas. 

Al otro lado, en la ocupada Hebrón, paradigma de la terrible ocupación israelí de Palestina, decenas de ciudadanos se subían a una colina para tratar de asistir en la distancia al bombardeo inmisericorde que Hamás había anunciado sobre Tel-Aviv  (pura propaganda). En la televisión de Hamás se llegó a colocar un reloj de cuenta atrás. Con tristeza vi quien celebraba aquello como si esa fuera la cuenta atrás para la celebración de Año Nuevo. El reloj no señalaba el tiempo para el bombardeo de Tel-Aviv. Descontaba la distancia entre ocupantes y ocupados, agresores y agredidos. Los igualaba en fanatismo. Puro veneno

Carlos Pérez Cruz

viernes, julio 11, 2014

Cobertura inmoral*


Escribo ya no sorprendido, sí indignado, por la desafortunada portada de su medio en la edición del día 10 de julio de 2014, en concreto por el titular (acompañado de fotografía) en el que se puede leer “Israel y Hamás intercambian cohetes en plena escalada militar”. Resulta cuando menos asombroso que, dado que el propio cronista desde Gaza, Juan Gómez, certifica “al menos 40 muertos palestinos, entre los que hay numerosos niños”, el titular se refiera a un teórico intercambio de “cohetes”. El titular es profundamente desafortunado porque a) Israel no ataca Gaza precisamente con “cohetes”; b) Los palestinos muertos, la mayoría civiles (incluidos niños), se cuentan por decenas y por cientos los heridos; c) No hay constancia de heridos ni muertos israelíes (y espero que siga siendo así) hasta el momento de la publicación de esta información; d) No puede haber “escalada militar”, salvo que sea unilateral, dado que Palestina carece de ejército, mientras Israel es una de las mayores potencias militares del mundo. 


El enfoque informativo del medio sobre lo que está aconteciendo en Israel y Palestina resulta doloroso, sobre todo cuando al pasar página uno certifica que lo más relevante para ‘El País’ es el alcance de los cohetes lanzados desde Gaza (“Hamás amplía el alcance de sus cohetes hasta el norte de Israel”) y no el bombardeo indiscriminado sobre la población de la Franja, la muerte de decenas de civiles, entre ellos varios menores, en un espacio de tierra minúsculo que, conviene recordar, está muy densamente poblado. Hablamos de más de un millón y medio de personas atrapadas en 360 kilómetros cuadrados que no tienen escapatoria (ni refugios antiaéreos a los que acudir), dado que la Franja está aislada por tierra y controlada por mar por los buques de guerra israelíes. El desequilibrio de fuerzas y las consecuencias de lo que su medio considera un “intercambio” son tan abrumadoramente dispares que el tratamiento me parece no sólo poco ético periodísticamente, también inmoral.

Carlos Pérez Cruz

*Enviado al defensor del lector del diario 'El País' y la sección 'Cartas al director' el día 10 de julio de 2014.

jueves, junio 26, 2014

Barça, campeón ACB. Impresiones a vuela pluma.



Se acabó la temporada y ganó la Liga quien menos se esperaba, el Barça. En deporte, no siempre gana quien más lo merece (que se lo digan al Valencia), pero sí ha ganado la final el que mejor la ha jugado. En la final de Euroliga en Milán, el Madrid perdió el brillo con el que había apabullado hasta entonces (incluido a un Barça que en la semifinal milanesa tuvo "una noche de mierda", Pascual dixit) y ha terminado jugando en mate desde entonces. Da la impresión de que el Madrid de Laso lo fio todo a la Euroliga y la derrota contra el Maccabi (equipo asiático que juega la Euroliga, qué cosas) ha pesado como una losa anímica (y física) sobre los blancos.

Acaba la temporada y lo hace con una final que ha programado sus tercer y cuarto partidos entre semana a las siete y cuarto de la tarde. Un esperpento más de una competición fabulosa cuyos dirigentes están desde hace años encantados de machacar, con la ayuda inestimable de una TVE -a la que el basket le importa un pimiento y a la que la ACB no le cuesta un duro. Si no te haces valer...-. Un esperpento equivalente a un corte de mangas a los aficionados que hemos seguido la competición durante todo el año y que no hemos podido disfrutar de la final en sus dos partidos finales por culpa de una programación en horario de 'Barrio Sésamo'. Burla.

