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jueves, mayo 01, 2014

Respuestas a las “preguntas sin responder” de Manuel Recio (y más preguntas)

Algunas consideraciones y respuestas a las preguntas que Manuel Recio se hace y plantea en su texto Jazz actual: preguntas sin responder [Obviamente se recomienda leer en primer lugar el texto de Recio y después, si se desea, el que desarrollo a continuación].

¿El jazz debe ser un negocio? Si lo que expresamos (y deseamos) con ello es que las artes se mantengan al margen de su comercialidad (es decir, al margen de factores exógenos a la creación y a la creatividad artística pura), obviamente no. En la medida en que a nadie se le garantiza en esta sociedad la manutención por el simple hecho de existir, lo deseable sería que el propio arte –y, por ende, el jazz- pudiera servir para que el creador hiciera negocio con él; es decir, que el jazzista obtenga por su obra una justa recompensa que le permita afrontar los gastos a los que como un ciudadano más está obligado y así dedicar a su trabajo el tiempo que sea preciso y con la mayor libertad imaginable. El problema, en todo caso, no será el negocio que haga con su trabajo sino que el negocio esté orientado/determinado por deseos artísticos que no sean los propios.

Según Manuel, la Nueva Orleans de hace un siglo era un lugar en el que “la música servía para divertirse”, al contrario que Chicago o Nueva York en que “era un negocio”. Si para los músicos la música fuera solamente diversión (y su sustento –negocio- dependiera, obviamente, de otras actividades), la música no dejaría de ser un hobby. ¿Es eso deseable?

¿Por qué no consigue engancharme el jazz contemporáneo a mí, que en teoría soy público objetivo? La pregunta que se hace Manuel Recio concluye un párrafo al que da inicio con una confesión que responde (siquiera parcialmente) su propia pregunta: “Confieso que mi interés por el jazz actual es escaso”. ¿Cómo puede alguien llegar a engancharse a algo por lo que declara que apenas siente interés? Hay miles de cosas sumamente interesantes en la vida por las que no sentimos el más mínimo interés, o por las que quizá tan sólo empezamos a interesarnos desde el momento en que alguien nos transmite su pasión y conocimientos y nos contagia. Hay quien mira al cielo y se conmueve viendo las nubes, les da nombre, proceso, sentido... Hay quien sólo ve nubes.

¿Habría de interesarle el jazz de hoy a alguien que se declara aficionado al jazz de entonces? ¿Debería interesarle la música de Bill Haley a un aficionado de Dover? ¿Mozart a un amante de Stockhausen? No necesariamente.¿Por qué se pone en contraste de forma tan habitual el pasado del jazz con su presente, y viceversa? No veo que suceda lo mismo en otros gremios.

¿Por qué esa especificidad con el jazz y sus aficionados? ¿Por qué esa obsesión por comparar épocas (cuando, en realidad, aquello que nos engancha de la música tiene más que ver con intérpretes y creadores concretos que con las épocas y estilos en los que estén fundamentados)? Por supuesto que uno puede sentir mayor afinidad por unas formas y expresiones concretas que por otras, pero de poco sirven éstas si quienes les dan vida son incapaces de comunicarse con nosotros (o nosotros con ellos). El pasado no asegura(ba) más diversión ni emoción que el presente, y viceversa.

Amar y disfrutar las grabaciones de artistas pretéritos no debería hacer que nos sintamos obligados a escuchar grabaciones o a asistir a actuaciones de artistas que se expresen con formas y lenguajes (entre muchas comillas) actuales, y viceversa, salvo que sintamos un genuino interés por ello. De lo contrario estaríamos sublimando una etiqueta (puramente orientativa) sobre el hecho musical. Si el interés es escaso, como reconoce Manuel Recio en su texto, lo que simplemente estamos haciendo es acudir a un concierto o escuchar un determinado disco por pura convención: la que dice que si algo es de jazz me ha de interesar porque el mero hecho de serlo. Y me puede interesar (de hecho me interesó) mucho más un concierto de la cantante Soledad Vélez en Huesca que el concierto de jazz anunciado en mi ciudad la misma noche. Me interesa la música, no una etiqueta que engloba cosas absolutamente dispares que muchas veces no me atraen en absoluto. Dicho de otra manera: no es preciso disfrutar de Louis Armstrong y de Peter Evans, aunque es perfectamente posible hacerlo con ambos.