Acabó un año horrible del Barça en el que, sin embargo, perdió la final de Copa contra el Madrid por un triple de Llull en el último segundo, acabó tercero en la Euroliga después de perder contra el Madrid en un sonrojante partido de semifinales y gana la final ACB después de practicar el mejor baloncesto de la temporada. Síntomas del maldito duopolio que cada vez más se impone en la competición de élite de este país, y que ha creado una sima (casi) insalvable entre Barça-Madrid y los demás. 

Año horrible del Barça, sí. Con un juego exasperante, con sensación de plantilla desaprovechada y carencias tácticas en la cancha. No me resulta atractivo el juego de Pascual desde hace años. Hoy se ha despachado a gusto en la rueda de prensa contra las críticas con "sarna" de esta temporada. "Se ha sido francamente injusto con este equipo. Muchas veces he sentido que no tenía sentido venir aquí a explicar nada", ha dicho tras el partido. Ha puesto como ejemplo a Lampe, autor del triple decisivo del partido, y las críticas recibidas durante la temporada. "El tiempo pone a cada uno en su sitio", ha sentenciado. Una temporada horrible de Lampe no creo que dependa de un triple.


Se acabó. Barça campeón, Navarro MVP (cuya temporada, entre algodones, ha encontrado justa recompensa en una final memorable), Laso desquiciado (y lesionado) y negando en rueda de prensa la evidencia ("Nunca he hablado del arbitraje, di unos datos sobre el arbitraje"), Tomic como pivot capaz de marcar diferencias (¡¡Aleluya!!), con Sergio Rodríguez enmarañado en su barba, con Rudy tan extraordinario como jugador como reprobable en su comportamiento (hoy haciendo gestos de dinero hacia los árbitros) y con un Mirotic sorprendentemente (y preocupantemente) perdido. Arbitraje horrible en el último partido, final con los jugadores a punto de expirar, y con Huertas feliz como un niño subido al rincón de los aficionados "profesionales" del Barça, los Dracs, en una de las imágenes más curiosas de la final. Y chispum.

jueves, junio 12, 2014

La llave del Mundial

No soy nada futbolero, aunque lo fui y mucho en mi adolescencia. Culé lo he sido siempre (adjetivación extensible a mi afinidad por el resto de secciones deportivas del club, en especial la de baloncesto), pero incluso en aquella época veía partidos en los que no jugara el Barça. Eso sí, sólo con los del Barça podía llegar a terminar expulsado y sancionado en mi cuarto, tal era mi alteración ante los evidentes y constantes robos arbitrales. Y con Zubi (mi ídolo, como portero que fui), que no se metiera nadie que...

Hoy empieza el Mundial de fútbol de Brasil y, sinceramente, ni me va, ni me viene. No veré ningún partido. Tampoco vi ninguno hace cuatro años y hasta mucho tiempo después -meses, incluso- no llegué a ver el famoso gol que dio a la selección española el campeonato. No, no lo vi. ¿Cómo lo logré? Supongo que no encendiendo la tele ni dándole al 'play' a los videos de Youtube. Lo que sí recuerdo con enorme precisión, y difícilmente olvidaré, es el día de la final. Tenía un invitado en casa, al que cedí mi salón para que pudiera ver el partido. Yo me quedé en la cocina, leyendo el periódico y escuchando... Radio3. En eso que suena el teléfono y una amiga, desconsolada, me comunica que se ha dejado dentro las llaves de su piso. Las consultas con los servicios de cerrajería resultan disuasorias. Como es un piso compartido, lo mejor es buscar a uno de sus compañeros para que le deje una copia. Sólo hay un pequeño problema. Estamos en Pamplona y la llave más próxima está en...

Sí, a Zaragoza que nos fuimos a por la dichosa llave mientras la selección española jugaba su final. Si les soy sincero, reconozco que hubiera preferido que España no ganara por aquello de la brasa patriótica que iba a venir... y vino. Pero es que en este caso la razón era también práctica. Si España ganaba, a ver quién coño entraba con el coche en Zaragoza. Y España, ya lo saben, ganó. ¡Gol! Y de los pueblos que quedaban en los márgenes de la autopista nos llegó la noticia encarnada en fuegos artificiales. A ver quién entra ahora... Y, sobre todo, a ver quién sale de Zaragoza.

¡Oh, fortuna! El susodicho compañero de piso vivía en un barrio periférico así que, bueno, entramos y salimos con cierta facilidad. Eso sí, hube de sumarme al jolgorio con un pi pi pi pi piii pi pi pi piii pi piii de bocina del coche para que los fanáticos rojigualdos nos abrieran paso. Y conseguimos llegar a Pamplona donde, por otro lado, no esperaba y no encontré problemas de ese tipo. Llegamos pasadas las dos y media de la madrugada después de unas cuatro horas de coche entre ida y vuelta. Una hora razonable, de no ser porque el despertador iba a sonar tres horas después. ¡Campeones!

Por cierto, creo que el último Mundial de fútbol que recuerdo haber seguido fue del de Estados Unidos. Y yo, claro, iba con Bulgaria. Jugaba Stoichkov. Y al que no le guste, pisotón y cuenta nueva.

Carlos Pérez Cruz

sábado, junio 07, 2014

Periodismo de mierda

Harto. Asqueado. Cansado de tanto servilismo, de alfombras rojas al poder, de genuflexiones monárquicas, presidenciales, partidistas y empresariales. De que se atienda a intereses y no a hechos (por no decir a la verdad), de que se haga campaña por las élites, del fomento de la inversión colonial en América Latina, de que los enemigos del orden y la justicia sean quienes plantean alternativas a la globalización y el franquicidio, de que el malo sea Putin porque el nuestro es Obama (cuando los dos son unos hijosdelagranputa), del monopolio declarativo de los dos linces ibéricos de la corrupción, de la permanente cobertura de la nadería declarativa, del color rosa de las páginas del fin de semana, de las revistas de moda y complementos inalcanzables en tiempos en que cada vez tenemos menos y menos, de los silencios medrosos de las redacciones que sólo claman indignadas una vez se ven en la puta calle, de que la única garantía de colocación sea la mamada al superior, de que la publicidad privada pase por información, de que la publicidad institucional pase por información, de que no se llame a las cosas por su nombre y se les dé un rodeo de taxista, de los putos censores sin escrúpulos salidos de las escuelas de negocio (¿?), de los titulares que incriminan al muerto para así matarlo dos veces, de las encuestas que ocupan titulares y de los porcentajes que sepultan relatos, de las palmaditas en la espalda de los compañeros y las adhesiones sotto voce, de los “te entiendo perfectamente pero …”, de Rosa Márquez y El Corte Inglés, de que un telefonazo del PPSOE sea motivo de autocensura, de que un criminal, corrupto y sinvergüenza como Felipe González sea el puto oráculo de Prisa, del fraude periodístico de las tertulias y sus miserables todólogos, de que las portadas se miren por morbo y no por su interés, de la basura indigesta que esparce la televisión digital, de las horas y horas de radio simpatiquista en tiempos que no lo son, de que la información provenga de fuentes y no de personas con nombres y apellidos (¡¿qué es esto, el puto Aquapark?!), de la disciplina de partido de las redacciones, de que sólo se hable de las hostias policiales si joden a la policía del otro, de que la cultura sea ocio, de que señorías decimonónicas me digan lo que tengo que pensar y hacer en el siglo XXI… Harto, muy harto y asqueado de que nuestro mundo no exista, de que la prensa nos aleje del quiosco, de encender la radio para apagarla al instante, de que el televisor sea un mueble más de la casa. ¡Vaya mierda de periodismo!

Carlos Pérez Cruz

lunes, junio 02, 2014

Lucía Martínez - "De viento y de sal"


Hay belleza que sólo ilumina la nostalgia, hija de la distancia. Hay distancias insalvables, distancias que nos salvan, océanos de distancia y mil lágrimas derramadas. Hay casas en el exilio y exilios que son como una casa. Hay kilómetros, miles de kilómetros, asfaltados con sal, con lágrimas que marcan un camino que es de ida y vuelta, de vuelta e ida, porque la distancia no es el olvido, es recuerdo en construcción. A casa siempre se vuelve y de casa siempre se va. Por tierra, por mar, por aire… por música. 