Existe, desde mi modesto punto de vista, una especie de crisis de identidad en el jazz, dice Recio. Estoy seguro de que las crisis de identidad las tienen los creadores (incluso los aficionados), no las etiquetas. Si la palabra jazz refiriera unas características sumamente concretas, unos márgenes claramente delimitados, serían los jazzistas los que caerían muy pronto en una crisis de identidad. O bien se acomodarían a una identidad prefijada e inmutable o bien se quitarían de encima la dichosa identidad por agotamiento de los límites. De hecho, la ansiedad definitoria (¿y totalitaria?) de la que algunas voces hacen gala sobre qué es el jazz ha hecho que muchos jazzistas (valga la paradoja) renieguen del término (por salud mental).

Ha perdido el fervor popular, el pulso, la conexión con el gran público. Se ha intelectualizado, asegura el autor. No olvidemos que lo que consideramos música popular es un fenómeno del último siglo y que, en ese siglo, la música popular (y por ende las etiquetas que la catalogan) se ha atomizado casi tanto como las audiencias. Ese jazz popular ha pasado de tener casi la exclusiva del entretenimiento social a competir con decenas y decenas de formas musicales populares y, desde luego, mucho menos exigentes que, incluso, las del jazz pretérito al que se siente afín Manuel Recio y que también ha perdido hoy el fervor popular.

Sí, hablamos de exigencia. Y Manuel se pregunta: ¿Qué oyente está dispuesto hoy en día a regalar sus preciados minutos de existencia a un fin tan exigente? Creo que la pregunta dice más en contra del oyente que de la propia música (o al menos nos habla de un oyente que tan sólo aprecia la ligereza y no busca más en la música). ¿Acaso ha de ser la música sólo ocio y divertimento? ¿Es deseable que lo sea en todos los casos? ¿En su mayor parte? ¿Es la popularidad –si entendemos que la popularidad le viene dada por su carácter ocioso- un fin en sí mismo? ¿Ha dado la espalda el jazz a la popularidad? ¿No ha sido acaso un género impopular la mayor parte del tiempo? ¿Qué garantiza musicalmente la aceptación del gran público? ¿Qué dice en su contra que no la tenga? ¿Y si la intelectualización no fuera más que un lugar común al que nos acogemos cuando algo simplemente no nos gusta?

Tal y como señala Manuel, creo que el disfrute del jazz “exige un esfuerzo y una implicación por parte del oyente”. No podría ser de otra manera. Eso sí, pocos esfuerzos han sido compensados de forma tan gratificante en mi vida como los que han venido de la escucha y curiosidad por la música. Oídos atentos, mente dispuesta… ¡Qué exigencia tan liviana!

Carlos Pérez Cruz

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenas. Hablar de "crisis de identidad" anclando la identidad del jazz en unas coordenadas temporales y espaciales concretas (la Nueva Orleans del principios del S.XX) es un ejercicio no exento de cierto simplismo. Desde ese horizonte estético, sí, el jazz actual está en crisis. Sin embargo, con ese ejercicio, se encorseta al jazz dentro de unos límites que no ilustran la complejidad de un fenómeno artístico singular que rehúsa definiciones y reniega de las etiquetas. En segundo lugar, la pregunta retórica de "¿Por qué no consigue engancharme el jazz contemporáneo a mí, que en teoría soy público objetivo?" Bueno, hay que señalar que en cualquier operación "identitaria" interviene la ideología. Insisto en este punto: la identidad del jazz para M. Recio está anclada en un horizonte determinado. La pregunta que conviene formular es: cómo reclamar para sí el lugar de la objetividad crítica desde la subjetividad de unos gustos estéticos personales? Y por último, cada tanto vuelvo a leer el demoledor ensayo "Über Jazz" (1936) de Theodor W. Adorno. Las cosas que critica M. Recio del jazz actual (pérdida de fervor popular, falta de pulso, poca conexión con el público) son precisamente algunas características que Adorno criticaba del jazz de aquellos tiempos. Elementos que transformaban a ese jazz en un espectáculo de masas, y por este motivo, alienante. En definitiva, un producto de consumo masivo. Y la verdad es que aún siendo un "militante" del jazz, el texto de Adorno -leído desde el 2014- siempre me arranca una sonrisa. Un saludo y viva el jazz. Gustavo

Manu Grooveman dijo...

En primer lugar, como no podía ser de otra manera, agradezco profundamente las molestias y el tiempo empleado en responder a mis preguntas/reflexiones sobre el jazz actual, Carlos. Estoy seguro de que el debate, aunque no nos lleve a ningún lado, será enriquecedor e interminable... ;)

Con estas reflexiones no pretendía más que poner por escrito algunas cuestiones que llevo pensando desde hace tiempo, en ningún caso sentar cátedra. Aclarado esto (por si no lo estuviera) vamos al lío.