Hay nostalgias febriles, enfermas de distancia. Nostalgia de luz, de mar, de olores y sabores. Hay voces y acentos que, cuanto más lejos, más propios, más íntimos, más dulces, más yo. Hay luz atlántica bajo las nubes, olas que rompen a miles de kilómetros y mecen sueños, olores que aturden, sabores que bañan de sal las mejillas, voces que despiertan anhelos, acentos que devuelven, como el eco del valle, algo de uno mismo, que siempre es más propio cuanto más lejos está. 

Hay milagros de la distancia, músicas que la acortan y liberan de peso a la nostalgia. Músicas que son palabras, palabras compuestas de notas que son poemas, versos de un alma que es sincera y se sincera, que mira adentro. Ahí está la luz, hay vida, pequeñas virutas de una pureza tan sensible que Lucía Martínez vuelca y dispersa como corcheas de sal sobre el papel pautado. Y sopla el viento y la música se mueve y nos conmueve, se hace nuestra siendo tan suya. Su nostalgia tiende puentes hacia nuestra felicidad.

Carlos Pérez Cruz (texto incluido en el libreto del disco)


sábado, mayo 31, 2014

'Hermosa juventud': retrato ibérico, año 2014


Es quizá la película que mejor refleja (de las que he visto y recuerde) qué significa eso que llamamos crisis (o sea, estafa) en España. Un retrato veraz y crudo de las desastrosas consecuencias sociales de un país en el que muchos se abandonaron en tiempos de confeti y otros la abandonaron, huyendo de este erial. 

Unas interpretaciones magníficas y una(s) historia(s) que, de tan real(es), desconsuela(n). Jóvenes parados y atrapados en un enorme bostezo por la falta de mejores perspectivas que las de matar el tiempo en botellones, comida basura en polígonos y centros comerciales, mensajes de guasap y videos en Youtube de peleas japonesas. Trabajos de sueldo miserable y esfuerzo notable, currículos desechados, sumisión a lo humillante, vidas deslomadas. Madres heroicas con el rostro grabado, minusválidas derramadas en el sofá frente a la televisión, adolescentes adormecidos por la desidia... La vida a golpe de supervivencia en un mundo hípercomunicado y adicto a la pantalla. 

La película favorita en las calles Génova y Ferraz y en la cancillería berlinesa. Vayan a verla. La crisis era esto.

Carlos Pérez Cruz

martes, mayo 13, 2014

Agustí Fernández & Irene Aranda (Salamanca, 8/05/2014)


Irene Aranda
© Miguel Ángel Montejo

Recién finalizado el concierto, compartía reflexiones con sus acompañantes: “Pues no me ha parecido jazz. Salvo los últimos cinco minutos…”. Desconozco qué peculiaridad caracterizó esos cinco minutos finales de un concierto de casi hora y media para que este espectador sintiera el jazz que no había escuchado durante toda la noche. Misterios de la subjetividad.

Decía el saxofonista Tim Berne, refiriéndose a la música de su grupo BB&C (junto a Jim Black y Nels Cline), que si la anuncias como jazz “desorientas a la gente. Tienes que presentarla con algún tipo de descripción”. Tiene razón (siempre y cuando sea realmente necesario leer la sinopsis antes de ver la película). Las palabras, las etiquetas, de natural restrictivas, lo son también en el imaginario colectivo. No sé exactamente bien qué es el jazz, pero bajo su paraguas se cobijan expresiones tan diversas que acogerse a él es un riesgo: las expectativas (¡por fortuna!) no siempre son correspondidas, sobre todo si nuestra descripción acota y (de)limita de forma precisa. En realidad, el concierto se anunció de “libre improvisación”, lo que es una simple expresión del método, no la resultante.