Carlos, hay un pequeño matiz erróneo en una de tus respuestas que tiene que ver con la posición que otorguemos al causa/efecto. El hecho de que no me entusiasme el jazz actual (entiándase por actual, contemporáneo, ya que en el "jazz actual" entran muchas corrientes: hay gente de ahora que hace jazz clásico, por ejemplo) no quiere decir que mi "escaso interés" sea el efecto, sino más bien la causa.

En esa línea, también considero erróneo el apunte de Gustavo en el comentario. ¿Qué pasa, que como yo me declaro seguidor (mucho más que seguidor, investigador y arqueólogo) del jazz clásico todo lo que analice del jazz sea de la época que sea lo voy a hacer desde esa óptica con lo cual tiendo a reducirlo? Me parece injusto, muy injusto. Es decir que si escucho bossanova (un estilo que me apasiona) lo voy a hacer desde la "identidad ideológica" del jazz clásico. ¿Por qué con el jazz, que al fin y al cabo más que un estilo es un lenguaje, iba a ser distinto? Con ese razonamiento si yo escucho, por poner un ejemplo, a Tri-Ez, lo voy a contraponer y comparar inmediatamente con Louis Armstrong... Me parece absurdo o a lo mejor no entiendo yo bien la argumentación... A mí me gusta el JAZZ, y si no me entusiasma el jazz contemporáneo (generalizar es un horror, lo sé) no es porque sea un devoto del jazz clásico, sino porque la música que he escuchado no consigue engancharme. El problema seguro que es mío, no de la música (ni mucho menos de los músicos) pero desde luego no es por desconocimiento del complejo lenguaje del jazz o por una supuesta ideología.

Con respecto a la crisis de identidad y la aceptación popular. A ver en ningún momento he dicho (ni pienso) que el jazz tenga que ser una música de masas, accesible a todos los oyentes. No. El jazz es complejo, ya lo hemos dicho, y no tiene por qué gozar de una aceptación masiva (aunque si la tuviera tampoco pasaría nada, creo yo). Mi reflexión va más con la constatación de unos hechos que yo he experimentado: cuando voy a los conciertos apenas veo gente joven. Es más, gente del mundillo (en Madrid) me ha reconocido que los músicos de jazz (estudiantes de escuelas dejazz) apenas compran discos y van poco a conciertos de otros músicos. Esto que puede ser anecdótico y no extrapolable a mí me lleva a reflexionar sobre las nuevas generaciones de oyentes del jazz. ¿Les interesa esta música realmente si ni siquiera los músicos que la interpretan la valoran? Otro ejemplo: este pasado verano asistí en Huelva a un concierto al aire libre de Andrea Motis (tu amiga, Carlos jeje), como sabéis una excelente trompetista/vocalista de 15 años (ahora lo mismo tiene más). A ojo, el 80% del público eran mayores de 40 años. ¿Por qué no había gente joven si se supone que era un tipo de jazz más accesible? No sé la respuesta, pero me lleva a plantearme estas reflexiones...

En fin, no me quiero extender demasiado, no vaya a parecer esto un solo de Coltrane... ;)

Manu Grooveman dijo...

Un breve apunte: en todo caso, y como ya apunto en el texto, todas mis reflexiones se resumen en una pregunta que plantea magistralmente Ted Gioia: ¿debe ser la música jazz siempre progresista y estar en evolución, no nos sirve con que sea buena?

Carlos Pérez Cruz dijo...

Dice Manuel: "...cuando voy a los conciertos apenas veo gente joven. Es más, gente del mundillo (en Madrid) me ha reconocido que los músicos de jazz (estudiantes de escuelas dejazz) apenas compran discos y van poco a conciertos de otros músicos. Esto que puede ser anecdótico y no extrapolable a mí me lleva a reflexionar sobre las nuevas generaciones de oyentes del jazz. ¿Les interesa esta música realmente si ni siquiera los músicos que la interpretan la valoran?".

¿Sobre qué habla más esta reflexión? ¿Sobre la música en sí o sobre determinados músicos que dicen estudiarla o practicarla? Si son músicos desconectados de la música es probable que la música que practiquen carezca de interés.

Un apunte sobre Andrea Motis (para evitar susceptibilidades) -por cierto, ya es mayor de edad-. Yo escribí un artículo en mi web cuando ella todavía era menor a partir de ciertos acontecimientos y prácticas mediáticas que acontecieron en torno a ella, nunca sobre ella.