Agustí Fernández
© Miguel Ángel Montejo

Resulta casi insólito escuchar en España a Agustí Fernández. Al ser de lo mejor que tenemos, quizá preferimos que salga de aquí por aquello de presumir de marca. Ironías aparte, la ignorancia de este país sobre música improvisada y, en concreto, sobre la figura de Agustí Fernández, dice mucho de nuestro desinterés por la cultura de pulso más nervioso y creativo. Al margen de estos factores exógenos al pianista, Agustí vive años especialmente prolíficos como (intuyo) siempre lo ha hecho, disfrutando del aquí y el ahora donde tengan interés, expresándose en ese directo que defiende como lugar natural de la música. El aquí y el ahora salmantino, promovido por la joven y entusiasta asociación ALAMISA, fue doblemente insólito por contar también con la jiennense Irene Aranda, cuya extraña autonomía e independencia como creadora todavía no ha sido mínimamente valorada. Cara a cara sobre el escenario, dos expresiones pianísticas muy diferentes pero compatibles. Hay, claro, una diferencia notable de años de experiencia, también de identidad sonora: más acerada la de Agustí, más lírica la de Irene. Sin embargo, y he ahí una de las necesidades prácticas de la libre improvisación, la adaptación de uno al otro dio felices resultados. Irene fue capaz de arrojarse al vacío más vertiginoso y torrencial de Agustí y Agustí de apuntalar la veta más introspectiva de Irene.


Agustí Fernández
© Miguel Ángel Montejo

Casi hora y media de música (incluidos los jazzísticos cinco últimos minutos) dio para dos dúos y dos solos. En el ejercicio individual, el espectador atento pudo ser consciente de algunas de sus respectivas particularidades que, por separado, parecerían incluso divergentes. Tanto Irene Aranda como Agustí Fernández frecuentan las tripas del piano (en eso él es un consumado especialista), pero las formas difieren. Ella, por ejemplo, juega con cerdas que frotan las cuerdas del instrumento, del que desprende una electricidad casi boreal, mientras él trabaja fundamentalmente con los dedos en feroz pizzicato; ambos utilizan diversos objetos, como una medalla con la que Agustí pareciera emular una fina lluvia de meteoritos (cosas de la percepción subjetiva). Los dos son percusionistas de su instrumento: él con su digitación sobre la madera o con el martilleo exaltado desde el teclado; ella, con su descenso al sótano del piano, con la ayuda de unas piedras con las que golpea las varillas de los pedales. Más allá de su naturaleza percusiva (martillos que golpean cuerdas), el piano es con ellos una caja de resonancia(s), altavoz de su voz interior.

En la expresión convencional con el teclado, emana de ella un cierto clasicismo, pequeñas digresiones y giros con motivos de (imaginaria) música española; con él, el teclado es una montaña rusa de vértigos, restallan clusters y repiquetean en in crescendo pequeños motivos de metralla rítmica. Detalles expresivos y técnicos que se integran y complementan durante las prolongadas exploraciones y diálogo en los que la música interpela al oyente con sensaciones espaciales muy variopintas, como si el sonido pudiera expandirse y contraerse a voluntad, ocupar más o menos espacio físico; como si pudiera engordar y adelgazar a discreción, y se tratara de materia sólida y continua que van moldeando y su resistencia fuera la de la plastilina.

Agustí Fernández e Irene Aranda invocan más sentidos de los que uno sabía tener y atraen hacia ellos hasta la respiración, anulada como una molesta y ruidosa servidumbre de supervivencia que interfiere en la percepción de los estímulos que bombean desde el escenario, playa de oleajes ora tempestuosos y en colisión, ora calmos y de serena madrugada. Una borrasca emocional de anticiclónicas consecuencias.


© Carlos Pérez Cruz

Nota: Gracias a Miguel Ángel Montejo por la cesión de sus fotografías. Más imágenes en su blog.

Publicado originalmente en www.elclubdejazz.com

sábado, mayo 03, 2014

Charla sobre improvisación (Salamanca, 9 de mayo 2014)


¿Por qué una charla sobre la improvisación? Una primera respuesta: porque es muy difícil escucharla. ¡Ojo! No me refiero a la exigencia que requiere escuchar esta expresión musical (de hecho lo que es difícil en estos tiempos es escuchar… cualquier cosa), sino a que resulta muy difícil tener la oportunidad de escuchar música improvisada; quizá por ello sigue siendo una verdadera incógnita para la mayoría y genera más dudas que certezas, más prejuicios que juicios fundamentados. La falta de experiencias es un muro que inhibe su disfrute. 

¿De qué hablamos cuando hablamos de música improvisada? ¿Hablamos de jazz o el jazz es sólo uno de los posibles vehículos de expresión de la improvisación musical? ¿Qué es la ‘libre improvisación’? ¿No son acaso todas las improvisaciones libres? ¿Significa eso que no hay estructura? ¿Es aleatoria? ¿Puro azar? ¿Hablamos de música atonal? ¿Qué reglas se siguen? ¿Hay reglas? ¿Cómo se prepara un músico para un concierto improvisado? ¿Y un espectador? 

Son muchas las preguntas y todas ellas tienen más de una posible respuesta (y quizá una única certeza: la música). De la mano de los pianistas Agustí Fernández e Irene Aranda trataremos de resolver cuantas dudas surjan sobre la improvisación a partir de su propia experiencia de aproximación y trabajo con ella. 

Carlos Pérez Cruz 

Nota: La charla se plantea como una entrevista realizada por el músico y periodista Carlos Pérez Cruz, director del programa ‘Club de Jazz’ (www.elclubdejazz.com), y está abierta en todo momento a la participación activa de todos los asistentes.

jueves, mayo 01, 2014

Respuestas a las “preguntas sin responder” de Manuel Recio (y más preguntas)

Algunas consideraciones y respuestas a las preguntas que Manuel Recio se hace y plantea en su texto Jazz actual: preguntas sin responder [Obviamente se recomienda leer en primer lugar el texto de Recio y después, si se desea, el que desarrollo a continuación].

¿El jazz debe ser un negocio? Si lo que expresamos (y deseamos) con ello es que las artes se mantengan al margen de su comercialidad (es decir, al margen de factores exógenos a la creación y a la creatividad artística pura), obviamente no. En la medida en que a nadie se le garantiza en esta sociedad la manutención por el simple hecho de existir, lo deseable sería que el propio arte –y, por ende, el jazz- pudiera servir para que el creador hiciera negocio con él; es decir, que el jazzista obtenga por su obra una justa recompensa que le permita afrontar los gastos a los que como un ciudadano más está obligado y así dedicar a su trabajo el tiempo que sea preciso y con la mayor libertad imaginable. El problema, en todo caso, no será el negocio que haga con su trabajo sino que el negocio esté orientado/determinado por deseos artísticos que no sean los propios.

Según Manuel, la Nueva Orleans de hace un siglo era un lugar en el que “la música servía para divertirse”, al contrario que Chicago o Nueva York en que “era un negocio”. Si para los músicos la música fuera solamente diversión (y su sustento –negocio- dependiera, obviamente, de otras actividades), la música no dejaría de ser un hobby. ¿Es eso deseable?

¿Por qué no consigue engancharme el jazz contemporáneo a mí, que en teoría soy público objetivo? La pregunta que se hace Manuel Recio concluye un párrafo al que da inicio con una confesión que responde (siquiera parcialmente) su propia pregunta: “Confieso que mi interés por el jazz actual es escaso”. ¿Cómo puede alguien llegar a engancharse a algo por lo que declara que apenas siente interés? Hay miles de cosas sumamente interesantes en la vida por las que no sentimos el más mínimo interés, o por las que quizá tan sólo empezamos a interesarnos desde el momento en que alguien nos transmite su pasión y conocimientos y nos contagia. Hay quien mira al cielo y se conmueve viendo las nubes, les da nombre, proceso, sentido... Hay quien sólo ve nubes.

¿Habría de interesarle el jazz de hoy a alguien que se declara aficionado al jazz de entonces? ¿Debería interesarle la música de Bill Haley a un aficionado de Dover? ¿Mozart a un amante de Stockhausen? No necesariamente.¿Por qué se pone en contraste de forma tan habitual el pasado del jazz con su presente, y viceversa? No veo que suceda lo mismo en otros gremios.