Comentas lo de la ausencia de gente joven en aquel concierto de Andrea Motis que consideras "más accesible". Bueno, una de las razones es que el jazz (por generalizar) no es una música "de moda" entre jóvenes (mira lo que está de moda y dime si te atrae) y, por otro lado, no necesariamente un jazz "más accesible" tiene por qué conectar con gente joven.

¿Es un problema que la gente joven no se sienta atraída por el jazz? A mí no me preocupa tanto eso como que la gente joven no se sienta atraída en general por algo de más peso que una pluma. (Permítaseme la perniciosa generalización).

Siempre tendrá más aceptación los no sé cuántos apellidos vascos que una película de Abdellatif Kechiche, y no me preocupa especialmente, siempre y cuando haya un público suficiente que permita que las películas de Kechiche tengan su espacio.

Sobre la pregunta de Gioia: "¿debe ser la música jazz siempre progresista y estar en evolución, no nos sirve con que sea buena?". Creo que es una falsa dicotomía. Porque nunca va a haber unidireccionalidad, ni todo el mundo va a tratar de ser "progresista", ni todo el mundo "conservador". Habrá músicos que quieran "probar cosas" y habrá quienes prefieran ceñirse a un modelo y tan a gusto. Habrá oyentes que quieran encontrar otro tipo de estímulos fuera de los convencionales y otros que ni por asomo. ¿Excluye la idea de progresión en la música la posibilidad de que sea buena? No. Tampoco la perpetuación de unos parámetros asegura nada en concreto.

Anónimo dijo...

Buenas. Creo que este intercambio debería continuar en un bar con algo de beber de por medio. Una buena oportunidad sería el próximo 8 de mayo. Qué habrá? Un concierto de A. Fernández e I. Aranda en Salamanca. Si acaso fuera posible, podrían venir y en ese caso yo invitaría las birras, los gin-tonics, el agua bendita o lo que sea. Saludos. Gustavo

jesusmoreno dijo...

que coñazos estos debates. nada con que a alguien le guste a rabiar el bocadillo de calamares. que la haga una capillita gastronomica habiendo callos, una docenita de ostras con un champan tan caro como bueno, un queso bien curado, una decostruccion de.... me parece gil. nada mas tonto que la apologia de las partes que al fin y al cabo es puro nazismo. me quedo con el todo. que la cosa fluya y los desocupados teoricen.

Roberto Echeto dijo...

Llevo días preguntándome (en plan ocioso) ¿por qué el jazz dejó de ser una música popular: acaso porque dejó de ser una música bailable; porque otras músicas evolucionaron a formas más ligeras y pegajosas; porque, tal como apuntó Manuel, el jazz cada día es «más exigente» o porque, con el paso de los años, la mitología que rodea a los jazzistas es cada vez menos farandulera, chismográfica y legendaria…? No lo sé. Quizás haya algo de verdad en esas posibles respuestas.

En cuanto a la exigencia del jazz, solo diré que es un tema espinoso. Por un lado, la música se tiene como un «placer» y, por tanto, hay quien ve en esa palabra la justificación perfecta para esperar un masaje, una gratificación total sin mayores complicaciones. Quienes piensan así defienden su derecho a asumir la música como un espacio libre de aquello que mella la vida de la gente. La música como masaje… Está bien. Por otro lado, la labor de los artistas es esa: jugar con los materiales, las estructuras y las formas; producir nuevos discursos, asomar nuevas ideas, experimentar, proponer, cuestionar y hacer pensar en otros mundos. Si esa labor exige atención, seriedad, concentración, pues bienvenidas esas exigencias. Mover al mundo, hacerlo evolucionar, así sea desde el arte, cansa y hasta duele.

Por cierto: ¿qué es lo popular hoy en día: lo masivo, lo mainstream, lo que da mucha plata, «lo exitoso»?

No sé. Yo personalmente creo que lo mainstream es arte muerto. Arte asumido que no produce eso que le achacan al jazz contemporáneo: exigencias.

Ya comencé a delirar…

Por eso lo dejo hasta aquí. Abrazos múltiples.

R.E.

P.S. La mitología del jazz contemporáneo no produce leyendas. Ya no es una música proscrita por los moralistas ni sus cultores se ven envueltos en escándalos raciales ni de drogas. Ya no hay Cortázar ni Kerouac que hable de Mats Gustafsson ni de Caspar Brötzmann ni de nadie vivo. Abrazos otra vez.

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