¿Por qué esa especificidad con el jazz y sus aficionados? ¿Por qué esa obsesión por comparar épocas (cuando, en realidad, aquello que nos engancha de la música tiene más que ver con intérpretes y creadores concretos que con las épocas y estilos en los que estén fundamentados)? Por supuesto que uno puede sentir mayor afinidad por unas formas y expresiones concretas que por otras, pero de poco sirven éstas si quienes les dan vida son incapaces de comunicarse con nosotros (o nosotros con ellos). El pasado no asegura(ba) más diversión ni emoción que el presente, y viceversa.

Amar y disfrutar las grabaciones de artistas pretéritos no debería hacer que nos sintamos obligados a escuchar grabaciones o a asistir a actuaciones de artistas que se expresen con formas y lenguajes (entre muchas comillas) actuales, y viceversa, salvo que sintamos un genuino interés por ello. De lo contrario estaríamos sublimando una etiqueta (puramente orientativa) sobre el hecho musical. Si el interés es escaso, como reconoce Manuel Recio en su texto, lo que simplemente estamos haciendo es acudir a un concierto o escuchar un determinado disco por pura convención: la que dice que si algo es de jazz me ha de interesar porque el mero hecho de serlo. Y me puede interesar (de hecho me interesó) mucho más un concierto de la cantante Soledad Vélez en Huesca que el concierto de jazz anunciado en mi ciudad la misma noche. Me interesa la música, no una etiqueta que engloba cosas absolutamente dispares que muchas veces no me atraen en absoluto. Dicho de otra manera: no es preciso disfrutar de Louis Armstrong y de Peter Evans, aunque es perfectamente posible hacerlo con ambos.

Existe, desde mi modesto punto de vista, una especie de crisis de identidad en el jazz, dice Recio. Estoy seguro de que las crisis de identidad las tienen los creadores (incluso los aficionados), no las etiquetas. Si la palabra jazz refiriera unas características sumamente concretas, unos márgenes claramente delimitados, serían los jazzistas los que caerían muy pronto en una crisis de identidad. O bien se acomodarían a una identidad prefijada e inmutable o bien se quitarían de encima la dichosa identidad por agotamiento de los límites. De hecho, la ansiedad definitoria (¿y totalitaria?) de la que algunas voces hacen gala sobre qué es el jazz ha hecho que muchos jazzistas (valga la paradoja) renieguen del término (por salud mental).

Ha perdido el fervor popular, el pulso, la conexión con el gran público. Se ha intelectualizado, asegura el autor. No olvidemos que lo que consideramos música popular es un fenómeno del último siglo y que, en ese siglo, la música popular (y por ende las etiquetas que la catalogan) se ha atomizado casi tanto como las audiencias. Ese jazz popular ha pasado de tener casi la exclusiva del entretenimiento social a competir con decenas y decenas de formas musicales populares y, desde luego, mucho menos exigentes que, incluso, las del jazz pretérito al que se siente afín Manuel Recio y que también ha perdido hoy el fervor popular.

Sí, hablamos de exigencia. Y Manuel se pregunta: ¿Qué oyente está dispuesto hoy en día a regalar sus preciados minutos de existencia a un fin tan exigente? Creo que la pregunta dice más en contra del oyente que de la propia música (o al menos nos habla de un oyente que tan sólo aprecia la ligereza y no busca más en la música). ¿Acaso ha de ser la música sólo ocio y divertimento? ¿Es deseable que lo sea en todos los casos? ¿En su mayor parte? ¿Es la popularidad –si entendemos que la popularidad le viene dada por su carácter ocioso- un fin en sí mismo? ¿Ha dado la espalda el jazz a la popularidad? ¿No ha sido acaso un género impopular la mayor parte del tiempo? ¿Qué garantiza musicalmente la aceptación del gran público? ¿Qué dice en su contra que no la tenga? ¿Y si la intelectualización no fuera más que un lugar común al que nos acogemos cuando algo simplemente no nos gusta?

Tal y como señala Manuel, creo que el disfrute del jazz “exige un esfuerzo y una implicación por parte del oyente”. No podría ser de otra manera. Eso sí, pocos esfuerzos han sido compensados de forma tan gratificante en mi vida como los que han venido de la escucha y curiosidad por la música. Oídos atentos, mente dispuesta… ¡Qué exigencia tan liviana!

Carlos Pérez Cruz
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